John Updike
(Shillington, Pensilvania, 1932 - Danvers, Massachusetts, 2009)
Divorcio: Fragmento (1967)
(“Divorcing: A Fragment”)
Originalmente publicado en Harper's Magazine (enero 1967);
Too Far to Go: The Maples Stories
(Nueva York: Fawcett Publications, 1979, 256 págs.)
Richard Maple se preguntó: «¿Puede siquiera la muerte ser peor que esto?». Su mujer estaba sentada encogida en la que había sido la cama matrimonial, hablándole, entre sollozos, de su estado de ánimo, que era suicida, depresivo, derrotado. Llevaban un año y medio viviendo separados y el tiempo no había logrado nada, no se había formado tejido cicatricial, el cuerpo de Joan era una gran herida abierta que gritaba: «Vuelve».
Se hacía mayor; la piel de la cara, cuando bajó la cabeza para llorar, se arrugaba y salpicaba puntitos secos debajo de los ojos, en las comisuras de la boca. Aquello enterneció a Richard como le enternecía la belleza. Sin pensar, Joan había entrelazado las manos en el regazo y, blancas, resaltaban sobre la falda negra de franela; con esa flexibilidad de quien practica yoga que los años no le habían robado, se había hecho pequeña, una bola de dolor como un proyectil que va a disparar un cañón.
—Lo siento —se disculpaba—. No quiero sentirme así, quiero sentirme alegre y valiente e ilusionada, esto es absurdo. Incluso los chicos…
—Sobre todo los chicos —dijo Richard—. Se lo están tomando con deportividad.
—Y yo no, ¿verdad? —dijo Joan en una voz un poco menos desesperanzada, animada por su capacidad para las valoraciones justas—. En algunas cosas sí lo hago. Lo que pasa es que… —Las manchas en la piel, las lágrimas de carne se agudizaron— me despierto cada mañana recitándome razones por las que no debo tirarme al río. No te imaginas lo que es.
Tenía razón, como siempre. Si pensaba en Joan tirándose al río, Richard no imaginaba nada, salvo lo fría que estaría el agua y lo mucho que pesaría la falda negra de franela. Era una nadadora hábil y fuerte y el río no era profundo.
—Y tú no sabes lo que fue —dijo— vivir todos esos años a tu lado esperando a que pasara algo.
—Ya lo sé, ya lo sé. Me lo has dicho mil veces, yo pensaba que sí ocurría alguna cosa de vez en cuando, pero, oye, no quiero discutir. No me estoy quejando de los hechos; es sólo que…
—Que te quieres morir —terminó Richard por ella.
Joan asintió con un sollozo.
—Luego pienso en lo insultante que es eso para todos. Para los chicos.
Al estudiarla, al admirar su pose compacta, simétrica, Richard quiso morir con ella; tuvo la impresión de que Joan estuviera agachada a los pies de una pared completamente desnuda y que la pared fuera él. Deseó estar fuera de aquello, de la vida y de la salud de las que disfrutaba desde que la dejó, del esfuerzo vanidoso y mezquino por ser feliz. Su felicidad y su salud le parecieron insignificantes comparadas con la felicidad consagrada que habían compartido los dos. Y, sin embargo, no había otra salida que seguir adelante sin sentir, como un soldado que lucha por una causa deslegitimada, movido sólo por consignas manidas.
—Cuando vivías conmigo estabas deprimida —le dijo a Joan.
Aquélla era una de las consignas.
—Lo sé, lo sé. No te estoy culpando. No te estoy diciendo que hagas nada. Solo…
—¿Sólo qué?
Richard cambió el peso del cuerpo. Le dolían las piernas; consultó su reloj. Tenía una cita.
—Que me entiendas.
—Si te entendiera más —confesó Richard—, estaría totalmente paralizado. —Preguntó—: ¿De qué manera puedo ayudarte, que no sea volviendo a casa?
—Eso no ayudaría. No te estoy pidiendo eso.
Richard no se lo creyó; pero la posibilidad de que fuera cierto le levantó el ánimo. Fue un estímulo pequeño y glotón, como cuando un pez engulle un copo en un acuario. El copo le supo amargo.
—¿Qué me estás pidiendo, tesoro?
Se arrepintió de haberla llamado «tesoro». Había intentado amalgamar y unificar todos sus deslices, pero seguían multiplicándose y ramificándose.
—Que entiendas cómo me siento.
Richard dijo:
—Si se me hubiera dado mejor entender cómo te sientes, puede que no hubiéramos llegado a esto. Pero hemos llegado. Así que olvídate. Estando así no haces más que torturarnos a todos, a ti en primer lugar. Tienes salud, tienes a los chicos, dinero, la casa, amigos; tienes todo lo que tenías excepto a mí. En lugar de a mí, tienes una libertad y una dignidad que antes te faltaban. Dime qué estoy haciendo mal —suplicó.
Al oír aquello Joan no pudo evitar reír con un pequeño cloqueo; a Richard se le ocurrió que, allí sentada, parecía estar empollando; estaba inmóvil igual que una gallina haciendo su nido.
Se le hacía tarde. Joan lo sabía. Tenía que salir de allí, seguir con su vida. Hizo otro intento:
—Tienes mucha vida por delante —dijo—. Es un pecado hablar de la muerte como lo haces. ¿Por qué tenemos que estar siempre así? Lo odio. Me siento atado de pies y manos. Vengo aquí a ver a los chicos, no a que me hagas sentir culpable.
Por fin Joan levantó la vista para mirarlo.
—Tú te sientes tan culpable como… —Esperaron juntos a ver cuál sería el símil— una pata de la cama —terminó de decir Joan, usando el objeto que tenía más cerca, y ninguno pudo evitar reírse.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar