John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


Eros rampante (1968)
(“Eros Rampant”)
Originalmente publicado en Harper's Magazine (junio 1968)
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      La casa de los Maple está llena de amor. Bean, la pequeña de seis años, quiere a Hecuba, la perra. John, que tiene ocho, un místico de cara angelical serenamente incapaz de montar en bicicleta o leer la hora, está enamorado de su juego de fabricar insectos Creepy Crawlers, sus cartas de monstruos y sus tallas de rinocerontes de Kenia. Al volver del colegio pasa horas en su cuarto absorto en sus cosas, ordenando, regodeándose, tarareando. Sólo experimenta dolor cuando su hermano mayor, Richard Jr., entra, sardónico, en la habitación y perfora su placenta de felicidad. Richard está enamorado de la vida, del aire libre en general, de Carl Yastrzemski, de Babe Parilli, de los Boston Bruins, de los Beatles y de esa imagen cambiante que, peine en mano, lo mira por las mañanas desde el espejo con ojos negros brillantes y un bigote de dentífrico. Recibe notas extrañas y estimulantes de chicas —«Dickie Maple, deja de mirarme»—, que se lleva a casa de clase descuidadamente arrugadas junto a sus exámenes de ortografía y sus circulares multicopiadas que notifican revisiones de la vista, la boca y los pulmones. Sus sentimientos sobre la señora Brice, que se enfrenta a su clase de quinto curso con el esmaltado aplomo y la ensayada dicción de una azafata de vuelo, resultan sospechosos de tan moderados. Casi con toda seguridad quiere, ha querido siempre mucho, a su hermana mayor, Judith. Cerca ya de los trece, ésta se ha vuelto difícil de contener, incluso dentro de una pasión incestuosa. Grande y engreída, no le deja ver la pantalla del televisor, baila ruidosamente el Frug cuando él quiere escuchar a los Beatles, provoca, insulta, la irradian e impulsan poderosos rayos procedentes del espacio exterior. Pasa horas en la esquina en la que el señor Lunt, su profesor de historia, vive; pega retratos de los Monkeys en las paredes de su cuarto, da las buenas noches a su madre con un beso en la boca, conoce el pánico que produce el insomnio, se enzarza en prolongados forcejeos en el sofá con la perra. Hecuba, una golden retriever esterilizada, corre de una habitación a otra con las orejas pegadas a la cabeza, agitando el rabo, hasta que por fin se encuentra con los gatos, que no la quieren, y se desploma exhausta, en agradecida derrota, en el suelo de linóleo de la cocina, y duerme.
       Los gatos, Esther y Esau, se lamen el pelo el uno al otro y comparten cuenco. Nacieron en la misma camada. Esther, madre de más de treinta gatitos parecidos en su mayoría a su hermano, pero con una persistente minoría negra que reivindica el atractivo canalla de un gato vecino, está «operada»; Esau, al que por sentimentalismo se ha permitido seguir sin operar, debe ahora aventurarse fuera de la casa en busca de una felicidad que en otro tiempo fue puramente doméstica. Regresa arañado y apaleado. Esther le lame las heridas cuando se recuesta, aturdido, junto a la nevera; incluso su ronroneo es dolorido. Cuando reclama la cena, se sientan como dos sujetalibros con los lomos tocándose discretamente, un matrimonio viejo y experto que vive de la caridad. Uno percibe, de manera inesperada, que Esau sigue queriendo a Esther, mientras que ésta se limita a tolerarlo. Parece desdeñar sus atenciones platónicas. ¿Le desconcierta quizá la abrupta ausencia quirúrgica en su cuerpo de lo que en otro tiempo atraía inconteniblemente a Esau? Pero la que parece desconcertada es la cabeza grande y cuadrada de gato de éste, más que la triangular y femenina de la felina de Esther. Los niños sienten que hay una diferencia; tanto Bean como John hacen más arrumacos a Esau, ahora que Esther es estéril. Tal vez intuyen, de manera confusa, que ésta les ha privado de un milagro, del milagro semestral de sus crías, lechones diminutos sumergidos que escapan a la vida desde un orificio negro más misterioso que una cueva. Richard Jr., como para demostrar su superior afianzamiento en la hombría y su consiguiente capacidad de compasión, se esfuerza por mimar a los dos animales por igual, caricia a caricia. Judith afirma odiar a los dos; es tarea suya darles la cena y no soporta el olor a carne de caballo. Le encantan, al menos en abstracto, los caballos.
       El señor Maple quiere a la señora Maple. Atraviesa períodos complicados, a menudo los domingos por la tarde, en los que es incapaz de quitarle los ojos de encima, en los que es cautivo de la absurda fascinación que la curva de sus firmes caderas oculta, envuelve igual que un frágil tesoro confiado a su cuidado. No se cansa de tocarla. La visión de su cuerpo contorsionado en uno de sus ejercicios de yoga, con las mallas negras elásticas llenas de carreras, le oprime el corazón hasta no dejarle respirar. Su ademán cuando vierte los posos de vino blanco en la maceta de un geranio le parece infinito, como un momento de Vermeer congelado en una luz eterna que llega desde la izquierda. De noche intenta atraerla hacia sí, intenta asegurarse de que su cuerpo adormilado se fija a su pecho igual que un broche, como si estuviera incompleto sin él. No puede dormir en esta postura y, sin embargo, la conserva hasta mucho después de que la respiración de ella se haya vuelto acompasada y ajena: ¿puede definirse el amor, simplemente, como la negativa a dormir? También quiere a Penelope Vogel, una secretaria menuda y delicada de su oficina que se recupera de una aventura desastrosa con un antiguano; y está enamorado de los recuerdos de otras seis o más mujeres, empezando por una compañera de juegos de los siete años que solía robarle su gorro con orejeras, y está medio enamorado de la muerte. También parece querer, quizá sea la única persona de todo el país, al presidente Johnson, el cual desconoce su existencia. De manera similar, Richard adora la luna; estudia con avidez todas las fotografías que irradia su superficie inhóspita.
       ¿Y Joan? ¿A quién quiere Joan? A su psiquiatra, indudablemente. A su padre, inevitablemente. A su profesor de yoga, probablemente. Trabaja a tiempo parcial en un museo y vuelve a casa arrebolada y parlanchina, como de un encuentro sexual. Debe de querer a los niños, porque acuden a ella en bandada, como gorriones al sebo. Discuten con vehemencia por un trozo de su regazo y le dan la espalda a su padre como si, en tanto proveedor de la semilla de sus vidas, fuera un grotesco intruso, un deshollinador en un palacio de hielo. Ninguno de los papeles que interpreta para sus hijos —jefe scout, compañero de juegos, confidente, bastión económico, mago fáctico, vigilante nocturno— logra ponerlos de su parte; Bean sigue llamando a su madre cuando se hace daño, John le pide dinero con el que financiar más cartas de monstruos, Dickie exige que sea ella quien le dé las buenas noches; e incluso Judith, que debería ser de Richard, besa a su padre con timidez y reserva su pasión de boca abierta para su madre. Joan nada entre el amor de sus hijos igual que pez en el agua, ajena a cualquier otro elemento. El amor enlentece sus pisadas, le llueve a borbotones de la radio, flota a su alrededor en la cocina en forma de dibujos infantiles de casas, familias, coches, perros y flores fijados a la puerta de la nevera. Su marido no puede acceder a ella: es poderosa pero invisible, como el Banco Mundial; imponente pero imparcial, como el poder judicial federal. Algo frío y descoordinado le empuja la mano que cuelga impotente; es la nariz de Hecuba. La perra obesa y castrada de ojos dorados, al igual que él, detesta la exclusión y se esfuerza por sumar su calor al pelotón, enamorada de todos, enamorada del olor a comida, enamorada del olor del amor.


       Penelope Vogel se cuida mucho de hablar sin sentimentalismos; con seis años menos que Richard, ha pasado por una década de calvarios amorosos y, aun soltera a los veintinueve, se protege hablando con frialdad, con expresiones desdeñosas propias de una generación todavía más joven.
       —Teníamos algo bueno —dice de su antiguano— que se convirtió en teatro barato.
       Al hablar, gestiona sus aventuras pasadas como si fueran flores secas. Sentado frente a ella en el restaurante, Richard se impacienta con su delicadeza, es como si él y una abuela estuvieran examinando juntos una colección de recuerdos frágiles, enigmáticos.
       —Una situación de lo menos deseable —añade Penelope—. La década dorada fue demasiado para él. Se mezcló con la gente que tomaba drogas. No lo vi venir.
       —¿Quería casarse contigo? —pregunta Richard tímidamente; esta parte es chismorreo de oficina.
       Penelope se encoge de hombros, otorgando.
       —La idea surgió.
       —Debes de echarlo de menos.
       —Eso, por un lado. Era el hombre más bello que he visto en mi vida. Qué hombros. En Dickinson’s Bay me dejaba ponerle la mano en el hombro en el agua y tiraba de mí durante millas, nadando. Era instructor de buceo.
       —¿Su nombre?
       Nervioso, temeroso de agitar esos recuerdos, que son también negociaciones, derrama lo que queda de su Gibson y hace una seña brusca para que le sirvan otro.
       —Hubert —dice Penelope. Está secando pacientemente la mesa con su servilleta—. Ya me lo dijo una amiga: «Nunca tengas a un hombre bello de amante. Tendrás que pelearte por el espejo».
       Tiene la cara pequeña y muy blanca, y la nariz muy larga, con las aletas rosa inflamadas por un resfriado perpetuo. «Sólo un negro —piensa Richard—, la encontraría hermosa»; ese pensamiento le presta, en la inquieta e imprecisa luz del restaurante, belleza. El camarero, negro, llega y les cambia el mantel. Penelope sigue hablando tan bajo que Richard debe esforzarse para oírla.
       —Cuando Hubert tenía dieciocho años obligó a una mujer a divorciarse de su marido y abandonar a sus hijos por él. Era de una de las familias que antes tenían plantaciones. Hubert se negó a casarse con ella. Me explicó: «Si le ha hecho eso a su marido, terminará por dejarme». Era muy moralista, hasta que llegó aquí. Pero imagina un chico de dieciocho años que tiene esa influencia en una mujer madura, casada, en la treintena.
       —Será mejor que no se lo presente a mi mujer —bromea Richard.
       —Desde luego. —Penelope no sonríe—. Se lo trabajan, ¿sabes? Los chicos así son verdaderos profesionales.
       Penelope ha viajado a menudo a las Indias Orientales. En St. Croix, surge delicadamente en la conversación, hubo un Andrew, con su perilla, su negocio de fosas sépticas y sus ambiciones políticas; en Guadalupe, Ramon, inspector de aduanas; en Trinidad, Castlereigh, que tocaba el saxo alto en una banda de viento y también bailaba el limbo. Era capaz de bajar hasta los veinte centímetros. Pero Hubert era el peor, o el mejor. Era el único que la había seguido hasta el norte.
       —Se suponía que tenía que irme a vivir con él en un hotel de Jamaica Plain, pero me daba miedo hasta acercarme al lugar, lleno de colgados y con ese olor a hierba en el ascensor; un día, en lo que tardé en darle al botón de subir se me insinuaron dos tipos. No era un entorno saludable.
       El camarero les trae panecillos; a su sombra el perfil de Penelope parece menguar y Richard siente deseos de arrancarla, pálida flor, de la maraña que acaba de describirle.
       —Tan mal se puso la cosa —dice Penelope— que intenté volver con un antiguo novio, un tipo de lo más agradable con madre y gastritis nerviosa. Es analista de sistemas, muy abnegado, pero, no sé, nunca me volvió loca. Sólo sabe hablar de su gastritis y de que su madre no hace más que decirle que se vaya de casa y se busque una esposa, pero no sabe si lo dice en serio. Su madre.
       —¿Es… blanco?
       Penelope levanta la vista; hay un destello de su cuchillo manchado de mantequilla detenido en el aire. Su voz se hace más lenta, más seca.
       —Pues no, mira. Es lo que llaman afroamericano. ¿Te importa?
       —No, no. Sólo me preguntaba… lo de la gastritis nerviosa. No suena como los demás.
       —No lo es. Como he dicho, no me vuelve loca. ¿No crees que, una vez estás en algo que funciona, es difícil retroceder?
       Parece insinuar más de lo que dice. Su mirada inexpresiva, mientras mastica el panecillo con una gruesa capa de mantequilla, es como una tangente en un complejo problema geométrico: encuentra el punto en el que cambió los amantes blancos por negros.
       A Richard le han cambiado el tema de conversación; el corazón da un vuelco y se apresura a inclinarse hacia delante para decir:
       —¿Ves a esa mujer que acaba de entrar? ¿Con traje de cuero, pendientes de zíngara, que se está sentando? Se llama Eleanor Dennis. Vive en nuestra calle, un poco más abajo. Está divorciada.
       —¿Quién es él?
       —No tengo ni idea. Eleanor dejó nuestro círculo. Parece un auténtico matón.
       En la pared opuesta, Eleanor se ajusta el aro de su pendiente; su mirada de reojo, entre las sombras que se mueven, se pasea por la mesa de Richard. Este duda de que lo haya visto.
       Penelope dice:
       —Por la expresión de tu cara, compartíais algo más que un círculo.
       Richard simula sentirse desarmado por su suposición, pero en realidad le parece oportuno que uno de sus antiguos amores aparezca para contrarrestar el oscuro torrente de los de Penelope. Durante el resto de la comida hablan de él, de él y de Eleanor y de Marlene Brossman, de Joan y de una niña pequeña que solía robarle la gorra con orejeras. En el vestíbulo del edificio de apartamentos donde vive Penelope, con el ascensor ya convocado, Richard se ofrece a subir con ella.
       Penelope dice despacio:
       —No creo que te apetezca.
       —Claro que sí.
       El edificio es de los modernos de Back Bay; el vestíbulo está estridentemente iluminado y amueblado con plantas de plástico que nunca hace falta regar, sillas de cuero artificial en las que nunca se ha sentado nadie y mosaicos que nadie mira nunca. La luz es una presencia absoluta, tan uniforme y limpia como la del interior de un congelador, tan ubicua como el éter o como la libido que, dice Freud, nos impregna a todos desde la infancia.
       —No —repite Penelope—, he desarrollado buen oído para la sinceridad en estas cosas, creo que estás demasiado concentrado en tu casa.
       —Le caigo bien a la perra —confiesa Richard, y le da un beso de buenas noches allí, revestidos de luz. En contra de lo que cabría esperar por la sequedad de su voz, los labios de Penelope son inesperadamente suaves, generosos, cálidos y afligidos.


       —Así pues —dice Joan—, te acostaste con esa ratita de oficina.
       Es sábado; el amorfo suspense erótico de la tarde —las partidas de tenis, los dibujos animados en primera sesión— ha quedado atrás. Los Maple están en su habitación vistiéndose para ir a una fiesta en la luz cenicienta del anochecer y el azul acuoso de una farola lejana.
       —Jamás en la vida —dice él, admitiendo por tanto que sabe a quién se refiere Joan.
       —Pues la invitaste a cenar.
       —¿Quién lo dice?
       —Mack Dennis. Eleanor os vio a los dos en un restaurante.
       —¿Cuándo hablan los Dennis? Pensaba que estaban divorciados.
       —Hablan todo el tiempo. Él sigue enamorado de ella. Todo el mundo lo sabe.
       —Vale. ¿Cuándo habláis tú y él?
       Cosa extraña, Joan no tiene una respuesta preparada.
       —Ah. —El corazón de Richard se desmorona con ese silencio—. Puede que me lo encontrara en la ferretería esta tarde.
       —Y puede que no. En cualquier caso, ¿por qué te iba a confesar algo así? Tenéis que ser amigos íntimos.
       Esto lo dice para animar a Joan a que lo niegue; pero Joan reflexiona en silencio y, mientras se dirige a paso tranquilo hasta su armario, reconoce:
       —Nos comprendemos el uno al otro.
       Qué impropio de ella, jactarse así.
       —¿Cuándo se supone que me vieron?
       —¿Con eso quieres decir que ocurre a menudo? El miércoles pasado, hacia las ocho y media. Tienes que haberte acostado con ella.
       —Imposible. A las diez estaba en casa, supongo que lo recuerdas. Tú acababas de volver del museo.
       —¿Qué pasó, cariño? ¿La ofendiste con tu horrible postura proguerra de Vietnam?
       En la tenue luz, Richard apenas conoce a esta mujer, sus gestos rotos, su voz apresurada. Su braguita plateada brilla y susurra cuando se quita un vestido negro de cóctel hecho de punto; con una suerte de agitación decidida rodea la cama, camina hacia el buró y vuelve. Al moverse, su cuerpo parece robar volumen a las sombras, volumen y también una elasticidad dinámica. Richard trata de aplacarla con una ofrenda simbólica de sinceridad.
       —No, resulta que Penelope sólo sale con hombres negros. Soy demasiado pálido para ella.
       —¿Reconoces que lo intentaste?
       Richard asiente con la cabeza.
       —Bueno —dice Joan, y camina medio paso hacia él, que da un respingo pensando que le va a pegar—, ¿quieres saber con quién me acosté yo el miércoles?
       Richard asiente de nuevo, pero esta inclinación de cabeza le parece distinta de la anterior, como si un continente hubiera discurrido entre las dos a una velocidad formidable e imperceptible.
       Joan nombra a un hombre al que Richard conoce sólo un poco, un director adjunto del museo que lleva alfiler de corbata y el pelo gris largo y peinado hacia atrás con ese relamido estilo inglés.
       —Estuvo genial —dice Joan dando una patada a un zapato—. Me encuentra hermosa. Le importo de una manera que no te importo a ti. —Aleja el otro zapato de otra patada—. Te veo pálido, amigo.
       Estupefacto, necesita reír.
       —Pero si todos pensamos que eres hermosa.
       —Pues tú no me haces sentir que lo soy.
       —Yo sí lo siento.
       —Me haces sentir como una fregona fea.
       Mientras se devanan los sesos para comprender sus nuevas posiciones, se dan cuenta de que Joan, igual que un jugador de ajedrez que ha movido impulsivamente su reina, no tiene más opción que la defensa. En un intento desesperado por seguir llevando la iniciativa, dice:
       —Divórciate de mí. Pégame.
       Él está sereno, pragmático, admirable.
       —¿Cuántas veces has estado con él?
       —No lo sé. Desde abril, de forma intermitente. —Joan parece avergonzarse de sus manos; las coloca a los costados del cuerpo, en las mejillas, las apoya juntas en el poste de la cama, las quita—. He intentado dejarlo, me siento terriblemente culpable, pero nunca me ha presionado, así que tampoco podía provocar una discusión. Se le pone una expresión herida.
       —¿Quieres seguir con él?
       —¿Ahora que tú lo sabes? No seas grotesco.
       —Pero le importas de una manera en que no me importas a mí.
       —Eso pasa con todos los amantes.
       —Que Dios nos ayude. Eres una experta.
       —En absoluto.
       —¿Y qué me dices de Mack?
       Está asustada.
       —Fue hace años. No duró mucho.
       —¿Y Freddy Vetter?
       —No, decidimos que no. Sabía lo mío con Mack.
       El amor, una tinta turbia y pesada, inunda a Richard desde dentro, le baña las palmas con presión hormigueante cuando se acerca a Joan, que tiene la cara nebulosa con la tensión de quien espera un golpe.
       —Serás puta —susurra fascinado—. Mi novia virgen. —Le besa las manos; son corruptas y frías—. ¿Quién más? —suplica, como si cada nombre fuera una preciada carga que ella colocará en sus hombros doblados—. Dame la lista de todos tus hombres.
       —Ya te lo he dicho. Es una lista de lo más austera. ¿Sabes por qué te lo he contado? Para que no te sintieras culpable por esa Vogel.
       —Pero es que no pasó nada. Cuando lo haces tú, sí pasa.
       —Cariño, yo soy una mujer —le explica, y dan la impresión, en la habitación cada vez más oscura encima del alboroto amortiguado de la televisión, de haber regresado a las bases de su matrimonio, a los elementos constituyentes básicos. Mujer. Hombre. Casa.
       —¿Qué dice tu psiquiatra de todo esto?
       —No mucho. —La euforia triunfal de su confesión ha pasado; el ánimo retraído de Joan es la preparación para días, semanas de preguntas de él. Recupera los zapatos que se había quitado—. Es una de las razones por la que fui a verlo, porque seguía teniendo aventuras.
       —¿Seguías teniendo? Me vas a matar.
       —Por favor, no me interrumpas. No sé por qué, pero fue muy inocente. Iba a su despacho, me tumbaba y decía: «Acabo de estar con Mack, o con Otto…».
       —Otto. ¿Cómo era el chiste? Otto escrito de atrás adelante es «Otto». Otto con las letras alternadas es «toto».
       —… Y le contaba que había sido una maravilla, o un horror, o asíasí y luego hablábamos de la masturbación de mi infancia. Su tarea no es regañarme, su trabajo es conseguir que deje de regañarme a mí misma.
       —Pobre desgraciado, pensar que he tenido celos de él todo este tiempo y lleva años sufriendo con eso; teniendo que escucharte todos los días. Ibas ahí, te dejabas caer en su sofá todavía oliendo a…
       —No fue todos los días, ni mucho menos. Podían pasar semanas. No soy la única mujer que tiene Otto.
       El tumulto artificial de la televisión en el piso de abajo se mezcla con un alboroto real, gritos y golpes que suben por las escaleras y amenazan el acuario en que nadan los Maple, oscuros peces flotando en tinta con los contornos apenas visibles, revelados el uno al otro sólo como remolinos de calor, misteriosos abismos animados en la superficie del espacio. Temeroso de no volver a estar tan cerca de Joan enaños, o de que ella no vuelva a ser tan franca, Richard se apresura a preguntar:
       —¿Y qué me dices de tu profesor de yoga?
       —No digas tonterías —dice Joan cogiéndose las perlas a la altura de la nuca—. Es un vegetariano cargado de años.
       La puerta se abre de golpe; el dormitorio estalla en añicos de luz eléctrica. Richard Jr. está agitado, llorando.
       —Mami, ¡judith no hace más que meterse conmigo y ponerse delante de la televisión!
       —De eso nada. Ni hablar. —Judith habla con gran nitidez—. Madre, padre, es un mentiroso retrasado.
       —No puede evitar estar creciendo —le dice Richard a su hijo. Imagina a la pobre Judith tratando de encajar entre siluetas infantiles en el cuartito de la televisión, la compadece por su tamaño tanto como compadece a Johnson por su presidencia. Bean entra en el dormitorio como una exhalación, asustada por una violencia que no es televisiva, Hecuba salta encima de la cama con vibrantes ojos dorados y Judith dirige a Dickie una mirada de reojo descarada e impenitente y éste, amordazado por un exceso de emoción, sale corriendo. Enseguida llega del otro extremo del piso de arriba un graznido angustiado cuando Dickie invade la habitación de John y rompe la comunión de éste con su dinosaurio. En el piso de abajo, una mujer, desatendida y sola, encerrada en una caja, canta algo sobre el amore. Bean abraza las piernas de Joan para que no pueda moverse.
       Judith pregunta, con perspicacia parental:
       —¿De qué hablabais?
       —De nada —dice Richard—. Nos estábamos vistiendo.
       —¿Por qué estaban todas las luces apagadas?
       —Estábamos ahorrando electricidad —le dice su padre.
       —¿Por qué llora mamá?
       Richard mira a Joan, incrédulo, y descubre que, en efecto, tiene las mejillas cubiertas de plata, está llorando. En la fiesta, entre nubes de amigos y de humo, Richard se resiste a que lo separen de su mujer. Ésta se ha secado las lágrimas y se contonea levemente, como cuando en la playa se atreve a llevar bikini. Pero su desnudez está solo en los ojos de Richard. La cabeza de ella junto a su hombro, sus cumplidos en tono serio y cortés, el hoyuelo rollizo e impenitente entre sus pechos, todo le parece valioso e intrínseco a su propia identidad. Como cornudo, se ha vuelto más alto, atenuado, más elegante y humano en sus opiniones, más liviano y expresivo. Cuando empieza la consabida discusión sobre Vietnam, su voz le recuerda al sonido de una paloma. Reconoce que Johnson es odioso. Admite que Asia es infinitamente compleja, taimada, desagradecida, femenina, pero ¿debemos por tanto abandonarla? Cuando Mack Dennis, a quien la soltería ha vuelto fornido, se acerca y saca a Joan a bailar, Richard se siente castrado y se deja caer en el sofá con tal expresión de desencanto que Marlene Brossman se sienta a su lado y, por primera vez en años, coquetea. Intenta decirle con la voz, por debajo de las palabras sin sentido que está pronunciando, que la quiso y que podría volver a quererla, pero que ahora mismo está terriblemente preocupado y tiene que perdonarle. Va en busca de Joan y le pregunta si no es hora de irse. Ella se resiste. «Sería de mala educación». Se siente segura allí, entre cortesías sociales, y prevé que la explotación que hará él del territorio que ha cedido será concienzuda. El amor es despiadado. Vuelven a casa a medianoche bajo una esbelta luna que no se parece en nada a sus fotografías: cañones coronados de sombras, cadenas de montañas como taladros, ásperas depresiones circulares alrededor de los pies de metal del intruso mecánico enviado desde la bola azul que hay en el cielo.
       No descansan hasta que él no le ha sonsacado un mundo de detalles: fechas, lugares, interiores de motel, emociones mezcladas con precisión. Hacen el amor con autocrítica. Él le arranca la nueva promiscuidad que le debe y, en compensación, intenta ser, igual que un viejo y maltrecho libertino, diestro. Le satisface saber que, de una manera elemental, nunca ha sido desplazado; que durante meses Joan ha estado forcejeando en los brazos de un amante, en la red de gasa del amor con las alas inmovilizadas por la delicadeza debida. Le asegura que aprovechó la primera oportunidad que tuvo de confesar; le reconoce que Otto se peina con laca y usa perfume. Llorando, jura que, en ninguna parte, nunca, ha conocido una pasión como la de él, Richard, con sus agradables proporciones corporales y asombrosa elegancia, con su estimulante sadismo, su intensidad viril. Entonces, ¿por qué…? Se ha dormido. Su respiración se ha vuelto indiferente. Richard pega su cuerpo flácido al suyo, derrochando indulgencia en la silueta fantasmal de ella. Un camión marcha atrás tensa el silencio de la noche. Joan le ha dejado a una brizna de la saciedad; una parte mínima de su confesión ha quedado sin explorar. La cara lunar del reloj eléctrico dice las tres. Richard se vuelve, le da la vuelta a la almohada, recoloca inquieto los brazos, se vuelve otra vez y parece bajar al piso de abajo a por un vaso de leche.
       Para su sorpresa, la cocina está iluminadísima y Joan está en el suelo de linóleo vestida con un maillot. Richard se detiene, asombrado, mientras ella entrelaza, serena, las piernas hasta adoptar la posición de loto. Richard le pregunta otra vez por el profesor de yoga.
       —Bueno, pensé que si era parte de mi gimnasia no contaba. De lo que se trata, querido, es de conseguir que el cuerpo y la mente sean uno. Esto es pranayama, control de la respiración. —Majestuosa, se tapa un agujero de la nariz e inhala despacio, a continuación, se tapa el otro y exhala. Sus manos regresan, con las palmas hacia arriba, a sus rodillas. Y entonces sonríe—. Ésta es divertida. Se llama torsión. —Adopta una nueva postura, con los músculos elásticos bajo la media negra aquejada de carreras—. Ah, se me olvidó decirte que me he acostado con Harry Saxon.
       —Joan, no. ¿Con qué frecuencia?
       —Cuando nos apetecía. Solíamos ir detrás del campo de la Liga Infantil. ¡Ese aroma celestial a trébol!
       —Pero, tesoro, ¿por qué?
       Sonriendo, Joan cuenta en silencio los segundos de la postura.
       —Ya sabes por qué. Me lo pidió. Es difícil, cuando los hombres te lo piden. No hay que insultar su naturaleza masculina. Hay una armonía en todo.
       —¿Y Freddy Vetter? Me mentiste sobre Freddy Vetter, ¿a que sí?
       —Verás, esta postura es fantástica para los músculos del cuello. Se llama el león. No te rías. —Se arrodilla, con las nalgas alineadas con las caderas, echa la cabeza hacia atrás y, con la boca muy abierta, saca la lengua como si quisiera tocar el techo. Sin embargo, continúa hablando—. La teoría es que llevamos la cabeza tan alta que la sangre no puede llegar al cerebro.
       A Richard le duele el pecho; se obliga a extraer de él un grito:
       —¡Dímelos todos!
       Joan rueda hacia él y se pone vertical, apoyada en los hombros, con la cara roja por el esfuerzo del equilibrio y el flujo descendente de la sangre. Las piernas se abren y se cierran despacio, como una tijera.
       —A algunos no los conoces —prosigue—. Van de puerta en puerta vendiendo pozos sépticos.
       La voz le sale del vientre. Peor aún, hay un zumbido. Aterrorizado, Richard se despierta y se sienta. Tiene el pecho empapado.
       Identifica el zumbido como el ruido del transformador en el poste de teléfonos junto a las ventanas de la casa. Durante toda la noche, mientras los habitantes duermen, la ciudad murmura eléctricamente para sí. El terror de Richard persiste, gana volumen a medida que se confirma la realidad de las sensaciones de su sueño. El cuerpo dormido de Joan junto al suyo parece pequeño, apenas mayor que el de Judith, y más estrecho como resultado de la edad; no obstante, también es infinitamente profundo, igual que una sima de secretismo, perfidia y aceptación. El vértigo hace brotar sudor en las palmas de sus manos. Richard deja la cama como quien retrocede frente a un torbellino. De nuevo baja las escaleras; las revelaciones de su mujer han vuelto empinados los caminos y resbaladizos los valles.
       La cocina está a oscuras; da la luz. El suelo está desnudo. Los objetos conocidos de la cocina parecen sorprendidos en un estado de ranciedad persistente, con expresión tensa, como si estuvieran a punto de explotar por el esfuerzo de ser tan fieles. Ester y Esau llegan del cuarto de estar, donde han estado durmiendo encima del sofá, y suplican que les den de comer, sentados como sujetalibros, expectantes y expertos. El reloj dice las cuatro. Centinela de la noche. Pero cuando busca indicios de allanamiento, de rastros de su sueño, Richard sólo encuentra, a modo de pistas burlonas de tan abundantes, los dibujos pegados a la nevera hechos por dedos infantiles ardientemente arracimados alrededor de una cera, dibujos de casas, coches, gatos y flores.



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