John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
Camas separadas en Roma (1964)
(“Twin Beds in Rome”)
Originalmente publicado en la revista The New Yoker (8 de febrero de 1964)
The Music School: Short Stories
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1966, 272 págs.);
The Early Stories: 1953–1975
(Nueva York: Knopf, 2003, 864 págs.)
Los Maple llevaban tanto tiempo hablando y pensando sobre la separación que parecía que nunca llegaría. Pues sus conversaciones, cada vez más ambivalentes y despiadadas a medida que se alternaban y contrarrestaban las acusaciones, las retractaciones, los ataques y las caricias, daban como resultado unirlos aún más en una intimidad dolorosa, irremediable, degradante. Y el sexo, igual que un niño perversamente sano cuyo crecimiento contradice todas sus deficiencias nutricionales, continuaba; cuando sus lenguas por fin callaban, sus cuerpos se desplomaban juntos como podrían mezclarse dos ejércitos mudos liberados de las absurdas hostilidades decretadas por dos reyes perturbados. Herido, mutilado, enterrado con reverencia innumerables veces, su matrimonio se negaba a morir. Ardiendo en deseos de dejarse el uno al otro, se marcharon de viaje, llevados por la costumbre conyugal, juntos. Fueron a Roma.
Aterrizaron de noche. El avión llegaba con retraso, el aeropuerto era imponente. Habían partido de forma apresurada, sin planear nada; y, sin embargo, como avisados de su llegada, ágiles italianos que hablaban un inglés perfecto se hicieron cargo de su equipaje, les reservaron por teléfono una habitación de hotel desde el aeropuerto y los subieron a un autobús. El autobús, cosa inesperada, se zambulló en un oscuro paisaje rural. A lo lejos, unas pocas ventanas parecían farolillos; abajo, un río enseñaba abruptamente su pecho desnudo; las siluetas de olivos y pinos discurrían deprisa como las ilustraciones imprecisas de un manual de latín.
—Me quedaría toda la vida en este autobús —dijo Joan en voz alta, y a Richard lo incomodó recordar, de los días en que se satisfacían mutuamente, cómo en una ocasión Joan le confesó sentirse excitada cuando el joven de la gasolinera, cada vez que le limpiaba el parabrisas con un movimiento vigoroso, circular, hacía balancearse ligeramente el coche, y a ella dentro de él. De todas las cosas que le había contado, aquélla se le había quedado grabada como la más reveladora, como el destello más profundo que Joan le había permitido atisbar de esa mujer secreta a la que jamás conseguiría (se había cansado de intentarlo) llegar.
Sin embargo, lo complacía verla feliz. Ésa era su debilidad. Quería que fuera feliz y la certidumbre de que, lejos de ella, no podría saber si lo era o no constituía la última e inesperada puerta que le cerraba el paso cuando todas las demás se habían abierto. De manera que secaba de los ojos de ella las lágrimas que él mismo había provocado, retiraba toda manifestación de desaliento en el preciso instante en que ella parecía dispuesta a rendirse y la tortura se prolongaba.
—Nada dura para siempre —dijo ahora.
—Eres incapaz de relajarte, aunque sea un minuto, ¿verdad?
—Perdona. Relájate tú.
Joan estuvo un rato mirando por la ventana, luego se giró y le dijo:
—No tengo la sensación de estar yendo a Roma.
—¿Adónde vamos?
Su curiosidad era sincera, igual que su confianza en que Joan pudiera decírselo.
—¿De vuelta a como éramos antes?
—No. No quiero volver a eso. Tengo la sensación de que hemos llegado muy lejos y sólo nos queda un pequeño trecho por recorrer.
Joan estuvo largo tiempo mirando el paisaje mudo antes de que Richard se diera cuenta de que lloraba. Resistió el impulso de consolarla, lo silenció interiormente por ser algo cobarde y cruel, pero su mano, como sustraída a la contención por una fuerza tan poderosa como la lujuria, subió sigilosa por el brazo de Joan. Ésta descansó la cabeza en su hombro. La mujer con chal sentada al otro lado del pasillo los tomó por enamorados y apartó la vista cortésmente.
El autobús abandonó la oscuridad de la campiña. Fábricas e hileras de fachadas residenciales estrechaban la carretera. Un repentino monumento, una gigantesca pirámide blanca herida de luz y con inscripciones latinas se erguía a un lado. Pronto tuvieron las caras juntas, pegadas a la ventana para seguir con la vista al Coliseo nada menos, que, con su forma de tarta nupcial rota, giraba despacio y salía flotando en silencio de su campo de visión. En la terminal, otra alegre cadena de manos y voces los reunió con su equipaje, los instaló en un taxi y los llevó al hotel. Cuando Richard depositó seis monedas de cien liras en la mano del taxista, le parecieron las monedas más suaves, redondas y cuidadosamente sopesadas que había entregado nunca. Para la recepción del hotel había que subir un piso. El mozo era joven y bromista. Pronunció su apellido varias veces y se preguntó por qué no había ido a Nápoles. Los pasillos del hotel, que en el aeropuerto les habían descrito como de segunda clase, eran, no obstante, de mármol rosa. El suelo de mármol continuaba en la habitación. Eso y la amplitud del cuarto de baño y el púrpura imperial de las cortinas impidieron a Richard reparar en una imperfección grave hasta que el mozo, haciendo entrechocar los talones de satisfacción por la tal vez mal calculada propina que había recibido, se alejaba por el pasillo.
—Camas separadas —dijo. Siempre habían dormido en cama de matrimonio.
Joan preguntó:
—¿Quieres que llamemos a recepción?
—¿Te importa mucho?
—No creo que importe. ¿Puedes dormir solo?
—Supongo. Pero… —Era delicado. Tenía la sensación de que los habían insultado. Hasta que por fin se separaran, que algo, aunque fuera una porción de espacio, se interpusiera entre los dos le parecía una impertinencia. Si aquel viaje iba a ser el remate o la cura (y era la décima vez que recurrían a ese lema), entonces el intento de cura debía tener cierta pureza técnica, aunque (o, más bien, precisamente por ello) en su corazón él ya lo hubiera sentenciado al fracaso. Y luego estaba la cuestión material de si podría dormir sin tener cerca el calor de un cuerpo que diera forma a su sueño.
—Pero ¿qué? —lo animó Joan.
—Me resulta un poco triste.
—Richard, no estés triste. Ya lo has estado bastante. Se supone que tienes que relajarte. Esto no es una luna de miel ni nada por el estilo, sólo un pequeño descanso que estamos intentando regalarnos el uno al otro. Puedes venir a visitarme a mi cama si no consigues dormir.
—Eres una mujer encantadora —dijo Richard—. No entiendo cómo puedo ser tan desgraciado contigo.
Había dicho aquello, o algo parecido, tantas veces antes de aquella que Joan, asqueada por dosis simultáneas de miel y bilis, hizo caso omiso y deshizo el equipaje con extrema serenidad. A sugerencia de ella, salieron a dar un paseo, aunque eran las diez de la noche. Su hotel estaba en una calle comercial en la que a aquella hora se alineaban persianas metálicas bajadas. Al fondo jugueteaba una fuente iluminada. Los pies de Richard, que nunca le habían dado problemas, empezaron a dolerle. En el aire suave y húmedo del invierno romano, sus zapatos parecían haber desarrollado convexidades internas que le atenazaban la carne a cada paso que daba. No lograba entender por qué ocurría aquello, a no ser que fuera alérgico al mármol. Encontraron un bar americano y, por el bien de los pies de Richard, entraron y pidieron café. En un rincón apartado, una voz de americano borracho hablaba en tono monótono entre los surcos de un circuito de lamentos ininteligibles, pero inconfundiblemente femeninos; de hecho, la voz no parecía tanto de hombre como de una mujer que suena más grave al reproducirse en un gramófono a una velocidad menor de la que le corresponde. Con la esperanza de aplacar el crecientemente vertiginoso vacío de su interior, Richard pidió una «hamburguesa» que resultó tener más salsa de tomate que carne. Ya en la calle, compró un cucurucho de castañas asadas a un vendedor ambulante. El hombre, que tenía los pulgares y las yemas de los dedos chamuscados, agitó la mano hasta que le fueron depositadas en ella trescientas liras. En cierto modo Richard agradeció que lo estafaran; le otorgaba un lugar en la economía romana. Los Maple volvieron al hotel y, acostados cada uno en su cama individual, se sumieron en un sueño profundo.
Es decir, Richard supuso, en el cavernoso departamento contable de su subconsciente, que también Joan estaba durmiendo bien. Pero cuando se despertaron por la mañana ésta le dijo:
—Anoche estuviste rarísimo. No me podía dormir y, cada vez que intentaba tocarte para hacerte creer que estábamos en una cama de matrimonio, me decías: «Vete», y me apartabas.
Richard rió encantado.
—¿De verdad? ¿Estando dormido?
—Imagino que sí. Una vez gritaste… «¡Déjame en paz!» tan alto que pensé que estabas despierto, pero cuando intenté hablar contigo te pusiste a roncar.
—¡Qué cosa más rara! Espero no haber herido tus sentimientos.
—Qué va. No tenerte contradiciéndote a ti mismo ha sido un cambio agradable.
Richard se lavó los dientes y se comió las pocas castañas frías que habían sobrado de la noche anterior. Los Maple desayunaron panecillos duros y café amargo en el hotel y salieron de nuevo a pasear por Roma. Los zapatos de Richard reanudaron su inexplicable tortura. Con su atención extraña, casi burlona, a sus necesidades invisibles, la ciudad les puso una zapatería en su camino; entraron y Richard compró, a un joven vendedor grácilmente reptiloide, un par de mocasines de piel de cocodrilo. Con su diseño elegante le quedaban estrechos, pero estaban muertos: no le apretaban con la vehemencia vital, indignada de los otros. A continuación, los Maple, ella con la guía Hachette y él con los zapatos americanos en una caja, bajaron por la Via Nazionale hasta el monumento a Vittorio Emanuele, un titánico tramo de escaleras que no llevan a ninguna parte.
—¿Qué tuvo de grande este hombre? —preguntó Richard—. ¿Unificó Italia? ¿O ése fue Cavour?
—¿Es ese reyezuelo tan raro que sale en Adiós a las armas?
—No lo sé. Pero nadie puede ser tan grande.
—Ahora entiendo por qué los italianos no tienen complejo de inferioridad. Todo es enorme.
Se quedaron mirando el Palazzo Venezia hasta imaginar a Mussolini frunciendo el ceño desde una ventana, subieron los numerosos escalones a la Piazza dei Campidoglio y llegaron hasta la estatua ecuestre de Marco Aurelio sobre el pedestal de Miguel Ángel. Joan comentó cuánto recordaba a Marino Marini, y era cierto. Qué inteligente era. Quizá era eso lo que lo impulsaba a dejarla, como un gesto exquisito en su concepción, pero difícil de ejecutar. Dieron una vuelta a la plaza. Todos los pórticos y puertas a su alrededor parecían cerrados para siempre, igual que las puertas en un dibujo. Entraron, porque estaba abierta, por la puerta lateral de Santa Maria in Aracoeli. Se encontraron caminando sobre durmientes, sepulcros a tamaño natural, casi indistinguibles por las pisadas. La erosión había convertido los dedos de las manos doblados sobre los pechos de piedra en sombras en forma de dedo. Un rostro, protegido del desgaste por una columna, parecía un alma viva tratando de elevarse del casi borrado cuerpo.
Sólo los Maple examinaron aquellos relieves, tallados en un suelo que en otro tiempo debió de ser un lago reluciente de mosaicos; los otros turistas se apiñaban alrededor de una capilla que conservaba, detrás de un cristal, con calzas y vestiduras, los restos verduzcos de tamaño infantil de un papa. Joan y Richard salieron por la misma puerta lateral, bajaron las escaleras y pagaron la entrada a las ruinas del foro romano. El Renacimiento lo había usado de cantera; por todas partes había columnas rotas, plenas de perspectiva, como un De Chirico. A Joan la cautivó la manera en que los pájaros y la maleza vivían en las grietas de aquella maravilla urbana hecha añicos. Empezó a caer una delicada lluvia. Al final de uno de los senderos escudriñaron por puertas de cristal y un hombre menudo uniformado con una escoba cojeó hasta ellos y los dejó entrar, como si se tratara de un bar clandestino, en la iglesia abandonada de Santa Maria Antiqua. El pálido aire abovedado parecía libre de culto; los frescos del siglo xvii daban la impresión de haber sido ejecutados reciente, nerviosamente. Al salir, Richard leyó la pregunta en la sonrisa del hombre de la escoba y le puso una discreta moneda en la mano. La lluvia fina seguía cayendo. Joan se cogió del brazo de Richard como buscando refugio. A éste empezó a dolerle el estómago, al principio una molestia ligera, irritante, que apenas bastaba para distraerlo del dolor de pies. Caminaron por la Via Sacra, cruzando templos paganos sin techo alfombrados de hierba. El dolor de estómago se intensificó. Guardas uniformados, ancianos dispuestos aquí y allá bajo la lluvia como gaviotas hambrientas les hacían señas para que visitaran más ruinas, más iglesias, pero el dolor ya cegaba a Richard a todo lo que no fuera lo extremo de su distancia de algo capaz de sustentarlo. Rechazó entrar en la basílica de Constantino y en su lugar preguntó por la uscita, pronunciando mal la palabra. No se sentía capaz de volver sobre sus pasos. El guardia, al ver escapar una fuente de propinas, señaló de mal grado una puertecita en una alambrada cercana. Los Maple descorrieron el pestillo, cruzaron y se encontraron en un montículo pavimentado que daba al Coliseo. Richard caminó un poco y se recostó contra una pared baja.
—¿Tan mal estás? —preguntó Joan.
—Extrañamente mal —dijo él—. Lo siento. Qué cosa tan rara.
—¿Tienes ganas de vomitar?
—No. No es eso. —Las frases le salían a trompicones—. Es como… una especie de gripe.
—¿De cabeza o de pecho?
—Del medio.
—¿Cómo la habrás cogido? ¿Habrán sido las castañas?
—No. Es… yo creo, por estar aquí, tan lejos de todo, contigo y sin saber… por qué.
—¿Quieres que volvamos al hotel?
—Sí. Creo que me vendría bien echarme.
—¿Cogemos un taxi?
—Me van a estafar.
—Eso da lo mismo.
—No me sé… nuestra dirección.
—La sabemos más o menos. Está cerca de esa fuente tan grande. Buscaré cómo se dice fuente en italiano.
—Roma está… llena de… fuentes.
—Richard, ¿no estarás haciendo esto por mí?
No pudo evitar reírse, qué inteligente era.
—No de manera consciente. Tiene algo que ver… con tener que estar dando propinas todo el tiempo. Me duele de verdad. Es increíble.
—¿Puedes andar?
—Claro. Cógeme del brazo.
—¿Te llevo la caja de zapatos?
—No. No te preocupes, cariño. No es más que un dolor nervioso. Solía tenerlos… cuando era pequeño. Pero entonces… era más valiente.
Bajaron unos escalones hasta una calzada de mucho tráfico circulando a gran velocidad. Los taxis que intentaron parar llevaban cabezas en el asiento trasero y no se detuvieron. Cruzaron la Via dei Fori Imperiali y trataron de emprender el regreso, resistiendo el tirón lateral de las calles perpendiculares, hacia el territorio conocido que contenía la fuente, el bar americano, la zapatería y el hotel. Atravesaron un mercado de comida de vivos colores. Guirnaldas de salchichas colgaban de toldos de rayas. En las aceras había lechugas amontonadas. Richard caminaba rígido, como si el dolor que acarreara fuera valioso y frágil; llevar un brazo cruzado sobre el abdomen parecía mitigarlo un poco. La lluvia y Joan, al haber sido en cierta manera las presiones que lo habían causado, se convertían ahora en las presiones que le permitían soportarlo. Joan le hacía seguir caminando. La lluvia lo enmascaraba, hacía su silueta menos nítida a los transeúntes y por tanto a sí mismo, aplacando así el dolor. Subieron una larga pendiente de aceras estrechas junto a la Banca d’Italia. Dejó de llover. El dolor, después de expandirse a todos los rincones de la zona situada bajo las costillas, se había armado de un cuchillo y había empezado a rajar las paredes con la esperanza de escapar. Llegaron a la Via Nazionale, a unas manzanas del hotel. Las tiendas tenían las persianas subidas, la lejana fuente estaba seca. Se sintió como si estuviera inclinado hacia atrás y su cerebro fuera una ramita, una ramita que se había desviado del tronco y elegido ser una rama en lugar de esa otra, y vuelto a elegir una y otra vez, haciéndose más delgada con cada elección hasta que, por fin, no le quedó otro remedio que desvanecerse. Ya en la habitación del hotel, se tumbó en su cama individual, se tapó con el abrigo, se hizo un ovillo y se quedó dormido.
Cuando se despertó una hora después, todo era diferente. El dolor había desaparecido. Joan estaba echada en su cama leyendo la guía Hachette. La vio, al darse la vuelta, como cuando la conoció, en esa luz propia de biblioteca en la que la había visto la primera vez; pero comprendió, con serenidad, que desde entonces se había convertido en su compañera de habitación.
—Ya se me ha pasado —dijo.
—No me lo digas. Estaba a punto de llamar a un médico y de llevarte al hospital.
—No necesitaba ir al hospital. En absoluto. Ha sido nervioso.
—Estabas blanco como la cera.
—Han sido demasiadas cosas concentradas en un mismo punto. El foro ha debido de deprimirme. El pasado aquí es… tanto. Tan complicado. Además, me irritaba que me hicieran daño los zapatos.
—Pero, cariño, estamos en Roma. Se supone que tienes que estar feliz.
—Y ahora lo estoy. Venga, debes de estar muerta de hambre. Vamos a comer algo.
—¿De verdad? ¿Te sientes con fuerzas?
—Pues claro. Ya se me ha pasado.
Y, aparte del confortable dolorcillo reminiscente que le produjo el primer bocado de salami milanés curado, así era. Los Maple se lanzaron de nuevo a ver Roma y, en esa ciudad de escaleras, vistas panorámicas que se van desplegando, de superficies sepia y rosa ocre con múltiples ventanas, de edificios tan inmensos que uno tiene la sensación de estar al aire libre dentro de ellos, la pareja se separó. No físicamente, rara vez se perdieron de vista el uno al otro. Pero por fin se separaron. Ambos lo supieron. Fueron el uno con el otro como habían sido en los tiempos de cortejo: corteses, alegres y reservados. Su matrimonio se rompió igual que una tupida enredadera cuyo tallo medio oculto ha cortado al amanecer un viejo jardinero. Caminaron del brazo entre aparentemente sólidos bloques de edificios que se escindían, cuando se observaban de cerca, en porciones distintas de estilo y de época. En un momento determinado, Joan se volvió y le dijo:
—Cariño, ya sé cuál era nuestro problema. Yo soy clásica y tú, barroco.
Compraron, vieron, durmieron y comieron. Sentado frente a ella en el último de los restaurantes que, igual que oasis de lino y vino, habían sustentado aquellos días elegíacos y apacibles, Richard vio que Joan era feliz. Su rostro, liberado de la tensión de la esperanza, se había tersado; sus gestos habían adquirido la coqueta ironía de la juventud; se había vuelto intensamente atenta a todo lo referido a sí misma; y su voz, cuando se inclinó para susurrar un comentario acerca de una mujer y un hombre atractivo que estaban sentados a otra mesa, fue veloz, como si el aire mismo de su respiración se hubiera vuelto ligero y libre. Era feliz y él, celoso de su felicidad, se sintió de nuevo reacio a dejarla.
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