John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
Acaba de llamar tu amante (1967)
(“Your Lover Just Called”)
Originalmente publicado en la revista Harper's Magazine (enero 1967)
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)
Sonó el teléfono y Richard Maple, que aquel viernes se había quedado en casa debido a un resfriado, contestó:
—¿Sí?
La persona al otro lado de la línea colgó. Richard entró en el dormitorio, donde Joan estaba haciendo la cama y dijo:
—Acaba de llamar tu amante.
—¿Qué ha dicho?
—Nada. Ha colgado. Le ha sorprendido encontrarme en casa.
—Quizá era tu amante.
Richard supo, a pesar de las flemas que le nublaban la cabeza, que había algo allí que no encajaba, y lo encontró.
—Si fuera mi amante —dijo—, ¿por qué iba a colgar, si he contestado yo?
Joan sacudió la sábana, que hizo un ruido como de aplauso.
—Igual es que ya no te quiere.
—Esta conversación es ridícula.
—La has empezado tú.
—Bueno, ¿qué pensarías tú si contestaras el teléfono un día entre semana y te colgaran? Está claro que esperaba encontrarte sola en casa.
—Bueno, si te metes en la cama, lo llamaré y le explicaré la situación.
—Crees que voy a pensar que estás de broma, pero sé que eso es lo que pasaría de verdad.
—Venga ya, Dick. ¿Quién iba a ser? ¿Freddie Vetter?
—O Harry Saxon. O alguien a quien no conozco de nada. Un viejo amigo de la universidad que se ha mudado a Nueva Inglaterra. O puede que el lechero. A veces os oigo hablar mientras me afeito.
—Rodeados de niños hambrientos. Tiene cincuenta años y le sale pelo de las orejas.
—Igual que a tu padre. No te disgustan los hombres mayores. Estaba ese profesor ayudante de humanidades de cuando nos conocimos. En cualquier caso, últimamente pareces de lo más feliz. Hay una sonrisita que se te pone cuando estás haciendo cosas de la casa. ¿Ves? ¡Ahí está!
—Estoy sonriendo —dijo Joan— porque eres absurdo. No tengo ningún amante. No tendría dónde meterlo. La dedicación a las necesidades de mi marido y sus muchos hijos consume mis días.
—Ah, de manera que soy yo quien te obligó a tener a todos tus hijos. Cuando tú suspirabas por una carrera profesional en la moda o en el emocionante mundo de los negocios. En aeronáutica, tal vez. Podrías haber sido la primera mujer que diseña la nariz de un cohete. O que predice el mercado de futuros del trigo. Joan Maple, la chica agrónoma. Joan Maple, geopolítica. De no ser por ese salvaje fornicador con el que cometió el error de casarse, esta ciudadana de ojos claros de nuestra siempre necesitada república…
—Dick, ¿te has puesto el termómetro? Hace siglos que no te oía desvariar así.
—Hace siglos que no me traicionan de esta manera. Ese clic cuando ha colgado me ha parecido odioso. El desagradable clic de conozco-a-tu-mujer-mejor-que —tú.
—Habrá sido algún chiquillo. Si va a venir Mack a cenar, es mejor que ahora descanses.
—Es Mack, ¿verdad? Menudo hijo de puta. Aún no ha firmado el divorcio y ya está llamando a mi mujer por teléfono. Y ahora tiene la intención de darse un festín comprado con el dinero que tanto esfuerzo y dolor me cuesta ganar.
—Para, qué dolor de cabeza que me estás dando.
—Pues claro que sí. Primero te endilgo niños en mis locas ansias de progenie, luego te doy jaqueca menstrual.
—Métete en la cama y te traeré zumo de naranja y una tostada cortada en tiras como la que te hacía tu madre.
—Eres adorable.
Mientras se acomodaba bajo las mantas, sonó otra vez el teléfono y Joan lo cogió en el rellano del piso de arriba.
—Sí… no… no… muy bien —dijo, y colgó.
—¿Quién era? —preguntó Richard a voces.
—Alguien que quería vendernos la Enciclopedia Mundial —respondió Joan a voces.
—No te lo crees ni tú —dijo Richard con ironía autocomplaciente mientras se recostaba de nuevo en las almohadas, convencido de que estaba siendo injusto, de que no había ningún amante.
Mack Dennis era un hombre feúcho, simpático y tímido de la edad de Richard y Joan cuya mujer, Eleanor, estaba en Wyoming poniendo una demanda de divorcio. Hablaba de ella con una ternura empalagosa, como de una hija predilecta que se ha ido por primera vez de campamento, o un ángel del cielo que sigue en contacto íntimo con la tierra que ha abandonado.
—Dice que han tenido unas tormentas eléctricas maravillosas. Los niños montan a caballo todas las mañanas, juegan a las cartas por la noche y a las diez están en la cama. La salud de todos nunca ha sido mejor. El asma de Ellie ha desaparecido y ahora cree que lo que le daba alergia era yo.
—Deberías haberte depilado entero y envuelto en celofán —le dijo Richard.
Joan le preguntó:
—¿Y tú cómo estás de salud? ¿Estás comiendo bien? Te veo delgado, Mack.
—Las noches que no me quedo a dormir en Boston —dijo Mack palpándose todo el cuerpo en busca de una cajetilla de tabaco—, he cogido la costumbre de cenar en el motel de la autovía 33. Es la mejor comida de la ciudad ahora mismo, y puedes mirar a los niños en la piscina.
Se estudió las manos vacías y con las palmas hacia arriba como si hubiesen escondido alguna sorpresa últimamente. Echaba de menos a sus hijos, eso era quizá la sorpresa.
—Yo también estoy sin tabaco —dijo Joan.
—Voy a ir a comprar —dijo Richard.
—Y compra un cacharro de esos de soda, si tienen.
—Voy a hacer una jarra de martinis —dijo Mack—. ¿No es estupendo que haga otra vez tiempo de martinis?
Era esa estación en la que de día es finales de verano y de noche, principios de otoño. El atardecer descendía sobre la ciudad arrancando brillo al neón cuando Richard salió a hacer el recado. Sentía la garganta irritada, cerrada como un secreto; estar por ahí danzando después de pasar la tarde en la cama tenía algo de imprudente y alocado. Una vez en casa, aparcó junto a la valla trasera y cruzó un césped entre un susurro de hojas caídas, aunque las copas de los árboles seguían abultadas. Las ventanas iluminadas de su casa ofrecían un aspecto dorado e idílico; las habitaciones de los niños estaban arriba (la cara de Judith, su hija mayor, se movió distraída sobre una porción del empapelado de su cuarto y su mano rosa y cuadrada colocó bien una muñeca en un estante) y la cocina, abajo. En las ventanas de la cocina, de tono fluorescente, se representaba una escena muda. Mack tenía una coctelera y vertía su contenido en un recipiente eclipsado por un elemento del marco de la ventana, que Joan sostenía con un brazo largo y blanco. Ésta, con la cabeza ladeada en un gesto triunfal, hablaba con esa boca levemente adelantada que Richard reconocía de cuando se miraba en espejos, conversaba con personas mayores que ella o buscaba sentirse superior. Lo que decía hacía reír a Mack, que en consecuencia vertía con pulso inseguro (la tapa plateada de la coctelera centelleó, se derramó una gota de líquido verduzco). Apoyó la coctelera y enseñó las manos —las mismas manos de las que un ratito antes parecía haberse escapado una sorpresa— a los costados del cuerpo, a la altura de los hombros.
Joan se acercó a él, con el vaso aún en la mano, y la parte posterior de su cabeza, peinada en un moño tenso y ovalado, con vello aterciopelado recorriéndole la nuca, eclipsó la cara de Mack a excepción de los ojos, que se cerraron. Se estaban besando. La cabeza de Joan se inclinó hacia un lado y la de Mack hacía el otro, de manera que las bocas se encontraran más fácilmente. La elegante línea de los hombros de Joan se prolongaba en la línea del brazo que sostenía la copa en el aire, a salvo. Tenía el otro brazo alrededor del cuello de Mack. Detrás de ellos, la puerta abierta de un armario dejaba ver una hilera paralizada de cajas de envases de cartón erguidos, cuyos rótulos Richard no alcanzaba a leer, pero cuyos colores anunciaban su contenido: Cheerios, White Honeys, Onion Thins. Joan se separó y pasó el dedo índice por la corbata de Mack (tartán de verano) para terminar con un pellizco en las proximidades del ombligo que no se sabía si expresaba reproche o remordimiento. La cara de Mack, pálida y abultada en la severa luz vertical, tenía una expresión ligeramente divertida, pero resuelta, y se acercó hacia la de Joan dos o tres centímetros. La escena tenía el ritmo lento y fascinante de la acción submarina, mezclada con la delirante urgencia repentina de un reportaje de televisión visto desde la calle. En el piso de arriba, Judith se acercó a la ventana sin reparar en su padre, a la sombra del árbol. Vestida con un camisón de gasa amarilla, se rascó inocente la axila mientras estudiaba una polilla que golpeaba la mosquitera; y también esto dio a Richard la sensación trascendental, desbordante de que el mudo acto de observar —igual que un niño sólo en un cine— lo había acercado peligrosamente a las maquinaciones ocultas de las cosas. En otra ventana de la cocina, un hervidor desatendido empezó a echar humo y a empañar los cristales con vapor. Joan estaba hablando otra vez; sus labios adelantados parecían tender diminutos puentes sobre un espacio que se estrechaba. Mack se interrumpió, se encogió de hombros; tenía la cara fruncida como si hablara francés. La cabeza de Joan se echó hacia atrás riendo y, triunfal, alargó el brazo libre y volvió a los brazos de Mack. La mano de éste, desplegada como una estrella en la zona lumbar de Joan, bajó hasta lo que, oculto detrás del borde de la encimera de formica, debía de ser el trasero.
Richard bajó haciendo ruido los peldaños de cemento y abrió de una patada la puerta de la cocina, dándoles tiempo de separarse antes de entrar. Desde el fondo de la cocina, más pequeños que unos niños, se volvieron hacia él con expresiones desdibujadas, neutras. Joan apagó el hervidor y Mack se acercó arrastrando los pies para pagarle los cigarrillos. Después de la tercera ronda de martinis, las inhibiciones se suavizaron y Richard dijo, disfrutando de la ronquera quejumbrosa de su voz:
—Imaginad lo incómodo que me he sentido. A pesar de estar enfermo, salgo en esta noche glacial a comprar unos cigarrillos a mi mujer y a mi invitado para que puedan contaminar el aire y agravar el ya pésimo estado de mis bronquios y, cuando vuelvo por el jardín trasero, ¿qué me encuentro? A los dos haciendo el Kamasutra en mi cocina. Ha sido como ver una película porno y conocer a los autores.
—¿Dónde se pueden ver hoy películas porno? —preguntó Joan.
—¿Será posible, Dick? —dijo Mack con timidez, frotándose los muslos con un movimiento de enérgico planchado—. No era más que un beso fraternal. Un abrazo de hermanos. Un homenaje desinteresado al encanto de tu mujer.
—De verdad, Dick —dijo Joan—. Me parece espantosamente taimado por tu parte que pierdas el tiempo espiando por las ventanas de tu propia casa.
—¡Perder el tiempo! Estaba paralizado de horror. Ha sido un verdadero trauma. Mi primera escena primigenia.
Una profunda felicidad lo ensanchaba desde dentro; el radio de alcance de su lengua y de su ingenio le parecía inmenso, y los otros dos parecían muñecos, homúnculos, en sus juguetonas manos.
—No estábamos haciendo nada —dijo Joan levantando la cabeza como si quisiera estar por encima de todo aquello, con la hermosa línea de la mandíbula definida por la tensión y los labios heridos por una mueca.
—Sí, estoy seguro de que, según tus principios, casi ni habíais empezado. Apenas habíais catado la riqueza potencial de posturas coitales. ¿Pensabais que no iba a volver? ¿O es que habéis envenenado mi bebida y soy demasiado vigoroso para morir, como Rasputin?
—Dick —dijo Mack—, joan te quiere. Y si yo quiero a algún hombre es a ti. Joan y yo hablamos de esto hace años y decidimos ser sólo amigos.
—No te pongas gaélico conmigo, Mack Dennis. Si tuviera que amar a algún hombre, serías tú. No pienses en mí, muchacho. Piensa sólo en la pobre Eleanor, sudando para conseguir el divorcio, trotando día tras día a lomos de esos caballos, jugando a las cartas hasta la extenuación…
—Vamos a cenar —dijo Joan—. Me pones tan nerviosa que seguro que se me ha pasado el rosbif. De verdad, Dick, no creo que puedas disculpar tu comportamiento haciéndote el gracioso.
Al día siguiente los Maple se despertaron aturdidos por la resaca; Mack se había quedado hasta las dos para asegurarse de que no había resentimiento. Joan solía jugar al tenis con amigas los sábados por la mañana mientras Richard entretenía a los niños; ahora, vestida con pantalones cortos y zapatillas, se demoró en casa para poder discutir.
—Tienes que estar muy desesperado —le dijo a Richard— para intentar inventarte que hay algo entre Mack y yo. ¿Qué intentas ocultar?
—Mi querida señora Maple, te vi —dijo Richard—. Te vi por las ventanas de mi propia casa haciendo una imitación muy creíble de una araña hembra a la que están haciendo cosquillas en el abdomen. ¿Dónde aprendiste a mover la cabeza de esa manera tan coqueta? Era mejor que un teatro de títeres.
—Mack siempre me besa en la cocina. Es una costumbre, no significa nada. Sabes muy bien lo enamorado que está de Eleanor.
—Tanto que se está divorciando de ella. Su adoración raya en lo quijotesco.
—El divorcio fue idea de ella, evidentemente. Él es un alma en pena. Me da lástima.
—Sí, ya me he dado cuenta. Eras como la Cruz Roja en Verdún.
—Lo que me gustaría saber es ¿por qué estás tan contento?
—¿Contento? Estoy destruido.
—Estás encantado. Mírate la sonrisa en el espejo.
—Es increíble la falta de remordimientos que tienes. Doy por hecho que estás siendo irónica.
Sonó el teléfono. Joan descolgó y dijo: «¿Sí?», y Richard oyó el clic desde el otro extremo de la habitación. Joan colgó y le dijo:
—Claro. Habrá pensado que a esta hora yo ya estaría jugando al tenis.
—¿Quién lo habrá pensado?
—Lo sabes muy bien. Tu amante. Tu querida.
—Era tu amante, está claro, y algo en tu voz lo ha disuadido.
—¡Ve con ella! —gritó de pronto Joan con una explosión de la misma energía desafiante que la empujaba, en otras mañanas de resaca, a hacer a toda prisa gran cantidad de tareas domésticas—. ¡Ve a ella como un hombre y deja de intentar enredarme en algo que no entiendo! ¡No tengo ningún amante! ¡Dejé que Mack me besara porque se siente solo y se emborracha! ¡Deja de hacerme parecer más interesante de lo que soy! ¡No soy más que un ama de casa consumida que quiere irse a jugar al tenis con otras mujeres extenuadas!
En silencio, Richard le sacó la raqueta de tenis, que habían encordado hacía poco con tripa, del armario donde guardaban las cosas de deportes. Con ella en la boca, como lleva un perro un palo que le han tirado, se puso a cuatro patas y la dejó junto a la puntera de la zapatilla de Joan. Richard Jr., su hijo mayor, un niño enjuto de nueve años obsesionado en aquel entonces con acumular cartas de Batman, entró en el cuarto de estar, presenció la pantomima y rió para ocultar su miedo.
—Papá, ¿me das los diez centavos por haber vaciado las papeleras?
—Mamá se va a jugar, Dickie —dijo Richard quitándose con la lengua el sabor salado del mango de la raqueta de los labios—. Vamos todos a la tienda de baratillo a comprar un Batmóvil.
—Yupi —dijo el niño pequeño sin entonación, mirando con ojos muy abiertos a su padre y a su madre alternativamente, como si el espacio entre ellos de pronto se hubiera vuelto peligroso.
Richard llevó a los niños a la tienda de baratillo, al parque y a comer a un puesto de hamburguesas. Estas inocentes actividades trasmutaron los residuos de alcohol y flemas en una fatiga difusa tan pura como el sueño de los niños de pecho. El dolor de garganta desaparecía. Servicial, asintió con la cabeza mientras su hijo describía una trama interminable:
—… Y entonces, verás, papá, el pingüino tenía un paraguas del que salía humo, era genial, y había otros dos hombres con unas caretas raras en la cámara acorazada, llenándola de agua, no sé por qué, para hacerla reventar o algo así, y Robin se subía a unos montones resbaladizos como de cincuenta centavos para huir del agua y entonces, verás, papá…
De vuelta en casa, los niños se dispersaron por el vecindario llevados por la misma marea misteriosa que otros días llenaba el jardín trasero de mocosos desconocidos. Joan volvió del tenis reluciente de sudor, con los tobillos recubiertos de polvo de barro de la pista. Su cuerpo rezumaba el bienestar que sigue al ejercicio físico. Richard sugirió echarse una siesta.
—Sólo una siesta —advirtió ella.
—Pues claro —dijo él—. He visto a mi amante en el parque y nos hemos dado mutuo placer en el laberinto.
—Maureen y yo hemos ganado a Alice y a Judy. No puede haber sido ninguna de las tres, han estado media hora esperándome.
En la cama, con las persianas extrañamente echadas frente a la luminosa tarde y un vaso de agua rancia y burbujas iluminado por una luz secreta, Richard le preguntó a Joan:
—¿Crees que quiero hacerte más interesante de lo que eres?
—Pues claro. Estás aburrido. Nos dejaste a mí y a Mack solos adrede. Fue algo nada propio de ti, salir estando resfriado.
—Es triste, pensar en ti sin un amante.
—Lo siento.
—Aun así eres bastante interesante. Aquí, aquí y aquí.
—He dicho que sólo una siesta.
En el rellano del piso de arriba, al otro lado de la puerta cerrada del dormitorio, sonó el teléfono. Después de cuatro timbrazos —lanzas gélidas arrojadas desde lejos— dejó de sonar sin que nadie descolgara. Hubo una pausa confusa. Luego un ring dubitativo, interrogante, como si alguien al pasar le hubiera dado un golpe a la mesa, seguido de una resuelta serie de sonoras zancadas, imperiosas y lastimeras, que no pararon hasta contar doce; luego, su amante colgó.
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