Katherine Anne Porter
(Indian Creek, Texas, 1890 - Silver Spring, Maryland, 1980)
Él
“He”
Originalmente publicado en New Masses magazine (Octubre 1927)
Flowering Judas and Other Stories (1930)
La vida de los Whipples era dura. Resultaba difícil
alimentar tantas bocas hambrientas; difícil vestir a
los niños con ropas abrigadas durante el invierno,
aunque éste durara poco.“Dios sabe lo que hubiéramos
sido de habernos quedado en el norte”, pensaban
frecuentemente. En verdad, era complicado
matener a los muchachos decentes y limpios.
—Parece que la suerte nunca nos favorece
—decía el señor Whipple, pero la señora Whipple
recordaba la estoica idea de aceptar como bueno lo
que se les presentara, al menos cuando los vecinos
escuchaban.
—No permitamos que nadie nos oiga quejarnos
—pedía a sumarido, detestando pensar que alguien
le tuviera lástima—. No, ni aunque tuviéramos que
vivir en un vagón recogiendo algodón por todo el
país, nadie tendría oportunidad de mirarnos feo.
La señora Whipple amaba a su segundo hijo, el
retardado,muchomás que a los otros dos hijos juntos.
Lo comentaba siempre, y al hablar con sus vecinos
comparaba el amor por su hijo con el que
sentía por su marido y por su madre.
—No necesitas decírselo a todo el mundo —repetía
el señor Whipple—. Parece que sólo tú lo quieres.
—Es algo natural en una madre —recordaba la
señora Whipple—. Sabes que este tipo de cariño es
más propio de la madre. La gente no espera tanto
de los padres.
Ello no evitaba que entre sí los vecinos no hablaran
claramente.
—Sería una bendición del Señor si
él muriera —comentaban—. Es culpa de los padres —agregaban—. Puede apostarse que por ahí hay
algún pecado y alguna tara.
Por supuesto, todo a espaldas
de los Whipples. De frente les decían:
—No
está tan mal. Se mejorará. ¡Miren que bien se desarrolla!
La señora Whipple odiaba tocar el asunto; intentaba
pensar en otra cosa, pero cada vez que alguien
ponía un pie en la casa lo sacaba a relucir y hablaba
de Él antes que de nada. Parecía alivarse.
—Ni por todo el oro del mundo permitiría que
nada le pasara; pero no logro mantenerlo quieto. Él
es tan fuerte y activo. Siempre está en todo y fue así
desde que empezó a caminar.Algunas vecesme parece
graciosa la manera como actúa. Me divierte
verlo hacer sus travesuras. Emily se accidenta más;
a cada rato le vendo sus raspones, y Adna se rompe
un hueso cada vez que se cae. Pero Él hace de todo
sin sufrir ni un rasguño. En una ocasión en que estuvo
aquí, el sacerdote dijo algo tan agradable que
lo recordaré hasta el día de mi muerte. Dijo: “Los
inocentes caminan con Dios, por eso Él no se lastima.”
Cuando la señora Whipple repetía esas palabras,
sentía que algo tibio le inundaba el pecho, las
lágrimas llenaban sus ojos, y sólo entonces lograba
pasar a otro tema de conversación.
Creció y jamás se lastimó. Un tablón del gallinero
cayó golpeándole la cabeza y Él pareció no advertirlo.
Había aprendido algunas palabras y después
del golpe las olvidó.Nunca lloriqueaba pidiendo comida
como lo hacen otros chicos, sino que esperaba
hasta que se la dieran; comía acuclillado en un rincón
del cuarto saboreando y mascullando. Como si
fuera un abrigo tenía lonjas de grasa en la espalda,
y podía acarrear dos veces más leña y agua que Adna. Emily estaba la mayor parte del tiempo resfriada:
“lo hereda de mí”, comentaba la señora
Whipple. Por eso cuando hacíamal tiempo le pasaba
un cobertor extra que le quitaba al catre de Él, quien
jamás parecía sentir frío.
Sin embargo, la señora Whipple se atormentaba la
vida temiendo que a Él algo le pasara. Se trepaba a
los duraznos mejor que Adna e imitaba a un mono
de rama en rama; sí, realmente, parecía un mono.
—Señora Whipple, usted no debería permitírselo.
Puede perder el equilibrio. No comprende bien lo
que hace.
La señora Whipple casi corrió a su vecino.
—¡Él sabe lo que está haciendo! Es tan capaz
como cualquier otro niño. ¡Bájate de allí, tú!
Cuando al fin llegó al suelo, ella casi no controlaba
las manos, quería pegarle por portarse así delante
de la gente.
Él sonreía con una sonrisa ampliamientras que la
preocupaba constantemente.
—La culpa la tienen los vecinos —exclamó la señora
Whipple dirigiéndose a su marido—. ¡Cómo
me gustaría que se ocuparan de sus asuntos en vez
de los nuestros! No le permito casi que se mueva,
por miedo a que se metan en lo que no les importa.
Mira las abejas. Adna no las toca porque lo pican y
ahora temo pedirle a Él que lo haga. Aunque no le
importa si lo pican.
—Debido a que no tiene suficiente sentido
común para asustarse por nada —dijo el señor
Whipple.
—Deberías avergonzarte de ti mismo —respondió
la señora Whipple—. Hablar así de tu propio
hijo. ¿Me gustaría saber quién cuidaría de Él si nosotros
no lo hiciéramos? Observa cuanto sucede. Escucha
todo y obedece lo que le ordeno. No permitas que nadie te oiga decir tales palabras. Pensarán que prefieres
a los otros chicos.
—Pues no es cierto ¿pero qué ganamos con volver
al mismo tema? Siempre ves el peor lado de las
cosas. Déjalo tranquilo, saldrá adelante de cualquier
forma. Tiene que comer y ropa que ponerse
¿no? —de pronto el señor Whipple se sintió cansado
y añadió: —De todas maneras ya no podemos
hacer nada.
También la señora Whipple se sintió cansada y
completó con voz de tedio:
—Lo que está hecho no puede ser deshecho, lo
sé mejor que nadie. Sin embargo Él es mi hijo y no
permitiré que nadie diga una sola palabra en contra
suya. Me enferma que la gente venga a chismear a
cada rato.
Hacia los primeros días de otoño la señora Whipple
recibió una carta de su hermano diciéndole que
el domingo siguiente la visitaría con su mujer y sus
dos hijos.“Coloca la olla grande en lugar de la pequeña”,
acotaba al terminar. La señora Whipple leyó
dos veces esta parte en voz alta, porque la complacía.
Su hermano poseía el don especial de decir
cosas chistosas.
—Le mostraremos que no se trata de una broma
—comentó—; mataremos uno de nuestros lechoncitos.
—Es un derroche, y no puedo brindarme ese lujo
tal como están nuestras finanzas —estipuló el señor
Whipple—. Ese lechón valdrá bastante dinero para
Navidad.
—Me parece penoso no ofrecer una comida decente
a mi propia familia cuando viene a visitarnos
—dijo la señora Whipple—. Me daría mucha rabia
que mi cuñada regresara a su casa diciendo que aquí no hay nada de comer. ¡Dios mío! es mejor aprovechar
lo que se tiene en vez de dirigirse a la ciudad
para comprar un buen pedazo de carne. ¡Allí sí que
se gasta el dinero!
—Muy bien, hazlo entonces —respondió el señor
Whipple— ¡Por Cristo todopoderoso! ¡Con razón
no logramos salir adelante!
Las complicaciones se presentaron ante la perspectiva
de separar al cerdito de su recia mamá
dueña de un carácter peor que el de una vaca Jersey.
Adna no quiso intentarlo.
—Bueno don miedoso —exclamó la señora
Whipple—. Él no tiene miedo. Fíjate cómo lo hace.
Se rió como si fuera una broma, al tiempo que le
daba un empujoncito hacia la pocilga. Él caminó
furtivamente, agarró de golpe al lechoncito quemamaba,
y volvió al galope con la puerca enfurecida
casi pisándole los talones. El animalito negro se retorcía,
chillaba como un bebé en crisis nerviosa,
ponía rígido el lomo y abría la boca de oreja a oreja.
La señoraWhipple lo tomó con ademán enérgico y
le abrió la garganta de un solo tajo.Cuando Él vio la
sangre lanzó un relincho y escapó.
—Pero se olvidará y comerá amandíbula batiente
—pensó la señora Whipple, quien al ensimismarse
movía los labios murmurando.
—Se lo comería todo si yo no lo impidiera. Si lo
dejáramos, se comería cada bocado de los otros dos.
Sintió tristeza pensándolo. Él tenía diez años y
era tan grande como Adna que cumpliría catorce.
Es una vergüenza, una vergüenza —repetía para sus
adentros— ¡Y Adna es tanto más inteligente!
Continuó sintiéndose mal por muchas otras causas.
En primer lugar correspondía al hombre matar a los animales, la vista del lechón despellejado, rosa
y desnudo, la hizo descomponerse. Resultaba muy
gordo, suave, con un aspecto que movía a compasión.
Simplemente era vergonzosa la forma como
suceden las cosas. Cuando terminó su obra, casi
deseó que su hermano permaneciera en casa.
El domingo temprano por la mañana la señora
Whipple dejó a un lado todo para lavarlo bien. Una
hora después Él estaba sucio nuevamente; se había
arrastrado debajo de las cercas correteando a una lagartija
y se encaramó sobre, las vigas del granero en
busca de huevos en el pajar.
—¡Dios mío! ¡Mira cómo te has puesto a pesar de
que te arreglé tan bien! En cambio, Adna y Emily
están muy quietos. Me canso todo el día tratando de
mantenerte decente. Quítate esa camisa y ponte
otra. La gente dirá que no te he vestido—, y lo jaló
fuertemente de las orejas. Él parpadeó y se restregó
la cabeza, y la cara que puso hirió los sentimientos
de la señora Whipple. Las rodillas comenzaron a
temblarle y tuvo que sentarse mientras se abotonaba
la blusa.
—Estoy agotada antes de empezar.
El hermano llegó con su saludable y regordeta
mujer y dos muchachotes gritones y hambrientos.
Tuvieron una gran cena con el cerdo asado, bien tostadito,
repleto de aderezos y encurtidos en la boca,
y gran cantidad de salsa para las papas. Todo en el
centro de la mesa.
—Esto demuestra prosperidad —comentó el hermano—.
Cuando termine, tendrán que rodarme
hasta mi casa como si fuera un tonel.
—Todos rieron en voz alta; resultaba agradable
oírles reír a coro alrededor de la mesa. La señora
Whipple se sintió confortada y exclamó:
—Tenemos seis más como éste; pienso que es lo
menos que podemos hacer, pues ustedes vienen tan
poco a visitarnos.
Él no quiso entrar al comedor y la señora Whipple
lo excusó hábilmente.
—Es más tímido que los otros dos —dijo—. Necesita
acostumbrarse a ustedes. No se confía con facilidad;
ya saben cómo son los niños, incluso entre
primos.
Nadie dijo nada fuera de tono.
—Igual que mi Alfy —agregó la cuñada—. Algunas
veces tengo que pegarle para que dé la mano a
su abuelita.
Quedó terminado el asunto y la señora Whipple
preparó un plato bien repleto para Él, antes que para
los otros.
—Siempre digo que no debe ser desatendido,
aunque alguien se quede sin comer —comentó y
llevó el plato ella misma.
—Él es tan fuerte que podría colgarse del marco
de la puerta y levantarse por encima gracias a sus
músculos —dijo Emily como excusando la abundancia
de comida.
—Está bien, está bien —comentó el hermano.
Partieron después de comer. La señora Whipple
juntó los platos y dijo a los chicos que se acostaran.
Sentada, se desató los zapatos.
—¿Ves? —comentó con el señor Whipple—. Así
es mi familia, encantadora y considerada en cualquier
momento. Sin observaciones fuera de lugar...
Son refinados. Abomino los comentarios de la
gente. ¿Verdad que estaba exquisito el cerdo?
El señor Whipple contestó.
—Sí, hemos perdido como ciento cincuenta kilos
de carne, eso es todo. Cuando uno viene a comer, por lo regular se porta amable. ¿Quién sabe lo que
piensan realmente?
—Sí, igual que tú —completó la señora Whipple—.
No espero nada de ti. Me dirás luego que mi
propio hermano andará comentando que lo hicimos
comer en la cocina ¡Dios mío!— Se cogió la cabeza
con las manos porque sintió que un dolor comenzaba
a molestarle a la altura de la frente.— Ahora
todo se arruinó ¡y había sido tan agradable y tan fácil!
Muy bien, a ti no te simpatizan y nunca te simpatizaron,
muy bien, no vendrán de nuevo ¡no te
preocupes! Pero no podrán decir que Él no estaba
tan bien arreglado como Adna. De veras ¡algunas
veces quisiera morirme!
—Y yo quisiera que dejaras las cosas tranquilas. Ya
es bastante malo como están.
Fue un invierno duro. A la señora Whipple le pareció
que sólo tuvieron problemas y ahora debían
capotear un invierno como aquel. La cosecha fue
la mitad de lo esperado; el algodón no alcanzó sino
para pagar la cuenta del almacén. Cambiaron uno
de los caballos del arado y resultaron estafados; el
nuevo murió de vómitos. La señora Whipple pensaba
todo el tiempo en lo terrible que era tener a un
hombre del que sólo dependía para ser engañada.
Ahorraron muchísimo, pero la señora Whipple
creía que algunas cosas debían comprarse aunque
costaran dinero. Se requirió ropa de lana para Adna
y Emily, quienes caminaban diez kilómetros para
llegar a la escuela durante los tres meses de invierno.
—La mayor parte del tiempo, Él se sienta junto al
fuego; no necesitará mucha ropa —opinó el señor
Whipple.
—Por supuesto —repuso la señora Whipple— y
cuando salga a trabajar se pondrá tu abrigo impermeable.
No podemos hacer más por Él, ni modo.
Cayó enfermo en febrero y permaneció enroscado
bajo su cobija con el rostro muy azul y respirando
como si se ahogara. El señor y la señora Whipple hicieron
cuanto pudieron por Él durante dos días, y
cuando se asustaron demasiado llamaron al doctor.
El médico dijo que debían mantenerlo caliente y
darle muchos huevos y leche.
—Me temo que no es tan fuerte como parece —dijo—. Necesitan vigilarlo para ver como sigue. Y
además añadirle cobijas en la cama.
—Acabo de quitarle su colcha gruesa para lavarla
—profirió la señora Whipple avergonzada.— No soporta
la suciedad.
—Entonces, póngasela de nuevo en cuanto esté
seca —agregó el doctor—, de otra manera le dará
neumonía.
Los señores Whipple sacaron una frazada de su
propia cama y le arrimaron el catre cerca del fuego.
—Nadie dirá que no hacemos por Él cuanto está
en nuestras manos —dijo la señora Whipple—.
Hasta dormimos con frío.
Al terminar el invierno, pareció reponerse pero
caminaba como si los pies le dolieran. Durante la estación
veraniega, había sido capaz de correr junto a
un bracero de algodón.
—Hice un trato con Jim Ferguson para alimentar
a la vaca, la próxima vez —remarcó el señor Whipple—.
Haré pastorear al toro este verano y le daré a
Jim algún forraje en el otoño. Es mejor así que estar
pagando con nuestro propio dinero, sobre todo
cuando no lo tenemos.
—Espero que no hayas dicho tal cosa delante de
Jim Ferguson —respondió la señora—. No debes
enterarlo de que andamos mal.
—¡Dios todopoderoso! eso no es decir que andamos
mal. Un hombre debe cuidar su futuro. Él
puede conducir el toro hoy; necesito que Adna se
quede.
Al principio la señora Whipple estuvo conforme
de enviarlo por el toro. Adna era demasiado inquieto
y no podía confiársele. Hay que ser tranquilo para
permanecer cerca de los animales. Después de que
Él se fue, comenzó a intranquilizarse y al rato no soportaba
la situación. Se paró en el sendero para esperarlo.
Había que recorrer casi ocho kilómetros y
hacía mucho calor, pero Él no tardaría tanto. La señora
se colocó la mano sobre los ojos y miró fijamente
hasta que unas manchas de color flotaron en
sus pupilas. Sucedía lo mismo en todas las cosas de
su vida; se preocupaba continuamente y desconocía
un momento de paz. Al cabo, lo vio dando vuelta
por el sendero, renqueando. Venía muy despacio,
guiaba la tremendamontaña animal por el anillo del
hocico, movía una varita en la mano, sin mirar hacia
atrás o hacia los lados, pero se acercaba como un sonámbulo,
con los ojos semicerrados.
La señora Whipple sentía un miedo enfermizo a
los toros; había escuchado historias terribles que se
contaban de que caminaban muy tranquilos y de
pronto pateaban bramando, y pisaban y corneaban
el cuerpo de quien los guiaba, hasta convertirlo en
pedazos. Instantáneamente el monstruo negro
podía atacarlo ¿mi Dios! Él nunca tendrá suficiente
sentido común para correr.
No debía hacer ruidos ni moverse; no debía asustar
al toro. Este levantó la cabeza y corneó en el aire a una mosca. La voz de ella estalló y le gritó que corriera,
por lomás sagrado. Él pareció no escuchar los
gritos, y continuó meneando su vara y renqueando.
El toro se movía pesadamente detrás de Él, dulce
como un ternerito. La señora Whipple silenciosa, corrió
hacia la casa rezando en su interior: “Dios no
permitas que nada le pase. Dios, la gente diría que
no sabemos cuidarlo. ¡Tráelo a casa sano y salvo y lo
cuidaré mejor! Amén.”
Miró al través de la ventana mientras Él guiaba la
bestia y la ataba al granero. Era inútil desentenderse.
La señora Whipple no soportabamás. Se sentó y comenzó
a llorar con el delantal sobre su cabeza.
Año con año los Whipple eran más y más pobres.
Pese a lo mucho que trabajaban, la casa estaba a
punto de caerse.
—Perdemos nuestro sostén —dijo la señora—.
¿Por qué no aprovechamos las oportunidades como
otras gentes? Pronto nos considerarán como unas
“pobres gentuzas”.
—Me iré al cumplir dieciséis años —externó
Adna—. Trabajaré en el almacén de Powell. Allí hay
dinero. Ya tuve bastante del campo.
—Yo seré maestra —dijo Emily—, pero necesito
terminar el octavo grado. Entonces podré vivir en la
ciudad. Aquí no veo oportunidad de progresar.
—Emily salió a la familia —apuntó la señora Whipple—.
Tan ambiciosa como ellos, que nunca se conforman
con un segundo puesto en ningún lado.
A la llegada del otoño, Emily aprovechó la ocasión
de emplearse como camarera en el restaurante de
los ferrocarriles en el pueblo cercano; hubiera sido
una lástima no aceptar un salario bueno y comida
segura. La señoraWhipple se lo permitió, sin preocuparse
por la escuela hasta el próximo año.
—Tendrás tiempo de sobra —aseguró—. Eres
joven y rápida como un látigo.
Cuando Adna también se fue, el señor Whipple
quiso realizar el trabajo de la granja ayudado por Él.
Hacía su trabajo y parte del trabajo de Adna sin notarlo
siquiera. Todo marchó bien hasta Navidad. Saliendo
del granero se resbaló en el hielo una
mañana. En lugar de levantarse, se revolcaba y el
señor Whipple lo encontró con una especie de ataque.
Desde entonces se quedó en cama. Las piernas se
le hincharon al doble de su tamaño normal y los
ataques se repitieron. A los cuatro meses el doctor
opinó:
—Es inútil. Creo que deben llevarlo al hospital del
Estado para un tratamiento inmediato. Haré los trámites
indispensables. Allí lo atenderán bien y Él estará
lejos.
—Nunca lo privamos de cuidados, no lo dejaré ir
—repuso la señora Whipple—.Dirán que dejé entre
extraños a mi hijo enfermo.
—Sé lo que siente —comentó el doctor—. No
tiene que explicármelo señora Whipple. Tengo un
hijo. Pero será mejor que me escuchen. Yo no puedo
ayudarlo.
Cuando se acostaron el señor y la señora Whipple
hablaron sobre el particular largo tiempo.
—No es otra cosa que una institución de caridad
—apuntó ella—. ¡A lo que hemos llegado, a la caridad!
No pensé que nos sucedería.
—Pagamos nuestros impuestos igual que todo el
mundo —dijo el señor Whipple—, y no lo considero
caridad.. . Creo que lo más conveniente es mandarlo
a un lugar donde le den lo mejor de todo... y
además no me encuentro en situación de pagar honorarios
médicos.
—Tal vez por eso el doctor quiere mandarlo; teme
que no le paguemos —agregó la señora Whipple.
—No pienses así —respondió el señor Whipple
sintiéndose bastante cansado—, porque no seremos
capaces de enviarlo.
—Pero no lo dejaremos allá mucho tiempo —
completó la señora Whipple—. Tan pronto mejore,
lo traeremos de inmediato.
—El doctor explicó y volvió a explicar que él no
mejorará y lo mejor es que te calles —dijo el señor
Whipple.
—Los doctores no son sabios —objetó la señora
Whipple casi con felicidad—. En el verano, Emily
vendrá a casa para pasar las vacaciones y Adna nos
visitará los domingos. Trabajaremos juntos y nos enderezaremos
otra vez y los chicos sabrán que cuentan
con un lugar donde vivir.
Se imaginó de pronto en el verano con el jardín
lleno de flores, persianas nuevas en toda la casa y
Adna y Emily de vuelta y todos contentos al encontrarse.
¡Sería posible! ¡Tal vez en el futuro las cosas
se presentarían más dichosas!
No hablaron mucho delante de Él, pero nunca
supieron realmente cuánto había entendido.Al fin
el doctor fijó la fecha y un vecino, dueño de un carricoche
de doble asiento, se ofreció a conducirlos.
El hospital hubiera enviado una ambulancia, pero
la señora Whipple no soportaba verlo irse como un
enfermo grave. Lo envolvieron en cobijas y el vecino
y el señor Whipple lo cargaron hasta el asiento
trasero, junto a la señora Whipple que se había vestido
con su blusa negra fina. No le gustaba aparentar
pobreza.
—Estarás bien... creo que permaneceré en casa
—dijo el señor Whipple—. No creo conveniente
irnos todos y dejar esto vacío.
—Además, no se quedará para siempre —explicó la
señora Whipple a su vecino—. Sólo una temporada.
Salieron. La señora Whipple sostenía los bordes
de la cobija evitando que se resbalara hacia un costado.
Él permanecía derecho, parpadeando y parpadeando.
Sacó los dedos fuera y comenzó a
restregarse la nariz con los nudillos y luego con la
manta. La señora Whipple no lograba creer lo que
veía: Él estaba secándose unos lagrimones que rodaban
por sus mejillas. Gimoteaba y hacía ruidos
entrecortados. La señora Whipple le preguntaba:
—¿No te sientes mal, verdad, querido? —porque
Él parecía acusarla de algo. Quizá recordaba aquella
vez que le jaló las orejas, quizá se había asustado con
el toro, quizá sentía frío por las noches y no podía
decírselo, quizá sabía que lomandaban lejos de casa
para siempre y todo porque eran demasiado pobres
para mantenerlo. Fuera lo que fuera, la señora
Whipple no lo resistió. Comenzó a llorar desesperada
y lo apretó en sus brazos y apoyó la cabeza contra
el hombro de Él. Lo había querido cuanto puede
quererse. Había que pensar también en Adna y
Emily; no podía hacer nada más. ¡Cuan doloroso
que Él hubiera nacido!
Llegaron al hospital; el vecino condujo muy rápido,
sin atreverse a voltear.
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