John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
La teoría del arenque rojo (1971)
(“The Red-Herring Theory”)
Originalmente publicado en The New York Times Sunday Magazine
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)
Había terminado la fiesta. Los amigos habían llegado, se habían mezclado, los habían mezclado, la velada los había exprimido y, a continuación, se habían evaporado como presencias espectrales. Los Maple quedaron en compañía el uno del otro y de una profusión de colillas y vasos medio vacíos. Los platos estaban apilados, sucios, en la cocina; los niños dormían, inocentes, en el piso de arriba. A pesar de ello, la pareja, con la histérica energía que sigue al deber cumplido, se negó a irse a la cama y en lugar de ello se sentó en un salón repentinamente vacío y enorme.
—Qué desastre de gente —dijo Joan sentada con la espalda recta en una silla de director de madera sin barnizar y lona verde—. Hay Fritos espachurrados en la alfombra. ¿Cómo se puede ser tan descuidado?
Richard vio que estaba en modo sentencioso; sus dictámenes, cuando adoptaba esa disposición, lo fascinaban.
—¿No es lo que hacemos nosotros —preguntó despatarrado en el sofá color blanco roto que tenía los cojines magullados por una sucesión de cuerpos— cuando vamos a casa de alguien?
Los asientos que habían elegido colocaban a Joan a mayor altura y exponían a la vista de Richard su admirable y limpia línea de la mandíbula.
—En absoluto —dijo Joan convencida—. Nosotros limpiamos lo que ensuciamos. Y siempre nos marchamos juntos.
—Eso sí que ha sido raro —estuvo de acuerdo Richard—. ¿Crees que Jim estaba enfermo o enfadado?
—Quizá estaba tan enfadado que se puso enfermo.
—¿Enfadado conmigo?
—Bueno —dijo Joan—. Lo cierto es que seguiste bailando con ella, incluso cuando Jim se puso el abrigo.
—Un hombre de barrio residencial —fue la lánguida respuesta de su marido, quien en la adolescencia había visto muchas películas del señor y la señora North— tiene derecho a bailar con su amante, eso sin duda.
La respuesta de Joan fue envidiablemente firme.
—Marlene no es tu amante. Es tu arenque rojo.
—¿Mi arenque rojo? —La expresión imprevista tiñó exóticamente la piel de Marlene; estaba de nuevo en sus brazos, pero más resbaladiza, era una sirena, un ser acuático escamoso y oloroso. Perfumado hasta las branquias.
—Pues claro —dijo Joan—. Un hombre de barrio residencial que se precie, como dices tú, tiene una mujer, una amante y un arenque rojo. El arenque rojo pudo haber sido su amante en otro tiempo, o puede que lo sea en el futuro, pero ahora mismo no se acuesta con ella. Se sabe porque en público se comportan como si lo hicieran.
Richard se reclinó en otro almohadón hundido y protestó:
—Eso es demasiado maquiavélico para ser verdad. Es decadente, cariño. Igual fue una equivocación traerte a vivir aquí. Deberíamos habernos quedado en la calle Treinta oeste. ¿Te acuerdas de cómo galopaba por la nieve la policía montada?
—Lo hicieron una vez. Hace quince años. Los colegios eran una pesadilla. No había donde aparcar el coche.
—¡Jesús! —Estuvo de acuerdo Richard—. ¿Te acuerdas de una vez que lo metí en un parking y unas obras en el tejado del edificio vecino derramaron alquitrán por todo el parabrisas? Todavía me pongo furioso.
Pero recordarlo le hacía feliz.
—Es lo que te decía —dijo Joan—. Estamos atrapados. —Se refería al barrio residencial—. ¿Quieres una última copa?
—Por Dios, no. ¿Cómo puedes beber más alcohol? ¿Crees que debería llamar a Jim y disculparme?
—No digas tonterías. Igual interrumpes algo.
—¿Tú crees?
¿Su ser acuático, desescamado, en brazos de otro? La idea le daba escalofríos.
—Es posible. Marlene no parecía nada contrita cuando Jim se fue. De hecho se convirtió en el alma de la fiesta.
Richard volvió al primer cojín y cambió de tema.
—Pobre Ruth —dijo—. No parecía estar divirtiéndose demasiado.
Joan se puso en pie, majestuosa con su vestido de fiesta azul celeste de talle alto largo hasta el suelo, y cogió la botella de brandi del piano; el largo cuello de vidrio se convirtió en un cetro en su mano. Cogió una copita sucia, tiró el residuo al fuego, escuchó el chisporroteo y se sirvió un generoso trago ambarino.
—Pobre Ruth —repitió con cuidado mientras volvía a sentarse en la silla del director.
—Claro que —se explayó Richard— ¿cómo va a divertirse con ese capullo de marido que tiene?
—Jerry no es tan capullo —dijo Joan—. Para empezar, es un bailarín estupendo. Un buen atleta. Hay muchas cosas que podrías aprender de él.
—Sin duda. —Richard decidió que había que cambiar otra vez de tema de conversación—. Si Marlene no es más que mi arenque rojo —preguntó—, ¿por qué bailó tanto rato conmigo?
—Quizá tú eres su arenque. Nosotras también tenemos arenques rojos, por si no lo sabías. Se llama liberación de la mujer.
—Entonces ¿con quién está Marlene en realidad?
—Con Jerry.
—Imposible.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque es un capullo. Lo único que sabe hacer es hablar de acciones, jugar al fútbol y bailar.
Cada vez que, aquel otoño, durante un partido de touch rugby, había recibido un pase lanzado por Jerry, a Richard lo había asaltado la culpa.
Joan sonrió después de dar un trago de brandi.
—Un capullo —dijo— puede ser un pez.
—¿También tú pescas?
El brandi producía elocuencia.
—¿Para qué otra cosa son estas fiestas desastrosas y aburridas? Si ya has pescado un pez, vas para verlo. O verla. Si no has pescado aún, vas con la esperanza de hacerlo. Si no practicas la pesca, como los Donnelson, vas llevado por la fascinación, para ver quién pesca qué. Y además las necesitamos. Igual que necesitan los peces aguas en las que nadar.
—¿Cómo que las necesitamos? ¿Por qué te incluyes? ¿Quién te ha pescado a ti? Estás haciendo que me apetezca horrores ese brandi.
Joan se levantó y le llevó la botella, porque así, supuso Richard, podría servirse otro chorrito por el camino, y porque sabía que con aquel vestido regio estaba más atractiva de pie que sentada. Sentada parecía embarazada.
—Primero —contestó Joan después de servirle a él y volverse a sentar, mientras que el talle del vestido se inflaba en una simulación nostálgica de la maternidad—, vamos a aclararnos, ¿de quién soy yo el arenque rojo?
—Fuiste el de Mack —se aventuró a decir Richard—, pero parece que eso ya se ha enfriado. Esta noche sólo hablaba de Eleanor; ¿crees que van a casarse otra vez?
—¿Después del dineral que se han gastado en abogados?
—De Jerry —propuso Richard—. Bailaste dos veces con él, sin parar de hablar. —Encolerizado, como si acabara de caer en la cuenta, se enderezó y la señaló con un dedo acusador—. No me digas que eres el arenque rojo de ese capullo.
—No lo soy —dijo Joan con tranquilidad—. Jerry y yo hablamos mucho rato, pero de ti y de Ruth.
—Ah. ¿Y a qué conclusión llegasteis?
—A que en realidad no estáis haciendo nada.
—Menos mal.
Su alivio se mezcló con irritación por el menosprecio complaciente de Joan.
—Si hubiera algo entre vosotros —continuó Joan—, al menos os dirigiríais la palabra una vez durante una fiesta, para disimular. Pero lo único que hacéis es miraros. La pregunta es: ¿vais camino de tener algo? Yo creo que sí, Jerry no. Confía mucho en ella.
—Ya lo imagino. Qué capullo.
Su tono, demasiado vehemente, pareció ofender a Joan en su majestuoso vestido azul.
—Hablemos ahora de mí —dijo—. Estoy cansada de hablar de ti.
—¿Qué pasa contigo? ¿Estás pescando?
—¿Esa impresión doy?
Richard pensó.
—Creo —dijo— que te gusta coquetear, pero no eres pescadora.
—¿Crees que me faltan agallas?
—Agallas tienes —dijo—, pero te falta… ¿el qué? El ardor. Cada vez que empiezas a sentir el ardor, te sirves otro chorro de brandi y lo adormeces. Como ahora. Ésta podría ser una conversación de lo más sensual; pero para cuando subamos a la habitación, estarás muerta. Oye, se me acaba de ocurrir por qué se marchó Jim. No fue mi baile con Marlene, a nadie le importa un rábano con quién baila su mujer. Fue que tú bailaras tanto rato con Jerry. Jim es tu pez y lo provocaste con tu arenque rojo.
—Haz el favor de no apropiarte mi teoría.
—Encaja perfectamente. Antes eras el pez de Mack y ahora eres su arenque rojo, mientras él se reconcilia con Eleanor. ¿O es Eleanor su arenque rojo y…? ¿Te fijaste en lo mucho que habló con Linda Donnelson?
A Joan se le heló la expresión durante un brevísimo instante; como cuando una ráfaga de viento aplana de pronto un mar picado.
—¿Linda? No digas tonterías. Estaban discutiendo sobre viviendas de protección.
¿Por qué se había puesto a la defensiva? ¿Había vuelto con Mack? Richard lo dudaba; su aventura se enfrió en cuanto Mack se divorció. Había sido la mención a los Donnelson.
—Y ya que estamos —se arriesgó a decir—, no pareces encontrar a Sam tan aburrido como antes.
—Claro que es aburrido. He hablado con él porque era la anfitriona y no había más voluntarios.
—La verdad es que tiene muy buen cuerpo —reconoció Richard como si Joan lo hubiera afirmado—. Una vez te olvidas de esa cabeza llena de serrín.
—¿Es todo serrín?
—No lo sé, dímelo tú, que eres la que la está tocando.
—No estoy tocando nada. Estoy sentada aquí mirándote y pensando que no me gustas demasiado.
—Aquella vez que fuimos a navegar con Sam —continuó Richard—, me llamó la atención lo musculosa que tiene la espalda cuando se quita la camiseta. ¿Por qué nos invitó a navegar? Sabe que tengo hidrofobia. En cambio, tú resultaste ser toda una lobita de mar, allí aleteando subida al foque. ¿Qué tal es en un barco? ¿Se parece a una cama de agua? Por Dios, cariño, hay que tener cara dura para sacar a relucir a los Donnelson y decirme que son inocente aqua pura. De manera que Sam es tu pez. Pescado o no. Pero sigo sin saber quién es tu arenque rojo, de tantos como tienes.
El silencio de Joan lo asustó; se convirtió otra vez en el niñito que suplicaba a su madre que le hablara, que lo rescatara de ahogarse en las corrientes tan profundas como la sangre de sus estados de ánimo, de sus secretos.
—Cuéntame más —le suplicó a Joan— de por qué no te gusto. Me suena a música celestial.
—Eres cruel —dictaminó Joan, con la copa de brandi descansando en su mano igual que un simbólico orbe— y avaricioso.
—Ahora dime por qué te gusto. Dime por qué no deberíamos divorciarnos.
—Detesto tu ego —dijo Joan— y nuestra vida sexual es lamentable, pero contigo nunca me he sentido sola. Jamás, ni por un instante, me he sentido sola si estabas tú en la misma habitación.
Las lágrimas le hicieron pestañear y cerrar la boca.
Richard también parpadeó, de cansancio.
—Bueno, pues vaya una defensa más tibia. No creo que así vendamos demasiado bien el producto en Peoria.
—¿Es lo que intentas hacer? ¿Vender el producto en Peoria?
—Bueno, desde luego aquí no se está vendiendo demasiado. Excepto a arenques rojos y a unos pobres peces.
Su ataque puso nerviosa a Joan, la apeó de su trono.
—No deberías enfadarte —dijo mientras se ponía de pie— cuando intento hablar contigo. No ocurre tan a menudo.
Empezó a recoger copas y a llevarlas en dirección a la cocina.
—Gracias a Dios. Porque eres terrible.
—¿Qué es lo que te ofende tanto? ¿El hecho de que esté un poquito viva?
—Viva para otras personas, pero no para mí.
—Has hablado igual que Ruth al decir eso. Incluso le has copiado la autocomiseración. Venga, ayúdame a recoger este desastre.
—Haces bien en llamarlo desastre —reconoció Richard.
Pero limpiar, ordenar todos aquellos receptáculos en las bandejas del lavavajillas y después pastorearlos de vuelta, impolutos, a sus espacios asignados en el armario, fue como añadir otra capa más de confusión. Richard se quedó en el sofá intentando ver luz entre la maraña. Joan sospechaba de Ruth; esa oportunidad había desaparecido. Aún le quedaba otra, una manera de derrotar al sistema. Tan sencilla que le hizo sonreír. Acostarse con su arenque rojo.
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