John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
Abuelos (1994)
(“Grandparenting”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker (14 de febrero de 1994);
The Afterlife and Other Stories
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1994, 336 págs.)
Los ex-Maple llevaban algunos años divorciados cuando su hija mayor, Judith, se casó y tuvo un niño. Vivía con su marido, programador informático por cuenta propia y trovador a tiempo parcial, al borde de la pobreza en Hartford. Joan Maple, ahora Joan Vanderhaven, le dijo a Richard Maple por teléfono que Andy, su marido, y ella tenían la intención de viajar desde Boston para el parto, que iba a ser inducido.
—Menuda ridiculez —dijo Ruth, la mujer de Richard—. La chica tiene más de treinta años, y un marido. Tener allí a sus padres divorciados pendientes de ella no sólo es absurdo, también cruel. Cuando yo tuve a mi primer hijo estaba en Hawái y mi madre en Florida y así lo queríamos las dos. Cuando tienes un hijo necesitas espacio. Necesitas aire para respirar. —Recordó sus partos, eficientemente naturales, y empezó a jadear a modo de demostración—. Deja a tu pobre hija en paz. Ha tardado años en superar la educación tan mala que le disteis.
—Dice Joan que Judith la quiere allí. Si quiere a Joan, tiene que quererme a mí también. Si dejo que vaya solo Joan con Andy, el niño se creerá que Andy es su abuelo. Le dejará, ¿cómo es esa palabra?, impronta.
Ruth dijo:
—Nadie, ni siquiera un niño con horas de vida, podría pensar jamás que Andy Vanderhaven es familia vuestra. Sois todos unos desharrapados y él un dandi.
Richard se había acostumbrado hacía tiempo a las opiniones categóricas de Ruth; era como vivir en un libro desplegable, sin lugar para la ambigüedad.
Pero la idea de que su primer nieto llegara al mundo sin él cerca era dolorosa. Judith había nacido en Inglaterra y estaba enfajada cuando la vio por primera vez: un paquete compacto con una cara roja y redondeada. Era la primera criatura de pecho que cogía en brazos; había pensado que sería una experiencia precaria, vivida con el miedo de que se le cayera algo tan valioso y frágil, pero no, incluso en el niño más pequeño había una fuerza adhesiva, un algo que encajaba de forma instantánea en los brazos y las manos de uno, desterrando el temor. La cabeza caliente y floja, los ojos errantes como gotas opacas de líquido celestial, la carita arrugada, colérica y musculosa por la voluntad de vivir. «Estamos juntos en esto, papá —le había asegurado el cuerpo de la niña— y los dos lo conseguiremos».
Y lo habían hecho, a base de pañales y tomas de medianoche, cólicos y sarampión, llantos adolescentes y ataques de tontería, lecciones de flauta y de esquí, escuela primaria y secundaria, hasta que, por fin, cuando asistió, como era costumbre, a una función organizada por alumnas del último curso, a Richard le sorprendió ver que su hija, una más de una troupe patilarga de bailarinas con mallas, adoptaba, en sincronía con las demás, una pose final y miraba al público sin sonreír. Todas levantaban las cejas inquisitivamente. Preguntaban: «¿Qué somos?». Y la respuesta desde el público silencioso y anonadado había sido: «Mujeres». Nunca había visto Richard con tanta claridad a su hija como un cuerpo que ya ha salido al mundo, enfrentado a, separado del suyo. Y ahora ese cuerpo se partía en dos, daba a luz a otro cuerpo y por nada del mundo iba a permitir que Joan tuviera al nieto de los dos para ella sola.
Mientras conducía por la autovía 86 en dirección opuesta a los rayos cegadores del crepúsculo oyó graznar al discjockey: «Desempolvad los calzones largos, habitantes del estado de la nuez moscada. ¡Esta noche vamos a rozar los cero grados!».
Enero hasta entonces había sido seco, pero la escasa nieve caída no se había fundido debido al frío; aquella noche se batiría un récord. La emisora transmitía música country. Hartford siempre le había parecido una ciudad gratamente provinciana, un pequeño bosque de rascacielos de cristal verde en la carretera serpenteante hacia Nueva York; cuando salías de la maraña de pasos elevados había un vacío conmovedor, de calles desiertas de madrugada y de ausencia de grandilocuencias propias de la capital de un estado. Era una ciudad sin gente, habitada sólo por unas pocas sombras pasajeras y algunos montones de nieve apilada. El complejo hospitalario incluía un aparcamiento cubierto, pero Richard dio vueltas por las manzanas del barrio degradado del centro hasta encontrar una zona de estacionamiento gratuito. No eran todavía las seis y estaba bastante oscuro. Richard caminó deprisa por el aire color acero hasta las luces brillantes de los caldeados espacios del hospital. Era el último de la familia en llegar, y también el menos importante. Una recepcionista y su ordenador lo dirigieron a la planta correcta, y después de estar sentado en la sala de espera lo bastante para leerse lo más selecto de dos números de Sports Illustrated, Joan salió a su encuentro procedente de una cámara más íntima, situada a mayor profundidad del ala de la maternidad igual que una anfitriona agobiada y resuelta a hacer sentir bien recibido hasta al último invitado, por poco importante que sea.
Había engordado a resultas de la satisfacción por ser la señora Vanderhaven —saltaba a la vista que Andy no la sometía al estrés adelgazante de su primer matrimonio— y llevaba un vestido amarillo sin cinturón, con florecitas, que parecía un modelo anticuado, de regreso a la naturaleza propio de los sesenta. La cara, más ancha de lo que Richard recordaba, estaba rosada por el acontecimiento que le sobrevenía —iba a ser abuela— y por el calor tropical del hospital.
—No sabíamos si venías —explicó.
—Dije que sí —protestó suavemente Richard.
—No sabíamos si Ruth te dejaría.
—¿Cómo iba a impedírmelo? Le pareció una idea fantástica. «Besos a todos de mi parte», me ha dicho.
Joan le dirigió una mirada azul, veloz, de no saber a ciencia cierta, como había ocurrido a menudo, hasta qué punto estaba siendo irónico Richard. En los años transcurridos desde que estuvieron casados parecía haber perdido las pestañas, y el pelo que le caía sobre la amplia frente se había vuelto gris. Le dio datos:
—Le han roto la bolsa hace una hora y ahora estamos esperando a que las contracciones aumenten. Judy está animada, aunque algo nerviosa.
Esta última descripción parecía también adecuada para Joan; se mostraba tímida con él. Sus conversaciones por teléfono, que con la excusa de los hijos habían persistido hasta bien entrados sus segundos matrimonios, habían menguado en los últimos años; ahora transcurrían meses de silencio entre una y otra y Richard no recordaba cuándo habían estado a solas por última vez, como ahora en aquella iluminadísima sala de espera, con sus hileras de sillas de plástico en colores alternos y la televisión atronando cerca del techo. Era el domingo de la Super Bowl y los anunciantes estaban revolucionados; se suponía que hasta las mujeres de los equipos de las noticias tenían que estar entusiasmadas. Joan había estado encorvándose de forma extraña para evitar mirar a Richard a la cara y con las manos en los muslos y ahora, quizá en respuesta a un dolor en la espalda, se sentó de pronto en la silla de plástico contigua. La silla de Richard era de color crema sucia, la de Joan, de naranja pelada. Estaban hechas para gente estrecha, y Richard y Joan tuvieron que sentarse en el borde para evitar que sus nalgas se tocaran.
—¿Quién no estaría nervioso? —preguntó Richard—. ¿Y por qué has usado la primera persona del plural?
Se había quitado el abrigo, pero seguía llevando una chaqueta sport de tweed y notó, incómodo, el calor del cuerpo aledaño de Joan.
En cambio ésta parecía relajarse por momentos.
—Ah —dijo—. Paul, la hermana de Paul. Como sabes, es enfermera, aunque no en este hospital, pero la han dejado pasar con nosotros a la sala de dilatación, y Andy y yo. Y, por supuesto, Judith y el pequeño desconocido.
—Menuda recua —dijo Richard—. ¿Qué tal se está portando Paul?
Su yerno, cuyo pelo rubio empezaba a clarear por delante, llevaba coleta y Richard siempre lo encontraba insolentemente alto, como si se hubiera estirado unos centímetros en una especie de gesto de desdén de cuerpo entero. Richard nunca había sabido muy bien el significado de la palabra «seco» referida a una persona, pero Paul Wysocki le había ayudado a comprender. Una persona seca era un tallo seco y alto que querías arrancar y tirar a la basura. A Richard le sorprendía que el matrimonio hubiera durado cinco años.
—De maravilla —dijo Joan con énfasis defensivo—. Muy tierno con Judy, y muy seguro. No se ha perdido ni una sola clase de preparación al parto y tiene intención de respirar con ella. Le ha traído su libro de poemas favorito, E. E. Cummings, para distraerla leyéndoselo si hace falta.
—¿Cómo se hace para leer a E. E. Cummings en voz alta? Todas esas letras vacilantes y esos espacios abiertos.
—Nosotros le oímos, ¿no te acuerdas? El año que dio las conferencias Norton.
Cummings era un hombre menudo y calvo con esmoquin, muy preciso en sus modales, que leyó todo —a Wordsworth, a Dante, su prosa y su poesía propias— en una voz aflautaba que jamás titubeaba ni se equivocaba, subido al cavernoso escenario del teatro Sanders. Richard y Joan habían hecho cola juntos en el invierno de Cambridge para entrar en el teatro, cuyo vasto espacio neogótico rebosaba de murmullos y del calor de la excitación estudiantil. Por un instante, él y la mujer regordeta entrada en años sentada a su lado se habían convertido en unos prismáticos gastados enfocados en aquel homúnculo de cabeza reluciente anidado a gran profundidad en la masa transparente del tiempo perdido. Les pertenecía, a los dos juntos y por separado, leyendo con voz aflautada la Oda a la inmortalidad, de Wordsworth, estrofa tras estrofa, mientras que el público de estudiantes a su alrededor se impacientaba, envuelto en un fajero hecho de cientos de abrigos.
Joan se fue con la promesa de volver. No invitó a Richard a unirse a la recua congregada alrededor de Judith, ni a él le apetecía hacerlo. Bajó en ascensor a la cafetería a tomarse un café y un bollo de limón. Las cafeterías de hospital tenían algo que lo liberaba de toda restricción alimentaria. Si fuera malo para tu salud, no lo servirían. Llamó a Ruth por cobro revertido.
—Bueno, ya estoy aquí, tesoro. No ha pasado gran cosa todavía.
Le gustaba llamar a su mujer porque la voz de ésta por teléfono tenía un matiz áspero, elegante que no le era fácil percibir cuando estaban cara a cara; era una voz joven, la voz del antiguo cortejo: misteriosa, apremiante, húmeda. Sin embargo, lo que dijo tenía esa brusquedad típica de ella:
—Pues claro que no. ¿Quién ha dicho que fuera a pasar algo hoy? Puedes estarte días ahí metido. ¿Dónde vas a dormir?
Richard sonrió; siempre le preguntaba eso, como si dormir en un hotel o un motel sin ella fuera una forma de infidelidad.
—En el Best Inn que hay saliendo de la 84. Pensé que sería mejor reservar habitación antes de venir aquí. Esta noche las temperaturas van a bajar mucho. ¿Estáis a cero grados ya en Boston?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Estaba viendo Sixty Minutes. Un reportaje fascinante sobre las compañías farmacéuticas y ahora me he perdido el final, gracias a ti. Mike Wallace estaba siendo absolutamente despiadado con el insustancial del consejero delegado de Squibb.
—No creo que, una vez induzcan el parto, la cosa tarde días.
—Bueno, yo nunca supuse que terminaría como una mujer desamparada cuyo marido se marcha corriendo a ver cómo sus hijos tienen hijos. ¿Qué tal está Joan? ¿Tan encantadora como siempre?
—Sólo la he visto un minuto. Están todos en otra sala cronometrando las contracciones de Judy y yo estoy fuera, en la sala de espera, leyendo números atrasados de Smithsonians.
—Qué injusticia —dijo Ruth, y pareció, ahora sí, conmovida.
—No, Joan lo entiende. No me apetece estar en la misma habitación que ese polaco larguirucho.
—Pero quieres mucho a Judith.
—Razón de más para no molestarla.
Después de colgar, volvió a la cafetería y compró una chocolatina Almond Joy. Llevaba años sin comerse una. Menos de un minuto después de regresar a su lectura atenta de revistas viejas, apareció de nuevo Joan.
—¿Se puede saber dónde estabas? Las contracciones de Judy se han acelerado y ha pasado al paritorio.
Las mejillas de su exmujer presentaban un rubor frenético, desigual; con el pelo gris ondulado y la silueta sin cintura, se parecía a una de esas damas de Cambridge amantes del arte sobre las que Cummings había escrito sardónicamente, pero que, a pesar de todo, habían ido a su lectura, décadas atrás, a mezclarse con los universitarios de cuerpos calientes.
—Dice el médico que Paul y yo podemos quedarnos con ella, pero Andy no. Andy odia las salas de espera, cree que están llenas de gérmenes, y han dicho las enfermeras que por qué no espera en la habitación de Judy. Hay un televisor. Hemos pensado que igual quieres ir tú también. —Joan parecía algo alarmada ante esta idea, como si sus dos maridos no se conocieran desde hacía años, en la salud y en la enfermedad—. A Judy le preocupa que estés aquí solo.
—Bueno, pues no queremos que Judy se preocupe, ¿verdad? Así que ¿por qué no? —dijo Richard, y dejó que Joan lo guiara por el pasillo. Visto desde atrás, su pelo parecía menos gris y se movía como lo hacía antes, cuando montaba en bicicleta delante de él por los senderos en diagonal de Harvard Yard.
Andy estaba sentado en la única butaca de la habitación, leyendo un pulcro librito de Oxford University Press con registro. Llevaba puestas gafas de cerca con montura dorada y parecía un director de escuela escéptico. Richard le dijo:
—Sigue leyendo, Andy. Yo me encogeré aquí en un rincón.
Joan remoloneó, incómoda, con las manos separadas del cuerpo, como si estuviera danzando en corro con unos compañeros invisibles.
—Dick —dijo señalando con el dedo—, esa silla parece medianamente cómoda.
Andy miró de nuevo por encima de sus gafas.
—¿Quieres esta butaca, Richard? A mí me da lo mismo.
—Por supuesto que no, Andy. La supervivencia del más apto. El botín es para el vencedor, o algo así. ¿Qué es ese librito tan cuco que estás leyendo? ¿El libro de oración común?
Lo divertía que Joan, la hija de un clérigo para quien el concepto de Dios era no sólo tenue, sino también opresivo, se hubiera casado con un hombre tan religioso. Andy era episcopaliano de la misma manera que es confucionista un chino mandarín: para contentar a sus antepasados. Enseñó a Richard la sobrecubierta de la pequeña antología: Exploradores de África occidental.
—Es asombrosa —dijo— la fe que tenían algunos de estos pobres diablos. Todos iban de cabeza a la malaria.
—¿Vais a estar bien, entonces? —preguntó Joan.
Su marido no respondió, así que fue Richard quien se ocupó de tranquilizarla.
—Felices como perdices. Avísanos cuando nazca el niño o cuando esté servida la cena, lo que venga primero.
Después de escuchar un rato a Andy pasar páginas y sorberse la nariz y de mirar por la ventana un espacio pavimentado, espolvoreado de nieve, que atravesaba de tanto en tanto una sombra humana encorvada contra el frío, le preguntó al otro hombre:
—¿Te importa si enciendo la televisión? Nos estamos perdiendo algunos anuncios maravillosos.
—¿El partido de fútbol? ¿Ves esas cosas?
—Suelo ver la Super Bowl. Andy, ¿cómo puedes considerarte americano y no ver la Super Bowl?
—No tengo por costumbre —dijo Andy, y resopló— considerarme nada.
Richard rió. Había decidido que aquello era divertido. De estar en casa, Ruth le estaría obligando a ver documentales de naturaleza en la PBS.
Un equipo llevaba cascos blancos, los otros cascos eran de color bronce. Un quarterback lanzaba pases como dardos, limpios y diagramáticos, y el otro no hacía más que salirse de su precario bloqueo para lanzar bolas altas y titubeantes, mariposas que cazar.
—¡Menuda recepción! —exclamó Richard—. ¿Lo has visto, Andy? ¡Con una mano y quince centímetros fuera del césped!
—No, no lo he visto.
—Ha sido un milagro —le aseguró Richard—. Un milagro de esos que ocurren una vez en la vida. Mira, puedes verlo en la repetición de la jugada.
Joan entraba cada media hora más o menos. Una de las veces llevó dónuts y otra, cuencos de polietileno con sopa de pollo y fideos en una bandeja de cartón reciclado con bultitos.
—La cafetería va a cerrar —explicó.
—Galletas saladas, ¿te has acordado de traerme galletas saladas? —dijo Richard.
—Sal y almidón, amigo Dickie —dijo Andy—. ¿Sigues comiendo esas porquerías?
Joan se sonrojó.
—Lo cierto es que me he acordado —le dijo a su exmarido, y sacó dos paquetes de galletitas saladas del bolsillo de su vestido sin forma con florecitas amarillas—. No pensaba dártelas a no ser que me las pidieras.
Andy le explicó:
—Esta sopa de lata ya tiene sodio suficiente para subirte la tensión arterial cinco puntos.
—¡Venga! ¡Venga! —aulló Richard a la pantalla, donde un corredor, con el casco dorado encajado y las morenas pantorrillas en tensión, empujaba a tres defensas en un intento de recuperar el terreno necesario para un primer down.
Llegó un momento en que Andy dejó de intentar leer y se puso las gafas de lejos para seguir mejor la crónica del partido que hacía su compañero de habitación. Richard descubrió con sorpresa que erapartidario acérrimo de los cascos color bronce, el más oriental de los dos equipos y el que tenía un quaterback frenético y unas alas con dedos de mantequilla. Cuando llegó el descanso, perdían por diez puntos. El espectáculo del intermedio se hizo largo y superpoblado y se basaba en la nostalgia de un grupo de rock de los setenta que ambos hombres habían sido demasiado mayores para apreciar cuando era famoso. Richard salió, buscó una máquina expendedora y compró cuatro dólares de chocolatinas y aperitivos en bolsas de papel encerado. Andy se comió unos cuantos ganchitos de queso y después se limpió los dedos en su pañuelo. Entró Joan, con ojos del azul eléctrico que solía ponérsele después de darse un baño, y les dijo:
—Ya son más seguidas. Las contracciones.
—¿Cuántos puntos es eso? —preguntó Andy cuando placaron al quarterback de casco color bronce detrás de su zona de anotación.
—Sólo dos. Última oportunidad para los ganchitos.
—No gracias. Todos tuyos.
—¿Y qué me dices de un regaliz de fresa?
—Por Dios, no.
Richard se preguntó si Andy sería igual de tiquismiquis en la cama. Quizá era eso lo que Joan había necesitado, un hombre que la sacara de sí misma, que la hiciera sentir relativamente liberada. «Vaya donde vaya —se había quejado en una ocasión a Richard, y refiriéndose no sólo al sexo—, tú te has adelantado».
—¡Vaya! —dijo Andy sobre un pase largo y elíptico, en el que el balón aterrizó en las puntas de los dedos del receptor y continuó en su mano a pesar de un ataque por sorpresa.
—En eso parece consistir el juego ahora —explicó Richard—. En tratar de robar el balón. Es asombroso, lo que se considera legal en los profesionales. Mira lo que pasa después del placaje.
¿Durante cuánto tiempo?, se preguntó, ¿habrían estado acostándose Joan y Andy antes de que él se enterara? Con el argumento de que necesitaba hacer cosas fuera de casa, Joan se había apuntado al coro episcopal y volvía de los ensayos cada jueves por la noche cada vez más tarde para meterse sigilosa entre las sábanas con un susurro furtivo tan estrepitoso como el trueno. Incluso si Richard dormía, el repentino cuerpo caliente de ella, con los dedos de los pies fríos y el aliento a cerveza, lo despertaba. Andy era bajo, aunque uno habría pensado que era tenor.
—Supervivencia del más apto —dijo ahora Andy sonriendo para sí.
Otra bola oblicua, otro pase elíptico, un brillante cambio de dirección del balón por un hueco abierto durante un nanosegundo gracias a un placaje digno de un profesional, y luego ese fullback gigantesco que bajó la cabeza y cruzó retorciéndose la línea de anotación: el equipo no favorito de la costa este estaba de nuevo en el juego. Una intercepción temprana en el último cuarto, por parte de un delantero que a punto estuvo de salir atropelladamente en la dirección equivocada, y llegó el empate. Andy, que a aquellas alturas ya estaba metido en el juego, vitoreó, y Richard le ofreció la palma de la mano para que chocara los cinco.
—¡Cielos! —dijo Joan al entrar una vez más en la habitación—. Siento interrumpir la diversión, chicos, pero traigo noticias.
—¡No! —dijo Richard repentinamente aterrado, como cuando en ocasiones, en el cine, una brecha inmensa de realidad y posible muerte se abría a sus pies, demostrando que la aventura parpadeante de la pantalla era una mera distracción de su vida, unos minutos malgastados mientras su minuto final se acercaba a gran velocidad.
—Sí —dijo Joan con satisfacción.
—¿Qué sexo?
—Paul quiere daros los detalles en persona.
—Cómo le gusta hacerse de rogar, ¿eh, Andy? Dime al menos cuánto ha pesado.
—Es grande. Todo el proceso ha sido grande; asombroso, visto desde el otro lado. ¡Las secundinas!
Puso los ojos en blanco, imaginándoselo; luego soltó su carcajada de hija nerviosa de un clérigo, para reconvenirse por haber contado algo tan íntimo, y dijo con brusquedad a su marido actual:
—Andy, tienes que estar muerto de hambre.
Paul entró un minuto después, tan alto que parecía alargado por una polea invisible. Tenía la cara pálida y la lacia melena de mujer húmedas por el esfuerzo del trabajo vicario. Golpeó a Richard en el pecho con una mano imprudentemente extendida y, cuando Richard se la cogió, dijo, con sus modales trovadorescos:
—Tu querida y valiente hija ha dado a luz a Richard Leo Wysocki.
Era una de esas frases preparadas, como la de Armstrong al pisar la luna, que salió forzada y difícil de entender. Habían puesto su nombre a su nieto. Paul y Judith debían haberlo decidido tiempo atrás, en el caso de que fuera un niño.
—Dios, mío. No teníais por qué hacerlo —dijo, se temió que de manera descortés.
Hacía rato que había terminado el horario de visita. Fuera de la vista, el personal médico cerró filas, protector, en torno a la madre y el niño. Paul se quedaría hasta que instalaran a su mujer en la habitación, pero dio permiso a los abuelos para irse.
—Pero en la Super Bowl siguen empatados —protestó Richard.
Andy dijo con sequedad:
—Mañana estará en todos los periódicos. Joan y yo nos vamos.
Richard no pudo menos que admirar el cuidado con el que Andy se enrolló la bufanda de lana gris alrededor del cuello, sujetándola con la barbilla mientras, centímetro a centímetro, se enfundaba el abrigo hasta los hombros. Joan hizo ademán de ayudar a su marido y, enseguida, presintiendo que Richard la miraba, reprimió el gesto conyugal.
—No te dejes el libro —le dijo a Andy en su lugar—. Ni el Wall Street Journal.
Paul dijo:
—Señor Maple, vamos a traer aquí a Jude —la llamaba «Jude» como en la canción Hey, Jude, más que como en Jude el oscuro—, pero si quiere ver el final de la Super Bowl, seguro que está puesta abajo, en el vestíbulo. No creo que le dejen quedarse en esta planta.
Su aspecto era ya más maduro y un poco encorvado.
—No pasa nada, Paul. Se ha terminado la fiesta. Me iré con los demás. Dile a Judy que intentaré pasarme mañana por la mañana antes de volver a Boston. ¿Te parece bien?
—El horario de visitas no empieza hasta la una, pero yo imagino que no habrá problema —contestó Paul un poco a regañadientes, pensó Richard.
Siguió a los Vanderhaven por los pasillos del hospital hasta la calle. Después de casarse con Andy, Joan se había comprado un abrigo de visón; los destellos del cuello favorecían su melena ligeramente saltarina, con su elusiva textura a medio camino entre crespa y ondulada. El pelo de otra parte lo tenía muy rizado, y en los sesenta había conseguido un peinado afro de lo más aceptable para una mujer blanca. Al otro lado de las puertas acristaladas del hospital, la oscura desolación urbana de Hartford rebosaba de frío puro. No había nadie más en las calles; a Richard le ardieron los ojos y las fosas nasales y al cabo de un minuto empezaron a dolerle las yemas de los pulgares dentro de los delgados guantes de piel. Al otro lado de la calle, el aparcamiento del hospital relucía con una penumbra de acuario y la garita del hombre que recogía los tiques estaba vacía. A la barrera de rayas había pegado un letrero que, en letras rojas de gran tamaño, informaba de que el aparcamiento cerraba a las nueve y media.
—¡Mierda! —exclamó Andy, y dio una patada al suelo sepultado en nieve. Tanto Richard como Joan rieron sonoramente, por lo petulante e inútil del gesto. Su risa resonó en el frío cortante como si hubiera rebotado en las vigas de una iglesia desierta. Andy preguntó—: ¿Por qué no nos lo ha dicho nadie?
—Supongo que pensaron que sabías leer —dijo Richard—. Seguramente está escrito en el tique.
Joan dijo:
—Lo siento, cariño. Es culpa mía. Estaba tan emocionada por ir a ser abuela que no me fijé en nada.
—Y no veo taxis por ninguna parte —dijo Andy—. Mierda. ¡Mierda!
Llevaba un gorro de astracán que le daba aspecto de soldadito de plomo, y cada frase que salía de su boca era una bandera blanca ondeante.
—¿En qué hotel estáis? —le preguntó Richard a Joan.
—Creo que se llama el Morgan. Es el único hotel decente del centro.
Aquello le sonó más a Andy que a la Joan defensora de la igualdad que había conocido. Richard dijo:
—Que no cunda el pánico. Os llevo en mi coche y mañana por la mañana podéis coger un taxi hasta aquí.
—Eso sería estupendo —dijo Joan balanceándose para entrar en calor de manera que su abrigo centelleó en la débil luz de la calle—. ¿Dónde tienes el coche?
—Buena pregunta. He aparcado en la calle, pero estaba tan emocionado que ni siquiera me fijé dónde. Recuerdo que tuve que caminar un poco cuesta arriba. —Empezó a bajar en dirección a la acera más cercana, junto a Joan y su visón, seguidos de Andy. Al poco comprobaron que era una calle sin salida, que terminaba cerca de lo que parecía ser un cuarto de calderas, una construcción de ladrillo sin ventanas que albergaba un rugido ahogado de calor y, de nuevo, Richard se echó a reír. También Joan.
Andy gimoteó.
—Dejadme volver al hospital y pedir un taxi.
—No seas tan ñoño. Imagina que eres un explorador de África occidental —dijo Richard. Le ardía la cara del frío y tenía los pulgares entumecidos dentro de los delgados guantes—. Tiene que estar por aquí. Es un Taurus gris, con tres pegatinas de puentes en el parabrisas. Recuerdo haberme fijado en una hilera de tiendas entabladas y haberme preguntado si no me romperían los cristales unos chicos en busca de drogas.
—Maravilloso —dijo Andy—. Venga, Joan. Volvamos. Esto es el paraíso de los atracadores.
—Tonterías —sentenció Joan—. Hace demasiado frío para atracar a nadie. —En el fondo, seguía siendo progresista. Se volvió y dijo—: Piensa, Richard. ¿Qué clase de tiendas? ¿Cruzaste alguna calle ancha? ¿Desde qué dirección llegaste al hospital?
Su voz esperanzada, que Richard había oído por primera vez en un seminario sobre épica en la literatura inglesa —una docena de caras imberbes masculinas alrededor de una mesa de roble y la suya, reluciente— lo retrotrajo a su yo joven, estudiantil. Ruth era tan resolutiva y lúcida que rara vez tenía que pensar. Empezó a formarse una retícula en su cabeza:
—Cruzando una calle más —dijo, señalando— y luego a la izquierda, creo.
Joan echó a andar primero y Richard y Andy la siguieron, aturdidos. No habían caminado ni diez minutos cuando el primero reconoció su coche: las tres pegatinas, el dibujo que hacían las manchas de sal de las carreteras. No lo habían abierto. Las tiendas que recordaba vagamente estaban, cosa rara, al otro lado de la calle. Se alegró al oír abrirse la cerradura de la puerta; sabía que podía congelarse a temperaturas más altas que la que hacía en ese momento.
Joan se sentó atrás y dejó a Andy el asiento cerca de la calefacción. El motor arrancó y cuando el coche echó a andar entre las calles silenciosas, heladas, asomó la cara entre los hombros de los dos hombres y habló a Richard:
—El niño. Cuando asoman, esto no lo he visto descrito en ninguna parte, tienen la cara toda arrugadita como expresando desagrado. Era igual que Judith cuando intentábamos darle ciruelas. Luego viene un chorro de agua y el resto del cuerpo sale como si tal cosa, seguido del cordón umbilical, enorme y en espiral, todo morado y amarillento.
—Joanie, por favor —dijo Andy ajustándose la bufanda.
Joan siguió hablando, inspirada, con Richard:
—Lo que quiero decir es que menudo montaje. Uno piensa en el útero como una especie de lugar de paso, pero hay una vida entera ahí dentro. Es mucho a lo que renunciar.
Richard entendió a lo que se refería; como siempre, buscaba el bosque y no los árboles, el secreto oculto, en consonancia con esos sermones que había tenido que oír de niña. La vida es una lección, un texto con moraleja.
En cambio, Andy la escuchaba como escucha uno a una segunda mujer, con la certeza de que la búsqueda se ha terminado. O de que no hay búsqueda. Acarició la mano a Joan, que descansaba, envuelta en visón, cerca de su hombro.
—Vas a tener pesadillas.
—No me lo habría perdido por nada del mundo —dijo Joan con cierta indignación, le pareció a Richard.
—Dime una cosa más —suplicó éste—. ¿Quién demonios es Leo?
—El padre de él. ¿No lo sabías? No son como nosotros, puede que éste sea su único hijo, o al menos el único hijo varón, así que tenían que ponerle todos los nombres.
Andy le dijo a Richard:
—Sube por ahí y luego a la izquierda. Puedes dejarnos en la esquina y vamos andando a la entrada.
—De ninguna manera. Doy la vuelta a la manzana y os dejo justo debajo de la marquesina. En las narices del portero, vamos.
La mano de Joan le tocó el hombro.
—Cuando veas a Judith mañana, dale un beso de mi parte. Tenemos que irnos temprano, Andy tiene una reunión.
Richard pensó en darle un beso de buenas noches, pero probablemente seguían teniendo la cara helada y él ya no giraba el cuello con la misma facilidad que antes.
Su habitación del Best Inn estaba en la planta baja con una moqueta afelpada directamente sobre la losa de cimentación. Las paredes parecían subterráneas, exhalaban un frío intenso y su superficie estaba helada al tacto. El radiador eléctrico estaba encendido, pero no cumplía su función. A Richard no se le había ocurrido meter un pijama con la camisa para el día siguiente; tiritó en ropa interior entre las sábanas húmedas, se levantó, despojó a la otra cama individual de sus escuetas manta y colcha y extendió su abrigo por encima. Aun así, el frío lo oprimía desde las paredes igual que una fuerza que buscara comprimir su existencia hasta reducirla a nada, que quisiera borrar aquel borrón temporal de sangre caliente, circulante. «Es mucho a lo que renunciar», había dicho Joan del útero y, en verdad, el volumen cósmico de un espacio sin luz ni calor hostil a nosotros resultaba abrumador. Se sentía, así acurrucado, como un homúnculo que arde frígido en el confín del telescopio que Dios sostiene con indiferencia. Era un abuelo recién nacido y el universo quería aplastarlo para hacer sitio a otros recién llegados. Se durmió, un poco, y sus sueños, por lo común rebosantes de deseos reprimidos y conocimientos olvidados, fueron ralos, como anémicos por los esfuerzos del organismo por mantener la temperatura corporal.
Por la mañana, cuando pagó la cuenta en recepción, adormilado y todavía con frío, se quejó de la falta de calefacción; el joven recepcionista, recién llegado de una cama calentita en alguna otra parte, se encogió de hombros a modo de parca disculpa y dijo:
—Casi nunca hace tanto frío como anoche. Menos veinte grados en el porche de mi madre.
A la luz del día el hospital parecía distinto: más bullicioso, pero también más raído y provisional, una fábrica de curar con una plantilla de personas cansadas que trabajaban medio a oscuras. El Courant de Hartford que compró Richard con el té («No más café —se dijo a sí mismo—; hay que cuidar la tensión»). Decía que su equipo de héroes de cascos de bronce había perdido en los últimos treinta segundos, por un tanto anotado desde cuarenta metros. Los milagros son baratos.
Cuando por fin, en contra de las estrictas reglas, le dejaron pasar a ver a su hija, Judith presentaba un aspecto inesperadamente neutral después del calvario: ni exhausta ni eufórica, ni enferma ni sana, ni mayor ni más joven de los treinta y un años que tenía. Llevaba un camisón de hospital debajo del viejo albornoz color azul celeste de Joan y estaba sentada al borde de la cama. Acababa de dar el pecho al niño, que las enfermeras se habían llevado de vuelta al nido.
—No sé, papá —dijo—. Ha sido un poco extraño. Esta mañana me han puesto esa cosa en brazos y es que no tenía ni idea de qué hacer con ella. Ni siquiera sabía muy bien dónde estaban la cabeza y dónde los pies. Me daba miedo tirarlo y me he sentido muy… muy rara.
Richard se sentó en la butaca de cuero que Andy se había apropiado la noche anterior y sonrió, paternal:
—Muy pronto dejarás de sentirte rara.
—Sí, eso es lo que dice Paul.
Paul el sabelotodo. Sólo por la forma en que pronunciaba Judith su nombre se había ganado un ascenso inmerecido. Richard descubrió que estaba más celoso y resentido con Paul y el niño que con Andy. Judith dijo:
—Ya es un gran padre.
—Quizá es que es un papel más fácil. No tiene tanta… parafernalia. Igual sigues sintiendo que el niño es una parte de ti, como un pie. Porque, a ver, ¿cuánto cariño puedes cogerle a un pie de la noche a la mañana? ¿Qué tal fue el…? ¿Cómo se dice? ¿El alumbramiento?
Desde la infancia Judith había sido una persona recia e independiente, algo opaca en cuanto a sus sentimientos, con algo de la franqueza distante de su madre.
—Bien —dijo—. Estuvo bien. Paul estuvo genial con la respiración. Hubo un momento en que se puso a cantar e hizo reír a todas las enfermeras. Pero con lo del método Lamaze se equivocaban. Me dolió. No hacían más que decir que era presión, pero me dolió, papá.
A Richard le ardieron los ojos al pensar en su hija sufriendo. Pestañeó, se puso de pie y le dio un beso leve en la frente, ese ceño ancho y pálido que, desde el principio, por mucho que Richard la quisiera con todas sus fuerzas, escondía sus secretos, sus sensaciones, su identidad.
—Tengo que irme. Las enfermeras quieren hacerte alguna cosa.
—Ve a verlo aquí al salir. A ver a quién se te parece. Mamá dice que, al abuelo, por la boca, que tiene un piquito en el centro y luego las comisuras que bajan.
—Suena a la boca de Andy. No crees que pueda ser el verdadero abuelo, ¿no?
Judith tardó un momento en sumar dos y dos y darse cuenta de que su padre estaba siendo irónico. Estaba tan adormilada como él; a él lo habían comprimido de noche y a ella la habían partido en dos. Richard le dijo:
—Por cierto, un beso de parte de tu madre. Andy se la ha llevado a Boston a primera hora, en cuanto consiguieran sacar el coche del aparcamiento en que se les quedó atrapado anoche.
—Me lo ha dicho. Han estado aquí, Andy y ella, justo después del desayuno. Supongo que lo convenció.
Richard rió.
—Va a ser difícil seguirle el ritmo a tu madre en esto de ser abuelos.
—Desde luego. Deberías ver cómo cogía al niño. Ella sí que sabe dónde está la cabeza y dónde los pies.
También Richard supo, cuando una enfermera acercó a su nieto al cristal, que aquel pomelo rojizo, con ojos cerrados, ceño fruncido y una pizca de pelo sedoso, claro igual que el de su padre, era una cabeza humana y que los diminutos apéndices color lavanda al otro extremo, sin tapar, eran dedos de los pies.
—¿Quiere cogerlo? —le preguntó por el cristal la enfermera, que era joven y negra.
—¿Puedo?
—Es usted el abuelo, ¿no? Aquí tratamos muy bien a los abuelos.
Y el cuerpo en miniatura del niño se adhirió a su pecho y a sus brazos, aunque más débilmente que el de los niños que se había atrevido a llamar suyos. Nadie nos pertenece, excepto en el recuerdo.
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