Katherine
Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 -
Francia, 1923)
Vida de Ma Parker(1920)
(“Life of Ma Parker”)
Originalmente publicado en Nation & the Athenaeum, 28.22 (26 de febrero de 1921);
The Garden Party and Other Stories
(Londres: Constable & Company Limited, 1922, 276 págs.)
Cuando el caballero literato,
cuyo apartamiento limpiaba la anciana señora Ma Parker todos los
martes, le abrió la puerta aquella mañana, aprovechó para preguntarle
por su nieto. Ma Parker se detuvo sobre el felpudo del pequeño y oscuro
recibidor, alargó el brazo para ayudar al señor a cerrar la puerta, y
sólo después replicó apaciblemente:
—Ayer lo
enterramos, señor.
—¡Dios
santo! No sabe cuánto lo siento —dijo el caballero literato en tono
desolado. Estaba a medio desayunar. Llevaba una bata deshilachada y en
una mano sostenía un periódico arrugado. Pero se sintió incómodo. No
podía volver al confort de la sala sin decir algo, sin decirle algo
más. Y como aquella gente daba tanta importancia a los entierros,
añadió amablemente:
—Espero
que el entierro fuese bien.
—¿Cómo
dice, señor? —dijo con voz ronca la anciana Ma Parker.
¡Pobre
mujer! Estaba acabada.
—Que
espero que el entierro fuese bien... —repitió.
Ma Parker no
respondió. Agachó la cabeza y se encaminó hacia la cocina, llevando
aquella usada bolsa de pescado en la que guardaba las cosas de la
limpieza, un mandil y unas zapatillas de fieltro. El literato enarcó
las cejas y volvió a sumirse en su desayuno.
—Supongo
que está abatida —dijo en voz alta, tomando un poco de mermelada.
Ma Parker se
quitó los dos alfileres que le sujetaban la toca y la colgó detrás de
la puerta. Se desabrochó la raída chaqueta y también la colgó. Luego
se ató el mandil y se sentó para quitarse las botas. Ponerse o
quitarse las botas era un verdadero martirio, pero lo había sido
durante años. De hecho estaba ya tan acostumbrada a aquel dolor que su
rostro se contraía en una mueca dispuesto a sentir el pinchazo mucho
antes de que hubiese empezado a desatarse los lazos. Terminada esta
operación, se recostó momentáneamente en la silla con un suspiro y
empezó a frotarse suavemente las rodillas...
—¡Abuela,
abuela! —gritaba su nietecillo subido con sus botines sobre su falda.
Acababa de volver de jugar en la calle.
—¡Mira
cómo le has dejado la falda a la abuela...! ¡Malo, más que malo!
Pero él le
echaba los brazos al cuello y frotaba su mejillita contra la de ella.
—Abuelita,
¡danos una moneda! —le decía, zalamero.
—Fuera de
aquí; ya sabes que la abuela no tiene dinero.
—Sí, sí
tienes.
—No, no
tengo.
—Sí, sí
tienes. ¡Danos una moneda!
Y ella ya
estaba buscando su bolso viejo y desvencijado de cuero negro.
—Muy bien,
¿y tú a cambio qué le darás a tu abuela?
El niño
soltó una tímida risita y se apretujó más contra ella. Notó sus
pestañas haciéndole cosquillas en la mejilla.
—Pero si
yo no tengo nada... —murmuró el niño.
La anciana
se levantó como impulsada por un resorte, tomó el hervidor de metal
que estaba sobre la cocina de gas y la llevó hasta el fregadero. El
ruido del agua llenando el hervidor amortiguó su dolor, o eso parecía.
Aprovechó para llenar también el balde y el barreño.
Se
necesitaría un libro entero para describir el estado de aquella cocina.
Durante la semana el caballero literato “se las apañaba solo”. Lo
cual significaba que vaciaba una y otra vez los restos del té en un
tarro de mermelada colocado ex profeso para tal fin, y cuando se
quedaba sin tenedores limpios limpiaba uno o dos en un trapo de cocina.
Por lo demás, como solía explicar a sus amigos, su “sistema” era
bastante sencillo, y no acababa de entender cómo la gente tenía tantos
problemas con la vida doméstica.
—No hay
más que ensuciar todo lo que tienes, contratar a una vieja una vez por
semana para que lo limpie todo, y ya está.
El resultado
era una especie de descomunal basurero. Incluso el suelo estaba plagado
de trozos de tostadas, sobres y colillas. Pero Ma Parker no le tenía
inquina. Le daba lástima que aquel pobre caballero, todavía joven, no
tuviese quién le cuidara. Por la ventanita tiznada se divisaba una
inmensa extensión de cielo tristón, y siempre que había nubes
parecía que fuesen nubes raídas, usadas, desgastadas por los bordes,
agujereadas, como oscuras manchas de té.
Mientras el
agua se calentaba Ma Parker empezó a barrer el suelo. “Sí —pensó,
mientras la escoba iba dando bandazos—, entre una cosa y otra ya he
soportado lo mío. Ha sido una vida dura”.
Incluso sus
vecinos se lo decían. Muchas veces, cuando volvía exhausta a casa
llevando aquella bolsa de pescado, les oía decir, entre ellos, mientras
esperaban en una esquina, o se inclinaban sobre la verja de alguna casa:
“Vaya una vida dura que le ha tocado vivir a la pobre Ma Parker”. Y
era tan cierto, que no sentía el menor orgullo por ello. Era como si
alguien hubiese comentado que vivía en el sótano interior del número
27 ¡Qué vida más dura...!
A los
dieciséis años había abandonado Stratford para ir a Londres como
ayudante de cocina. Sí, había nacido en Stratford—on—Avon.
¿Shakespeare, decía? No, señor, todo el mundo le preguntaba siempre
por él. Pero nunca había oído ese nombre hasta verlo en las
carteleras de los teatros.
Ya no
recordaba nada de Stratford excepto aquel “sentados junto al hogar
podían verse las estrellas por la chimenea”, y “mamá siempre había
tenido sus lonjas de tocino colgando del techo”. Y aún había algo
más —una mata—, junto a la puerta de la casa, una mata que siempre
olía maravillosamente. Pero la mata era algo muy difuso. Sólo la
recordó una o dos veces en el hospital, la vez que había estado tan
enferma.
Aquella casa
había sido horrible: la primera casa. No la dejaban salir nunca. Nunca
subía a la planta como no fuese para rezar por la mañana y por la
noche. El sótano no estaba mal, pero la cocinera era una mujer cruel.
Le quitaba las cartas que le escribía su familia antes de que hubiese
tenido tiempo de leerlas y las echaba al fuego porque la hacían
soñar... ¡Y las cucarachas! ¿Quién lo hubiera dicho, eh? Pues lo
cierto era que hasta que había ido a Londres jamás había visto una
cucaracha negra. Al llegar a este punto Ma siempre soltaba una risita,
como si... ¡mira que no haber visto nunca una cucaracha! ¡vaya! Era
como si alguien dijera que nunca se había visto los pies.
Cuando
aquella familia fue desahuciada se fue como “ayudanta” a la casa de un
doctor, y después de dos años allí, corriendo arriba y abajo todo el
día, se casó con su marido. Un panadero.
—¡Un
panadero, señora Parker! —exclamaba el caballero literato. Porque
algunas veces dejaba de lado sus volúmenes y la escuchaba o, al menos,
escuchaba ese producto llamado Vida—. ¡Debe de ser bastante bonito
estar casada con un panadero!
La señora
Parker no parecía tan segura.
—Es un
oficio tan limpio —argüía el literato.
La señora
Parker no estaba muy convencida.
—¿No le
gustaba entregar el pan calentito a los clientes?
—Mire,
señor —decía Ma Parker—, yo no subía a la tahona muy a menudo.
Tuvimos trece niños y enterramos a siete. ¡Cuando aquello no era un
hospital, era una enfermería, como quien dice!
—Ni que lo
diga, señora Parker ni que lo diga —exclamaba el literato,
estremeciéndose, y volviendo a empuñar la pluma.
Sí, siete
habían muerto, y cuando los otros seis todavía eran pequeños su
marido se volvió tísico. Harina en los pulmones, le había dicho a
ella el médico... Su marido estaba sentado en la cama con la camisa
subida hasta la cabeza, y el dedo del doctor trazó un círculo sobre su
espalda.
—Fíjese,
si ahora se abriese un agujero aquí, señora Parker, vería que tiene
los pulmones embozados de pasta blanca. Respire, buen hombre, ¡respire
hondo! —Y la señora Parker jamás supo si había visto o si había
imaginado que veía una gran nube de polvo blanco salir de los labios de
su pobre marido...
Y lo que
había tenido que luchar para sacar adelante a aquellos seis renacuajos
y para mantenerse en pie. ¡Había sido terrible! Y entonces, cuando ya
empezaban a ser suficientemente mayores para ir al colegio, la hermana
de su marido había ido a vivir con ellos para ayudarles un poco, y
cuando todavía no llevaba allí dos meses se había caído por una
escalera lastimándose el espinazo. Y durante cinco años Ma Parker
cargó con otro niño —¡y vaya una cuando le daba por llorar!— a
quien cuidar. Luego la pequeña Maudie optó por el mal camino y
arrastró con ella a su hermana Alice; los dos chicos emigraron, y el
pequeño Jim se fue a la India con el ejército, y Ethel, la más
pequeña, se casó con un camarerillo pelafustán que murió de úlceras
el año que nació el pequeño Lennie. Y ahora le había tocado al
pequeño Lennie, mi nietecito...
Lavó y
secó la pila de tazas y de platos sucios. Limpió los cuchillos negros
con un trozo de patata y con el corcho de un tapón. Fregó la mesa, el
aparador y el fregadero en el que flotaban colas de sardina...
Nunca había
sido un niño demasiado fuerte, nunca, desde que nació. Era uno de esos
bebés rubios a quien todo el mundo toma por una niña. Tenía rizos
blancos, plateados, ojos azules, y un lunar, como un diamante, a un lado
de la nariz. ¡Lo que les había costado a Ethel y a ella criarlo!
¡Habían probado tantas cosas que habían leído en los periódicos!
Cada domingo por la mañana Ethel leía en voz alta mientras Ma Parker
hacía la colada.
—Señor
director: Sólo un par de líneas para comunicarle que mi pequeño
Myrtil que se hallaba grave de muerte... Y tras cuatro frascos de...
aumentó 8 libras en 9 semanas, y todavía continúa engordando.
Y entonces
sacaban del aparador la huevera que servía de tintero y se escribía la
carta, y al día siguiente por la mañana, camino del trabajo, Ma
compraba el impreso para el giro postal. Pero no servía de nada. No
había modo de que el pequeño Lennie engordase.
Ni siquiera
llevándolo al cementerio cogía un poco de color; y un buen ajetreo en
el autobús tampoco lograba que mejorase su apetito.
Aunque desde
el principio había sido el niño mimado de su abuela...
—¿Quién
te quiere a ti? —dijo la anciana Ma Parker abandonando los fogones y
dirigiéndose hacia la mugrienta ventana. Y una vocecita tan cálida y
próxima que casi la sobresaltó —pues parecía brotar de debajo de su
corazón— se echó a reír, respondiendo: “¡La abuelita!”.
En aquel
momento se oyeron pasos y el literato apareció, vestido de calle.
—Señora
Parker, voy a salir.
—Perfectamente,
señor.
—Encontrará
la media corona en la bandejita del tintero.
—Gracias,
señor.
—Por
cierto, señora Parker —dijo el caballero rápidamente—, ¿no
tiraría usted por casualidad un poco de cacao la última vez que vino a
limpiar, verdad?
—No,
señor.
—¡Qué
extraño! Hubiera jurado que quedaba una cucharadita de cacao en la lata
—explicó—. Y —añadió amablemente pero con firmeza—: siempre
que tire alguna cosa dígamelo, ¿eh, señora Parker? —Y salió muy
contento de sí mismo, convencido, en realidad, de haberle demostrado a
la señora Parker que, bajo su aparente despiste, era tan observador
como una mujer.
Se oyó el
portazo. Ma Parker tomó la escoba y el trapo del polvo y se encaminó
al dormitorio. Pero cuando empezó a hacer la cama, tirando de las
sábanas, metiéndolas bien y alisándolas, el recuerdo del pequeño
Lennie se hizo insoportable. ¿Por qué había tenido que sufrir tanto?
Eso era lo que ella no podía comprender. ¿Por qué aquel angelito
había tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos por respirar, luchando
por cada gota de aire? No tenía ningún sentido que un niño sufriese
de aquel modo.
Del pecho
del niño, de aquella cajita, salía un sonido como si algo hirviese.
Tenía un gran bulto, algo bulléndole en el pecho y no podía
expulsarlo. Cuando tosía toda la cabecita se le cubría de sudor; los
ojos se le saltaban, le temblaban las manos, y el gran bulto oscilaba
como una patata dentro de un cazo. Pero lo peor de todo era que cuando
no tosía permanecía sentado, recostado en la almohada, y nunca hablaba
ni contestaba, incluso hacía como si no oyese. Se limitaba a quedarse
con la mirada fija, como si estuviese ofendido.
—La
abuelita no puede hacer nada, cariñín —decía Ma Parker,
apartándole suavemente el pelo húmedo de las coloradas orejas. Pero
Lennie movía la cabeza y se apartaba. Parecía tremendamente enfadado
con ella... y solemne. Agachaba la cabeza y la miraba de reojo, como si
nunca hubiera podido pensar que su abuela fuese capaz de aquello.
Cuando
menos... Ma Parker echó la colcha sobre la cama. No, simplemente no
podía pensar en ello. Era demasiado... le había tocado sufrir
demasiado en esta vida. Y hasta ahora había aguantado, no había dejado
que el sufrimiento hiciese mella en ella, y nadie la había visto llorar
ni una sola vez. Nunca, nadie. Ni sus hijos la habían visto dejarse
dominar por la desesperación. Siempre había mantenido la cabeza alta.
¡Pero ahora...! Lennie había muerto... ¿qué le quedaba? Nada. Era lo
único que le quedaba en esta vida, y ahora también se lo habían
llevado. “¿Por qué habrá tenido que ocurrirme precisamente a mí?”,
se preguntó.
—¿Qué he
hecho? —dijo la anciana Ma Parker—. ¿Qué he hecho?
Y mientras
pronunciaba estas palabras dejó caer inesperadamente el plumero. Y se
encontró en la cocina. Se sentía tan desgraciada que volvió a ponerse
el sombrero y las agujas que sujetaban la toca y la chaqueta y salió
del apartamiento como una sonámbula. No sabía lo que hacía. Era como
una persona que traumatizada por el horror de lo que le acaba de
ocurrir, echa a andar... sin dirección alguna, simplemente como si
andando pudiese alejarse...
En la calle
hacía frío. Soplaba un viento helado. La gente pasaba con andar
rápido, muy aprisa; los hombres caminaban como tijeras; las mujeres
deslizándose como gatos. Pero nadie sabía nada, a nadie le preocupaba.
Aunque se hubiese dejado llevar por la desesperación, aunque después
de todos aquellos años se hubiese echado a llorar, tanto si le gustaba
como si no, habría terminado por encontrarse metida en algún aprieto.
Y al pensar
en la posibilidad de llorar fue como si el pequeño Lennie hubiera
vuelto a saltar a sus brazos. Ah, sí, eso es lo que quiero hacer,
pichoncito. La abuela quiere llorar. Si ahora pudiese romper a llorar,
si pudiese llorar cuanto quisiera, por todo cuanto le había ocurrido,
empezando por la primera casa en la que había servido y aquella cruel
cocinera, siguiendo por la familia del doctor, por los siete hijos
muertos, por la muerte de su marido, por la partida de los hijos, si
pudiese llorar por todos aquellos años de miseria que llevaban hasta el
pequeño Lennie. Pero llorar cabalmente por todas esas cosas requería
muchísimo tiempo. De todos modos, había llegado el momento de hacerlo.
Tenía que hacerlo. No podía continuar aplazándolo ni un minuto más;
ya no podía esperar... ¿Adónde podía ir?
“Una vida
muy dura la de Ma Parker, muy dura”. ¡Sí, más de lo que creían,
durísima! La barbilla le empezó a temblequear; no tenía tiempo que
perder. Pero ¿adónde?, ¿adónde?
No podía ir
a su casa; Ethel estaba allí. La pobre se hubiera llevado un susto de
muerte. No podía sentarse en un banco en cualquier parte; la gente se
pararía a hacerle preguntas. Y no podía regresar al hogar del
caballero literato; no tenía ningún derecho a llorar en casa de otros.
Y si se sentaba en la escalera de cualquier edificio algún policía le
diría que estaba prohibido hacerlo.
¡Ay! ¿No
existía ningún sitio donde pudiese esconderse, estar sola tanto como
quisiera, sin que nadie la molestase y sin molestar a otros? ¿No
existía ningún lugar en el mundo donde pudiese, por fin, solazarse
llorando?
Ma Parker
permaneció inmóvil, mirando a uno y otro lado. El gélido viento le
hinchó el delantal como si fuese un globo. Y empezó a llover. No,
aquel sitio no existía.
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