John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
Comparecen los Maples (1976)
(“Here Come the Maples”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker (3 de octubre de 1976);
Problems and Other Stories
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1979, 260 págs.);
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)
Siempre habían sido una pareja con suerte y fue solo cuestión de suerte que, cuando por fin decidieron tomar caminos separados, la comunidad puritana en la que vivían incorporara una enmienda de mutuo acuerdo a su chirriante y sobrecargado corpus de legislación sobre el divorcio. La cláusula establecía que tenían que presentar una declaración conjunta. Ésta decía: «Richard F. y Joan R. Maple comparecen y juran, so pena de perjurio, que existe una ruptura irreparable de su matrimonio». A Richard, cuando leyó una copia del documento en su apartamento de Boston, el párrafo le trajo a la cabeza una imagen de Joan y él llegando a una fiesta de la mano mientras un criado con librea anunciaba sus nombres y en la habitación explotaba una lluvia de confeti y burbujas de champán. En los muchos años que había durado su matrimonio habían ido a muchas fiestas juntos y siempre con una pincelada de excitación, una pequeña esperanza, cierta ilusión de que ocurriera algo emocionante.
La declaración llevaba adjuntos varios formularios financieros a cuál más aterrador y la petición de una copia del certificado de matrimonio. Aunque habían vivido en Nueva York y Londres, en islas y granjas y, durante un verano, incluso en una cabaña, se habían casado a pocas paradas de metro de donde estaba ahora Richard leyendo el correo. No había vuelto al Ayuntamiento de Cambridge desde que fue a recoger la licencia matrimonial la mañana de su boda. Sus padres lo habían llevado en coche desde el motel de Connecticut en el que habían pasado todos la noche, de camino desde Virginia Occidental; se habían levantado a las seis para llegar a tiempo, y Richard había pasado gran parte del viaje con el abrigo en la cabeza, intentando volver a dormirse. Al recordarlo ahora se vio como una criatura marina, invertebrada, debajo de la medusa acampanada del abrigo, inflándose descontrolada por la orilla a medida que el aire se calienta más y más. Era junio, y el tiempo era húmedo. Cuando, hacia el mediodía, llegaron a Cambridge y subieron cuerpos y cajas con vestidos de boda los cuatro pisos hasta el apartamento de Joan, en la calle Avon, la novia se estaba dando un baño. Richard no recordaba quién más había en el apartamento; su memoria de aquel día era fragmentaria: parches legibles en un papel secante gris húmedo. El día no tenía ni cielo ni nubes, sólo una niebla de luz sin sombras envolvía los ladrillos de la calle Brattle y las agujas blancas de Harvard y los anchos coches cociéndose al sol en las calles asfaltadas. Richard tenía veintiún años. Eisenhower era presidente y la novia estaba al otro lado de la puerta, gritándole que no entrara, que verla le daría mala suerte. Alguien estaba con ella, riendo y salpicando. ¿Quién? ¿La hermana? ¿La madre? Richard se apoyó en la puerta del cuarto de baño y oyó a sus padres subir las escaleras a su espalda, jadeando pero sin dejar de hablar, e imaginó a Joan como era cuando estaba en la bañera, con los dedos de los pies color rosa, los rizos de la nuca aplastados, los pechos flotando, enjabonados y brillantes. Luego el recuerdo se interrumpió y el borrón siguiente era de los dos juntos en el coche, circulando por entre el titilante tráfico de mediodía de Central Square. Joan llevaba un vestido de verano de algodón desteñido por el sol; Richard mantenía los ojos fijos en el tráfico para minimizar la mala suerte de haberla visto antes de la ceremonia. Seguramente otras parejas, pensó entonces, también arreglaban los papeles sólo dos horas antes de la boda. Claro que, sin duda, otros novios no iban a la ceremonia con el abrigo sobre la cabeza igual que niños escondiéndose de una tormenta de truenos. Cogidos de la mano, más pequeños que Hansel y Gretel en su imaginación, subieron corriendo el largo tramo de escaleras hasta un arco color galleta de jengibre y desaparecieron.
El Ayuntamiento de Cambridge, en un mundo transformado, seguía igual. El sereno castillo, de estilo richardsoniano, construido en piedra roja arenisca y granito rosa, se alzaba como un gigante amable en el grosero vecindario. Su interior era de roble barnizado, pálido y reluciente. Richard creía recordar haber recogido la licencia en la planta baja, en una ventanilla con rejilla y una placa metálica, pero una flecha en una cartulina lo dirigió al piso de arriba. Le temblaron las rodillas y se le revolvió el estómago ante la enormidad de lo que estaba haciendo. Dobló una esquina. Una mujer de aspecto maternal reinaba en un territorio amplio y desocupado de mesas de superficie verde y grandes libros de registro en estantes metálicos.
—Quería pedir una c-copia de una licencia matrimonial —le dijo.
—¿Año?
—¿Perdón?
—¿De qué año es la licencia matrimonial, señor? —1954.
Pronunciado, el año parecía tan lejano como una estrella, y, sin embargo, allí estaba él de nuevo, sin sentirse ni un minuto más viejo y sudando en el mismo calor estival. Sin embargo, la señora, después de apuntar los nombres y la fecha, tuvo que dejarlo e ir a otra sala a buscar los archivos, tan lejos estaba en realidad el acontecimiento que ahora quería deshacer.
Volvió con una cojera en la que Richard no había reparado antes. El tomo que traía medía, abierto, casi un metro, como el libro de conjuros de un hechicero. La mujer pasó las páginas despacio, como si el cisma de vida perdida y tiempo dejado atrás que representaban pudiera, en un descuido, saltar y engullirlos a los dos. En otro tiempo debió de haber sido una llameante pelirroja, pero el pelo había degenerado a un tono albaricoque y se había vuelto rígido en rizos acartonados como papel seco. Sonrió, arrugando un poco la boca:
—Sí —dijo—. Aquí está.
Y Richard leyó, de arriba abajo, en una única y larga línea, el nombre de soltera de Joan y el suyo. La profesión de Joan que figuraba era «profesora» (había hecho prácticas como profesora de arte; Richard había olvidado la bata azul manchada, el olor arcilloso de sus dedos, cómo iba siempre a trabajar en bicicleta, incluso en los días más fríos) y la suya, en un grado inferior, «estudiante». Y le sorprendieron las direcciones postales, al ser distintas: el vestíbulo en la calle Avon, el recibidor en Lowell House, puertas olvidadas que daban a un pasillo de direcciones comunes que iban desde entonces hasta el momento presente. Sus firmas… No se sintió capaz de leerlas, ni siquiera de arriba abajo. A primera vista, la de Joan parecía más firme, y más azul.
—¿Quiere una copia solo o más?
—Con una me basta.
Con la lentitud de quien hace algo por primera vez, la expelirroja alisó el papel y mojó repetidas veces una pluma antigua mientras copiaba la información en un formulario oficial.
¿Qué más había sobrevivido del día de su boda? Había unas pocas diapositivas, recordó Richard. Un primo de Joan había reunido a los miembros principales de la boda en la acera de la iglesia y los había dispuesto alrededor de un parquímetro. El parquímetro, representante esbelto y plateado del barrio, ocupa el lugar de honor en el conjunto, con su estrecha cabeza y lengua escarlata. Al igual que el parquímetro, el novio está muy delgado. Parpadeó de forma simultánea al obturador, por eso una especie de máscara mortuoria parece flotar sobre su cara. La pose de la novia con hoyuelos, tensa y elegante a la vez, tiene algo de bailarina; podría estar a punto de recogerse la falda de organdí de su vestido y lanzarse a hacer un grand jeté. Los cuatro progenitores, aún no metamorfoseados en abuelos, salen tenues en la diapositiva, medio perdidos en la bruma de luz, benevolentes y abultados como las piedras del edificio en el que Richard se disponía a pagar los tres dólares que costaba su copia, su antilicencia.
Otra de las imágenes la había captado un compañero de universidad de Richard, quien los llevó en coche hasta la casa que habían alquilado para su luna de miel, en un pueblo costero a una hora al sur de Cambridge. Alguien había dejado en el porche un juego de cróquet y Richard, en uno de esos trucos que había aprendido para enmascarar momentos de incomodidad, cogió tres pelotas y empezó a hacer malabares. Su compañero de universidad, quizá también incómodo, sacó una instantánea: las bolas rojas suspendidas para siempre, borrosas, en el haz oblicuo y ambarino de la última luz del día, mientras el amarillo y el verde centellean en las manos de Richard, que tiene la cara vuelta hacia el cielo, en un éxtasis boquiabierto.
—Tengo otro problema —le dijo a la empleada cuando ésta cerró el gigantesco libro y se preparó para cargar con él.
—¿Qué necesita?
—Tengo que escriturar una declaración jurada.
—Eso no es en mi departamento, señor. Primera planta, a la izquierda según se sale del ascensor, a la derecha si va por las escaleras. Si quiere saber mi opinión, las escaleras son más rápidas.
Richard siguió sus indicaciones y encontró a una mujer negra joven detrás de una mesa de acero rebosante de imágenes con marco dorado de fidelidad y solidaridad y estabilidad, de hijos y padres, de un niño moreno de aspecto serio con un uniforme militar marrón, de una familia riendo a orillas de un lago; había incluso una fotografía de una casa: una casita de campo de aspecto corriente en algún lugar, con un césped verde. Leyó la declaración de Richard sin hacer comentarios. Éste contuvo el impulso de pedirle perdón. La mujer le pidió que le mostrara el carné de conducir y comparó la cara de la fotografía con la de él. Le dio un bolígrafo y estampó un sello de irrevocabilidad junto a su firma. La bola roja seguía suspendida en el aire y la luminosa quietud de la casita cuando los dejaron solos continuó viajando, como una cápsula silenciosa, hasta las estrellas; pero lo que más entristeció a Richard, lo que le provocó una mueca de dolor al salir por la arcada de piedra marrón a la luz furiosa del verano, fue un detalle olvidado de la boda. En su aturdimiento, su somnolencia, en su asombro ante la criatura blanca que temblaba en el altar junto a él, en el límite de su visión igual que un arcoíris en una bruma, Richard había olvidado sellar los votos con un beso. Joan lo había mirado, sonriente, expectante; él le había devuelto la sonrisa, sin caer en la cuenta. El momento pasó y salieron deprisa de la iglesia igual que bajaba él ahora, deprisa, avergonzado, las escaleras del Ayuntamiento hasta la calle y el cobijo del metro.
Mientras el tren circulaba con estruendo por la oscuridad, leyó sobre las fuerzas de la naturaleza. Le había llegado un extracto académico por correo, en el mismo correo que la declaración jurada. Antes de vivir solo, lo habría tirado sin pensarlo dos veces, pero ahora, a medida que adquiría poco a poco las costumbres de un bostoniano excéntrico, leía cada papel que le llegaba, e incluso se agachaba por la calle a coger un fragmento embarrado de periódico y leerlo en busca de un mensaje. «Por consiguiente —leyó—, ya se sabía en 1935 que el mundo natural estaba gobernado por cuatro clases de fuerzas. De menor a mayor magnitud, son: la gravitatoria, la débil, la electromagnética y la fuerte». A medida que leía, se encontró con que prefería las fuerzas débiles; se identificaba con ellas. La gravitación, aunque insignificante a nivel microscópico, «empieza a predominar con objetos en un orden de magnitud de cien kilómetros, como asteroides de gran tamaño; mantiene unidos la luna, la tierra, el sistema solar, las estrellas, cúmulos estelares dentro de las galaxias y las galaxias mismas». Para Richard era como si el equipo que pierde desde el principio un partido lograra el triunfo en el último macroscópico cuarto; vitoreó en silencio. El metro se detuvo con una sacudida en Kendall y recordó cómo, pocos días después de la boda, Joan y él habían cogido un tren al norte, atravesando New Hampshire, para un empleo de verano para el que habían sido contratados como pareja. El tren, que hacía tiempo que ya no circulaba, serpenteaba en dirección norte junto a concurridos ríos afeados por aserraderos y hacia las siempre verdes montañas donde acumulaban herrumbre los arrastres de esquí. Los asientos eran de terciopelo morado y el tren se mecía incesante, suavemente. Los brazos de Joan, pálidos en contraste con el terciopelo, tenían el tono rosado de las quemaduras solares. Inseguros respecto a cómo estar de luna de miel, pero convencidos de que tenían que crear recuerdos que perduraran hasta que la muerte los separase, habían jugado al cróquet desnudos en el jardincito que, entre los árboles, parecía un ojo de hierba mirando al cielo. Joan ganó todas las partidas. «La fuerza débil —leyó Richard— no afecta de manera apreciable la estructura del núcleo antes de que sobrevenga el deterioro; es como un defecto en una campana de metal que no afecta su tañido hasta que termina por hacerla añicos».
El vagón de metro subió a la superficie para cruzar el Charles. Los veleros se inclinaban hacia el centelleo del agua. Al otro lado del río, los rascacielos color humo de Boston flotaban igual que fuentes paralizadas. El tren había rodeado la bahía de un lago y se había detenido en The Weirs, un sucio lugar de veraneo de gotas de helado sobre el asfalto y olor a manzana de caramelo que trae el aire desde una orilla de la infancia. Después de una espera de horas, cogieron un paquebote hasta la isla en la que iban a trabajar. La isla estaba en la orilla contraria del lago Winnipesaukee, con muchas otras islas interpuestas y muchas paradas para entregar correo. Antes de cada atraque, el barco tocaba el silbato haciendo un ruido inmenso. Los Maple se habían sentado en la proa para disfrutar del sol y del paisaje; una vez allí, justo debajo del silbato, sintieron que tenían que quedarse. Las islas, el agua, las montañas más allá de la orilla interpretaban un adagio de perspectivas cambiantes a su alrededor y a continuación —siempre para su asombro— el estruendo del silbato les dejaba sordos y reducía el paisaje a un amasijo de ruido; aquellos estallidos agredían su joven matrimonio. Richard culpaba a Joan y al mismo tiempo quería pedirle perdón por algo que no dependía de ninguno de los dos. Después de cada estrépito, el motor se paraba, el barco se acercaba a un embarcadero desvencijado y, de los suaves caminos moteados de esta o aquella isla siempre verde, niños y monitores bronceados en ropa de baño y mocasines aparecían en tropel para recibir su correo y sus gritos resonaban extrañamente en los oídos ensordecidos de los recién casados. Para cuando llegaron a su isla, los Maple estaban exhaustos.
«La mecánica cuántica y la relatividad, consideradas juntas, son extraordinariamente restrictivas y, por tanto, nos proporcionan un gran motor lógico». Richard devolvió el folleto a su bolsillo y se bajó en Charles. Cruzó a pie el paso elevado hacia el hospital, a ver al médico de la artritis. Por las noches le dolían los huesos. Tenía amigos que se estaban muriendo, que habían muerto; ser el siguiente había dejado de parecerle imposible. La primera vez que estuvo en aquel hospital fue para cortejar a Joan. Había subido por aquella misma rampa hasta las puertas de cristal y una vez dentro había preguntado, tartamudeando, por el paradero, en aquel inmenso laberinto de enfermedad, de la chica que se sentaba, con una cola de caballo sujeta con cinta elástica, en la primera fila de Literatura 162b: «La tradición épica inglesa, de Spenser a Tennyson». Durante todo el invierno había admirado la inclinación de su nuca tres horas a la semana. Reunió valor para hablarle en la hora de estudio cuando, sentados juntos a una mesa de la biblioteca, examinaban fotocopias negruzcas de las ilustraciones de Blake de Paraíso perdido. Acordaron verse después del examen para tomar una cerveza. Ella no se presentó. En aquel anfiteatro de cabezas desesperadamente pensantes faltaba la suya. Y, después de despachar juntos a La reina de las hadas y Los idilios del rey, Richard llamó a la residencia de Joan y se enteró de que la habían llevado al hospital. Una fuerza de la naturaleza lo impulsó a enfrentarse a largos pasillos y giros equivocados y a una multitud de tías y otros pretendientes a los pies de la cama; encontró a Joan de blanco, entre sábanas blancas, con el pelo suelto sobre los hombros y un tubo de plástico que le administraba algo transparente por el antebrazo. En visitas posteriores se ganó el derecho a cogerla de la mano, embridada como estaba a base de tablillas y cinta adhesiva. El diagnóstico había sido recuento bajo de plaquetas. El síntoma, que no dejaba de sangrar. Ruborizada, le contó cómo los médicos e internos le habían preguntado cuándo había tenido relaciones por última vez y lo violento que le había resultado confesar, enfrentándose a su escepticismo clínico, que nunca.
El médico retiró el torniquete del brazo de Richard y sonrió.
—¿Ha estado sometido a estrés últimamente?
—Me he divorciado.
—La artritis, como bien sabe, pertenece a una familia de enfermedades con componente psicosomático.
—Lo único que sé es que me despierto a las cuatro de la mañana y me resulta muy deprimente pensar que nunca voy a superar esto, que este dolor del hombro es para el resto de mi vida.
—Lo superará. No lo es.
—¿Cuándo?
—Cuando su cerebro deje de enviar señales de castigo.
La mano de Joan en su cunita de aparatos sanadores, el calor sumiso y prudente que desprendía cuando Richard se la cogía junto a la cama, apoyada a cierta altura, casi a la de sus ojos. En la isla, las camas de la cabaña que les habían destinado eran de alturas distintas, y aunque Joan intentó convertirlas en una cama de matrimonio, había un reborde donde se encontraban los colchones que o bien él o bien ella tenían que cruzar, con la incomodidad de que se salieran las sábanas. Pero la cabaña estaba en un bosque y aromas intensos y húmedos de pino y helecho entraban por las mosquiteras con el trino matinal de pájaros y los susurros vespertinos de los animales. Se rumoreaba que había ciervos en la isla; cruzaban el hielo en invierno y quedaban atrapados cuando se fundía en primavera. Aunque nadie, ni campistas ni monitores, los vio nunca, persistía el rumor de que estaban allí.
«¿Cuándo ha visto alguien un quark?»Mientras caminaba por la calle Charles hacia su apartamento, a Richard le vino a la cabeza una frase que decía algo parecido y rebuscó en sus bolsillos el folleto sobre las fuerzas de la naturaleza para encontrar en su lugar una receta de analgésicos, la copia de su licencia matrimonial y la declaración firmada. «Comparecen…». El folleto estaba doblado dentro. No logró encontrar la frase y en su lugar leyó: «La teoría de que la fuerza fuerte aumenta a medida que se separan los quarks es hasta cierto punto especulativa; pero su complementaria, la idea de que la fuerza se debilita a medida que los quarks se acercan, está más asentada». Sí, pensó, eso había ocurrido. En la vida hay cuatro fuerzas: amor, costumbre, tiempo y hastío. El amor y la costumbre son extremadamente poderosos a corto plazo, pero el tiempo, a falta de carga negativa, se acumula de forma inexorable, y con su hermano, el hastío, lo arrasa todo. Se estaba muriendo, eso lo volvía cruel. Se le cayó el alma a los pies al pensar en el horror de lo que había hecho. ¿Cómo iba a contarle a Joan lo que había hecho con su licencia matrimonial? Hasta los quarks de los circuitos telefónicos se rebelarían.
En el bosque había habido un claro verde, un ojo de hierba, un prado estrellado de flores blancas microscópicas y, un anochecer vinieron ciervos, la hembra ligeramente adelantada, el macho más grande y oscuro, con el lomo aún en sombras mientras su pareja buscaba con el hocico los últimos rayos de sol del día y las siluetas de ambos delineadas por la misma luz que doraba la hierba del prado. Una flota de ciclistas de rostros sin facciones pasó junto a Richard con gran estrépito, un borracho lo saludó con la mano desde la puerta de una lavandería, una chica con seductor escote halter lo miró con frialdad, el semáforo cambió de rojo a verde y no conseguía recordar si necesitaba zumo de naranja o pan y, lo que era aún peor, tampoco recordaba si de verdad habían visto los ciervos o si había imaginado el recuerdo, se lo había inventado de tanto desear que hubiera ocurrido.
—No me acuerdo —dijo Joan por teléfono—. Creo que no los vimos, sólo hablamos de ello.
—¿No había como un claro detrás de la cabaña, siguiendo el camino?
—Nunca fuimos por ahí, estaba lleno de bichos.
—Un macho y una hembra, justo cuando anochecía. ¿No recuerdas nada?
—No, la verdad es que no, Richard. ¿Cómo de culpable quieres que me sienta?
—Nada en absoluto si no ocurrió. Y hablando de nostalgia…
—¿Sí?
—Esta tarde he ido al Ayuntamiento y he pedido una copia de nuestra licencia matrimonial.
—Cielos. ¿Qué tal ha sido la cosa?
—No ha estado mal. El lugar está prácticamente idéntico. ¿La licencia nos la dieron en la planta baja o en la primera?
—En la baja, a la izquierda del ascensor según entras.
—Ahí es donde he llevado nuestra declaración a escriturar. Pronto te llegará una copia, es un documento estremecedor.
—Me llegó ayer. ¿Qué tiene de estremecedor? Me pareció graciosa, la manera en que está redactado. Comparecemos, desaparecemos y punto.
—Cariño, qué dura y valiente eres.
—Entiendo que debo serlo, ¿no?
—Sí.
No por primera vez en aquellos dos años, Richard percibió una tenuidad frágil como cáscara de huevo detrás de la cual estaba agazapado y que se rompería sólo con que Joan alzara la voz. Pero ésta se negaba a romperla, bien por desconocer hasta qué punto era frágil la cáscara, bien porque la estaba empollando por el otro lado, del mismo modo que, al otro lado de la puerta del baño, se había estado acercando al matrimonio al mismo ritmo que él y con idénticos impulsos de retroceder.
—Lo que no entiendo —estaba diciendo Joan— es si tenemos que firmar los dos la misma declaración o si firmamos cada uno una o qué. ¿Y cuál de ellas? Mi abogado no para de mandarme tres copias de todo y algunas vienen con tapas azules. ¿Son ésas las importantes o las no importantes que podemos quedarnos?
En realidad, los abogados, tan habituados a su mundo contencioso de culpa, de demandas y reconvenciones, parecían desconcertados con la cláusula de mutuo acuerdo. La mañana misma del divorcio, el de Richard lo recibió en las escaleras del juzgado para avisarle de que, en calidad de demandante, era posible que le pidieran que especificara qué había ocurrido en el matrimonio para persuadirlo de su irremediable ruptura.
—Pero si lo del mutuo acuerdo es precisamente para no tener que explicar nada —interpuso Joan.
Había subido las escaleras del juzgado al lado de Richard; de hecho, habían ido en el mismo coche porque uno de sus hijos se había llevado el Volvo de Joan.
La vista estaba fijada para primera hora de la mañana. Cuando Richard pasó a recogerla a las siete y cuarto la encontró descalza en el césped, en la entrada circular a la casa, hundida hasta los tobillos en bruma y rocío. Llevaba los zapatos de tacón alto en la mano. La estampa le hizo reír. Abrió la puerta del coche y dijo:
—Entonces, ¿hay o no hay ciervos en la isla?
Joan estaba demasiado absorta para entender la alusión. Le preguntó:
—¿Crees que al juez le importará si no llevo medias?
—Mantén las piernas lejos de su estrado —le dijo Richard.
Se sentía agitado, aturdido. Apenas había dormido, y eso que no le había dolido el hombro, para variar. Joan subió al coche y con ella entraron los zapatos y el olor húmedo del amanecer. Siempre había sido madrugadora y Richard no.
—Gracias —dijo refiriéndose a que hubiera ido a buscarla. Y añadió—: Creo.
—No hay de qué —dijo Richard.
De camino al juzgado, mientras hablaban de coches y de hijos, le maravilló comprobar lo leve que se había vuelto Joan; la veía por el rabillo del ojo tan ligera como una pluma, con su voz haciéndole cosquillas en el oído, la entonación y los énfasis que tan bien conocía, tan musicales y medio inaudibles, igual que los compases de un concierto que nos sume en una ensoñación. Ya no la culpaba: ésa era la razón de su ligereza. Durante todos aquellos años la había culpado de todo: del atasco en Central Square, de las ráfagas del silbato en el paquebote, de la diferencia de altura de sus camas. Ya no: la había exonerado de su omnipotencia. La había dejado libre, libre de culpa. Era para él lo que Gretel para Hansel: una criatura afín que bajaba a su lado por un sendero mientras, a sus espaldas, los pájaros se comían las migas de pan.
El abogado de Richard miró a Joan con expresión sombría.
—Lo entiendo, señora Maple —dijo—, pero quizá debería hablar un momento en privado con mi cliente.
Los abogados que habían elegido eran extrañamente distintos. El de Richard era un irlandés grande y desaliñado que llevaba un traje de verano beis con los pantalones caídos y la camisa tensa a la altura de la barriga, ese tipo de hombre paternal, melancólico y reconfortante. El de Joan era menudo, coqueto e impertinente; vestía a cuadros y hablaba por una de las comisuras de la boca igual que un pronosticador de carreras de caballos. Chispeante, animado incluso a aquella hora de la mañana, apareció desde detrás de una columna en el marmóreo templo de justicia y se llevó a Joan. La cabeza de ésta, ligeramente más alta que la de él, se ladeó para escucharle; sonreía, dócil. Richard se preguntó, asombrado, si podría esa clase de hombre haber sido, durante todos aquellos años, el tipo que Joan secretamente deseaba. Entonces su abogado le preguntó con respiración fatigada:
—Si el juez pregunta por el motivo concreto de la ruptura, y no digo que lo vaya a hacer, no tenemos nada preparado. ¿Qué va a decir?
—No lo sé —dijo Richard. Estudió la espiral de mármol entre las puntas de sus pies—. Teníamos diferencias políticas. Me obligaba a ir a manifestaciones por la paz.
—¿Hubo violencia física?
—No demasiada. No suficiente, quizá. ¿De verdad cree que preguntará esas cosas? ¿Es de mutuo acuerdo o no?
—En este estado, lo de mutuo acuerdo es tabula rasa. Llegados a este punto, Dick, es todo cuestión de suerte. No sé lo que va a hacer el juez. Debemos estar preparados.
—Bueno, aparte de lo de la política, no nos entendíamos demasiado bien sexualmente.
El aire entre los dos se espesó; también con su padre el sexo había sido un tema doloroso. La respiración de su abogado se hizo angustiosamente audible.
—Entonces, ¿está preparado para decir que había incompatibilidad personal y emocional?
Aquello sonaba profundamente falso, pero Richard asintió.
—Si es necesario.
—De acuerdo.
El abogado apoyó su manaza en el brazo de Richard y se lo apretó. Su cercanía, su aliento, su aire de apremio impaciente y alegría forzada, su traje anticuado y la carpeta de documentos que llevaba debajo del brazo como si fueran alineaciones de jugadores cobraron significado: era un entrenador y Richard estaba a punto de marcar el tanto definitivo, de intentar el aterrizaje más difícil de todos, de reventar el corazón del orden de bateo con todas las bases llenas. Adelante.
Entraron de dos en dos. Era una sala inmaculada y desierta; las molduras estaban pintadas de verde hoja. Las ventanas daban a un río vetusto ennegrecido por fábricas. Jueces muertos observaban desde lo alto. Los dos abogados se fueron a deliberar, dejando a Richard y a Joan de pie, incómodamente separados. Richard le puso su cara de «¿Ahora qué?». Ella le contestó con cara de «Ni idea». «¡Atención, por favor!», canturreó una voz incorpórea, y el juez entró a toda prisa, sonriendo, con los faldones de la túnica balanceándose. Era un hombre menudo, de facciones marcadas con una cara rosa brillante; una cara que decía que era enteramente bueno y que nunca moriría. Se levantó y los saludó con una inclinación de cabeza. Se sentó. Los abogados se acercaron para deliberar entre susurros. Richard gravitó inconscientemente hacia Joan, el único objeto animado de la sala que no le repelía.
—Es un Daumier —susurró Joan de la estampa que se desarrollaba ante ellos.
Los abogados se separaron. El juez les hizo una señal para que se acercaran. Era tan limpio que su sonrisa rechinó. Enseñó a Richard un trozo de papel; era la declaración jurada.
—¿Es ésta su firma? —le preguntó.
—Lo es —dijo Richard.
—¿Y cree usted, tal y como establece este documento, que su matrimonio ha sufrido una ruptura irreparable?
—Sí.
El juez se volvió hacia Joan. Su voz se suavizó un poco.
—¿Es ésta su firma?
—Lo es.
Su voz fue una rociada salvadora, llena de arcoíris diminutos, en el rabillo del ojo de Richard.
—¿Y cree usted que su matrimonio ha sufrido una ruptura irreparable?
Hubo una pausa. Joan no creía eso, Richard lo sabía. Joan dijo:
—Sí.
El juez sonrió y les deseó suerte a ambos. Los abogados desfallecieron de alivio y un torrente de alegre cháchara jurídica —hipótesis sobre el futuro del mutuo acuerdo, reminiscencias de los viejos días de divorcios exprés en Alabama— excluyó a los Maple. Obsoletos en su propia ceremonia, Joan y Richard se apartaron del estrado al unísono y permanecieron uno al lado del otro, sin saber bien cómo reaccionar, hasta que, por fin, Richard recordó lo que tenía que hacer y la besó.
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