John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


La marcha de Boston (1966)
(“Marching Through Boston”)
Originalmente publicado en la revista The New Yoker (22 de enero de 1966)
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      El movimiento por los derechos civiles tenía un efecto saludable en Joan Maple. Madre de cuatro hijos en un barrio residencial, regresaba ya de noche de una clase de no violencia en Roxbury con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes, ávida de describir, mientras sorbía Benedictine, su adoctrinamiento.
       —Un hombre gigantesco vestido con mono…
       —¿Negro? —preguntó su marido.
       —Pues claro. Este hombre gigantesco con un vocabulario de lo más refinado nos ha dicho que, cuando nos manifestemos, sobre todo en el sur, dejemos que los hombres negros se coloquen en las bandas, porque es importante para su autoestima poder protegernos. Nos ha hablado de una diseñadora de moda neoyorquina que fue a Selma y dijo que podía cuidarse sola. No contenta con eso, coqueteó con agentes de la policía estatal. Terminaron por mandarla a casa.
       —Pensaba que la policía estatal os encantaba —dijo Richard.
       —Sólo en abstracto. No si vas solo. No se debe hacer nada individual dentro del movimiento. Al coquetear, esa mujer le dio al agente de policía la oportunidad de despreciarla.
       —Le bloqueó la transferencia, como si dijéramos.
       —No te rías. Es todo muy psicológico. El hombre nos dijo, a aquellos que queramos manifestarnos, que tenemos que enfrentarnos a nuestros impulsos de autogratificación por irrelevantes que sean y, a continuación, dejarlos atrás. Una vez te unes a una manifestación, dejas de tener identidad. Es hermoso.
       Nunca la había visto así. A Richard le pareció que su presencia mejoraba, su figura se rellenaba, su piel se volvía lustrosa, incluso el pelo ganaba cuerpo y brillo. Aunque se había resignado, a lo largo de doce años de matrimonio, a un ritmo de apatía y renovación, desconfió de aquella explosión descarnada de belleza.
       La noche que Joan volvió de Alabama eran las tres de la madrugada. Richard se despertó y oyó cerrarse la puerta principal. Había estado soñando con un paralelogramo en el cielo que también era un meteoro, y la casa en penumbra parecía dividida en cuatro por los cuatro niños dormidos a los que había, con grandes dosis de ternura paternal, metido en la cama. Se había sorprendido a sí mismo hablándoles de mamá como si fuera un espíritu difunto y lejano, que ahora vivía, invisible, en los periódicos y el televisor. La niña pequeña, Bean, se había echado a llorar. Ahora el fantasma cerró la puerta y subió las escaleras, entró en el dormitorio de Richard y se desplomó en la cama.
       Richard dio la luz y vio la cara quemada por el sol, los pies llenos de ampollas. Las bailarinas estaban recubiertas de barro naranja. Había vivido tres días a base de Coca-Cola y albaricoques deshidratados; en una ocasión había estado dieciséis horas sin ir al cuarto de baño. El aeropuerto de Montgomery había sido una casa de locos: monjas, trabajadores sociales, estudiantes de teología peleándose por una plaza en los aviones que volaban al norte del país. Estaban en el aire cuando se enteraron de lo de la señora Liuzzo.
       Richard la acusó:
       —Podrías haber sido tú.
       Ella dijo:
       —Estuve siempre en grupo. —Pero añadió, con sentimiento de culpa—: ¿Qué tal han estado los niños?
       —Perfectamente. Bean lloró porque pensaba que estabas dentro del televisor.
       —¿Me habéis visto?
       —Tus padres llamaron por conferencia para decir que creían verte. Yo no. Sólo vi a Abernathy y a King y a sus secuaces diciendo: «Así, es. Sí, señor. Así se dice».
       —¿Serás mezquino? Fue muy emocionante, el problema era que estábamos todos muy cansados. Y había unas adolescentes negras que no dejaban de desmayarse; un psiquiatra me explicó que estabanteniendo brotes psicóticos.
       —¿Qué psiquiatra?
       —En realidad había tres, y estaban estudiando psiquiatría en Filadelfia. Poco menos que me escoltaron.
       —No lo dudo. Por favor, ven a la cama. Estoy muy cansado después de haber hecho de madre.
       Joan visitó las cuatro esquinas del piso de arriba para inspeccionar a cada niño dormido y, a su vuelta, se desnudó en la oscuridad. Se quitó la ropa interior que había llevado durante setenta horas y luego se detuvo, reluciente; al hombre adormilado de la cama le recordó a una aparición y se sintió como debían de haberse sentido las gentes de antaño cuando las saludó un ángel: devotos pero molestos por aquella extravagante demostración de un nivel de existencia superior al suyo.
       Joan habló por la radio; dio charlas a asociaciones locales. Richard oyó que lo señalaban como su esposo en garajes y supermercados. Joan ayudó a organizar reuniones en las que negros jóvenes y atildados ridiculizaban e insultaban al entusiasta público de barrios residenciales. A Richard lo asombraba el aplomo de Joan en público. Su timidez seguía allí, pero se había convertido en una suerte de arma, como si la doctrina de la no violencia la hubiera afilado. Su voz, cuando llamaba por teléfono a agentes inmobiliarios esquivos reclamando un precio justo para las viviendas, se volvió curiosamente firme y casi obstinada, un matiz que su marido no había percibido antes. Se volvió celoso e irritable. Se sorprendió a sí mismo insistiendo en fiestas sobre la constitucionalidad de los derechos de los estados, las desventuras de la independencia de África, la historia de la Reconstrucción desde el punto de vista sureño. Sin embargo, a Joan no le costó mucho persuadirlo de que la acompañara a la manifestación de Boston.
       Richard se lo prometió, aunque no conseguía comprender bien el objeto de la manifestación. Todos los movimientos de masas o de ideas supuestamente encarnadas en la masa le resultaban irreales. En cambio, su mujer, hija de un profesor de teología liberal, vivía de abstracciones; su sangre regresaba al corazón enriquecida después de haber circulado por alguna buena causa capilar. Le sorprendió e hirió sutilmente el ardor con el que recompensó su promesa; bajo sus manos, el cuerpo de Joan le pareció barroco y su piel, suave como la noche.


       La marcha era en abril. Richard se despertó aquella mañana con fiebre. Había introducido algo extraño en su cuerpo y éste oponía resistencia. Joan se ofreció a ir sola; como si estuviera en juego algo fundamental para su dignidad, para su matrimonio, Richard se negó. El día, que amaneció nublado, había sido soleado en los pronósticos y se puso un traje de verano que encerraba su piel caliente en una irrealidad escurridiza, ingrávida. En una farmacia de carretera compraron pastillas diseñadas para detonar dentro de él a lo largo de doce horas. Aparcaron cerca de la casa de la tía de Joan en Louisburg Square y cogieron un taxi hacia el cuartel general de la marcha, un parque infantil en Roxbury. La espalda impasible del conductor irlandés irradiaba desaprobación. Un agente de policía cerró el paso al taxi; los Maple se bajaron y caminaron por un ancho bulevar marrón en el que se sucedían barberías, pequeños negocios de reparación de calzado, pizzerías y asociaciones en defensa de la cordialidad. En entradas y escaleras, hombres negros pasaban el rato, pestañeando y murmurando los unos a los otros como si una conspiración vasta y decrépita les hubiera asignado sus puestos y después fracasado.
       —Preciosa arquitectura —dijo Joan señalando una calle lateral en curva, un arco neogeorgiano suspendido en la inmensa tristeza urbana.
       Aunque Joan simulaba saber adónde iban, Richard dudaba de que aquél fuera el camino correcto. Pero entonces vio más adelante, dispersos igual que los objetos anómalos con los que interrumpe Dalí sus perspectivas, grupos de hombres de iglesia blancos vestidos de negro que se alejaban. En la distancia, las luces llameantes de los coches patrulla giraban dentro de una muchedumbre titilante. A medida que se acercaban, chicas de color agigantadas por ahuecados peinados se materializaron junto a ellos. Una llevaba pantalones elásticos color cereza y las sandalias doradas de una copera celestial, y sostenía pegado a la oreja un transistor sintonizado en WMEX. Al son de este tenue hilo de música entraron todos juntos en un parque cerrado por una alambrada.
       Un enjambre laxo de miles de personas se desplazó por la hierba aplastada. Letreros oscilantes anunciaban iglesias, hermandades, colegios, ciudades. Vendedores de polos ponían un inesperado toque carnavalesco. Repentinamente cómodo, Richard compró una bolsa de cacahuetes y paseó la vista —como si aquél fuera el parque de su infancia— en busca de amigos.
       Pero fue Joan quien los encontró.
       —Dios mío —dijo—. Ahí está mi antiguo psicoanalista.
       En la periferia de un grupo de unitaristas había un hombre regordete, blancuzco, con el pestañeo nervioso de un panadero que se ha asomado a demasiados hornos. Joan se giró para darle la espalda.
       —No te escondas —le dijo Richard—. Vamos a acercarnos y a ser simpáticos y normales.
       —Me da demasiada vergüenza.
       —Pero si hace años que no vas a su consulta. Estás curada.
       —No lo entiendes. Nunca te curas. Sólo dejas de ir.
       —Vale, entonces ven por aquí. Me parece ver al profesor asociado que daba de Platón a Dante en mi curso de Harvard.
       Pero, incluso mientras se oponía, Joan había ido acercándolos hacia su psiquiatra, y ahora estaban dentro de su campo visual. El psicoanalista frunció el ceño y caminó hacia ellos con pies planos. Richard no lo conocía y, cuando se estrecharon la mano, se percibió a sí mismo como un amasijo pútrido de anécdotas, de detallados apetitos y excesos.
       —Creo que necesito un doctor —soltó a bocajarro.
       El otro hombre les brindó, como quien se saca un zapato de tacón de aguja de la manga, una sonrisa ágil.
       —¿Y cómo es eso?
       Cada palabra pareció valiosa.
       —Tengo fiebre.
       —Ah. —El psiquiatra se volvió, comprensivo, hacia Joan, y su rostro expresó una compasión clara: «De manera que sigue castigándote».
       Joan dijo, con lealtad:
       —Tiene fiebre de verdad. He visto el termómetro.
       —¿Te apetece un cacahuete? —preguntó Richard.
       La oferta se le antojaba tan simbólica, tan transparente, que se sorprendió cuando el hombre cogió uno, lo abrió con brusquedad y masticó a conciencia.
       Joan preguntó:
       —¿Estás con alguien? Necesito la seguridad de ir en grupo.
       —Venid a conocer a mi hermana.
       La orden le sonó extraña a Richard; «hermana» parecía un término del argot psicológico, un eufemismo.
       Pero, de nuevo, las cosas eran más sencillas de lo que parecían. Saltaba a la vista que la hermana estaba hecha de la misma pasta que el psicoanalista. Rubicunda y vigorosa, parecía agrandada a base de ejercitar la buena voluntad y llevaba una chapa tamaño plato de café de la Conferencia Sur de Liderazgo Cristiano en la solapa de un traje verde de tela tosca. Richard envidió el traje; parecía abrigado. El día estaba crónicamente nublado y frío. Algo raro, quizá las sucesivas explosiones de la píldora antihistamínica, se desarrollaba en su interior haciéndole sentir extrañamente distendido; le pasó por la cabeza la fantasía de que estaba destinado a seducir a aquella mujer. Ésta sonrió de oreja a oreja y dijo:
       —Mi hija, Trudy, y su mejor amiga, Carol.
       Eran muchachas de unos dieciséis años, con huesos demasiado pequeños aún para ser mujeres. Trudy tenía la tez pastosa de la familia y un ceño esquivo. Carol era feúcha, frágil y enternecedora; sus dientes superiores eran un borrón gris de aparatos de ortodoncia y cruzaba los brazos sobre su escueto busto en ademán protector. Encima de una blusa blanca llevaba sólo una delgada rebeca azul, sin abrochar. Richard le dijo:
       —Estás muerta de frío.
       —Estoy muerta de frío —dijo ella, y se estableció entre los dos una pequeña relación amorosa basada en esta tímida repetición. La chica añadió—: He venido porque estoy haciendo un trabajo para clase.
       Trudy dijo:
       —Está escribiendo una historia de los sindicatos.
       Y rió desagradablemente. La muchacha se estremeció.
       —Pensé que igual eran lo mismo. ¿No se manifestaban los sindicatos?
       Su voz, humedecida por la imposición del aparato dental, fue como una rociada tenue en el áspero aire gris.
       La hermana del psiquiatra dijo:
       —¡Es una barbaridad cómo hacen estudiar a los pobres jóvenes hoy! ¡Los libros que les hacen leer! ¡El profesor de literatura les mandó Trópico de Cáncer! Lo cogí, leí una página y Trudy me dijo, para tranquilizarme: «No pasa nada, madre. ¡El profesor dice que es un trascendentalista!».
       Seducirla le pareció ahora a Richard menos probable. Su sentido de la realidad crecía en el nido de calor que le proporcionaban aquellas personas. Se ofreció a comprarles un polo a todos. Su percepción se aventuró a salir y paladeó el placer de tanta presencia de personas negras, el lujo de la inmersión en las sombras lustrosas de sus pieles. Se dejó llevar, feliz, por el entramado de sus risas oblicuas, sardónicas y sus voces desdibujadas en busca del vendedor de polos. Las chicas y la madre de Trudy habían dicho que se tomarían uno; el psiquiatra y Joan habían declinado la invitación. La multitud estaba hecha de fragmentos saltarines. Richard saludó con la mano al rector de una parroquia a cuya guardería habían ido sus hijos; guiñó un ojo a un cantante folk que había visto en televisión y que, en tres dimensiones, presentaba un aspecto perdido y lánguido; puso cara de póquer al pasar junto a un joven de pelo largo custodiado por la policía y envuelto en una pancarta que proclamaba martin luther king instrumento de los comunistas y tocó a un hombre alto en el hombro.
       —¿Te acuerdas de mí? Dick Maple, de Platón a Dante, notable alto.
       El profesor asociado se volvió hacia él, pálido y con gafas. Fue estremecedor; había envejecido.
       La manifestación tardó en arrancar. A la entrada del parque aparecían y desaparecían camiones y coches de la policía. Jóvenes seminaristas entrometidos trataban de organizar a la multitud en filas. Por los altavoces chisporroteaban anuncios ininteligibles. Martin Luther King era un vago rumor religioso en la explanada del parque infantil: un momento estaba y al siguiente no, ahora sí, ahora no. El sol se asomaba por entre las nubes como una llaga brillante. Carol mordisqueaba el polo y tiritaba. Richard y Joan discutieron sobre si manifestarse detrás de la pancarta de los Danver con el psiquiatra o con los unitaristas. Al final dio igual; King se situó de manera invisible a la cabeza, un camión lejano cargado de mujeres cantoras avanzó, una esquina lejana de la multitud empezó a canturrear ¿De qué lado estás, chico? Y empezó la manifestación.
       En la avenida Columbus les hicieron formar filas de a diez. Los Maple se separaron. Joan terminó entre su psiquiatra y un africano gigantesco y cabizbajo con cicatrices tribales, deportivas y una sudadera de la Harvard Athletic Association. Richard terminó una fila más adelante, con Carol a su lado. A su espalda, alguien, un liberal de aspecto vanguardista, le pisó el talón, dando tal tirón a la horma del mocasín que tuvo que recorrer los cinco kilómetros por Boston con un zapato dado de sí y una leve cojera. Había nacido en Virginia Occidental y no entendía Boston. Al cabo de diez años se había familiarizado con alguno de sus barrios, pero le seguía sorprendiendo la manera curva en la que se entrecruzaban. Durante unas pocas manzanas avanzaron entre entusiastas bloques de apartamentos de cuyas ventanas superiores colgaban pancartas que proclamaban fin de facto de la segregación y jubilación para la señora hicks. Luego la manifestación giró a la izquierda y Richard se encontró pasando delante de Symphony Hall, bajo cuya bóveda rectangular había caminado soñando por los crecidos prados de Brahms y trepado a las cumbres ágata de Strauss. En esta esquina, desde el quiosco estigio del metro, había emergido con Joan. —Orfeo y Eurídice— cuando los dos eran estudiantes; en aquel restaurante, una década después, con tres copas en el cuerpo cada uno, habían decidido no divorciarse esa semana. La nueva Prudential Tower, más alta y en cierto modo tenue que cualquier otro edificio, aparecía tras cada cambio de dirección de los manifestantes, delante de ellos como un espejismo, a su espalda como un recuerdo. Una chica negra, patilarga y nerviosa, con el chaleco naranja de los bomberos de la Unidad de Seguridad, guiaba la sección de la fila de Richard dando palmas, gritando unos pocos compases de canciones libertarias. Las canciones circulaban con esfuerzo por los kilómetros de manifestación, solapándose y eclipsándose unas a otras. «De qué lado estás, chico, de qué lado estás… Igual que un árbol plantado junto al a-a-gua, no nos moverán… Esta lucecita mía…». El día seguía siendo frío y sin sombras. Los periódicos que había doblado Richard dentro del abrigo para que le dieran calor resbalaban y se escurrían. A su lado, Carol tiraba de su fina rebeca, se la juntaba en el pecho, pero, como en un encantamiento, era incapaz de abrochársela. En la fila detrás de él, Joan, segura entre su id y su superego, caminaba balanceando los brazos, adelantando alternativamente una de sus bailarinas en una zancada amplia y confiada, «… déjala brillar, déjala brillar».
       Cosa insólita, atravesaban un nudo viario en trébol, un arabesco de cemento elevado desprovisto de coches. Sus pisadas en masa suspiraban; la ciudad bostezaba bajo sus pies. La manifestación no tenía principio ni tampoco un final que alcanzara a ver Richard. En su interior, la fiebre se había convertido en un arañazo pequeño y vidrioso en las paredes del agujero excavado por la detonación de las píldoras. Un trozo de periódico le resbaló por las piernas y echó a volar. Imperceptiblemente medicado, idealistamente motivado, se sintió, mientras recorría la curva del nudo en trébol, transportado en un irresistible ascenso. Le preguntó a Carol:
       —¿Dónde vamos?
       —Los periódicos decían que al Common.
       —¿Estás cansada?
       El aparato dental gris modificaba tímidamente la sonrisa de la joven.
       —Hambrienta.
       —Toma un cacahuete.
       Le quedaban unos pocos en el bolsillo.
       —Gracias. —Cogió uno—. No tienes que ser paternal.
       —Quiero serlo. —Se sentía extrañamente exaltado y excitado, como si estuviera destinado a dar a luz. Quería compartir esta sensación con Carol, pero en lugar de eso le preguntó—: En tu estudio del movimiento de los trabajadores, ¿has aprendido mucho sobre los de la sociedad secreta Molly Maguires?
       —No. ¿Eran rompehuelgas o matones?
       —Creo que eran o mineros o gánsteres.
       —Ah, no he estudiado nada anterior a Gompers.
       —Suena bien.
       Reprimió el deseo de decirle a Carol que le encantaba y se volvió a mirar a Joan. Estaba hermosa como un cartel, con ojos azules que miraban a lo lejos y labios rojos entreabiertos en una canción.
       Ahora caminaban bajo edificios de oficinas donde había secretarias y técnicos dentales pegados a los cristales igual que mariposas disecadas. En Copley Square, compradores petrificados esperaban eternamente a cruzar la calle. El Public Garden empezaba a florecer. Estatuas de encomiables. —Channing, Kosciuszko, Cass, Philips— se sucedían despacio bajo los árboles desdibujados; el corazón reseco de Richard chasqueó igual que un libro al abrirse. La manifestación torció a la izquierda por Charles y empezó a apretarse, a cogerse del brazo, a buscar amor a tientas. Con los apretujones, Richard perdió de vista a Joan. Entonces se encontraron pisando hierba, en el Common, y las primeras gotas de lluvia, afiladas como agujas, les pincharon la cara y las manos.


       —¿Hacía falta quedarse a oír todos los dichosos discursos? —preguntó Richard.
       Por fin volvían a casa; se sentía demasiado enfermo para conducir e iba encorvado, en su traje empapado y resbaladizo, hacia la calefacción. El limpiaparabrisas parecía entonar chillón: «Li-ber-tad, li-ber-tad».
       —Quería oír a King.
       —Lo oíste en Alabama.
       —Pero estaba demasiado cansada para escuchar.
       —¿Escuchaste esta vez? ¿No te resultó cursi y forzado?
       —Un poco. Pero ¿acaso importa?
       El perfil blanco de Joan era sereno; adelantó a un camión por la derecha y su ventanilla se llenó de salpicaduras, como si fueran aplausos.
       —Y ese Abernathy. Dios, si ése es Juan Bautista, yo soy Herodes el Grande. «Hasta queee los franceses vuelvan a Francia, hasta queee los irlandeses vuelvan a Irlanda, hasta queee los mexicanos vuelvan a…».
       —Para.
       —No me malinterpretes. No me molestó que hablaran como demagogos; lo que me molestó fue esa falsa imitación tan aburrida de una reunión de enardecimiento. «¡Eso es! ¡Sí, señor! ¡Sssí!».
       —Parece que tienes la garganta irritada. ¿No deberías dejar de usarla?
       —¿Cómo has podido torturarme así? ¿Cómo has podido obligar a este pobre marido enfermo a pasar horas de pie bajo la lluvia escuchando unos discursos estúpidos y aburridos que además ya habías oído?
       —Los discursos no me han parecido maravillosos. Pero creo que es importante que se dieran y que la gente los escuchara. Has ido para ser testigo, Richard.
       —Ha sido testigo. Ha visto la luz. Sssí, señor.
       —Eres un hombre muy enfermo.
       —Lo sé. Sé que lo soy. Por eso quería irme. Hasta tu psiquiatra pastoso se fue. Parecía una rosquilla en remojo.
       —Se fue por las chicas.
       —Me encantó Carol. Me respetaba, a pesar del color de mi piel.
       —No tenías por qué haber venido.
       —Sí que tenía. No sé cómo, pero lo convertiste en una cuestión de honor. Era una reivindicación sexual.
       —Qué pesado te pones.
       —Hasta queee los alemanes del Este vuelvan a Alemania del Este, hasta queee el luxemburgués se apresure a volver a Luxemburgo…
       —Por favor, para.
       Pero Richard descubrió que no podía parar, e incluso después de llegar a casa y de que Joan lo metiera en la cama mientras los niños esperaban alarmados, su voz siguió mascullando su lamento.
       —No pasa nada, señorita, no es más que una pizca de neumonía doble, no se alarme, recogeremos el algodón.
       —Estás avergonzando a los niños.
       —Mecachis, no me hagáis caso, niñitos. Si pudiera descansar un ratito a la sombra del huerto de sandías, reposar mis viejos huesos… Caramba, ¡qué agradable es eso!
       —Papá tiene un resfriado muy pequeño —dijo Joan.
       —¿Se va a morir? —preguntó Bean, y rompió a llorar.
       —Ahora bien, si —dijo Richard—, por una desafortunada casualidad, mi espíritu pasara a mejor vida, enterradme junto al caballón, para que pueda oír los banjos y las bolas de algodón reventar… quizá incluso cómo echan una lagrimita o dos los de la Casa Grande…
       Estaba casi llorando; una extraña ternura se había apoderado de él en la cama, como si hubiera dado a luz, dado a luz a su voz, una voz que reclamaba atención a lágrima viva desde las profundidades de la opresión. En lo alto de la ventana, el cielo del final de la tarde clareó a medida que se marchaba la tormenta. En el calor de la cama, Richard cantaba para sí y en una ocasión gritó:
       —¡Señorita, señorita, no se preocupe usted! ¡El viejo Tom vivirá para ver otro amanecer!
       Pero Joan estaba en el piso de abajo, hablando por teléfono con voz firme.



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