Joy Williams
(Chelmsford, Massachusetts, 1944 –)

La boda
(“The Wedding”)
Taking Care
(Nueva York: Random House, 1982, 244 págs.)


      Elizabeth siempre quiso leerle fábulas a su niña, pero ésta sólo quería escuchar el cuento del pajarito que pensaba que su madre era una excavadora a vapor. Solían discutir por esto. Elizabeth estaba harta de ese cuento. Le desagradaba en particular la parte en la que el pajarito decía: «No eres mi madre, eres un moco, ¡quiero irme de aquí!». Por la noche, cuando la niña se acostaba, Sam las oía a menudo discutir a gritos. Entonces ponía a calentar la parrilla para la cena, se servía otra copa y salía a sentarse a la mesa de pícnic. Al cabo de un rato, la puerta mosquitera se abría de golpe y Elizabeth salía meneando la cabeza. Había vuelto a disgustarse con la niña. No quería dormir. Estaba arriba, paseándose por la casa, haciendo «algodón de azúcar» en su tazón de porcelana de ceniza de hueso con forma de conejito. El «algodón de azúcar» era un Kleenex empapado en agua. A veces Elizabeth le contaba a Sam el cuento que había preparado para la niña. Los personajes de las fábulas de Elizabeth siempre perseguían la verdad o la felicidad y siempre recibían espejos o trozos de carbón. Los cuentos de Elizabeth estaban poblados de lobos, percherones y solipsistas.
       —Haz el favor de tranquilizarte —le decía Sam.
       —Sam —gritó la niña—, ven a probar mi algodón de azúcar. Está buenísimo.
       La niña de Elizabeth le hacía pensar en Perla, la hija de Hester, aunque sabía bien que su padre, lejos de ser el «Príncipe del Aire», era asesor fiscal. Elizabeth le hablaba a veces de ese hombre. El año anterior no había compartido con ella la devolución del impuesto de la renta aunque habían hecho declaración conjunta y la mitad de los ingresos del año los había conseguido ella. El asesor fiscal le dijo a Elizabeth que no sabía hacer una a derechas. Elizabeth, por su parte, le dijo a su asesor fiscal que era un eyaculador precoz empedernido.
       —Sam —gritó la niña—, ¿por qué te pones la mano en el corazón?
       —Es mi whisky —dijo Sam.

       Elizabeth era una joven nerviosa. Estaba nerviosa porque no se había casado con Sam. Ese deseo de volver a casarse la avergonzaba, pero no podía reprimirlo. Sam estaba casado con otra. Sam siempre estaba casado con otra.
       Sam y Elizabeth se conocieron como la gente suele conocerse. De pronto apareció una luz ilusoria en la oscuridad. Una luz que era un recordatorio tenebroso de la oscuridad que aguarda a los solitarios. Se conocieron cenando en la boda de la hija de un amigo común. Se sirvieron unos platos deliciosos y se hicieron muchos brindis extravagantes. A Sam le gustó el aura de Elizabeth y a ella también le gustó la de él. Bailaron. Sam bebió bastante. En un momento dado le pareció ver un conejo rojo entre las flores que adornaban el centro de mesa. Y era verdad, la boda se celebró en la semana de Pascua, pero la visión le preocupó. Volvieron a bailar. Sin dejar de bailar, Sam guio a Elizabeth lejos de la fiesta hasta llegar al aparcamiento. Sam tenía un coche aburrido y limpio, de no ser por una bolsa de comida congelada que se estaba derritiendo.
       A Elizabeth le encantaron sus besos. Por otra parte, cuando Sam vio las exiguas braguitas de Elizabeth estampadas de brillantes flores le pareció que iba a desmayarse de pura felicidad. Era un sentimental.
       —Te quiero —le pareció oír a Elizabeth.
       Sam juraría más adelante haber oído que Elizabeth decía: «La vida es un privilegio excéntrico».
       Aquel comentario le preocupó, pero no entonces.

       Comenzaron a salir juntos. Elizabeth prometió tener a la niñera en casa siempre que quedaran. Al principio, Elizabeth y Sam intentaban hacerse cosas perversas e imaginativas el uno al otro. Aquello culminó la tarde en que Sam metió una cucharada de tiramisú entre las piernas de Elizabeth. Por supuesto, la primera reacción de Elizabeth fue ponerse nerviosa. Luego se le pasaron los nervios y empezó a contemplar los hombros sudorosos y bonitos de Sam con auténtica aprensión. Lo dejaron por imposible los dos al mismo tiempo. Les pareció una buena señal. La batalla se libra siempre entre el principio de placer y el principio de realidad, ¿verdad? La imaginación no es tan estupenda como la pintan. Sam decidió poner en cuarentena ese rito pequeñoburgués de consumir comida de los orificios del amante. En vez de ello, optó por conformarse con amar a Elizabeth sin más.
       —¿Sabías que Charles Dickens quería casarse con la Caperucita Roja?
       —¿En serio? —exclamó Sam, consternado.
       —Bueno, quería casarse con ella de niño —dijo Elizabeth.
       —Ah —dijo Sam, aliviado.

       Elizabeth tenía una casa y una niña pequeña. Sam tenía una casa, un coche y un balandro langostero. Sus casas estaban a casi dos mil cien kilómetros de distancia. Pasaban el invierno en el sur, en la casa de Elizabeth, y en verano subían en coche a la casa de Sam. El viaje les llevaba dos días. Ya lo habían hecho un par de veces. Cada vez parecía igual. Compraban melocotones, cigarrillos y petardos. La niña solía sentarse en el suelo del asiento delantero y hablar con la rejilla del aire acondicionado.
       —Es una emergencia —decía—. Hagan el favor de venir.

       En el último viaje que habían hecho, Sam llamó a su abogado desde un restaurante Hot Shoppe en la autopista de Nueva Jersey. El abogado le dijo que esa misma mañana habían concluido los trámites de su divorcio. Había sido el tercer matrimonio de Sam. Al principio, él y Annie parecían muy compatibles. Cuidaban el uno del otro con realismo, afecto y sentido común. Entonces Annie decidió volver a la universidad. Empezó a interesarle el conductismo animal. Se acumularon los libros. Nunca paraba en casa. Siempre estaba viajando para hacer trabajos de campo, en matorrales o playas, o visitando a un ornitólogo de Barnstable.
       —Annie, Annie —le suplicaba Sam—. Invitemos a los amigos a tomar unas copas en casa. Vamos a podar el manzano. Hagamos ese pastel de naranja que siempre me hacías por mi cumpleaños.
       —No he hecho un pastel de naranja en mi vida —dijo Annie.
       —Annie —dijo Sam—, ¿no podrías hacer una asignatura de poesía romántica del diecisiete o algo por el estilo?
       —Bebes demasiado —dijo Annie—. Te pones violento cada noche a las nueve. Tus patrones de conducta están gravemente limitados.
       Sam se agarró la cabeza con las manos.
       —Y además estás reduciendo mi capacidad de respuesta frente a situaciones significativas, Sam.
       Sam se sirvió otro whisky. Se encendió un cigarrillo. Se tiznó un bigote con un trozo de carbón de barbacoa.
       —Soy el capitán Blood —dijo—. Quiero besarte.
       —Errol Flynn tenía el cuerpo de un nonagenario cuando se murió —dijo Annie—. El alcohol le había dejado el cerebro hecho papilla.
       Annie ya había empaquetado el portatostadas y las piezas de peltre, y había enrollado su alfombra persa.
       —Me llevo este disco de Wanda Landowska —dijo—. Es lo único que me llevo en materia de discos.
       Sam, con su bigote de carbón, se quedó sentado, muy tieso, en su extremo de la mesa.
       —Las variaciones de nuestra vida han dejado de ser significativas —dijo Annie.

       La casa de Sam se hallaba en un promontorio que dominaba una cala. La cala se estaba transformando en una marisma salina. A Sam le gustaban las marismas, pero creía haber comprado una propiedad en una cala de aguas profundas en la que podría entrar y sacar su velero. Deseó no tener que presenciar la transformación de su cala en una marisma. Cuando compró la casa, estaba tan feliz por todo que celebró una gran cena en la que sirvió soupe de poisson cocinada solamente con los peces que había pescado él mismo en la cala. Ahora parecía que no pudiera librarse de esa fiesta anual. Cada año, la soupe de poisson parecía menos buena que la del año anterior. Annie le había recomendado un año antes de separarse que tal vez fuera oportuno dejar de celebrar esa cena.
       Cuando Sam regresó a la mesa en el Hot Shoppe de la autopista de Nueva Jersey después de enterarse de su divorcio, Elizabeth no lo miró.
       —He probado con varias palabras y ninguna me parece adecuada —dijo Elizabeth.
       —Bueno —dijo Sam.
       —No sé qué puede ser —dijo Elizabeth.
       Sam miró su tostada. No se sentía delgado, ni joven, ni libre de cargas.
       —En la frase siguiente, se emplea la misma palabra en los espacios en blanco, aunque se pronuncia de forma distinta. —Elizabeth tenía la cabeza agachada. Estaba leyendo el mantelito del restaurante—. No mires el tuyo todavía, Sam —dijo—. Trae la respuesta. —Cogió el mantelito de Sam y lo tiró de la mesa, manchándole sin querer el puño de la camisa con café—. «Dos hombres ___ llegan a una cafetería en hora punta. La camarera los mira con ___ de decirles que no hay ninguna mesa libre».
       Sam la miró. Ella sonrió. Él miró a la niña. La niña tenía los ojos cerrados y rumiaba. Sam pagó la cuenta. La niña fue al cuarto de baño. Una hora más tarde, justo antes del puente de Tappan Zee, Sam dijo: «Interesantes».
       —¿Qué? —dijo Elizabeth.
       —Interesantes. Interés antes. Es lo que encaja en los dos espacios en blanco.
       —Has mirado la respuesta —dijo Elizabeth.
       —Maldita sea —gritó Sam—. ¡No he mirado nada!
       —Sabía que esto iba a pasar —dijo Elizabeth—. Sabía que sería así.

       Es una noche muy calurosa. Elizabeth se ha magullado las muñecas con hiedra venenosa. Las tiene cubiertas con loción de calamina. Ha tapado el ungüento con papel film y lo ha sujetado con una goma. Sam está enamorado. Huele el maravilloso olor a ropa limpia y sol que emana del cuerpo de Elizabeth y la loción de calamina.
       Elizabeth se dispone a contarle un cuento de hadas a la niña. Sam trata de convencerla de que esas fábulas son mojigatas y de un realismo zafio.
       —Cuéntale cualquiera que no sea «El príncipe rana» —susurra Sam.
       —¿Y por qué no voy a poder contarle ésa? —dice Elizabeth. Está preocupada.
       —El sapo representa la sexualidad masculina —susurra Sam.
       —Ay, Sam —dice ella—, qué superficial eres. Ése es un análisis muy superficial de los cuentos sobre animales que se convierten en novios.
       Sam suelta un bufido mientras le mordisquea suavemente la clavícula.
       —Ay, Sam —dice ella.

       La primera mujer de Sam era muy guapa. Tenía el vientre más plano que había visto nunca y una melena negrísima y completamente lacia. La adoraba. Le era fiel. Escribió los nombres de los dos en las guardas de todos sus libros. Viajaron a Europa. Viajaron a México. En México se hospedaron en una gran habitación de un hotel sencillo que daba a una plaza. Los árboles de la plaza estaban podados de tal forma que parecían unas cajas perfectas. Cada noche, cientos de pájaros se posaban en los árboles en busca de refugio. Junto al hotel había la tienda de un hombre que hacía féretros. Muchos de sus ataúdes parecían pequeños, para niños. La mujer de Sam se deprimió. Se quedaba tumbada en la cama gran parte del día. Fingía que se estaba muriendo. Quería que Sam le hiciera el amor y que fingiera que ella se estaba muriendo. Quería un hijo. Estaba muy confusa.
       Sam aventuró que tal vez los iones del aire mexicano eran los responsables de su depresión. Seguía amándola, pero cada vez les costaba más a los dos seguir adelante. Ella no cesaba de retirarse a un paisaje caótico de sentimientos encontrados.
       Su depresión se agravó. Sólo tenían veinticuatro años y ya llevaban seis de casados. A menudo iban juntos a parques de atracciones. Lo que más les gustaba eran los autos de choque. La última vez que fueron a un parque de atracciones, Sam le había roto la mano a su mujer al chocar de frente contra el coche de ella. Seguramente, de no haberse sentido los dos tan terriblemente tristes, habrían podido superar el incidente.

       En plena noche, la niña corre por el pasillo y entra en la habitación de Elizabeth y Sam.
       —¡Sam! —grita la niña—. ¡El partido de béisbol! Me estoy perdiendo el partido de béisbol.
       —No hay ningún partido de béisbol —dice Sam.
       —¿Qué es esto? ¿Qué está pasando? —grita Elizabeth.
       —Sí, sí —llora la niña—. Llego tarde, me lo estoy perdiendo.
       —¿Pero de qué va esto? —grita Elizabeth.
       —Está teniendo un ataque de ansiedad —dice Sam.
       La niña se mete el pulgar en la boca y luego lo vuelve a sacar.
       —Es demasiado pequeña para tener ataques de ansiedad —dice Elizabeth—. Sólo es un sueño.
       Elizabeth se lleva a la niña de vuelta a su cuarto. Cuando regresa, Sam ha puesto la espalda contra las almohadas y se está tomando un whisky.
       —¿Por qué te pones la mano en el corazó
n? —pregunta Elizabeth.
       —Creo que es porque me duele —dice Sam.
       Elizabeth intenta de nuevo meterle una fábula a la niña en la cabeza. Esta vez está decidida. Sam acaba de volver a casa después de amarrar el velero en la cala. Ha puesto la radio y se ha tumbado en la bañera llena de agua caliente.
       —Había dos náufragos en una isla desierta —dice Elizabeth—. Uno de ellos fingía que estaba en su casa mientras que el otro aceptaba que…
       —Ay, mamá —dice la niña.
       —Ésa me la sé —dice Sam desde la bañera—. Mueren los dos.
       —No es un cuento primitivo —dice Elizabeth—. Los finales insulsos y sin clímax sólo son típicos de los cuentos primitivos.
       Sam dobla las rodillas y hunde la cabeza en el agua. El agua tiene un color prodigiosamente azul. Elizabeth tiñó un día las cortinas en la bañera y manchó la loza. El azul es el color favorito de Elizabeth. Paso a paso, la casa de Sam se está volviendo azul. Sam quita el tapón y sale de la bañera. Se seca con una toalla. Se pone una camisa, una corbata y un traje veraniego de color blanco. Se ata los cordones de sus zapatillas de deporte. Se peina hacia atrás el pelo mojado. Entra en el cuarto de la niña. Las luces están apagadas. Elizabeth y la niña se miran en la oscuridad. Hay luciérnagas en el cuarto.
       —Se le han pegado a la ropa —dice Elizabeth.
       —¿Quieres casarte conmigo? —pregunta Sam.
       —Me encantaría —dice ella.

       Sam visita a sus amigos, empezando por Peter, el más antiguo de todos.
       —Voy a casarme —dice Sam.
       Se produce una pausa.
       —Una vez más zarpa el barco —responde Peter finalmente.

       Casarse es más difícil de lo que la gente cree. Sam lo había olvidado. Por ejemplo, ¿qué ambiente hay que darle a la fiesta? La madre de Elizabeth opina que una tarta nupcial es imprescindible. A Elizabeth le da vergüenza ajena pensarlo.
       —No quiero ni pensarlo, mamá —dice.
       Confía a su madre y a su hija la responsabilidad de la tarta nupcial. Por sugerencia de la niña, tendrá el centro de mermelada y un velero encima.
       Elizabeth y Sam deciden casarse en la casa de una juez de paz. Se llama señora Custer. Luego volverán a casa para la fiesta. Invitan a muchísima gente.
       —He quitado lo de «obedecerte» —dice la señora Custer—, pero conservo «amarte» y «respetarte». Hay gente a la que no le gusta el «obedecerte».
       —Me parece muy bien —dice Sam.
       —Podríamos empezar ahora mismo —dice la señora Custer—. Pero mi marido no tardará en llegar a casa. Si le esperamos un rato, no tendremos que interrumpir la ceremonia.
       —Me parece muy bien —dice Sam.
       Esperan de pie. Sam le susurra a Elizabeth:
       —Debería pagarle algo a esta mujer, pero me he dejado la cartera en casa.
       —Me parece muy bien —dice Elizabeth.
       —Todo irá bien —dice Sam.
       Se casan. Vuelven en coche a casa. Todo el mundo ha llegado y algunos de los invitados han traído a sus hijos, que corretean por la casa con la niña de Elizabeth. Una pequeña tiene el pelo largo y rojizo y las uñas pintadas de verde.
       —Me acuerdo de ti —dice la niña—. Tenías un gatito. ¿Por qué no has traído al gatito?
       —Las chuletas de la barbacoa son del gatito —dice la pequeña.
       Elizabeth lo oye. «Cielo santo», dice. Se lleva a su hija al cuarto de baño y cierra la puerta.
       —Las cosas no son siempre lo que parecen —le dice a la niña.
       —Mamá, quiero tener las uñas verdes como esa niña.
       —Elizabeth —la llama Sam—. Sal, por favor. La casa está llena de gente. Me estoy emborrachando. Llevamos casados una hora y quince minutos.
       Sam cierra los ojos y apoya la frente en la puerta. Entra milagrosamente. El pestillo no estaba echado. La niña se escapa por el resquicio, feliz de recuperar su libertad. Sam besa a Elizabeth junto a la bañera azul. La besa junto al lavamanos y delante del espejo de pie. La besa mientras apoyan sus cuerpos en el alféizar de la ventana. Juntos, en su abrazo animista, salen flotando por la ventana y rodean la casa, mirando desde las alturas a todos aquellos que, abajo, no han encontrado el amor verdadero.



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