John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)


Sublimaciones (1971)
(“Sublimating”)
Originalmente publicado en Harper's Magazine (septiembre 1971)
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)




      Los Maple acordaron que, puesto que el sexo era el único motivo de discordia en su matrimonio, debían renunciar a él; al sexo, no al matrimonio, que duraba ya dieciocho años y se remontaba a un horizonte en que incluso los dolores de parto respectivos parecían fundirse en un único espasmo. Transcurrió una semana. El sábado, Richard volvió a casa con un repollo crudo de gran tamaño dentro de una bolsita de papel. Joan preguntó:
       —¿Qué es?
       —No es más que un repollo.
       —¿Qué se supone que tengo que hacer con él?
       Su irritación complació a Richard.
       —No tienes que hacer nada. Vi a Mack Dennis meterse en el supermercado y entré para hablar con él de la nueva comisión ambiental, de si no iban a hacerle la competencia al comité de conservación, y luego tenía que comprar algo para poder salir por las cajas, así que cogí este repollo. Fue un impulso. Supongo que sabes lo que es un impulso —dijo con tono de reproche—. Cuando era pequeño —continuó— siempre teníamos un repollo en casa; podías cortar un trozo y mordisquearlo en lugar de un caramelo. Lo mejor eran los corazones. Te quemaban en la boca.
       —Vale, ¡vale! —Joan le dio la espalda y siguió lavando platos—. Pues no sé dónde lo vas a meter; desde que Judith se hizo vegetariana, la nevera está tan llena de hortalizas que me dan ganas de gritar.
       Que le diera la espalda lo excitó; por lo general así era. Se acercó y sostuvo el repollo entre la cara de Joan y la pila.
       —Míralo, cariño. ¿No es precioso? Es tan perfecto.
       Sólo bromeaba a medias; en el supermercado se había sorprendido a sí mismo cautivado por el esplendor de los repollos dispuestos en pirámide, una belleza muda y brillante que había esperado siglos a que él la redescubriera. Desde la adolescencia nada le había abierto tanto y tan inocentemente los sentidos: la esfericidad pura, el tímido olor a sótano, la gravidez de bolas de cañón. Eligió, no el repollo de mayor tamaño, sino el más redondo, el más perfecto y lo llevó, desnudo, en la mano, hasta la caja, donde la cajera, con un pestañeo de sorpresa, lo vistió con una bolsa de papel y le cobró treinta y tres centavos. Mientras recorría en coche los dos kilómetros hasta casa, la esfera secreta junto a él, en el asiento, le parecía un agujero que hubiera taladrado para regresar a la realidad. Y ahora, al cortar una rebanada de una de sus mejillas pálidas, lo maravillaron, igual que años atrás, el milagro de la herida y la compresión de las hojas, cada una de ellas curvada con la tensión de una cuerda de guitarra. El sabor era más soso que su recuerdo infantil del mismo, pero la textura en la boca resultaba deliciosa.
       Bean, su hija pequeña, de diez años, entró en la cocina.
       —¿Qué come papá? —preguntó buscando galletas en la bolsa vacía. Sabía que papá era un ladrón de meriendas.
       —Papá se ha comprado un repollo —le dijo Joan.
       La niña miró a su padre con ojos que habían sido adiestrados para la diversión. Mamá y los animales, en especial los caballos, despedían una calidez seria, y todo lo demás tenía la frescura de la comedia.
       —Qué tontería —dijo.
       —De tontería nada —dijo Richard—. Prueba un trocito. —Le ofreció el repollo como si fuera una manzana. Imaginó, dentro de la redonda cabeza de su hija, hojas y hojas de psicología femenina tan perfectamente superpuestas que las arrugas coincidían.
       Bean hizo una mueca de asco y rió con aspereza.
       —Está asqueroso —dijo. Envalentonada, con los ojos más brillantes, coqueta—: Eres asqueroso. —Experimentando.
       Dolido, Richard le dijo:
       —Tú a mí tampoco me gustas. Sólo me gusta mi repollo.
       Y le dio dos besos al frío vegetal, pálido y compacto, en la mejilla. Bean balbució asombrada.
       Todavía de espaldas, Joan habló desde el fregadero.
       —Ya que tenías que comprar algo, ojalá te hubieras acordado del Calgonite. Llevo no sé cuántos días fregando platos.
       —Haberte acordado tú —dijo Richard con despreocupación—. ¿Dónde está el papel film para mi repollo?
       Pero a medida que avanzaba la semana el repollo se fue marchitando; cada día, la crujiente espiral de una de las hojas aparecía marrón y reblandecida. Obstinadamente leal, Richard fue cortando y mordisqueando hasta llegar al corazón, que le quemó tanto la lengua que sus papilas gustativas, a pesar del desgaste de la edad adulta, no quedaron decepcionadas; recordó cómo había sido: la mesa cubierta con un hule en la que su madre acostumbraba a cortar el repollo en tiras para hacer chucrut y le daba los corazones crudos que sobraban de tentempié. ¡Cómo le quemaban la tierna lengua! Un dolor delicioso que le llenaba los ojos de lágrimas.
       No compró otro repollo cuando se terminó el primero; de manera análoga, no volvió a tener una amante después de que Joan se enterara y se burlara de ella. Dicho en otras palabras: los ojos de ambos se habían casado y fundido en tres, y en el ojo central, común, la franqueza tajante de su mujer que ve a otra mujer en ella terminaría siempre por desterrar las brumas románticas de él.


       Por el contrario, él nunca descubrió quiénes eran los amantes de Joan mientras los tuvo. Transcurridos meses, años incluso, ésta le presentaría una aventura terminada, empaquetada tan primorosamente como un repollo, después de que el hombre hubiera vuelto a casarse o se hubiera mudado a Seattle y las heridas de ella, lamidas en secreto, hubieran sanado tiempo atrás. De manera que Richard supo, cuando volvió a casa una noche y detectó un fulgor rosáceo en la cara de Joan, que sólo iba a descubrir una nueva máscara de inocencia. A pesar de ello, preguntó:
       —¿Se puede saber qué has hecho hoy?
       —Lo de todos los días. Después del colegio llevé a Judith a su clase de ballet, a Bean al centro de hípica, a Dickie al campo de prácticas.
       —¿Y qué ha hecho John?
       —Quedarse en casa conmigo y decir que se aburría. Le dije que construyera algo, así que está construyendo una guillotina en el sótano; dice que en sexto curso este trimestre toca la revolución.
       —¿Qué va a usar de cuchilla?
       —Ha aplanado una pala vieja que dice que puede afilar lo bastante.
       Richard oía al niño dar martillazos y silbar debajo bajo sus pies.
       —Dios mío, espero que no se rebane un dedo.
       Sus pensamientos volaron del dedo a sí mismo y a los dientes uniformes y blancos de su mujer y de ahí al hecho de que habían pasado dos semanas desde que renunciaron al sexo.
       Joan desplegó su secreto como si tal cosa.
       —Ha pasado una cosa divertida.
       —Has vuelto a clases de yoga.
       —No digas tonterías; nunca signifiqué nada para él. No. Han abierto un lavadero automático de coches en el centro, detrás del sitio de las pizzas. Metes tres monedas de veinticinco centavos, te quedas dentro del coche y entonces ocurre. Es la monda.
       —¿Qué es lo que ocurre?
       —Pues ya sabes. Jabón, burbujas, cepillos gigantes que se acercan girando. La verdad es que hace un buen trabajo. Luego hay una manguerita que puedes usar a cambio de diez centavos para aspirar por dentro.
       —Me parece de lo más siniestro. La gente que se pasa el día lavando el coche es la misma que se opone al aborto. Además, es contraproducente. La suciedad protege la pintura.
       —Hacía falta. Ahora vivimos en el barro.
       El otoño anterior se habían mudado a una antigua granja rodeada de vegetación que habían dejado crecer silvestre. Al llegar la primavera, habían atacado la maraña de naturaleza que los rodeaba con estilos amenazadoramente distintos. Joan rastrilló ramitas secas debajo de arbustos y podó tímidamente, como si estuviera cortando el pelo a sus hijos. Richard despreció tales ternezas y atacó el problema de raíz, o casi en la raíz. Arrancó enredaderas del tejado del granero, haciendo saltar y volar tejas; cortó agracejos hasta reducirlos a una pelusa amarilla; empezó a recortar unos tejos altivos junto a la puerta y no pudo parar hasta que cada rama se convirtió en un muñón. Los tejos, una variedad japonesa rara, tenían una madera suave y rosada exasperantemente parecida a la carne humana. Durante días después, de los muñones manó sangre ámbar.
       La familia entera se escandalizó, en especial los dos chicos, que habían improvisado un fuerte en la cavidad bajo los tejos. Richard se defendió:
       —Eran ellos o yo. No podía entrar por la puerta de mi casa.
       —No volverán a crecer, papá —le dijo Dickie—. No has dejado nada de verde. No puede haber fotosíntesis.
       Los ojos castaños del niño estaban color verde; no dejaba de retirarse el flequillo, con ese gesto nervioso, tan femenino, de su melenuda generación.
       —Mejor —declaró Richard. Cogió sus tijeras de podar, que tenían una bisagra extra para mayor potencia, y preguntó—: ¿Qué tal si te corto el pelo?
       Los ojos de Dickie se redondearon de terror y retrocedió hacia su hermano quien, aunque de menor edad, tenía el pelo aún más largo. Parecían dos niñas fornidas bloqueando la puerta principal.
       —¿O por qué no bajáis los dos al sótano y metéis la cabeza en la guillotina? —sugirió Richard. En unos pocos poderosos movimientos, mutiló un jazmín de Virginia en flor. Tuvo una visión de ángulos rectos, listones de madera limpios, ventanas cristalinas, espacios uniformes y transparentes de los cuales lo orgánico (lo orgánico impúdico, inoportuno, incesantemente invasor) había sido por fin desterrado.
       —Papá está disgustado por otra cosa, no por vuestro pelo —explicó Joan a Dickie y a John durante la cena. A medida que transcurrían días desde el pacto, la familia cerraba filas alrededor de ella; incluso los gatos, se dio cuenta Richard, vacilaban a la hora de aceptar trozos de comida de su mano.
       —¿Por qué entonces? —preguntó Judith, levantando la vista de su tortilla. Tenía dieciséis años y era el único aliado de Richard.
       Joan contestó:
       —Por cosas de personas mayores.
       Su hija mayor la estudió un instante con atención y Richard contuvo la respiración pensando que quizá la viera. De mujer a mujer. La verdad. El paisaje traslúcido de espacio arrasado que, en Joan, era como un túnel de cristal.
       Pero la muchacha era demasiado joven y, presintiendo un enemigo, atacó el objetivo conocido y de fiar: Dickie.
       —Oye, tú —dijo—. Nunca te veo ayudando a papá, lo único que haces es obligar a mamá a llevarte a campos de golf y a estaciones de esquí.
       —¿Ah, sí? ¿Y tú qué? —respondió el niño débilmente, derrotado antes de empezar—. Obligas a mamá a cocinar dos comidas todo el rato porque eres demasiado pura para mancillar tus labios con materia animal.
       —Por lo menos cuando estoy aquí intento ayudar; no me paso el día sentada leyendo libros sobre el tonto de Billy Caster.
       —Casper —dijeron Richard y Dickie al unísono.
       Judith se puso de pie, dejando ver su cuerpo alto y con curvas; sus Levi’s de campana cayeron dos centímetros desde la cadera y descubrieron una franja combinada de bragas de raso y vientre nacarado.
       —Me parece atroz que personas como nosotras tengan demasiado arbustos cuando la gente del gueto no tiene ni una mala hierba que mirar y tienen que subir a las azoteas para respirar aire puro. ¡Es verdad, Dickie, no pongas esa cara!
       Dickie tenía una mueca de dolor; el cuerpo de su hermana le hacía daño.
       —La joven socióloga —dijo— blandiendo sus encantos.
       —Ni siquiera sabes lo que es un sociólogo —le dijo su hermana moviendo la cabeza. Ondas de agitación carnal le bajaron hacia los dedos de los pies—. Eres un mimado, un egoísta y un estrecho de mente.
       —Sí, claro, habló la madura —fue todo lo que acertó a decir el pobre niño, abrumado por aquel cegador ardor juvenil.
       Judith se había convertido en una ilusión óptica en la que cada uno veía cosas distintas: Dickie veía una amenaza, Joan se veía a sí misma veinticinco años atrás. Bean veía otra gran fuente de calor que, a diferencia de los caballos, podía leerle un cuento de buenas noches. John, bendito fuera, no veía nada, si acaso entreveía la desaparición de una antigua compañera de juegos. Por las noches, cuando Joan estaba acostando a los pequeños, Judith se revolcaba en el sofá mientras Richard trataba de leer en la butaca de enfrente.
       —Mira, papá, mira mis ejercicios de estiramiento.
       Estaba leyendo Mis golpes millonarios, del golfista Billy Casper. Al final del backswing el cuerpo debía estar enroscado, había que notar tensión en los músculos de la espalda y a lo largo de la pierna derecha. Ilustraciones, con flechas. El cuerpo del sofá se retorcía en ágiles nudos; Judith tenía hiperextensión y cabía la posibilidad de que sus proezas en yoga fueran la razón de que Joan hubiera dejado de practicarlo, eclipsada. Richard levantó la vista y vio a su hija arqueada como una grapa, con las manos en los tobillos: un bulto brillante sostenía, en su cenit, el ombligo. Al final del backswing, el antebrazo y el dorso de la mano izquierda deberían formar una línea recta. Lo intentó; se le hacía raro. Era un doblador de muñeca nato. Judith le miró examinarse la mano y rió. Luego siguió riendo, con insistencia, coqueteando, tanteando el terreno.
       —Papá es un narcisista.
       Por el rabillo del ojo, a Richard le pareció ver que se tocaba y se enroscaba mechones de pelo en el dedo.
       —¡Judith!
       No le había hablado con tanta aspereza desde que, cuando era una niña pequeña, había derramado azúcar por todo el suelo de la cocina. A modo de disculpa añadió:
       —Me estás volviendo loco.


       La cuarta semana fue a Nueva York, por trabajo. Cuando volvió, Joan le dijo, mientras tomaban una copa en la cocina:
       —Esta tarde todos estábamos de malhumor; tú fuera, el tiempo asqueroso. Los metí a todos en el coche, a todos menos a Judith; esta noche duerme en casa de Margaret Merino…
       —¿Le has dado permiso? ¿Para dormir con esa golfilla y su panda de drogatas? ¿Habrá chicos también?
       —No lo he preguntado. Espero que sí.
       —Vivir por persona interpuesta, ¿no?
       Se preguntó si podría darle un puñetazo fuerte en la cara y, al mismo tiempo, cogerle el vaso que tenía en la mano para que no se rompiera. Era de un juego que compraron durante la luna de miel, de cristal mexicano color turquesa, y sólo quedaban tres. Con su ojo común, Joan le leyó el pensamiento y su expresión se volvió pétrea. Esa cara podría partirle el puño.
       —¿Me vas a dejar que termine mi historia?
       —Pues claro. Dîtes-moi, Scherezade.
       —… Y fuimos al lavadero de coches. Hecuba estaba divertidísima, no dejaba de ladrar y de perseguir los cepillos dando vueltas y más vueltas alrededor del coche intentando defendernos. Necesitó tres vueltas para entender que, si iba por un lado, terminaría volviendo por el otro. Todos nos moríamos de la risa; llevábamos en el coche a Danny Vetter y a una de las amigas de equitación de Bean; ha sido una auténtica juerga.
       Se le ponía la cara rosa al recordar.
       —Es una historia de lo más repugnante. Y hablando de repugnante, en Nueva York he hecho algo extraño.
       —Te has acostado con una prostituta.
       —Casi. Fui a ver una película porno.
       —Qué audaz por tu parte, cariño.
       —Pues sí lo fue. El miércoles me levanté temprano y no tenía ninguna reunión hasta las once, así que fui dando un paseo hasta la calle Cuarenta y dos, ya sabes, bajo la inocente luz de la mañana y esas cosas, y esos locales pequeñitos ya estaban abiertos. Así que… ¿estás de humor para oír esto?
       —Claro que sí. Lo único que he oído esta semana son quejas de niños.
       —Pagué tres pavos y entré. Estaba completamente a oscuras. Como la casa del terror de un parque de atracciones. A excepción de la pareja rosa brillante de la pantalla. Oía a gente respirar, pero no veía nada. Cada vez que intentaba sentarme en una fila le metía el dedo en el ojo a alguien. Pero nadie gruñó ni protestó. Eran como esos cuerpos congelados en no me acuerdo qué círculo del infierno. Al final encontré un asiento y me senté y al cabo de un rato me di cuenta de que todo eran hombres durmiendo. Por lo menos, casi todos parecían dormir. Y estaban separados por butacas vacías, de manera que no había dos juntos; pero, a pesar de la hora, el lugar estaba medio lleno. De hombres inmóviles.
       Percibió la decepción de Joan; no le había transmitido la magia de cuento de hadas de la experiencia: la oscuridad absoluta como plomo, el trasfondo de ronquidos que parecían de un único dragón, la manera ordenada en que los hombres se habían distribuido, igual que damas en un tablero. Y como había encontrado un recuadro vacío, se había lanzado, por así decirlo, hacia él y se había sumado a la humanidad en aquella contemplación asombrada de su propio proceso de perpetuación.
       Joan preguntó:
       —¿Qué tal era la película?
       —Horrorosa. Exasperante. Empiezas a verlo todo en términos técnicos: posición de la cámara, micrófono de cañón. Y esos pobres coños, Dios, cómo trabajan. Al parecer, para conseguir trabajo en una película porno un hombre tiene que ser A, rubio, y B, impotente.
       —Sí —dijo Joan, y le dio la espalda, como para esconder un pensamiento—. Hoy tenemos cena con los nuevos Dennis. —Mack Dennis había vuelto a casarse, con una mujer muy parecida a Eleanor sólo que algo más joven y, en opinión de ambos Maple, ni la mitad de agradable—. Nos van a tener hasta las tantas. Pero igual mañana. —Joan seguía hablando como para sí, tímidamente—, después de que los chicos se vayan cada uno por su lado, si te apetece que…
       —No —dijo Richard con satisfacción—. Estoy decidido a jugar al golf. El jueves por la tarde uno de los contables me llevó a Long Island, e incluso con palos prestados he pegado unos golpes larguísimos. Creo que se me va a dar bien; la clave está aquí. —Le mostró cómo terminaba el backswing, con la muñeca izquierda rígida—. He debido de ganar casi veinte metros.
       Movió los brazos arriba y abajo.
       —¿Ves? —dijo Joan animosa, compartiendo su ánimo triunfal—. Estás sublimando.


       En el coche, camino de casa de los Dennis, Richard le preguntó:
       —¿Qué tal lo llevas?
       —De maravilla, en cierto modo. Es como si tuviera siempre los sentidos abiertos de par en par. Me siento una con la naturaleza. Han florecido los narcisos de detrás del cobertizo y sólo de mirarlos me he echado a llorar. Eran tan hermosos que no he podido soportarlo. No aguanto estar metida en casa, lo único que me apetece es rastrillar y podar y empujar montoncitos de piedras de un lado a otro.
       —Ya sabes —dijo Richard con gravedad— que el césped es algo más que una alfombra que hay que barrer, tienes que tomar alguna decisión. Esas lilas, por ejemplo, están llenas de ramas muertas.
       —Cállate —gimió Joan, y lloró mientras entraba una oscuridad rasgada por luces de faros.
       En la cama después de la cena en casa de los Dennis (eran casi las dos; estaban anestesiados por el brandi; Mack había perorado sobre conservación y la señora Dennis sobre decoración de interiores, sobre redecorar «su» casa, que para los Maple seguía siendo de Eleanor), Joan le confesó a Richard:
       —No hace más que venirme una imagen a la cabeza, no sé de dónde sale, a pleno sol, de mí, muerta.
       —¿Muerta de qué?
       —Eso no lo sé, lo único que sé es que estoy muerta y que no le importa demasiado a nadie.
       —¿Ni siquiera a los niños?
       —Durante un día o dos sí. Pero todo el mundo sale adelante.
       —Tesoro. —Richard reprimió un fuerte impulso de darse la vuelta y tocarla. Le explicó—: Eso es parte de ser una con la naturaleza.
       —Ya supongo.
       —A mí me pasa algo muy distinto. No hago más que fantasear con mi funeral. Con lo llena que estará la iglesia, lo que dirá Spenser de mí en su sermón, quién estará.
       En concreto pensaba si las mujeres que había amado irían a llorar con Joan; no dejaba de imaginar sus sufrimientos por haberle perdido definitivamente. Richard extraía una satisfacción de la cual las satisfacciones transitorias de la carne viva no eran más que un preludio imperfecto y endeble, un mero backswing. En la muerte, pensó mientras flotaba boca arriba en la cama, crecería hasta alcanzar su verdadero tamaño.
       Es posible que Joan, con su tercer ojo, le leyera los pensamientos; mientras que normalmente se daba la vuelta y le mostraba su suntuosa espalda —si lo hacía a manera de retirada o de provocación era algo que le correspondía a él decidir—, aquella noche permaneció inmóvil, paralela.
       —Supongo —propuso— que en cierta manera es purificante. Tú piensa en toda esa energía dedicada a las Cruzadas.
       —Sí, desde luego —convino Richard nada convencido—. Igual descubrimos algo importante.



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