John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


El arte de la fontanería (1971)
(“Plumbing”)
Originalmente publicado en The New Yorker (20 de febrero de 1971)
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      El viejo fontanero se inclina con ternura, en la oscuridad del sótano de mi casa recién comprada, para enseñarme una junta valiosa, antigua.
       —Hace treinta años que no se fabrican juntas como ésta —me dice. Su delgada voz es como un hilillo exprimido a través de óxido—. Treinta, cuarenta años. Cuando yo empecé con mi padre, las hacíamos así. Es de plomo, antigua. Tenías que soldarla. La vertías en caliente, usando un cucharón y con un trapo húmedo en la otra mano. Había dieciséis movimientos diferenciados que tenías que hacer antes de que se enfriara. Dieciséis movimientos. Si te saltabas uno, la junta se echaba a perder. Tenías que raspar y empezar desde el principio. Así es como se hacía cuando yo empecé. Tendría unos quince, dieciséis años. Esta junta puede tener cincuenta años.
       Él conoce mis cañerías; yo me limito a ser propietario de ellas. Las ha conocido con muchos propietarios distintos. Pensamos que somos aquello que pensamos y vemos cuando, en realidad, somos sacos de vísceras que caminan erguidos. Pensamos que hemos comprado un sitio donde vivir y unas vistas cuando, en realidad, hemos comprado un laberinto, una historia, una arqueología de tuberías y conductos y trampillas y válvulas. El fontanero me enseña una cañería oscura y robusta que sigue un camino en diagonal hasta los cimientos.
       —¿Ve esta línea a lo largo del suelo?
       Una línea color blanco, un susurro de escarcha en la parte inferior de la cañería: una pálida oxidación.
       —No la toque. Se pondrá a sangrar. Esta tubería de desagüe se hacía en dos mitades. Se suponía que luego las montaban de manera que las junturas quedaran a los lados. Pero a veces se descuidaban y las montaban dejando la juntura en la parte de abajo.
       Lo demuestra poniendo las manos en forma de cuenco; las manos se separan de manera que la grieta entre ellas se ensancha. Me esfuerzo por ver entre sus oscuras palmas y me convierto, según su metáfora, en agua que busca la luz.
       —Con el tiempo, ve usted, pierde agua.
       Con el haz de su linterna, sigue el recorrido inverso de la pálida línea delatora.
       —Cuatro o cinco caños nuevos deberían bastar.
       Suspira, resuella; tiene los ojos más abiertos que otros hombres, resultado de toda una vida en sótanos. Es un poeta. Donde yo sólo veo un defecto, una molesta imperfección que me costará más dinero, élcontempla con ternura, meditando sobre las presencias eternas de la corrosión y el flujo. Me envía unas facturas magníficas e irónicas, en las que catálogos de piezas diminutas.

1 3,4 × 2,3 cm tuerca galvanizada 58 centavos
1 2,8 cm llave de purga 90 centavos
3 9 cm acoplador/boquilla ngr. 23 centavos

Detallados con una contabilidad tan minuciosa que parece una locura terminan denigrados y engullidos por una cifra redonda torrencial atribuida simplemente a «mano de obra»:

Mano de obra 550 dólares

Supongo que estas tiernas meditaciones en mi presencia, incluso las largas pausas cuando sus grandes ojos parpadean, cuentan como mano de obra.
       La vieja casa, la casa que dejamos, a un kilómetro y medio, parece aliviada de librarse de nuestros muebles. Las habitaciones en que vivimos, donde pusimos en escena nuestras comidas, ceremonias y dramatizaciones, y en las que algunos pasamos de la infancia a la adolescencia —habitaciones y escaleras tan imbuidas de nuestros movimientos diarios que llevábamos sus irregularidades en la sangre y podíamos recorrerlas en la oscuridad— no parecen llorar, como imaginé que harían. La casa se regocija de su inesperado tamaño, del alcance de sus rincones vacíos. Los suelos de tarima, atenuados largo tiempo por alfombras, brillan como recién barnizados. El sol entra a raudales, libre de obstáculos, por las ventanas sin cortinas. La casa vuelve a ser joven. También ella tenía una identidad, una vida, que por un tiempo estuvo eclipsada por nuestras vidas; ahora, antes de que sus nuevos dueños vengan a atosigarla, es libre. Ahora sólo la luz de la luna hace crujir el suelo. Cuando, algunas mañanas, vuelvo para recoger restos de cosas sueltas —morillos, marcos de fotos— el espacio vacío de la casa me saluda con imprudencia virginal. Abrir la puerta principal es como abrir la puerta al gato que entra con la leche matutina, que maúlla de camino a las camas aún tibias de nuestro sueño nocturno, su rutina tenuemente unida a la nuestra por un único maullido y un techo común. La naturaleza es más severa de lo que reconocen los ecologistas. Nuestra casa nos olvidó en un solo día.
       Me siento culpable por haberla ocupado tan tenuemente, tanto que un trío de trabajadores de mudanzas y las brisas de un día borrarán nuestro rastro por completo. Cuando nos instalamos en ella me sorprendió comprobar que, aunque las vigas y chimeneas tenían trescientos años, no estaba encantada. Había pensado, al ser tan vieja, que lo estaría. Pero una bruja aficionada que había conocido mi mujer en la universidad dio golpecitos a las paredes de los dormitorios, husmeó el ático y nos aseguró —ahora que lo pienso, la mujer tenía los ojos inexplicablemente dilatados, igual que mi fontanero— que el lugar estaba limpio. La habían construido unos granjeros puritanos. Es posible que en el siglo xix se usara como taberna; la carretera a Newburyport pasaba al lado. En la década de 1930 había sido un edificio de apartamentos, con las habitaciones ahora exultantemente grandes entonces subdivididas con particiones de escayola a las que se hicieron agujeros para que los vecinos pudieran intercambiarse azúcar y harina. Días rurales, días de pobreza. Durante un tiempo hubo gallinas en el piso de arriba; al principio mis hijos dijeron que, cuando llovía, olía a plumas, pero yo lo atribuí al poder de la sugestión, o del mito. Al excavar en el jardín trasero sí desenterramos algunas cucharas de peltre y trozos de botellas de cristal de una era perdida del envasado. De nuestro paso, unas cuantas bolas de prácticas de golf, de plástico, entre los lirios y unas pelotitas polvorientas bajo los radiadores será lo único que encontrarán otros. A los fantasmas que hemos dejado solo podemos verlos nosotros.
       Veo a un hombre de esmoquin y a una mujer con un vestido largo blanco caminando por el jardín trasero bajo una fría llovizna que les hace reír, a las dos de la madrugada del día de Pascua. Esconden huevos de chocolate envueltos en papel de aluminio y están borrachos. Por la mañana tendrán dolor de cabeza y los niños los despertarán con gritos y peleas por la búsqueda, y se subirán a la cama de sus padres con bocas sucias de chocolate y alientos nauseabundamente azucarados; pero lo que yo veo, desde la perspectiva de la cocina y con la conciencia sobria, es la estampa matutina de dos noctámbulos que, de puntillas por el jardín embarrado, rodean la forsitia, llegan hasta los columpios y vuelven. Conejitos de Pascua.
       Un hombre se inclina sobre la cama de un niño; su voz y una voz infantil murmuran plegarias al unísono. Tienen dificultades con «ofensas» frente a «deudas», al haber ido a escuelas dominicales distintas. Cansado, ligeramente asmático (¿el fantasma de las plumas de gallina?), deseoso de volver al piso de abajo, a un libro y una copa, pasa al dormitorio siguiente. Allí, una niña mayor, cuando le ofrece inclinar la cabeza con ella, llora en voz baja. «¡Papá, no!». La cara redonda y blanca, en penumbra por la oscuridad del crepúsculo, parece resplandecer de tensión, vergüenza, exhortación. Avergonzado también él, que se avergüenza con demasiada facilidad, le da un beso, retrocede, cierra la puerta del dormitorio y la abandona a la oscuridad.
       En la habitación mayor de todas, cuyas paredes están ahora desnudas a excepción de rectángulos fantasmales donde antes hubo librerías y colgaron cuadros, hay personas que hablan, que gesticulan con teatralidad. La mujer, la esposa, arroja algún objeto. Estuvo a punto de ser un cenicero, pero, a pesar de la furia, que le vuelve el rostro de color rosa rojizo, lo cambia prudentemente por un libro. Rompe a llorar, quizá por su incapacidad puritana de arrojar un cenicero, y corre a otra habitación, sin olvidarse de saltar por encima de un umbral ligeramente elevado en el que a menudo tropiezan desconocidos. Los niños bajan y suben escaleras con sigilo, pálidos, arrepentidos, culpándose a sí mismos, en las bóvedas de sus corazones inocentes, de esta perturbación. Incluso la perra enrosca el rabo. Avergonzada. El hombre se desploma en un sofá que ya no está allí. Tiene los tobillos juntos y la cabeza inclinada, como sujeto por unos grilletes. Está teatralizando su idea de sí mismo como un prisionero. Parece verano, porque una mariposa de la col se posa, sin que venga al caso, en la mosquitera de la ventana, que rozan y golpean malvas reales. La mujer vuelve, con la cara rosada en lugar de roja, y expone la situación de manera ceremoniosa, deliberada; el hombre se pone de pie y grita. Ella le golpea; él le aparta el brazo y le da un puñetazo en el costado, asombrado por lo placentera, lo esponjosa que es la sensación. Un saco de vísceras. Trastabillan entre los muebles, que se interponen en su camino, levantando nubes de polvo. Los niños suben un peldaño de la escalera. La perra, encorvada como si la estuvieran azotando, va hasta la mosquitera y suplica que la dejen salir. El hombre abraza a la mujer y murmura. Ella está roja y acalorada por las lágrimas. Él se da cuenta de que está llorando; ¡qué sensación tan agradable!, como vomitar, como sudar. ¿De qué están hablando estas personas violentas, asustadas? Están hablando de cambio, de un proceso natural, del paso del tiempo, de la muerte.
       Son fantasmas tenues. Se desvanecen como aliento en un cristal. En cambio, recuerdo los huevos de Pascua, potentes, poderosos, mágicos de mi infancia, rellenos de jugoso coco, pesados como lingotes o espaciosos como teatros, poblados por siluetas de papel, mundos en miniatura que generan su propia luz solar. Estos huevos surgieron, en su nido de virutas púrpura, del mismo insondable pozo de misterio en que nadan las estrellas, aquella mañana de domingo en que se tomaron viejas fotografías anteriores a mi nacimiento y Dios escuchaba. De noche, cuando rezaba, me tendía igual que un alfiler en la superficie de este abismo, en una casa habitada hasta el último sombrío rincón por amenazas disneyanas con uñas como garras, en una ciudad que tenía una funeraria en la intersección principal y cuya periferia estaba toda blasonada de graneros engalanados de signos contra el mal de ojo. En la alfombra del cuarto de estar había una mancha con forma de continente en la que vomité siendo muy pequeño. Un mito detrás de otro: ahora tengo tres o cuatro años, un alma hambrienta que se come la tierra de una de las jardineras de gran tamaño donde hay extraños helechos… presencias leves, imprecisas, tropicales. Una de las supersticiones de mi abuela es que un niño debe comer medio kilo de tierra al año para crecer fuerte. Y luego, más tarde, a los nueve o diez, estoy tumbado boca abajo en el mismo lugar, leyendo el periódico a mi abuelo ciego: primero las necrológicas, luego las noticias del campo y, por último, los titulares de primera página sobre los japos y Roosevelt. El periódico tiene un olor intenso, no a húmedo, como el olor de los tebeos, sino más fresco, menos dulzón que los envoltorios de rosquillas, pero especiado, un olor emocionante que lleva dentro el futuro, un olor a cosas apiladas y almidonadas y ligeramente calientes, el olor de lo nuevo. Cada día, me doy cuenta, este olor llega y se desvanece. Y entonces tengo trece años y digo adiós al cuarto de estar. Nos mudamos. Junto a la mancha en forma de continente de la alfombra están las hendiduras circulares de las macetas de helechos. La luz de sol ya sin cortinas que ilumina estos surcos limpios es una revelación. Están grabados a gran profundidad, como huellas de dinosaurio.
       ¿Percibían mis hijos la frivolidad de nuestros oficios de Pascua? La más pequeña solía tumbarse en la cama del más pequeño de los dormitorios de arriba a chuparse el pulgar y mirar algún punto situado detrás de mí, en la oscuridad. Nuestra casa, para ella, sin duda poseía esa dimensión del miedo que marca cada superficie recordada, que convierte cada cicatriz en la pintura de la pared en la pista de algún terrible abismo. Era la única de nuestros hijos que hablaba de la muerte. Al día siguiente era su cumpleaños.
       —No quiero cumplir nueve.
       —Pero tienes que crecer. Todo el mundo crece. Los árboles crecen.
       —No quiero.
       —¿No quieres ser una chica mayor, como Judith?
       —No.
       —Podrás llevar carmín, y sujetador, y montar en bicicleta incluso por Central Street.
       —No quiero montar en bicicleta por Central Street.
       —¿Por qué no?
       —Porque entonces me haré una señora mayor y me moriré.
       Y se le llenan los ojos de lágrimas, y el hombre que está con ella es tonto, como lo serán todos los hombres que estén con ella a este respecto, en este pequeño cuarto donde no queda nada de nosotros excepto marcas de arañazos y una calcomanía de Snoopy medio rascada en el marco de la ventana. Si siguiéramos viviendo aquí, sería el momento de poner cortinas en las ventanas.


       El azafrán está crecido en la casa vieja; los narcisos florecen en la nueva. Los niños que vivieron en la casa nueva antes de nosotros nos dejaron pelotas polvorientas bajo los radiadores. En los días de tasación y compra solíamos ver a estos niños merodear por su casa, detrás de arbustos y barandillas, mirándonos a nosotros, los usurpadores de su futuro. Cuando ya se habían ido, pero antes de que llegaran nuestros muebles, jugamos a juegos divertidísimos en las habitaciones vacías: botes y saltos gigantes y cómicos. Pronto las pelotas volvieron a perderse. Las habitaciones se llenaron. Estábamos instalados.
       Tierna, pensativamente, el fontanero me enseña un trozo cortado de la tubería que va desde el depósito hasta nuestro acumulador. El diámetro interior de la tubería está reducido al tamaño de su dedo por las adherencias minerales: un círculo de capas pétreas fino como papel enrollado. Recuerda a un libro de canto, pero de esos que no están pensados para ser abiertos, de esos que los sacerdotes guardan sabiamente bajo llave.
       —¿Ve? —dice—. Esto se ha ido acumulando a lo largo de cuarenta, cincuenta años. Recuerdo cuando mi padre y yo instalamos la bomba, pero ésta cañería ya estaba entonces. No se puede hacer nada, son los minerales que hay en el agua. No se puede hacer nada, salvo desenterrarla y sustituirla con tres centímetros o tres centímetros y medio de otra nueva.
       Imagino mi césped levantado, la excavadora grande y dorada pisoteando mis narcisos, mis dólares alejándose en torrente. Inútilmente, protesto.
       El fontanero suspira, como suspiran los poetas, con un ojo puesto en el público.
       —Verá, si lo deja como está, quemará la bomba nueva. Tiene que trabajar demasiado para extraer el agua. Cámbiela ahora y no tendrá que volver a preocuparse. Les durará una vida.
       Mi vida. Su vida. Tiene los ojos muy abiertos ante las presencias innombrables de la corrosión y el flujo. Nos asomamos por la trampilla del sótano; un trozo cegador de cielo se coloca sobre nosotros, enmarcado por nubes provisionales, eternas. Todo a nuestro alrededor nos sobrevive.



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