Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El ingenio de Porportuk (1906)
(“The Wit of Porportuk”)
Originalmente publicado en Sunset Magazine (febrero de 1910);
When God Laughs
(Nueva York: The Macmillan Company, 1911, 319 págs.)



      El-Soo había crecido en una misión. Su madre había muerto siendo ella muy niña y poco después, un día de verano, la Hermana Alberta la había rescatado, como se rescata a una astilla de la hoguera, y la había llevado a la Misión de la Santa Cruz para dedicarla al Señor. El-Soo era india por los cuatro costados, y, sin embargo, destacaba entre todas las mestizas y cuarteronas. Nunca habían visto aquellas buenas hermanas muchacha tan adaptable y al mismo tiempo tan fogosa. El-Soo era vivaz, hábil e inteligente, pero sobre todo era fuego, era la llama viva de la vida. Tenía una personalidad ardiente compuesta de voluntad, dulzura y osadía. Su padre era cacique y sangre de caciques fluía por sus venas. La obediencia, en el caso de El-Soo, era siempre resultado de tratos y negociaciones. Tenía pasión por la mesura, y quizá por esa causa tenía especial facilidad para las matemáticas.
       Pero destacaba también en otras cosas. Aprendió a leer y escribir el inglés como ninguna otra muchacha había aprendido en la misión. Dirigía el coro de la capilla, y hasta a la canción aplicaba su sentido de la mesura. Era una artista, y el fuego que fluía por sus venas se plasmaba en genio creador. Si desde su nacimiento hubiera disfrutado de ambiente más favorable, sin duda se habría dedicado a la literatura o a la música.
       Pero El-Soo era hija de Klakee-Nah, el cacique, y vivía en la Misión de la Santa Cruz, donde no había artistas, sino monjas de espíritu puro, interesadas en la limpieza y en la bondad y en alcanzar la bienaventuranza en la tierra de la inmortalidad, más allá de los cielos. Y pasó el tiempo. El-Soo tenía ocho años cuando entró en la misión. Cuando llegó a los dieciséis y las hermanas habían escrito a las superioras de la Orden, con el fin de enviar a El-Soo a los Estados Unidos para que completara allí su educación, llegó a la misión un hombre de su propia tribu y habló con ella. El-Soo se sorprendió al verle. Estaba cubierto de suciedad. Era una especie de Calibán, una criatura de fealdad primitiva, coronada por una pelambrera que no había visto jamás el peine. Él la miró con aire de censura y se negó a sentarse.
       —Tu hermano ha muerto —le dijo a bocajarro.
       El-Soo no se conmovió. Recordaba muy vagamente a su hermano.
       —Tu padre es viejo y está solo —prosiguió el mensajero—. Su casa es grande y está vacía. Tu voz le alegrará y él cuidará de ti.
       A Klakee-Nah sí le recordaba. Era el cacique del pueblo, amigo de misioneros y comerciantes, un hombre fornido, de talla de gigante, mirada bondadosa y modales autoritarios, que correspondían a la tosca majestad de su porte.
       —Dile que iré —fue la respuesta de El-Soo.
       Para desesperación de las Hermanas, la astilla que habían rescatado del fuego volvió a la hoguera. Todas sus súplicas fueron vanas. Rogaron, insistieron y lloraron. La Hermana Alberta le reveló incluso que pensaban mandarla a los Estados Unidos. El-Soo contempló con ojos asombrados el porvenir dorado que se abría ante ella, pero denegó con la cabeza. Ante su mirada persistía otra visión: la majestuosa curva que el Yukón trazaba en Tanana Station con la Misión de San Jorge a un lado y la factoría al otro, y entre una y otra, a medio camino, la aldea india y un caserón de troncos donde vivía un anciano servido por esclavos.
       Todos los habitantes de la ribera del Yukón en dos mil millas a la redonda conocían aquella casa de troncos, al anciano y a los esclavos que le servían, y de sobra conocían también las Hermanas aquel caserón siempre animado por fiestas interminables, festines y, diversiones. Así, pues, El-Soo abandonó entre llantos la Misión de la Santa Cruz. Cuando llegó a la casa de su padre hizo una gran limpieza. Klakee-Nah, autoritario de por sí, se quejó de la conducta autoritaria de su hija, pero al final, llevado de su munificencia bárbara, pidió prestados mil dólares al viejo Porportuk, el indio más rico de toda la región del Yukón, y su deuda creció como la espuma en la factoría. El-Soo reorganizó la enorme casa y la revistió de nuevo esplendor. Klakee-Nah, por su parte, mantenía la antigua tradición de hospitalidad y abundancia por la que era conocida su casa.
       Su conducta era desusada entre los indios del Yukón, pero Klakee-Nah no era un indio como los demás. No sólo le gustaba ofrecer una hospitalidad inusitada, sino que por ser cacique y tener el dinero suficiente podía permitirse el lujo de hacerlo. En los días en que la región se había abierto al comercio había negociado con gran provecho con las compañías de los blancos, y había adquirido gran poder sobre su pueblo. Más tarde, junto con Porportuk, había descubierto oro en la región de Koyukuk. Klakee-Nah era por naturaleza y por la fuerza de la práctica un auténtico aristócrata, mientras que Porportuk era un burgués, y como tal le había comprado su parte de la mina de oro. Porportuk se contentaba con trabajar y acumular, mientras que Klakee-Nah, al volver a su caserón se aplicaba a gastar. Porportuk era famoso por ser el indio más rico de Alaska. Klakee-Nah era famoso por ser el más blanco. Porportuk era prestamista y usurero. Klakee-Nah era un anacronismo, una reliquia del medioevo, un luchador y un epicúreo, que vivía feliz con el vino y la canción.
       El-Soo se adaptó a las costumbres del caserón tan pronto como se había adaptado a la Misión de la Santa Cruz. No trató de reformar a su padre ni de enderezar sus pasos hacia Dios. Es cierto que le reprendía cuando bebía demasiado, pero lo hacía a causa de su salud y por enderezar sus pasos hacia su bienestar en este mundo.
       Nunca estaba cerrada la puerta de aquel caserón que, con tanto ir y venir, no conocía el silencio. Las vigas del gran salón temblaban con los ecos de risas y canciones. A la mesa se sentaban hombres procedentes del mundo entero: jefes de tribus lejanas, ingleses de las colonias, enjutos comerciantes yanquis, obesos gerentes de las grandes compañías, vaqueros del Oeste, marineros, cazadores y tratantes en perros de diversas nacionalidades.
       El-Soo se sentía a sus anchas en aquella atmósfera cosmopolita. Hablaba inglés con la misma perfección que su propia lengua, y cantaba canciones y baladas inglesas. Conocía antiguos ceremoniales indios próximos a extinguirse, y tradiciones ya casi desaparecidas. Sabía llevar con aplomo el traje típico de la hija del cacique, traje que lucía en muy pocas ocasiones, porque de costumbre solía vestir a la manera de las blancas. No en vano había aprendido a coser en la misión y tenía un sentido artístico nato. Vestía aquella ropa con la soltura de una blanca, y ella misma se hacía los vestidos que mejor se adaptaban a su figura. A su modo, era tan original como su padre, y la posición que ocupaba en el pueblo era tan distinta como la de él. Era la única india a quien las mujeres blancas trataban en pie de igualdad y la única a quien varios blancos habían propuesto matrimonio. Era también la única india a quien jamás había insultado ningún blanco.
       Porque El-Soo era muy hermosa, ni a la manera de las blancas ni a la manera de las indias. Su hermosura radicaba en el fuego que ardía en sus venas, y no dependía de su aspecto físico. En cuanto a la figura y a los rasgos sí respondía al tipo clásico de la india. Era de cabellos negros y tez bronceada; de ojos negros brillantes y osados, agudos y penetrantes como una espada, luminosos y altivos; de nariz aguileña y delicada, de aletas finas y sensitivas; de pómulos altos, no excesivamente separados, y de labios finos, aunque no en demasía. Pero sobre todo, y a través de todo, surgía la llama que llevaba dentro, ese algo imposible de analizar que era fuego y que era el espíritu que la animaba, un fuego que brillaba con suave rescoldo o que ardía violentamente en sus ojos, un fuego que iluminaba sus mejillas, que distendía las aletas de su nariz, que curvaba sus labios y que aun cuando éstos se hallaban en reposo seguía encendiéndolos y palpitando en ellos con su presencia.
       Además El-Soo tenía ingenio, un ingenio raramente tan afilado como para lastimar, pero sí rápido para detectar las pequeñas debilidades disculpables. La risa jugueteaba en ella como una llama radiante, y despertaba a su alrededor risas en respuesta. Y, sin embargo, no era jamás el centro de la reunión. Eso nunca lo permitía. La casa y todo lo que en ella había pertenecían a su padre y toda ella, hasta el último rincón, estaba llena de aquella figura titánica que era al mismo tiempo anfitrión, maestro de ceremonias y legislador. Es cierto que conforme éste se iba debilitando, El-Soo se iba haciendo cargo de un número creciente de responsabilidades. Pero en apariencia, él todavía dominaba, dormitando a veces en la mesa como un despojo de bacanal, pero aún, a los ojos de todos, rector indiscutible del festín.
       Y por la mansión vagaba la figura ominosa de Porportuk, meneando la cabeza en actitud fría y desaprobadora, imaginando que costeaba todos aquellos festines, lo que no era cierto, pues sabía acumular intereses de las formas más peregrinas, y poco a poco iban pasando a sus manos las propiedades de Klakee-Nah. Porportuk se decidió una vez, cuando ya casi se había apropiado de los restos de la fortuna del cacique, a reprender a El-Soo por el derroche que se hacía en aquella casa, pero nunca más se atrevió a hacerlo. El-Soo era una aristócrata como su padre. Desdeñaba el dinero tanto como él, y como él tenía un rígido sentido del honor. Así, pues, Porportuk continuó adelantando dinero a regañadientes, un dinero que fluía interminablemente como una espuma dorada. Una cosa se había propuesto El-Soo por encima de todo. Que su padre muriera como había vivido. No se ahorrarían gastos ni escasearían las fiestas, ni disminuiría su espléndida hospitalidad. En tiempos de escasez los indios llegaban hambrientos a la casona y la abandonaban satisfechos como en los viejos tiempos. Cuando no había dinero se pedía prestado a Porportuk, y los indios seguían dejando la casa satisfechos. El-Soo podía muy bien haber dicho, como los aristócratas de otros tiempos y lugares, después de mí, el diluvio. En su caso el diluvio era el anciano Porportuk. Con cada préstamo la miraba con ojos más posesivos, y sentía revivir en su interior un fuego ya casi olvidado. Pero El-Soo no reparaba en él ni en los blancos que pretendían contraer matrimonio con ella en la Misión, con anillo, sacerdote y devocionario. Porque en Tanana Station había un joven llamado Akoon, de su misma sangre y de su misma tribu y de su mismo pueblo. A sus ojos Akoon era fuerte y apuesto. Era un gran cazador, y por haber viajado mucho era también muy pobre. Había estado en tierras y lugares desconocidos; había llegado hasta Sitka y los Estados Unidos; había cruzado el continente hasta la Bahía de Hudson, y había navegado a la caza de focas hasta Siberia y el Japón.
       Cuando volvió de la mina de oro de Klondike acudió, como era obligado, a la vieja casona a informar a Klakee-Nah de todo lo que había visto, y allí conoció a El-Soo, que hacía tres años había regresado de la Misión. Desde entonces ya no quiso viajar más y rechazó un jornal de veinte dólares diarios como piloto de un gran navío. Cazaba y pescaba, pero nunca se alejaba de Tanana Station, y pasaba en la casona muchos y largos ratos. El-Soo le comparó con muchos otros hombres y le halló de su agrado. Él le cantaba canciones y se mostraba con ella tan ardiente y fogoso que toda Tanana Station supo pronto que la quería. Porportuk se limitó a fruncir el ceño y adelantar más dinero para los gastos de la casa.
       Y llegó el día del banquete postrero de Klakee-Nah. Se sentó a la mesa con la muerte en la garganta y no pudo anegarla con vino. Y atronaron las risas y las canciones, y Akoon narró una historia que resonó entre las vigas. No hubo lágrimas ni suspiros. Era natural que Klakee-Nah muriera como había vivido, y nadie lo comprendía mejor que El-Soo, con su temperamento de artista. Allí estaban los alborotadores de siempre y tres marineros recién llegados de una travesía por el Ártico, únicos supervivientes de una tripulación de setenta y cuatro, y cuyos cuerpos revelaban las huellas de la congelación. A espaldas de Klakee-Nah se hallaban cuatro ancianos, los únicos que quedaban de los esclavos de su juventud. Con ojos lacrimosos satisfacían todos sus deseos, le llenaban su copa con manos temblorosas o le daban palmadas en la espalda cuando tosía y jadeaba.
       Fue una noche de orgía, pero conforme pasaban las horas y seguían resonando las risas y el jolgorio, la muerte se agitaba cada vez más intranquila en la garganta de Klakee-Nah.
       Fue entonces cuando mandó a buscar a Porportuk. Y Porportuk entró helado por el frío que reinaba en el exterior, y miró con censura la carne y el vino que había sobre la mesa y que él había pagado. Pero cuando recorrió con la vista la fila de caras congestionadas y su mirada se posó finalmente en el rostro de El-Soo, una extraña luz iluminó sus ojos y por un momento su ceño se desvaneció. Le hicieron sitio junto a Klakee-Nah y pusieron una copa ante él. Klakee-Nah la llenó con sus propias manos.
       —¡Bebe! —gritó—. ¿No te gusta? —Los ojos de Porportuk se humedecieron mientras asentía y chascaba la lengua—. ¿Cuándo en tu casa has bebido nada semejante? —le preguntó Klakee-Nah.
       —No negaré que este licor es un placer para mi garganta —respondió Porportuk, y luego se interrumpió dudando al elegir las palabras con que completar la frase.
       —Pero es demasiado caro —dijo Klakee-Nah entre risotadas, rematándola por él.
       Porportuk frunció el ceño ante las carcajadas de los comensales. Sus ojos relumbraron con un brillo malévolo.
       —Tú y yo fuimos niños al mismo tiempo y tenemos la misma edad —dijo—. Tú llevas la muerte en la garganta y yo todavía estoy fuerte.
       Un murmullo ominoso se elevó entre los asistentes. Klakee-Nah tosió luchando por cobrar aliento, y los viejos esclavos le dieron palmadas en la espalda. Dejó de toser jadeante, y acalló con un gesto los murmullos amenazadores.
       —Llegaste al extremo de apagar el fuego de tu casa porque la leña costaba demasiado —gritó—. Tú no has vivido. Vivir costaba demasiado y tú te negaste a pagar el precio. Tu existencia ha sido como una cabaña en que no hubiera ni fuego ni mantas con qué calentarse. —Hizo señas a un esclavo para que le llenara su copa y la alzó en el aire—. Pero yo sí he vivido. Y la vida me ha calentado mientras tú temblabas de frío. Es verdad, vivirás largo tiempo. Pero las noches más largas son aquellas en que el hombre tirita y el temblor le impide dormir. Mis noches han sido cortas, pero he dormido caliente.
       Vació la copa de un trago y la arrojó al aire. La mano temblorosa del esclavo no logró alcanzarla, y el cristal se hizo añicos en el suelo. Klakee-Nah se recostó luego en su sillón jadeando, mirando las copas alzadas de los invitados y sonriendo ligeramente en respuesta a sus aplausos. A una señal suya, dos esclavos se precipitaron a incorporarle en su asiento. Pero carecían de la fuerza suficiente y el cuerpo de Klakee-Nah era robusto, y los cuatro hombres se tambalearon mientras se incorporaban.
       —Pero ni a ti ni a mí nos toca decidir cómo hay que vivir —continuó—. Esta noche tenemos que ocuparnos de otro asunto, Porportuk. Las deudas son una desgracia, y yo estoy en deuda contigo. ¿Cuánto te debo en total?
       Porportuk buscó en su bolsa y sacó unos papeles. Bebió un sorbo de vino y comenzó.
       —Aquí hay un pagaré fechado en agosto de 1889 por trescientos dólares. Otro del año siguiente por quinientos dólares. Esta cantidad está incluida en el pagaré firmado dos meses después por valor de mil dólares. Luego…
       —Déjate de pagarés —gritó Klakee-Nah impaciente—. Me marean y me da vueltas la cabeza… Dime el total. En números redondos. ¿Cuánto es?
       Porportuk concentró su atención en las notas.
       —Quince mil novecientos sesenta y siete dólares con setenta y cinco centavos —leyó con esmerada precaución.
       —Digamos dieciséis mil dólares —dijo Klakee-Nah desafiante—. Me gusta redondear las cifras. Hazme un pagaré por dieciséis mil dólares y yo te lo firmaré. No he pensado en los intereses. Añade lo que creas conveniente y hazlo pagadero para el otro mundo, donde nos encontraremos junto a la hoguera del Gran Padre de todos los indios. Allí te devolveré todo. Te lo prometo. Tienes la palabra de Klakee-Nah.
       Porportuk le miró perplejo y las risas resonaron en toda la habitación. Klakee-Nah levantó las manos.
       —No —gritó—, no es una broma. Hablo con toda justicia. Para eso te mandé llamar, Porportuk. Escribe ese pagaré.
       —Yo no hago tratos con el otro mundo —respondió Porportuk lentamente.
       —¿Es que no piensas encontrarte conmigo ante el Gran Padre? —preguntó Klakee-Nah. Y añadió—. Te aseguro que estaré allí.
       —Yo no hago tratos con el otro mundo —repitió Porportuk. El que iba a morir le miró con verdadero asombro.
       —No sé nada del otro mundo —explicó Porportuk—. Yo sólo hago tratos con éste.
       La faz de Klakee-Nah se despejó.
       —Eso te pasa por dormir con frío por las noches —rió. Meditó durante unos segundos y continuó—. Entonces te pagaré en este mundo. Me queda esta casa. Tómala y quema el pagaré con la llama de esta vela.
       —Esta casa es vieja y no vale tanto dinero —respondió Porportuk.
       —Tengo las minas de Twisted Salmón.
       —Que no cubren siquiera los gastos —fue la respuesta.
       —Queda mi parte del vapor “Koyukuk”. La mitad me pertenece.
       —Está en el fondo del río Yukón.
       Klakee-Nah se sobresaltó.
       —Es cierto, me había olvidado. Se hundió la primavera pasada con el deshielo. —Meditó unos momentos, durante los cuales las copas quedaron posadas sobre la mesa y todos quedaron inmóviles pendientes de sus palabras—. Al parecer te debo una suma que no puedo pagarte en este mundo. —Porportuk asintió y bajó los ojos—. Eso indica, Porportuk, que eres un mal negociante —dijo Klakee-Nah astutamente.
       Entonces respondió Porportuk con osadía:
       —No, aún te queda algo.
       —¿Cómo dices? —gritó Klakee-Nah—. ¿Que aún me queda algo? Dime qué es. Considéralo tuyo y con eso cancelamos la deuda.
       —Allí está —dijo Porportuk señalando a El-Soo. Klakee-Nah no le entendió. Miró hacia el extremo de la mesa, se restregó los ojos y volvió a mirar.
       —Tu hija El-Soo. Dámela y consideraré la deuda cancelada. Quemaré el pagaré con la llama de esta vela.
       El pecho de Klakee-Nah se agitó.
       —Ja, ja, ja. Qué bromista eres. Ja, ja, ja… —Rió a carcajadas homéricas—. Con tu lecho frío y con hijas que podrían ser la madre de El-Soo… —Comenzó a toser y a asfixiarse y los esclavos le dieron palmadas en la espalda—. Ja, ja, ja —rió otra vez agitadamente.
       Porportuk esperaba pacientemente bebiendo el licor a pequeños sorbos y estudiando la doble fila de rostros que se alineaban a ambos lados de la mesa.
       —No es broma —dijo finalmente—. He dicho la verdad.
       Klakee-Nah se tranquilizó y le miró. Quiso coger la copa, pero no pudo tocarla. Un esclavo se la acercó, y entonces arrojó el vino al rostro de Porportuk.
       —¡Echadle de esta casa! —gritó a los comensales que esperaban tensos como una jauría de perros sujetos por los collares—. Hacedle rodar sobre la nieve.
       Mientras el salvaje alboroto pasaba junto a él en dirección a la puerta, Klakee-Nah hizo una seña a los esclavos para que le ayudaran a ponerse en pie. Cuando los invitados regresaron, les recibió erguido y con la copa en la mano, y brindó por las noches cortas en que el hombre duerme caliente en su lecho.
       No llevó mucho tiempo hacer el recuento de los bienes de Klakee-Nah. El-Soo llamó en su ayuda a Tommy, el empleado inglés de la factoría. No hallaron sino deudas, pagarés vencidos y propiedades hipotecadas y sin valor. Todo había ido a parar a manos de Porportuk. Tommy le calificó de ladrón incontables veces, mientras calculaba los intereses que había cargado.
       —¿Existe tal deuda, Tommy? —preguntó El-Soo.
       —No es una deuda, es un robo —respondió Tommy.
       —Aun así es una deuda —insistió El-Soo.
       Pasó el invierno y llegó el comienzo de la primavera, y la deuda de Porportuk seguía pendiente. Visitó a El-Soo con frecuencia y le expuso con detalle, como le había expuesto a su padre, de qué modo podía cancelarla. Llevó con él unos ancianos hechiceros que explicaron a la muchacha que su padre sufriría la condena eterna si ella no saldaba la deuda. Un día, después de una de esas sesiones, El-Soo anunció a Porportuk:
       —Quiero que sepas dos cosas —dijo—. Primero, que nunca seré tu mujer. ¿Lo recordarás? Segundo, que te pagaré hasta el último centavo de esos dieciséis mil dólares.
       —Quince mil novecientos sesenta y siete dólares y setenta y cinco centavos —corrigió Porportuk.
       —Mi padre dijo dieciséis mil —replicó ella—. Yo te pagaré.
       —¿Cómo?
       —Aún no lo sé, pero hallaré el modo. Ahora vete y no me molestes más. Si lo haces (dudó en elegir el castigo adecuado), si lo haces haré que te revuelquen en la nieve cuando caiga la primera nevada.
       Esto sucedía al principio de la primavera y poco después El-Soo sorprendió a toda la región. Por toda la zona del Yukón, desde Chilcoot al Delta se corrió de campamento en campamento, hasta llegar a los más lejanos, la voz de que en junio, cuando bajaran la corriente los primeros salmones, El-Soo, hija de Klakee-Nah, se vendería en pública subasta para satisfacer la deuda que tenía con Porportuk. Todo intento de disuadirla fue vano. El misionero de St. George trató de razonar con ella, pero El-Soo replicó:
       —Sólo las deudas que se tienen con Dios se saldan en el otro mundo. Las deudas de los hombres pertenecen a este mundo, y aquí es donde hay que saldarlas.
       Akoon también lo intentó, pero ella le replicó:
       —Yo te quiero, Akoon, pero el honor es más fuerte que el amor y, ¿quién soy yo para mancillar el nombre de mi padre? La Hermana Alberta vino desde la Misión en el primer vapor, y logró el mismo resultado. Mi padre vaga por un bosque espeso e interminable —dijo El-Soo—. Y seguirá errante entre los espíritus de los condenados hasta que la deuda sea satisfecha. Sólo entonces será admitido en la casa del Gran Padre.
       —¿Tú crees eso? —preguntó la Hermana Alberta.
       —No lo sé —respondió El-Soo—. Pero eso es lo que creía mi padre.
       La Hermana Alberta se encogió de hombros incrédula.
       —¿Quién sabe? Quizá las cosas que creemos llegan a hacerse un día realidad —continuó El-Soo—. ¿Por qué no? Para usted el más allá será el Cielo y la música de arpas, porque eso es en lo que ha creído; para mi padre el más allá puede ser una gran casa en la que, sentado junto a su Dios, participe para siempre de un gran festín.
       —¿Y para ti? —preguntó la Hermana Alberta—. ¿Qué será el otro mundo para ti?
       El-Soo dudó un momento.
       —Me gustaría tener un poco de las dos cosas. Me gustaría ver su rostro y también el rostro de mi padre.
       Y llegó el día de la subasta. Tanana Station estaba atestado de gente. Las tribus se habían reunido como tenían por costumbre para aguardar la bajada del salmón y mientras tanto pasaban el tiempo en bailes y diversiones, negocios y chismorreos. Entre los indios había la acostumbrada mezcla de aventureros, comerciantes y buscadores de minas blancos, más un gran número de extranjeros que habían venido atraídos por la curiosidad o el interés que despertaba aquel curioso suceso.
       La primavera se había retrasado y el salmón tardaba en bajar. Este retraso no hacía sino aumentar el interés. Para más acicate, el día de la subasta Akoon contribuyó a hacer más tensa la situación anunciando pública y solemnemente que el que comprara a El-Soo moriría inmediatamente. Para demostrar la verdad de sus palabras blandía su Winchester en la mano. El-Soo se enfureció, pero él se negó a hablar con ella, y fue a la factoría a abastecerse de munición.
       A las diez de la noche pescaron el primer salmón, y a las doce en punto comenzó la subasta. Tuvo lugar sobre un promontorio situado a orillas del Yukón. El sol estaba a punto de aparecer por el norte, y el cielo estaba teñido de un rojo tenue. La muchedumbre se apiñaba en torno a una mesa y dos sillas, colocadas al borde de la ribera. En las primeras filas se hallaban la mayoría de los blancos y varios caciques. Al frente de todos, con el rifle en la mano, se erguía Akoon. Tommy hacía de subastador, a petición de El-Soo. Hizo el discurso de apertura y describió la mercancía que iba a subastar. El-Soo, espléndida y bárbara, ataviada con el traje propio de la hija del cacique, se había subido a una silla para que todos pudieran contemplarla a su gusto.
       —¿Quién quiere comprar esposa? —preguntó—. Miradme. Tengo veinte años y soy virgen. El hombre que me compre hallará en mí a una buena esposa. Si es blanco vestiré a la manera de las blancas, y si es indio vestiré (dudó unos segundos), como una squaw. Sé hacer mis propios vestidos y coser, lavar y remendar. Durante ocho años aprendí todas esas cosas en la Misión de la Santa Cruz. Sé leer y escribir en inglés, y sé tocar el órgano. Se también matemáticas y un poco de álgebra… sólo un poco. Me venderé al mejor postor, y firmaré un contrato de venta. Olvidé decir que canto muy bien y que no he estado enferma en toda mi vida. Peso ciento treinta y dos libras. Mi padre ha muerto y no tengo familia. ¿Quién me quiere?
       Miró hacia la muchedumbre con una llama de audacia en los ojos, y bajó de la silla. A petición de Tommy volvió a subir a ella, mientras él se subía a otra y comenzaba la puja.
       En torno a El-Soo montaban guardia los cuatro esclavos de su padre. Eran como troncos retorcidos por los años; sus cuerpos temblaban, pero seguían fieles a su ama. Pertenecían a una generación del pasado que contemplaba imperturbable las excentricidades de los jóvenes. En las primeras filas se hallaban varios reyes de Eldorado y de Bonanza, regiones ambas del alto Yukón, y junto a ellos, apoyados en muletas e hinchados por el escorbuto, los buscadores de minas. Entre la multitud destacaba por su viveza el rostro de ojos salvajes de una india de las regiones remotas del alto curso del Tanana; un Sitkan solitario se erguía junto a un indio Stick del Lago Le Barge, y más allá se agrupaban, algo apartados de la muchedumbre, media docena de viajeros francocanadienses. De muy lejos llegaban los graznidos débiles de una miríada de aves salvajes que estaban entonces fabricando sus nidos. Las golondrinas remontaban el vuelo desde la plácida superficie del Yukón, y cantaban los ruiseñores. Los rayos oblicuos del sol aún oculto brillaban a través del humo provocado por un incendio forestal que tenía lugar a mil millas de distancia, un humo que se disipaba en las alturas, tiñendo los cielos de un rojo sombrío, mientras la tierra se iluminaba con el resplandor del sol, que se reflejaba en los rostros de todos, dando a la escena un aire irreal y fantasmagórico.
       La puja comenzó lentamente. El indio Sitkan, que desconocía aquellas tierras, y que había llegado sólo media hora antes, ofreció cien dólares, con una voz confiada, y se sorprendió cuando Akoon se volvió amenazador hacia él con el rifle en la mano. La subasta prosiguió tediosamente. Un indio del Tozikakat, piloto de un vapor, ofreció ciento cincuenta, y poco después un jugador que había sido expulsado de las regiones del norte, ofreció doscientos. El-Soo se entristeció. Su orgullo estaba herido, pero reaccionó mirando a la multitud con mayor audacia. Hubo cierta inquietud entre los asistentes cuando Porportuk se abrió paso hasta el frente.
       —Quinientos dólares —ofreció en voz muy alta, y luego miró en torno suyo para ver el efecto que habían causado sus palabras. Había decidido asestar un buen golpe moral a la concurrencia exhibiendo sus riquezas y abortando así desde un primer momento la posible competencia. Pero uno de los viajeros, que miraba a El-Soo con ojos relampagueantes, subió la oferta cien dólares—. Setecientos —respondió Porportuk prontamente. Y con la misma prontitud surgió el “ochocientos” del viajero. Porportuk asestó un nuevo golpe—: Mil doscientos —gritó. Con mirada de profundo desencanto, el viajero guardó silencio. La puja terminó. Tommy se esforzó cuanto pudo, pero no pudo conseguir otra oferta.
       El-Soo se dirigió entonces a Porportuk:
       —Sería conveniente, Porportuk, que midieras tu oferta. ¿Has olvidado que te dije que no sería nunca tu esposa?
       —Esta es una subasta pública —respondió él—. Te compraré con un contrato de venta. He ofrecido mil doscientos dólares. Me has salido barata.
       —Maldita sea. Eso te crees —gritó Tommy—. ¿Qué importa que sea yo el subastador? Eso no impide que pueda pujar yo también. Ofrezco mil trescientos.
       —Mil cuatrocientos —exclamó Porportuk.
       —Te compraré y te trataré como a una hermana —susurró Tommy al oído de El-Soo, y luego gritó—: Mil quinientos.
       Cuando llegaron a los dos mil, uno de los reyes de Eldorado intervino en la puja y Tommy se retiró.
       Porportuk esgrimió por tercera vez el poder de sus riquezas y alzó el precio quinientos dólares más. Pero el rey de Eldorado se sintió ofendido. Ningún hombre le avasallaba a él, y subió otros quinientos la oferta. El-Soo estaba valorada ahora en tres mil dólares. Porportuk ofreció entonces tres mil quinientos y carraspeó cuando el rey de Eldorado subió mil dólares más. Porportuk subió quinientos de nuevo y volvió a carraspear cuando el rey ofreció mil más.
       Porportuk estaba furioso. Su orgullo estaba herido. Alguien se atrevía a oponerse a su fuerza, porque para él la fuerza consistía en el dinero. Nadie le haría parecer débil ante los ojos de todos. El-Soo carecía ya de importancia. Estaba dispuesto a derrochar los ahorros y economías que había acumulado a base de noches frías a lo largo de toda su vida. La puja había llegado a los seis mil dólares. Él subió a siete mil. Y así siguió subiendo el precio de El-Soo de mil en mil dólares tan rápidamente como podían articularse las cifras. Al llegar a los catorce mil, los dos hombres se detuvieron a cobrar aliento. Entonces ocurrió lo inesperado. Alguien entre la multitud asestó un golpe aún más poderoso. En el silencio que sobrevino, el jugador que había olfateado un buen negocio y había formado una sociedad con varios de sus compañeros, ofreció dieciséis mil dólares.
       —Diecisiete mil —articuló Porportuk débilmente.
       —Dieciocho mil —dijo el rey.
       Porportuk reunió fuerzas.
       —Veinte mil.
       La sociedad se retiró en pleno. El rey de Eldorado elevó la oferta mil dólares, y Porportuk pujó de nuevo. Mientras tanto, Akoon se volvía de uno a otro, mitad amenazador, mitad curioso, como para ver qué clase de hombre era aquél a quien tendría que matar. Cuando el rey se disponía a hacer una nueva oferta, Akoon se aproximó a él. El rey, tras desabrochar la funda del revólver que llevaba colgada del cinto, dijo:
       —Veintitrés mil.
       —Veinticuatro mil —dijo Porportuk, con la certeza de que con esta nueva oferta había vencido por fin a su rival. Este se acercó entonces a El-Soo y la estudió cuidadosamente largo rato.
       —Quinientos más —dijo al fin.
       —Veinticinco mil —respondió Porportuk.
       El rey meditó un buen rato y al fin meneó la cabeza. Volvió a mirar a la muchacha y dijo con desgana:
       —Quinientos más.
       —Veintiséis mil —disparó Porportuk.
       El rey denegó con la cabeza y se negó a atender la súplica desesperada que se leía en los ojos de Tommy. Mientras tanto Akoon se había ido acercando a Porportuk. El-Soo lo advirtió, y mientras Tommy se esforzaba por convencer al rey de Eldorado de que no abandonara la puja habló con un susurro al oído de uno de los esclavos. Y mientras los gritos de Tommy de “Vamos, señores, pujen”, dominaban el aire, el esclavo se acercó a Akoon y le susurró también algo al oído. Akoon no dio muestras de haber oído nada, aunque El-Soo le miraba ansiosamente.
       —Adjudicada —resonó la voz de Tommy— a Porportuk por veintiséis mil dólares.
       Porportuk miró inquieto en dirección a Akoon. Todas las miradas se centraban en el joven, pero éste no se movió.
       —Que traigan la balanza —dijo El-Soo.
       —Pagaré en mi casa —respondió Porportuk.
       —Que traigan la balanza —repitió El-Soo—. Pagarás aquí a la vista de todos.
       Trajeron la balanza de la factoría, mientras Porportuk iba a su casa y regresaba seguido por un hombre cargado con varios sacos de piel de alce llenos de oro. Tras él venía también un indio armado con un rifle que no apartaba la vista de Akoon.
       —Aquí están los pagarés y las hipotecas —dijo Porportuk—. Son quince mil novecientos sesenta y siete dólares y setenta y cinco centavos.
       El-Soo tomó los documentos y le dijo a Tommy:
       —Esto cuenta como dieciséis mil dólares.
       —Quedan por pagar diez mil dólares en oro —dijo Tommy. Porportuk asintió y desató las cuerdas que cerraban los sacos. El-Soo, de pie sobre el borde del promontorio, rompió los documentos en mil pedazos y los arrojó al aire sobre el Yukón. Comenzaban a pesar el oro cuando Porportuk les interrumpió:
       —Naturalmente, a diecisiete dólares por onza —dijo mientras Tommy ajustaba la balanza.
       —A dieciséis —dijo secamente El-Soo.
       —La costumbre de estas tierras es asignar a cada onza un valor de diecisiete dólares —respondió Porportuk— y esta es una transacción comercial.
       El-Soo rió.
       —Esa costumbre es nueva —dijo—. Comenzó esta primavera. El año pasado y los años anteriores la onza se valoraba en dieciséis dólares. Así se hacía cuando mi padre contrajo la deuda. Cuando gastó en el almacén el dinero que tú le diste, por cada onza le dieron dieciséis dólares de harina, y no diecisiete.
       Porportuk gruñó, pero la operación continuó.
       —Haz tres montones, Tommy —dijo ella—. Uno de mil dólares, otro de tres mil y otro de seis mil.
       La operación fue lenta, y mientras se pesaba el oro, las miradas de todos se centraban en Akoon.
       —Está esperando a que termine de pagar —dijo uno, y todos lo aceptaron y esperaron a ver qué hacía Akoon cuando el pago se hubiera efectuado. Y el hombre del rifle que había traído Porportuk esperaba también sin perder de vista a Akoon.
       Acabaron de pesar el oro y éste quedó sobre la mesa en tres montones de un color amarillo oscuro.
       —Mi padre debía a la compañía tres mil dólares —dijo El-Soo—. Tómalos, Tommy, y salda la deuda. Aquí hay cuatro hombres que tú conoces. Toma estos mil dólares y ocúpate de que estos ancianos nunca padezcan hambre ni carezcan de tabaco.
       Tommy puso los dos montones de oro en sendas bolsas, con ayuda de una paleta. Sobre la mesa seguía el montón de seis mil dólares. El-Soo tomó la paleta, la hundió en el oro y con un movimiento súbito lo arrojó sobre el Yukón en una lluvia dorada. Porportuk la asió por la muñeca en el momento en que hundía la paleta en el montón por segunda vez.
       —Es mío —dijo ella con calma. Porportuk la dejó hacer, pero los dientes le rechinaron y su ceño se frunció sombrío, mientras ella continuaba arrojando el oro al río hasta que se hubo agotado.
       La muchedumbre no tenía ojos sino para Akoon. El hombre que había traído Porportuk seguía con el rifle apoyado sobre el brazo izquierdo apuntando a Akoon, que se hallaba a menos de una yarda de distancia, con un dedo en el gatillo. Pero Akoon permanecía inmóvil.
       —Firma el contrato —dijo sombríamente Porportuk.
       Tommy redactó el documento, según el cual Porportuk pasaba a ser dueño absoluto de todo derecho sobre El-Soo. Ella firmó el papel y Porportuk lo dobló y se lo guardó en su bolsa. De pronto sus ojos relampaguearon y se dirigió así a El-Soo:
       —Pero esto no tiene nada que ver con la deuda de tu padre —dijo—. Lo que he pagado es tu precio. La venta se ha efectuado hoy y no el año pasado ni el anterior. Por el oro que he pagado por ti te darán en el almacén diecisiete dólares de harina, y no dieciséis. He perdido un dólar por cada onza. Seiscientos veinticinco dólares en total.
       El-Soo reflexionó unos segundos y se dio cuenta del error que había cometido. Sonrió y luego prorrumpió en una carcajada.
       —Tienes razón —dijo—. Me he equivocado. Pero es demasiado tarde. Tú has pagado y el oro ha desaparecido No pensaste a tiempo. Peor para ti. Tu astucia se va debilitando con la edad, Porportuk. Te estás haciendo viejo.
       Porportuk no contestó. Miró con inquietud a Akoon, y al verle inmóvil se tranquilizó. Apretó con fuerza los labios y apareció en su rostro un gesto de crueldad.
       —Vamos —dijo—. Vamos a mi casa.
       —¿Recuerdas las dos cosas que te dije en la primavera? —preguntó El-Soo sin hacer el menor ademán por acompañarle.
       —Si prestara atención a todo lo que dicen las mujeres tendría la cabeza llena de tonterías —contestó él.
       —Te dije que te pagaría —prosiguió El-Soo midiendo cuidadosamente sus palabras—. Y te dije que nunca sería tu esposa.
       —Pero eso fue antes de que te vendieras. —Porportuk tocó el documento, que crujió entre sus dedos dentro de la bolsa—. Te he comprado ante los ojos de todos. Me perteneces. Eso no puedes negarlo.
       —Sí, te pertenezco —dijo El-Soo.
       —Eres mía.
       —Sí, soy tuya.
       La voz de Porportuk se elevó con una nota de triunfo.
       —Te poseo como se posee a un perro.
       —Me posees como se posee a un perro —continuó El-Soo, sin perder la calma—. Pero olvidas lo que te dije. Si me hubiera comprado cualquier otro hombre yo habría sido su esposa. Una buena esposa. Esa era mi voluntad. Pero mi voluntad con respecto a ti es que nunca seré tu mujer. Por lo tanto, considérame uno de tus perros.
       Porportuk se dio cuenta de que jugaba con fuego, y decidió andarse con cuidado.
       —Entonces me dirijo a ti no como a El-Soo, sino como a un perro —dijo—, y te ordeno que me sigas.
       Tendió la mano para cogerla por el brazo, pero ella le detuvo con un gesto.
       —No corras tanto, Porportuk. Si compras un perro y el perro escapa tú te quedas sin él, ¿no? Hemos quedado en que soy tu perro. ¿Qué pasa si escapo?
       —Como soy tu dueño, puedo apalearte…
       —Cuando me alcances, ¿no?
       —Cuando te alcance.
       —Entonces cógeme.
       Se lanzó sobre ella, pero El-Soo le esquivó. Riendo corrió en torno a la mesa.
       —Vamos, alcánzame. —Porportuk dio entonces orden al indio del fusil de que la cogiera, pero en el momento en que éste se disponía a obedecerle, el rey de Eldorado le tumbó con un puñetazo que le alcanzó bajo el oído. El rifle cayó al suelo con gran escándalo. Aquello significaba una magnífica oportunidad para Akoon. Sus ojos relampaguearon, pero no se movió.
       Porportuk era viejo, pero las noches frías le habían mantenido ágil. En vez de correr en torno a la mesa se lanzó de un salto sobre ella, cogiendo a El-Soo totalmente desprevenida. Esta se echó atrás con un grito de alarma y Porportuk la hubiera alcanzado de no ser por que Tommy le puso la zancadilla. Porportuk tropezó y cayó de bruces en el suelo y El-Soo salió corriendo.
       —Alcánzame —dijo, volviendo el rostro, riendo mientras huía. Corría ligera y ágil, pero Porportuk era veloz y le animaba la cólera. Corría tanto como ella, pues en su juventud había sido el más ligero de los jóvenes, pero El-Soo supo esquivarle. Como iba vestida a la manera de las indias, sus piernas no se enredaban en las faldas, y su cuerpo cimbreante se curvaba en un vuelo que desafiaba las manos de Porportuk.
       La muchedumbre se desperdigó entre risas y tumultos, para contemplar mejor la persecución. Los dos participantes habían llegado al campamento de los indios y esquivando, dando rodeos y vueltas y más vueltas, El-Soo aparecía y desaparecía entre las tiendas, seguida de Porportuk. Parecía recuperar el equilibrio apoyándose en el aire con los brazos, ora hacia un lado, ora hacia el otro, desafiando la perpendicular en las curvas más pronunciadas, buscando equilibrio en el vacío. Y Porportuk, siempre a un paso de distancia, corría tras ella como un galgo.
       Cruzaron el campo que se extendía al otro lado del campamento y se internaron en el bosque. Tanana Station esperó su reaparición, pero su espera fue larga e inútil. Mientras tanto, Akoon comió y durmió y descansó en el muelle haciendo oídos sordos al resentimiento de todos. Veinticuatro horas después, Porportuk regresó. Venía exhausto y encolerizado. No habló con nadie más que con Akoon. Trató de provocarle, pero éste se encogió de hombros y se fue. Porportuk no perdió tiempo. Equipó a media docena de sus hombres, eligiendo los más jóvenes y los mejores rastreadores, y se hundió en el bosque, a la cabeza del pelotón.
       Al día siguiente el vapor “Seattle”, que remontaba la corriente del Yukón, ancló en el muelle para cargar madera. Cuando soltó amarras y se alejó levantando una estela de espuma, Akoon iba en la cabina del piloto. Pocas horas después, cuando le tocó el turno de manejar el timón, divisó una pequeña canoa de corteza de abedul que se alejaba de la orilla. En ella iba una sola persona. Miró atentamente, hizo girar el timón y aminoró la marcha.
       El capitán entró en la cabina.
       —¿Qué pasa? —preguntó—. Tenemos que aprovechar la corriente. —Akoon le respondió con un gruñido.
       Vio entonces una canoa más grande que zarpaba de la ribera, y en la que iba un grupo numeroso de hombres. Mientras el “Seattle” perdía velocidad, dio unas vueltas más al timón. El capitán se enfureció.
       —Es sólo una squaw —protestó. Akoon no le contestó. Tenía la mirada fija en la muchacha y en la canoa que la perseguía. Avanzaba ésta rápidamente, impulsada por seis remos, mientras que la barca de la squaw avanzaba lentamente—. Dejarás el barco en cuanto lleguemos a tierra —dijo el capitán mientras trataba de arrebatarle la rueda del timón. Pero Akoon redobló su fuerza y le miró a los ojos. El capitán soltó lentamente las cabillas—. ¡Qué extraño pordiosero! —se dijo para su capote.
       Akoon mantuvo el “Seattle” al borde de las aguas someras y esperó hasta que vio los dedos de la muchacha aferrarse a la borda. Dio orden entonces de avanzar a toda marcha, e hizo girar de nuevo el timón. La canoa se hallaba entonces muy cerca, pero poco a poco se fue agrandando la distancia que la separaba del vapor. El-Soo reía inclinada sobre la borda.
       —Alcánzame, Porportuk —gritaba.
       Akoon desembarcó en Fort Yukón. Aparejó una barca y en ella remontó el río del Puerco Espín. El-Soo le acompañaba. Fue un viaje fatigoso, que les llevó a través del cinturón del mundo, pero Akoon ya lo había recorrido antes. Cuando llegaron a las fuentes del río Puerco Espín abandonaron la embarcación y cruzaron a pie las montañas rocosas.
       A Akoon le gustaba caminar detrás de El-Soo para poder admirar la gracia con que se movía. Había en su andar una armonía que le fascinaba. Le gustaban especialmente las pantorrillas bien torneadas y enfundadas en pieles primorosamente curtidas, aquellos tobillos finos y aquellos piececillos calzados con mocasines, unos pies que nunca, ni en las jornadas más largas, daban muestras de cansancio.
       —Eres ligera como el aire —le dijo en cierto momento con admiración—. Andar no te cuesta el menor trabajo. Tus pies se mueven tan rápidos que se diría que flotan en el aire. Eres como un venado, El-Soo; tus ojos parecen los ojos de un venado cuando me miras o cuando oyes un ruido y te preguntas si te acecha algún peligro. Tus ojos parecen los de un venado ahora, mientras me miras. —Y El-Soo, radiante y emocionada, se inclinó sobre él y le besó.
       —Cuando lleguemos al Mackenzie nos detendremos —dijo Akoon más tarde—. Seguiremos hacia el sur antes de que el invierno nos alcance. Iremos a las tierras del sol, donde no conocen la nieve. Pero regresaremos. He visto mucho mundo y no hay tierra como Alaska, no hay sol como nuestro sol, ni nada como la nieve después del largo verano.
       —Y aprenderás a leer —dijo El-Soo.
       Y Akoon respondió:
       —Claro que aprenderé a leer.
       Pero cuando llegaron al Mackenzie tuvieron que detenerse. Allí se unieron a una banda de indios, y durante una cacería, Akoon fue herido accidentalmente. Uno de los indios más jóvenes no sabía manejar bien el rifle. La bala le atravesó el brazo derecho y le rompió dos costillas. Por suerte, Akoon sabía algo de cirugía, mientras que El-Soo había aprendido a hacer curas en la Misión de la Santa Cruz. Al fin los huesos estuvieron en su sitio y Akoon tuvo que esperar tendido junto al fuego a restablecerse. A causa de los mosquitos no podía alejarse de la hoguera.
       Entonces llegó Porportuk acompañado de sus seis servidores. Akoon maldijo su impotencia y pidió ayuda a los Mackenzies. Pero Porportuk protestó y los indios se sorprendieron. Se dispuso a llevarse a El-Soo, pero los Mackenzies no se lo permitieron. Había que celebrar un juicio, y como se trataba de un hombre y una mujer, decidieron que se reuniera el consejo de ancianos para que no fueran los jóvenes, más fáciles de conmover, los que pronunciaran sentencia. Los ancianos se sentaron en círculo en torno a la hoguera sin llamas. Sus rostros eran enjutos y estaban surcados por innumerables arrugas. Respiraban con dificultad y aspiraban el aire jadeantes. El humo dañaba a sus pulmones. De vez en cuando espantaban con mano temblorosa los mosquitos que desafiaban el fuego de la hoguera, esfuerzo que les inducía a toser cavernosamente. Varios de ellos escupían sangre, y uno se sentó un poco apartado de los otros, con la cabeza inclinada hacia delante y sangrando lenta y continuadamente por la boca. El mal de la tos había hecho presa en ellos. Eran como cadáveres animados; les quedaba poco tiempo de vida. Eran muertos los que iban a pronunciar sentencia.
       —Pagué por ella un elevado precio —concluyó Porportuk su queja—. Un precio como jamás habéis visto pagar. Si vendierais todo lo que poseéis, si vendierais vuestros arcos, flechas y rifles, si vendierais pieles, tiendas, barcos y perros, todo lo que tenéis, no llegaríais a reunir ni mil dólares. Y yo pagué por esta mujer, El-Soo, veintiséis veces el precio de vuestros arcos y flechas, de vuestros rifles y pieles, de vuestras tiendas, barcos y perros. Fue un precio muy alto.
       Los ancianos asintieron gravemente, pero sus ojos marchitos se abrieron con asombro ante el hecho de que una mujer pudiera valer tanto. El que sangraba por la boca se limpió los labios.
       —¿Dice la verdad? —preguntó a cada uno de los seis jóvenes. Todos ellos respondieron afirmativamente—. ¿Dice la verdad? —preguntó después a El-Soo, y ella respondió:
       —Es cierto.
       —Pero Porportuk no ha dicho que es viejo —dijo Akoon—, y que tiene hijas mayores que El-Soo.
       —Es verdad, Porportuk es un anciano —dijo El-Soo.
       —Sólo Porportuk puede medir la fuerza de su edad —dijo el que sangraba por la boca—. Nosotros también somos viejos. ¡Cuidado! La edad no hace tan viejo como la juventud cree.
       Y los ancianos del círculo cerraron con fuerza las encías y asintieron, dando grandes muestras de aprobación, mientras tosían y carraspeaban.
       —Le dije que nunca sería su esposa —dijo El-Soo.
       —Pero ¿aun así tomaste veintiséis veces el valor de todo lo que poseemos? —preguntó un anciano tuerto.
       El-Soo calló.
       —¿Es verdad eso? —Y su único ojo brillaba y se hundía en ella como una barrena.
       —Es cierto —respondió El-Soo—. Pero volveré a escapar —exclamó apasionadamente un momento después—. Huiré siempre.
       —Eso es lo que a Porportuk le toca considerar —dijo otro de los ancianos—. A nosotros sólo nos corresponde pronunciar sentencia.
       —¿Qué precio pagaste tú por ella? —le preguntaron a Akoon.
       —Yo no pagué ningún precio —respondió—. El-Soo estaba para mí por encima del dinero. Yo no la medía ni en oro, ni en perros, ni en tiendas, ni en pieles.
       Los ancianos deliberaron en voz baja.
       —Estos hombres son de hielo —dijo Akoon en inglés—. No haré caso de su sentencia, Porportuk. Si te llevas a El-Soo ten por seguro que te mataré.
       Los ancianos callaron y le miraron con sospecha.
       —No entendemos la lengua que hablas —dijo uno de ellos.
       —Ha dicho que me matará —se prestó a traducir Porportuk—. Debíais quitarle el fusil y hacer que varios de vuestros hombres le vigilaran para que no pueda hacerme daño alguno. Es joven, ¿y qué son para un joven unos cuantos huesos rotos?
       Akoon seguía tendido en el suelo, impotente. Le quitaron el rifle y el puñal y varios indios jóvenes montaron guardia junto a él. El anciano tuerto se levantó y una vez en pie habló:
       —Nos causa asombro el precio pagado por esta mujer. Pero si ese precio era justo o no, no es asunto nuestro. Estamos aquí para pronunciar sentencia, y eso es lo que haremos. No cabe la menor duda. Porportuk pagó un alto precio por la mujer llamada El-Soo, y por lo tanto El-Soo pertenece a Porportuk y a ningún otro. —Se sentó pesadamente y tosió. Los otros ancianos asintieron y tosieron a coro.
       —Te mataré —gritó Akoon en inglés.
       Porportuk sonrió y se levantó.
       —Vuestra sentencia es justa —dijo al Consejo—. Mis hombres os darán tabaco en abundancia. Ahora que traigan a la mujer ante mí.
       Akoon rechinó los dientes. Los jóvenes tomaron por los brazos a El-Soo, que no ofreció resistencia, y así la condujeron con el rostro encendido como la grana a presencia de Porportuk.
       —Siéntate a mis pies hasta que haya terminado de hablar —le ordenó éste. Luego hizo una pausa—. Es cierto —prosiguió—, soy viejo y, sin embargo, entiendo a la juventud. El fuego no se ha extinguido en mí todavía. Pero aun así no estoy dispuesto a correr con estas viejas piernas todo lo que me queda de vida. El-Soo puede correr velozmente. Es ligera como un venado. Lo sé porque la he visto correr y he corrido tras ella. No es bueno que una esposa sea capaz de correr tan rápido. Pagué por ella un alto precio y, sin embargo, huye de mi lado. Akoon no pagó nada por ella y, sin embargo, ella corre hacia él. Cuando llegué junto a vosotros, guerreros del Mackenzie, una sola idea me animaba. Pero mientras escuchaba al Consejo pensé en las piernas rápidas de El-Soo, y muchas ideas cruzaron por mi mente. Ahora tengo también un solo pensamiento, pero es distinto del que tenía cuando llegué ante vosotros. Dejadme que os diga en qué consiste. Cuando un perro se escapa una vez, siempre vuelve a escaparse. Por mucho que se le obligue a volver, huirá de nuevo. Cuando nos cae en suerte un perro así, lo vendemos. El-Soo es uno de esos perros. Por lo tanto, he decidido venderla. ¿Hay alguien que quiera comprarla?
       Los ancianos tosieron y guardaron silencio.
       —Akoon la compraría —continuó Porportuk—, pero no tiene dinero. Por lo tanto, y como él dice que la muchacha no tiene precio, yo se la regalo.
       Porportuk se inclinó, cogió a El-Soo de la mano y la llevó junto a Akoon, que yacía en el suelo.
       —El-Soo tiene una mala costumbre, Akoon —le dijo mientras la sentaba a sus pies—. Del mismo modo que hoy ha huido de mí, en el futuro podría escapar de tu lado. Pero no temas, que no volverá a hacerlo, Akoon. Déjalo de mi cuenta. Nunca huirá de ti, palabra de Porportuk. Su ingenio es grande, lo sé porque a veces me ha sorprendido. Pero por una vez yo estoy dispuesto a dar rienda suelta al mío. Y mi ingenio la mantendrá a tu lado, Akoon.
       Porportuk se agachó, cruzó los pies de El-Soo de modo que el empeine de uno coincidiera con el del otro, y antes de que nadie pudiera adivinar su propósito, descargó su rifle sobre los dos tobillos. Mientras Akoon luchaba contra los jóvenes que le sostenían y pujaba por levantarse, oyó una y dos veces el ruido de un hueso al astillarse.
       —Es justo —se dijeron unos a otros los ancianos.
       El-Soo no profirió una sola queja. Quedó sentada, mirándose los tobillos astillados sobre los que ya jamás podría volver a erguirse.
       —Mis piernas son fuertes, El-Soo —dijo Akoon—, pero nunca me apartarán de tu lado.
       El-Soo le miró, y por primera vez desde que la conocía, Akoon vio lágrimas en sus ojos.
       —Tus ojos son como los del venado, El-Soo —dijo.
       —¿Es justo? —preguntó Porportuk sonriendo desde el lindero del humo, mientras se aprestaba para partir.
       —Es justo —dijeron los ancianos. Y continuaron sentados en silencio.




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