John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)

Nieva en Greenwich Village (1956)
(“Snowing in Greenwich Village”)
Originalmente publicada en la revista The New Yorker (13 de julio de 1956);
The Same Door
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1959, 241 págs.)




      Los Maple se habían mudado el día antes a la calle Trece oeste, y aquella noche invitaron a Rebecca Cune porque ahora vivía muy cerca. Era una chica alta, siempre con un atisbo de sonrisa y modales distraídos, que dejó que Richard Maple le quitara el abrigo y la bufanda mientras terminaba de saludar con amabilidad a Joan. Richard, conduciéndose con una precisión y una elegancia especiales debido a la facilidad con que había cumplido su cometido —aunque Joan y él llevaban casados casi dos años, su aspecto seguía siendo tan juvenil que las personas no le asignaban de manera instintiva tareas de anfitrión; esta renuencia despertaba en él la consiguiente inseguridad, de manera que a menudo era su mujer quien servía las bebidas mientras él se despatarraba en el sofá con la actitud de un invitado privilegiado y de lo más encantador—, entró en el dormitorio en penumbra, confió las prendas de Rebecca a la cama y volvió al cuarto de estar. El abrigo le había parecido ingrávido.
       Rebecca, sentada debajo de la lámpara, en el suelo, con una pierna doblada debajo de la otra y un brazo en un sofá cama que los inquilinos anteriores aún no se habían llevado, estaba diciendo:
       —A ver, sólo la conocía del día en que me enseñó cómo se hacía el trabajo, pero dije que sí. Estaba viviendo en un lugar horroroso llamado hotel para señoritas. En los pasillos había máquinas de escribir de esas que funcionan con monedas.
       Joan, con la espalda erguida en una silla Hitchcock de la casa de sus padres en Amherst y un pañuelo húmedo hecho una bola en la mano, se volvió hacia Richard y le explicó:
       —Antes de tener su apartamento actual, Becky vivió con esta chica y su novio.
       —Sí, se llamaba Jacques —dio Rebecca.
       Richard preguntó:
       —¿Vivías con ellos?
       El pícaro aplomo en su tono de voz era un residuo del estado de ánimo que le había provocado su airosa —y, en el dormitorio en penumbra, hasta cierto punto turbadora, como si estuviera comunicando con enorme tacto un mensaje decepcionante— gestión del abrigo de su invitada.
       —Sí, e insistió en que su nombre figurara en el buzón. Le daba terror perderse una carta. Cuando mi hermano estaba en la marina y vino a visitarme y vio en el buzón —con tres movimientos paralelos de los dedos colocó los tres nombres uno debajo del otro:

Georgene Clyde,
Rebecca Cune,
Jacques Zimmerman,

      Me dijo que siempre había sido una chica encantadora. Jacques no se fue ni siquiera para dejar a mi hermano un sitio donde dormir. Tuvo que hacerlo en el suelo.
       Entornó los párpados y buscó un cigarrillo en su bolso.
       —¿No es maravilloso? —dijo Joan, y su sonrisa se ensanchó sin que pudiera evitarlo cuando se dio cuenta de la tontería que acababa de decir. A Richard le preocupaba su catarro. Llevaba siete días con él, sin mejoría. Tenía la cara pálida, moteada de rosa y amarillo, lo que acentuaba la cualidad modiglianesca que le daban los ojos azules ovalados y su costumbre de sentarse completamente erguida, con la cabeza ladeada en actitud inquisitiva y las palmas de las manos vueltas hacia arriba en el regazo.
       También Rebecca estaba pálida, pero con la consistencia de un dibujo, quizá —el peso de sus párpados y un cierto virtuosismo de la boca así lo sugerían— de Da Vinci.
       —¿Quién quiere jerez? —preguntó Richard de pie, con voz profunda.
       —Tenemos algo más fuerte, si prefieres —le dijo Joan a Rebecca.
       Desde donde estaba Richard, el comentario, al igual que esas publicidades que se leen de manera distinta dependiendo del ángulo, contenía la muy legible declaración de que esta vez le tocaba a él preparar los oldfashioned.
       —Un jerez me parece muy bien —dijo Rebecca.
       Pronunció todas las palabras con claridad, pero con un hilo de voz débil que las liberaba de toda repercusión.
       —A mí también —dijo Joan.
       —Perfecto.
       Richard cogió de la repisa de la chimenea la botella de ocho dólares de Tío Pepe que el segundo de a bordo de la cuenta de jerez español había robado para él. Para que todos fueran partícipes del teatro, descorchó la botella en el cuarto de estar. Con afectación, llenó tres copas hasta la mitad, las repartió y se reclinó contra la repisa (los Maple no habían tenido repisa de chimenea hasta entonces) mientras hacía girar el líquido para liberar los esteres y los éteres, tal y como le había dicho que hiciera el experto en vinos de la agencia, hasta que su mujer dijo, como hacía siempre porque era el brindis habitual en la casa de su padres: «¡Salud, queridos!».
       Rebecca siguió contando la historia de su primer apartamento. Jacques nunca había trabajado. A Georgene no le había durado un empleo más de tres semanas. Entre los tres compraron un gatito, del que se ocupaban por igual. Rebecca tenía su propio dormitorio. Jacques y Georgene trabajaban de vez en cuando en guiones de televisión; concentraron el grueso de sus esperanzas en una serie titulada El IBI —donde I correspondía a Intergaláctico, Interplanetario o algo así— en el espacio y el tiempo. Uno de sus amigos era un joven comunista que nunca fregaba y siempre tenía dinero porque su padre era propietario de medio West Side. Durante el día, cuando las dos chicas se iban a trabajar, Jacques coqueteaba con una joven sueca del piso de arriba a la que no hacía más que caérsele la mopa por el diminuto balcón al que daba la ventana de la casa. «Una auténtica bombardera», dijo Rebecca. Cuando Rebecca se mudó a un apartamento para ella sola y estuvo instalada y feliz, Georgene y Jacques se ofrecieron a llevar un colchón y dormir en el suelo. Rebecca decidió que había llegado el momento de ponerse firme. Dijo que no. Más tarde, Jacques se casó con una chica que no era Georgene.
       —¿Alguien quiere anacardos? —dijo Richard.
       Había traído expresamente una lata del delicatesen de la esquina para aquella visita, aunque de no haber ido Rebecca, habría comprado otra cosa con cualquier excusa, sólo por el placer de hacer su primera compra en una tienda en la que, en años venideros, compraría tanto y que llegaría a conocer tan bien.
       —No, gracias —dijo Rebecca. Richard se había esperado tan poco una negativa que, llevado por el impulso, le insistió—: ¡Por favor! Son buenísimos para la salud.
       Rebecca cogió dos y mordió la mitad de uno.
       Richard ofreció el plato, una escudilla de plata con asa que era un regalo de boda para los Maple, a su mujer, quien cogió un puñado glotón de anacardos y estaba tan pálida y moteada que Richard preguntó:
       —¿Cómo te encuentras? —No tanto porque se hubiera olvidado de la presencia de su invitada como por exhibir su preocupación, a decir verdad, bastante sincera, por su mujer.
       —Bien —dijo Joan cortante, y quizá así era.
       Aunque los Maple contaban alguna que otra historia —de cómo habían vivido en una cabaña de madera en un campamento del YMCA durante sus primeros tres meses de casados; de cómo Bitsy Flaner, una amiga común, era la única chica matriculada en la Escuela de Teología Bentham; de cómo el trabajo de Richard en publicidad lo había puesto en contacto de refilón con el yogui Berra, quien era tan gracioso como decían los periódicos—, no se consideraban (es decir, no se consideraban el uno al otro) narradores, y la voz liviana de Rebecca dominó la conversación. Tenía un don para las cosas peculiares.
       Un tío suyo, rico, vivía en una casa de metal amueblada con sillas de un auditorio. Le tenía terror al fuego. Justo antes de la Gran Depresión, había construido un barco gigantesco para viajar con unos amigos a la Polinesia. Los amigos perdieron todo su dinero en el crac bursátil. Él no. Él ganó dinero. Sacaba dinero de todo. Pero no podía irse de viaje solo, de manera que el barco seguía esperando en Oyster Bay, un mamotreto que sobresalía casi nueve metros del agua. El tío era vegetariano. Rebecca no había comido pavo en Acción de Gracias hasta los trece años porque la familia tenía la costumbre de pasar esa fiesta en casa del tío. La costumbre se perdió durante la guerra, cuando las suelas sintéticas de los niños empezaron a dejar marcas en el suelo de amianto del tío. La familia de Rebecca llevaba sin hablarle desde entonces.
       Richard sirvió otra ronda de jerez y, puesto que esa acción lo convertía, lo quisiera o no, en el centro de atención, dijo:
       —¿No hay vegetarianos que hacen pavos con frutos secos triturados para Acción de Gracias?
       Después de un rato de silencio, Joan dijo:
       —No lo sé.
       Su voz, que no había usado en diez minutos, se quebró en la última sílaba. Carraspeó, arañando el corazón de Richard.
       —¿Y con qué los rellenan? —preguntó Rebecca mientras dejaba caer ceniza en un platito junto a ella.


       Llegó un estrépito desde el otro lado de la ventana, abajo. Joan llegó primero a las ventanas, la siguió Richard y, por último, Rebecca, de puntillas, alargando el cuello. Seis agentes de la policía montada, de pie en los estribos, galopaban de dos en dos por la calle Trece. Cuando las exclamaciones de los Maple remitieron, Rebecca comentó:
       —Lo hacen todas las noches a esta hora. Para ser policías, se los ve de lo más alegre.
       —Ah, ¡y está nevando! —exclamó Joan. Era ridículo lo suyo con la nieve; le gustaba muchísimo y en los últimos años había visto muy poca—. ¡En nuestra primera noche aquí! Nuestra primera noche de verdad.
       Olvidó sus modales y abrazó a Richard y Rebecca, en un momento en que otro invitado podría haber apartado la vista o esbozado una sonrisa demasiado ancha, demasiado alentadora, conservó sin modificarla su expresión dulce y distraída y estudió, a través del abrazo de la pareja, la escena exterior. La nieve no estaba conquistando la calle mojada; sólo los capós y los techos de los coches aparcados mostraban acumulación.
       —Creo que es mejor que me vaya —dijo Rebecca.
       —No, por favor —dijo Joan con un apremio que Richard no se había esperado; saltaba a la vista que estaba muy cansada. Probablemente la casa nueva, el cambio de tiempo, el buen jerez, las corrientes de afecto hacia y de su marido que el abrazo repentino había renovado y la presencia de Rebecca se habían convertido dentro de su cabeza en elementos inextricables de un instante mágico.
       —Sí. Creo que me voy a ir porque estás resfriada y pachucha.
       —¿No te quedas a fumarte otro cigarrillo? Dick, sirve más jerez.
       —Una chispita —dijo Rebecca sosteniendo su copa—. Creo que ya te he hablado, Joan, del chico con el que salí que se hacía pasar por maître.
       Joan rió expectante.
       —No, la verdad es que no lo has hecho.
       Pasó un brazo por el respaldo de la silla y metió la mano por entre los listones igual que un niño asegurándose de que le dejan irse a la cama más tarde.
       —¿Qué más hacía? ¿Imitaba a los maîtres?
       —Sí, y era de esos que, cuando te bajas de un taxi y sale vapor de una alcantarilla, se agacha. —Rebecca bajó la cabeza y levantó los brazos— y finge ser el demonio.
       Los Maple rieron, no tanto por las palabras en sí como por la manera en que Rebecca había evocado la situación al transmitir, con su sutil imitación, tanto el extravagante comportamiento de su acompañante como su propia naturaleza poco expresiva. Se la imaginaban junto a la portezuela del taxi mirando impertérrita a su acompañante agacharse más y más, cautivado por su propio chiste, retorciendo los dedos demoniacamente mientras notaba cuernos brotarle del cuero cabelludo, llamas lamerle los tobillos y los pies transformarse en pezuñas. El don de Rebecca, se dio cuenta Richard, no era que le pasaran cosas extrañas, sino que, mediante el contraste implícito con su cuerda serenidad, hacía que todas las cosas que le pasaban parecieran extrañas. También aquella noche podría resultar grotesca cuando la contara: «Seis policías pasaron a caballo y ella gritó: “¡Está nevando!”, y lo abrazó. Él no dejaba de hablar de lo enferma que estaba y de servirnos jerez».
       —¿Qué más hacía? —preguntó Joan con avidez.
       —En el primer sitio al que fuimos (era un club enorme, en la azotea de no sé qué edificio), cuando salíamos se sentó y se puso a tocar el piano hasta que una mujer con un arpa le pidió que parara.
       Richard preguntó:
       —¿La mujer estaba tocando el arpa?
       —Sí, estaba rasgueando. —Rebecca hizo movimientos circulares con las manos.
       —Pero, entonces, ¿él tocó lo que estaba tocando ella? ¿Le hizo el acompañamiento?
       La petulancia, se dio cuenta Richard sin entender la razón, había hecho su aparición en su tono de voz.
       —No, se sentó y se puso a tocar otra cosa. No supe qué era.
       —¿De verdad pasó eso? —preguntó Joan alentándola a seguir.
       —Y luego, en el siguiente sitio al que fuimos, tuvimos que esperar en la barra a que nos dieran una mesa y cuando quise darme cuenta estaba paseando entre las mesas preguntando a la gente si estaba todo bien.
       —¿No fue horrible? —dijo Joan.
       —Sí. Luego también tocó el piano allí. Fuimos un poco la atracción principal. Hacia la medianoche decidió que teníamos que ir a Brooklyn, a casa de su hermana. Yo estaba exhausta. Nos bajamos del metro dos paradas antes de tiempo y salimos debajo del puente de Manhattan. Estaba desierto, lo único que había eran limusinas negras. A kilómetros por encima de nosotros —levantó la vista como si mirara una nube o el sol— estaba el puente de Manhattan y no dejaba de decir que era el tren elevado. Al final encontramos unas escaleras y a dos policías que nos mandaron de vuelta al metro.
       —¿Cómo se gana la vida ese hombre tan asombroso? —preguntó Richard.
       —Da clases en un colegio. Es bastante inteligente.
       Rebecca se puso de pie y estiró un brazo largo y de palidez plateada para desperezarse. Richard cogió su abrigo y su bufanda y le dijo que la iba a acompañar a casa.
       —Son sólo tres cuartos de manzana —protestó Rebecca con una voz sin la más mínima entonación insistente.
       —Tienes que acompañarla, Dick —dijo Joan—. Compra una cajetilla de tabaco.
       La idea de que Richard caminara por la nieve parecía agradarla, como si presintiera que traería de vuelta, en la nieve en los hombros y el frío en la cara, todas las sensaciones del paseo que ella no estaba lo bastante bien para arriesgarse a dar.
       —Deberías dejar de fumar un día o dos —le dijo Richard.
       Joan les dijo adiós con la mano desde lo alto de las escaleras.


       La nieve, invisible excepto alrededor de las farolas, ejercía una presión vibrante en sus caras.
       —Ahora sí que está cayendo —dijo Richard.
       —Sí.
       En la esquina, donde la nieve daba a la luz verde un tono azul acuoso, la vacilación de ella cuando echó a andar a la luz del semáforo para cruzar la calle Trece lo llevó a preguntar:
       —Vives a este lado de la calle, ¿verdad?
       —Sí.
       —Eso me parecía recordar, de cuando te trajimos en coche desde Boston. —Los Maple vivían entonces en el lado oeste de la calle Ochenta—. Recuerdo la sensación de edificios grandes.
       —La iglesia y la escuela de carnicería —dijo Rebecca—. Todos los días a eso de las diez, cuando salgo hacia el trabajo, los chicos que estudian para carniceros salen al recreo ensangrentados y risueños.
       Richard levantó la vista hacia la iglesia; la aguja se silueteaba de manera fragmentaria contra las ventanas iluminadas aquí y allí de un alto edificio de apartamentos de la Séptima Avenida.
       —En esta ciudad es difícil para la aguja de una iglesia ser la cosa más alta.
       Rebecca no dijo nada, ni siquiera su «sí» acostumbrado. Richard se sintió reprendido por ponerse didáctico. Avergonzado, intentó desviar la atención de Rebecca hacia lo primero que encontró, un letrero mal redactado encima de una gran puerta.
       —«Escuela Secundaria Vocacional de Oficios Alimentarios» —leyó en voz alta—. Los vecinos del piso de arriba nos contaron que, antes que nosotros, en nuestro apartamento vivió un vendedor de carne al por mayor que se refería a sí mismo como proveedor de alimentos elegantes. En el apartamento tenía a una mujer.
       —Esos ventanales de ahí arriba —dijo Rebecca señalando el piso superior de una casa de piedra arenisca— dan al mío, al otro lado de la calle. Puedo mirar su interior y sentir que somos vecinos. Siempre hay alguien en casa; no sé cómo se ganan la vida.
       Al cabo de unos pasos más se detuvieron y Rebecca, en una voz que Richard imaginó ligeramente más aguda de la habitual, dijo:
       —¿Quieres subir a ver dónde vivo?
       —Claro.
       Negarse le pareció rebuscado.
       Bajaron cuatro peldaños de cemento, abrieron una puerta naranja descolorida, entraron en un vestíbulo situado en un semisótano demasiado caldeado y empezaron a subir tramos de escaleras de madera. La sospecha que había tenido Richard en la calle de estar rebasando el territorio público de la cortesía se transformó en una cierta sensación de culpa. Había pocas ocasiones de saborear lo ilícito como subir unas escaleras siguiendo el trasero de una mujer. Tres años antes, Joan había vivido en un cuarto sin ascensor, en Cambridge. Richard nunca la llevaba a casa, ni siquiera cuando todo entre ellos, hasta la última intimidad, era ya rutinario, sin temer que el casero, justificadamente furioso, se abalanzara desde su puerta y lo devorara al pasar.
       Mientras abría la puerta Rebecca dijo:
       —Hace un calor de la leche aquí dentro.
       Era la primera vez que Richard le oía una palabra malsonante. Rebecca encendió una luz tenue. La habitación era pequeña; planos inclinados, la cara interna del tejado del edificio, se entrecruzaban en el techo y las paredes y recortaban grandes volúmenes en forma de prisma en el habitáculo de Rebecca. Cuando caminó hacia ella, que aún no se había quitado el abrigo, Richard percibió, a su derecha, un área inesperada creada allí donde la pronunciada inclinación de la techumbre se prolongaba hasta el suelo. Había en ella una cama de matrimonio. Encajada contra la pared por tres de sus lados, más que de mueble, la cama tenía aspecto de plataforma permanente y cubierta de mantas. Richard se apresuró a apartar la vista de ella e, incapaz de mirar a continuación a Rebecca, se concentró en dos sillas de cocina, una lámpara metálica de pie en el borde de cuya pantalla alternaban peces gordezuelos y ruedas de timón y una librería de cuatro estantes, todos los cuales, al ser delgados y estar próximos a una pared inclinada, daban sensación de verticalidad amenazada.
       —Sí, ahí está la cocina encima de la nevera de que te hablé —dijo Rebecca—. ¿O no lo hice?
       El módulo superior sobresalía del inferior varios centímetros por todos los lados. Richard pasó los dedos por el costado blanco de la cocina.
       —Es una habitación bastante agradable —dijo.
       —Éstas son las vistas —dijo Rebecca.
       Richard se movió para situarse a su lado delante de las ventanas, apartó las cortinas y miró por los diminutos cristales llenos de imperfecciones hacia el apartamento al otro lado de la calle.
       —Sí que es grande la ventana de ese tipo —dijo Richard.
       Rebecca emitió un ruidito nasal de asentimiento.
       Aunque estaban encendidas todas las lámparas, el apartamento al otro lado de la calle estaba vacío.
       —Parece una tienda de muebles —dijo Richard. Rebecca seguía sin quitarse el abrigo—. Nieva cada vez más.
       —Sí. Es verdad.
       —Bueno. —Richard pronunció esta palabra en tono demasiado alto; terminó la frase con demasiada suavidad—, gracias por enseñarme tu casa. Tengo… ¿Has leído este libro? —Había reparado en un ejemplar de La tía Mame encima de un escabel.
       —No he tenido tiempo —dijo Rebecca.
       —Yo tampoco lo he leído. Sólo reseñas. Es lo único que leo.
       Con aquello consiguió llegar a la puerta. Una vez allí, cosa ridícula, se volvió. Sólo cuando llegó a la puerta, pensaría luego en retrospectiva, la conducta de ella se hizo inexcusable: no sólo se le acercó demasiado, sino que, también, al cambiar el peso del cuerpo a una sola pierna y ladear la cabeza, perdió unos centímetros de altura y lo colocó a él en una posición dominante que casaba muy bien con las sombras de generosa pasividad que sin duda ella era consciente de tener en la cara.
       —Bueno… —dijo Richard.
       —Bueno. —El eco de ella fue inmediato y posiblemente carente de significado.
       —Ojito con los c —carniceros.
       Por supuesto, el tartamudeo echó a perder el chiste, y la risa de ella, que había empezado en cuanto supo por la cara de él que iba a intentar decir algo gracioso, se terminó antes de que acabara de hablar.
       Cuando Richard empezó a bajar las escaleras, Rebecca apoyó las dos manos en la barandilla y miró hacia el rellano siguiente.
       —Buenas noches —dijo.
       —Buenas noches.
       Él miró hacia arriba; ella había entrado en el apartamento.
       Pero qué cerca habían estado.



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