Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)
La costumbre de amar (1957)
(“The Habit of Loving”)
The Habit of Loving
(Londres: MacGibbon and Kee, 1957, 278 págs.);
(Nueva York: Thomas Y. Crowell Company, 1957, 311 págs.)
En 1947 George volvió a escribir a
Myra y le dijo que ahora que la guerra había quedado bien atrás era el momento
de regresar a casa y casarse con él. Myra le respondió desde Australia, adonde
había ido con sus dos hijos en 1943 porque tenía parientes allí, diciéndole que
sentía que poco a poco se habían ido distanciado; ya no estaba segura de querer
casarse con él. George no se permitió desmoronarse. Le mandó el importe del
billete de avión y le pidió que fuera a visitarlo. Ella fue dos semanas, porque
no podía dejar solos por más tiempo a sus hijos. Le contó que le gustaba
Australia, le agradaba el clima —ya no podía soportar el británico— y opinaba
que Inglaterra estaba, casi seguro, acabada. Y se había acostumbrado a echar de
menos Londres. También, es de suponer, a George Talbot.
Para George fueron quince días muy
dolorosos. Creía que también para ella. Se habían conocido en 1938, vivieron
juntos cinco años y durante cuatro intercambiaron epístolas de amantes
separados por el destino. Sin duda, Myra era el amor de su vida. Hasta ese
momento creyó que él también lo había sido para ella. Myra, una mujer atractiva
a la que el sol y las playas australianas habían embellecido, le hizo un gesto
de despedida en el aeropuerto, con los ojos repletos de lágrimas.
Los ojos de George al regresar del
aeropuerto permanecieron secos. Si alguien ha querido a una persona con toda el
alma, es algo más que el amor lo que desaparece cuando una de las partes de la
pareja, que se creyó indisoluble, se aleja en un emotivo adiós. George se bajó
pronto del taxi y paseó por Saint James’s Park. Pero le resultó demasiado
pequeño y se dirigió a Green Park. Después fue a Hyde Park y de allí a
Kensington Gardens. Cuando oscureció y cerraron las enormes puertas del parque
tomó un taxi hacia casa. Vivía en un bloque de pisos próximo a Marble Arch.
Myra había vivido allí con él durante cinco años, y era el lugar donde había
imaginado que volverían a vivir juntos. Entonces se trasladó a un nuevo piso
cerca de Covent Garden. Lo hizo poco después de haberle escrito una apenada
carta a Myra. Se dio cuenta de que a menudo había recibido cartas así, pero
nunca había escrito ninguna. Advirtió que había despreciado por completo todo
el sufrimiento que había causado a lo largo de su vida. Aunque Myra le
respondió con una carta muy sensata, George Talbot se dijo que definitivamente
debía dejar de pensar en ella.
Dejó de ser tan displicente en el
trabajo como lo había sido hasta entonces y aceptó producir una nueva obra
escrita por un amigo suyo. George Talbot era un hombre de teatro. Hacía muchos
años que no actuaba, pero escribía artículos, producía algún espectáculo a
veces, pronunciaba discursos en ocasiones importantes y todo el mundo lo
conocía. Cuando entraba en un restaurante la gente intentaba captar su
atención, aunque a menudo no sabían quién era. En los cuatro años transcurridos
desde la partida de Myra había tenido varias aventuras con chicas del mundo del
teatro porque se había sentido solo. Había sido franco con Myra sobre estas
aventuras, pero ella nunca las mencionó en sus cartas. Ahora llevaba unos meses
muy ocupado y pasaba poco tiempo en casa. Ganaba bastante dinero y mantenía
aventuras con mujeres que estaban encantadas de dejarse ver en público con él.
Pensó mucho en Myra, pero no le volvió a escribir, ni ella a él, a pesar de que
habían acordado que siempre serían buenos amigos.
Una noche, en el vestíbulo de un
teatro vio a un viejo amigo al que siempre había admirado, y este le comentó a
la joven que lo acompañaba que estaba con el hombre más irresistible de su
generación; ninguna mujer había sido capaz de resistírsele. La joven lanzó una
breve mirada a través del vestíbulo y respondió: «¿En serio?».
Cuando George Talbot llegó a casa
esa noche estaba solo y se miró en el espejo con honestidad. Tenía sesenta años
pero no los aparentaba. Fuera lo que fuese lo que había atraído a las mujeres
en el pasado, sin duda no era su belleza, y no había cambiado demasiado: era un
hombre robusto, de porte erguido, canoso, peinado con esmero, bien vestido. No
había prestado especial atención a su rostro desde aquellos días, muchos años
atrás, en que había sido actor; pero en ese instante sufrió un inusitado ataque
de vanidad y se acordó de que Myra admiraba su boca y su mujer adoraba sus
ojos. Se aficionó a mirarse en los espejos de los vestíbulos y restaurantes, y
se veía a sí mismo igual que siempre. Sin embargo, estaba empezando a cobrar
conciencia de la discrepancia entre ese afable aspecto y lo que sentía. Bajo
las costillas, su corazón, resentido, macerado y dolorido, era una monstruosa
zona de compasión enemistada con todo lo que había sido. A menudo, cuando la
gente bromeaba, era incapaz de reírse; y su modo de hablar, que había sido
ligero y alusivo y sardónico, debía de haber cambiado, porque más de una vez
sus viejos amigos le preguntaron si estaba deprimido, y ya no sonreían con
agrado cuando contaba alguna de sus historias. Se percató de que ya no lo
consideraban una buena compañía. Llegó a la conclusión de que debía de estar
enfermo y fue al médico. Este le dijo que su corazón no tenía ningún problema;
todavía le quedaban treinta años de vida por delante, por fortuna, añadió con
respeto, para el teatro británico.
George comprendió entonces que
«tener el corazón roto» significaba que una persona podía arrastrar el corazón
hecho pedazos día y noche, en su caso durante meses. Pronto haría un año. Se
desvelaba en mitad de la noche a causa de la opresión en el pecho y por la
mañana se despertaba abrumado por la pena. Parecía que aquello no fuera a
acabar nunca, y ese pensamiento lo movió a dos acciones. Primero escribió a
Myra una carta tierna, redactada con delicadeza, en la que rememoraba los años
de su amor. A su debido tiempo recibió una respuesta asimismo tierna y
delicada. Después fue a ver a su mujer. Eran, y lo habían sido durante muchos
años, buenos amigos. Se veían a menudo, aunque no tanto desde que los hijos se
habían hecho mayores; tal vez una o dos veces al año. Y nunca discutían.
Su mujer se había vuelto a casar y
ahora era viuda. Su segundo marido había sido miembro del Parlamento y ella
trabajaba para el Partido Laborista, formaba parte del comité consultivo de un
hospital y de la junta directiva de una escuela progresista. Tenía cincuenta
años pero no los aparentaba. La tarde de su cita llevaba un traje gris claro y
zapatos del mismo color, y una onda blanca de cabello cano caía sobre su frente
y le daba un aire distinguido. Estaba animada y se alegraba de verlo, y le
habló de algún estúpido del comité del hospital que no estaba de acuerdo con la
minoría progresista sobre alguna que otra reforma. Siempre habían compartido
postura política, a la izquierda del ala centrista del Partido Laborista. Ella
simpatizaba con su pacifismo durante la Primera Guerra Mundial (había estado en
prisión por ello) y él con su feminismo. Ambos apoyaron a los huelguistas en 1926.
Durante los años treinta, después de su divorcio, ella le había ayudado con
dinero para una gira con una compañía que representaba Shakespeare para los
parados y los hambrientos.
Myra nunca mostró el menor interés
por la política, tan solo por sus hijos. Y por George, claro.
George le pidió a su primera esposa
que volviera a casarse con él, y ella se quedó tan sorprendida que dejó caer
las pinzas para el azúcar y rompió un platillo. Le preguntó qué había sucedido
con Myra y George le respondió:
—Bueno, querida, creo que Myra se
ha olvidado de mí durante todos estos años en Australia. En todo caso, ya no me
quiere. —Su voz le resultó patética y se asustó, porque no recordaba haber
tenido que suplicar nunca a una mujer. Excepto a Myra.
Su esposa lo observó con atención y
dijo enérgicamente:
—Estás solo, George. Bueno, nadie
puede rejuvenecer.
—¿No crees que estarías menos sola
si me tuvieras cerca?
Se levantó de la silla para poder
darle la espalda y le dijo que pronto se casaría de nuevo. Iba a contraer
matrimonio con un hombre considerablemente más joven que ella, un médico que
formaba parte de la minoría progresista del hospital. Por el tono de su voz
George comprendió que se sentía orgullosa y a la vez avergonzada de ese
matrimonio, y que por eso le ocultaba el rostro. La felicitó y le preguntó si
todavía tenía alguna posibilidad.
—Después de todo, querida, fuimos
felices juntos, ¿o no? Nunca he acabado de entender realmente por qué se acabó
nuestro matrimonio. Fuiste tú quien quiso ponerle fin.
—No creo que tenga sentido remover
el pasado —respondió ella de un modo tajante, y volvió a sentarse frente a él.
Le tenía verdadera envidia por ese aspecto juvenil, el rostro sonrosado y unas
pocas arrugas bajo el desafiante mechón canoso.
—Pero, querida, me gustaría que me
lo contaras. Ahora ya no puede hacer daño, ¿no? Y siempre me he preguntado… A
menudo he pensado en ello y me lo he preguntado. —Podía oír otra vez un deje
patético en su voz, pero no sabía cómo evitarlo.
—Te hiciste preguntas —repuso ella—
mientras no estabas ocupado con Myra.
—Pero yo no conocía a Myra cuando
nos divorciamos.
—Conocías a Phillipa y a Georgina y
a Janet y Dios sabe a quién más.
—Pero no me importaban.
Estaba sentada con las manos sobre
el regazo, y en su cara se dibujaba una mirada que recordó haber visto cuando
ella le dijo, amarga y herida, que se iba a divorciar de él.
—Tampoco yo te importaba —le espetó
ella.
—Pero éramos felices. Bueno, yo era
feliz… —dijo él mientras su voz se iba apagando y mostraba un patetismo que
daba al traste con todo su conocimiento de las mujeres. Porque, mientras estaba
ahí sentado, su corazón de viejo verde le decía que las palabras perfectas, el
tono adecuado, tenían que existir, y que solo debía encontrarlas. Pero
cualquier cosa que decía ponía al descubierto esa voz de perro viejo sin
esperanza, y bien sabía que esa voz jamás podría derrotar al gallardo y
aguerrido doctor—. Y sí que me preocupaba por ti. A veces pienso que has sido
la única mujer importante de mi vida.
Cuando oyó eso, ella se rió.
—Oh, George, ahora no te pongas
sensiblero, por favor.
—Bueno, querida, está Myra. Pero
Myra apareció cuando tú me dejaste, ¿o no? Ha habido dos mujeres, tú y después
Myra. Y nunca he entendido por qué diste al traste con todo cuando parecía que
éramos tan felices.
—Nunca te preocupaste por mí
—repitió—. Si lo hubieras hecho, no habrías llegado a casa después de estar con
Phillipa, Georgina, Janet y las demás ni habrías dicho tan tranquilo que habías
estado con ellas en Brighton o dondequiera que fuese.
—Pero si ellas me hubieran
importado nunca te lo habría contado.
Ella lo observaba incrédula y
ruborizada. ¿Por qué? ¿Por la rabia? George no lo sabía.
—Recuerdo que estaba muy orgulloso
—dijo con voz lastimera— de que hubiéramos resuelto la cuestión matrimonial y
todos aquellos asuntos. Nuestro matrimonio iba tan bien que aquellos pequeños
coqueteos no tenían ninguna importancia. Y yo siempre creí que uno debe poder
contar la verdad. Siempre te la conté. ¿O no?
—Muy romántico por tu parte,
querido George —dijo ella con sequedad.
Él no tardó en levantarse, la besó
cariñosamente en la mejilla y se fue.
Paseó durante horas por los
parques, con las manos a la espalda erguida y el corazón resentido y dolorido.
Cuando cerraron las puertas caminó por las calles iluminadas en las que había
pasado cincuenta años de su vida, y recordó a Myra y a Molly como si fueran una
única mujer, entrelazadas la una con la otra, una silueta de cálida y grata
intimidad, una silueta de felicidad que andaba a su lado. Fue a un pequeño
restaurante que solía frecuentar y allí sentada estaba una muchacha que lo
conocía porque había asistido a una conferencia suya sobre el estado actual del
teatro británico. Se esforzó por reconocer a Myra y a Molly en su rostro, pero
no lo logró; pagó su café y el de ella y se encaminó a casa solo. Pero el piso
estaba insoportablemente vacío, y volvió a salir y paseó por el canal durante
un par de horas, para cansarse un poco, y debía de soplar un viento más frío de
lo que le pareció, pues al día siguiente se despertó con un inconfundible dolor
en el pecho que nada tenía que ver con su corazón roto.
Tenía gripe y mucha tos. Se quedó
en cama y no llamó al médico hasta pasados cuatro días, cuando estaba
delirando. El doctor determinó que debía ingresar de inmediato en el hospital.
Pero no estaba dispuesto a hacer
tal cosa. Así que el médico dijo que necesitaría cuidados día y noche. Se
sometió a las enfermeras hasta que la alegre cordialidad de estas lo
entristeció de forma insoportable, y pidió al médico que llamara a su esposa,
que sabría encontrar a alguien que lo atendiera con comprensión. En el fondo
esperaba que fuera la propia Molly quien lo cuidara, pero cuando ella llegó no
se atrevió a mencionarlo, porque estaba ocupada con los preparativos de boda.
Le prometió que le encontraría a alguien que no llevara uniforme y que contara
chistes. Tenían muchos amigos en común; llamó a uno de los antiguos amores de
George, que dijo que conocía a una chica que buscaba un puesto de secretaria
para ir tirando una temporada mientras no había trabajo en el teatro, pero que
no le importaría hacer de cuidadora un par de semanas.
Así que Bobby Tippett despachó a
las enfermeras e instaló una cama en el estudio. Se pasó el primer día cosiendo
junto a la cama de George. Vestía una falda oscura y una recatada blusa
estampada con volantitos en los puños, y George, con solo verla coser, ya se
sentía mucho mejor. Era una muchacha menuda, delgada, morena, probablemente
judía, de ojos tristes y negros. A veces soltaba la labor sobre el regazo,
abandonaba las manos encima, y fijaba la mirada dominada por un halo de
introspección; parecía entonces una figurita de porcelana china. Cuando se
ocupaba de George o abría la puerta a las numerosas visitas, mostraba un
encanto frío e incluso lánguido; eran los buenos modos extremos de la crueldad.
Al principio George estaba impactado, pero pronto se dio cuenta de que era una pose:
cualquiera que fuese el mundo del que provenía Bobby Tippett, esos modales no
pertenecían a la clase inglesa. Respondía con un «sí» o un «no» a las preguntas
sobre su vida. Logró conjeturar que sus padres habían muerto y que tenía una
hermana casada a la que veía a veces, y, en lo referente al resto, que había
vivido en Londres por aquí y por allá, la mayor parte del tiempo sola, durante
diez años o más. Cuando le preguntó si no se había sentido sola durante ese
tiempo, ella respondió con voz cansina:
—No, en absoluto. No me molesta
estar sola. —Con todo, la veía como a una niña pequeña, valiente, desamparada
frente a Londres, y eso lo conmovía.
No quería comportarse como el gran
hombre de teatro; temía generar la admiración impersonal a la que tan
acostumbrado estaba; pese a todo, pronto se vio preguntándole sobre su carrera,
con la esperanza de provocar en ella un momento de entusiasmo, pero ella
hablaba con desprecio de papeles pequeños, trabajos ocasionales, escenografías
y suplencias, con una vocecilla alegre de actriz de troupe, y él no se daba
cuenta de que estuviera acercándose a ella en modo alguno. Así que acabó
haciendo aquello que había querido evitar, y recostándose sobre los almohadones
como un juez o un empresario, dijo:
—Haz algo por mí, querida: deja que
te vea.
Ella salió por la puerta como una
niña obediente y regresó con unos vaqueros negros ceñidos, pero vistiendo
todavía la recatada blusa. Se quedó de pie en la alfombra, delante de él, e
hizo un pequeño número de canción y baile. No estuvo mal. Había visto cientos
peores. Se emocionó: ahora la veía, sobre todo, como una pilluela, una golfilla
de aspecto andrógino e indefenso. Y absolutamente conmovedora.
—De hecho —dijo la muchacha—, esto
es media escena. Siempre hay alguien más.
Había un gran espejo que cubría
casi por completo la pared del fondo de la habitación, profunda y oscura.
George se vio reflejado en él: un hombre mayor recostado sobre los almohadones
mientras observaba a la pequeña muñeca situada frente a él sobre la alfombra.
Vio cómo ella volvía la cabeza hacia su propio reflejo en el espejo
ensombrecido, lo estudió y entonces ella comenzó a bailar con su propia imagen,
a bailar contra ella, como si existiera. Dos siluetas pequeñas y ligeras
bailaban en la habitación de George; resultaba un poco siniestro. Empezó a
cantar, una cancioncilla entrecortada con acento cockney, y George
sintió que esperaba que la figura del espejo cantara con ella: cantaba como si
esperara una respuesta.
—Eso ha estado muy bien, querida
—la interrumpió al instante, porque estaba molesto, aunque no sabía por qué—.
Pero que muy bien. —Se sintió aliviado cuando ella acabó y se alejó del espejo,
y su siniestra sombra desapareció—. ¿Te gustaría que le hablara a alguien de
ti, querida? Te ayudaría. Ya sabes cómo son las cosas en el teatro —sugirió a
modo de disculpa.
—Bueno, no me importaría —respondió
ella con el mismo acento cockney de su actuación. Y por un momento en su
rostro resplandeció el encanto socarrón e imprudente de los golfillos—. Tal vez
sería mejor que me pusiera de nuevo la falda —sugirió—. Es más apropiado para
una enfermera, ¿no?
Pero George respondió que le
gustaba con aquellos vaqueros negros ceñidos, y a partir de entonces los
llevaba siempre, y camisetas sencillas y cortas; y andaba por el piso como un
simpático muchacho femenino, hablándole de las obras en las que había tenido
pequeños papeles y de los grandes actores y productores a los que había
dirigido la palabra alguna vez; eran, por supuesto, amigos de George, o por lo
menos sus iguales. Él se recostaba sobre los almohadones y la escuchaba y la
observaba, y su corazón seguía roto. Estuvo en cama más de lo necesario, porque
no quería que ella se marchara. Cuando se pudo trasladar a una butaca, le dijo:
—No creas que estás obligada a
quedarte, querida, si hay algún otro sitio al que prefieras ir.
A lo que ella respondió, con un
profundo destello de sus ojos negros:
—Pero me quedo, cariño, me quedo.
No tengo nada mejor que hacer. —Y añadió con acento cockney—: Oh, ¿no es
terrible lo que estoy diciendo?
—Pero ¿te gusta estar aquí? ¿No te
importa estar aquí conmigo, querida? —insistió él.
Entonces la pausa se hizo más
corta. Y ella dijo:
—Sí, por extraño que parezca, me
gusta.
Acompañó el «por extraño que
parezca» con una rápida mirada, risueña, casi coqueta; y por primera vez en
muchos meses, la presión de la soledad se alivió en el corazón de George.
Ahora se sentía feliz porque cuando
las damas distinguidas y los caballeros del mundo del teatro o de las letras lo
iban a ver, Bobby se mostraba distante, como una exquisita ama de llaves, y en
el momento en que se iban su pilluela simpatía regresaba. Ello era prueba de su
intimidad. A veces la llevaba a cenar o al teatro. Cuando se arreglaba, Bobby
se vestía con ropas atrevidas y a la moda y se comportaba con la insolencia de
una modelo. George iba a su lado, con una sonrisa cariñosa, a la espera de que
llegara el momento en que aquellos negros, atrevidos y arrebatadores ojos
volvieran a resplandecer, más allá de la lánguida mirada de la mujer que se
exhibía para que la admiraran, mostrándole al mundo que se divertía con él,
prometiéndole que pronto, cuando regresaran al piso, de nuevo solos, volvería a
convertirse en aquella chiquilla encantadora o en la gallarda muchacha
desamparada.
A veces, por la noche, sentados a
oscuras en la habitación, él dejaba caer su mano junto al delgado ángulo del
hombro; a veces, cuando se daban las buenas noches, George se inclinaba para
besarla y ella agachaba la cabeza de modo que los labios de él topaban con su
frente, recatada y servicial.
George se dijo que ella todavía no
había despertado. Era una frase que en el pasado había sido el preludio de
decenas de cálidos descubrimientos. Se dijo que ella no tenía ni idea de lo que
podía llegar a ser. Por lo visto, había estado casada (dejó caer esa
información una vez, mientras contaba una anécdota sobre el teatro), pero
George había conocido a muchas mujeres que después de años de matrimonio
seguían sin despertar. George le pidió que se casaran, y ella levantó su
pequeña e impecable cara con un gesto de animal asustado y dijo:
—¿Por qué quieres casarte conmigo?
—Porque me gusta estar contigo,
querida. Me encanta estar contigo.
—Bueno, a mi también me gusta estar
contigo. —Sonaba inquisitiva. ¿Se lo estaba preguntando a ella misma?—. Es raro
—añadió en cockney, riéndose—. Raro pero cierto.
La boda iba a ser discreta, pero se
difundió mucho en los periódicos. Poco antes, varios hombres de la generación
de George habían contraído matrimonio con mujeres jóvenes. Uno de ellos había
tenido un hijo a los setenta. Los diarios lisonjearon a George, y este le contó
a Bobby una gran parte de su vida que no había traído a colación antes. Comentó,
por ejemplo, que toda su generación había sido más exitosa en los asuntos de
amor y sexo que la posterior.
—Mira a mi hijo, por ejemplo
—dijo—. A su edad yo había tenido muchos romances y sabía de mujeres. Pero ahí
está, cerca de los treinta, y una vez, cuando pasó una semana aquí con una
chica con la que pensaba casarse, sé a ciencia cierta que compartieron la misma
cama sin que pasara nada. Me lo contó ella. A mí me parece muy extraño. Pero a
ella no. Y ahora vive con otro muchacho y escucha discos todo el día y sale con
una chica a la que saca dos veces por semana, como un colegial. Y luego está mi
hija, que vino a visitarme un año después de casarse, y estaba hecha un lío
tremendo, muy tremendo… me parece que vuestra generación tiene miedo. No sé por
qué.
—¿Por qué mi generación? —preguntó
ella, volviendo la cabeza con ese gesto veloz y atento—. No es mi generación.
—Pero tú no eres más que una niña
—dijo él con cariño.
George era incapaz de descifrar lo
que se escondía tras la mirada oscura y penetrante de aquellos ojos tristes
mientras lo observaban en ese momento. Ella estaba sentada con las piernas
cruzadas frente al fuego, con los vaqueros negros satinados, como una
muñequita. Pero una señal de alarma sonó en el interior de George y no dijo
nada más.
—A los treinta y cinco, uno es un
chiquillo —canturreó, dirigiéndole una mirada breve y sardónica por encima del
hombro. Pero sonaba alegre.
No volvió a hablarle de los logros
de su generación.
Después de la boda la llevó a un pueblo
en Normandía donde había estado una vez, muchos años atrás, con una chica
llamada Eve. No le mencionó que ya conocía el lugar.
Era primavera y los cerezos estaban
en flor. El primer día pasearon al atardecer bajo las ramas blancas, con el
brazo de él alrededor de la fina cintura de ella, y George tuvo la sensación de
que estaba a punto de volver a cruzar las puertas de una felicidad perdida.
Tenían una habitación amplia y
cómoda con ventanas desde las que se veían los cerezos, y había una cama doble.
Madame Cruchot, la mujer del granjero, les mostró la habitación con ojos
pícaros y mudos, dijo que siempre le alegraba alojar a parejas en luna de miel
y les dio las buenas noches.
George hizo el amor a Bobby; ella
cerró los ojos y él notó que ella no se sentía en absoluto incómoda. Cuando
terminaron la tomó entre sus brazos, y entonces sencillamente regresó, con un
incrédulo e impresionante alivio del corazón, a una felicidad que —y ahora le
parecía increíblemente ingrato que pudiera haberlo hecho— había dado por
sentada durante muchos años. No era posible, pensó, con aquel cuerpo sumiso
entre sus brazos, que hubiera podido estar solo durante tanto tiempo. Había
sido intolerable. Abrazó el cuerpo silencioso que alentaba y le acarició la
espalda y los muslos, y sus manos rememoraron los sentimientos de casi
cincuenta años de amor. Podía sentir las emociones memorizadas a lo largo de su
vida al recorrer el cuerpo de ella, y su corazón se colmó de un regocijo que le
pareció que no había conocido antes, puesto que era el resultado de muchos
amores.
Estaba a punto de apoderarse de sus
últimos recuerdos cuando ella se apartó con brusquedad, se sentó y dijo:
—Me apetece un cigarrillo. ¿Y a ti?
—Sí, claro, querida, si tú quieres.
Fumaron. Se acabaron el cigarrillo,
ella se tumbó boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho, y dijo:
—Tengo sueño. —Cerró los ojos.
Cuando tuvo la certeza de que estaba dormida, George se apoyó en un codo y la
observó. Aún había luz, y la curva de su mejilla era amplia y delicada como la
de un niño. La acarició con la palma de la mano, mientras ella seguía sumida en
el sueño, pero se encogió como un puño; y la de ella, que era blanca e informe
como la de un niño, estaba cerrada sobre la almohada, ante su cara.
George intentó abrazarla y ella se
alejó hasta el borde de la cama. Estaba profundamente dormida y su sueño era
inalcanzable. No podía soportarlo. Se levantó de la cama y se acercó a la
ventana, en el aire frío de la noche primaveral, y contempló los blancos
cerezos bajo la luna blanca, y pensó en la gélida chica que dormía en la cama.
Se quedó allí, a la impávida luz de la luna, hasta que amaneció. Por la mañana
estaba muy resfriado y no pudo levantarse. Bobby estuvo encantadora, pródiga,
alegre.
—Te estoy cuidando, como en los
viejos tiempos —comentó, mostrando una deliberada admiración en sus ojos
negros. Le pidió a madame Cruchot otra cama, que colocó en una esquina de la
habitación, y George pensó que era razonable que no quisiera contagiarse del
resfriado; y no se permitió recordar los tiempos pasados en que una enfermedad
seria no había constituido un obstáculo para compartir la oscuridad. Decidió
olvidar la sensualidad del cansancio, o de la fiebre, o de las profundidades
del sueño. Incluso comenzaba a sentirse avergonzado.
Durante dos semanas, dos veces al
día, la mujer francesa les llevó a la habitación espléndidos manjares, y George
y Bobby bebieron mucho vino tinto y calvados y bromearon con madame Cruchot
sobre ponerse enfermo en la luna de miel. Regresaron de Normandía bastante
antes de lo previsto. Bobby dijo que George estaría mejor en casa, donde sus
amigos podrían ir a verlo. Además, era triste estar encerrados en la habitación
en primavera, y ambos estaban comiendo más de la cuenta.
La primera noche en el piso, ya de
vuelta, George esperó a ver si Bobby se iba a dormir al estudio, pero ella se
metió en la cama en pijama, y, por segunda vez, la tuvo entre sus brazos
mientras duró el acto; después ella fumó sentada en la cama, y parecía cansada
y pequeña y, pensó George, terriblemente joven y ridícula. Esa noche no durmió.
Ni siquiera se atrevió a moverse de la cama por miedo a molestarla, y temía
quedarse dormido por miedo a que sus piernas rememoraran los hábitos de toda la
vida y buscaran las de ella. Por la mañana Bobby se despertó con una sonrisa y
él la abrazó, pero ella le dio unos besitos tiernos y se levantó de un salto de
la cama.
Ese día dijo que tenía que ir a
visitar a su hermana. Estuvo bastante con ella durante las semanas siguientes y
no dejó de sugerirle a George que pasara más tiempo con sus amigos. Él le
preguntó por qué su hermana no iba a verla allí, al piso. Así que una tarde fue
a tomar el té. George la había visto en la boda de pasada y le había desagradado,
pero en esa ocasión, por primera vez, le acometió un ataque de repulsión ante
el propio matrimonio. La hermana era horrorosa: una mujer vulgar, de mediana
edad, procedente de algún barrio de la periferia. Tenía un rostro anguloso,
oscuro, que fisgoneaba inquisitivamente cada rincón del piso, calculando el
precio de los muebles, y una nariz delgada, codiciosa y torcida. Durante dos
horas estuvo sentada ante las tazas de té, haciendo gala de sus mejores
modales, vestida con un traje masculino azul oscuro, un serio sombrero negro y
con los pies, enormes, colocados firmes uno junto al otro. Y era como si
aquella nariz afilada estuviera manteniendo con su hermana una conversación
silenciosa, satírica, sobre George. Bobby se mostraba distante y cortés, como
si estuviera deliberadamente cansada de la vida, igual que cuando había
invitados; pero George estaba convencido de que era por él. Cuando la hermana
se marchó, George no reprimió su crítica. Bobby dijo, riéndose, que ya sabía,
por supuesto, que Rosa no le iba a gustar: era bastante insoportable; pero
¿quién había insistido en invitarla? Así que Rosa no volvió más, y Bobby iba
con ella al cine o de compras. George se quedaba solo, sentado, y pensaba en
Bobby con inquietud o visitaba a viejos amigos. Unos cuantos meses después de
que regresaran de Normandía, alguien insinuó a George si no estaría enfermo.
Eso le dio que pensar, y se dio cuenta de que no le faltaba mucho para estarlo.
Por culpa del insomnio. Noche tras noche se echaba junto a Bobby, que mostraba una
alegre y afectuosa sumisión; y observaba la suave curva de su mejilla sobre la
almohada, las largas y oscuras pestañas, lisas y tupidas. Nada en su vida lo
había conmovido tan profundamente como esa mejilla infantil, la sombra de
aquellas pestañas. Una pequeña arruga en la mejilla le parecía el signo de una
emoción; un mechón de cabello negro y brillante que le cayera sobre la frente
le llenaba los ojos de lágrimas. Sus noches eran largas vigilias de ternura
reprimida.
Hasta que una noche ella se despertó
y lo vio observándola.
—¿Qué pasa? —preguntó sorprendida—.
¿No puedes dormir?
—Solo te estoy mirando, querida
—respondió él descorazonado.
Bobby se acurrucó a su lado, con el
puño delante, sobre la almohada, entre él y ella.
—¿Por qué no eres feliz? —le
preguntó de repente.
Y George se rió con insólita y
amarga ironía. Ella se incorporó, sentándose con los brazos alrededor de las
rodillas, dispuesta a enfrentarse al problema con sentido práctico.
—Esto no es un matrimonio; esto no
es amor —sentenció él. Se sentó a su lado. No cayó en la cuenta de que jamás le
había hablado en ese tono. El hombre corpulento, con su rostro anciano velado
por la pena, se olvidó de ella en ese preciso instante, y su voz fue más allá
de ella: desde el pasado, que había recobrado vida en ella, habló con su mismo
pasado. Se sentía orgulloso de su experiencia responsable y de la calidez de
toda una vida de abundantes respuestas. Su mirada era intensa, satírica y
condenatoria. Bobby se acercó a él y le dijo, con una sonrisa tímida y triste:
—Entonces enséñame, George.
—¿Enseñarte? —dijo él, casi
tartamudeando—. ¿Enseñarte? —Pero abrazó a la niña obediente, con la mejilla
junto a la suya, hasta que ella se quedó dormida; luego, una presión excesiva
sobre su hombro la hizo retroceder y alejarse de él hacia el borde de la cama.
Por la mañana ella lo miró con
extrañeza, con un resto de respeto insólitamente triste, y le dijo:
—¿Sabes una cosa, George? Creo que
has adquirido la costumbre de amar.
—¿Qué quieres decir, querida?
Ella salió de la cama y se colocó a
su lado, una niña desamparada con pijama blanco y el pelo negro alborotado. Bajó
los ojos y sonrió.
—Solo quieres tener algo entre los
brazos, eso es todo. ¿Qué haces cuando estás solo? ¿Te abrazas a una almohada?
George no respondió; le había
partido el alma.
—Mi marido era igual —comentó ella
alegremente—. Tiene gracia, ¿no? Yo no le importaba lo más mínimo. —Se quedó
observándolo, con una sonrisa burlona—. Es curioso, ¿verdad? —añadió, y se
dirigió al baño. Era la segunda vez que mencionaba a su marido.
Esa frase, la costumbre de amar,
hizo estallar una revolución en el interior de George. Tenía razón, pensó. Se
sentía fuera de sí, ajeno a la respuesta instintiva al roce de la piel contra
su piel, la presión de un pecho. Tenía la sensación de que estaba descubriendo
a una Bobby nueva. Hasta entonces no la había conocido de verdad. La
encantadora niña pequeña se había desvanecido y en su lugar vio a una mujer
joven, recelosa y curtida por derrotas y fracasos que él nunca se había
detenido a valorar. Se dio cuenta de que la tristeza que se escondía tras
aquellos ojos negros no era en absoluto impersonal; se dio cuenta del primer
brillo gris en sus cabellos lisos; se dio cuenta de que la amplia curva de su
mejilla era el comienzo de la flacidez de la mediana edad. Se horrorizó de su
propio egoísmo. Ahora, pensó, podría conocerla realmente y, como respuesta,
ella empezaría a amarlo.
De repente, George descubrió en su
propio interior a un muchacho cuya existencia había ignorado por completo. El
roce accidental de la mano de ella lo deleitaba; el vaivén de su falda era
capaz de hacerle entornar los ojos de felicidad. La observó con la mirada
celosa de un muchacho y comenzó a interrogarla sobre su pasado; sentía que así
se apropiaba de ella. Esperaba algún indicio de emoción en el tono de su voz, o
una confesión de los pliegues de piel junto a los ojos profundos, oscuros,
rebosantes de camaradería. Por la noche seguía siendo un muchacho: el respeto
lo sumía en la ineptitud. Esto dio al traste con lo más esencial de la
sensualidad de George. Un mes atrás era un hombre vigoroso, refugiado en su
experimentada memoria; en el prolongado uso de su cuerpo. Ahora estaba tumbado
junto a esa mujer, despierto, y anhelaba no ya el pasado, porque el pasado se
había alejado de él, sino fantasear sobre el futuro. Cuando le hacía preguntas
como un muchacho celoso y ella se zafaba, George solo veía en ello la hermética
virginidad de la muchacha que despertaría ante el chico adulador en que se
había convertido.
Pero Bobby seguía durmiendo en una
ciudadela, con el puño delante de la cara.
Otra noche volvió a despertarse a
causa de algún movimiento de él.
—¿Y ahora qué pasa, George?
—preguntó, exasperada.
En el silencio que siguió, el
muchacho que había resucitado en George sufrió una muerte dolorosa.
—Nada —respondió él—. Nada en
absoluto. —Se alejó de ella, derrotado.
Fue él quien se trasladó de la
enorme cama al catre que había en el estudio. Ella dijo, con una sonrisa severa
y triste:
—¿Ya te has cansado de mí, George?
No puedo evitarlo, ya lo sabes. Ni siquiera me gusta mucho dormir con alguien.
George, que en los últimos tiempos
había abandonado un poco su trabajo, emprendió el montaje de otra obra y volvía
a estar muy ocupado; se convirtió en crítico teatral para uno de los periódicos
más importantes, estaba al tanto de las novedades y acudía a todos los
estrenos. A veces lo acompañaba Bobby, con sus vestidos llamativos y elegantes,
pues lo que la divertía era todo ese juego de estar a la moda. A veces se
quedaba en casa. Tenía la capacidad de pasar sola muchas horas sin hacer nada.
Cuando George volvía de estar con un montón de gente, de alguna fiesta, la
encontraba sentada con las piernas cruzadas frente al fuego, con sus vaqueros
ceñidos, la barbilla apoyada en la mano, perdida en algún rincón de sí misma
adonde él temía intentar acercarse para seguirla. No podía soportar ponerse de
nuevo en una posición en la que tuviera que escuchar palabras ásperas y frías,
que le mostraran que ella no tenía ni la más remota idea de lo que él sentía,
porque no estaba en su naturaleza sentirlo. Volvía tarde, y ella preparaba un
poco de té para los dos; se sentaban juntos frente al fuego, y él mantenía su
cuerpo y sus recuerdos en silencio. Se había acostumbrado a la pesada opresión
de la soledad en su pecho, y cuando, al hablar con algún viejo amigo, volvía a
ser por poco tiempo aquel George Talbot que todavía no había conocido a Bobby,
y su corazón estaba alegre y la opresión desaparecía, se miraba a sí mismo,
sorprendido, como si le faltara algo. Casi se sentía ebrio sin el dolor de la soledad.
Le preguntó a Bobby si no le
aburría no tener nada que hacer, un mes tras otro, mientras él estaba tan
ocupado. Ella respondió que no, que era bastante feliz sin hacer nada. ¿Quizá
le gustaría retomar su antiguo trabajo?
—No era muy buena, ¿verdad?
—comentó ella.
—Si tienes ganas, querida, puedo
hablarle a alguien de ti.
Ella se quedó mirando el fuego con
el entrecejo fruncido, pero no dijo nada. Más tarde se lo volvió a sugerir y
ella respondió, con una sonrisa:
—Bueno, no me importaría…
Así que George habló con un viejo
amigo y Bobby volvió a actuar, una obra sencilla en un pequeño teatro de
variedades. Luego le dijo que había encontrado a alguien para ser media naranja
del número. George estaba muy ocupado con una producción de Romeo y Julieta y
no pudo asistir a los ensayos, pero estaba allí el día del estreno de El
excéntrico teatro de variedades. Llegó bastante tarde y se quedó al fondo
de aquel teatrillo de pacotilla repleto de sillas pequeñas y precarias. Todo
era tan pequeño que el emperifollado público parecía demasiado grande, como
gigantes apretujados en una caja. El diminuto escenario estaba vacío, con unos
pocos carteles blancos y negros por aquí y por allí, y había un piano. El
pianista, un joven de pelo negro que le caía lánguidamente sobre la cara, era
bueno y tocaba como si todo aquello le aburriera. Pero tocaba muy bien. George,
el hombre de teatro, contempló el primer número para hacerse cargo del talante,
y pensó: Oh, Dios, otra vez no. Se trataba de una canción de la Primera Guerra
Mundial, y no podía soportar el torrente de emociones sensibleras que
despertaba. Se negó a experimentarlas. Entonces se percató de que, de todas
formas, sus emociones estaban bloqueadas. El piano parecía mofarse de la
canción «There’s a Long, Long Trail», que sonaba como si fuera un ejercicio de
dedos. «Keep the Home Fires Burning» y «Tipperary» siguieron en el mismo
estilo, como si el piano estuviera aburrido. La gente empezaba a reírse entre
dientes, entrando en ambiente. Un joven rubio con bigote que llevaba un
uniforme de 1914 salió a escena y cantó como un cadáver fragmentos de
canciones; y en ese momento George entendió que él podría haber sido uno de los
muertos de aquella canción bélica. Sintió que todas sus reacciones estaban bloqueadas,
primero porque no se podía permitir en modo alguno sentir emociones que lo
llevaran a esa época (era demasiado doloroso), y después por el estilo del
ejercicio de dedos, que se oponía a todo, a cualquier dolor o protesta, y no
dejaba más que un vacío. El espectáculo avanzó hasta los años veinte, con
fragmentos de canciones populares de esa época y un número sobre la huelga
general, que reducía toda la cuestión a un juego de marionetas sin pasión, y
después avanzó hacia los años treinta. George entendió que se trataba de una
especie de resumen histórico, como si fuera una parodia de la opinión,
falsamente heroica, de Noël Coward. Pero ni tan solo llegaba a eso. No había
ninguna emoción, nada. George no sabía qué se suponía que debía sentir.
Escudriñó con curiosidad los rostros de la gente y vio que los de más edad
estaban perplejos, ofendidos, como si el espectáculo fuera un insulto dirigido
a ellos. Pero la gente más joven estaba inmersa en el talante de la obra. Pero
¿qué talante? Era una parodia de una parodia. Cuando se evocó la Segunda Guerra
Mundial con «Run Rabbit Run», interpretada como si se tratara de Lohengrin,
con los soldados burlándose de la simpleza de su propio heroísmo desde el otro
lado de la muerte, George no pudo soportarlo más. Dejó de mirar al escenario.
Esperaba que apareciera Bobby, para así poder decir que la había visto.
Mientras, fumaba y observaba la cara de un muchacho muy joven que estaba a su
lado; un semblante pálido, tosco, flácido, pero que estaba reaccionando —por
estar habituado al rencor, parecía— ante lo que sucedía en el escenario. De
repente, aquel rostro joven emitió un destello de regocijo sarcástico y George
volvió su mirada al escenario. Había dos pilluelos que parecían idénticos, con
vaqueros negros, ceñidos y satinados, y camisetas blancas muy ajustadas. Ambos
llevaban cortos los negros cabellos y alineaban los piececitos. Estaban uno al
lado del otro, con los brazos cruzados sobre el pecho con suficiencia, a la
espera de que la música empezara a sonar. El hombre sentado al piano, que
sostenía un cigarrillo en la comisura de los labios, empezó a tocar una pieza
muy sentimental. Se detuvo y lanzó una mirada inquisitiva y sardónica a los
pilluelos. No se habían movido. Se encogieron de hombros y pusieron los ojos en
blanco. Tocó entonces un himno, muy llamativo y pomposo. Los pilluelos se
pusieron un poco nerviosos pero permanecieron quietos. Entonces el piano lanzó
una ráfaga de jazz. Los dos títeres del escenario comenzaron a moverse
frenéticamente, mientras sus piernas chocaban entre sí y con la música, y
acabaron adoptando gestos de impotencia y desesperación a medida que la música
sonaba más alta e irritada. Volvieron a intentarlo y se pusieron a dar vueltas
en un patético intento de seguir el ritmo de la música. Entonces los dos niños
desamparados se miraron el uno al otro, las caras pequeñas y pálidas y, con una
cortés inclinación de cabeza, cada uno se aferró a una frase musical de entre
la cascada de sonidos que los había azotado, la retuvo y comenzó a cantar.
Bobby cantaba un terrible repertorio de frases cockney sin sentido y las
mezclaba, desafinando, de un modo desesperado; el otro pilluelo cantaba frases
lánguidas y cansinas de la jerga de la clase alta del momento. Se miraron el
uno al otro, ofreciéndose las frases como para comprobar si eran aceptables.
Mientras, la música seguía, dura, cruel, hiriente. De nuevo los dos se quedaron
sin fuerzas e indefensos, inoportunos, rechazados. George, escandalizado y
dolido, se preguntó de nuevo: ¿Qué es lo que siento? ¿Qué debería estar
sintiendo? Aquella música nihilista y demente reclamaba alguna oposición, algún
acto de afirmación, pero los dos pilluelos, medio chico medio chica, como si
fueran gemelos (George tuvo que observar detenidamente a Bobby para no confundirla
con «su media naranja del número»), ni siquiera intentaban resistirse a la
música. A continuación, después de una pausa prolongada y penosa, se
intercambiaron los papeles. Bobby adoptó el papel lánguido y apenado de
jovencito debilucho, y el otro niño desamparado entonó frases de falso acento cockney,
en una imitación cruel de una voz de mujer. Era la parodia de una parodia de
una parodia. George estaba tenso, a la espera de una resolución. Su naturaleza
exigía que ahora, y rápido, ya que el cambio resultaba penoso, inverosímil e
insoportable, los dos falsos pilluelos rompieran en algún tipo de rebelión.
Pero no sucedió nada. El jazz seguía martilleando; el escenario, las paredes,
el techo, la sala entera temblaba, y daba la impresión de que la gente no
pudiera evitar dar ligeros saltitos. Los dos jóvenes del escenario retorcían
las extremidades en una mofa deliberada de las convenciones teatrales. Al fin
quedaron uno al lado del otro, con los brazos colgando, cabizbajos y sumisos,
agitándose todavía un poco mientras la música se elevaba hasta una estrepitosa
disonancia final y las luces se encendían. George no podía aplaudir. Vio que el
rostro humedecido junto a él aplaudía a rabiar, con el cabello lacio
cubriéndole toda la cara. Y vio que toda la gente de más edad estaba perpleja y
ofendida. Como él.
Cuando se acabó el espectáculo fue
a los camerinos a buscar a Bobby. Estaba con «la otra mitad del número», un
chico de buen ver, de unos veinte años, que se mostraba respetuoso ante el
impresionante marido de Bobby. George le dijo:
—Has estado muy bien, cariño, pero
que muy bien.
Ella lo miró con una sonrisa medio
burlona, pero él no entendió de qué se burlaba. Y lo cierto era que ella había
estado bien. Pero no quería volver a ver aquello nunca más.
La obra fue un éxito y estuvo en
cartel durante meses antes de que la trasladaran a un teatro más importante.
George terminó su montaje de Romeo y Julieta que, según dijeron los
críticos, era el mejor que se había visto en Londres en muchos años, y rechazó
otras ofertas de trabajo. Por ahora no necesitaba el dinero y, además,
últimamente no había pasado mucho tiempo con Bobby.
Pero también era cierto que ahora
ella trabajaba. Ensayaba varias veces por semana y salía cada noche. George
nunca fue a verla al nuevo teatro. No quería encontrarse de nuevo con los dos
muchachos tristes e inquietos agitándose al son de aquella música cruel.
Ella parecía feliz. Los diversos
papeles que había interpretado para George —pilluela, anfitriona distante,
criatura encantadora— quedaron integrados en el de mujer trabajadora que le
cocinaba, lo cuidaba y se iba al teatro después de darle un amistoso beso en la
mejilla. Su relación se tornó más agradable y afectuosa. George vivía con una
buena amiga, su esposa Bobby, de la que se enorgullecía en muchos sentidos y
que asimismo le generaba una soledad permanente.
Un día caminaba por Charing Cross
Road, mirando los escaparates de las librerías, cuando vio a Bobby por la otra
acera con Jackie, la otra mitad de su número. Tenía un aspecto que nunca le
había visto: su rostro sombrío estaba animado y Jackie la miraba y se reía.
George pensó que el chico era muy guapo. Sus cabellos y sus ojos desprendían un
cálido resplandor de juventud; tenía la mirada ágil y fugaz de un animal joven.
No estaba celoso en absoluto.
Cuando Bobby llegó por la noche, alegre y vivaz, sabía que se lo debía a Jackie
y no le importó. Incluso se sintió agradecido. La simpatía que Bobby desbordaba
gracias a «su otra mitad» llegaba hasta él. Y durante algunos meses Myra y su
esposa volvieron a ocupar su mente; las veía y las sentía, dos presencias
adorables, mujeres jóvenes que amaron a George, que volvieron a la vida gracias
a los sentimientos entre Jackie y Bobby. Cualesquiera que fuesen esos
sentimientos. El excéntrico teatro de variedades estuvo en cartel casi
un año y, cuando acabó, Bobby y Jackie se pusieron a trabajar en otro número.
George no sabía de qué se trataba. Opinaba que Bobby necesitaba un descanso,
pero no tenía ganas de decírselo. Últimamente estaba cansada, y cuando llegaba
a casa por la noche se notaba la tensión por debajo de la alegría. Una vez,
mientras ella dormía, él se levantó para observarla.
—Abrázame un poco, George —le
pidió. Él abrió los brazos y ella se sumergió en ellos. La abrazó sin moverse.
Había acogido en sus brazos a la triste pilluela, pero ahora era una mujer
infeliz la que estaba abrazando. Podía notar el roce de las pestañas sobre su
hombro y la humedad de las lágrimas.
No se había acostado con ella desde
hacía mucho tiempo; parecía que años. Ella no había vuelto a entregársele.
—¿No te parece que estás trabajando
demasiado, querida? —le preguntó entonces, mientras observaba su rostro
fatigado.
Pero ella respondió, resuelta:
—No; necesito tener algo que hacer.
No puedo estar sin hacer nada.
Una noche llovía a cántaros, Bobby
no volvió a casa a la hora habitual. Se había encontrado mal todo el día, y
George, preocupado, tomó un taxi hasta el teatro y preguntó al conserje si
todavía estaba allí. Por lo visto se había ido hacía un rato. «No me pareció
que tuviera muy buen aspecto, señor», le informó el conserje, y George se quedó
sentado un momento en el taxi mientras intentaba no alarmarse. Entonces indicó
al conductor la dirección de Jackie; quería preguntarle si sabía dónde estaba
Bobby. Sentado en el asiento trasero del taxi, sin fuerzas, con pesadez en las
piernas, pensaba que Bobby se había puesto enferma.
La casa estaba en una callejuela.
George se apeó del taxi y caminó por los maltrechos adoquines hasta una puerta
que había sido la entrada a una cuadra. Llamó al timbre y un joven al que no
conocía le hizo entrar y le dijo que sí, que Jackie Dickson estaba allí. George
subió despacio la angosta y empinada escalera de madera, mientras sentía todo
el peso de su cuerpo y los latidos de su corazón. Se detuvo al final de la
escalera para recuperar el aliento, en medio de una oscuridad que olía a
lienzo, aceite y trementina. Se veía una franja de luz por debajo de la puerta;
se dirigió hacia allí, llamó, no obtuvo respuesta y abrió. El lugar era una
especie de estudio de techo muy alto, desnudo, mal iluminado, lleno de cuadros,
marcos y trastos diversos. Jackie, el joven moreno y resplandeciente, sentado
con las piernas cruzadas ante al fuego, sonreía mientras alzaba el rostro para
decirle algo a Bobby, que estaba en una silla e inclinaba hacia abajo la
mirada. Llevaba un vestido oscuro formal y algunas joyas, y los pálidos brazos
y el cuello quedaban al desnudo. George pensó que estaba hermosa, dirigiendo al
rostro de ella una mirada fugaz que apartó al instante, puesto que podía
vislumbrar en este un sentimiento que no quería reconocer. La escena prosiguió
un poco antes de que se percataran de que estaba allí y volvieran las caras,
con el mismo movimiento ágil de los animales cuando alguien los perturba, y lo
vieran entonces en la puerta. Se quedaron helados. Bobby dirigió al instante la
mirada al joven, con un atisbo de miedo. Jackie parecía de mal humor y
enfadado.
—Te estaba buscando, cariño —dijo
George a su esposa—. Llovía y el conserje me dijo que tenías mal aspecto.
—Muy amable por tu parte —dijo
ella. Se levantó de la silla y le tendió la mano a Jackie, quien, con gesto
adusto, inclinó de mala gana la cabeza hacia George.
El taxi esperaba en la oscuridad,
brillando bajo la lluvia. George y Bobby subieron y se sentaron uno junto al
otro, mientras el vehículo arrancaba y salpicaba la calle.
—¿He hecho mal, cariño? —preguntó
George al ver que ella no decía nada.
—No —respondió ella.
—De verdad creo que estás enferma.
Ella se rió.
—Quizá lo esté.
—¿Cuál es el problema, querida?
¿Qué sucede? Estaba enfadado, ¿verdad? ¿Es porque he venido?
—Cree que estás celoso —respondió
ella escuetamente.
—Bueno, tal vez un poco —comentó
George.
Ella no dijo nada.
—Lo siento, cariño; en serio. No
pretendía estropear nada.
—Bueno, se trata precisamente de
eso —observó ella con un tono impersonal y enfadado.
—¿Por qué? Pero ¿por qué tendría
que ser así?
—No le gusta que hagan preguntas
sobre él —contestó ella. Y George guardó silencio el resto del trayecto.
Arriba, en el piso cálido,
confortable y antiguo, Bobby se quedó ante el fuego mientras él le servía una
bebida. Fumaba con apremio, irritada, contemplando las llamas.
—Discúlpame, cariño —se resolvió a
decirle George—. ¿Qué pasa? ¿Estás enamorada de él? ¿Quieres dejarme? Si es
así, debes hacerlo, por supuesto. Los jóvenes tienen que estar con los jóvenes.
Ella se volvió y lo observó con una
extraña mirada sombría que él conocía muy bien.
—George —dijo—, tengo casi cuarenta
años.
—Querida, todavía eres una niña. Al
menos para mí.
—Y él —continuó— cumplirá veintidós
el mes que viene. Podría ser su madre. —Se rió afligida—. Muy penoso, el amor
maternal… o así parece… ¿acaso puedo yo saberlo?
Y entonces estiró hacia la muñeca
la piel del brazo desnudo, y se formaron arrugas y pliegues. Apartó el vaso,
con el cigarrillo entre los labios apretados, divertidos, enfadados, se soltó
los hombros del vestido, de modo que este se deslizó hasta la cintura, y miró
hacia abajo, a sus minúsculos y flácidos pechos aún sin estrenar.
—Muy penoso, querido George —dijo,
y se subió deprisa el vestido y volvió a convertirse en una mujer formal
ataviada para el mundo—. No me quiere. No me quiere en absoluto. ¿Por qué iba a
hacerlo? —Y empezó a cantar:
No me quiere
con un amor verdadero.
Entonces dijo, con acento cockney
teatral:
—Repito: podría ser su madre, ¿no
lo ves? —Y con el habitual destello de sus ojos, intenso, burlón y sombrío, le
sonrió.
En ese instante él solo pensaba que
esa chica, su querido amor, estaba padeciendo lo que él había padecido, y no
podía soportarlo. ¿Cuánto tiempo llevaba sufriendo? Había estado trabajando con
aquel chico desde hacía casi dos años. Ella había estado viviendo a su lado y
él no se había percatado de su infelicidad. Se acercó a ella, la abrazó, y ella
posó la cabeza sobre su hombro y lloró. Por primera vez, pensó, estaban juntos.
Esa noche estuvieron sentados junto al fuego un largo rato, bebieron y fumaron,
y ella apoyó la cabeza sobre sus rodillas y él la acariciaba y pensaba que
ahora, por fin, Bobby había penetrado en el mundo de las emociones y podrían
aprender a estar juntos de verdad. Podía sentir su vigor despertando entre las
piernas por ella. Seguía siendo un hombre.
Al día siguiente Bobby le comunicó
que no seguiría con el nuevo espectáculo. Le iba a decir a Jackie que se
buscara otra pareja. Además, la obra no era nada del otro mundo.
—En toda mi vida solo he sabido
representar un papel muy pequeño —dijo ella riéndose—. A veces encaja y a veces
no.
—¿De qué trataba la nueva obra?
¿Cuál es el argumento? —preguntó él. Ella no lo miró a la cara.
—Oh, no es gran cosa. En realidad
fue idea de Jackie… —Entonces Bobby se rió—. En realidad es bastante buena,
supongo…
—Pero ¿de qué trata?
—Bueno, verás… —Él tuvo de nuevo la
impresión de que no quería mirarlo—. Trata de una pareja de amantes. Es una
burla… es difícil de explicar sin actuar.
—¿Os reís del amor? —preguntó él.
—Bueno, ya sabes, las actitudes…
las cosas que dice la gente. Aparecen un hombre y una mujer; con música, por
supuesto. Toda la música que te estás imaginando, pero con un toque excéntrico.
Llevamos la misma ropa que en la otra obra. Pasamos por todas las etapas. Es
bastante divertido, la verdad… —Su voz, entrecortada, se fue apagando al ver la
cara de George—. Bueno —dijo de repente con violencia—. Si eso no es para
morirse de risa, entonces, ¿qué lo es? —Y se fue a buscar un cigarrillo.
—¿Te gustaría seguir a pesar de
todo? —preguntó él con ironía.
—No. No puedo. No, no puedo
soportarlo, de verdad. No puedo soportarlo más, George —dijo ella, y por su
tono comprendió que no era él quien podía enseñarle nada sobre el dolor.
Bobby mencionó que ambos
necesitaban unas vacaciones, así que viajaron a Italia. Fueron de un sitio a
otro, y nunca se detuvieron más de un día en ningún lugar. George se percató de
que rehuía cualquier sitio que pudiera hacer brotar sus emociones. Por la noche
le hacía el amor, pero ella cerraba los ojos y pensaba en su otra mitad del
espectáculo; y George lo sabía y no le importaba. Sin embargo, aquello que
sentía era demasiado intenso para su viejo cuerpo; podía sentir toda una vida
de emociones sacudiéndose entre sus piernas, dándole punzadas en las sienes.
De nuevo acortaron las vacaciones
para volver al confortable hogar londinense.
La primera mañana tras el regreso
ella dijo:
Te estás haciendo mayor para este
tipo de cosas. No te sientan bien, tienes un aspecto horrible.
—Pero ¿por qué, querida? ¿De qué
vale seguir vivo, si no?
—La gente dirá que te estoy matando
—contestó ella, con una mirada pesimista, medio afilada, entre enfadada y
divertida.
—Pero querida, créeme…
George podía ver la imagen de ambos
en el espejo. Él, un hombre mayor, arrugado, cabizbajo, con un gesto de hosca
obstinación; ella… pero no fue capaz de leer su rostro.
—Quizá me estoy haciendo demasiado
vieja —comentó de pronto ella.
Durante unos días estuvo alegre,
socarrona, insólitamente tierna. Lo seducía con su mirada coqueta; pero
entonces bostezaba bruscamente y decía:
—Me voy a dormir. Buenas noches,
George.
—Bueno, claro, querida, si estás
cansada.
Una mañana Bobby le anunció que iba
a celebrar una fiesta de cumpleaños; pronto cumpliría cuarenta. El modo en que
lo dijo hizo que él se inquietara.
La mañana del cumpleaños entró con
la bandeja del desayuno en el estudio donde él había estado durmiendo. Se
incorporó sobre la almohada y la observó, espantado. Por un momento pensó que
se trataba de otra mujer. Llevaba un traje azul marino serio, de corte
masculino, toscos zapatos negros de cordones, y se había apartado los mechones
de pelo del rostro y los había recogido en un moño chapucero. De repente se
había convertido en una mujer de mediana edad.
—Pero, cariño —inquirió— cariño,
¿qué te has hecho?
—He cumplido los cuarenta
—respondió—. Ya es hora de crecer.
—Pero, cariño, me encantas con tu
ropa simpática. Me encanta lo guapa que estás con tu preciosa ropa.
Ella se rió, dejó la bandeja del
desayuno junto a la cama y se alejó con sonoras pisadas de sus zapatones.
Bobby pasó la mañana en la cocina
frente a un enorme pastel en el que colocó cuidadosamente cuarenta velitas
rosa. Pero por lo visto solo había invitado a su hermana, y por la tarde
estuvieron los tres sentados alrededor del pastel, mirándose unos a otros.
George miraba a Rosa, la hermana, con su horrible traje recto y grueso, y a su
encantadora Bobby, que había sepultado toda su gracia y su atractivo en un
hosco traje de paño, con el pelo recogido, sin maquillaje. Eran dos mujeres de
mediana edad, que hablaban de comida y de compras.
George no dijo nada. Su cuerpo
entero rebosaba derrota.
La espantosa Rosa observó con
mirada mordaz el lujoso apartamento, y después a George y luego a su hermana.
—Te has abandonado, ¿no, Bobby?
—comentó por fin. Sonaba complacida.
Bobby dirigió una mirada desafiante
a George.
—Ya no tengo tiempo para esas
tonterías —respondió—. Simplemente no tengo tiempo. Todos estamos muy ocupados.
¿O no?
George se dio cuenta de que las dos
mujeres lo estaban mirando. Pensó que tenían la misma mirada sombría, severa,
inquisitiva, que se alzaba por encima de las afiladas narices. No podía hablar.
Se le había trabado la lengua. Podía sentir cómo corría la sangre por sus
venas. Era como si su corazón se estuviera hinchando y ocupara todo su cuerpo.
Una enorme y suave extensión de dolor. El martilleo de la sangre en sus oídos
no le dejaba oír nada. La sangre le golpeaba en los ojos, pero los cerró para
no tener que ver a aquellas dos mujeres.
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