Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Blanco y amarillo (1902)
(“White And Yellow”)
Originalmente publicado en The Pall Mall Magazine (marzo de 1905);
Tales of the Fish Patrol
(Nueva York: The Macmillan Company, 1905, 243 págs.)



      La bahía de San Francisco es tan vasta que a menudo sus tempestades se revelan más desastrosas para los grandes navíos que las que desencadena el propio océano. Sus aguas contienen toda clase de peces, por lo que su superficie se ve continuamente cruzada por toda clase de barcos de pesca pilotados por toda clase de pescadores. Para proteger a la fauna marina contra una población flotante tan abigarrada se han promulgado unas leyes llenas de sabiduría, y una Patrulla Pesquera vela por su cumplimiento.
       La vida de los patrulleros no carece ciertamente de emociones: muchos de ellos han encontrado la muerte en el cumplimiento de su deber, y un número más considerable todavía de pescadores, cogidos en delito flagrante, han caído bajo las balas de los defensores de la ley.
       Los pescadores chinos de gambas se encuentran entre los más intrépidos de estos delincuentes. Las gambas viven en grandes colonias y se arrastran sobre los bancos de fango. Cuando se encuentran con el agua dulce en la desembocadura de un río, dan media vuelta para volver al agua salada. En estos sitios, cuando el agua se extiende y se retira con cada marea, los chinos sumergen grandes buitrones: las gambas son atrapadas para ser seguidamente transferidas a la marmita.
       En sí misma, esta clase de pesca no tendría nada de reprensible, si no fuera por la finura de las mallas de las redes empleadas; la red es tan apretada que las gambas más pequeñas, las que acaban de nacer y que ni tan siquiera miden un centímetro de largo, no pueden escapar. Las magníficas playas de los cabos San Pablo y San Pedro, donde hay pueblos enteros de pescadores de gambas, están infestadas por la peste que producen los desechos de la pesca. El papel de los patrulleros consiste en impedir esta destrucción inútil.
       A los dieciséis años, yo ya era un buen marino y navegaba por toda la bahía de San Francisco a bordo del “Reindeer”, un balandro de la Comisión de Pesca, ya que entonces yo pertenecía a la famosa patrulla.
       Después de un trabajo agotador entre los pescadores griegos de la parte superior de la bahía, donde demasiado a menudo el destello de un puñal resplandecía al comienzo de una trifulca, y donde los contraventores de la ley no se dejan arrastrar más que con el revólver bajo la nariz, acogimos con gozo la orden de dirigimos un poco más hacia el sur para dar caza a los pescadores chinos de gambas.
       Éramos seis, en dos barcos, y, con el fin de no despertar ninguna sospecha, esperamos al crepúsculo antes de ponernos en ruta. Lanzamos el ancla al abrigo de un promontorio conocido bajo el nombre de cabo Pinole. Cuando los primeros resplandores del alba palidecían en Oriente, emprendimos de nuevo nuestro viaje, y ciñendo estrechamente el viento de tierra, atravesamos oblicuamente la bahía hacia el cabo San Pedro. La bruma matinal, espesa por encima del agua, nos impedía ver cualquier cosa, pero nos calentábamos tomando café hirviendo. Debimos igualmente entregarnos a la ingrata tarea de achicar el agua de nuestro barco; en efecto, se había abierto una vía a bordo del “Reindeer”. Aún ahora no me explico cómo se había producido, pero pasamos la mitad de la noche desplazando lastre y explorando las juntas, sin hacer ningún progreso. El agua continuaba entrando, tuvimos que doblar la guardia en la cabina y continuamos echándola por la borda.
       Después del café, tres de nuestros hombres subieron a la otra embarcación, una barca para la pesca del salmón, y sólo nos quedamos dos en el “Reindeer”. Los dos barcos navegaron juntos hasta que el sol apareció en el horizonte dispersando la bruma: la flotilla de pescadores de gambas se desplegaba en forma de media luna, cuyas puntas distaban cinco kilómetros una de otra. Cada junco estaba amarrado a la boya de una red para gambas. Pero nada se movía y no se distinguía ningún signo de vida.
       Pronto adivinamos lo que se preparaba. En espera de que hubiera mar plana para sacar del agua las redes llenas de peces, los chinos dormían en el fondo de sus embarcaciones. Alegremente, trazamos en seguida un plan de batalla.
       —Que cada uno de tus dos hombres ataque uno de los juncos —me susurró Le Grant desde el otro barco—. Tú mismo salta sobre un tercero. Nosotros haremos lo mismo y nada nos impedirá coger por lo menos seis juncos a la vez.
       Nos separamos. Puse al “Reindeer” de la otra amura y corrí a sotavento de un junco. Al acercarme, oculté la vela mayor, disminuí la velocidad y conseguí deslizarme bajo la popa del junco, tan lentamente y tan cerca que uno de mis hombres saltó a bordo. Después, me dejé llevar, la vela mayor se hinchó y me dirigí hacia un segundo junco.
       Hasta aquí, todo había sucedido muy silenciosamente, pero del primer junco capturado por el barco de mis compañeros surgió una gresca: gritos agudos en lengua oriental, un tiro y nuevos aullidos.
       —La mecha se ha encendido. Están avisando a sus camaradas —me dijo Georges, el otro patrullero que se encontraba a mi lado en la caseta del timón.
       Nos encontrábamos ahora en el centro de la flotilla y la noticia de nuestra presencia se había propagado a una velocidad increíble. Los puentes hormigueaban de chinos medio desnudos y apenas despiertos. Los gritos de alarma y los alaridos de cólera flotaban sobre el agua tranquila, y muy pronto nos llegó el sonido de una caracola marina. A nuestra derecha, el capitán de un junco, armado con un hacha, cortó la amarra, y después corrió a ayudar a los hombres de su tripulación a izar su extraordinaria vela de tercio. Pero a nuestra izquierda, en otro junco, los pescadores apenas empezaban a aparecer sobre el puente. Dirigí el “Reindeer” hacia aquella embarcación, lo bastante lentamente como para permitirle a Georges saltar a bordo.
       En aquel momento, toda la flotilla estaba en movimiento. Además de las velas, los chinos habían sacado largos remos y toda la bahía estaba surcada en todos los sentidos por juncos que huían. A partir de entonces me quedé solo a bordo del “Reindeer”, tratando febrilmente de capturar un tercer junco. El primero que intenté atrapar se me escapó sin ningún esfuerzo, ya que izó a fondo sus velas y avanzó con el viento de manera sorprendente. Entraba a barlovento con algo más de medio cuarto que el “Reindeer”, y empecé a concebir cierto respeto por aquel esquife privado de gracia. Comprendiendo la inutilidad de la persecución, lo dejé ir, tiré de la escota de la vela mayor y me dirigí rápidamente hacia los juncos que estaban a sotavento, donde la ventaja estaba de mi parte.
       El que había escogido flotaba de manera indecisa ante mí, y cuando yo borneaba ampliamente para hacer un abordaje esmerado, se dejó ir bruscamente, el viento infló sus velas y partió decididamente, mientras los mongoles, inclinados sobre los remos, salmodiaban en cadencia un ritmo salvaje. Pero no me cogieron desprevenido. Orcé rápidamente. Empujando todo el timón hacia el viento y manteniéndolo en esta posición con mi cuerpo, tiré progresivamente de la escota de la vela mayor intentando conservar la mayor potencia posible. Los dos remos de estribor del junco toparon con estrépito. Parecido a una mano gigante, el bauprés del “Reindeer” alcanzó el puente por debajo y barrió el mástil achaparrado y la vela desproporcionada del junco.
       Al punto se oyó un grito de los que te hielan la sangre. Un chino gordo de aspecto terrible, con la cabeza envuelta en un pañuelo de seda amarillo y la cara picada de viruela, clavó un largo bichero en la proa del “Reindeer” y se dispuso a separar las dos embarcaciones. Haciendo una pausa suficientemente larga para dejar caer el foque, en el momento en que el “Reindeer” se separaba y empezaba a retroceder, salté sobre el junco con un trozo de cuerda y lo amarré sólidamente. El hombre de rostro picado y de pañuelo de seda amarillo avanzó hacia mí, con aire amenazador; metí la mano en el bolsillo de mi pantalón, y vaciló. En modo alguno estaba armado, pero los chinos han aprendido a desconfiar de los bolsillos de los americanos, y yo ya contaba con esto para mantenerlo a distancia, como a su feroz tripulación.
       Le ordené que tirara el ancla en la popa del junco, a lo que respondió:
       —No comprender.
       Los demás hombres de la tripulación respondieron en los mismos términos, y por más que les explicase claramente por signos lo que deseaba, se obstinaron en no comprender.
       Adivinando, la inutilidad de toda discusión, me fui yo mismo a la parte delantera del barco y tiré el ancla.
       —¡Que cuatro de vosotros suban a mi barco! —ordené en voz alta, indicando con mis dedos que cuatro de ellos debían seguirme, y que el quinto debía permanecer en el junco.
       El hombre del pañuelo amarillo titubeó, pero yo repetí la orden en tono amenazador (exagerando mi cólera) y al mismo tiempo me llevé la mano al bolsillo. De nuevo, el hombre del pañuelo de seda pareció intimidado y, con aire sombrío, condujo a tres de sus hombres a mi barco. Largué las velas rápidamente, y dejando el foque abatido, emprendí la carrera hacia el junco de Georges. De esta manera la tarea resultaba más fácil; aparte de que éramos dos, Georges poseía un revólver que podía sernos útil si las cosas se complicaban. Como acababa de hacer con la tripulación del junco atrapado por mí, cuatro de los chinos fueron llevados a mi balandro y sólo uno permaneció en el junco.
       Del tercer junco, otros cuatro chinos se sumaron a nuestra lista de pasajeros. Por su parte, el barco de nuestros colegas había recogido a sus doce prisioneros, y vino a situarse a nuestro lado con su pesada carga. Su situación era peor que la nuestra, debido a que el barco era muy pequeño y los patrulleros se encontraban revueltos entre sus prisioneros y, en caso de rebelión, les hubiera sido muy difícil restablecer el orden.
       —Es absolutamente necesario que nos ayudes —me dijo Le Grant.
       Yo miraba a mis prisioneros, que se habían refugiado en la cabina y sobre el techo de la misma.
       —Puedo tomar tres —le respondí.
       —Vamos, coge cuatro, y Bill vendrá aquí —sugirió el otro (Bill era el tercer hombre de la patrulla)—. Aquí estamos apretados como sardinas, y si llegara a producirse una pelea, ya es demasiado un blanco contra dos amarillos.
       Habiéndose producido el intercambio, Le Grant izó la tarquina y dirigió su barco hacia el sur de la bahía a través de las marismas de San Rafael. Instalé el foque y puse al “Reindeer” en la misma dirección.
       San Rafael, donde debíamos poner a nuestros prisioneros en manos de las autoridades, comunicaba con la bahía por un largo canal fangoso, tortuoso y cenagoso, navegable solamente con marea alta. La mar ya estaba plana, y como el reflujo comenzaba, había que darse prisa si no queríamos esperar medio día hasta la siguiente marea.
       Con la salida del sol, la brisa de tierra se había debilitado y no nos llegaba sino lentamente. El salmonero sacó sus remos y pronto nos dejó atrás. Algunos de mis chinos permanecían en la parte anterior de la caseta del timón, cerca de las puertas de la cabina. En un momento dado, cuando me inclinaba sobre el barandal de la caseta del timón, para ceñir el foque desinflado, noté que alguien se frotaba contra mi bolsillo. Hice ver que no me daba cuenta, pero por el rabillo del ojo constaté que el hombre del pañuelo amarillo acababa de descubrir el vacío de aquel bolsillo que hasta entonces lo había mantenido a raya.
       Durante todo el tiempo que había durado el abordaje de los juncos, habíamos dejado de vaciar el agua del “Reindeer”, y ahora ésta invadía el suelo de la caseta del timón. Los pescadores de gambas me mostraban el agua y me miraban con aire interrogante.
       —Sí, dentro de poco nos hundiremos todos, si no os dais prisa en achicar este agua. ¿Comprendido?
       No, no “comprendían”, o al menos así me lo hicieron saber por medio de cabeceos, mientras discutían mi orden entre ellos en su propia lengua. Levanté tres o cuatro planchas, cogí un par de cubos pequeños de un armario, y a través del lenguaje infalible de los signos, les ordené poner manos a la obra. Pero estallaron en risas; algunos entraron en la cabina, otros treparon al techo.
       Sus burlas no auguraban nada bueno; contenían algo de amenaza, una maldad que se reflejaba en sus miradas sombrías. Desde que el hombre del pañuelo de seda se había dado cuenta de que el bolsillo de mi pantalón estaba vacío, se mostraba más arrogante, se deslizaba entre los demás prisioneros y les cuchicheaba con un aire muy serio.
       Reprimiendo mi despecho, bajé hasta la caseta del timón y me puse a achicar, pero apenas había empezado cuando la botavara se balanceó sobre mi cabeza, la vela mayor se infló dando una sacudida y el “Reindeer” se inclinó.
       El viento de la mañana se anunciaba. Georges era un verdadero marinero de agua dulce, y tuve que abandonar mi cubo para ocuparme del timón. El viento soplaba directamente del cabo San Pedro y de las altas montañas que se levantaban detrás del mismo, por lo que se trataba sin duda de un vendaval, la brisa inflando por momentos la vela y en otros sacudiéndola perezosamente.
       Pocas veces he encontrado un tipo tan incapaz como aquel Georges. También hay que decir que estaba bastante incapacitado, ya que estaba enfermo del pecho, y yo sabía que si trataba de achicar el agua corría el riesgo de sufrir una hemorragia. Entretanto el agua subía de nivel y era necesario tomar una decisión a cualquier precio. Ordené de nuevo a los pescadores de gambas que nos ayudaran a vaciar el agua. Se reían con aire desafiante, y los que se encontraban en la cabina con el agua hasta las rodillas mezclaban sus risas burlonas con las de sus compañeros encaramados en el techo.
       —Sería mejor que sacases tu revólver para obligarles a achicar —le advertí a Georges.
       Pero él movía la cabeza y no hacía más que evidenciar su espanto. Los chinos veían tan bien como yo su falta de autoridad, y su insolencia se hacía cada vez más insoportable. Los de la cabina abrieron el armario de las provisiones, los que estaban sobre el techo bajaron para unirse a ellos y entregarse a una comilona a costa de nuestras galletas y latas de conserva.
       —¿Y qué puede importarnos eso? —me dijo Georges con voz doliente.
       Yo pataleaba de cólera.
       —Si escapan a nuestro control, será demasiado tarde para contenerlos. Lo mejor sería obligarlos a obedecer en seguida.
       El agua continuaba subiendo y las rachas de viento, presagio de una fuerte brisa, aumentaban su violencia. Los prisioneros, habiendo devorado nuestras provisiones de una semana, se pusieron a correr de un lado para otro de tal modo, que al cabo de un instante el “Reindeer” se balanceaba como la cáscara de una nuez.
       El hombre del pañuelo amarillo se acercó a mí y, señalándome con el dedo su pueblo sobre el arenal de San Pedro, me hizo comprender que si ponía rumbo a esa dirección y los conducía a tierra, a cambio sacarían el agua del barco. En aquellos momentos ésta llegaba ya a las literas de la cabina y las mantas estaban empapadas. Sin embargo, me negué. Georges no conseguía ocultar su despecho.
       —Si no te muestras más enérgico, se abalanzarán sobre nosotros y nos arrojarán por la borda —le hice ver—. Si quieres salvar el pellejo, pásame tu revólver.
       —Lo mejor sería dejarlos en tierra —murmuró tímidamente—. No quiero dejarme ahogar por un puñado de sucios chinos.
       —Y yo no cederé ante un “puñado de sucios chinos” —repliqué vigorosamente.
       —En este caso —gimió—, vas a hundir el “Reindeer”, y a nosotros con él. ¿De qué te servirá?
       —Cada uno tiene su opinión.
       No replicó, pero le vi temblar de una manera lastimosa. Entre los chinos amenazantes y el agua que nos invadía, el miedo le paralizaba. Más que a los chinos y al agua, yo temía a Georges y a las decisiones que podía adoptar bajo la influencia del miedo. Lanzaba desesperadas miradas hacia el minúsculo bote amarrado en la parte posterior, por lo que durante la siguiente calma icé a bordo la pequeña embarcación. Entonces vi brillar sus ojos con esperanza; pero antes de que adivinara mi intención, desfondé el casco con un hachazo y el agua inundó el bote hasta la borda.
       —¡Nos hundiremos o nos salvaremos juntos! —le dije—. Dame ese revólver y yo me encargo de hacer vaciar el “Reindeer” en un abrir y cerrar de ojos.
       —Son demasiados —se lamentó—. ¿Qué podemos contra una banda como ésta?
       Descorazonado, le di la espalda. Hacía ya rato que habíamos perdido de vista el salmonero, disimulado por un pequeño archipiélago llamado las islas Marinas; no podíamos, pues, esperar ninguna ayuda por aquel lado. “Pañuelo Amarillo” vino hacia mí con descaro, el agua de la cabina chapoteando entre sus piernas. La expresión de su cara no me decía nada bueno. Tras la amable sonrisa que arbolaba se escondían oscuras intenciones. Le ordené retroceder en un tono tan perentorio que obedeció inmediatamente.
       —Mantente a esa distancia y no te acerques.
       —¿Por qué? —preguntó, indignado—. Yo poder hablar-hablar muy bueno.
       —Hablar-hablar —repetí en tono amargo. (En ese momento, yo sabía que había comprendido lo que había ocurrido entre Georges y yo)—. ¿Por qué hablar-hablar? No sabes inglés.
       Esbozó una débil sonrisa.
       —Sí, yo mucho saber hablar. Yo chino honrado.
       —Bueno —respondí—. Tú saber hablar-hablar. Pues va, saca el agua mucho-mucho. Después, ya hablaremos.
       Movió la cabeza, señalando con el dedo a sus compañeros por encima del hombro.
       —No poder. Muy malos chinos, muy malos. Creo… humm…
       —¡Atrás! —exclamé.
       Acababa de darme cuenta, en efecto, de que la mano de mi hombre había desaparecido bajo su blusa y que su cuerpo se tensaba para saltar.
       Desconcertado, volvió a la cabina a parlamentar con sus camaradas, a juzgar por el parloteo resultante.
       El “Reindeer” continuaba hundiéndose y sus movimientos eran cada vez más desordenados. Con un fuerte oleaje, se hubiera hundido infaliblemente, pero el viento, cuando soplaba, venía de tierra y apenas rizaba la superficie de la bahía.
       —Creo que harías bien en ganar la orilla —me dijo Georges de repente.
       El tono de su voz indicaba que su miedo le decidía a actuar.
       —No soy de tu opinión —respondí brevemente.
       —¡Te lo ordeno! —exclamó, autoritario.
       —Mi misión es conducir a estos prisioneros a San Rafael —repliqué.
       Al ruido de nuestro altercado, los chinos salieron de la cabina.
       —Ahora, ¿vas a volver a tierra?
       Georges se atrevía a hablarme así, y apuntaba hacia mí el cañón de su revólver… del revólver que, por cobardía, no había utilizado para hacer obedecer a los chinos.
       Un raudal de luz iluminó mi cerebro. La situación, en sus mínimos detalles, se precisaba netamente ante mí: la humillación de dejar escapar a los prisioneros, la defectuosa explicación que debería dar a Le Grant y a los demás patrulleros, la inutilidad de mis esfuerzos y el vergonzoso fracaso en el momento en que iba a conseguir la victoria. Por el rabillo del ojo, veía a los chinos reunidos en la puerta de la cabina, saboreando ya su triunfo.
       Aquello no iba a quedar así.
       Levanté la mano y agaché la cabeza. El primer gesto tuvo por efecto desviar el cañón del revólver, y el segundo poner mi cabeza a salvo de la bala que fue a silbar detrás de mí. Pegué un salto. Una de mis manos se crispó sobre el puño de Georges mientras la otra agarraba el arma. “Pañuelo Amarillo”, seguido de su banda, se abalanzó hacia mí.
       No era momento para titubeos.
       Con toda mi energía, empujé a Georges hacia delante y me eché hacia atrás prontamente, arrancándole así el arma de la mano y haciéndole perder el equilibrio. Se desplomó contra las rodillas de “Pañuelo Amarillo”, que cayó de cabeza por encima suyo, y los dos hombres rodaron por el agujero del suelo de cabina habilitado por mí para poder achicar el agua.
       Un instante después, apunté con el revólver a aquellos salvajes pescadores de gambas, que retrocedieron asustados.
       No tardé en calibrar toda la diferencia que existe entre el hecho de abatir a unos hombres que atacan, y el de disparar sobre unos prisioneros culpables tan sólo de desobediencia.
       Cuando les había pedido que vaciaran el agua del agujero, no habían querido oír nada, e incluso bajo la amenaza del revólver, estos individuos permanecían sentados, impasibles, en la cabina inundada o sobre el techo, y oponían una fuerza de inercia increíble.
       Pasaron quince minutos. El “Reindeer” se hundía cada vez más, y la vela mayor ondeaba en la calma. Pero a la altura del cabo San Pedro, divisé una línea oscura encima del agua que se acercaba a nosotros. Era la buena brisa que desde hacía tanto rato esperaba.
       Se la enseñé a los chinos. La acogieron con gritos de alegría. Entonces les señalé con el dedo la vela y el agua que había a bordo; por medio de signos les hice comprender que cuando el viento hinchase la vela, el agua haría zozobrar el barco. Pero me respondieron con una risa burlona desafiante, ya que sabían que no dejaría de orzar, de largar la escota de la vela mayor y, dejándola flamear, evitar la catástrofe.
       Entre tanto yo ya había tomado mi decisión. Contrariamente, cacé la escota uno o dos pies, la enrollé a la cornamusa con una vuelta y, apoyándome sobre los pies, sostuve el timón con la espalda.
       Pude así manipular la escota con una mano, y con la otra sostener el revólver. La línea oscura se acercaba cada vez más y los chinos dirigían sus miradas unas veces hacia esa dirección, otras veces hacia mí con un temor que ahora eran incapaces de disimular.
       Mi inteligencia y mi fuerza de voluntad entraban en conflicto con las suyas: faltaba saber quién, si ellos o yo, soportaría por más tiempo la amenaza de una muerte inminente y cedería primero.
       El viento se abatió sobre nosotros. La vela mayor se puso tiesa con un brusco rechinamiento de los motones, la botavara se enderezó, luego la vela se hinchó y el “Reindeer” hasta tal punto se inclinó que la borda no tardó en sumergirse en el agua. La inclinación continuó acentuándose y una parte del puente, seguida de las portillas de la camareta, se sumergieron a su vez. Al mismo tiempo las olas se estrellaron por encima del barandal de la caseta del timón. Dentro de la cabina, los hombres, arrojados violentamente los unos contra los otros, rodaron hacia un lado en un revoltijo inexplicable; los que estaban debajo corrieron un serio peligro de asfixiarse.
       Habiendo aumentado ligeramente la brisa, el “Reindeer” se inclinaba aún más. Hubo un momento en que creí que zozobraba. Otra racha de viento y adiós a mi balandro. Mientras que, manteniendo mi barco, me preguntaba a mí mismo si iba a ceder o no, los chinos imploraron piedad.
       Nunca una melodía tan dulce había llegado a mis oídos.
       Sólo entonces, y no antes, orcé y aflojé la escota de la vela mayor. El “Reindeer” se enderezó muy lentamente y cuando hubo recuperado el equilibrio estaba tan hundido en el agua que dudé de poderlo salvar.
       Los chinos se precipitaron dentro de la caseta del timón y se pusieron a achicar con cubos, potes, ollas y todo lo que caía en sus manos.
       Qué magnífico espectáculo: el agua volaba por encima de la borda. Y cuando el “Reindeer”, una vez más, se levantó orgulloso sobre la superficie de la bahía, llevado por la brisa, emprendimos rápidamente la marcha sobre nuestra aleta, atravesamos por los pelos los bancos de fango y penetramos en el estrecho canal.
       Todo espíritu de revuelta había muerto en los chinos, se habían vuelto tan obedientes que antes de llegar a San Rafael se ocupaban del remolque, con “Pañuelo Amarillo” dando el ejemplo.
       En cuanto a Georges, éste fue su último viaje con la patrulla de pesca. Esta clase de deporte no le entusiasmaba, explicó; un trabajo de chupatintas en San Francisco se adaptaba mejor a sus gustos.
       Nosotros compartimos plenamente su opinión.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar