John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


A la espera (1968)
(“Waiting Up”)
Originalmente publicado en Weekend,
el suplemento del periódico The Montreal Star
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      Pasadas las nueve y media, cuando la mayor de los hijos, Judith, ya estaba acostada con un beso, que, ahora que tenía doce años y la cara ancha y despejada como la de un adulto daba cierto miedo en la oscuridad —con la niñita que había sido en otro tiempo suspendida a una altura inmensa sobre la mujer de boca resuelta en la que se estaba convirtiendo—, richard bajó al primer piso y empezó a esperar a su mujer. Su madre siempre los había esperado levantada a él y a su padre, y mantenía la casa iluminada hasta que volvieran del partido de baloncesto, la competición de natación, la aventura de medianoche con un coche averiado. Al entrar en casa aquellas noches, desde el frío, el niño había percibido a su madre como el deslumbrante centro de un mundo estático, preferible, y había sentido celos de su velada a solas, a cobijo, con la radio. Ahora, cuando asumió el que había sido el papel de ella, brindó consigo mismo y se bebió un vaso de leche, encendió el televisor, lo apagó, se sirvió un poco de bourbon y comprobó que sus ojos eran incapaces de quedarse fijos ni siquiera en un periódico. Fue hasta la ventana y miró la calle, donde un álamo aún vivo descomponía en nervioso encaje la luz de una farola. Luego fue a la cocina y contempló la oscuridad del jardín trasero, donde, después de un destello de faros de coche y el gemido de un motor al apagarse, aparecería Joan.
       Cuando llegó la invitación, habían acordado que estaría fuera hasta las once. Pero para las diez y media Richard tenía el corazón agitado, el bourbon empezaba a entrarle con la facilidad del agua y se sorprendió en una habitación sin noción alguna de haber cruzado el umbral. El plato de Picasso que escogieron juntos en Vallauris. Las antologías universitarias mezcladas por las estanterías. Los restos de batalla en forma de libros escolares y juguetes, abandonados en la retirada de después de cenar. A las once y cinco caminó hasta el teléfono y puso la mano en el auricular, pero fue incapaz de marcar el número que vivía en sus dedos como una frase musical. El número de ella. El número de ellos, los Mason. La casa que había engullido a su mujer era una en la que siempre se había sentido cómodo y bien recibido, una casa muy parecida a la suya y, sin embargo, lo bastante distinta en cada detalle para resultar emocionante, y cuya dueña lo había esperado, a él, desnuda en lo alto de las escaleras. Un recibimiento deslumbrante, con los hombros ceñidos por el sol matutino que entraba por la ventana y las fibras mismas de la carne ardiendo.
       Subió al piso de arriba y entró a ver a cada uno de los niños dormidos con la esperanza de consumir así media hora de la espera. De vuelta en la cocina, comprobó que sólo habían pasado cinco minutos y, reacio a beber más bourbon por la certidumbre de que se emborracharía, trató de enfadarse. Pensó en estrellar el vaso, se dio cuenta de que le tocaría a él recogerlo y lo dejó, vacío, en la encimera. La ira nunca le había resultado fácil; ya desde niño había sabido que no había nadie con quien enfadarse, sólo gente cansada deseosa de agradar, corazones buenos tanto en el sueño como la vigilia, envueltos en los límites de un universo que, en sí mismo, por la belleza de sus detalles y su contagioso aire de libertad, parecía abrigar sólo buenas intenciones. En lugar de ello trató de pasar el tiempo, de llorar, pero sólo le salieron las lágrimas rezongonas de un hombre solo. Podía despertar a los niños. Salió al jardín trasero. Por entre arbustos que habían perdido las hojas, vio faros de coche volviendo apresurados a casa de reuniones, de películas, de encuentros amorosos.
       Imaginó que aquella noche reconocería las luces del coche de Joan antes incluso de que entraran en la calle e inundaran de regreso el jardín trasero. El jardín seguía a oscuras. El tráfico disminuía. Volvió dentro. El reloj de la cocina decía once y treinta y cinco. Fue al teléfono y lo miró fijamente, desconcertado por el problema que planteaba, de una cerradura invisible que sus dedos no podían abrir. Por eso no vio las luces de Joan al entrar en el jardín. Para cuando miró, caminaba hacia él, bajo el arce, desde el coche con el motor parado. Llevaba un abrigo blanco. Richard abrió la puerta de la cocina para saludarla, pero su impulso de abrazarla, de encajarla en su pecho igual que un corazón que hubiera orbitado y luego regresado, se volvió de pronto obsoleto, ostentoso y falso por la naturalidad absoluta, irresistible de su mujer.
       Preguntó:
       —¿Qué tal ha ido?
       Joan gimió:
       —A los dos les costaba muchísimo terminar una frase. Ha sido una tortura.
       —Pobrecitos. Pobre Joan. —Recordó su tortura particular—. Prometiste estar en casa a las once.
       En la cocina, Joan se quitó el abrigo y lo tiró encima de una silla.
       —Ya lo sé, pero irme habría sido de muy mala educación, los dos estaban rebosantes de bondad y amor. Ha sido de lo más irritante; no me han dejado enfadarme.
       Tenía el rostro encendido, sus ojos brillantes volaron más allá de los de Richard, hacia la encimera, donde esperaba el bourbon.
       —Puedes enfadarte conmigo —se ofreció Richard.
       —Estoy demasiado cansada. Estoy demasiado confusa. Han sido tan encantadores… Él no está enfadado contigo y a ella no se le pasa por la cabeza que yo pueda estar enfadada con ella. Igual es que estoy loca. ¿Me sirves una copa?
       Se sentó en la mesa de la cocina, encima de su abrigo.
       —Son igual que mis padres —dijo—. Creen en la perfectibilidad del hombre.
       Richard le dio la copa y la animó a hablar:
       —Ella no te ha dejado enfadarte.
       Joan sorbió y suspiró. Era como una actriz que acaba de salir del escenario, con los gestos todavía imbuidos de exageración teatral.
       —Le pregunté cómo se sentiría y dijo que la habría alegrado que me hubiera acostado con él, que no hay ninguna mujer con la que preferiría que se hubiera acostado, que yo habría sido un regalo que habría hecho ella por amor. No hacía más que decirme que soy su mejor amiga, con esa voz firme, tranquilizadora; yo nunca habría pensado en ella como una amiga tan íntima. Todo este año he notado como una imposición entre nosotras y ahora entiendo por qué, claro. Ha estado bailándome el agua con esa arrogancia pícara que yo no conseguía entender.
       —Te aprecia mucho y hablamos largo rato sobre tu reacción. Le daba terror.
       —No hacía más que decirme que me enfadara con ella, y que me lo dijera lo hacía imposible, claro. Esa voz firme y reconfortante. No creo que oyera una sola palabra de lo que dije. Es que la veía concentrarse, pero concentrarse de verdad, en mis labios, pero lo que hacía en realidad era preparar lo que iba a decir a continuación. Lleva un año trabajando esos discursos. Estoy borracha. Ni se te ocurra darme más bourbon.
       —¿Y él?
       —Ah, él. Pues loco de remate. No dejaba de decir que aquello era una revelación. Al parecer, desde que ella se lo contó, el sexo ha sido maravilloso. No hacía más que usar palabras como «entendimiento» y «comprensión» y decir que tenemos que ayudarnos los unos a los otros. Era como ir a misa, ya sabes lo mucho que me altero yo en la iglesia, que me echo a llorar. Cada vez que intentaba llorar, me besaba a mí y luego a ella: con total imparcialidad. Piquito. Piquito. ¡Somos la misma persona! ¡Me ha robado la identidad!
       Levantó el vaso con hielos y enarcó las cejas para mostrar su indignación. También el pelo parecía levantarse del cuero cabelludo; en una ocasión le había explicado a Richard cómo, jugando al golf, cada vez que fallaba un golpe, oía susurrar el pelo que se le erizaba, furioso.
       —Tienes el pelo más tupido —dijo Richard.
       —Gracias. Si alguien entiende de eso eres tú. Estaba empeñado en llamarte. No dejaba de decir cosas del tipo: «Vamos a llamar al bueno de Richard para que venga, el muy cabrón. Echo de menos a ese seductor». Tuve que decirle varias veces que tenías que cuidar de los niños.
       —Que poco viril.
       —Me parece que ya has tenido virilidad para un rato.
       —Deberías haberme visto esperándote. No dejaba de asomarme a todas las ventanas igual que mamá gallina buscando a uno de sus polluelos. Estaba muy inquieto por ti, cariño. Nunca debí dejarte ir a casa de esas personas horrendas para que te sermonearan.
       —No son horrendas. El horrendo eres tú. Tienes suerte de que no crean en la guerra. Consideran que indignarse es una tontería. Algo infantil. Son demasiado didácticos; nada más. Él no hacía más que decir que esto redundará en el bien de todos.
       —¿Y tú? ¿Tú crees en la guerra o en el bien de todos?
       —No lo sé. Creo en un poco más de bourbon.
       La siguiente pregunta de Richard fue abrasadora, tan llena de luz recordada que le quemó la lengua.
       —¿También ella me quería allí?
       —No lo dijo. No es tan desconsiderada.
       —Nunca la encontré desconsiderada —se atrevió a decir Richard.
       El pelo de Joan pareció inflarse sobre su cabeza; gesticuló como una soprano.
       —¿Por qué no te fugaste con ella? ¿Por qué no te fugas ahora? Haz algo. No soporto la idea de otro de esos seminarios amorosos, o clases de autoconocimiento o lo que sean. No hacían más que decirnos que tenemos que juntarnos todos, estar todos en contacto. Yo no quiero juntarme con nadie.
       —Pero tú eres… —empezó a decir Richard.
       Joan le interrumpió.
       —Ponme más hielo.
       —… A quien parezco necesitar más. Esta noche he odiado que no estuvieras en casa. Lo he odiado más de lo que me habría imaginado.
       Hablaba muy despacio, con la vista fija en la encimera mientras rellenaba los vasos, que parecían guardar equilibrio al borde de un precipicio; el regreso de Joan sana y salva había despertado dentro de él la insondable nostalgia de, con su voz reconfortante y firme, la otra.



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