John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


Desnudez (1974)
(“Nakedness”)
Originalmente publicado en The Atlantic Monthly (agosto 1974)
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      —Huy, mira —dijo Joan Maple con su voz de placer—. ¡Nos invaden!
       Richard Maple levantó la cabeza de la arena.
       Otra pareja, más joven, caminaba por la playa igual que dos criaturas, aleonadas, hirsutas, con movimientos que el invisible esfuerzo por disimular la inseguridad volvía majestuosos. Había que fijarse mucho para ver que estaban desnudos. Un verano de frecuentar el tramo nudista playa arriba, alrededor del saliente donde estaba la sección burguesa, de trajes de baño, en que se habían instalado los Maple con sus hijos y sus libros y sus toallas y tubos de crema, había prestado a los cuerpos de esta otra pareja el terso pelaje de un bronceado uniforme. Los atributos sexuales, tan presentes en nuestra mitología interior, los pechos y las zonas púbicas, se fundían hasta casi desaparecer en la media distancia, en el sol. Incluso el pene del joven parecía accesorio. Y la joven mujer parecía una versión reducida del macho: la misma zancada firme, magnética, la misma inquietante distribución de extremidades, abdomen, torso y cráneo.
       Richard contuvo un gruñido. El silencio acompañó a los dos nudistas, apartándose de su paso igual que ondas que subieran desde la arena compacta y hacia las personas en traje de baño, alejándose de la conmoción ajena y el destello egocéntrico del mar.
       ¡Vaya!
       La exclamación de una mujer desde debajo de una sombrilla revoloteó por la playa igual que el envoltorio de un bocadillo. Un hombre mayor, de piernas flacas unidas a un grueso torso por medio de un bañador aniñado de nailon y cuadros escoceses, se puso de pie militante, impotentemente, ahogándose en su agravio, haciendo un animado gesto a medio camino entre parar un taxi y agitar el puño. Richard reparó en que sus propios sentimientos eran histéricamente turbulentos: cierta admiración política que forcejeaba con una inmediata sensación de amenaza social; el placer de ver a la mujer quedaba sepultado bajo el odio hacia el hombre, del cual ella se declaraba aliada públicamente; al mirar al hombre era difícil no centrarse en aquella parte de él sobreañadida, carnosa, esa simiesca nota al pie al todopoderoso tórax; y la envidia que sintió de su juventud y audacia y belleza se perdió en una conciencia de su propio cuerpo que se apoderó de él tan vívidamente que, de manera involuntaria, buscó un lugar donde esconderse.
       Su mujer, exuberante y complacida y liberal, dijo:
       —Irán fumados.
       De forma abrupta, después de desfilar varios cientos de metros, la pareja desnuda se dio la vuelta y echó a correr. La chica sobre todo resultaba ridícula, con las nalgas proyectadas hacia fuera en el torpe esfuerzo de la retirada, la carne oscilando con fuerza mientras corría para que su pareja no la dejara atrás. El hombre ponía espacio entre los dos; el pelo se le levantaba en un lento penacho contra el azul eléctrico del mar.
       Las cabezas se giraban como en un partido de tenis; los espectadores vieron lo que había hecho correr a la pareja: un agente de policía que caminaba a la manera de los cangrejos desde el final de la pasarela de madera. El uniforme también lo convertía en representante de una especie. Pero cuando estuvo cerca, con los zapatos negros pisando arena en contenida persecución, se vio que también era joven, con un bigote dorado bajo las gafas de espejo de montura triste, brazos atléticos y morenos que salían de las mangas azules cortas. A saber, era posible que su uniforme ocultara también un bronceado ininterrumpido.
       —Dios mío —murmuró Richard—. Es uno de ellos.
       —Un madero de lo más tierno —declaró Joan con complacida agilidad.
       Que estuviera tan satisfecha con la frase que le había venido a la cabeza irritó a Richard, quien se había afanado por encontrar una paradoja, una tristeza sin palabras. Durante aquellas vacaciones los Maple estaban pasado mucho tiempo juntos. Un hijo trabajaba, una de sus hijas vivía con un hombre, el otro hijo estaba en un campamento de tenis y la niña pequeña, Bean, odiaba su apodo y, a los trece años, se sentía tan incómoda con sus padres que inventaba excusas a diario para evitar estar con ellos. Con la familia tan reducida, estaban demasiado expuestos el uno al otro; la hija los veía, se temía Richard, con mayor claridad que con la que se veían Joan y él. Ahora, aprovechando que no tenían que hacer de padres, sugirió, como podría haber sugerido en la universidad, durante el cortejo, marcharse de la biblioteca e ir al cine:
       —Vamos a seguirle.
       El policía era un punto azul menguante.
       —Vamos —estuvo de acuerdo Joan.
       Enseguida se puso de pie y llovió arena de ella. La alegre presteza con que aceptó era quizá forzada, pero el lustroso volumen de su cuerpo, su paso junto al de Richard, quien ajustó su marcha a la de ella sin pensar, y el peso caliente del sol en sus hombros mientras caminaban eran lo bastante reales. Sí, lo bastante reales, pensó Richard, por el momento.
       La sección con bañador mermó a sus espaldas. Al cruzar la frontera vieron cuerpos desnudos: pelirrojas pecosas con barrigas fofas y lechosas; morenas aceitunadas de pie como si buscaran acercar al sol sus rostros duros como nueces; hombres durmiendo, con los testículos como fruta caída que se pudre; una hilera de nalgas como festones en un tapete; un hombre barbado haciendo yoga apoyado sobre la cabeza, con la horca de las piernas que parecía implorar al cielo. Entre estas estampas propias de El Bosco, el policía se movía con cuidado, incómodo por el cinturón y la pistola, susurrando, casi rozando a los oyentes desnudos, quienes asintieron con la cabeza y empezaron, individualmente y en grupos, a vestirse. La pareja que había transgredido, y suscitado, por tanto, esta contrainvasión era indistinguible de los numerosos otros nudistas; todos estaban siendo castigados.
       Joan se acercó a un trío, dos chicos y una chica, que luchaban por enfundarse vaqueros gastados, amplias chaquetas de cuero y sin mangas, sandalias y sombreros blandos. Les preguntó:
       —¿Os están echando?
       Los chicos se enderezaron y la miraron —el conservador bikini, la agradable rotundidad, la sonrisa comprensiva— y no dijeron nada. El pene de uno de los chicos, se fijó Richard, colgaba a pocos centímetros de la mano de Joan. Ésta se dio la vuelta y regresó junto a su marido.
       —¿Qué te han dicho? —preguntó éste.
       —Nada. Sólo me han mirado. Como si fuera idiota.
       —Ha habido dos revoluciones en los últimos diez años —le dijo Richard—. En la primera, las mujeres aprendieron a decir «joder». En la segunda, los oprimidos aprendieron a despreciar a sus simpatizantes. —Añadió—: O quizá es que les ha molestado que los aborden mientras se están poniendo los pantalones. Para un hombre es un momento delicado.
       Los nudistas, paradójicamente, llevaban más ropa a la playa que la burguesía; se distinguían, mientras recorrían la playa hasta el saliente, por ir vestidos de la cabeza a los pies, en tela vaquera y fieltro, como si estuvieran recién salidos del núcleo urbano de la contracultura. Ahora, mientras el joven policía iba de uno a otro igual que un ángel afligido, se arqueaban e inclinaban en las poses serviles de volver a vestirse.
       —Dios mío —dijo Joan—. Es la Expulsión del paraíso terrenal de Masaccio.
       Y Richard se dio cuenta de que el corazón se le henchía en su estuche graso, complacida con la analogía, contenta de haberse demostrado a sí misma una vez más la importancia de una educación humanística para la sensibilidad moderna.


       Richard pasó toda aquella tarde, después de volver de la playa, empujando un testarudo cortacésped por la hierba tiesa de la casa alquilada. Pensó en la desnudez. Pensó en Adán y Eva («¿Quién te enseñó que estabas desnudo?») y en Noé desnudo delante de Naamá, y en Susana y los viejos. Pensó en él mismo de niño, tomando el sol en la terraza del piso de arriba con su madre, que había sido, a su manera provinciana, una vanguardista, una activista de la salud. Hacía tanto calor en la terraza que las avispas de chaqueta amarilla iban de visita. Las horas parecían eternas; la vergüenza de Richard penetraba y alargaba cada minuto. La piel de su madre era un paisaje pálido en el rabillo de su ojo; no la miraba, igual que no se molestaba en mirar las colinas que rodeaban su pequeña ciudad de Virginia Occidental, que suponía que nunca abandonaría.
       Recordó el comentario de Rodin de que una mujer desnudándose es como el sol colándose entre las nubes. La nubosidad creciente de la tarde proyectaba sombras en el césped, bruñendo la gruesa hierba. En una ocasión había amado a una mujer que dormía junto a un espejo. La primera vez que estuvo en la cama con ella, miró a su derecha y le sorprendió ver a los dos reflejados, desnudos. Sus piernas y las de ella parecían prodigiosamente largas, paralelas. Ella debió de sentir que su atención la abandonaba, porque volvió la cabeza; duplicada en el espejo, su cara apareció debajo del duplicado de la de él. El espejo estaba a escasa distancia de la cama. Lo que fascinó a Richard del reflejo no fue el cuerpo de la mujer, sino el suyo: la longitud, el pelo, los dedos de los pies paralelos tan maravillosamente distantes de la cabeza pequeña, sobresaltada, vergonzosa.
       Había habido, recordó, un ruido en el piso de abajo. Se habían mirado el uno al otro con los ojos muy abiertos, olvidándose del espejo. Él susurró:
       —¿Qué ha sido eso?
       El lechero, el cartero, el perro, la caldera.
       Ella sugirió:
       —¿El viento?
       —Ha sonado a una puerta que se abre.
       Mientras prestaban atención, el aliento de ella le abanicó la boca. Una pisada se delató en el piso de abajo. En el preciso momento en que él tiró para cubrirles la cabeza con las sábanas, ella las apartó con brusquedad. Se soltó de él, levantando la pierna como la figura en primer plano de las bañistas de Renoir. Richard quedó solo ante el espejo; éste se había convertido en un testimonio a gritos del hecho de que estaba donde no debía («La porquería es materia en el sitio equivocado», solía decir su madre) y de que no estaba en condiciones ni de pelear ni de huir. Tenía una protuberancia «apuntando hacia ti igual que un perchero», tal y como decía la frase que se le pasaba por la cabeza a Molly Bloom. Corrió a esconderse en la terraza, sujetando el manojo de ropa contra su dolorida proa.
       Ahora se acuclilló para cortar las testarudas matas de hierba junto al cobertizo para las barcas con las tijeras de podar, y recordó de manera imperfecta una cita de uno de los maestros japoneses del shunga, que decía que el falo en las ilustraciones se exageraba porque, de dibujarse a su tamaño real, resultaría insignificante.
       Su amante había regresado, todavía desnuda, diciendo: «Nada». Había bajado desnuda sus propias escaleras, una intrusa llegada del Edén, rodeado sillas y grabados y lámparas, eclipsándolos, temerosa de encontrarse a un ladrón, un lechero, un marido; y su desnudez, cuando volvió, había sido tan serena y generosa como la de la Venus de Tiziano, inundando a Richard desde dentro, como si se hubiera tragado un sol.
       Pensó en la Venus de Tiziano, escurriéndose el pelo con manos firmes. Pensó en la Olympia de Manet, en la Maja de Goya. En la desinhibición. Pensó en Edna Pontellier, la heroína de Kate Chopin, caminando, en el último año del más reprimido de todos los siglos, hasta el golfo y desprendiéndose de toda su ropa antes de nadar hacia la muerte. «¡Qué extraña y atroz la sensación de estar desnudo bajo el cielo! ¡Qué delicia!».
       Se recordó a sí mismo un mes atrás, llegando solo a aquella misma casa, esa casa a cuyo sótano oscuro y húmedo estaba ahora bajando, peldaño a peldaño, el terco cortacésped, que había cumplido ya con su deber. Se había ofrecido a ir solo y abrir la casa, para probarla; era la primera vez que la alquilaban. Joan había accedido enseguida; había una parte de ella aquellos días que también buscaba la soledad. La mitad de las tiendas de la isla no habían abierto aún para el verano. Richard había comprado comida para un día y vivido en habitaciones de castidad y silencio profundos. Una mañana había caminado kilómetros entre arbustos de arándanos y vides hasta un estanque. La franja de la orilla apenas llegaba a una zancada de ancho; sólo los excrementos y plumas de cisnes salvajes daban fe de otras presencias. Los cisnes, suspendidos en la bruma irradiada de sol de la superficie del estanque, le parecieron dioses, perfectos e infinitamente distantes. En las colinas de arena y matorrales que rodeaban el agua no había ni una sola casa, ni un solo coche. Una soledad tan pura bajo el cielo se presentaba como una oportunidad que habría sido un sacrilegio desperdiciar. Richard se quitó la ropa; toda; se sentó en una piedra áspera y caliente en la pose de El pensador de Rodin. Se puso de pie y, en la orilla del agua, se convirtió en un profeta, un bautista. Ansiaba hacer algo trascendental; algo obsceno; alargó los brazos y no pudo tocar el cielo. El sol cobró intensidad. Cuando la bruma de la superficie del estanque ardió, los cisnes se agitaron, movieron las alas en un alboroto distante, olímpico. Por un segundo, el sexo de Richard desapareció y se creyó el centro, divinamente conformado, de una Creación concéntrica; hasta sentía la piel hermosa… no, sentía la belleza ondear sobre ella, como si la Creación lo estuviera amando, lamiendo. Luego, al instante siguiente, al bajar la vista descubrió que su soledad no era tan sublime, porque había docenas de cuerpos cobrizos, garrapatas, trepando a través del pelo de sus piernas, tan felices en aquel calor gigantesco como lo estaba él en el calor del sol.
       El sol tenía ahora un uniforme color gris, plata erosionada como los guijarros de aquella isla. Cuando entró en la casa para premiarse con una copa, recordó, de un viejo manual de sociología, cómo alardeaba un granjero del Estados Unidos del siglo xix de haber engendrado siete hijos sin ver jamás el cuerpo desnudo de su mujer. Y de otro libro, era posible que de John Gunther, la afirmación, referida a algún puerto de África occidental, de que era la última ciudad de la costa en la que una mujer joven podía caminar desnuda por la calle principal sin llamar la atención. Y de una reseña vieja de Time, años atrás, revoluciones atrás, la fotografía de Brigitte Bardot que la mostraba, en varias tomas, de espaldas, desnuda de pies a cabeza; Time comentaba con ingenio que, si en la película había una mujer desnuda, lo mismo ocurría en casi todos los hogares estadounidenses alrededor de las once de la noche.


       Las once. Los Maple han salido a cenar; Bean duerme en casa de una amiga. El dormitorio que tienen en esta casa es blanco y alegre; son blancos incluso los escritorios y las sillas, y el techo es tan bajo que sus sombras parecen descansar sobre sus cabezas.
       Joan se queda a los pies de la cama y se quita los zapatos. Su cara, en escorzo cuando baja la vista, parece hacer un puchero mientras se suelta los automáticos de la falda y deja que la cremallera revele la uve blanca de la combinación. Deja que la falda caiga al suelo, la recoge con un pie, la guarda en un cajón. Luego se levanta el jersey, que la decapita y forma una nube con su pelo, un puño que se deshace cuando vuelve a vérsele la cara, distraída. Un movimiento de cabeza, un perfil. Luces de coche procedentes de la carretera acarician la casa y luego la olvidan. Una secuencia inesperada: Joan se baja las medias con un veloz contoneo antes de, con las dos manos y los brazos cruzados, subirse la combinación. El nailon arrebujado se le engancha por encima de la cintura; se detiene con pose de esclava de Miguel Ángel, de virgen de Munch, de portadora de vasija de Ingres, vista de frente, sin depilar. La combinación se suelta, la piel de serpiente se desliza, el proceso continúa. Con una mueca de esfuerzo, suelta los automáticos de la espalda y lanza el sujetador a la cesta de la ropa en el pasillo. Sus pechos medio morenos se bambolean. En dirección a la cama dice, con voz de desagrado:
       —¿No tienes nada mejor que hacer que mirarme?
       Richard ha estado tumbado en la cama, medio desvestido, único miembro del público del espectáculo de estriptis, conteniendo el aplauso. Responde con la verdad:
       —No.
       Se pone en pie de un salto y termina de desnudarse mientras su sombra gira cerca de su cabeza. Están cerca el uno del otro, tan cerca como en la playa, cuando Joan volvió de ser rechazada por los jóvenes, una chica y dos chicos, con el grueso pene del chico a centímetros de su mano. «Como si fuera idiota». Su marido no estuvo comprensivo. Han vuelto a la playa; Joan lo está recordando. De nuevo, Richard siente que se le está hinchando el corazón en su estuche de grasa. Joan le mira, con ojos azules como el mar de la mañana, y sonríe.
       —No —dice Joan en una negación firme y complacida.
       Richard se siente cautivado, invadido. Esta desnudez es nueva para ellos.



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