Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El Silencio Blanco (1898)
(“The White Silence”)
Originalmente publicado en Overland Monthly,
Vol. 33, Núm. 194 (febrero de 1899), págs. 138-142;
The Son of the Wolf
(Nueva York: The Macmillan Company, 1900, 251 págs.)



       —Carmen no durará más de un par de días.
       Mason escupió un trozo de hielo y recorrió compasivamente con la vista el cuerpo del pobre animal. Luego se llevó una pata del perro a la boca y comenzó a arrancar con los dientes el hielo que se apiñaba cruelmente entre los dedos.
       —Estos perros con nombres tan historiados siempre acaban mal —sentenció. Luego concluyó su tarea e hizo a un lado al animal—. Se achican y mueren bajo el peso de la responsabilidad. ¿A que nunca has visto terminar de mala manera a un perro con un nombre decente como Cassiar, Siwash o Husky? ¡No, señor! Mira a Shookum, ahí le tienes…
       ¡Zas! El ágil bruto saltó a la garganta de Mason, desviándose por un milímetro de su objetivo.
       —¡Quieto! ¡Quieto! —Un hábil golpe detrás de la oreja con la empuñadura del látigo tendió al animal sobre la nieve, ligeramente tembloroso y con un hilillo de baba amarilla resbalándole por los colmillos.
       —Como te decía, mira a Shookum. Él sí tiene agallas. Te apuesto cualquier cosa a que se ha comido a Carmen antes de que pase esta semana.
       —Te hago otra apuesta —replicó Malemute Kid mientras daba la vuelta al pan helado que había puesto junto al fuego para que se derritiera—. Que antes de que termine este viaje seremos nosotros los que nos hayamos comido a Shookum. ¿Qué dices a eso, Ruth?
       La india aseguró la cafetera sobre un trozo de hielo y paseó la vista de Malemute Kid a su marido y de éste a los perros, pero no replicó. Era una verdad tan evidente aquella, que no necesitaba de respuesta. La perspectiva de doscientas millas de camino con apenas comida para seis días para ellos y ninguna para los perros, no ofrecía otra alternativa. Los dos hombres y la mujer se agruparon en torno al fuego y dieron comienzo a su frugal colación. Los perros seguían sujetos a los arneses por tratarse del breve descanso del mediodía, y miraban con avidez la comida.
       —A partir de hoy se acabaron los almuerzos —dijo Malemute Kid—. Y habrá que tener cuidado con los perros. Se están poniendo peligrosos. Si les damos oportunidad, en cuanto puedan se comerán a uno de los suyos.
       —Y pensar que yo era presidente de una organización metodista y enseñaba religión a los niños los domingos… —Hecha esta observación con aire distraído, Mason se perdió en la contemplación de sus mocasines, que se secaban junto al fuego. Ruth vino a sacarle de su abstracción llenándole la taza—. Gracias a Dios tenemos té en cantidad. Yo he visto en Tennessee cómo lo cultivan. ¡Lo que daría por poder comerme ahora un buen pan de maíz caliente! No te preocupes, Ruth, te queda muy poco tiempo de pasar hambre y de llevar mocasines.
       Al oír esto la mujer abandonó su actitud sombría y a sus ojos acudió el gran amor que sentía por su señor, el primer hombre blanco que jamás hubiera visto, el primero que había conocido que tratara a la mujer con más consideración que a un animal o a una bestia de carga.
       —Sí, Ruth —continuó su marido recurriendo a la jerga macarrónica que se veían obligados a emplear para entenderse el uno al otro—. Pronto liquidaremos todo y partiremos hacia El Exterior. Tomaremos la canoa del Hombre Blanco y llegaremos al Agua Salada. Malas aguas, traicioneras, grandes montañas que danzan subiendo y bajando sin descanso. Iremos muy lejos. Viajaremos diez jornadas, veinte jornadas, cuarenta jornadas —enumeró gráficamente los días con los dedos—, y todo el tiempo agua, malas aguas. Luego un gran pueblo, mucha gente, tanta como los mosquitos el próximo verano. Wigwams altísimos, como diez pinos, veinte pinos todos seguidos. ¡Hi-yu Skookum!
       Se detuvo, impotente para continuar la descripción. Pidió ayuda con la mirada a Malemute Kid y luego, por medio de gestos, colocó laboriosamente veinte troncos de pinos uno detrás de otro. Malemute sonrió con amable cinismo, pero los ojos de Ruth se abrieron con admiración, porque creía que su esposo bromeaba, y tal condescendencia enternecía a su pobre corazón de mujer.
       —Luego te subes a una caja y ¡run, run!, allá vas volando. —Arrojó al aire la taza vacía para ilustrar sus palabras, y mientras volvía a recogerla hábilmente, gritó—. Y luego, ¡paf!, abajo. ¡Allí buenos hechiceros! Tú vas a Fort Yukón, yo voy a Artic City, veinticinco jornadas. Entre los dos cable muy largo, todo seguido. Yo cojo cable y digo, Hola, Ruth, ¿cómo estás? Y tú contestas, ¿ser tú, mi buen esposo? Y yo digo, sí. Y tú dices, no poder hacer buen pan. No más levadura. Y yo te digo, busca escondrijo debajo de harina. Adiós. Y tú encuentras mucha levadura. Y todo este tiempo tú en Fort Yukón y yo en Artic City. ¡Allí buenos hechiceros!
       Ruth sonreía de modo tan ingenuo al oír aquel cuento de hadas que los dos hombres prorrumpieron en carcajadas. Una riña entre los perros vino a cortar por lo sano la descripción de las maravillas del Mundo Exterior, y para cuando los enfurecidos combatientes estuvieron ya separados, Ruth había dispuesto los arreos de los trineos y estaba lista para partir.
       —¡Arre! ¡Baldy! ¡Arre! —Mason hizo restallar diestramente el látigo, y mientras los perros aullaban débilmente, abrió la marcha, tirando de la vara del trineo. Ruth le siguió, dejando a Malemute Kid, que la había ayudado a arrancar el segundo trineo, en último lugar. A pesar de su fuerza, de su potencia animal, capaz de derrumbar a un buey de un solo golpe, Malemute Kid no podía soportar pegar a aquellas pobres bestias. Cuidaba a los perros con una solicitud inusitada en aquellas latitudes y, más aún, casi lloraba con ellos, acompañándolos en su dolor.
       —¡Arre! ¡Adelante, pobres animales! ¡Yo sé cómo os deben doler las patas! —murmuró tras varios inútiles intentos de hacerles arrancar. Pero su paciencia se vio al fin recompensada, y los perros, aunque gimiendo de dolor, se apresuraron para reunirse con sus compañeros.
       Con la partida acabó la conversación. Los trabajos del camino no permitían lujos semejantes. Entre las faenas más duras, la de la ruta del norte es la peor. Feliz el hombre que puede sobrevivir a un día de viaje a costa de silencio, y eso tratándose de una ruta transitada, porque de los trabajos más agotadores, el de abrir camino es el mayor. A cada paso las grandes raquetas se hunden en la nieve, y el hombre se ve inmerso en ella hasta la rodilla. Luego, derecha, muy derecha, ha de subir la raqueta, porque la desviación de una fracción de pulgada supone un desastre cierto. Así va quedando limpio el camino. Un paso adelante, otra pisada y el otro pie que se eleva perpendicularmente poco más o menos a una yarda de distancia. El que lo intenta por primera vez, si por suerte evita colocar los pies en peligrosa cercanía y caer tendido sobre la traidora superficie, acabará rendido a las cien yardas; el que puede seguir a la cabeza de los perros durante un día entero podrá echarse a dormir entre las mantas con la conciencia bien limpia y un orgullo que sobrepasará la comprensión del no iniciado; y el que pueda viajar así veinte jornadas por el largo camino será hombre digno de la envidia de los dioses.
       Así fue pasando la tarde lentamente. Los callados viajeros se aplicaban a la tarea con el temor nacido del silencio blanco. De innumerables artimañas se sirve la Naturaleza para convencer al hombre de su finitud: el fluir incesante de la marea, la furia de la tormenta, la sacudida del terremoto, el largo retumbar de la artillería del cielo…, pero entre todas ellas la más temible, la más estremecedora, es la pasividad del silencio blanco. Todo movimiento cesa, el aire se despeja, el cielo se vuelve de latón, el más ligero murmullo parece un sacrilegio, y el hombre se asusta y se intimida ante el sonido de su propia voz. Único átomo de vida en la vastedad espectral de un mundo muerto tiembla ante su propia audacia y cae en la cuenta de que es una quimera y nada más. Extraños pensamientos surgen entonces, sin que nadie requiera su presencia, y el misterio de las cosas pugna por darse a conocer. El temor a la muerte, a Dios, al Universo, se apodera de él, y junto con el temor, la esperanza en la resurrección y en la vida, el deseo de la inmortalidad, el vano afanarse de la esencia aprisionada. Esa es la ocasión, si es que hay alguna en la vida, en que el hombre camina solo con su Dios.
       El día transcurrió, pues, lentamente. El río trazaba un amplio meandro, y Mason quiso atajar a través del estrecho cuello de tierra. Pero los perros se detuvieron ante el empinado repecho de la ribera. Una y otra vez, a pesar de los esfuerzos de Ruth y Malemute Kid, que empujaban el trineo, resbalaron hasta el fondo de la pendiente. Vino luego el esfuerzo concertado. Las miserables criaturas, debilitadas por el hambre, llevaron a cabo un supremo esfuerzo. Arriba…, arriba… El trineo se detuvo al fin en lo alto de la pendiente, pero el perro que iba a la cabeza, seguido por la traílla de sus compañeros, giró hacia la derecha y se enredó en las raquetas de Mason. El resultado fue desastroso. Mason resbaló y cayó al suelo, uno de los perros se derrumbó sobre los arneses, y el trineo se vino abajo, arrastrando a todos al fondo de nuevo.
       ¡Ras! El látigo se hundió salvajemente entre los perros, especialmente sobre el que había caído.
       —¡No, Mason! —suplicó Malemute Kid—. El pobre animal no puede dar un paso más. Aguarda y pondremos mis perros en ese trineo.
       Mason esperó con toda intención a que se apagara el eco de la última palabra, y sólo entonces fue el látigo a ceñirse con toda su fuerza en torno al cuerpo del culpable. Carmen, porque de Carmen se trataba, se agazapó en la nieve aullando desgarradoramente, y se dejó caer después sobre un costado. Fue un momento trágico, uno de esos lamentables incidentes del camino… Un perro agonizante, dos compañeros enfurecidos. Ruth miró inquieta de un hombre al otro. Pero Malemute Kid logró dominarse, aunque con un mundo de reproches en sus ojos, e inclinándose sobre el perro cortó los arneses. Ninguno de los tres pronunció una sola palabra. Ataron a los perros en doble hilera y vencieron la dificultad. Los trineos prosiguieron su camino con el perro moribundo arrastrándose tras ellos. Mientras un animal puede seguir adelante, no se le mata. Se le ofrece la última oportunidad: la de seguir arrastrándose hasta el campamento con la esperanza de que allí pueda cazarse un alce.
       Arrepentido ya de su rapto de ira, pero demasiado terco para retractarse, Mason avanzaba a la cabeza de la cabalgata sin detectar el peligro que flotaba en el aire. Sobre el suelo se apilaban una gran cantidad de ramas, y sobre ellas fueron abriéndose paso trabajosamente.
       A la orilla del camino, a unos cincuenta pies de distancia, se elevaba un alto pino. Durante generaciones había permanecido allí, y durante generaciones el destino había previsto su final, el mismo final que había decretado para Mason.
       Se agachó Mason a atarse el cordón de un mocasín. Los trineos se detuvieron y los perros se tendieron sobre la nieve sin un solo quejido. La quietud era espectral; ni la más ligera brisa levantaba un crujido del bosque cubierto de una corteza de hielo. El frío y el silencio del espacio habían helado el corazón de la Naturaleza y sellado sus labios. Un suspiro latió en el aire; no lo oyeron, o mejor sería decir que no lo sintieron, como se siente la premonición de un movimiento en el vacío inmóvil. Por fin el enorme árbol, con su carga de años y nieve, representó su último papel en la tragedia de la vida. Mason oyó el tremendo chasquido que anunciaba el suceso y trató de hacerse a un lado, pero cuando casi había logrado levantarse, el golpe le alcanzó en pleno hombro.
       El súbito peligro. La muerte repentina… ¡Cuántas veces se había enfrentado con ellos Malemute Kid! Las ramas del pino aún aleteaban en el aire cuando ya estaba dando órdenes y había pasado a la acción. Tampoco la india se desvaneció ni elevó su voz en inútiles lamentos, como habrían hecho muchas de sus hermanas blancas. Obedeciendo a las órdenes del hombre, dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre una palanca improvisada para aliviar la presión, mientras escuchaba los gemidos de su marido. Mientras tanto, Malemute atacaba al árbol con su hacha. El acero cantaba alegremente al hundirse en el tronco helado, y a cada hachazo acompañaba la respiración audible y jadeante del leñador.
       Al fin Malemute Kid pudo tender sobre la nieve aquel lamentable guiñapo que una vez fuera hombre. Pero peor que el dolor de su compañero era la angustia sorda que se reflejaba en el rostro de la mujer, esa mirada mezcla de esperanza y desesperación. Muy poco se dijeron; los hombres del norte aprenden pronto de la futilidad de las palabras y del valor inestimable de los hechos. A una temperatura de 65 grados bajo cero, pocos minutos se puede yacer sobre la nieve si se quiere continuar viviendo. Cortaron los arneses de los trineos y tendieron al herido, envuelto en pieles, sobre un lecho de ramas. Ante él ardía vivamente un fuego hecho de la madera que le había traído la desgracia. Tras el herido y sobre su cabeza se tendió un toldo primitivo; un trozo de lona que reflejaba el calor que irradiaba la hoguera y lo arrojaba sobre él, un truco que pronto aprenden los hombres que estudian la física en sus fuentes.
       Los que han compartido su lecho con la muerte saben cuando les ha llegado su hora. El cuerpo de Mason estaba totalmente destrozado. El examen más somero así lo revelaba. Tenía rota la espalda y la pierna y el brazo derechos; estaba paralizado de caderas para abajo, y era muy probable que sufriera lesiones internas. Los únicos signos de vida eran los lamentos que exhalaba.
       No había esperanza; todo era inútil. La noche se cernía implacable sobre ellos; Ruth sufría con el estoicismo desesperanzado de su raza, y nuevas arrugas acudían al rostro de bronce de Malemute Kid. De hecho, Mason era el que menos sufría, porque se hallaba entonces en Tennessee, en las altas montañas Smoky, reviviendo escenas de su infancia. Patética era la melodía de aquel olvidado dialecto en que expresaba su delirio; recuerdos de las charcas en que nadaba, de las cacerías de mapaches y los robos de sandías. Todo aquello era para Ruth poco menos que griego, pero Malemute Kid entendía y sufría como sólo puede sufrir el que durante largos años se ha visto separado de esa civilización.
       Con la mañana regresó la conciencia a la mente del herido, y Malemute Kid se agachó junto a él para recoger su susurro.
       —¿Recuerdas cuando nos encontramos en el Tanana hará cuatro años la próxima primavera? Aún no la quería entonces. Me gustaba, eso sí, y en cierto modo me excitaba, creo. Pero ¿sabes?, desde entonces la he cobrado un gran afecto. Ha sido una buena esposa; siempre me ha ayudado en la desgracia. Y cuando de comerciar se trata, ya sabes que no tiene igual. ¿Te acuerdas de aquel día que se puso a disparar a los rápidos del Moosehorn para sacarnos a ti y a mí de aquella roca? Los balas azotaban el agua como granizos. ¿Y recuerdas aquellos días de hambre en Nuklukyeto? ¿O cuando corrió, adelantándose al deshielo, para traernos la noticia? Sí, ha sido una buena esposa, mejor que la otra. ¿No sabías que había estado casado antes? Nunca te lo dije, ¿verdad? Me casé otra vez en los Estados Unidos. Por eso estoy aquí. Habíamos crecido juntos. Vine para darle oportunidad de que le concedieran el divorcio. Lo consiguió. Pero eso no tiene nada que ver con Ruth. Había pensado liquidar todo y volver allí el año que viene, ella y yo, los dos, pero ahora ya es demasiado tarde. No la mandes junto a su gente, Kid. Para una mujer es muy duro regresar. ¡Imagínate! Casi cuatro años de bacón y judías, de harina y frutos secos, y de pronto volver al pescado y al caribú. Sería terrible que después de conocer nuestras costumbres y darse cuenta de que son mejores que las de su pueblo, tuviera que volver atrás. Cuida de ella, Kid, ¿lo harás? No, no lo harás. Tú siempre has procurado huir de las mujeres. Y nunca me has dicho por qué viniste a este país. Sé bueno con ella y mándala a los Estados Unidos en cuanto puedas. Pero hazlo de modo que pueda regresar, porque es muy probable que después eche de menos todo esto, ya lo sabes. Y luego mi hijo… Él nos ha acercado aún más, Kid. Ojalá sea niño. ¿Te imaginas? Carne de mi carne, Kid. No debe permanecer en este país. Y si es una niña, mucho menos. Vende mis pieles; reunirás al menos cinco mil dólares, y tengo mucho más invertido en la compañía. Administra mis intereses con los tuyos. Creo que lo de la denuncia de la mina se resolverá bien. Ocúpate de que vaya a un buen colegio, y sobre todo, Kid, no le dejes volver aquí. Este país no es para los blancos.
       »Yo me muero, Kid. A lo más duraré tres o cuatro jornadas. Debéis seguir adelante. Tenéis que hacerlo. Recuerda que se trata de mi mujer, de mi hijo. ¡Dios mío! Espero que sea niño. No podéis quedaros conmigo. Te lo ordeno. Es la última voluntad de un moribundo. Que sigáis adelante…
       —Esperemos tres días —suplicó Malemute Kid—. Puedes mejorar. Puede pasar algo…
       —No.
       —Sólo tres días.
       —Tenéis que seguir.
       —Dos días.
       —Se trata de mi mujer y de mi hijo, Kid. Tú harías lo mismo.
       —Un día.
       —No, no. Te lo ordeno…
       —Sólo un día. Nos las arreglaremos con la comida y hasta quizá pueda matar a un alce.
       —Está bien, un día, pero ni un minuto más. Y oye, Kid, no me dejes enfrentarme con la muerte a solas. No es más que un disparo. Apretar el gatillo una sola vez. Ya me entiendes. ¡Imagínate! ¡Imagínate! Carne de mi carne y no viviré para verle. Dile a Ruth que venga. Quiero despedirme de ella y decirle que piense en el niño y no espere a que me muera. Si no se lo digo yo, puede que se niegue a ir contigo. Adiós, amigo, adiós.
       »Ah, Kid, quería decirte… Abre un agujero donde veas una señal junto a la falla. Saqué unos cuarenta centavos de oro con mi pala allí… ¡Y, otra cosa, Kid! —Malemute se agazapó aún más para poder escuchar las últimas palabras—. Siento lo de… Ya sabes… Lo de Carmen.
       Malemute Kid dejó a la muchacha llorando blandamente junto a su esposo; se puso el abrigo de pieles y las raquetas de nieve, apretó el rifle bajo el brazo y se arrastró hacia el bosque. No era novicio en las penalidades de las tierras del norte, pero jamás se había enfrentado con un problema tan grave como éste. En abstracto se trataba de una simple proposición matemática: tres posibles vidas contra una muerte segura. Pero ahora dudaba. Durante cinco años habían tejido poco a poco la trama de su amistad, codo a codo, sobre ríos y caminos, en campamentos y en minas, amenazados de muerte por el hielo, las inundaciones y el hambre. Tan tupida era esa trama que a menudo había sentido unos vagos celos de Ruth desde el momento en que ésta se había interpuesto entre ellos. Y ahora tenía que cortarla con sus propias manos.
       Interiormente anheló hallar un alce, sólo uno, pero toda la caza parecía haber abandonado la faz de la tierra, y la noche halló al hombre exhausto, arrastrándose hacia el campamento con las manos vacías y un gran peso en el corazón. El resonar de los ladridos de los perros y los gritos penetrantes de Ruth le hicieron acelerar el paso. Al llegar al campamento halló a la muchacha en el centro de una jauría alborotada, propinando hachazos a derecha e izquierda. Los perros habían roto las férreas regulaciones de sus amos y devoraban ávidos las provisiones. Unió a la contienda la culata de su rifle, y el antiguo proceso de selección natural tuvo lugar una vez más, con la rudeza propia de aquel ambiente primitivo. Rifle y hacha subieron y bajaron, acertando o fallando con monótona regularidad; cuerpos elásticos de ojos salvajes y colmillos babeantes saltaban como relámpagos, y el hombre y la bestia lucharon por la supremacía hasta el amargo final. Luego, los brutos, vencidos, se arrastraron hasta el borde de la hoguera, lamiéndose sus heridas y elevando sus quejas a las estrellas.
       Habían devorado toda la provisión de salmón. Unas cinco libras de harina era todo lo que les quedaba ahora para sostenerles a lo largo de más de doscientas millas de soledad. Ruth regresó junto a su marido, mientras Malemute Kid troceaba el cuerpo caliente de un perro cuyo cráneo había aplastado con el hacha. Luego guardó la carne cuidadosamente, dejando a un lado el pellejo y las entrañas del animal, que arrojó finalmente a los que momentos antes habían sido sus compañeros.
       La mañana trajo nuevas dificultades. Los animales se volvían unos contra otros. Carmen, que aún se aferraba al tenue hilillo que le quedaba de vida, fue devorado por la jauría. El látigo cayó sobre los perros sin miramientos. Aullando se arrastraron bajo los golpes, pero se negaron a someterse hasta que hubo desaparecido el último bocado: huesos, pellejo, pelo, todo.
       Malemute Kid se aplicó a su tarea sin dejar de escuchar a Mason, que de nuevo en Tennessee, dirigía confusos discursos y exhortaciones delirantes a sus hermanos de antaño. Trabajaba rápidamente, aprovechando los pinos cercanos. Ruth no dejaba de observarle, mientras él preparaba uno de esos artificios que suelen utilizar los cazadores para preservar la carne del ataque de los perros. Una sobre otra hizo descender las copas de dos pinos pequeños hasta que casi tocaran con el suelo, donde las ató con tiras de piel de alce. Luego, a correazos, sometió a los perros y los ató a dos de los trineos, en los que cargó todo, dejando solamente las pieles que cubrían a Mason. Envolvió cuidadosamente con ellas el cuerpo de su amigo, las sujetó con correas en torno a él y le ató después a las copas de los pinos previamente preparadas. Una sola cuchillada bastaría para liberarlas y enviar el cuerpo a lo alto.
       Ruth había escuchado la última voluntad de su esposo y no ofreció resistencia. A la pobre muchacha le habían inculcado bien la virtud de la obediencia. Desde niña se había sometido y había visto someterse a todas las mujeres a la voluntad de los señores de la creación. No estaba dentro de la naturaleza de las cosas que la mujer se rebelara. El Kid le permitió una explosión de dolor en el momento en que besó a su marido (su pueblo no tenía esa costumbre) y luego la condujo hasta el primer trineo y la ayudó a ponerse sus raquetas de nieve. De un modo ciego, instintivo, tomó ella la vara y el látigo y obligó a los perros a salir al camino. Malemute Kid regresó junto a Mason, que había entrado en coma, y mucho después de que la mujer hubiera desaparecido de su vista, se agazapó junto al fuego, esperando, rezando porque su amigo muriera. No es agradable hallarse solo y dominado por pensamientos lúgubres en medio del silencio blanco. El silencio de la oscuridad es compasivo, se cierne sobre el hombre como protegiéndole, y exhala mil consuelos intangibles. Pero el silencio blanco, brillante, cristalino y frío bajo un cielo de acero, es sencillamente despiadado.
       Pasaron una hora, dos horas, pero el hombre no moría. A mediodía el sol, sin mostrar siquiera su cerco sobre el horizonte meridional, lanzó oblicuamente hacia el cielo algo semejante a una llamarada roja y la retiró al instante. Malemute Kid se acercó a su compañero. Recorrió su cuerpo con la mirada. De pronto creyó oír la carcajada burlona del silencio blanco y le invadió un profundo temor. Sonó un estampido; Mason voló a su sepulcro aéreo, y un instante después Malemute Kid, obligando a los perros a latigazos a emprender un galope salvaje, huía veloz sobre la nieve.




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