Katherine
Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 -
Francia, 1923)
El canario (1922)
(“The Canary”)
Originalmente publicado en Nation & the Athenaeum, 33.3 (21 de abril de 1923);
The Dove's Nest and Other Stories
(Londres: Constable & Company, 1923, 243 págs.)
¿Ves aquel clavo grande a la
derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin
embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que
allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los
vecinos que dicen: “Antes allí debía de colgar una jaula”. Y eso me
consuela: así siento que no se le olvida del todo.
...No te
puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros
canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo,
desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el
portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la
verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá
absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía
el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un
final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de
la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la
varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos
en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como
suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía
a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja
y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría
poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que
comprendía cada nota de sus modulaciones.
¡Lo
quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo
que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre
han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores
son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. Hace tiempo
quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía
sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el
sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas
oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: “¿Ya estás
aquí, amor mío?”. Y en aquel instante parecía brillar sólo para
mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y sin
embargo no lo es. O quizá el dolor de lo que uno echa de menos, sí,
era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer
lo mucho que he recibido.
...Pero, en
cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del
atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera
extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi
puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como
hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me
sorprendí a mí misma diciéndole:
—¿Ya estás
aquí, amor mío?
Desde aquel
instante fue mío.
...Aún me
asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En
cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba
con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme:
“¡Señora! ¡Señora!”. Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba
el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta
que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto terminaba de
lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía
poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula
encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera
lo que iba a ocurrir. “Eres un verdadero comediante”, le decía
riñéndolo. Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena
limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los
barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él
comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia.
¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su percha
jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se
comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por
último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se
metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después
zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. Toda la cocina
se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño.
Yo solía decirle: “Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que
te miren”. Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose
con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía
las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni
siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras
tanto, me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se
volvían relucientes.
...Me hacía
compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más
perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser.
Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a
veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. Pero no podía
suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana.
¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto
es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me
llamaban “el adefesio”. No importa. No tiene importancia, la más
mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué
me iba a incomodar? Pero me acuerdo de que aquella. noche me consoló
pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le
dije a mi canario: “¿Sabes cómo la llaman a tu señora?”. Y él
ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que
tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.
...¿Has
tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto
te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón,
que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía
decirme cuando venía los lunes: “¿Por qué no tiene un foxterrier
bonito? No consuela ni acompaña un canario”. No es verdad, estoy
segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a
veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un
rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata
y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de
invierno y llovía mucho. Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a
través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me
miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a
nadie a quien poder decir: “He soñado un sueño horrible” o
“Protégeme de la oscuridad”. Estaba tan asustada, que incluso me
tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil
“¡Tui-tuí!”. La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría
había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz.
“¡Tui-tuí!”, volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como
si dijera dulcemente: “Aquí estoy, señora mía: aquí estoy”.
Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.
...Pero
ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido.
¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con
los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que
nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. Me
sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me
iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo
todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen
razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.
Sin embargo,
a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por
los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida.
Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos,
como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa
distinta. Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de
nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me
canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está
esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo.
¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y
alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?
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