Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Una nariz para el rey (1904)
(“A Nose for the King”)
Originalmente publicado, como “The Nose”, en la revista Black Cat,
Vol. XI, No. 5 (marzo de 1906), págs. 1-6;
When God Laughs
(Nueva York: Macmillan Company, 1911, 319 págs.)



      En los tranquilos orígenes de Corea, cuando este país merecía con toda justeza su antiguo nombre de «Chosen» [en inglés, escogido], vivía un político llamado Yi-Chin-Ho.
       Seguro que ese hombre de talento no valía menos que el resto de los políticos del mundo. Pero Yi-Chin-Ho, a diferencia de sus hermanos de otras naciones, se consumía en prisión.
       La cuestión no era que hubiese defraudado por descuido al erario público, sino que, por descuido, había defraudado demasiado. Los excesos son deplorables en todo, incluso en materia de exacciones. Y los excesos de Yi-Chin-Ho le habían conducido a ese mal trance.
       Debía treinta mil yens al gobierno y esperaba en prisión la ejecución de su condena a muerte. Tal situación sólo tenía una ventaja: que podía reflexionar mucho. Después de pensarlo bien, llamó al carcelero.
       —Tú, que eres un hombre de gran dignidad, tienes ante ti a un hombre completamente desgraciado —comenzó—. Sin embargo, todo se resolvería para mí tan sólo con que me dejaras salir una hora escasa esta noche. Y todo marcharía bien igualmente para ti, porque yo me preocuparía de que ascendieras con los años, hasta que llegases a ser nombrado director de todas las cárceles de Chosen.
       —Pero, ¿qué es lo que te pasa? —preguntó el carcelero—. ¿Qué significa esa locura? ¡Dejarte salir una hora escasa! ¡A ti, que estás en espera de que te vengan a cortar el cuello! ¡Y te atreves a pedírmelo a mí, que tengo a mi cargo una madre de edad avanzada y muy respetable, sin mencionar a mi esposa y varios hijos de corta edad! ¡Que la peste se lleve a un pillo como tú!
       —Desde la Ciudad Santa hasta las Ocho Costas no hay un solo lugar en que pueda esconderme —respondió Yi-Chin-Ho—. Soy un hombre inteligente; pero, ¿de qué me sirve aquí, en prisión? Una vez libre, sabría perfectamente en dónde encontrar el dinero que tengo que devolver al gobierno. Conozco una nariz que me sacaría de todas las dificultades.
       —¿Una nariz? —gritó el carcelero.
       —¡Una nariz! —continuó Yi-Chin-Ho—. ¡Una nariz extraordinaria, por decirlo de alguna manera! ¡Una nariz verdaderamente digna de que se fijen en ella y en la que yo me he fijado!
       —¡Ah, qué farsante! ¡Qué gracioso! —dijo riéndose a carcajadas—. ¡Y pensar que una cabeza tan admirable va a acabar en el tajo!
       Dicho eso, dio media vuelta y se alejó. Pero, como a pesar de todo era blando de corazón y de cerebro, dejó salir a Yi-Chin-Ho cuando la noche estaba más oscura.
       Fue éste al palacio del gobernador; lo encontró solo en su lecho y le sacudió.
       —¡O yo no soy el gobernador o tú eres Yi-Chin-Ho! —gritó el personaje—. ¿Qué haces aquí cuando tendrías que estar en la cárcel esperando al verdugo?
       —Ruego, a Vuestra Excelencia, que tenga a bien escucharme —dijo Yi-Chin-Ho, poniéndose en cuclillas cerca del lecho y encendiendo su pipa en el brasero—. Soy un hombre muerto que no tiene valor alguno. En verdad que es como si estuviese muerto, sin valor para el gobierno y para Vuestra Excelencia, ni tampoco para mí mismo. Pero si, por decirlo así, Vuestra Excelencia, quisiese ponerme en libertad…
       —¡Imposible! —gritó el gobernador—. Además, estás condenado a muerte.
       —Vuestra Excelencia sabe positivamente que si devolviese los treinta mil yens que debo, el gobierno me indultaría —continuó Yi-Chin-Ho—. Además, como iba a rogar a Vuestra Excelencia, si Vuestra Excelencia tuviese a bien concederme la libertad por algunos días, podría, como hombre inteligente que soy, resarcir al Estado. Y entonces estaría en condiciones de ponerme al servicio de Vuestra Excelencia. Podría prestar importantes servicios a Vuestra Excelencia.
       —¿Tienes algún plan para conseguir el dinero?
       —Sí —declaró Yi-Chin-Ho.
       —Bueno, pues vuelve la próxima noche para explicármelo. Ahora tengo ganas de dormir —dijo el gobernador, reemprendiendo los interrumpidos ronquidos.

       Yi-Chin-Ho, una vez obtenido un nuevo permiso del carcelero, volvió a ocupar su sitio junto a la cabecera del gobernador.
       —¿Eres tú, Yi-Chin-Ho? —preguntó el alto funcionario—. ¿Tienes el plan?
       —Soy yo, Vuestra Excelencia —respondió Yi-Chin-Ho—. Y aquí tengo el plan.
       —¡Habla! —ordenó el gobernador.
       —Aquí está el plan —repitió Yi-Chin-Ho—. Lo tengo en la mano.
       El gobernador se sentó y se frotó los ojos.

       Yi-Chin-Ho le tendió una hoja de papel, que el gobernador acercó a la luz.
       —Esto no es más que una nariz —dijo.
       —Un poco arrugada aquí y allí, mirad, Vuestra Excelencia.
       —Un poco arrugada aquí y allí, como tú dices.
       —Y, sin embargo, esta nariz arrugada aquí y allí es una nariz gorda; vedlo, en la punta del todo —continuó Yi-Chin-Ho—. Por mucho que buscara Vuestra Excelencia no encontraría una nariz así.
       —En efecto. Una nariz poco corriente —admitió el gobernador.
       —Y con una verruga encima —le hizo observar Yi-Chin-Ho.
       —Una nariz poco común —dijo el gobernador—; una nariz como no he visto nunca. Pero, ¿qué esperas hacer con ella, Yi-Chin-Ho?
       —La busco como medio de restituir el dinero al gobierno. La busco para hacer un servicio a Vuestra Excelencia y la busco para salvar mi pobre e indigna cabeza. Desearía, además, obtener de Vuestra Excelencia que tuviese la bondad de poner su sello sobre el dibujo de esa nariz.
       El gobernador, riendo, puso el sello del Estado sobre la hoja, y Yi-Chin-Ho se despidió de él.




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