Louise Erdrich
(Little Falls, Minnesota, 1954–)


Santa Marie (1984)
(“Saint Marie”)
Originalmente publicado en la revista The Atlantic (marzo 1984);
capítulo 2 de la novela Love Medicine
(New York: Holt, Rinehart and Winston, 1984, 275 págs.);
The Red Convertible: Selected and New Stories 1978-2008
(Nueva York: HarperCollins Publishers, 2009, 496 págs.)



      De modo que, cuando me dirigí hacia allí, ya sabía que el pez oscuro iba a aparecer. Unos penachos resplandecientes se habían adherido a mí. Ninguna muchacha de la reserva había rezado nunca con tanto ahínco. Era inútil tratar de ignorarme por más tiempo. Yo subiría a esa colina con las mujeres de vestidos negros. Ellas no eran más etéreas que yo. Iría allí arriba para rezar tan bien como ellas, porque yo no tengo tanta sangre india. Y jamás pensaron que una chica de esta reserva pudiera ser una santa ante la que tendrían que arrodillarse. Pero me tendrán a mí. Y seré tallada en oro macizo. Con labios de rubí. Las uñas de mis pies serán pequeñas conchas rosas del océano y ellas tendrán que bajarse de sus grandes caballos para besármelos.
       Yo era ignorante. Tenía casi catorce años. El cielo tiene más o menos el tamaño de mi ignorancia. Y es casi tan puro. Y aquello, la pura amplitud de mi ignorancia, fue lo que me condujo colina arriba hasta el convento del Sagrado Corazón y me trajo de vuelta con vida. Pues es posible que Jesús no mordiera mi anzuelo, pero ellas, las hermanas, trataron de tragarme entera.
       ¿Habéis visto alguna vez cuando un lucio muerde tan fuerte el cebo que el anzuelo le sale prácticamente por detrás antes de sacarlo? Eso mismo fue lo que hicieron conmigo. No me gusta esa lamentable comparación, pero he visto un lucio así una vez. Y eso mismo fue lo que intentó la hermana Leopolda para tenerme en sus garras.
       Yo tenía el alma católica que se vende por correo, la que suele encontrarse en una chica criada en el monte, cuyo único empeño es irse al pueblo. Porque la misa del domingo era el único momento en que mi padre llevaba allí a sus hijos, además de la escuela, donde nos engancharon. Nuestras almas se vendieron baratas. Estábamos tan ansiosos por ir allí que hubiésemos caminado sobre las manos y las rodillas. Soñábamos con ir a las tiendas, lanzar chapas de botellas al suelo y poner cara de tonto. Y por supuesto, íbamos a la iglesia.
       El convento se encuentra en lo alto de la colina más elevada, para que, desde sus ventanas, las hermanas puedan ver el centro del pueblo. Hacía poco habían plantado un cortaviento delante del bar «para cumplir los requisitos del seguro contra tornados». No me lo creo. Pusieron esa cortina de álamos para ocultar a los bebedores mientras se produce la metamorfosis. Mientras se transforman en la bestia de su carga. Cuando beben, ese cuerpo cae sobre ellos y, después, salen del bar dando tumbos o arrastrándose, llevando un peso que no pueden cargar hasta más allá de los álamos. No quieren ningún testigo sagrado de su caída.
       De todos modos, subí a la colina. Ocurrió un día, hace mucho. Un serpenteante camino para carretas lleno de surcos conducía hasta lo alto de la colina, donde tenían sus construcciones de ladrillos pintadas de un blanco rutilante. Tan blanco que el sol reverberaba con un despliegue deslumbrante de formas que danzaban detrás de los párpados. La cara de Dios a la que apenas uno podía mirar. Pero ese día lloviznaba, de modo que pude mirar todo cuanto quise. Vi el lado menos atractivo. La cal resquebrajada, y los nidos de golondrinas en los aleros vencidos de los tejados. Vi las recortadas tablas de madera del tamaño de los cristales rotos de las ventanas y los árboles frutales desmochados. Solo florecía el recio ruibarbo silvestre. Unas varas de oro trepaban por las paredes. Era un convento pobre. Ahora lo sé. Comparado con otros era humilde, tosco, perdido en medio de la nada. Para algunos, aquello era el fin del mundo. Allí donde terminaban los mapas. Allí donde Dios solo había intervenido a medias en la Creación. Donde el Oscuro había sembrado el denso monte, el alcohol, los perros salvajes y los indios.
       Más tarde escuché decir que el convento del Sagrado Corazón era el sumidero de las monjas que no se adaptaban a ningún sitio. Monjas que se quejan demasiado o que han perdido el juicio. Ahora que he oído decir eso, siempre me preguntaré de dónde sacarían a la hermana Leopolda. Quizá había lacerado a otra persona, del mismo modo que había dejado su marca en mí. Quizá la enviaban, aquí y allá, solo para poner a prueba la fe de sus hermanas, como el inspector sorpresa en una fábrica. Porque ella era la prueba más dura para comprobar el aguante de cualquiera, incluso para aquellas que comenzaban con un velo de condenado amor en los ojos.
       Yo era esa chica que creía que el dobladillo de su vestido negro me ayudaría a elevarme. Velos de amor, que no eran sino odio petrificado por el ansia, así era yo. Yo era como esos indios del monte que robaban el sagrado sombrero negro de los jesuitas y tragaban trocitos de él para curarse las fiebres. Pero el mismísimo sombrero transmitía la viruela y los mataba a golpe de fe. ¡Velos de fe! Yo tenía ese tipo de fe en Leopolda. Ella era diferente. Hacía mucho tiempo que las demás hermanas se habían olvidado de Satán y habían tirado la toalla. Para ellas, él estaba dormido. Sus idas y venidas les pasaban inadvertidas. Pero Leopolda le seguía la pista y conocía todos sus hábitos, las mentes en las que se abría camino, los amplios espacios donde se escondía. Ella sabía tanto de él como mi abuela, que lo llamaba por otros nombres y no le tenía miedo.
       En su clase, la hermana Leopolda tenía un largo palo de roble para abrir las ventanas altas. En el extremo tenía un gancho de hierro con el que podía tirarte de un mechón de pelo o agarrarte del cuello desde lejos. Utilizaba ese gancho letal para coger a Satán por sorpresa. Él podía haber entrado en ti sin que lo supieras, por la boca o la nariz o cualquiera de tus siete orificios, y haberse apoderado de tu mente. Pero ella lo vería. Ese palo podía partirte la crisma por detrás. Y él resollaría, aturdido, y tomaría lo primero que ella le ofrecía: dolor.
       Ella tenía una serie de niños que solo podían respirar si ella lo decía. Yo era la peor de todas. Ella siempre sostenía que el Oscuro me quería a mí más que a las demás, y yo me lo creía. Yo destacaba sobre las otras. El Maligno era una cosa corriente en la que yo creía. A veces, antes de dormirme, venía y me susurraba palabras en la antigua lengua del monte. Yo escuchaba. Me decía cosas que no solo le decía a los indios. Yo tenía el privilegio de acceder a su conocimiento de ambos mundos. La escuchaba pero, aun así, confiaba en Leopolda. Pues era la única de la panda en quien él reparaba.
       Llegó un día, sin embargo, en que Leopolda cambió el curso de las cosas con su palo-gancho.
       Era un día tranquilo, todos estábamos trabajando en nuestros pupitres, cuando lo oí. Se había deslizado en los armarios del fondo del aula. Arañaba las paredes, se comía las migajas de nuestros bolsillos, robaba botones y manchaba con su oscuro jugo nuestros forros y zapatos. Yo fui la única que lo oí, y me volví atrevida. Sonreí. Eché un vistazo atrás y sonreí, y luego la miré de reojo para ver si ella se había dado cuenta. El corazón me dio un vuelco. Porque ella había fijado su atención en mí. Y olisqueaba. Tenía una enorme, descarnada y huesuda nariz pegada en mitad de la cara para oler el azufre y los malos pensamientos. Lo había olido en mí. Se levantó. Alta y pálida, era una negrura hundiéndose en la todavía más profunda negrura de la pared de pizarra a sus espaldas. El palo de roble había volado hasta su mano. Me había visto con los ojos puestos en el armario. Ah, lo sabía. Sabía exactamente dónde estaba él. Observé cómo ella lo escrutaba en su mente. Ahora toda la clase estaba mirando. No quitaba ojo de su escaramuza, midiéndolo. Y de pronto, se tensó, se arrodilló con serenidad y echó el brazo atrás. Lanzó el palo de roble, que pasó silbando por encima de mi cabeza. Atravesó la delgada puerta de madera del armario del fondo y el pesado y puntiagudo gancho se clavó en su corazón. Me giré. Había atravesado su propia bota de goma negra donde él se había refugiado, en el extremo más oscuro de la punta.
       Algo aulló en mi mente. Pérdida y oscuridad. Lo comprendí. Yo iba a sufrir por esa sonrisa mía.
       Él se alzó con fuerza en mi corazón. No pestañeé cuando el palo crujió. Tenía la cabeza dura. No me estremecí cuando ella me gritó al oído. Simplemente me encogí de hombros ante las flores del infierno. Él me quería. Más que cualquier otra cosa, él me deseaba. Pero entonces ella hizo lo peor. Hizo algo que me puso a su merced. Me cogió por el cuello y me arrastró con los pies en el aire por la habitación hasta arrojarme al armario junto a su negra bota de goma muerta. Y allí estaba yo. La única luz provenía de una rendija por debajo de la puerta. Le pedí al Oscuro que entrara en mí y despertara mi mente. Le pedí que contuviera las lágrimas que brotaban por debajo de mis párpados. Pero él tenía miedo de volver allí. Tenía miedo de su afilado palo. Y yo también temía al palo de Leopolda, por primera vez. Sentía el gélido gancho en mi corazón. Podía atravesar la puerta en cualquier momento y sacarme a rastras, como un pez muerto en un arpón, para dejarme caer en el suelo como una ardilla a la que habrían disparado en las tripas.
       Yo no era nada. Me pegué contra la pared cuanto pude. Respiré el polvo de tiza. El dobladillo del manto negro de Leopolda me cortaba la mejilla. Él me había abandonado. La lanza de ella podría alcanzarme en cualquier momento. Su fino oído dirigiría el gancho hasta el latido de mi corazón.
       ¿Qué era ese ruido?
       Llenaba el armario, lo llenaba hasta rebosar, pero no reconocí como mía la voz que se alzaba y lloraba hasta que la puerta se abrió de golpe, vi la luz y ella me levantó hasta sus labios, que olían a alcanfor.
       —Él te desea —dijo—. Esa es la diferencia. Yo te doy amor.
       Amor. El gancho negro. La lanza silbando por mi mente. Entendí que ella había seguido al Oscuro hasta mi corazón y lo había dejado al descubierto. De modo que ahora mi corazón era un nido vacío donde ella podía agazaparse.
       Está bien, fui débil. Fui débil cuando la dejé pasar, pero ella se afianzó dentro de mí. Era difícil desalojarla de allí con el paso de los meses. A veces, notaba la presencia de él (el roce de unas alas tenues), pero solo en raras ocasiones se imponía su voz. Ahora la lucha había cambiado de contendientes y se libraba entre Marie y Leopolda. Comencé a comprender que me había equivocado de camino con las frutas del infierno. La verdadera forma de vencer a Leopolda consistía en llegar al paraíso la primera. Y entonces, cuando la viera llegar, cerraría la puerta. ¡Así se quedaría fuera! Por eso, además de por las inclinaciones y reverencias que me harían, deseaba sentarme en el altar como una santa.
       Con ese fin subí la colina. La hermana Leopolda era la monja consagrada que me había instado a ir allí.
       —No eres vanidosa —había dicho—. Eres demasiado honesta para eso cuando te miras al espejo. No eres inteligente. No tienes ambición suficiente para salvarte. Solo te quedan dos opciones: una, puedes casarte con un indio inútil, darle hijos y morir como un perro. O dos, puedes entregarte a Dios.
       —Iré allí arriba —respondí—, pero no por lo que usted piensa.
       Yo podía conseguir a cualquier maldito hombre de la reserva en aquella época. Y habría logrado que me quisiese más que a su propia vida. Era guapa. Y parecía blanca. Pero yo deseaba el corazón de la hermana Leopolda. Y esa era la cuestión: a veces deseaba su corazón por amor y admiración. Y otras deseaba su corazón para asarlo en un palo negro.

       Abrió la puerta trasera, donde me había ordenado llamar. Me quedé allí con mi hatillo. Me miró de arriba abajo.
       —Está bien —dijo al fin—. Pasa.
       Me cogió la mano. Sus dedos, delgados y secos, semejaban un haz de paja de escoba, pero desprendían una fuerza que no era natural. Jamás habría sido capaz de soltarme aunque me hubiese llevado a un horno al rojo vivo. Su fuerza era una especie de milagro perverso, porque la obtenía ayunando hasta alcanzar una delgadez extrema. Y debido a ese ayuno, sus labios tenían el color marrón de las heridas y su piel, una palidez mortal. Las cuencas de sus ojos eran demasiado profundas, dos agujeros sin pestañas. Ya os he hablado de su nariz. Sobresalía mucho y volvía aún más hondo el hueco de sus ojos, como si mirara desde el cañón de un arma. Me quitó el hatillo de las manos y lo lanzó a una esquina.
       —Dormirás detrás del fogón, niña.
       Era enorme, como un inmenso horno. Justo detrás surgía un pequeño catre.
       —Parece que allí hará calorcito —dije.
       —Calor. Desde luego.
       —¿Me van a dar un hábito?
       Yo quería algo como lo que llevaba ella. De algodón negro y amplio. Tenía la cara cubierta de vendas blancas, y una cresta de cartón almidonado le colgaba de la frente como un pico brillante. En la medida de lo posible, yo quería un pico más grande, más largo y más blanco que el suyo.
       —No —objetó, sonriendo con su enorme sonrisa de cráneo—. Todavía no tienes derecho a uno. Quién sabe, puede que no te gustemos. O que tú no nos gustes a nosotras.
       Pero ella me había amado, o me había ofrecido su amor. Y había intentado cazar al Oscuro. De modo que me sentía confiada.
       —Heredaré sus llaves —afirmé.
       Me dirigió una mirada severa y su sonrisa se torció en una mueca extraña. Siseó mientras tomaba aire. Después, se giró hacia la puerta y sacó una llave del cinturón. Era una llave gigantesca, que abría la despensa donde se guardaba la comida.
       Adentro había toda clase de manjares. Cosas que yo solo había probado una o dos veces en mi vida. Había fruta seca, tarros de cáscara de naranja y especias como la canela. Latas de galletas saladas con barcos pintados en el lateral. Vi encurtidos. Frascos de arenques y de corteza de cerdo. Queso, un gran trozo parduzco hecho con la espesa leche de las cabras. Y enormes cantidades de productos cotidianos como harina y café.
       El queso me impresionó. Nada más verlo, sentí un hueco en el estómago. Se me hizo la boca agua. Me encantaba ese queso de cabra más que ninguna otra cosa que hubiese comido antes. Lo miré fijamente. La suntuosa curva de la tela que lo cubría.
       —Cuando heredes mis llaves —dijo con tono ácido, cerrando la puerta en mis narices—, podrás comer todo el queso del cura que quieras.
       Después, pareció reflexionar sobre lo que acababa de hacer. Me miró. Sacó de nuevo la llave de su cinturón y volvió para cortar un trozo de queso que me puso en la mano.
       —Si eres buena, volverás a probar de este queso. Cuando yo esté muerta y enterrada —añadió.
       Después, arrastró fuera el enorme saco de harina. Cuando terminé ese manjar de los dioses, me ordenó que me arremangara y me pusiera a hacer la obra de Dios. Durante un rato trabajamos en silencio, mezclando la masa y extendiéndola sobre losas de piedra.
       —La obra de Dios —dije al cabo de un rato—. Si esta es la obra de Dios, entonces llevo haciéndola toda mi vida.
       —Bueno, la habrás hecho con el demonio en tu corazón —repuso—. No con Dios.
       —¿Cómo lo sabe? —pregunté. Pero yo sabía que lo sabía. Y me arrepentí de haber sacado el tema.
       —Veo en ti como en un cristal —dijo—. Siempre lo he hecho. Tú no lo sabes —prosiguió tras una pausa—, pero él ha venido aquí enfurruñado. Él ha venido rumiando algo. Tú lo has traído hasta aquí. Él conoce mi olor y va hacer un último y desesperado intento por recuperarte. No dejes que lo haga. —Me dirigió una intensa mirada. Tenía una expresión gélida en sus ojos encendidos—. No dejes que te toque. Nos llevará mucho tiempo deshacernos de él.
       Así que tuve cuidado. Tuve cuidado de no cederle ni un centímetro. Recé un rosario, y hasta dos y tres, en voz muy baja. Dije el credo. Recité cada palabra de latín que conocía mientras amasábamos con los puños. Y aun así, solté la taza, que cayó rodando bajo la monstruosa cocina de hierro, encendida para cocer el pan.
       Y ella se abalanzó sobre mí. Vio que él se había deslizado en ese descuido mío.
       —Nuestra buena taza —dijo—. Sácala de allí debajo, Marie.
       Busqué el atizador para sacarla de debajo del fogón. Pero al mismo tiempo sentí un nudo de angustia en el estómago. Y, desde luego, el largo brazo de ella pasó ante mí como un látigo. El atizador aterrizó en su mano.
       —Venga —dijo—. Mete el brazo para buscar la taza. Y cuando te queme la carne, acuérdate de que las llamas que notas no son más que una fracción del calor que sentirás en su abrazo infernal.
       Ella siempre hacía las cosas así, para darte una lección. Por eso no me sorprendí. De todos modos era puro teatro, porque una cocina no suele estar muy caliente por debajo, junto al suelo. No están hechas de esa forma. En caso contrario, el suelo de madera ardería. Así que asentí, me tumbé bocabajo y alargué el brazo. Tenía la intención de cogerla rápidamente y ponerme en pie enseguida, antes de que se le ocurriese cualquier otra lección, pero entonces sucedió. Por mucho que yo buscara la taza a tientas, mi mano no encontraba nada. Esa taza no estaba en ninguna parte. La oí dar un paso hacia mí, lentamente, oí el crujido de su grueso zapato de cuero, el suave «flap» de los pliegues de sus pesadas faldas, el murmullo de un fino hilo de arena que se deslizaba en alguna parte, quizá en sus entrañas, y tuve miedo. Intenté incorporarme, pero apoyó levemente el pie detrás de mi oreja, bajándome. El pie me pisó con más fuerza la nuca y me retuvo.
       —Eres igual que era yo —dijo—. Él te desea muchísimo.
       —Ya no me desea en absoluto —repuse—. Ha tenido suficiente. ¡Y tengo la taza!
       Oí la válvula que se abría y el silbido del aire aspirado, y supe que no debí haber hablado.
       —Mientes —espetó—. Eres fría. Un hielo maligno se está formando en tu sangre. No sientes una pizca de devoción hacia Dios. Tan solo una lujuria salvaje, fría y oscura. Lo sé. Sé lo que sientes. Veo la bestia… A veces la bestia me mira a través de tus ojos. Heladora.
       Un impaciente ruido metálico. Tardé un poco en saber de dónde procedía. De encima del fogón. El hervidor. Ella se mantenía firme gracias al atizador de hierro. Lo sentí como una certeza absoluta, hundiéndose en el suelo de madera. Yo no le recordaría los atizadores. Oí el agua conforme surgía y manaba de la boca del hervidor, enfriándose mientras caía, pero aun así me escaldó al golpearme. Debí de retorcerme bajo su pie porque ella me sujetó, y entonces el atizador me tocó detrás del brazo como para guiarme.
       —Para calentar tu gélido corazón de ceniza —dijo.
       Comprendí lo paciente que ella podría llegar a ser. Llegó el agua. Mi mente se quedó en blanco. Otra vez. Solo podía pensar en que el hervidor se enfriaba lentamente en su mano. No lo soportaba. Me mordí el labio para no complacerla con una queja. Ella me dio más motivos todavía para quedarme quieta.
       —Como abras la boca, lo herviré para sacarlo de tu mente —dijo—, llenándote la oreja de agua.
       Cualquier lerda con dos dedos de frente habría salido corriendo colina abajo apenas se hubiera visto libre del pie de Leopolda. Pero para entonces yo ya había caído presa de su oscura inteligencia. Era incapaz de pensar con claridad. Había rezado con tal fuerza que creo que se me rompió algún engranaje de la mente. Recé mientras su pie me aplastaba la garganta. Mientras mi piel reventaba. Recé incluso cuando oí el viento que pasaba y chillaba en los destrozados nidos de los pájaros. No me detuve cuando cayó una luz pura, dando vueltas lentamente detrás de mis párpados. El rostro de Dios. Ni siquiera eso interrumpió mi continua plegaria. Surgían palabras. Surgían palabras desde ninguna parte y me anegaban la mente.
       Ahora yo podía rezar mejor que cualquiera de ellas. Que todas ellas juntas con toda su fuerza. Había quedado demostrado. Me volví hacia ella en una nebulosa cuando dejó que me levantara. Mis pensamientos se habían esfumado y, sin embargo, recuerdo lo perpleja que me sentí. En sus ojos brillaban las lágrimas, muy hondo, como un reflejo hundiéndose en un pozo.
       —Ha sido tan duro, Marie —susurró. Le temblaban las manos. El hervidor chasqueó contra la cocina—. Pero he usado toda el agua. Creo que él se ha ido.
       —He rezado —dije tontamente—. He rezado con todas mis fuerzas.
       —Sí —contestó—. Querida mía, lo sé.

       Nos quedamos sentadas en silencio porque ya no teníamos palabras. Dejamos que la masa subiera y la golpeamos una vez más. Ella me dio un tazón de papilla, sacó el salchichón de un armario especial cerrado con llave y se lo llevó a las hermanas. Se sentaron en el comedor, masticaban el salchichón, y yo las oía. Podía oír cómo sus dientes mordían el pan y la carne. No podía moverme. Mi camisa estaba seca, pero la tela se me pegaba a la espalda y era incapaz de pensar con claridad. Estaba perdiendo el juicio intentando comprender cómo funcionaba su mente. Había pasado ante mí con el atizador y yo jamás sería una santa. Me desanimé. Sentía como si yo no tuviera ninguna voz interior, nada que me dirigiera, ninguna oscuridad, ninguna Marie. Estuve a punto de tirar esa papilla de avena a los pájaros y de salir corriendo, cuando en mi cabeza surgió de pronto la visión, resplandeciente.
       Yo estaba bañada en oro. Tenía los pechos desnudos y mis pezones centelleaban y titilaban. La punta era de diamante. Podía atravesar cristales, podía atravesar ventanas. Ella estaba a mis pies, tragándose los cristales rotos a cada paso que yo daba. Yo cruzaba otra ventana, y otra. Los cristales que ella tragaba cortaban y trituraban sus entrañas hambrientas hasta que no fueron más que un fino polvo. Tosió. Tosió una nube de polvo. Y después no era más que un negro harapo que ondulaba, enganchado en un alambre de púas, y colgaba allí durante una eternidad hasta pudrirse bajo la brisa.
       Lo vi, con la boca abierta y la mirada clavada en los árboles que se agitaban con el viento.
       —¡Levántate! —gritó—. Basta de soñar. Es hora de cocer el pan.
       Las otras dos hermanas habían llegado con ella, dos mujeres corpulentas con manos como remos. Aplanaban y extendían el fuego bajo las enormes mandíbulas del horno.
       —¿Quién es esta? —preguntaron a Leopolda—. ¿Es tuya?
       —Es mía —asintió Leopolda—. Una chica muy buena.
       —¿Cómo te llamas? —me preguntó una.
       —Marie.
       —Marie. Estrella del mar.
       —Brillará —dijo Leopolda—, cuando hayamos quemado toda la negra herrumbre.
       Las otras mujeres se echaron a reír, pero con una risa titubeante. Eran dos francesas rudas y lentas, que no entendían las retorcidas bromas de Leopolda, aunque murmuraban respetuosamente a todo lo que ella decía. Yo sabía que ellas no se creerían lo que había hecho con el hervidor. De modo que permanecí callada.
       —Elle est docile —dijeron con aprobación al marcharse para almidonar las sábanas.
       —¿Duele? —me preguntó Leopolda en cuanto salieron por la puerta.
       No respondí. Me sentía mareada a causa del dolor.
       —Ven —dijo.
       El edificio se hallaba ahora en silencio. La seguí por las estrechas escaleras hasta un pasillo de diminutos dormitorios, lleno de puertas, igual que un hotel. Su celda se encontraba al final de todo. En el interior había un basto jergón, una pequeña estantería sobre la que colgaba un cuadro de san Francisco de Asís, una palma andrajosa y un crucifijo. Me ordenó que me quitase la blusa y me sentase en el colchón. Obedecí. Buscó un bote de ungüento en la estantería y comenzó a untármelo en mis llagas. Su mano dibujaba con firmeza lentos y amplios círculos, deteniendo el dolor. Cerré los ojos. Esperaba ver la dócil oscuridad. Paz. Pero en su lugar surgió de nuevo la visión. Mis pechos tenían todavía las puntas de diamante. Atravesaba ventanas. Y ella masticaba las esquirlas que yo iba dejando tras de mí.
       —Me marcho —dije—. Deje que me vaya.
       Pero ella me sujetaba.
       —No te vayas —dijo rápidamente—. No lo hagas. Acabamos de empezar.
       Yo me iba debilitando. Mis pensamientos eran un penoso torbellino. El dolor había alimentado mi fortaleza, pero en cuanto me abandonó, comencé a olvidarlo, no podía aguantar. Empecé a preguntarme si de verdad me había escaldado con el hervidor. Era incapaz de recordarlo. Acordarme de aquello me parecía lo más importante del mundo. Estaba perdiendo la memoria. El agua hirviendo. Derramada sobre mí. Empezaba a desvanecerse. Sentí como si mi mente se precipitara fuera, ondeando al viento, colgando por los pelos de mi propio dolor. Me retorcí para liberarme de sus manos.
       —Él siempre ha estado en usted —dije—. Incluso más que en mí. La ha deseado todavía más. Y ahora la ha alcanzado. ¡Atrás!
       Grité esas palabras, agarré mi blusa y salí corriendo por la puerta mientras me echaba encima la prenda. Bajé las escaleras y llegué a la cocina, pero a pesar de todo lo que yo me iba diciendo a mí misma, no logré salir. No había terminado. Y ella sabía que no me iría. Su paso tranquilo sonó enseguida a mis espaldas.
       —Ahora tenemos que sacar el pan del horno —dijo.
       Fingía que no había pasado nada. Pero por primera vez, yo había encontrado una fisura en su oscuridad. Había rozado una duda. Su voz era tan baja y quebradiza que se quebró al final de la frase.
       —Ayúdame, Marie —articuló lentamente.
       Pero yo no pensaba ayudarla, aunque ella me abrochaba tranquilamente la blusa y me metió en las manos las gruesas manoplas de tela para sacar las hogazas de pan. En ese momento podría haber salido corriendo. Pero no lo hice. Sabía que algo estaba a punto de completarse. Algo iba a suceder. Mi espalda era un muro de llamas sibilantes. Me di la vuelta. La miré mientras cogía el largo tenedor en una mano para comprobar los panes con leves golpecitos. Con la otra mano agarró el atizador negro para enganchar los moldes.
       —Ayúdame —dijo de nuevo, y reflexioné.
       Sí, esto formaba parte de ella misma. Me puse las manoplas y abrí la puerta con fuerza. El horno abrió la boca de par en par. Ella dio un paso atrás, dejando que se disipara la primera vaharada de calor. Me coloqué detrás de ella. Notaba el calor delante y detrás de mí. Delante, detrás. Mi piel se iba tornando del color del oro batido. Llegaba más rápido de lo que yo creía. El horno semejaba la puerta de un infierno personal. Justo lo bastante grande y caliente para una persona, y esa era ella. Una patada y Leopolda se precipitaría allí dentro de cabeza. Y eso solo sería una millonésima parte del calor que sentiría cuando terminara al fin por derrumbarse en su abrazo diabólico.
       Los santos conocen esos números.
       Se inclinó hacia delante con el tenedor extendido. Le propiné una patada con todas mis fuerzas. Voló hacia dentro. Pero el atizador que sujetaba con el brazo extendido golpeó primero la pared del fondo, por lo que ella rebotó. El horno no era tan hondo como yo me creía.
       Durante un fugaz momento sentí una especie de fina y ardiente decepción, al igual que cuando un pez se escurre del anzuelo. Solo que esta vez iba a ser yo quien se perdiera. Ella permanecía callada en un silencio aterrador. Se giró de pronto. Su velo presentaba bordes afilados. Sujetaba el atizador en una mano. En la otra, sostenía ese largo tenedor que había utilizado para golpear la delicada corteza de los panes. Su rostro se volvió del revés en sus hombros. Se tornó azul. Pero los santos están acostumbrados a los milagros. No sentí el menor miedo.
       Si yo debía perderme, ¡que cortaran los diamantes! ¡Que comiera pues cristales rotos del suelo!
       —¡Puta de Jesucristo! —grité—. ¡Arrodíllate y suplica! ¡Lame el suelo!
       Y entonces me atravesó la mano con el tenedor, antes de alzar el atizador hasta la altura de mi cabeza y dejarme inconsciente de un golpe.
       Volví en mí una hora más tarde quizá. Todo era tan extraño. Tan extraño que apenas puedo contarlo de lo placentero que resulta recordarlo. Pues cuando recobré el sentido, aquello estaba ocurriendo de verdad. Me estaban adorando. De algún modo yo había ascendido hasta el altar de una santa.
       Estaba tumbada en el duro sofá en el despacho de la madre superiora. Miré a mi alrededor. Era como si mi sueño más profundo se hubiera hecho realidad. Las hermanas del convento estaban arrodilladas ante mí. La hermana Bonaventure. La hermana Dympna. La hermana Cecilia Saint-Claire. Las dos con manos como remos. Todas estaban de rodillas. Algunas tenían capas negras sobre sus cabezas. Mi nombre zumbaba por toda la habitación como una enorme mosca otoñal que se hubiera posado en la punta de sus lenguas en medio del latín, revoloteando entre las pesadas cortinas oscuras como la sangre y dando vueltas alrededor de sus fajadas cabezas. ¡Marie! ¡Marie! Una muchacha arrojada a un armario. Que le tenía miedo a una bota de goma. Que estaba medio vencida. Una muchacha que entró por la puerta de atrás, donde tiraban la basura. ¡Marie! Que nunca encontró la taza. Que tuvo que comerse las gachas frías. ¡Marie! Leopolda tenía el rostro hundido entre los dedos. ¡Santa Marie de las Sagradas Sobras! ¡Santa Marie del Tenedor del Pan! ¡Santa Marie de la Espalda Quemada y el Culo Escaldado!
       Estallé en una sonora carcajada.
       Levantaron la mirada. Todas las puertas del santo infierno se abrieron de par en par cuando desperté. Yo seguía sin comprender lo que estaba pasando. Estaban observando y hablando, pero no a mí.
       —Las marcas…
       —Tiene la mano cerrada.
       —Je ne peux pas voir.
       Yo no era tan estúpida como para preguntar de qué estaban hablando. Era incapaz de explicar qué hacía yo tumbada entre sábanas blancas. Era incapaz de explicar por qué todas rezaban por mí. Pero os diré una cosa. Parecía lo más natural del mundo. Era yo. Levanté la mano como en mi sueño. Estaba totalmente flácida de santidad.
       —Que la paz sea con vosotras.
       Mi brazo no era más que sangre seca desde la muñeca hasta el codo. Y me dolía. Sus rostros giraron como flores planas de adoración para seguir los movimientos de aquella mano. Dejé que se balanceara en el aire, impartiendo la bendición de una santa. Había practicado. Sabía exactamente cómo actuar.
       Ellas murmuraron. Me permití un suspiro y un dorado haz de luz penetró de pronto por la empañada ventana e inundó mi cara directamente. ¡Un perfecto golpe de suerte!
       Necesitaban convencerse del todo.
       Leopolda seguía en el fondo de la habitación. Tenía los nudillos apretados en la garganta. Dejad que os diga que una santa tiene los sentidos tan afilados como los de un lobo. Yo sabía que ya la tenía en mis manos. Cómo sucedió no importaba. Lo último que yo recordaba era que ella había salido volando del horno y me había apuñalado. Aquello no podía ser más real.
       —Acércate, hermana Leopolda. —Le hice una señal con mi herida celestial. Ay, cuánto dolía. Sangró cuando abrí de nuevo la zona donde había comenzado a cicatrizar—. Arrodíllate junto a mí —dije.
       Se arrodilló, pero por lo visto no le funcionaba la laringe, pues abrió la boca y la cerró, pero no brotó el menor sonido. Se me hizo un nudo en la garganta con el noble regocijo que, según había leído, caracterizaba a las santas. Ella no podía hablar. Pero estaba vencida. Lo veía en sus ojos. Ahora me miraba fijamente con todo el infinito odio que manaba de esa rueda de polvo diabólico que giraba dentro del vacío de su ser.
       —¿Qué es lo que me quieres decir? —pregunté. Por fin habló.
       —He contado a las hermanas lo de tu pasión —consiguió articular con voz ahogada—. Cómo los estigmas…, las marcas de los clavos… aparecieron en la palma de tu mano y cómo te desvaneciste ante la visión sagrada.
       —Sí —dije con curiosidad.
       Entonces, un instante después, comprendí.
       Leopolda se había salvado a sí misma gracias a su rápido cerebro. Había sido testigo de un milagro. Había escondido el tenedor y relatado esa historia a las demás. Y, por supuesto, ellas la creyeron, porque ignoraban los caminos de Satán ni dónde solía buscar refugio.
       —Yo lo vi desde el principio —afirmó la más gruesa, que había metido el pan en el horno—. La humildad de espíritu. Tan rara en estas muchachas.
       —Yo también lo vi —sostuvo la otra con gran satisfacción. Suspiró lentamente—. Ojalá fuera yo.
       Leopolda se hallaba de rodillas y muy erguida, con el rostro encendido y crispado, una fuente de fulminante ponzoña contenida a duras penas.
       —Jesucristo me ha marcado —afirmé. Esbocé una altiva sonrisa de santa en su cara. Y entonces la miré. Ese fue mi error.
       Pues la vi ahí, arrodillada. Leopolda, con su alma como una bota de goma. Con su semblante de rata hambrienta. Con sus ojos desesperados, que se ahogaban en los profundos pozos de su maldad. No habría nadie más después de mí. Y yo me marcharía. Vi a Leopolda arrodillada entre los escombros de su amor.
       Mi corazón había estado a punto de salírseme del pecho, arrastrado por la negrura de mi dichoso ardor. Ahora volvía a su sitio. Sentí lástima por ella. La compadecí. La compasión se retorcía en mis entrañas como si aquel palo con gancho me estuviera atravesando al final. Estaba atrapada. Era una sensación mucho más terrible que cualquier cantidad de agua hirviendo derramándose sobre mí y mucho peor que el tenedor clavándose en mi mano. Y aun así, no pude evitar hacer lo que hice. Yo ya había sonreído con el comedido perdón de la santidad. Me escuché a mí misma hablando con voz suave.
       —Recibe el don de mi sangre sagrada —murmuré.
       Pero mi corazón no estaba. No sentí alegría cuando ella se inclinó para tocar el suelo. Ni un oscuro sobresalto. Me recosté en las almohadas blancas. Un polvo blanquecino giraba en los haces de luz. Mi piel era polvo. Polvo mis labios. Polvo las uñas sucias de mis pies.
       Levántate, pensé, ¡levántate y anda! ¡Este polvo es ilimitado!



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