John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
Cortejo a la esposa (1960)
(“Wife-Wooing”)
Originalmente publicada en la revista The New Yorker (12 de marzo de 1960)
Pigeon Feathers
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1962, 296 págs.)
Ay, amor mío. Sí. Aquí estamos, sentados en un caldeado suelo de anchas tablas, frente al fuego, con los niños entre los dos, formando una media luna, comiendo. La niña y yo compartimos media bolsa de patatas fritas; el niño y tú compartís otra; y, en el centro, sin compartir nada, emitiendo destellos simples en su interior, igual que una joya, la pequeña, subida a una sillita, succiona de su biberón con ceñuda maestría mientras sus ojos egoístas, contemplativos roban brillo al corazón de las llamas. Y tú. Tú. Dejas que la falda, la misma falda negra en la que esta mañana con suave brío de mujer te subiste a una bicicleta y a tocar himnos en difíciles claves en el viejo piano de la escuela dominical, dejas que esa falda negra se deslice de tus rodillas alzadas muslos abajo y suba también por los muslos en la geografía absoluta de tu cuerpo, de modo que la blancura paralela de sus flancos quede expuesta al calor del fuego y a mi vista. Ay. Existe una frase de Joyce. Intento recuperarla de las grutas legendarias, imperfectamente inexploradas de Ulises: una liga que se libera para complacer a Blazes Boylan en un recóndito antro dublinés. ¿Cuál? Calidochasquido. Ésa era la palabra crucial. Chasqueó un calidochasquido en su chasqueablemente cálido muslo de mujer. Ésa era la palabra crucial. Qué hombre espléndido el que siente algo así. También es espléndido sentir la vida curiosa y potente, inexplicable e irrefutablemente mágica que lleva dentro el lenguaje. ¿A quién se le ocurrió que añadir wo a man daría woman? Lo contrario exactamente. La ancha w, la receptiva o. En nuestra media luna, los niños, a pesar de su tamaño, parecen salir de ti hacia mí, dedos y ojos húmedos, bronce tintado. Tres niños, cinco personas, siete años. Siete años desde que desposé a una esposa cálida y generosa de blancos muslos. Cortejo y boda. Esposa. Una palabra filosa como un cuchillo que, a pesar de su irrevocable dentellada, no puso fin al cortejo. Para mi asombro.
Comemos carne, carne que arrebaté caliente de las descarnadas manos de la vendedora de hamburguesas de la cafetería vecina, un lugar feroz, brillante de grasa, lustroso de cromo; jóvenes depredadores que mascullaban chistes soeces me amenazaron, viejos me buscaron con pezuñas color café; blandí mi billetera y me abrí paso. La abultada bolsa parda de panecillos despedía calor a mi lado en el coche; la bolsa más pequeña con los dos cartones de patatas fritas emitía un calor más apremiante aún. De vuelta por el negro aire de invierno al fuego, a la caverna íntima, donde me saludaron holas y hurras, con el ciervo, boquiabierto y sangrando por su garganta de algodón, muerto, sobre los hombros. Y ahora tú, junto a la O blanca del plato en el que los niños descartaron con chillidos de asco los anillos de traslúcida cebolla que venía aplastada en las hamburguesas, tú acercas unos centímetros los dedos de los pies a la llama y el blanco ceniciento del interior de tu muslo se descubre perezoso y la eternamente elástica liga chasquea cálida contra mi corazón recóndito.
¿Quién habría imaginado, anchurosa esposa, durante el temblor blanco de la ceremonia (por el rabillo de ojo miraba, a pesar de la molesta letanía de funestos votos, la vibración del ramo de jazmín prendido a tu cadera), que siete años de travesía por todas esas cálidas camas no nos alejarían del trémulo punto de partida? Las células cambian cada siete años y en el átomo hay, al parecer, una extraña discontinuidad; es como si Dios quisiera renovar el universo a cada instante. (Ah, Dios, querido Dios, amigo alto de mi infancia, nunca te olvidaré, aunque dicen cosas atroces. Dicen que los rosetones de las catedrales representan la vagina). Tus piernas tan al desnudo como con un traje de baño buscan adentrarse más en la oleada de calor ámbar. Bien: vamos allá. Un chorro verde de llama escupe de soslayo desde la bolsa de resina de un leño, gimiendo, y las sombras naranja del techo oscilan con nueva vida. Vamos allá.
—¿Te acuerdas, en nuestra luna de miel, cómo la tapa de la estufa de queroseno dibujaba un gran rosetón en el techo?
—Uhum. —Tu barbilla baja a las rodillas, tus espinillas se recogen. Todo se retrae. Quizá no hay mucho que recordar, para ti. Sangre mal derramada, torpeza de toda clase—. Hacía frío para ser junio.
—Mamá, ¿dónde hacía frío? ¿Qué has dicho? —pregunta la niña pronunciando con furia, decidida a no dejar que se le caigan las palabras y nos haga reír.
—Una casa donde una vez vivimos papá y yo.
—Ezo no me gusta —dice el niño, y tira al suelo medio panecillo pintado de mostaza color chartreuse.
Lo recoges y con hermoso tono pensativo preguntas:
—Qué raro. ¿Tenía mostaza alguno de los otros?
—Odio ezo —insiste el niño; tiene dos años. Las palabras son para él gruesas manillas imprecisas que giran cerca; agarra lo que puede.
—Toma. Que se coma el mío. Dame el suyo.
Te paso mi hamburguesa, la coges, él te la coge a ti, no hay vibración de gratitud por ninguna parte. Ya no se alaba mi heroísmo por traer la cena dominical, ahorrándote trabajo. Astuta, percibes, y percibes que percibo que lo sabes, que había confiado en apropiarme de tu energía para un fin más primordial. Percibimos todo lo que ocurre entre nosotros, cada vibración, existente e inexistente; es cansado. Cortejar a una esposa requiere diez veces la energía de conquistar a una muchacha ignorante. El fuego cambia, haciendo añicos fragmentos de periódico que transportan, en un gris más claro, el fantasma de la tinta de su mensaje. Recoges las piernas y te las cubres con la falda. Con un chisporroteo similar al suspiro de los leños exhaustos, la pequeña succiona lo que queda en el biberón, lo deja caer al suelo con su desagradable ruido de burbujas vacías y empieza a llorar. La boca egoísta se abre; se rasga la delgada membrana de su saciedad. La coges en brazos y te pones de pie. Quieres a nuestra hija pequeña más que a mí.
¿Quién habría dicho, una vez derramada la sangre, que no se rompería ninguna barrera, que sanarías cada vez hasta volver a ser virgen? Alta, rubia, misteriosa, remota y cortés.
Acostamos a los niños, uno a uno, en orden inverso de nacimiento. Soy ilimitadamente paciente, paternal, bueno. Pero lo sabes. Miramos bolsas de papel y recipientes de cartón prender en la almohada viva de las ascuas; leemos, vemos la televisión, comemos galletas saladas, da lo mismo. Llegan las once. Durante un instante estremecedor estás de pie en la alfombra de la habitación en bragas desenredando el camisón; ay, gorda blanca dulce gorda gordura. En la cama, lees. Sobre Richard Nixon. Te fascina; lo odias. Sabes que derrotó a Jerry Voorhis, que martirizó a la señora Douglas, que en la marina jugaba al póquer a pesar de ser cuáquero, conoces cada trampa diabólica, cada rastrera transformación. Ay, señor, dejemos que el anciano se vaya a la cama. No somos perfectos ninguno.
—Oye, vamos a apagar la luz.
—Espera. Está a punto de conseguir que condenen a Hiss. Es muy raro. Dice que actuó de forma honorable.
—Estoy seguro de que así fue.
Busco el interruptor.
—No. Espera. Sólo a que termine el capítulo. Estoy segura de que habrá algo al final.
—Cariño, Hiss era culpable. Todos los somos. Concebidos en concupiscencia, morimos impenitentes.
Hubo un tiempo en que mis floridas palabras te conquistaban.
Me pego a tu lechosa espalda convexa. Lees de lado, un truco somnoliento. Veo la página por entre tu flequillo, afilada y blanca como una arista de cristal. De pronto se cae. El libro se te ha caído de la mano. Duermes. Ah, qué astuto truco, qué astuto. En la oscuridad, cavilo. Astuto. Los faros de coches proyectan accidentalmente estrías de luz discontinua por nuestro techo y nuestras paredes. El gran rosetón se proyectaba hacia arriba por entre las perforaciones con forma de pétalo en la tapa de la estufa de queroseno, que pusimos en el centro de la habitación. Cuando parpadeaba la llama en la mecha circular, la ancha y suave estrella de penumbras entrelazadas se movía y agitaba como si estuviera estampada en una tela de seda que alguien estuviera estirando suavemente u ondeando despacio. Pagamos un alto precio en sangre por un hogar apacible.
Por la mañana, para mi alivio, estás fea. La pálida luz del desayuno del lunes te emblanquece con manchas; absorbe lo bueno de tu abundancia, convierte el albornoz en un tubo sucio y flácido que aletea desconsolado dejando ver un escote cetrino. La piel entre tus pechos es color amarillo triste. Durante el café me deleito con tu monocromía, cada arruga y cada matiz nauseabundo me procura alivio y venganza. Los niños berrean. La tostadora se atasca. Siete años han ajado a esta mujer.
El hombre sale disparado a trabajar, torneando por el derecho a pasar, virando en el delgado límite de la velocidad máxima permitida. Salir del desorden, la blandura, la palidez, la flacidez doméstica; entrar en la ciudad. La piedra es su territorio. Ganar monedas. Manejar abstracciones. Hacer funcionar cosas sin corazón. ¡Ah, los placeres inanimados, inflexibles de un trabajo!
Vuelvo con la cabeza enredada en una máquina. Un tecnicismo que me llevaría semanas explicarte me atora el cerebro; paso una tarde tonta dando vueltas a frases y números. Me sirves la cena como una camarera… menos que una camarera, puesto que te conozco carnalmente. Los niños me tocan con timidez, como tocarían una elevada viga encajada en un armazón cuya altura no conciben. Se abandonan al sueño, confiados. Sobrevivimos a su partida en sereno paralelismo. Mis pensamientos recorren en crónicos ángulos rectos los mismos circuitos tramposos en la misma cuadrícula profesional. Haces crujir el libro sobre Nixon; desapareces en la fontanería del piso de arriba; gimen las cañerías de la bañera. En mi cabeza parece que al fin he encontrado el interruptor atascado: lo presiono; se atora; empujo; está atorado. Me siento mareado, revuelto de tanto cigarrillo. Camino en círculos por la habitación, sin rumbo.
De manera que me pilla por sorpresa cuando, en una de las vueltas, a la significativa hora de las diez vienes a mí con un beso de dentífrico húmeda y joven y ágil; el regalo esperado no merece darse.
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