Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Carta de casa (1963)
(“A Letter from Home”)
Publicado en la revista Partisan Review, 30 (verano de 1963;
A Man and Two Women and Other Stories
(Londres: Macgibbon and Kee, 1953, 304 págs.);
(Nueva York: Simon and Schuster, 1963, 316 págs.);
African Stories
(Nueva York: Simon and Schuster, 1965, 636 págs.);
[no aparece en la edición de Londres: Michael Joseph, 1964, 494 págs.]



      ... Ja, pero esta vez no te escribo por eso. Me preguntabas por Dick. ¿Estás preocupada por él? ¡Vaya! Pues le han concedido una beca de poesía de una universidad de Texas y está dando conferencias a los tejanos sobre literatura y vida en Suid Afrika, lo que tú llamas Sudáfrica (perdón por la hostilidad) y sus poemas se leen allá donde se lea poseía inglesa, o eso me cuenta. No está mal, hombre, pero he pensado que será mejor que te hable de Johannes Potgieter, ¿te acuerdas de él? ¿Recuerdas al poeta joven, al Poeta Joven? Estaba por aquí cuando viniste aquel invierno, no me digas que has olvidado aquellos ojos marrones que se derretían, y aquellos hoyuelos. Hace unos diez años (ja, el tiempo vuela) le dieron una especie de chollo de trabajo no oficial en la universidad de St— por la calidad de sus poemas, hay que ver lo buenos que eran. Aunque tú y todos los demás tontorrones que habláis inglés no os enteráis, porque nadie traduce el afrikáans. Recuerda que te conté, a ti y a todos los demás (concédeme al menos el crédito de que soy capaz de reconocer incluso los méritos del diablo, si es un buen poeta) lo bueno que era, era un maldito gran poeta. Lo que pasa es que unos cuantos, empezando por mí, intentamos traducir los poemas de Hans y fracasamos. Tal cual. Vale. Mientras tanto, un tercio de la población, o una quinta parte si prefieres, o —por decirlo de otro modo— X5Y59 millones de personas hablan inglés (cifra que aumenta por los seis nacimientos que se dan cada minuto), pero sólo un millón de personas hablan afrikáans y aunque tenga que decirlo en voz baja, tío, sólo unos pocos son capaces de leerlo, o sea, de leerlo de verdad. Aun así, Hans es un gran poeta. De verdad.
       No le contentaba demasiado lo de ser una especie de poeta laureado extraoficial en esa universidad, ya se sabe que algunos poetas no valen para laureados. Al cabo de siete meses completó un libro de poemas que contenía toda clase de herejías, de esas que hacen sudar y arrugar la nariz a los bienpensantes: pecados, sexo, liberalismo, amor entre hermanos, etcétera y mucho más. Aun así, en un país civilizado (digo esto en voz baja porque si no me expulsarían de la universidad y ahora ya tengo cuatro hijas, te acuerdas, ¿verdad?) nadie vería en ellos más que buena poesía. Así lo entiende el propio Hans, pobre alma inocente, que se sorprendió al ver lo que creían los demás y se enfadó mucho. No le gustaba que le soltaran todos esos insultos y los chicos finos del campo, esos de las buenas granjas, y los listillos de las ciudades con sus casas grandes, todos lo miraban por encima del hombro y hacían comentarios y nuestro Hans se quedó hecho polvo porque no es un luchador, a Hans nunca se le ha dado bien lo de apostar por el lado de la justicia, la libertad y todas esas cosas, porque, si te he de decir la verdad, creo que nunca ha llegado a definirlas del todo. Vale. Se despidió entre lo que podría definirse como un silencio digno, pero sus amigos sabían que era pura cobardía o, si prefieres decirlo así, incapacidad de entender por qué se había armado aquel follón. Se fue a vivir a Blagspruit, en Orange Free, donde tiene la casa su Tantie Gertrude. Trabajaba con ella en el almacén. Ja, eso es lo que hacía. ¿Y qué decíamos nosotros? Bueno, tú qué crees. El alma interior del artista (etcétera) sabrá lo que le conviene, es probable que de verdad le convenga Orange Free y el almacén de la Tantie para desarrollarse. Bueno, algo así. Por ser sinceros, no dijimos gran cosa. Simplemente, se largó. Y pasó el tiempo. Ja. Entonces me nombraron editor de Onwards y me puse a pensar en nuestros poetas autóctonos y me acordé de Johannes Potgieter y le escribí, ¿qué tal si me envías un poema? Me sentía fatal porque conté los años y resultó que había pasado ocho sin acordarme de él, incluso si cuentas esas veces en que, borracho al amanecer, uno dice: ¿te acuerdas de Hans? Ese sí que era un poeta...
       Como no me contestaba, dejé pasar la cantidad de tiempo propia de las editoriales y volví a escribir y esta vez recibí una carta de respuesta muy correcta. Bien escrita. Educada. Pero no sólo eso: me costó una hora descifrar la caligrafía. Era una especie de escritura gótica en la que cada letra representaba una obra de arte, como un manuscrito medieval. De todos modos, lo único que decía en aquella pieza de caligrafía artística era lo siguiente: que estaba bien, que esperaba que yo también lo estuviera, que hacía buen tiempo, salvo por lo tardío de las lluvias, que su Tantie Gertie había muerto y que ahora llevaba él el almacén. “Jou vriend, Johannes Potgieter.”
       Bien. Vale. Tenía que viajar a Joburg, así que le escribí y le dije que en el trayecto de vuelta pasaría por Blagspruit, y recibí otro Manu Scriptum, o Misal, en el que decía que esperaba verme y que prepararía a Esther para mi llegada. Pensé que se habría casado, pobre kerel, y era la primera vez que no pensaba en él como un solterón recalcitrante y tenía razón, porque tras terminar mis tareas en Joburg, y no antes, bajar en coche hasta Orange Free y llegar al umbral de su casa, ahí estaba Hans y no se veía rastro de ninguna esposa. Esther resultó ser... Antes me voy a dar el placer de contarte que el bello poeta de ojos marrones con su noble frente, sus hoyuelos y su pálida tez estaba calvo, tenía tonsura, te lo juro: y está gordo, una especie de gordura suave y pálida. Es como un monje con la piel del color del sebo, gordo y suave. Esther es la cocinera o, mejor dicho, su carcelera. Es una zulú, una mujerona gorda, y te juro que me invadió el temor de Dios incluso antes de entrar en la casa. La casa de la Tantie Gertie es un chamizo cuadrado de ladrillo de cuatro habitaciones, ya sabes cómo son esas casas, con tejado de hierro y porche alrededor; bueno, es lo que se da por hecho en Blagspruit. Y Esther estaba plantada con su metro noventa, delantal blanco y gorrita blanca y sostenía una lámpara en un puño negro y enorme y me miró a la cara, suspiró y se metió en la cocina cantando Rock of Ages. Ja, te lo prometo. Yo miré a Hans y él se limitó a decir: “No pasa nada, tío, le caes bien, entra”.
       Nos preparó una gran cena de cordero asado y calabaza frita y pasta de maíz descascarillado y luego nos dio algo de fruta en conserva. Se quedó por ahí, cruzada de brazos mientras comíamos y cuando Johannes se dejó un poco de grasa en el plato, con esa voz profunda de cantar himnos le dijo: “No se puede comer por los ojos, Master Johannes”. Así que él se lo comió. Ja. Ella me dijo que me convenía comer más melocotones por mi salud, pero me planté y me sentí culpable como un crío y noté que Hans me miraba alucinado por mi atrevimiento. Ella vive en el kia, en la parte trasera, una habitación pequeña con cuatro críos de padres distintos y sin ningún hombre, porque con Dios tiene bastante, y se nota, ahora que se ha de cuidar de educar adecuadamente a todos esos críos y a Hans. El almacén de la Auntie vende trapos y artículos básicos en la calle principal, se llama Gertie’s Store y Hans lo llevaba con un hombre de color. Pero en la cena oí que Esther se dirigía a su cabeza gacha, calva y avergonzada para decirle: “Master Johannes, hoy me ha dicho el cocinero de la casa del predicador que los melocotones secos tenían gusanos”. Y Hans le contestó: “Está bien, Esther, mañana les enviaré de los nuevos”.
       Vale. Nos pasamos toda la noche hablando y era el mismo Hans de siempre. ¿Recuerdas que solía sentarse sin decir una triste palabra, con aquella sonrisilla dulce y sus hoyuelos, y se pasaba horas escuchando y escuchando hasta que al final hacía una pregunta? ¿Te acuerdas? ¿Sí, o no? Porque yo misma no lo he recordado hasta ahora. La gente se ponía hablar de no sé qué, de los Nats, o del tiempo, o de la cosecha de uva, de cualquier cosa, y justo cuanto te empezabas a poner nervioso porque él no decía nada, se inclinaba hacia delante y empezaba con las preguntas, terriblemente serias, graves, sobre algún detalle, cualquier cosa que no fuera importante, no sé si me entiendes. Se inclinaba, sonreía, sonreía y decía: “¿Eso de que llovió toda la mañana lo dices de verdad? Llovió toda la mañana. ¿Es cierto?”. Y tú contestabas que sí, un poco incómodo, y entonces él meneaba la cabeza y decía: “Dios, tío, así que llovió toda la mañana...”. Y luego llegaba un silencio notable hasta que todo recuperaba su ritmo normal. Y al cabo de media hora preguntaba: “¿Eso de que las uvas de la variedad hanepoort son buenas este año lo dices en serio?”.
       Vale. Esa noche bebimos bastante brandy, pero de manera civilizada, ya sabes: ¿quieres otro traguito, Martin? Ja, sólo un sorbo, Hans, gracias. Pero acabamos bastante afectados y el domingo por la mañana, cuando me desperté, me sentía fatal, pero ya estaba Esther dejando junto a mi cama una bandeja de té, vestida con su sombrero de los domingos y su vestido de seda negra, y me dijo: “Buenos días, Master du Preez, ya casi es hora de ir a la iglesia”. Y yo estuve a punto de decirle: “Nunca voy a la iglesia, Esther”, pero me lo pensé mejor porque de repente se me ocurrió que a lo mejor en Blagspruit nuestro Hans se había convertido en un hombre temeroso de Dios. Así que contesté: “Muy bien, Esther, gracias por avisarme. Y ahora será mejor que te vayas para que me pueda vestir”. Porque si no se lo digo me hubiera vestido ella, te lo juro. Y asintió con un gesto majestuoso, como si supiera que Dios se había servido de ella para enviarme a la iglesia, por muy pecador que fuera y por mucho que apestara a trago de la noche anterior.
       Bueno. Johannes y yo fuimos a la iglesia, él con su traje negro de los domingos, aunque te parezca imposible, y diciendo: “Buenos días, señor Stein, que esté bien, señorita Van Esslin”, como un sólido y respetable miembro de la congregación. Y yo pensaba, pobre desgraciado, yo también terminaría aquí, por la gracia de Dios, si tuviera que vivir en este rincón abandonado del estado de Orange Free. Hans tenía un aspecto cadavérico después del brandy y yo también, y nos quedamos sentados, balanceándonos y sudando en aquella triste iglesia, aguantando un sermón que duró una hora y media mientras todos los feligreses nos taladraban con sus desagradables miradas de curiosidad. Luego nos dieron una comida fría porque Esther se había ido a adorar a Dios a la iglesia de los africanos en la Población, y después dormimos la mona y nos despertamos cubiertos de moscas y sudando y hacía más calor que en el infierno, porque Blagspruit no es sino el mismo infierno. Y Hans lleva allí diez años, tío, diez años.
       Bueno. Esther tiene la tarde libre y Johannes dice que va a hacer un poco de té, pero me doy cuenta de que sin ella está perdido, así que le digo que me dé un vaso de agua y que sólo le pido que salgamos de debajo de ese techo de hierro. Me mira sorprendido, porque ya se le ha endurecido la piel, pero salimos, pasamos por el polvoriento jardín lleno de caléndulas y zinnias, ya sabes, uno de esos jardines abrasados por el sol, rodeados de alambre de espino y con las puertas pintadas del color de la sangre seca que hay en esos puebluchos perdidos en medio de las cañadas, basta pensar en ellos para emborracharse, pero Johannes se pone a olisquear las caléndulas, se pone una zinnia naranja en la solapa y dice: “A Esther le gusta la jardinería”. Y ahí nos tienes, en la calle principal, dando las buenas tardes a los ciudadanos durante más de medio kilómetro y en seguida estamos otra vez en la llanura, nada más que llanura. Deambulamos un rato, levantando polvo y mirando la puesta de sol, porque los dos tenemos sólo una idea fija, que vendría a ser la siguiente: ¿a partir de que momento resulta decente que empecemos a beber otra vez?
       Luego el aire nos trajo una peste desagradable que venía de un pajarito empalado en una zarza de un arbusto que es como la despensa de un pájaro carnicero. ¿Lo has visto alguna vez? En cada maldita zarza había un escarabajo, o un gusano o algún otro bicho enganchado y me dio bastante asco porque ya era el colmo, y cuando estaba recogiendo una piedra para tirársela al maldito arbusto para molestar al pájaro carnicero, vi que Hans se quedaba mirando la parte baja del árbol. En un zarzal largo y negro había un escarabajo marrón enorme que agitaba las seis patas y las dos antenas al mismo ritmo, intentando soltarse de la espina que tenía clavada en la mitad del cuerpo, o eso parecía, y se agitaba y se agitaba de tal manera que al final se soltó de la zarza, que crecía en ángulo recto con el suelo, y al caer boca arriba siguió agitando las patas para darse la vuelta. A todo esto, Hans permaneció agachado para mirarlo un buen rato, con sus manos de monje apoyadas en los muslos, con la calva cubierta de sudor e iluminada por el brillo rojo de la última luz del atardecer. Entonces se agachó, recogió el escarabajo y lo volvió a clavar en la zarza. Con cuidado, ya me entiendes, de tal modo que la espina volviera a entrar por el mismo agujero, se notaba su esfuerzo por no dañar al escarabajo. Me quedé plantado y boqueando como un idiota y por alguna razón recordé cómo solía sentirme cuando se inclinaba hacia delante y me preguntaba: “¿Dices que las naranjas no son buenas este año? Sinceramente, ¿es cierto?”. Total, que le dije: “¡Hans, tío, por el amor de Dios!”. Y entonces me miró y, en tono de reproche, dijo: “Lo iban a matar las hormigas, fíjate”. Bueno, el suelo era un hervidero de hormigas de no sé qué clase, así que tenía cierta lógica, pero le dije: “Hans, tío, vamos a beber, vamos a beber”.
       Bueno, era domingo y no había ningún bar abierto. Miré por última vez al escarabajo, con la espina clavada en su rezumante cuerpo, agitando las patas al sol poniente, y dije: “Vamos a casa, Hans, y que se joda Esther porque nos vamos a emborrachar”.
       Esther estaba en la cocina, preparando carne fría y unos tomates, y le dije: “Esther, te puedes tomar la noche libre”.
       Ella contestó: “Master Hans, he tenido libre toda la tarde del domingo y me la he pasado hablando con mi hermana Mary”. Hans me miró desesperado, y yo insistí: “Esther, te acabo de dar la noche libre, buenas noches”.
       Y Hans, titubeando y tartamudeando, intervino: “Está bien, Esther, tómate la noche libre. Buenas noches”.
       Ella lo miró. Luego, a mí. Eh, vaya mujer; menuda reina, tío. Contestó con dignidad: “Buenas noches, señor Johannes; buenas noches, señor du Preez”. Luego se secó la maldad de las manos en el delantal blanco y se fue a grandes zancadas, cantando Todas las cosas bellas y luminosas, y te aseguro que nos sentimos como si no valiéramos ni para lavarle los trapos sucios a Esther, porque es la verdad.
       Vale. Sacamos el brandy, nos olvidamos de la carne fría y los tomates y al cabo de una hora, más o menos, conseguí llegar al asunto, o sea, preguntarle qué pasaba con sus poemas, y si tardé tanto fue porque me daba miedo que dijera: “Échale un vistazo a Blagspruit, tío, échale un vistazo. ¿Tú crees que aquí se puede escribir un poema, Martin?”. Pero cuando le pregunté se inclinó hacia delante y me miró fijamente, muy serio y concentrado, luego volvió la cabeza con cuidado hacia la derecha, para ver si la puerta de la cocina estaba cerrada, que no lo estaba; luego a la izquierda para mirar la ventana, que también estaba abierta; y después, por detrás de mí, hacia la puerta, por la que se veía el porche. Entonces se levantó y caminando de puntillas las cerró con cuidado, las tres, y después corrió las cortinas. Me dio escalofríos, tío, te lo juro. Entonces se acercó a una consola grande y negra y sacó un Manu Scriptum, porque todo estaba escrito con aquellas letras negras tan bonitas y difíciles de interpretar, y me lo dio para que lo leyera. Yo me senté y lo fui descifrando lentamente, letra a letra, mientras él permanecía sentado frente a mí, sudando, bebiendo, y lanzando miradas asustadizas hacia atrás.
       ¿Qué era? Bueno, para empezar yo estaba borracho y me daba miedo ver a Hans tan asustado, pero era bueno, era muy bueno, te lo prometo. Era una especie de crónica de Blagspruit, las vidas de sus habitantes... Bueno, no hace falta que concrete porque las vidas de los habitantes son iguales en todas partes del mundo, pero en Suid Afrika es todavía peor y en Blagspruit un millón de veces peor. El Manu Scriptum soltaba un hedor de iglesia y de bondad, con el pecado y el diablo por debajo, tenía una especie de hedor medieval, como es lógico, pues en nuestra tierra no hay nada peor que la iglesia. Te lo estoy diciendo, y recuerda que nunca te lo he dicho, pero ¿hay algo peor que el hedor de la iglesia y de los hombres temerosos de Dios en esta tierra feudal?
       Bueno, el poema. Hasta donde recuerdo, porque estaba como una cuba, era una especie de crónica en prosa que desembocaba en unos poemas y les daba forma; no se podía decir dónde empezaba una y terminaban los otros. La prosa era rígida, anticuada y formal, con un lenguaje propio de monjes, y los poemas también. Sin embargo, al leerlo supe que era lo mejor que había leído en muchos años: por lo menos desde que leí sus poemas anteriores, diez años antes, tío, desde entonces. Y no olvides, Dios se apiade de mí, no olvides que soy editor y paso días y noches leyendo poesía, y cuando cae en mis manos algo como los poemas de Hans no puedo decir más que: bueno.
       Vale. Estuve esforzándome una hora, o más, por esa maldita caligrafía ornamental, y luego la dejé y dije: “Hans, ¿puedo hacerte una pregunta?”. Y él miró hacia atrás, primero a un lado y luego al otro, se inclinó, con el brillo de la lámpara en la calva, y con temblorosa voz baja de pecador me dijo: “¿Qué me quieres preguntar, Martin?”.
       Le dije: “¿Por qué usas esta caligrafía tan complicada? ¿Para qué sirve? Es bonita, pero ¿qué sentido tiene todo este trabajo de monje?”.
       Él bajó la voz y contestó: “Es para que no lo pueda leer Esther”.
       Entonces le dije: “¿Y qué más da, Hans? ¿Por qué? Dame un poco más de brandy y cuéntamelo”.
       Contestó: “Es amiga del cocinero del predicador y su hermana Mary trabaja en la cocina del alcalde”.
       Lo vi todo claro. Estaba borracho, por eso lo vi. Me levanté y dije: “Tienes razón, Hans. Tienes toda la razón del mundo. Si vas a escribir algo así, tan verídico y hermoso como Dios y todos sus ángeles, Esther no debe leerlo. Pero... ¿por qué no me dejas que me lo lleve y lo publique en Onwards?”.
       Se puso blanco y me miró como si fuera a acuchillarlo ahí mismo como un criminal. Me arrancó el manuscrito de las manos y lo abrazó en torno a su pecho regordete y dijo: “No lo tienen que ver”.
       “Tienes razón”, contesté, pues lo comprendía perfectamente. “Es peligroso conservarlo aquí”, dijo, lanzando miradas aterradas a su alrededor. “Sí, tienes razón —concedí, mientras me dejaba caer en la silla de bambú—. Ja, si lo descubrieran, Hans...”
       “Me matarían”, dijo.
       Lo vi con toda claridad.
       Yo estaba borracho. Él estaba borracho. Dejamos el manuscrito en la mesa, nos abrazamos y lloramos juntos por los ciudadanos de Blagspruit. Luego encendimos el farol de la cocina, él cogió el manuscrito bajo el brazo y salimos de puntillas a la luz de la luna, entre el hedor de las caléndulas, y bajamos por la calle principal en la noche cerrada porque ya eran más de las doce y todos los ciudadanos dormían, y bajamos a trompicones por una calle asfaltada que brillaba bajo la luz de la luna, pasamos entre las bajas casas oscuras y salimos a la cañada. Allí, nos miramos apenados y soltamos unas cuantas tristes lágrimas de brandy y, justo delante de nosotros, con la ayuda del diablo, encontramos un zarzal. Parecía virginal, con sus grandes pinchos negros erizados y brillantes bajo la luna diabólica. Seguimos llorando un rato más y arrancamos las páginas de su manuscrito e hicimos con ellas pelotitas de papel, que luego enganchamos por todas las zarzas y cuando ya no nos quedaban páginas nos sentamos bajo el zarzal a la luz de la luna, los espinos negros puntiagudos proyectaban sus sombras violáceas sobre nosotros y en la arena blanca. Luego lloramos por la situación del país y de la poesía. Bebimos mucho más brandy y las hormigas salieron a por nosotros, así que regresamos tambaleándonos por la brillante y adormecida calle principal de Blagspruit y ya no recuerdo nada más hasta que Esther apareció ante mí con una bandejita en la que llevaba una tetera, una taza, azúcar y un poco de leche condensada, y me dijo: “Master du Preez, ¿dónde está Master Hans?”.
       Vi por la ventana el sol de las siete de la mañana, me acordé de todo, me senté en la cama y exclamé: “¡Dios mío!”.
       Y Esther contestó: “Dios no ha entrado en esta casa desde las cinco y media del sábado pasado”. Y se fue.
       Vale. Me vestí y salí a la calle principal, donde mi presencia aquella mañana de lunes atrajo las miradas de los ciudadanos, que probablemente se habían pasado la noche contemplando nuestros tambaleos desde detrás de sus cortinas oscuras. Llegué a la llanura y encontré a Hans. Se había levantado un poco de viento, un diabólico aire caliente y polvoriento que desperdigaba el polvo y la arena, y las hojas, y elevaba al cielo la hierba muerta, así como esos ramales secos que sueltan sus raíces y avanzan a saltos y tumbos sobre la arena, dando vueltas y vueltas como derviches, y luego suben y suben, y ahí estaba Hans, soltando aullidos, gritos y chillidos, persiguiendo las bolitas de papel que revoloteaban entre el polvo y lo demás.
       Lo ayudé. Tres trocitos de papel flameaban, enganchados a los pinchos del oscuro zarzal, así que los recogí y luego salimos corriendo tras aquellos fragmentos blancos voladores cargados de hermosa escritura negra, y tal vez llegamos a recoger una tercera parte. Luego nos sentamos bajo el zarzal, con su negra y dura sombra tendida sobre nosotros y sobre la arena, y vimos cómo se alzaban hasta el cielo los diabólicos torbellinos cargados de polvo, arena y sus poemas.
       Le dije: “Pero, Hans, los puedes escribir de nuevo, ¿no? No los habrás olvidado, ¿verdad?”.
       Y él contestó: “Pero, Martin, ahora todo el mundo puede leerlos. ¿No te das cuenta, tío? Esther podría salir esta tarde, recoger del suelo cualquiera de esos poemas y leerlo. ¿Y si alguno cae en manos del alcalde, o del predicador?”.
       Entonces lo entendí. Te prometo que no se me había pasado por mi estúpida mente hasta ese momento. Te lo juro. Me quedé allí sentado, sudando mi culpa y el brandy, miré al pobre loco y entonces recordé diez años atrás y pensé: Idiota. Estúpido.
       Luego recobré por fin la inteligencia y le dije: “Pero, Hans, incluso si Esther y el predicador y el alcalde salieran a la calle y recogieran uno de tus poemas, como si fuera una hoja de árbol, no entenderían ni una palabra porque están escritos con esa caligrafía retorcida y negra que te has inventado”.
       Vi que su pobre cara de loco reflejaba algo de alegría y me dijo: “¿Te parece, Martin? ¿De verdad? ¿De verdad te lo parece?”.
       “Ja, es la verdad”, contesté. Y se sintió feliz y seguro mientras yo pensaba en aquellos poemas, que seguirían girando y girando en el aire para siempre, o al menos hasta la siguiente tormenta, alzándose al cielo con el polvo y los trocitos de hierba brillante.
       Y le dije: “Además, como mucho, sólo mil o dos mil personas serían capaces de entender ese libro tan hermoso. Míralo de esta manera, Hans, tal vez te ayude a sentirte mejor”.
       Esta vez ya tenía mejor cara; sonrió y se animó.
       Vale.
       Nos levantamos, nos sacudimos mutuamente el polvo y lo llevé a su casa, con Esther. Le pedí que me dejara llevarme los poemas que habíamos rescatado para publicarlos en Onwards, pero se desesperó una vez más y me dijo: “No, no, ¿me quieres matar? ¿Quieres que me maten? Eres mi amigo, Martin. No me puedes hacer eso”.
       De modo que le dije a Esther que tenía a su cargo a un gran hombre, por medio de quien el Propio Dios hablaba, y que hacía bien al cuidar tanto de él. Pero ella se limitó a asentir con su principesca cabeza cubierta de blanco y dijo: “Adiós, Master du Preez, vaya usted con Dios”.
       Así que volví a Kapstaad.
       Hace una semana recibí una carta de Hans, pero al principio no vi que era suya porque la caligrafía era normal, como la tuya o la mía, aunque un poco alocada e informe, y decía: “Me largo de aquí. Ahora ya me conocen. Me miran. Me voy al norte, hacia el río. No se lo digas a Esther.Jou vriend, Johannes Potgieter”.
       Vale.
             Jou vriend,
                   Martin du Preez.




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