Louise Erdrich
(Little Falls, Minnesota, 1954–)


Matchimanito (1988)
(“Matchimanito”)
Originalmente publicado en la revista The Atlantic (julio 1988);
capítulo 1 y 3 (parcial) de la novela Huellas
(New York: Henry Holt and Company, 1988, 226 págs.)



      Empezamos a morir antes de la nieve y, como la nieve, seguimos cayendo. Era sorprendente que hubiera todavía tantos de nosotros por morir. Lo que bajó del norte en 1912 nos parecía imposible a los que habíamos sobrevivido a la enfermedad moteada del sur, a la larga lucha en el oeste hasta que llegamos al territorio Naduissioux, donde firmamos el tratado, y luego al viento del este que trajo el exilio entre una tolvanera de papeles del gobierno.
       Pensábamos que seguramente, para ese momento, el desastre ya habría perdido la fuerza, que la enfermedad ya se habría llevado a todos los anishinabe que la tierra podía contener y sepultar.
       Pero la tierra no tiene fin y tampoco la suerte, ni tenía fin en un tiempo nuestro pueblo. Nieta: eres la hija de los invisibles, los que desaparecieron cuando descendió la nueva plaga junto con el primer duro castigo del invierno. Consunción, la llamaba el joven padre Damien, quien ese año reemplazó al sacerdote que sucumbió a la misma devastación de su rebaño. Esa enfermedad era diferente de la viruela y de la fiebre porque venía despacio. Sin embargo el resultado era igualmente fatal. Entre tus parientes, familias enteras yacían postradas y sin aliento. Los clanes disminuían en la reserva, donde estábamos obligadamente muy juntos. Nuestra tribu se destrenzaba como una gruesa cuerda deshilachada en ambos extremos, porque tanto caían los viejos como los jóvenes. Uno a uno se borró mi familia y sólo quedó Nanapush. Y entonces, aunque no había vivido más de cincuenta inviernos, me consideraron un anciano. Había visto bastante para serlo. En esos años había visto más cambios que en los cien más cien anteriores.
       Muchacha, vi tiempos que no conocerás.
       Fui el guía de la última cacería de búfalos. Vi matar al último oso. Atrapé al último castor cuyo pelaje pasaba de dos años. Leí en voz alta las palabras del tratado del gobierno y me negué a firmar las escrituras que nos arrebataban nuestros bosques y el lago. Derribé con el hacha el último abeto más viejo que yo y salvé a la última Pillager.
       A Fleur, a la que no quieres llamar madre.
       La encontramos una fría tarde al final del invierno, en la cabaña de tu familia cerca del lago Matchimanito, adonde tenía miedo de ir mi compañero Edgar Pukwan, de la policía tribal. Rodeaban el agua los robles más altos y los bosques habitados por los espectros y los Pillager, que conocían las maneras secretas de curar y de matar, hasta que su arte los abandonó. Mientras arrastrábamos nuestro trineo hasta el claro vimos dos cosas: la chimenea de latón, sin humo, que sobresalía del techo, y el agujero vacío, en la puerta, de la cuerda que la retenía desde el interior. Pukwan no quería entrar; temía que los espíritus insepultos de los Pillager lo agarraran por el cuello y lo convirtieran en un windigo. De modo que fui yo quien rompió la piel bien raspada que servía de ventana. Yo me dejé caer al suelo en el silencio maloliente. Y también fui yo quien encontró al anciano y a la anciana, tus abuelos, al hermano pequeño y a las dos hermanas, fríos como piedras y envueltos en mantas grises de caballo, los rostros vueltos hacia el oeste.
       Asustado como estaba, paralizado por sus formas inertes, toqué cada uno de los bultos en la oscuridad de la cabaña y deseé a cada espíritu buen viaje en el camino de los tres días, el camino de los viejos tiempos, tan recorrido por nuestro pueblo en esa época mortal. Luego algo se agitó en un rincón. Abrí la puerta de par en par. Era la hija mayor, Fleur, de unos diecisiete años en aquel entonces. Tenía tanta fiebre que había arrojado a un lado las mantas y estaba acurrucada contra la fría cocina de leña, temblando y con los ojos muy abiertos. Era tan salvaje como un lobo enfurecido, una chica alta y huesuda cuyas bruscas explosiones de energía y de gruñidos sordos aterrorizaban a Pukwan. De modo que fui yo quien la ató con dificultad a los sacos de provisiones y las tablas del trineo. La envolví en mantas que también até.
       Pukwan nos retuvo, convencido de que debía cumplir las instrucciones de la Agencia al pie de la letra. Clavó con cuidado la señal oficial de cuarentena y luego, sin sacar los cuerpos, trató de quemar la casa. Pero aunque arrojó varias veces queroseno contra los troncos e incluso inició un fuego de astillas y corteza de abeto, las llamas se achicaban y encogían y se convertían en volutas de humo. Pukwan maldecía y se desesperaba atenazado entre sus obligaciones oficiales y su miedo a los Pillager. Este último triunfó. Finalmente dejó caer sus astillas y me ayudó a llevar a Fleur por el sendero.
       Y así dejamos cinco muertos en Matchimanito, congelados detrás de la puerta de la cabaña.
       Algunos dicen que Pukwan y yo deberíamos haber hecho lo que correspondía y haber enterrado en seguida a los Pillager. Dicen que la inquietud y la maldición de las aflicciones que afectaron a nuestro pueblo en los años siguientes fue obra de los espíritus insatisfechos. Yo sé cuál es la realidad y nunca he tenido miedo de hablar. Nuestras dificultades se debían a nuestra vida, al alcohol y a los dólares. Nos atropellábamos por el cebo que nos ofrecía el gobierno y nunca bajábamos la vista ni veíamos cómo a cada paso nos arrebataban la tierra bajo los pies.
       Cuando a Edgar Pukwan le llegó el turno de arrastrar el trineo, salió como si lo persiguieran los demonios, haciendo saltar a Fleur sobre los pozos como si fuera un tronco, y en dos ocasiones la dejó caer en la nieve. Yo seguía al trineo, animaba a Fleur con canciones y le gritaba a Pukwan que tuviera cuidado con las ramas ocultas y las cuestas engañosas, y finalmente logré llevarla a mi cabaña, una cajita repleta de cosas que dominaba el cruce de caminos.
       —Ayúdame —grité mientras cortaba las cuerdas, sin tocar siquiera los nudos. Fleur jadeaba con los ojos cerrados y sacudía la cabeza de un lado a otro. De su pecho brotaban ruidos, se esforzaba por respirar y me echó los brazos al cuello. Débil todavía por mi propia enfermedad, vacilé, caí, y me debatí por entrar en la cabaña con esa chica tan fuerte. No me quedaba aire para maldecir a Pukwan, que miró todo y se negó a tocarla, se volvió y desapareció con el trineo lleno de provisiones. No me sorprendió ni me dio mucha pena lo que me dijo luego el hijo de Pukwan, también llamado Edgar y también de la policía tribal: su padre había vuelto a casa, se había arrastrado hasta la cama y no había probado alimento desde ese momento hasta que exhaló el último aliento.
       En cuanto a Fleur, cada día mejoraba con pequeños cambios. Primero pudo enfocar la vista y la noche siguiente su piel estaba fresca y húmeda. Tenía la cabeza despejada y una semana más tarde recordaba lo que le había sucedido a su familia: que habían enfermado repentinamente y muerto. Con su memoria volvió la mía, sólo que demasiado nítida. Yo no estaba preparado para pensar en la gente que había perdido ni para hablar de ellos, aunque lo hicimos, cuidadosamente, sin dejar que se perdieran sus nombres en un viento que pudiera llegar a sus oídos.
       Temíamos que nos escucharan y no descansaran, que volvieran compadecidos de nuestra soledad. Se sentarían en la nieve del otro lado de la puerta y esperarían hasta que nos reuniéramos con ellos de puro afligidos. Entonces todos haríamos juntos el viaje hasta el pueblo del fin del camino, donde la gente juega día y noche sin perder su dinero, come sin llenarse el estómago y bebe sin perder la cabeza.
       La nieve se retiró lo suficiente para que fuera posible cavar la tierra con picos.
       Como policía tribal, el hijo de Pukwan estaba obligado por los reglamentos a prestar ayuda para enterrar a los muertos. De modo que una vez más recorrimos el oscuro camino de Matchimanito, esta vez con el hijo y no con el padre. Pasamos el día abriendo la tierra hasta que hicimos un hoyo suficientemente grande y profundo para sepultar hombro contra hombro a los Pillager. Luego los cubrimos y construimos cinco casitas de tablas. Yo grabé toscamente con el hacha la marca de su clan, cuatro osos y una marta, y luego Pukwan Júnior se echó al hombro los picos y palas del gobierno y se marchó por el sendero. Yo me quedé junto a las tumbas.
       Les pedí a los Pillager, como había pedido a mis propios hijos y mujeres, que nos dejaran y no volvieran. Les ofrecí tabaco y fumé una pipa de sauce rojo en honor del anciano. Les dije que no acosaran a su hija por haber sobrevivido, ni a mí por haberlos encontrado ni a Pukwan Júnior por irse demasiado pronto. Les dije que lo sentía, pero que ahora debían abandonarnos. Insistí. Pero los Pillager eran tan obstinados como el clan Nanapush y no se alejaban de mis pensamientos. Creo que me siguieron hasta mi casa. A lo largo de todo el sendero, justamente más allá del límite de mi visión, titilaban finos como agujas, sombras atravesando la sombra.
       El sol se había puesto cuando regresé, pero Fleur estaba despierta, sentada en la oscuridad como si supiera. No se movió para encender el fuego, no me preguntó de dónde venía. Tampoco se lo dije, y a medida que pasaban los días hablábamos menos todavía, siempre con grandes precauciones. Sentíamos tan cerca los espíritus de los muertos que finalmente dejamos de hablar.
       Eso empeoró las cosas.
       Sus nombres crecían dentro de nosotros, subían hasta nuestros labios, nos abrían los ojos en mitad de la noche. Estábamos llenos del agua fría y negra de los ahogados, un agua sin aire que lamía nuestras lenguas selladas o rezumaba lentamente de nuestros ojos. Sus nombres se movían dentro de nuestros cuerpos como astillas de hielo. Cuando esas astillas se unieron y nos cubrieron, nos volvimos tan pesados, cargados con esa escarcha de plomo, que no podíamos movernos. Nuestras manos yacían en la mesa como bloques nebulosos. La sangre se nos espesaba. No necesitábamos alimento, y sólo nos hacía falta muy poco calor. Pasaron días y semanas y no salíamos de la cabaña por temor a quebrar nuestros cuerpos fríos y frágiles. Nos habíamos convertido a medias en windigos. Supe más tarde que eso era común, que muchos de nosotros habían muerto así, de aquella enfermedad invisible. Algunos no podían tragar un bocado de comida porque los nombres de sus muertos les inmovilizaban la lengua. Otros dejaban que su sangre se detuviera y seguían también el camino del oeste.
       Pero un día el nuevo sacerdote, que en realidad apenas era un muchacho, abrió nuestra puerta. Una luz enceguecedora y dolorosa inundó la cabaña y nos rodeó a Fleur y a mí. Se ha encontrado a otro Pillager, dijo el sacerdote; Moses, el primo de Fleur, estaba vivo en el bosque. Torpes y estúpidos como osos en su cubil de invierno, parpadeamos ante la silueta delgada del sacerdote. Teníamos los labios apergaminados, pegados. Apenas pudimos articular un saludo, pero nos salvó un pensamiento: el huésped debe comer. Fleur ofreció su silla al padre Damien y echó leña sobre las brasas grises. Buscó harina. Yo salí a traer nieve para derretirla y preparar el té, pero para mi asombro la tierra estaba a la vista. Me sorprendí tanto que me incliné y toqué el suelo blando y húmedo.
       Al principio, cuando traté de usarla, mi voz vacilaba un poco; pero aceitado por el pan, el tocino y el té fuerte, empecé a hablar. Ni siquiera un martillo puede contenerme cuando me lanzo. El padre Damien parecía sorprendido y luego asustado mientras yo me ponía en marcha. Tomé velocidad. Hablaba en las dos lenguas en torrentes que corrían uno al lado del otro por encima de todas las rocas y alrededor de todos los obstáculos. El sonido de mi propia voz me convenció de que estaba vivo. Tuve al padre Damien escuchando toda la noche, con sus ojos verdes redondos, su fina cara tensa por el esfuerzo para comprender, su extraño pelo castaño lleno de rizos y nudos cortados. De vez en cuando respiraba como para añadir alguna observación, pero yo lo aplastaba con mis palabras.
       No sé cuándo fue que tu madre se deslizó afuera.
       Era demasiado joven y no tenía historias ni una profundidad de vida en la que se pudiera confiar. Lo único que tenía era pura fuerza y los nombres de los muertos que la llenaban. Ahora puedo decirlos. Ya no se interesan por ninguno de nosotros. Viejo Pillager. Ogimaakwe, La Jefa, su esposa. Asasaweminikwesens, Cereza Silvestre. Bineshii, Pajarito, llamada también Josette. Y el último, el niño Ombaashi, Alzado por el Viento.
       Y otro, un primo Pillager llamado Moses. Sobrevivió pero, como dijeron más tarde de Fleur, ya no sabía dónde estaba, si en esta reserva o en el otro sitio, sin límites, donde los muertos se sientan a conversar, ven demasiado y consideran tontos a los vivos.
       Y lo éramos. El hambre hace un tonto de cualquiera. En el pasado, algunos habían vendido sus parcelas asignadas por un saco de harina. Otros, desesperados por quedarse, pedían ahora que nos uniéramos y volviéramos a comprar nuestra tierra, o que pagáramos impuestos y rechazáramos el dinero de las hipotecas que barrerían las marcas de nuestros terrenos como si fueran de paja. Muchos estaban decididos a no permitir que los inspectores contratados, incluso los de nuestro pueblo, entraran en los bosques. Hablaban de los guías Hat y Many Women, ahora muertos, que habían recibido la paga del gobierno.
       Pero esos forasteros de primavera iban como antes, y algunos de los nuestros también. La finalidad era medir el lago. Sólo que ahora caminaban sobre las tumbas frescas de los Pillager y atravesaban los caminos de la muerte para calcular las aguas profundas donde el monstruo del lago, Misshepeshu, estaba escondido y aguardaba.
       —Quédate conmigo —le dije a Fleur cuando vino a visitarme.
       Ella se negó.
       —La tierra se perderá —le dije—. La medirán y la venderán.
       Pero ella se echó atrás el pelo y se marchó por el sendero, sin otra cosa para comer hasta el deshielo que un saco de avena y unas cuantas de mis cebollas.
       ¿Quién sabe qué sucedió? Volvió a Matchimanito y se quedó sola en esa cabaña que ni siquiera el fuego había querido. Nunca una chica había hecho eso antes. Oí decir que en esos meses le pidieron el dinero de la contribución por las cuatro parcelas, incluida la isla en que se escondía Moses. El Agente fue allí, se perdió, pasó toda una noche siguiendo las luces y las lámparas de personas que no le respondían, pero que hablaban y reían entre ellas. Sólo le permitieron marcharse al amanecer porque era demasiado estúpido. Sin embargo volvió a pedirle dinero a Fleur, y lo último que supimos de él era que vivía en el bosque, comía raíces y jugaba a los naipes con los fantasmas.
       Cada año hay más gente que viene en busca de lucro y traza líneas a lo largo de la tierra con cuerdas y banderas amarillas. A veces desaparecen, y ahora hay tantos jugando a los dados por la noche cerca de Matchimanito que uno se pregunta cómo hace Fleur para dormir, o si duerme alguna vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Prescinde de tantas cosas. La compañía de los seres vivos. Munición para su rifle.
       Algunos tienen ideas. Ya sabes cómo parlotean las gallinas viejas. Así fue como empezaron los cuentos, los chismes, las conjeturas, todas las cosas que la gente dice sin saber y luego se cree, puesto que ha oído cada palabra con sus propios oídos y de sus propios labios.
       Yo nunca me preocupé por las habladurías de los que engordan a la sombra de la tienda del nuevo Agente. Pero he visto los carros que entraban por el surcado camino de Matchimanito. Pocos han regresado, es verdad, pero ya eran demasiados los que volvían cargados hasta el tope de dura madera verde. Desde donde estamos ahora, nieta mía, he oído crujir y quebrarse los árboles, he sentido temblar el suelo cuando cada uno caía a tierra. Me he convertido en un anciano a medida que un roble era derribado, y otro y otro, que aquí se formaba un vacío y allí un claro y entraba la luz del día.
       Soy de los que se niegan, como los Pillager, aunque les dije en buen inglés al capitán y al Agente lo que pensaba de sus papeles. Podría haber escrito mi nombre y muchas otras cosas. Me educaron los jesuitas de Saint John antes de que volviera al bosque y olvidara todas las plegarias.
       Desde que salvé a Fleur de la enfermedad, quedé unido a ella. No lo sabía al principio. Sólo mirando hacia atrás se reconoce la trama. Yo era el sarmiento de una vid silvestre que rodea los troncos y los acerca. O tal vez era una rama que venía de los Kashpaw y vivió lo suficiente para tocar el próximo árbol, los Pillager, de los que sólo quedaban dos —Moses y Fleur—, primos lejanos, menos relacionados por la sangre que por el nombre y la supervivencia casual. O quizás era yo solo, Nanapush, siempre obstinado. Pero el nombre tuvo relación con lo que ocurrió más tarde, porque fue por intermedio de Fleur Pillager que el nombre Nanapush se transmitió y no morirá conmigo, no se pudrirá en una caja de piel y huesos. Esto, como todas las cosas, tiene una historia que nunca es visible mientras ocurre. Sólo después, cuando un anciano sueña y habla en su silla el dibujo salta a la vista.
       Había tantas cosas que veíamos y no comprendíamos.
       Ese otoño, cuando Fleur regresó a la reserva desde la ciudad, ni uno solo de nosotros imaginó lo que ocultaba debajo de ese trapo verde que era su vestido. Lo recuerdo demasiado chico, abierto en la espalda y tirante en la delantera. Eso fue lo que vi cuando la saludé. No si dentro de ese vestido había dinero, o un hijo.
       Otras personas especulaban.
       Ellos habían aportado el dinero que ella ahora usaba para comprar provisiones y cómo el agente desapareció de su puesto, y salieron apostando a que pronto ella tendría un bebé. Él pudo haberle pagado en efectivo a Fleur y luego huir avergonzado. Incluso podría haberle robado, haberlo maldecido y haber escondido sus restos. Todos pensaban que lo sabrían con certeza, en nueve meses o menos, si el joven Eli Kashpaw no hubiera aparecido y enturbiado las aguas.
       A este Eli nunca le importaron la política, los negocios ni la iglesia. Nunca pidió un terreno ni se registró. Eli se ocultaba de las autoridades, jamás vio el interior de un aula y aunque su madre, Margaret (Osa de los Juncos, como empezó a llamarse cuando comenzó a ocuparse aquí de todo), se bautizó en la iglesia y trataba de llevarlo a misa, lo único que consiguió fue que él se quedara fuera de la gran puerta de pino e hiciera dibujos en los bancos con la punta del cuchillo. En cambio, Nector ayudaba al padre Damien en la misa.
       Por dinero, Eli cortaba troncos, recogía heno, cosechaba patatas o corteza de arándano. Sin embargo, quería ser cazador, como yo, y se ofreció a asociarse conmigo aquel invierno, antes de la enfermedad.
       Yo pienso como los animales, sé bien dónde se ocultan y en mis tiempos he rastreado un ciervo a través del tiempo y la maleza y el campo abierto hasta el sitio donde nació. ¡Sonríes! Pero enseñar estas cosas importantes tenía un inconveniente. Eli aprendió a cazar y a poner trampas tan joven que vivió demasiado tiempo, me parece, en compañía de los árboles y el viento. A los quince años lo ponían incómodo los seres humanos, en especial las mujeres.
       Cuando había alguna cerca, apartaba la mirada y retorcía las manos en los bolsillos. No podía quedarse quieto el tiempo necesario para que una chica advirtiera que no era nada feo, un chico delgado con las cejas curvadas sobre una larga nariz. Pero incluso si ella lo advertía, Eli no era capaz siquiera de darle los buenos días sin empezar a sudar o balbucear alguna excusa tonta. Durante cierto tiempo algunos pensaron que Nector había heredado la mayor parte del cerebro y la agudeza de los Kashpaw, aunque fue el último en nacer y se decía que el chico menor está hecho de materiales más pobres.
       Eli era simplemente más sereno, más reflexivo, más lento para actuar y sacar conclusiones. Yo lo sabía. Porque se comprobó que Eli sabía cómo caer sobre sus pies, cómo hacer que su tímida ignorancia trabajase a su favor. Los errores que cometió más tarde fueron resultado de la desesperación, pero tenía encanto, invisible para mí aunque de algún modo evidente para Fleur. Si no, ¿cómo hubiera podido Eli encontrar una forma de acercarse a ella y sobrevivir?
       Por supuesto, yo le ayudé.
       Soy Nanapush, no lo olvides. Esto es como decir que yo sabía qué le interesaba a Eli Kashpaw. Quería una cosa distinta de lo que yo podía enseñarle sobre el bosque. No sólo tenía curiosidad por saber dónde pesca o se oculta el armiño, o cuándo el lucio permanece bajo el agua o muerde el anzuelo. Quería descubrir cómo, en los tiempos anteriores a la prohibición del sacerdote y a la enfermedad, yo había logrado satisfacer a tres esposas.
       —Nanapush —dijo Eli, cuando apareció un día en la puerta—, tengo que preguntarte una cosa.
       —Entra entonces —respondí—. Yo no muerdo como las muchachitas.
       Parecía más serio y asentado que el invierno anterior, cuando recorríamos las trampas. Yo me preguntaba cuál era el motivo de la diferencia cuando él dijo:
       —Fleur Pillager.
       —No es una muchachita —dije mientras iba hacia la mesa. Él me contó la historia.
       Todo empezó cuando Eli se extravió cerca del Matchimanito. Estaba persiguiendo una gama un día de lluvia ligera, con poca suerte, y tras rodear una ciénaga disparó mal, lo que no era inusitado. La gama quedó herida de muerte, pero no inmovilizada. Bien podía andar el día entero, lo que era una vergüenza para él, de modo que manchó el cañón de su rifle con la sangre del animal, el conjuro que yo le había enseñado, y empezó a seguirle el rastro.
       No le fue fácil. La gama atravesó el bosque, seguía el peor camino, se movía entre la espesura como un fantasma. Durante horas Eli señaló su paso con ramas quebradas, montoncillos de hojas o la huella de su bota. Pero el rastro y el día se acababan. Por alguna razón que él mismo no comprendía, no dejó más señales.
       —En ese momento deberías haber regresado —le dije—. Debías saberlo. No es casual que a la gente le disguste ir allá. Los árboles son demasiado grandes, gruesos y retorcidos en la copa como brazos. Al viento sus ramas crujen unas contra otras, se quiebran. El follaje habla un lenguaje frío que te invade el cerebro. Quieres echarte en el suelo. Quieres no volver a levantarte. Tienes hambre. Arrancas zarzamoras y te las tragas y luego cagas como un pájaro. Tu sangre se debilita. Estás demasiado cerca de la morada del hombre del lago. Y de donde yo enterré a los Pillager durante la larga enfermedad que se los llevó así como se llevó al clan Nanapush.
       Y le dije además a Eli Kashpaw:
       —Comprendo a Fleur. Estoy solo. Yo sé que no era una gama corriente la que te arrastró allá.
       Pero la gama era real, me dijo; estaba herida y débil. El rastro de sangre fue cada vez más fresco y más oscuro hasta que creyó oír sus pasos algo más adelante y se inclinó hacia el suelo, ansioso por ver a la luz del ocaso y vislumbrar un movimiento, y en cambio advirtió la luz del fuego. Se acercó y se detuvo justamente fuera del círculo iluminado. La gama ya estaba abierta en canal, suspendida de una cuerda. Cuando vio a la mujer que le quitaba las vísceras con largos movimientos veloces de sus brazos desnudos y ensangrentados, entró en el claro.
       —Es mía —dijo.
       Yo meneé la cabeza, me cubrí la cara.
       —Deberías haber regresado —le dije—. ¡Estúpido, deberías haber dejado las cosas como estaban!
       Pero era obstinado, un rasgo de los Kashpaw que presagiaba lo que vendría. De todos modos no hubiera podido llevarse la gama; no habría podido cargarla a la espalda aunque hubiese sabido en qué dirección ir. Pero se mantuvo firme, y dijo que había perseguido al animal herido hasta demasiado lejos para perderlo. Ella no respondió.
       —Al menos la mitad —dijo mientras le miraba la espalda, incómodo. Aún así, no estaba dispuesto a ser más generoso.
       Ella siguió trabajando. No reparó en él. Eli era tan ignorante que se le acercó y le dio un golpecito en el hombro. Ella no se movió. Eli dio la vuelta a su alrededor, miró el cuchillo, se puso delante de sus ojos.
       Finalmente ella lo miró, dijo él, pero luego lo trató como si no existiera.
       —Mosquito. —Ella se enderezó, con el cuchillo flojo en la mano—, deja de zumbar.
       Eli dijo que parecía tan huraña que su belleza no le impresionó; yo me acerqué más, preocupado por lo que había dicho, porque contó que tenía el pelo muy sucio, la cara descarnada, y que su vestido era apenas un trapo colgante sin otra curva que la de sus pechos.
       Algo había observado.
       —¿Ninguna curva? —dije, pensando en los rumores.
       Negó con la cabeza, impaciente por continuar su historia. Dijo que le dio pena. Le conté que el último hombre que había sentido pena por Fleur apareció con los pies para arriba en su tina de baño, ahogado. Yo había sido amigo de los Pillager antes de su muerte, le dije, y estaba a salvo de Fleur porque ambos habíamos llorado juntos a los muertos. Era casi de mi familia. Pero no ocurría así en el caso de él.
       Eli me miró incrédulo, con el ceño fruncido. Luego dijo que no veía por qué era tan peligrosa. Un rato más tarde comprendió que ella estaba exhausta, y no furiosa. No protestó cuando él empezó a ayudarla con su propio cuchillo. A mitad del trabajo, permitió que él terminara solo, y entonces Eli colgó del árbol la mayor parte de la carne. Llevó a la cabaña los mejores trozos. Ella lo dejó pasar, casi sin verlo, y él le ayudó a encender el pequeño fogón y hasta empezó a fundir el tocino. Ella se comió el corazón entero como un animal hambriento, y luego cerró los ojos.
       Por la forma en que él describía sus acciones, tuve la certeza de que Fleur estaba embarazada. Conozco las señales y puedo hablar de esto porque soy un anciano y estoy mucho más allá de todo lo que pueda hacer una mujer para debilitarme. Y aún más seguro estuve cuando Eli contó que la alzó en sus brazos, la llevó a su cama de sauce y la cubrió con sus mantas. Y por difícil de creer que esto sea para un viejo, aunque era lo primero que hacía bien, Eli se envolvió en su abrigo en el lado opuesto de la cabaña y pasó allí la noche, solo.



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