John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


Donantes de sangre (1963)
(“Giving Blood”)
Originalmente publicado en la revista The New Yoker (6 de abril de 1963)
The Music School: Short Stories
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1966, 272 págs.);
The Early Stories: 1953–1975
(Nueva York: Knopf, 2003, 864 págs.)




      Los Maple llevaban ya casados nueve años, lo que es casi demasiado tiempo.
       —Maldita sea, maldita sea —le dijo Richard a Joan cuando iban en el coche camino de Boston a donar sangre—, hago este camino cinco días a la semana y ahora lo estoy haciendo otra vez. Es como una pesadilla. Estoy exhausto. Estoy emocional, mental y físicamente exhausto y ni siquiera es tía mía. Ni siquiera es tía tuya.
       —Es prima lejana —dijo Joan.
       —Sí, joder, cada maldito habitante de Nueva Inglaterra es primo lejano tuyo; ¿tengo que pasarme el resto de mi vida tratando de salvarlos a todos?
       —Calla —dijo Joan—. Se puede morir. Me avergüenzo de ti. Me avergüenzo mucho.
       Aquello dolió. La voz de Richard adquirió por un momento una palidez contrita.
       —Bueno, si hubiera dormido algo anoche, sería el maldito santo que soy generalmente. Cinco mañanas a la semana salto de la cama y salgo dormido a cruzarme con el lechero, y el único día que no tengo que llevar a los mocosos al colegio dominical, me conciertas una cita a cincuenta kilómetros para que me hagan una sangría.
       —Oye, que no fui yo —dijo Joan— la que tenía que quedarse hasta las dos de la mañana bailando al twist con Marlene Brossman.
       —No estábamos bailando el twist. Estábamos girando castamente al son de Éxitos de los cuarenta. Y no te creas que estaba tan distraído como para no verte haciendo arrumacos detrás del piano con Harry Saxon.
       —No estábamos detrás del piano. Estábamos en la banqueta. Y estaba hablando conmigo solo porque le daba pena. Les daba pena a todos los que estaban allí; al menos podías haber dejado que alguien bailara una vez con Marlene, aunque sólo fuera por disimular.
       —Sí, claro, disimulo —dijo Richard—. Ésa es exactamente tu mentalidad.
       —Bueno, los pobres Matthew o como se llamen parecían de lo más horrorizados.
       —Matthiessons —dijo Richard—. Y ésa es otra. ¿Por qué invitan últimamente a gente tan idiota? Si hay algo que no soporto es a esas mujeres que no hacen más que tocarse las perlas y respirar hondo. Pensé que tenía algo en la garganta.
       —Son gente joven de lo más agradable y decente. A ti te molesta que estuvieran allí porque su relativa inocencia nos demuestra en lo que nos hemos convertido.
       —Si tanto te atraen —dijo Richard— los hombrecillos regordetes como Harry Saxon, ¿por qué no te casaste con uno?
       —Madre mía —dijo Joan con calma, y apartó la vista de él para mirar por la ventana, a las gasolineras que discurrían a gran velocidad—. Eres odioso de verdad. No es una pose.
       —Pose, disimulo, por Dios, ¿para quién estás actuando? Si no es Harry Saxon, es Freddie Vetter… o alguno de esos enanos. Anoche, cada vez que te miraba parecías una pálida Reina del Rocío rodeada de un círculo de setas.
       —Mira que eres absurdo —dijo Joan. Su mano, la mano de una mujer en la treintena, seca, de venas verdes y áspera por los detergentes, apagó el cigarrillo en el cenicero del salpicadero—. Qué poco sutil. Crees que puedes emparejarme con otros hombres para así poder largarte tranquilamente con Marlene con la conciencia tranquila.
       Que hubiera detectado tan bien su estrategia hizo que le ardiera la cara; sintió de nuevo el cosquilleo del pelo de la señora Brossman cuando pegó la mejilla a la suya y, en aquella húmeda intimidad, inhaló el perfume detrás de su oreja.
       —Tienes razón —dijo—, pero quiero conseguirte un hombre a tu altura. En ese sentido, soy muy leal.
       —Mejor nos callamos —dijo ella.
       La esperanza de Richard de convertir la verdad en un chiste recibió un vapuleo. Cualquier atisbo de permisividad quedó bloqueado.
       —Es ese engreimiento —explicó, con voz neutra, como si hablara de un fenómeno del cual ambos fueran estudiosos desinteresados—. Tu engreimiento es lo que me resulta verdaderamente intolerable. Tu liberalismo reflejo me da igual. He aprendido a vivir con tu asexualidad. Pero ese total engreimiento, tan de Nueva Inglaterra… supongo que fue necesario para fundar el país, pero en la Era de la Ansiedad resulta de lo más irritante.
       Había estado mirándola y, de manera inesperada, ella se volvió y lo miró, con expresión sobresaltada pero inquietantemente cristalina, como si en un instante su cara, pestañas incluidas, se hubiera vuelto de porcelana coloreada.
       —Te pedí que no hablaras —dijo Joan—. Ahora has dicho cosas que no se me olvidarán nunca.
       Sumergido a brazas de profundidad en el error, asfixiado por la culpa, Richard se concentró en la carretera y condujo taciturno. Aunque circulaban casi a cien en el escaso tráfico del sábado, Richard había recorrido tantas veces aquella carretera que todas las distancias se traducían en tiempo, de manera que le parecía que el coche se movía igual de despacio que se mueve el minutero de un reloj de un número al siguiente. Continuar en silencio habría sido estratégico y digno por su parte; pero no podía resistirse a creer que unas pocas sílabas más devolverían el equilibrio conyugal que se rompía un poco más con cada kilómetro sin hablar. Preguntó:
       —¿Qué tal has visto a Bean?
       Bean era su hija de meses. La habían dejado la noche anterior, para ir a una fiesta, con treinta y nueve de fiebre.
       Joan forcejeó con su promesa de no decir nada, pero la preocupación maternal fue más fuerte. Dijo:
       —Menos caliente. Tiene la nariz que parece un río.
       —Cariño —soltó Richard—, ¿me van a hacer daño?
       Lo curioso era que nunca había donado sangre. Asmático y bajo de peso, había sido clasificado como f-4; y en la universidad y ahora en la oficina, no tanto por su propia determinación como por la inseguridad de los solicitantes, se había librado de donar. Era una de esas pruebas de valentía tan triviales que a nadie se le había ocurrido nunca obligarlo a hacerle frente.


       La primavera llega de mala gana en Boston. Cortezas moteadas de hielo recubrían aún los parquímetros y el aire, gris y estancado entre estaciones, teñía los edificios de la avenida Longwood con majestad anodina y homogénea. Mientras subían por el camino de entrada al hospital, Richard se preguntó en voz alta si verían al rey de Arabia.
       —Está en un ala para él solo —dijo Joan—. Con cuatro esposas.
       —¿Sólo cuatro? Qué asceta.
       Y se atrevió a tocar el hombro de su mujer. No supo con seguridad si ésta, bajo el grosor de su abrigo de invierno, lo notó.
       En recepción los mandaron por un pasillo largo con suelo de linóleo color tabaco. El pasillo subía y bajaba, iba a derecha y a izquierda de esa manera sigilosa, inconexa propia de los hospitales que han sido construidos anexo a anexo. Richard se sintió igual que un Hansel huérfano en compañía de Gretel; los pájaros se comían las migas de pan que iban dejando y al final llamaban tímidamente a la puerta de la bruja, en la que decía centro de donación de sangre. Un hombre joven vestido de blanco entreabrió la puerta. Por encima de su hombro Richard vislumbró —¡horror!— dos piernas de mujer amputadas, despojadas de sus zapatos y tendidas en paralelo sobre una camilla. Atisbos de frascos y agujas le aguijonearon los ojos. Sin abrir más la puerta, el joven les entregó dos extensos formularios. Cuando se sentaron juntos en el banco de espera, escribieron sus segundos nombres y recordaron sus enfermedades de infancia, el señor y la señora Maple se redefinieron. Él contuvo las ganas de reír, de hacer el payaso y de mentir que lo amenazaban cada vez que le pedían —igual que un abogado designado por un tribunal para defender un caso perdido— que expusiera, por así decirlo, sus datos estadísticos ante la eternidad. Parecía mitigar en algo su situación el hecho de que unas pocas de esas estadísticas (dirección actual, fecha de boda) las compartía con el alma herida que garabateaba a su lado. Giró la cabeza para mirarla.
       —No sabía que hubieras tenido la tosferina.
       —Eso dice mi madre. Yo no me acuerdo.
       Una sartén cayó con estrépito en un suelo lejano. Un ascensor cloqueó en la distancia. Una mujer, de mediana edad, con la parte superior del cuerpo recargada de carmín y pieles, salió de la habitación de la sangre y se tambaleó un instante sobre unas piernas que resultaban familiares. Habían sido devueltas a sus zapatos. Los tacones de esos zapatos pisaron con firmeza cuando, después de examinar a los Maple con expresión aturdida y desafiante, se volvió y desapareció detrás de un recodo del pasillo. El hombre joven apareció en el umbral con unas pinzas quirúrgicas en la mano. Un corte de pelo evidentemente reciente le daba aspecto de aprendiz de barbero. Hizo chasquear las pinzas y sonrió:
       —¿Quieren pasar los dos a la vez?
       —Claro.
       A Richard le aguijoneó el amor propio que aquel tipo imberbe, a quien al parecer habían de confiar su líquida esencia, fuera mucho más joven que ellos. Pero cuando se puso de pie, su indignación se desvaneció y sintió que se le diluían las piernas. Y la extracción de una muestra de sangre de su dedo corazón le pareció la interacción con otro ser humano más desagradable e innecesariamente prolongada que había experimentado jamás. Existe una manera de tocar que los buenos dentistas, mecánicos y barberos tienen y aquel residente no; titubeaba y, para compensar, era demasiado brusco. Una y otra vez, igual que un vampiro atrozmente torpe, tiró y retorció en vano el dedo que se amorataba. El tubito capilar permaneció transparente.
       —No le gusta sangrar, ¿verdad? —preguntó el residente a Joan.
       Tan relajada como una enfermera, ésta estaba sentada en una silla junto a una mesa de reluciente instrumental.
       —Me temo que la sangre no se le mueve demasiado —dijo— hasta después de medianoche.
       Esta intentona de chiste hizo que Richard, en su susto extremo, riera sonoramente y la sangre pareció al fin hacer reaccionar al aterrado coagulante. El color rojo se filtró de pronto por el tubito sediento como en un súbito termómetro.
       El estudiante gruñó aliviado. Mientras esparcía las muestras en el portaobjetos, explicó distraído:
       —Lo que deberíamos tener aquí es un recipiente con agua caliente. Acaba de llegar usted del frío de la calle. Si mete la mano un minuto en agua caliente, la sangre saldrá sola.
       —Bonito pensamiento —dijo Richard.
       Pero el estudiante ya había decidido que era un payaso y habló tranquilamente a Joan.
       —Bastaría con un hornillo pequeño de seis dólares, así también podríamos prepararnos café. Ahora, cuando tenemos un donante que necesita tomarse un café, tenemos que pedirlo en el piso de arriba y, mientras llega, tenerlo con la cabeza entre las rodillas. ¿Cree que necesitará un café?
       —No —interrumpió Richard, celoso de la sintonía entre los dos.
       El estudiante le dijo a Joan:
       —Es usted 0.
       —Sí, lo sé —dijo ella.
       —Y él es A positivo.
       —Pues ¡eso está muy bien, Dick! —exclamó Joan.
       —¿Soy un caso raro? —preguntó Richard.
       El chico se volvió a él y explicó: —0 positivo y A positivo son los grupos más comunes. ¿Por quién empiezo?
       —Por mí —dijo Joan—. Es su primera vez.
       —Su nombre completo es Juana de Arco —explicó Richard, furioso por aquella traición, tan irreprochablemente abnegada y engreída.
       El estudiante, amenazado en su elemento, fijó sus ojos perplejos en el suelo entre los dos y dijo:
       —Quítense los zapatos y túmbense cada uno en una camilla.
       Añadió «por favor» y los tres rieron, uno detrás del otro, el estudiante en último lugar.
       Las camillas estaban en ángulo recto la una respecto a la otra y pegadas a dos paredes. Joan se tumbó y desde el ángulo de visión de su marido estaba inusualmente acortada. Nunca la había visto de aquella manera, con la coronilla peinada de su cabeza tan enternecedora, el brazo desnudo tan pálido y largo, los pies enfundados en calcetines con los dedos hacia dentro de una manera infantil y desvalida. Las camillas no tenían almohada y, al estar horizontal, Richard tenía la impresión de tener la cabeza baja; la ilusión de flotar alimentó su esperanza de que aquella aventura irreal se desvaneciera pronto, como hacen los sueños.
       —¿Estás bien?
       —¿Y tú?
       La voz de Joan salió con suavidad de entre la abundancia recogida de su pelo. Tenía la raya tan recta que parecía que la había peinado su madre. Richard miró una larga aguja hundirse en la cara anterior del brazo de Joan y un trozo de algodón humedecido frotar con torpeza la superficie. Había imaginado que la sangre de ambos sería vertida en latas o frascos, pero el estudiante, cuya respiración era ahora el único sonido en la habitación, colocó junto a Joan lo que parecía una mochila de plástico diminuta, toda enrollada y atada. Su cuerpo encubría sus movimientos. Cuando se apartó, había un cordón de plástico injertado, una enredadera transparente en el pliegue del codo del brazo extendido de Joan, donde la piel era traslúcida y las venas, débiles afluentes azules enterrados a poca profundidad. Era un lugar sensible, vulnerable que, en los tiempos del cortejo, le había gustado que le acariciaran. Ahora, sin transición visible, los zarcillos allí sembrados se volvieron rojo oscuro. Richard quiso gritar.
       La instantánea disposición de la sangre de Joan a abandonar su cuerpo lo hirió como un dolor físico. No le había dado tiempo ni a pestañear, la irrupción había sido demasiado veloz para su ojo. Había esperado algún signo visible de flujo, pero, a juzgar por su aspecto, la diminuta soga ensortijada podría estar vertiendo sangre en el cuerpo de Joan o ser una línea curva añadida, a la manera de imprudente bigote, a una pintura. La posición fija de su cabeza daba una cierta horizontalidad a todo lo que veía.
       Y entonces el estudiante se volvió hacia él y notó el diminuto pinchazo de la aguja con novocaína y, a continuación, medio sintió la intrusión de algo parecido a un clavo de mediano tamaño. En dos ocasiones el chico buscó sin éxito la vena y a la tercera se apresuró a fijar el logrado injerto con esparadrapo. Durante todo ese tiempo, los pensamientos de Richard discurrieron distantes por entre las constelaciones del techo sucio y agrietado. Lo que le estaban haciendo era insoportable de contemplar. Cuando el estudiante se apartó para hacer zumbar y tintinear el instrumental, Joan alargó el cuello para que su marido le viera la cara y, cabeza abajo desde donde la veía él, sonrió grotescamente, con la boca donde debían de haber estado los ojos y los ojos convertidos en una boca rota que parpadeaba.
       No estuvieron demasiados minutos tumbados en ángulo recto, pero el tiempo pasó como algo del otro lado de la pared, como algo mezclado con el lejano estruendo de recipientes y de pisadas que se acercan y se alejan y puertas invisibles que se abren y se cierran. Allí, consciente de un latido puntiagudo e indoloro en la articulación interior del brazo, pero indiferente a lo que podía ser, Richard flotó e imaginó cómo su alma flotaría libre cuando toda su sangre estuviera bajo la camilla. Su sangre y la de Joan fundidas en el suelo, y sus espíritus que se deslizarían juntos de una grieta a otra, de una estrella del techo a otra. Joan carraspeó una vez y el sonido fue como el arañazo de un guijarro desprendido por la bota de un escalador.


       Se abrió la puerta. Richard giró la cabeza y vio a un hombre mayor, calvo y cetrino, entrar y acomodarse en una silla. Era uno de esos hombres ancianos que ocupan un puesto mal definido pero asegurado dentro de una institución. El joven médico parecía conocerlo y los dos hablaron, en voz baja, como si no quisieran perturbar la unión mística de la pareja dispuesta para el sacrificio. Hablaron de personas y acontecimientos que no significaban nada. De Iris, del doctor Greenstein, del pabellón D, otra vez de Iris, quien había dado una reprimenda inmerecida al hombre mayor, de la vergonzosa falta de un hornillo en el que hacer café, de los guardaespaldas negros de quienes se rumoreaba hacían guardia con cimitarras junto al lecho del rey glaucomatoso. Estos temas de conversación pasaron por la ignorancia transida de Richard como nubes de impresiones, iridiscentes, voluminosas: el doctor Greenstein, con nariz puntiaguda y ojos almendrados del color de la hiedra; Iris, de veinte metros de altura y lanzando rayos estériles de furia. Del mismo modo en que en algunas teologías se dice de las deidades proliferantes que existen como meras vibraciones en el paisaje anodino de la cabeza del Dios, estas imágenes inconstantes revestían tenuemente su ininterrumpida conciencia de la sangre de Joan, como la suya, menguando. Vinculados a una pérdida común, eran como siameses castos; se le ocurrió que quizá las sondas que les habían puesto se encontraban en algún punto fuera de su vista. Para poner a prueba su hipótesis, bajó la vista y vio que la enredadera plástica pegada al pliegue interior de su brazo tenía, de hecho, el mismo color rojo oscuro que la de Joan. Fijó la vista en el techo para ahuyentar una sensación de mareo.
       De repente el joven estudiante interrumpió su conversación desganada y fue hasta Joan. Hubo un gorjeo de pinzas. Cuando se separó, Richard vio a Joan con el brazo desnudo levantado y presionando contra él un trozo de algodón con la otra mano. Acto seguido, el estudiante fue hasta Richard y el trinar de pinzas se repitió, más cerca.
       —Fíjate —le dijo a su anciano amigo—. Le he pinchado dos minutos después que a ella y ha terminado al mismo tiempo.
       —¿Era una carrera? —preguntó Richard.
       Con firmeza torpe, el chico puso una gasa a Richard en los dedos y le levantó el brazo.
       —Manténgalo así cinco minutos —dijo.
       —¿Qué pasa si no lo hago?
       —Se manchará la camisa. —Se dirigió al hombre mayor—: El otro día tuve aquí a una mujer, estaba ya preparada para irse cuando, de repente, ¡zas!, en toda la delantera de un vestido de lino precioso. Iba a un concierto de la sinfónica.
       —Luego intentan demandar al hospital para que pague la factura de la tintorería —murmuró el hombre mayor.
       —¿Por qué he tardado yo más que él? —preguntó Joan. El brazo levantado se agitó, como si estuviera ofendido o debilitado.
       —Suele ocurrir con las mujeres —le dijo el estudiante—. Nueve de cada diez veces, el hombre es más rápido. Tienen el corazón mucho más fuerte.
       —¿Es eso cierto?
       —Desde luego que sí —le dijo Richard—. No discutas con la ciencia médica.
       —A una mujer en el pabellón C —dijo el hombre mayor— le salvaron la vida después de un accidente de coche y ahora he oído que ha presentado una demanda porque no encontraron su prótesis dental.
       Con semejante cháchara, los cinco minutos se eternizaron. A Richard empezó a dolerle el brazo levantado. Tuvo la sensación de que Joan y él estaban atrapados juntos en un aula donde nunca los reconocerían o en una charada donde nunca los adivinarían porque la respuesta correcta era Dos Abedules en un Prado.
       —Ya pueden sentarse si quieren —les dijo el residente—. Pero no dejen de apretarse en la venopunción.
       Se sentaron en las camillas y las piernas colgaron, pesadas. Joan le preguntó:
       —¿Estás mareado?
       —¿Con mi poderoso corazón? No seas impertinente.
       —¿Cree que necesitará un café? —le preguntó el residente a Joan—. Tendría que pedirlo ya.
       El hombre mayor se inclinó hacia delante, preparándose para ponerse de pie.
       —No quiero café —dijo Richard en voz tan alta que se vio a sí mismo transpuesto, como una Iris menor, al firmamento del chismorreo agraviado del hombre mayor. «Un cabrón que se marea en la sala de donar sangre. Me levanto para ir a buscarle un café y casi me arranca la cabeza». Para demostrar simultáneamente su buen humor intrínseco y su total presencia de ánimo, Richard hizo un gesto en dirección a la sangre que habían donado, dos bolsas cuadradas de plástico llenas hasta rebosar, y declaró—: Donde yo nací, en Virginia Occidental, algunos perros tienen garrapatas con ese mismo aspecto.
       Los hombres lo miraron asombrados. ¿Acaso no había dicho lo que había querido decir? ¿O es que nunca habían conocido a nadie de Virginia Occidental?
       Joan también señaló la sangre.
       —¿Ésa es nuestra sangre? ¿Esas almohaditas de casita de muñecas?
       —Igual deberíamos llevarle una a Bean —sugirió Richard.
       El residente no pareció muy seguro de que aquello fuera una broma.
       —Su sangre será asignada a la cuenta de la señora Henryson —declaró con frialdad.
       Joan le preguntó:
       —¿Sabe algo de ella? ¿Cuándo está programada su operación?
       —Creo que para mañana. Lo único que hay hoy en el tablón es una cirugía a corazón abierto a las dos; harán falta unos siete litros.
       —Huy… —Joan se sobresaltó—. Siete litros… Ésa es la sangre que tiene una persona, ¿no?
       —Más —contestó el residente con ese gesto regio de la mano que otorga dones y rechaza cumplidos.
       —¿Podríamos visitarla? —preguntó Richard pensando en Joan («Me avergüenzo mucho», había dicho ésta; le había dolido). Confiaba en recibir una negativa.
       —Bueno, pueden preguntar en recepción, pero por lo general antes de una cirugía importante como ésta sólo permiten visitas de parientes cercanos. Supongo que ya están.
       Se refería a las punciones. En el brazo de Richard había una magulladura pequeña en relieve; el residente la cubrió con una de esas grandes vendas salmón, indudablemente adhesivas, que sólo hay en los hospitales. Ésa era su especialidad, pensó Richard, el empaquetado. Envuelven la porquería de los humanos para su destino final. Dieciséis almohadas de muñeca, todas igual de oscuras y mullidas, desfilando camino de un corazón abierto; verlas satisfizo por un momento su hambre de orden.
       Se bajó la manga y se levantó de la camilla. Lo sobresaltó darse cuenta, en el instante antes de que sus pies tocaran el suelo, tres pares de ojos estaban fijos en él, fascinados y preocupados y ávidos de escándalo. Se puso a la pata coja para meter el pie en un mocasín, y cambió de pierna para ponerse el otro. Luego hizo el paso puntatacón punta-tacón que era lo único que recordaba de las clases de baile que había dado a los siete años cada sábado en Clarksburg, a veinte kilómetros de sus casa. Hizo una pequeña reverencia a su mujer, sonrió al hombre mayor y dijo al residente:
       —Durante toda mi vida la gente ha estado esperando a que me desmaye. No tengo ni idea de por qué. Todavía no me he desmayado.
       La chaqueta y el abrigo le parecieron algo extraños, un poco resbaladizos y ligeros, pero a medida que recorría el largo pasillo, el espacio pareció ajustarse acogedoramente a su alrededor. A su lado, Joan guardaba un silencio inquisidor y admonitorio. Empujaron las grandes puertas de cristal. Un sol famélico mordisqueaba por entre las nubes. Sobre sus cabezas y a su espalda, el rey de Arabia yacía en un sueño narcótico de drogas y la señora Henryson, en su lecho de muerte, recibía, igual que una comatosa madre de gemelos, sus paquetes de sangre idénticos. Richard estrechó los hombros de su mujer y mientras caminaban, cada uno apoyado en el otro, susurró:
       —Oye, te quiero. Te quiero mucho mucho mucho.


       El romance es, sencillamente, lo ajeno, lo no probado. Para los Maple era inusual ir juntos en un coche a las once de la mañana. Casi siempre era de noche cuando lo hacían. El óvalo de la cara de ella se aferraba al rabillo del ojo de él. Lo estaba mirando, dispuesta a coger el volante si de pronto perdía el conocimiento. Richard sintió ternura por ella en la luz color cáscara de huevo, y curiosidad por sí mismo, preguntándose a qué profundidad de su cerebro se encontraría el pozo negro. No se sentía distinto, pero, claro, la cualidad de consciente no admitía, quizá, la introspección. Sin duda le habían arrebatado algo; le faltaba medio litro de sí mismo. Y, sin embargo, la tierra, con sus señales y edificios y coches y ladrillos, persistía igual que una nota sostenida.
       Cuando dejaron Boston atrás, preguntó:
       —¿Dónde podemos comer?
       —¿Deberíamos comer?
       —Sí, por favor. Déjame que te lleve a comer. Como si fueras una secretaria.
       —La verdad es que me siento un poco ilícita. Como si hubiera robado algo.
       —¿Tú también? Pero ¿qué hemos robado?
       —No lo sé. ¿La mañana? ¿Crees que Eve será capaz de darles de comer?
       Eve era la canguro, una chica pequeña y huesuda de su misma calle que, al cabo de un año exactamente, había calculado Richard, sería dolorosamente guapa. Duraban una media de tres años, las canguros; las cogías en décimo curso, las acompañabas mientras florecían y luego, después de la graduación, igual que los viajeros de cercanías que han llegado a su trabajo, desaparecían de la vista, para ir a la universidad o casarse. Y el tren seguía su camino y recogía a otros pasajeros y se hacía más viejo y largo.
       —Se las arreglará —dijo—. ¿Qué te apetece comer? Tanto oír hablar de café me ha dado unas ganas locas de tomarme uno.
       —En el sitio de tortitas pasada la calle Ciento veintiocho te sirven café antes incluso de que lo pidas.
       —¿Tortitas? ¿Ahora? Qué animosa. ¿Crees que vomitaremos?
       —¿Tienes ganas de vomitar?
       —La verdad es que no. Me siento un poco insustancial y blando, pero probablemente es psicosomático. No acabo de entender esto de dar algo y, sin embargo, seguir teniéndolo. ¿Qué será…? ¿El esplín?
       —No lo sé —dijo Joan—. ¿El hombre melancólico y el sanguíneo son iguales?
       —Dios. Se me habían olvidado por completo los humores. ¿Cuáles son los otros? ¿Flema y cólera?
       —La bilis y la bilis negra también andan por ahí.
       —Hay una cosa innegable, Joan. Que eres instruida. Las mujeres de Nueva Inglaterra son cultas.
       —Aunque asexuadas.
       —Eso es; échamelo en cara.
       Pero no había ira en las palabras de Richard; de hecho, le había recordado a Joan la conversación anterior para ver si, así, las palabras que había dicho él entonces podían ser revividas, diluidas y borradas. Pareció funcionar. El restaurante donde sólo servían tortitas estaba vacío y tranquilo a aquella hora tan temprana. Mientras comían, la timidez se apoderó de los dos y también el silencio. Conmovido por la mancha que dejaban las tortitas de arándanos en los dientes de Joan, Richard le dio fuego con una cerilla y dijo:
       —Oye, me encantaste en la sala de donar sangre.
       —Me pregunto por qué.
       —Fuiste muy valiente.
       —Igual que tú.
       —Pero se supone que yo debo serlo. Me pagan para que lo sea. Es el precio de tener pene.
       —Shh.
       —Oye. Lo de asexuada no lo he dicho en serio.
       La camarera les sirvió más café y les dio la cuenta.
       —Y prometo no bailar nunca el twist, el chachachá ni el schotiische con Marlene Brossman.
       —No seas tonto. Me da igual.
       Aquello equivalía a darle permiso, pero lo irritó perversamente. Esa manera de estar por encima de las cosas. ¿Por qué no peleaba Joan? En un intento por recuperar la paz, de trepar pendiente arriba, cogió la cuenta y, en un esfuerzo actoral, simulando que aquello era una cita y él era un pretendiente tonto e inexperto, dijo con generosidad:
       —Pago yo.
       Pero al buscar en su cartera sólo encontró un único dólar gastado. No entendía qué le enfadaba tanto, excepto quizá el hecho de que hubiera sólo uno.
       —Maldita sea —dijo—. ¿Te lo puedes creer? —Le agitó el billete en la cara—. Trabajo toda la semana como un cabrón para ti y esos mocosos insaciables y ¿con qué termino? Con una porquería de billete de dólar arrugado.
       Las manos de ella bajaron al monedero sobre el asiento, pero su mirada siguió fija en él, después de que su rostro se hubiera retirado, o avanzado, dentro de ese caparazón cerámico de insólita compostura.
       —Pagamos a medias —dijo Joan.



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