John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)

Gestos (1979)
(“Gesturing”)
Originalmente publicado en Playboy Magazine (enero 1979);
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      Se lo dijo con un pequeño gesto que Richard no le había visto usar antes. Joan había llamado desde la estación después de almorzar con su amante, supuso Richard. Él había pasado el domingo haciendo de canguro de sus propios hijos, en la casa que una vez habían compartido los Maple. El Volvo nuevo de Joan estaba más a mano, en el camino de entrada, pero durante varios minutos se negó a dejarle meter la primera. Para cuando llegó al centro de la ciudad, Joan había bajado andando por la calle principal y colina arriba hasta el parque. Era un mes de septiembre frondoso y cálido, pero con un frío de cristal sobre las cosas, una inquietante claridad. Ya desde lejos, sonrieron al verse. Joan abrió la portezuela, se sentó y se abrochó al cinturón para silenciar su zumbido admonitorio. Tenía la cara sonrosada del paseo; sus ropas de ciudad parecían un disfraz; llevaba uno o dos paquetitos, prueba de que había estado «de compras». Richard intentó hacer un cambio de sentido en la estrecha calle y en el largo instante que le llevó parar y meter la marcha atrás, Joan se lo dijo.
       —Cariño —dijo, y, de una manera extraña, vacilante, tamborileó con los dedos de una mano en la palma de la otra, un gesto a medio camino entre la palmada de felicidad de un niño y la llamada de atención de un adulto—. He decidido darte la patada. Voy a pedirte que te marches de la ciudad.
       Bruscamente lleno, el corazón de Richard latió con fuerza; era lo que quería.
       —Muy bien —dijo con cautela—. Si crees que puedes arreglártelas…
       La miró de reojo para ver si hablaba en serio; no podía creer que así fuera. Un furgón de correos rojo, blanco y azul que había frenado en el stop detrás de ellos hizo sonar el claxon, más a modo de recordatorio que de reproche; en aquella ciudad conocían a los Maple. Habían vivido allí durante la mayor parte de sus años de casados.
       Richard encontró la marcha atrás, retrocedió e hizo el cambio de sentido. El coche, tan nuevo y duro, una vez en marcha le resultaba alto y ligero, como si la palmadita de Joan lo hubiera vaporizado.
       —Estamos estancados —explicó ésta—, atascados. No vamos a ninguna parte.
       —No pienso dejarla —interpuso Richard.
       —No me lo digas, me lo has dicho.
       —Tampoco te veo a ti dejándolo a él.
       —Lo haría si me lo pidieras. ¿Me lo estás pidiendo?
       —No. Qué horror. Es todo lo que tengo.
       —Muy bien, entonces. Ve donde quieras; creo que Boston sería lo más divertido para los chicos cuando vayan a visitarte. Y lo menos aburrido para ti.
       —Estoy de acuerdo. ¿Cuándo quieres que me vaya?
       El perfil de Joan, en el borde de su campo de visión, le pareció quebradizo, a punto de romperse si decía una palabra equivocada, o demasiado brusca. Richard contuvo el aliento y trató de mostrarse alto y ligero, como el coche. Cruzaron al lado lleno de baches del viejo puente; de la cara de Joan subía humo de cigarrillo.
       —En cuanto encuentres una casa —dijo—. ¿La semana que viene es demasiado pronto?
       —Probablemente.
       —¿Te parece muy triste? ¿Me encuentras despiadada?
       —No, te encuentro maravillosa; de lo más amable y justa, como siempre. Está bien. Lo que pasa es que es algo que yo no sería capaz de hacer. ¿Vas a poder vivir sin tenerme en la ciudad?
       Por el rabillo del ojo vio que la cara de Joan cambiaba; se giró para mirarla y vio que su expresión era traviesa, valiente, ruborizada. Debían de haber tomado vino con la comida.
       —Perfectamente —dijo Joan.
       Richard sabía que era un farol, un gesto de valentía; le estaba suplicando un aplazamiento. Pero siguió callado, se negó a discutir. De este modo, el orgullo de ella jugaba a su favor.
       Las curvas de la carretera se sucedían, dejaron atrás buzones, árboles, algunos abrasados ya por la estación fría. Richard preguntó:
       —¿Esto es idea tuya o suya?
       —Mía. Se me ocurrió en el tren. Lo único que dijo Andy es que da la impresión de que siempre estoy dándote de comer.
       Durante las semanas posteriores al verano de vacaciones separadas, Richard había dormido en una cabaña prestada, junto al mar, a unos tres kilómetros de la casa; intentaba cocinar allí, pero de noche, a medida que oscurecía un poco antes cada día, parecía más sencillo, y más amable para los niños, cenar lo que Joan había cocinado. Estaba acostumbrado a su cocina; de hecho, su cuerpo, cada una de sus células, estaba hecho de sus platos. La cena llevaba a una copa de sobremesa, mientras los chicos (dos de los cuales se habían ido a la universidad y dos vivían en casa) hacían los deberes o veían la televisión, y la copa llevaba a conversaciones, confidencias, palabras de reproche, lágrimas nostálgicas y alguna que otra recaída conyugal en sentido ascendente, a la cama del piso de arriba. Joan tenía razón; no era ni sano ni progresista. Los veinte años en los que habría sido oportuno quererse el uno al otro habían quedado atrás.


       Encontró un apartamento en Boston al segundo día de buscar. La agente inmobiliaria tenía melena pelirroja, trasero redondeado y llevaba una máscara de maquillaje como si quisiera esconder su juventud. Richard se sentía feliz. Y asustado, mientras subía y bajaba escaleras detrás de ella. Más intimidada por él que él por ella, la mujer metió, nerviosa, la llave en la cerradura, empujó la puerta con el hombro y, con la mano abierta, hizo un pequeño gesto de involuntaria presentación.
       El suelo no era el habitual, de moqueta o madera astillada, sino de baldosas negras y blancas como en los cuadros de Vermeer; Richard miró por la ventana, vio el rascacielos y supo que había encontrado casa. El rascacielos, suspendido durante años en un famoso estado de inconclusión, era un desastre hermoso, célebre por ser un desastre (no hacían más que desprenderse cristales) y desastroso porque era bello; el arquitecto había tenido una revelación. Había soñado con un edificio invisible, pero inmenso; el cristal debía reflejar el cielo y el viejo horizonte de ladrillo de Boston y fundirse con el firmamento. En lugar de ello, las ventanas de cristal reflectante no dejaban de caerse y eran reemplazadas por feas opacidades de contrachapado negro. Pero quedaba superficie reflectante suficiente para crear la sensación, desde el viejo y vacilante ventanal de aquel inesperado apartamento, de inmensidad azul, de pariente vertical de la inmensidad azul horizontal del mar frente al cual Richard se despertaba cada mañana, helado hasta los huesos, en la cabaña sin calefacción. Le dijo a la pelirroja: «Muy bien» y las cejas color carbón de ésta se enarcaron. A Richard le temblaron las manos al firmar el contrato de alquiler, después de escribir «Sep» en el espacio destinado al estado civil. Desde una droguería telefoneó para dar la noticia, no a su mujer, a quien entristecería, sino a su amante, situada a igual distancia.
       —Bueno —le dijo con tono acusatorio—, pues he encontrado casa. He firmado el contrato de alquiler. Increíble. En medio de toda esa letra pequeña había una única frase legible: «No se permiten camas de agua».
       —Te noto tembloroso.
       —He dado a luz a un agujero negro.
       —No lo hagas si no quieres.
       Por la forma en que la voz de Ruth se interrumpió y atenuó, Richard imaginó que estaba cogiendo un cigarrillo, o un cenicero, preparándose para una sesión de «terapia al amante».
       —Sí quiero. Ella quiere que lo haga. Todos lo queremos. Incluso los chicos están ilusionados. O simulan estarlo.
       Ruth hizo como que no había oído el «simulan».
       —Dime cómo es.
       Lo único que Richard recordaba era el suelo y la vista del desastre azul que reflejaba las nubes que atravesaban su faz. Y a la pelirroja. Le había dicho dónde comprar comida, dónde hacer la colada. ¿Tendría colada que hacer?
       —Suena bien —fue la remota respuesta de Ruth cuando Richard terminó de contar lo que pudo. Dos personas, una de ellas un cartero negro sudoroso, esperaban para usar el teléfono. Odiaba ya la ciudad, su aglomeración, su hambre.
       —¿Qué es lo que te suena bien? —saltó.
       —¿Tanto te afecta? No lo hagas si no quieres.
       —Deja de decir eso.
       Era una formalidad tediosa que ambos observaban: simular que eran libres, dentro de sus respectivos matrimonios que se desmoronaban, de hacer lo que se les antojara; jugaban a eludir el sentimiento de culpabilidad y Ruth se había hecho experta. Sus palabras a menudo parecían no palabras de verdad, sino fichas comodín, frases dictadas por la etiqueta. En cambio las palabras de la mujer de Richard siempre se abrían hacia dentro, transparentes a fuerza de significado.
       —¿Qué más quieres que te diga —preguntó Ruth— excepto que te quiero?
       Y suspiró con fuerza al otro extremo de la línea de teléfono. Richard imaginó el gesto: había apartado la cara del auricular y exhalado con ímpetu, con esa manera suya de expresar exasperación incluso cuando no sentía ninguna, exhalando y al mismo tiempo apagando un cigarrillo fumado hasta menos de la mitad, que se arrugaba bajo sus dedos impacientes igual que una frase airada que se ha pensado dos veces. Su visible prodigalidad le hería. Todo despilfarro le dolía. De pronto tuvo ganas de colgar, pero se dio cuenta de que también aquello sería un gesto desperdiciado, y continuó al aparato.


       Una vez instalado en su apartamento, descubrió que era un amo de casa ordenado y ahorrativo. Cuando se marchaba una mujer, se apresuraba a restaurar su orden de soltero, a vaciar los ceniceros que, si la visitante había sido Ruth, rebosaban de largos y pálidos cuerpos prematuramente extinguidos y, si había sido Joan, de colillas tan cortas que eran poco más que filtros. Ambas mujeres, comprobó con cierta complacencia, rara vez hacían ademán de limpiar: tocaban sistemáticamente la cama revuelta, los platos sucios, cada uno de los tres ceniceros (uno de cristal, uno de cerámica y otro la tapa de un frasco de galletas) como se tocan las bases en béisbol. Mientras los vaciaba, Richard sonreía ante la desordenada morgue de Ruth o el nido de filtros de Joan, discretos como guijarros blancos en un cuenco de narcisos. Cuando regañaba a Ruth por apagar cigarrillos cuando aún estaban casi enteros, ella señalaba, como cabía esperar, con la imperturbable seguridad de ser la más importante, que era muchísimo mejor para ella, para sus pulmones, apagar enseguida el pitillo; y por supuesto tenía razón: mejor destruir algo que a uno mismo. Ruth era amor, era vida, por eso la quería. Sin embargo, la austeridad compulsiva de Joan, su discreta tendencia suicida le eran tan tiernamente familiares como su caligrafía diminuta y reprimida y los rizos apretados de su oscuro vello público, así que Richard también sonreía al vaciar sus ceniceros. Su sonrisa era un gesto sin público. Él, que había acuñado su ingenio en presencia de padres y abuelos, hermanos y animales de compañía, que lo había desarrollado para un público de compañeros de clase y profesores, y después refinado ante el inicialmente extasiado público de sus propios hijos, no podía, estando solo, dejar de actuar. En consecuencia, había engendrado una suerte de compañero, un admirador en la distancia: el rascacielos azul. Sentía que lo acompañaba todo el tiempo.
       Era azul, pero parecía más verde que el cielo. Durante un tiempo a Richard lo desconcertó que las nubes que se reflejaban en él se movieran en la misma dirección que las situadas detrás. Con un esfuerzo de imaginación espacial, percibió que un espejo no revierte nuestros movimientos, pero sí traspone nuestras orejas y modifica la boca, de manera que incluso la cara de una persona querida se ve desconocida y fea en un espejo, igual que —¡qué pensamiento tan extraño!— ella se ve siempre. Entendió que un espejo situado en el centro de un ejército no alteraría el movimiento de éste; y a menudo una nube reflejada casaba con la mitad de otra situada más allá del contorno del edificio y se movían las dos como una sola, atravesadas por la estela de un avión como por una flecha de Cupido. El desastre se alzaba, grácil, en el corazón de la ciudad. De noche se mostraba como una hilera tenue de lucecitas, como si una esbelta nave surcara el cielo, y cuando llovía o había niebla desaparecía por completo, mientras que las chimeneas de ladrillo y los chapiteles de siderita en el primer término de la ventana de Richard adquirían una densidad oscura. Incluso si no se veía, estaba ahí; también Richard, su alma, estaba siempre allí. Trató de analizar la lógica del cambio en las ventanas que sugerían los patrones de huecos y cristal. No detectó lógica alguna, sólo la faena pausada de trabajadores invisibles vaciando y rellenando células de cristal con la automaticidad de las abejas. Si se quedaba mirando durante muchos minutos era posible que viera, a la manera de la condensación de una gota de rocío, un espacio vacío volverse acristalado, y reflectante, y verdiazul. Pasaron días antes de que comprendiera que, en el viejo cristal más cercano de él, las hojas onduladas de la ventana del apartamento, anteriores inquilinos fantasmales, armados de diamantes, habían arañado iniciales, nombres, fechas y, a mayor profundidad y blancura que todo lo demás, el voto conmovedor, cómico, grabado en dos líneas de cinco sílabas cada una:

Con este anillo
Yo te desposo.

      ¡Qué riqueza transparente de vidas previas reviste la dicha actual de una ciudad! Cuando caminaba por las calles, su propia felicidad le sorprendía. Había esperado sentirse triste, culpable, aburrido. En lugar de ello, sus días estaban confortablemente llenos con sus listas, sus búsquedas de comida y materiales, sus encuentros con sustitutivos de esposa tan problemáticos como una lavandería, donde estudiantes leían a Hesse y se pellizcaban el mentón mientras su ropa se revolcaba en círculos y donde jóvenes amas de casa negras tarareaban doblando ropa blanca. Qué placer inesperado volver a casa andando abrazado a su ropa limpia caliente como pan recién hecho, dejando atrás las ventanas en voladizo de Back Bay brillantes como vitrinas. Se sentía sereno y eufórico y justificado a una hora en la que, en las afueras, arrugado del viaje en tren, iría por la segunda y apresurada copa de antes de cenar. Le gustaba llevar alimentos a casa, la satisfacción tautológica de cocinar una comida y después comérsela entera, mientras la radio le llenaba los oídos de Bach o de Bechet y un libro lo miraba abierto desde el atril que había comprado; le gustaba el juego extraño y pulcro de comer antes de que la comida se estropeara y beber antes de que la leche se agriara. Le gustaba cómo merodeaban los aviones por el cielo nocturno color marrón, una segunda y más delgada ciudad colocada sobre ésta y cómo cantaban las sirenas de la policía, arreglando algún desastre lejano que no era el suyo. No podía durar una felicidad así. Era un ínterin, una vacación. Una sola, pero extrañamente limpia y legítima, justa, rectilínea, decorosa, aunque estropeada por intervalos de miedo y desorientación repentinos. Tenía que planificar cada hora, no fuera a desmoronarse. Se movía igual que una chinche acuática, que un guijarro saltarín sobre la superficie vidriosa y tensa de su nueva vida. Iba caminando a todas partes. En una ocasión fue hasta la base del rascacielos azul, su compañero y testigo. Era feísimo. Túneles llenos de planchas de madera y tela metálica custodiados por policías malhumorados protegían a los peatones de los cristales desprendidos y a los propietarios del edificio, con millones ya desembolsados, de nuevas demandas. Los pisos inferiores eran de contrachapado, de un color negro estigio; el edificio, tan bello por arriba, tenía raíces enmarañadas y mugrientas. Richard evitó volver por allí.
       Cuando Ruth iba de visita jugaban a un juego, el juego de fregar, de frotar con un estropajo uno de los cuadrados blancos del suelo Vermeer de manera que, con el tiempo, estuvieran todos limpios. De los cuadrados negros hacían caso omiso. Desnuda, frotando, Ruth arrodillada parecía un pequeño corcel, con la larga melena balanceándose y los suaves pechos meciéndose al ritmo de sus enérgicos gestos circulares. Su vello púbico, liso y rubio, al fondo, era como una crin del bajo vientre. Tan encantadoramente extraña, rara vez llegaba a fregar más de un cuadrado. El tiempo, regulado cuidadosamente cuando Richard estaba solo, volaba para ellos, y se desvanecía. Sólo parecía haber tiempo de hablar al final, cuando Ruth estaba ya en la puerta. Preguntaba:
       —¿No es increíble ese edificio cuando se pone el sol?
       —Adoro ese edificio. Y él me adora a mí.
       —No, quien te adora soy yo.
       —¿No me podéis compartir?
       —No.
       Ruth era territorial con el apartamento; cuando Richard le dijo que Joan también había estado allí y, sólo por «diversión», se había acostado con él, su marido, Ruth gimoteó por teléfono:
       —¿En nuestra cama?
       —En mi cama —dijo Richard con una firmeza inusual en él.
       —En tu cama —admitió Ruth con la voz ronca de un niño adormilado. Cuando por fin terminó la conversación y su amante estuvo suficientemente apaciguada, Richard tuvo que ir a mirarse en su gigantesco amigo inanimado, que se fundía en malva por un lado y seguía cerúleo por el otro, levemente estriado de reflejos de altos cirros. Le habló, como habla la mirada de un animal mudo, de belleza y de sufrimiento, de una simplicidad destinada a perecer, del paso del tiempo. El anochecer suavizaría su color hasta volverlo de un tono pizarra; la noche envolvería sus costados. Richard perdió profundidad de foco y leyó, con irritación, por enésima vez, aquel escarnio, aquel fragmento de letanía, brillante por el fuego evanescente de sol:

Con este anillo
Yo te desposo.

      Meses atrás, Ruth se había quitado su alianza. Al llegar allí de excursión una noche llevaba en el dedo anular, a modo de reacia concesión a la impostura, un anillo de diamantes heredado. Cuando sostuvo la mano en la luz del sol junto a la ventana, una constelación de arcoíris giró por la habitación y apuntó, imaginó Richard, al rascacielos. En el hotel de Nueva York le confesó de nuevo su indignación por tener que perder su apellido para asumir falsamente el suyo.
       —Facilita las cosas —le dijo Richard—. No es más que un gesto.
       —Pero es que me gusta quién soy ahora —protestó Ruth.
       Aquélla era, de hecho, su joya más preciada, inquebrantable y reluciente: le gustaba quién era.
       En Manhattan habían tomado caminos separados y, cuando Ruth regresó antes que él al hotel, pidió la llave de la habitación por el número. El recepcionista le preguntó su nombre. Era la política del hotel. No podía entregar una llave a un número.
       —¿Y qué nombre le diste? —preguntó Richard durante una pausa en la narración de Ruth.
       En la pausa y en la mirada azul opaca de ella vio recreada su vacilación cuando el recepcionista la puso en un brete. También ella había sido, antes de casarse, profesora de secundaria y Richard reconoció ahora los modales —pulcros, idealistas y autoritarios— con los que se ponía delante de la pizarra para hacer frente a esas aulas llenas de niños.
       —Maple.
       Richard había sonreído.
       —Hiciste bien.


       Llevar a cenar a Joan fue como hacer algo ilícito. Lo sugirió ella, por «diversión», después de una tarde de domingo de niños. Richard llevaba dos meses en Boston, las nuevas costumbres habían reemplazado a las viejas y resultaba tentador dejar a los niños, que se aburrían y encontraban más fácil aburrirse en compañía de la televisión que en la del visitante mandón.
       —Deja de decirme que te aburres —había regañado Richard a John, el más dócil de sus hijos y el que más sentimiento de culpa le inspiraba—. Se supone que los catorce son una edad aburrida. Cuando yo tenía catorce años me pasaba el día tirado leyendo ciencia ficción. Tú no haces más que estar tirado viendo Kung Fu. Yo por lo menos aprendía a leer.
       —Es bueno —protestó John, con la voz adolescente quebrándose por miedo a que lo apartaran de una escena particularmente vívida de taichí a cámara lenta. Richard, cuando vivía allí, había visto el programa con él las veces suficientes para saber que sí era, en cierto sentido, bueno; la pasividad oriental del protagonista, interrumpida por brotes de violencia mística, insinuaba al niño un sistema ético, igual que Richard había aprendido ideales de comportamiento del cine popular y de los tebeos: impasividad de Bogart, gallarda temeridad de Errol Flynn, dualidad y engaño de Superman.
       Se arrodilló junto al sofá donde el niño, con pelusa en el labio superior y cejas virilmente oscuras, miraba estoico el trascendental parpadeo; a Richard casi se le quebró la voz cuando preguntó:
       —¿Te aburrirías menos si papá siguiera viviendo aquí?
       —Pues no.
       La respuesta fue instantánea e impaciente, como si hubiera esperado la pregunta. ¿Era sincero el niño? Sus ojos no se apartaron de la pantalla un segundo, quizá por miedo a delatarse, quizá por el genuino aburrimiento que le producían los adultos y sus gestos. Una de las satisfacciones de la televisión era que los gestos mataban. Richard abandonó su postura arrodillada, aliviado al oír que Joan bajaba las escaleras. Iba arreglada para salir, con el vestido negro ceñido de escote bañera y un collar de plata mexicana. Se notó receloso. Tenía que andarse con tiento. Ellos ya habían estado ahí. Tenían que haber estado.
       Pero los cócteles, y el marisco, y el vino ahuyentaron su recelo; se oyó decir, a la cara tan familiar y desconocida al otro lado de la mesa:
       —Es encantadora, y lo cierto es que me quiere —se sentía incómodo, como un hijo consciente de pronto de que su madre, aunque cortésmente atenta, se muestra indiferente a la urgencia de la competición atlética que le está describiendo—, pero necesita explicarlo todo y que se lo expliquen todo. Es como estar otra vez en segundo de primaria. Y lo peor es que, a pesar de tanta explicación, sigue sin ser real para mí de la manera que… lo eres tú.
       Ahora sí se le quebró la voz; había ido demasiado lejos.
       Joan apoyó la mano izquierda, en la que aún llevaba la alianza, sobre el mantel en un gesto sensato, equilibrado.
       —Lo será —prometió—. Es cuestión de tiempo.


       El patrón viejo seguía siendo el único visible al mundo. La camarera, que había dado clase a los niños en la escuela dominical, los saludó como si el matrimonio no estuviera roto; comían en aquel restaurante tres o cuatro veces al año y ya les tocaba. Conocían al contratista de pelo color jengibre que había construido aquella sala imitando el estilo antiguo, hacía doce años, y después se había marchado de la ciudad, arruinado, pero extrañamente feliz. Su recuerdo flotaba entre las vigas. Otra pareja, mayor que los Maple —el marido había trabajado en una ocasión con Richard en un comité municipal—, se acercó a la mesa sonriente, alegre, de esa manera tan americana. ¿Lo sabían? No tenía demasiada importancia en aquel país de acomodos temporales. Los Maple respondieron a su alegría al unísono y no se separaron hasta que la pareja mayor se fue. Joan los miró alejarse.
       —Me pregunto qué tienen —dijo— que nosotros no tenemos.
       —Quizá tenían menos —dijo Richard—, así que no esperaban nada más.
       —Eso es demasiado simplista.
       Se resistía un poquito a sus cumplidos velados; él se lo agradeció. Por favor, resiste. Preguntó:
       —¿Cómo crees que están los chicos? John parecía retraído.
       —Él es así. Deja de pincharlo.
       —Es que no quiero que piense que tiene que ser tu maridito. Esa casa se hace ahora gigantesca.
       —A mí me lo vas a decir.
       —Lo siento.
       Era verdad; puso las manos en la mesa con las palmas hacia arriba.
       —¿No es asombroso —dijo Joan— que una botella de vino ya no sea suficiente para dos personas?
       —¿Quieres que pida otra?
       Estaba secretamente horrorizado; qué despilfarro.
       Joan se dio cuenta y dijo:
       —No, dame la mitad de tu copa.
       —Bébetela toda.
       Le sirvió. Joan dijo:
       —Entonces ¿el sexo es maravilloso? ¿De verdad es tan maravilloso el sexo?
       El comentario avergonzó ahora a Richard y se temió que pudiera inaugurar un precedente de mal gusto. Así como con Ruth existía una etiqueta de adulterio independiente, con Joan había que mantener algún tipo de código de separación.
       —Suele serlo —le dijo— entre personas que no están casadas.
       —¡No me digas, chico! —Con un trago del vino de su marido dentro, Joan empezó a inflamarse de inminente regocijo. Se acercó todo lo que le permitía la mesa—. Tienes que prometerme —un gesto acompañó el «prometerme», una ligera separación de las manos a modo de protesta— que nunca le vas a contar esto a nadie, ni siquiera a Ruth.
       —Igual no deberías contármelo. De hecho, no me lo cuentes.
       Entendió por qué había sido tan lacónica hasta entonces; quería hablar de su amante, a quien todavía conservaba pegado a ella igual que un niño de pecho. Iba a traicionarlo.
       —Por favor, no lo hagas —dijo Richard.
       —No seas tan mojigato. Eres la única persona con la que puedo hablar; no significa nada.
       —Eso es lo que dijiste sobre lo de acostarnos en nuestro apartamento.
       —¿Le importó?
       —No te puedes ni imaginar.
       Joan rió y a Richard le fascinó, por enésima vez, la perfección de los dientes, uniformes y redondeados y blancos, que los labios dejaban al descubierto como para hacer patente la perfección del cráneo, el alma inmaculada. Su júbilo la propulsaba a una especie de cielo mientras le confesaba historias sobre Andy y ella, cómo éste había discutido con la gobernanta de un hotel por la falta de toallas en una habitación reservada para una tarde, cómo se quedaba dormido durante siete minutos exactos cada vez que hacían el amor. Richard conocía a Andy, un hombre delgado y de tez oscura, especialista en derecho corporativo que, sin embargo, trabajaba en la compleja gestión de fusiones gigantescas, desde hacía años. Puntilloso en el vestir, religioso, aportaba una exagerada dignidad a muchas situaciones y quizá se había sentido más atraído por el barniz de la superficie de Joan, por su aplomo de Nueva Inglaterra, que por el travieso diablillo que había debajo.
       —Mi psiquiatra opina que Andy tenía una relación de simbiosis contigo y que, ahora que no estás, puedo verlo como alguien absurdo —dijo Joan.
       —No es absurdo. Es bueno, leal, atractivo, próspero. Paga sus diezmos. Tiene hándicap doce. Te quiere.
       —Querrás decir que te protege de mí. ¡Y esos botones! Tenemos que calcular siempre media hora después de terminar para que le dé tiempo a abrochárselos todos. Si hicieran trajes de cuatro piezas, se los pondría. Y lo lava absolutamente todo, cada vez.
       —Para —suplicó Richard—. Deja de contarme todas esas cosas.
       Pero Joan estaba cautivada por los espejos giratorios de sus infidelidades, tenía la cara tan encendida y agitada que la camarera rió en solidaridad cuando les sirvió el café. El rostro de Joan era rosado como una peonía, con los ojos azul pálido como el hielo, casi transparentes. Por entre sus palabras Richard vio lo que le estaba diciendo: que nuestros amantes, por mucho que los queramos, no son nosotros, no son sagrados como sagrada es la realidad. Nosotros somos la realidad. Hemos engendrado hijos. Nos entregamos mutuamente nuestros cuerpos jóvenes. Nos prometimos envejecer juntos.
       Joan describió el incidente ocurrido en su casa, antes de los dos, cuando el fontanero se presentó de forma inesperada. Richard no pudo evitar reírse con ella; los problemas de fontanería de aquella casa eran ya un chiste viejo, una historia interminable.
       —Llamaron a la puerta de atrás. El señor Kelly entró haciendo ruido. Ya sabes cómo retumba todo lo de la cocina en el dormitorio. Nos ha pasado. —Lo miró para ver si quedaba claro lo que quería decir. Richard asintió. A Joan le brillaron los ojos. Sobre el ruido, enfatizó—: En el mismo instante. —Y, con un gesto similar a aquella suave palmada en el coche una eternidad atrás, dibujó con la punta del dedo una «m» en el aire, como si se dispusiera a escribir «mismo». El movimiento fue ávido, tímido, exquisito, reticente, confiado: Richard distinguió todos esos significados y supo que Joan nunca dejaría de gesticular dentro de él; como por un decreto interpuesto entre los dos, incluso en la muerte, los gestos de ella perdurarían, grabados en el cristal.



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