Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Espías a los que he conocido (1971)
(“Spies I Have Known”)
Originalmente pubicado en la revista Partisan Review, 38 (invierno de 1971);
The Story of a Non-Marrying Man and Other Stories
(Londres: Jonathan Cape, 1972, 318 págs.);
The Temptation of Jack Orkney and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1972, 308 págs.)



      No quiero que imaginen que establezco ninguna clase de comparación entre Salisbury, Rodhesia, hace treinta años, cuando era un pueblucho, o incluso ahora, y otros lugares más augustos. No lo quiera Dios. Pero no hace ningún daño a nadie servirse de algo minúsculo para entrar en un asunto importante.
       Era a mitad de la segunda guerra mundial. Un par de docenas de personas dirigían una docena de organizaciones, todas izquierdistas en mayor o menor medida. La ciudad, aunque era una capital, conservaba aún esa condición en la que “todo el mundo conoce a todo el mundo”. La población blanca sería de unas diez mil personas; la cantidad de negros, entonces como ahora, sólo podía suponerse. Había una oficina central de correos, un edificio bastante bonito, y uno de los carteros acudía a las reuniones del Club de la Izquierda. Él fue quien nos contó el sistema de censura que utilizaba la policía política. Todo el correo que recibían esa docena de organizaciones iba a una caja central rotulada con el cartel de “CENSOR” para ser leído, sin prisas, por ciertos ciudadanos de confianza. Por supuesto todo eso entraba dentro de lo esperado y ya dábamos por hecho que ocurría. Pero había otras organizaciones proscritas, como Watchtower, una secta religiosa perseguida por alguna razón por gobiernos de toda África (¿tal vez porque profetizaban el fin del mundo?) y algunas organizaciones fascistas, lo cual parece razonable en una guerra contra el fascismo. Había organizaciones con propósitos oscuros y acaso unos cinco miembros y un capital de cinco libras, además de algunos individuos cuyo correo debía seguir también el proceso de descontaminación, o de desactivación. Esa lista, que incluía más o menos a un centenar de personas, era la más sorprendente. ¿Qué tenían en común aquellos seres siniestros cuyas opiniones representaban semejante amenaza al floreciente estado de Rodhesia del Sur, estado que, por cierto, aún se hallaba en la fase Lord Malvern dentro de la cadena Huggins/Lord Malvern/Welenski/Garfield Todd/Winston Field/Smith?
       Tras meses, o de hecho años enteros, de intentar comprender qué los unía, nos tuvimos que rendir. Claro, la mitad de ellos eran de izquierdas, amantes de los nativos y etcétera, pero ¿qué pasaba con los demás? Entonces un hombre escribió una carta al Rodhesian Herald, una solemne parodia del estilo soviético oficial, tan pesado entonces como ahora, en la que exigía la exterminación inmediata del gobierno ante el paredón, a favor de un equipo de la oposición laborista, y gracias a nuestro contacto en la central de Correos supimos que su nombre quedaba incluido en la lista negra. Entonces empezamos a sospechar la verdad.
       Ese arreglo de conveniencia continuó durante toda la guerra. Nuestro hombre de Correos —que para entonces ya eran varios hombres, lo que pasa es que suena peor—, nos mantenía informado acerca de qué y quién figuraba en la lista negra. Y si nos parecía que retenían nuestro correo más tiempo del razonable porque los censores estaban de vacaciones, o se volvían perezosos, molestábamos amablemente a las autoridades para que acelerasen un poco el proceso.
       Ésa fue mi primera experiencia del espionaje.
       La siguiente fue cuando conocí a alguien que conocía a alguien que le había contado algo de cierto secretario del Partido Comunista, quien había sido abordado por alguien que se dedicaba a intervenir los teléfonos de los comunistas... Esto ya era en Europa. Por supuesto, la tecnología para intervenir teléfonos era entonces mucho más primitiva. Es probable que hoy en día ya prescindan de la intervención humana y alguna máquina mida el grado de desafección de un sospechoso por el tono de su voz. Entonces, en aquel país se dedicaban simplemente a escuchar conversaciones grabadas. Aquel profesional había tenido contacto íntimo con durante muchos años con comunistas, y con el comunismo, se había visto involucrado en expediciones de compras, maridos que llegaban tarde del trabajo, asuntos amorosos, algún divorcio, excursiones infantiles. De tanto mirar por la cerradura, terminó metido en la política activa revolucionaria.
       “Creo que no deberías dejar salir a Jackie. Se acostará muy tarde y ya sabes el malhumor que le entra cuando duerme poco.”
       “Ella me dijo que no, eso dijo. Y punto. Si quieres hacer algo así, tendrás que hacerlo tú. No esperes que los demás te saquen las castañas del fuego, me dijo. Si ha sido desagradable contigo, entonces eres tú quien tiene que decírselo.”
       Se frustró, como si fuera un amigo íntimo, o un amante, con la lengua paralizada. Y aún era peor porque siempre estaba involucrado desde lejos. Oía sucesos, emociones que habían ocurrido horas antes. A veces semanas antes, como cuando, por ejemplo, se iba de permiso y luego tenía que repasar todo el peligroso material de un mes en veinticuatro agotadoras horas. Se dio cuenta de que se estaba volviendo posesivo al respecto de aquellos a quienes vigilaba y le molestaba que otros colegas escucharan a “sus” sospechosos. En una ocasión tuvo que resistirse a la tentación porque le entraron ganas de contactar con cierta mujer que estaba a punto de dejar a su marido por otro hombre. Gracias a su situación ventajosa, él sabía que aquel otro hombre no era lo que ella creía. Imaginó cómo la seguiría hasta un café que solía visitar, se sentaría cerca de ella, se inclinaría y le preguntaría: “¿Le importa que me siente con usted? Tengo una información importante”. Sabía que ella se lo permitiría; conocía su carácter a la perfección. Era una mujer poco convencional, acaso menos responsable de lo debido, descuidada, por ejemplo, con la regularidad de las comidas, aunque en lo fundamental estaba seguro de que se trataba de una buena chica y, potencialmente, una buena esposa. Le diría: “No lo haga, querida. No, no me pregunte cómo lo sé. Pero si deja a su marido por ese hombre se arrepentirá”. Tomaría sus manos, la miraría profundamente a los ojos —estaba seguro de que eran marrones, pues aquella voz correspondía sin duda a una mujer rubia de ojos marrones— y luego desaparecería de su vida para siempre. Más adelante comprobaría el éxito de su intervención por medio de las cintas grabadas.
       Para acortar un proceso que duró varios años, al final fue en secreto a una librería comunista, compró algunos panfletos, asistió a una o dos reuniones y descubrió que podría convertirse perfectamente en miembro del Partido, si no fuera porque su trabajo, un trabajo bien pagado y con buenas perspectivas, consistía precisamente en espiar al Partido Comunista. Se sentía en una posición falsa. ¿Qué hacer? Se presentó en las oficinas del Partido Comunista, pidió ver al Secretario y confesó su dilema. Carcajadas de risa del Secretario.
       Las carcajadas eran absolutamente obligatorias dentro de la convención que exige un grado de comprensión más sofisticada entre los profesionales, así pertenezcan a bandos contrarios, incluso en tiempos de guerra —mandos del Partido, oficiales del gobierno, soldados de grado y etcétera— que entre los súbditos, una pandilla de gente alocada, confiada y sentimental.
       Así que, primero, carcajadas. Luego, una pizca de misterio: qué lastima de mundo mal organizado, en el que hombres tan predispuestos a la amistad tuvieran que ser enemigos. Al fin, la dura oferta.
       A nuestro amigo, el grabador de conversaciones telefónicas, le ofrecieron un sueldo fijo del Partido Comunista y su confianza provisional, con la condición de que permaneciera en su sitio y trabajara para el otro lado. Claro, ¿qué podía esperar? No debía ofenderse, pues así nacen los agentes dobles, esos raros hombres que ocupan una jerarquía del espionaje superior a la que él podía aspirar. Pero la oferta de dinero hería sus sentimientos, y la rechazó. Se fue y pasó una semana sufriendo, decidiendo que en realidad lo que tenía que hacer era abandonar su trabajo en la Policía Secreta —el nombre más adecuado para la fuerza en que trabajaba, aunque se la conociera en verdad por otro mucho menos directo—. Volvió a visitar al Secretario para pedirle por segunda vez que le permitiera convertirse en miembro de base del Partido Comunista. Esta vez no hubo carcajadas, ni siquiera una risilla, sino un franco (además de obligatorio) reconocimiento de su posición en un tono de “no le estoy escondiendo nada”. Le dijeron que sin duda debía entender su punto de vista, el del Partido Comunista. Teniendo un pie en el campo del enemigo (delicada manera de describir su salario y su forma de vida) podía resultarles muy útil. Permanecer en su sitio se interpretaría como expresión de su deseo real de servir a la Causa del Pueblo. Abandonarlo y convertirse en un honesto Don Nadie podía satisfacer su conciencia (órgano subjetivo y condicionado, como sin duda sabría ya si había leído debidamente los panfletos), pero le aportaría una imagen de caprichoso, o incluso de poco fiar. ¿Qué pensaba decir a sus jefes? “Estoy harto de intervenir teléfonos. Me ofende.” O bien: “Lo considero una dedicación inmoral”. ¡Si llevaba años sin hacer otra cosa! Bueno, bueno, no lo había pensado bien. Seguro que sus jefes lo tendrían bajo sospecha durante años. Y desde luego no podía ser tan inocente, después de haber pasado tanto tiempo en aquella atmósfera de vigilancia y cautela, como para no dar por sentado que los propios comunistas lo iban a vigilar también. No, su mejor opción era permanecer exactamente donde estaba, esforzándose aun más en su trabajo de intervención telefónica. Si no, el único consejo sincero (del Secretario) sería que se convirtiera en un ciudadano ordinario, tan alejado de la vida política como fuera posible, por su propio bien, por el bien del Servicio que se disponía a abandonar y por el bien del Partido Comunista, donde, por supuesto, le creían a pies juntillas cuando afirmaba haber encontrado su morada espiritual.
       Pero el problema era que él quería afiliarse de verdad. Nada deseaba tanto como formar parte de aquel mundo de severas necesidades que había perseguido durante tanto tiempo, aunque siempre como si se mantuviera detrás de un cristal velado. La integridad lo había marginado. Desde aquel momento, sólo podía aspirar a servir a la humanidad por medio del ejercicio del derecho a votar.
       Su vida estaba vacía. La renuncia al trabajo había cortado su implicación con el drama real e infinito de las cintas grabadas, como quien apaga la televisión en medio de un serial.
       Se sentía inútil. Dio vueltas a la idea del suicidio, pero se lo pensó mejor. Luego, tras superar una crisis nerviosa anodina y más bien rutinaria, se convirtió en monje contemplativo de la Iglesia Anglicana.
       En un cóctel conocí a otro espía que, en una conversación casual —Londres, a finales de los cincuenta— mencionó que en los inicios de la segunda guerra mundial había estado en Grecia, o tal vez fuera Turquía, donde en otro cóctel, entre canapés, un oficial de la embajada británica le había propuesto que espiara para su país.
       —Es que no puedo —contestó aquel hombre—. Debe de saberlo perfectamente.
       —¿Y por qué no? —contestó el oficial.
       Creo que era un Subsecretario.
       —Porque, como sin duda sabe usted, soy miembro del Partido Comunista.
       —Ah, ¿sí? ¡Qué interesante! Sin duda eso no se interpondrá en su deseo de servir a su nación —dijo el oficial, mezclando una sinceridad brutal con el mero interés.
       Por resumir la anécdota —pues al fin y al cabo tiene que ver con un nivel bastante nimio de los asuntos humanos—, aquel hombre se fue a su casa y se pasó la noche entera sin dormir, midiendo sus lealtades, y al día siguiente decidió que, por supuesto, el Subsecretario tenía razón. Quería servir a su país, que no en vano estaba en plena guerra contra el fascismo. Explicó su decisión a sus superiores dentro del Partido Comunista, quienes estuvieron de acuerdo con él, así como a su esposa y a sus camaradas. Luego, se reunió con el Subsecretario en otro cóctel y le informó de la decisión que había tomado. Lo invitaron a unirse a no sé qué Unidad del Ejército, en alguna función relacionada con el Ministerio de información. Debía esperar ordenes. Llegaron a su debido tiempo y el hombre descubrió que su misión consistía en espiar a la Marina o, más bien, a la porción de ésta que operaba cerca de él. Nuestra Marina, por supuesto. Nunca consiguió entender la estrategia que justificaba esa decisión. Que no usaran a un comunista para espiar, digamos, a Rusia, parecía justo y razonable, pero ¿por qué lo consideraban digno de espiar a los propios? Le provocaba desconcierto y, desde luego, se sentía menospreciado. Después, en un cóctel, conoció por casualidad a un oficial de la Marina con el que procedió a emborracharse y de pronto los dos comprendieron, por pura intuición, que cada uno tenía la misión de espiar al otro; uno para el ejército de Tierra, el otro para la Marina. Ninguno de los dos encontraba muy estimulante el trabajo y no conseguían dedicarse en cuerpo y alma, aparte de que habían ido al mismo colegio y tenían otros muchos vínculos sociales. Ni siquiera les ayudaba a sentirse mejor el hecho de no cobrar por su trabajo, ya que sus superiores daban por hecho —con gran acierto, por supuesto— que tenían bastante con servir a sus países sin recibir nada a cambio. Establecieron la costumbre de reunirse con frecuencia en una cafetería, en la que tomaban vino y café y jugaban al ajedrez en un cenador emparrado que disfrutaba de una vista del Mediterráneo especialmente hermosa; allí, sin pasar por los tediosos esfuerzos del espionaje, se limitaban a intercambiar información relevante. Los descubrieron. Se consideró inadecuada la excusa de que pertenecían al mismo bando de la guerra. Los dos fueron despedidos como espías y trasladados a trabajos menos exigentes. Pero hasta el Día D, e incluso después, el ejército de Tierra espió a la Marina, y viceversa. Es probable que aún lo hagan.
       El hecho de que los seres humanos, en cuanto tienen la mínima oportunidad, empiecen a adoptar el punto de vista del otro, me parece el único rayo de esperanza para la humanidad, aunque es obvio que esa tendencia debe de causar cierta angustia a los oficiales del cuerpo diplomático y a los captadores del espía común; no el de altos vuelos, sino el circunstancial. Los diplomáticos se quejan de que, en cuanto entienden de verdad un país y su idioma, visto y no visto, los envían a otro. Hasta que se dan cuenta de por qué ocurre eso. Es que la diplomacia no subsistiría si los factótums perdieran la noción de la hostilidad nacional. Algunos cuerpos diplomáticos insisten en que sus empleados sólo deben relacionarse entre ellos, sin duda convencidos de que una especie de osmosis inocula la comprensión del contrario. Y, por supuesto, cualquier diplomático que dé muestras de volverse nativo, es decir, de disfrutar de verdad con las costumbres y la moral del lugar, debe ser retirado de inmediato.
       No ocurre lo mismo con los espías maestros: alguien que se concentre sólo en los más profundos intereses de su país debe de ser menos que inútil. Los más extraños espíritus han de ser aquellos capaces de mantener dos o tres lealtades a la vez. Eso no se tiene por nacimiento. No puede ser que a los trece años se despierten una mañana y griten: “¡Eureka! ¡Lo tengo! ¡Quiero ser agente doble! ¡Nací para eso!”. Tampoco puede haber una escuela de formación de espías múltiples, una especie de clase superior en la que se gradúan los alumnos más prometedores. Y sin embargo, esa capacidad que podría retardar la carrera de un diplomático, o que puede significar la muerte entre los espías de escasa entidad, debe de ser precisamente la que buscan los maestros de espías para vigilar y manipular en los niveles más altos de los florecientes sistemas de espionaje. Probablemente lo que ocurre es que un hombre va derivando, tal vez incluso en contra de su voluntad, hacia el momento en que se convertirá en espía de su país, como le ocurrió a ese que me encontré en un cóctel y que terminó espiando a los oficiales de su propio ejército. Luego, tanto si ha llegado allí por vocación como si no tiene el menor entusiasmo, empezará a cometer errores; puede que eso le guste, o puede que no. Pasa una fase en la que se pregunta si no habría hecho mejor dedicándose a la Bolsa, o a cualquier otra alternativa; luego, de pronto llega un momento —fatal para los enclenques, aunque señal de la grandeza de su futuro— en el que le invade la simpatía por el enemigo. Dedicar mucho tiempo a pensar en lo que está haciendo X, o en lo que podría hacer, o pensar, o planificar, convierte los pensamientos de X en algo tan familiar y agradable como los de uno mismo. Los puntos de vista de la nación contra la que el espía dedica todo su tiempo encuentran un buen acomodo en la mente que antes sólo tenía espacio para los de la Madre Patria. Se dedica a pensar en las ideas de quienes solían ser sus enemigos antes de entender que en términos psicológicos ya es un agente doble, y sin darse cuenta todavía de que esos hombres a quienes debe vigilar por el valor del material que proporcionan tal vez ya han diagnosticado dicha condición.
       Qué grandes logros de entendimiento global, qué alturas metafísicas de hermandad internacional deben producirse en ese nivel en el que actúan los auténticos grandes espías, cuyos nombres nunca conocemos, pero cuya existencia hemos de dar por hecha.
       Por supuesto, no podemos sino recurrir al más humilde vuelo de la especulación, al tiempo que nos conformamos con esos frecuentes y tan promocionados dramas sobre espías, que abandonan la oscuridad para reclamar nuestra atención.
       Es imposible que las altas instancias del espionaje tengan nada que ver, por ejemplo, con el siguiente caso menor.
       Un comunista que vivía en un pueblo pequeño de Inglaterra, cuya adscripción al comunismo era conocida y aceptada sin el menor drama desde hacía años, y para quien la circunstancia de ser comunista se había convertido en algo parecido a la práctica de una religión poco exigente... Este hombre miró por su ventana una agradable tarde de verano y vio aparcado en la calle, delante de su casa, un coche tan extraño y opulento que le dio vergüenza y se puso de inmediato a pensar qué excusas podría ofrecer a sus vecinos proletarios, cuyos coches de ningún modo podían compararse con aquél, suponiendo que los tuvieran. De aquella monstruosidad salieron dos rusos sonrientes con un osito de peluche del tamaño de un sofá, una botella de vodka, un cilindro largo y pesado que luego resultó ser una enorme alfombra con una pintura del Kremlin, y una caja de chocolatinas inglesas con una hermosa dama y un hermoso perro.
       En todas las ventanas de la calle, detrás de las cortinas, se asomaba alguna cabeza.
       —Pasen —dijo—, aunque creo que no tengo el placer de...
       La alfombra enrollada quedó en el recibidor, enviaron a sus tres hijos a jugar con el oso de peluche en la cocina y dejaron a un lado de caja de chocolatinas para la señora de la casa, que había salido de compras por High Street. El vodka lo abrieron en seguida.
       Resulta que a quien buscaban era a su mujer; a él sólo lo querían como intermediario. Querían pedir a su esposa, empleada del ayuntamiento, que consiguiera las actas de las reuniones del consejo y se las pasara. No, no era en Londres, ni siquiera en Edimburgo. Era un pueblo pequeño y nada importante del norte de Inglaterra, en el que cuesta imaginar que ocurriera nada de interés para cualquier foráneo, y mucho menos para un Poder Extranjero. El hombre les explicó que aquellas actas eran públicas y cualquiera —incluso ellos mismos— podía conseguir copias.
       —Camaradas, yo mismo les llevaré encantado al Ayuntamiento.
       No, ellos habían recibido instrucciones de conseguir que su mujer les pasara los detalles y las actas, y no se conformarían con otra cosa.
       Siguió una larga discusión. No sirvió de nada. No hubo manera de convencer a los rusos de que lo que pedían era innecesario. Tampoco eran capaces de entender que llegar a una calle suburbial de un pueblito de Inglaterra con un coche más largo que un buque de guerra era una forma de llamar la atención.
       —¿Eso por qué? —preguntaban—. Los representantes de un país en el que los proletarios detentan el poder tienen que llevar un buen coche. Por supuesto, camarada. No lo ha pensado en función del concepto de clase.
       El clímax llegó cuando, despreciando el efecto de la argumentación racional, le dijeron:
       —Además, camarada, estos regalos, el oso, la alfombra, el chocolate, el vodka, son apenas una pequeña muestra de cómo apreciaríamos su colaboración con la causa común. Por supuesto, sería debidamente recompensado.
       En ese momento, lo invadió, o incluso diremos que se apoderó de él, una serie de sentimientos atávicos de cuya existencia ni siquiera era consciente hasta entonces. Se levantó y señaló la puerta con un dedo tembloroso de ira:
       —¿Cómo se atreven a imaginar —gritó— que mi esposa y yo aceptaríamos dinero? Si fuéramos a ser espías lo haríamos por amor a la humanidad y por el socialismo internacional. Llévense de aquí sus malditas cosas, esperen, voy a buscar el osito de los niños. Y de paso, saquen de ahí su maldito coche.
       Cuando volvió su esposa del supermercado y oyó la historia se ofendió aun más que él.
       Sin embargo, esas emociones sólo pueden darse en el nivel más bajo del material de espionaje; en ese caso, tan bajo que ni siquiera estaban cualificados para el primer paso, para entrar a formar parte de la hermandad.
       Cerremos el círculo para regresar a nuestro hombre de Correos o, mejor dicho, al primero de nuestros tres hombres.
       Tras asistir con diligencia a muchas reuniones de izquierda, tanto públicas como privadas —pues Tom era, por encima de todo, un hombre metódico que, si se implicaba en algo, lo hacía siempre por completo— alzó la mano una noche en medio de una discusión sobre la Reforma Agraria de Venezuela y dijo:
       —Quiero pedir permiso para preguntar algo.
       Siempre que hacía eso nos reíamos de él, porque solía levantar la mano para pedir permiso para hablar, o para irse, o para tener una opinión sobre algo. No nos dábamos cuenta de aquello no respondía a una formalidad superficial, o a un hábito, sino a su característica más representativa.
       La reunión ya llevaba mucho rato y estaba en esa fase en que el suelo queda lleno de tazas vacías de café, vasos de cerveza y ceniceros llenos. Algunos se habían ido ya.
       Quería saber qué debía hacer.
       —Quiero gozar del beneficio de vuestros expertos consejos.
       En realidad, ya había tomado la decisión que nos quería consultar.
       Tras unos dos años de vida más dual que doble —pues la doblez implica la existencia de un secreto—, su jefe en la Central de Correos lo había llamado para preguntarle cómo le iba su vida con la Izquierda. Tom era tan obstinadamente informativo con él como con nosotros y le había dicho que éramos gente interesante, bien informada y llena de un idealismo de primera magnitud que él consideraba inspirador.
       —Siempre me siento bien después de asistir a sus reuniones —nos contó que le había dicho—. Me hacen salir de mí mismo y me obligan a pensar.
       Su jefe contestó que, por su parte, disfrutaba siempre que oía hablar de idealismo y de pensamiento progresista, e invitó a Tom a entregar informes sobre nuestras actividades, nuestras conversaciones y, muy particularmente, sobre nuestros planes para el futuro, con la mayor anticipación posible.
       Tom nos dijo que había contestado a su jefe que “no le gustaba la idea de hacer algo así sin nuestro conocimiento porque, se diga lo que se diga de los rojos, son gente muy hospitalaria”.
       El jefe le había respondido que se lo pedía por el bien de su país.
       Tom venía a decirnos que había aceptado el encargo de su jefe porque quería colaborar con los esfuerzos de guerra de la nación.
       A todo el mundo le pareció claro que, tras contarnos que había aceptado espiarnos, sin duda —pues formaba parte de su naturaleza— iría luego a su jefe para contarle que nos había contado que había aceptado espiarnos. Después volvería a nosotros para contarnos que le había contado a su jefe que..., etcétera. Y así indefinidamente, salvo que su jefe se hartara. Tom no se daba cuenta de que al poco tiempo su jefe lo consideraría incapacitado para el espionaje y tal vez incluso lo despidiera de su trabajo de cartero, cosa que nos hubiera creado un problema. Después de eso, su jefe encontraría probablemente otra persona para que le pasara información.
       Fue Harry, uno de los otros dos carteros que acudían a las reuniones del Club de la Izquierda, quien sugirió que probablemente sería a él a quien propondrían espiarnos ahora que Tom se había delatado. Tom se enfadó cuando todo el mundo empezó a especular sobre si lo más probable era que lo sustituyera Harry o Dick. Desde su punto de vista, su franqueza absoluta, tanto con nosotros como con su jefe, era merecedora de recompensa. Creía que debía conservar su puesto de trabajo. Dios sabe cómo concebía el futuro. Probablemente creía que tanto su jefe como nosotros seguiríamos empleándolo. Nosotros para averiguar cómo se movía nuestro correo entre las barreras de la censura y para acelerarlo en la medida de lo posible; su jefe para espiarnos. Cuando hablo de emplear no quiero que nadie imagine que eso implicaba pago alguno. Al menos, no por nuestra parte, sin duda, su acicate debía ser la ideología; su recompensa, la sinceridad.
       A estas alturas se habrá notado ya que nuestro Tom no era lo que se dice brillante. Sin embargo, era un joven bastante agradable. Tenía buen aspecto, unos veintidós años. La limpieza era su principal característica física. Limpias eran sus ropas; llevaba un bigotillo oscuro y despierto; una melena morena, lustrosa y bien peinada. Sus manos, más bien pequeñas, llevaban siempre las uñas muy cuidadas; rasgo que podía resultar ofensivo para los buenos habitantes de las colonias, con buen ojo para detectar esa clase de pruebas de escasa masculinidad. Sin embargo, Tom había emigrado poco antes, apenas antes de la guerra, y aún no había absorbido nuestras costumbres. Tal vez no se hubiera dado cuenta todavía de que a los auténticos Rodhesianos, al menos en esa época, no les gustaban los hombres de aspecto cuidado.
       Pese a nuestra cómica predicción de que Tom se vería obligado a contarle a su jefe lo que nos había contado, y pese a su rígida aseveración de que tal supuesto era imposible, se vio obligado a hacerlo. Luego nos informó de que su jefe se había “cabreado con él”.
       Pero el asunto no terminó ahí. Le ofrecieron enseñarle a censurar el correo. Contestó a su jefe que el honor le obligaba a contárnoslo y el jefe dijo:
       —Por el amor de Dios. Dígales lo que le dé la gana. No será usted quien escoja lo que debe censurarse.
       Ya he dicho que en esa época no era una ciudad muy sofisticada y aquella situación en la que “todo el mundo conoce a todo el mundo” provocaba sin remedio esa clase de situaciones humanas tan cálidas.
       Aceptó la oferta por la siguiente razón: “Mi madre siempre me decía que quería que me fuera bien, y si acepto la propuesta de convertirme en censor pasaré al Grado Tres, lo cual representa un aumento anual de 50 libras”.
       Lo felicitamos e insistimos en que nos mantuviera informados acerca de cómo se preparaba a los censores, propuesta que aceptó. Poco después terminó la guerra y toda la camaradería de entonces desapareció en cuanto empezó la Guerra Fría. El fermento de la actividad de izquierdas también se acabó.
       No volvimos a ver a Tom, pero supimos de sus progresos, lentos pero seguros, en el Servicio Civil. Lo último que supe fue que dirigía un departamento entre cuyas actividades se incluía la censura. Me lo imagino, un hombre de unos cincuenta años, casado y sin duda padre, pensando en el baúl de los recuerdos, en los tiempos en que perteneció a una peligrosa organización revolucionaria. “Sí —dirá a menudo—, no hay nada de ellos que no sepa. Son idealistas, eso lo puedo garantizar, pero son muy peligrosos. ¡Peligrosos y equivocados! ¡Los dejé en cuanto supe qué representaban de verdad!”
       Sin embargo, de nuestros tres espías de Correos, Harry fue el que tuvo, al menos durante un tiempo, una carrera más compensatoria para los humanistas idealistas.
       Era un escolar silencioso y desesperadamente tímido que vino a una reunión pública y se enamoró perdidamente durante una semana, más o menos, de la oradora, una muchacha que hablaba en público por primera vez y tan tímida como él. Su padre había muerto y su madre, como dirían los psiquiatras y las trabajadoras de Bienestar Social, era “inadecuada”. O sea: no se le daba bien lo de ser viuda y tenía la salud frágil. Sus escasas energías se concentraban en ganar el dinero suficiente para mantener a sus dos hijos. Regañaba a Harry por su falta de ambición, por no preparar los exámenes que habían de permitirle el ascenso en el escalafón de Correos... y por perder el tiempo con los rojos. Durante tres años, dedicó todo su tiempo libre a la organización de la izquierda: preparaba exhibiciones, alquilaba salas y salones, decoraba bailes para obtener fondos, conseguía publicidad para nuestra revista socialista (dos mil ejemplares), la diseñaba y la vendía. Discutía cuestiones de principios con los consejeros del ayuntamiento: “No es justo negarnos el uso de la sala, estamos en un país democrático, ¿no?”. Y pasaba al menos tres noches por semana discutiendo las cosas del mundo en habitaciones llenas de humo.
       En aquella época hubiéramos considerado irredimible a cualquiera que lo sugiriese, pero ahora me atrevería a decir que la principal función de aquellas reuniones era de orden social. Rodhesia del sur nunca fue exactamente un país hospitalario con quien tuviera algún interés ajeno al deporte y las copas, y la cincuentena de personas que acudían a las reuniones eran —ya pertenecieran a las fuerzas armadas, ya fueran refugiados europeos, o incluso nativos— almas necesitadas de buena compañía. Las reuniones eran amistosas y a veces duraban hasta el amanecer.
       Una chica a la que nunca habíamos visto acudió a una reunión. Vio a Harry, un joven guapo, seguro de sí mismo, locuaz, enérgico y eficaz. Todos nos fiábamos de él.
       Se enamoró, se lo llevó a su casa y su padre, reconociéndolo como un organizador nato, lo nombró director de su ferretería.
       Eso nos lleva al tercer hombre, Dick. Bueno, hay cierta gente a la que no se debería permitir la asistencia a reuniones, debates, o situaciones similares para el fermento del intelecto. Vino a dos reuniones. Lo trajo Harry y lo describió como “entusiasta”. El entusiasta era él. Dick se sentó en el suelo, sobre un cojín. Eran modos muy bohemios para un joven de buena educación. Arrugaba la frente como un cachorro mientras intentaba seguir aquellos pensamientos tan complejos, tan poco rodhesianos. Era, como Tom, un limpio y bien dispuesto joven. Quizás la Oficina de Correos, al menos en Rodhesia, sea una institución que atrae a la gente de orden. Recuerdo que me hacía pensar en uno de esos caramelos sencillos, simple azúcar con aromas químicos. O también parecía un bulldog, con su ferocidad acicalada en estado latente, sus ojillos saltones y su gruñidito. Le gustaba, como a Tom, la información concreta: “¿Debo deducir, entonces, que creéis que se puede cambiar la naturaleza humana?”.
       En la segunda reunión a que asistía se sentó y escuchó como en la primera. Al final preguntó si creíamos que el socialismo era bueno para un país que debía resolver la carga del asunto de los blancos.
       No vino a ninguna reunión más. Harry dijo que nos había encontrado sediciosos y antirodhesianos. Falsos, también. Le dijimos a Harry que fuera a preguntarle por qué nos encontraba falsos y volviera para contárnoslo. Resultó que Dick quería saber por qué el Club de la Izquierda, ya que tenía tan mala opinión de la dirección del país, no asumía el gobierno. De todos modos, pronto nos olvidamos de Dick, sobre todo porque Harry, en el cenit de su eficacia y utilidad general, ya derivaba con su futura esposa hacia la dirección de ferreterías. En esa época perdimos a Tom.
       De pronto nos enteramos de que el Partido para la Democracia y la Libertad estaba a punto de celebrar una reunión de masas preliminar. Delegaron a uno de nosotros para que asistiera y descubriera qué estaba pasando. Me tocó a mí.
       La reunión tuvo lugar en el salón lateral de la sala de baile de uno de los tres hoteles de la ciudad. Habían instalado un aparador para disponer las provisiones extraordinarias de cerveza y salchichas y cacahuetes que con tanta fruición se consumían durante los bailes semanales, una palmera en una maceta, tan alta que las hojas superiores quedaban aplastadas contra el techo, y una docena de sillas rígidas de comedor pegadas en fila a la pared. Había once personas en la sala, entre hombres y mujeres, incluido Dick. Al principio no fui capaz de entender por qué esa reunión me parecía tan distinta de aquellas en las que tanto tiempo había pasado, hasta que me di cuenta de la avanzada edad de los asistentes. A las nuestras sólo venían los jóvenes.
       Dick llevaba su mejor traje, de franela gris oscura. Era una tarde muy calurosa. Tenía la cara morada por el esfuerzo y cubierta de sudor, que retiraba de la frente cada dos por tres con dedos impacientes. Leyó un apasionado documento con tono parecido a los manifiestos comunistas, que empezaba así: “¡Camaradas ciudadanos de Rodhesia! ¡Ha llegado la hora de la acción! ¡Alzaos, mirad alrededor y tomad vuestra herencia! ¡Pongamos en fuga a las fuerzas del Capital Internacional!”.
       Estaba de pie delante de las sillas, con su cabecita bien peinada inclinada sobre sus notas, escritas a mano y de difícil lectura en algún momento, de modo que sus inflamatorias imprecaciones se producían entre titubeos y tartamudeos, al tiempo que se corregía cada dos por tres, se secaba el sudor y luego se detenía para lanzar una mirada circular a los demás por toda la sala. Diez rostros atentos lo miraban como si fuera un salvador, o el líder de un partido.
       El programa de aquel partido naciente era sencillo. Consistía en “apoderarse por medios democráticos pero con la mayor celeridad posible” de las tierras y la industria del país “con la intención de causar la menor inconveniencia posible” e instituir “en cuanto se pudiera” un régimen de auténtica igualdad y justicia en aquella “tierra de Cecil Rhodes”.
       Estaba intoxicado por las emanaciones de la admiración de la audiencia. Ya no se veían rostros tan ardientes y apasionados como aquellos (por desgracia, me di cuenta de cuánto fervor habíamos perdido) en nuestras reuniones del Club de la Izquierda, que derivaban desde hacía mucho tiempo por las agradables mareas del debate y la especulación intelectual.
       Los rostros pertenecían a un hombre de unos cincuenta años, más bien gris y maltratado, quien se presentó como un profesor que “aspiraba a la reforma absoluta de todo el sistema educativo”; una mujer de mediana edad, viuda, mal vestida y fumando sin parar, que parecía haber superado mucho tiempo antes la barrera de lo soportable; un anciano con rostro angelical y sonrosado, enmarcado por mechones blancos, que dijo haber sido bautizado en honor a Keir Hardie; tres colegiales, el hijo de la viuda y sus dos amigos; la mujer que atendía el guardarropas, quien había abierto aquella sala para instalar las sillas y luego se había quedado por puro interés, pues era su tarde libre; dos miembros de la RAE; Dick, el sindicalista; y una hermosa joven a quien nadie había visto antes y quien, en cuanto Dick terminó su manifiesto, se levantó para soltar un sermón vegetariano. Lo consideraron ajeno al orden del día. “Primero hemos de conseguir el poder y luego nos limitaremos a hacer lo que desee la mayoría.” En cuanto a mí concierne, me separaba de ellos mi falta de fervor y la hostilidad de Dick.
       Esto sucedía mediada la segunda guerra mundial, cuyo objetivo era derrotar a las hordas del Nacional Socialismo. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tenía treinta años. Habían pasado más de ciento cincuenta desde la Revolución Francesa y todavía más desde la Revolución Americana que liquidó las tiranías británicas. Estaba a punto de celebrarse la independencia de la India. Habían pasado veinte años de la muerte de Lenin. Trostsky seguía vivo.
       Uno de los escolares, amigo del hijo de la viuda, alzó la mano para decir con timidez, y callarse de inmediato, que “le parecía que debía de haber algún libro que pudieran leer sobre el socialismo y esas cosas”.
       —Claro que los hay —contestó el tal Keir Hardie, agitando sus mechones blancos al asentir—, pero no tenemos por qué seguir las normas escritas por países antiguos, cuando aquí tenemos uno totalmente nuevo.
       (Conviene explicar que los blancos de Rodhesia, entonces igual que ahora, siempre se referían a “este país nuevo”.)
       —Por lo que se refiere a los libros... —dijo Dick, mirándome con todo el burlón control de sí mismo que había adquirido desde que, apenas una semanas antes, abandonara su cojín en el suelo de nuestra sala de reuniones—, parece que a mucha gente no les sirven de nada. Así que, ¿para qué los queremos? Es todo absolutamente simple. No está bien que unos pocos sean dueños de toda la riqueza de un país. No es justo. Debería compartirse entre todos, a partes iguales, y entonces podríamos hablar de democracia.
       —Claro, obviamente —dijo la chica guapa.
       —Ah, sí —suspiró la pobre mujer cansada, al tiempo que apagaba con gesto enfático un cigarrillo y encendía otro.
       —Quizá sería mejor que moviéramos un poco esa palmera —propuso la chica de guardarropía—. Parece que se interpone un poco.
       Pero Dick no le permitió mostrar su concordancia de esa manera.
       —Qué más da la palmera —dijo—. No es importante.
       Fue en ese momento cuando alguien preguntó:
       —Perdón, pero ¿cuándo intervienen los Nativos? —(En esos tiempos, a los habitantes negros de Rodhesia se los llamaba Nativos.)
       Se consideró de un extremado mal gusto.
       —La verdad, no creo que eso sea aplicable —contestó Dick, acalorado—. Sencillamente, no veo qué sentido tiene mencionar eso, salvo que sea para crear algún problema.
       —Es que viven aquí —dijo uno de los miembros de las RAF.
       —Bueno, si cabe la menor posibilidad de que nos mezclemos con los problemas de los negros, yo me retiro —dijo la viuda.
       —Puede estar segura de que eso no ocurrirá —contestó Dick.
       Mantenía el control con firmeza, bien asido a la silla de montar, líder de todos tras haberse mantenido apenas media hora al frente de su reunión de masas.
       —No lo entiendo —dijo la chica guapa—. Simplemente no lo entiendo. Hemos de tener una política para los Nativos.
       Incluso doce personas en una sala pequeña, estuvieran allí para fundar un partido masivo o no, implicaban doce puntos de vista distintos, claros y defendidos con pasión. Al final hubo que posponer la reunión una semana para que quienes no habían podido expresar sus divergencias tuvieran ocasión de hacerlo. Asistí a la segunda reunión. Había quince personas. Los dos miembros de las RAF no estaban, pero había seis sindicalistas blancos del sector ferroviario que, tras enterarse de la fundación del partido, pretendían que se aprobara una resolución: “En opinión de los reunidos, se está forzando un avance demasiado rápido de los Nativos hacia la civilización y ese proceso debería frenarse por su propio bien”.
       En esos tiempos siempre se aprobaba esta resolución cada vez que se presentaba la oportunidad. Es probable que se siga haciendo.
       Sin embargo, los nueve asistentes de la semana anterior consiguieron formar un sólido bloque de oposición ante aquel influjo externo de pensamiento; por supuesto, no se resistieron en defensa de los nativos, sino porque les parecía necesario resolver antes otros asuntos. “Primero hemos de tomar el país por medios democráticos. Eso no llevará mucho tiempo porque es obvio que nuestro programa es de pura justicia; luego ya decidiremos qué hacer con los Nativos.” Entonces se fueron los seis trabajadores ferroviarios y dejaron solos a los nueve de la semana anterior, quienes procedieron a fundar el Partido para la Democracia y la Libertad. Se nombró un comité director de tres personas para que redactaran una constitución.
       Eso fue lo último que se supo de ellos, salvo por un panfleto ciclostilado bajo el título: “¡El capitalismo es injusto! ¡Unámonos para abolirlo! ¡Nos referimos a ti!”.
       Se acabó la guerra. Esa clase de fermento intelectual no se dio más. Los empleados de Correos, todos ellos de nuevo ciudadanos ejemplares que se entretenían debidamente con el deporte y otros desempeños similares, ya no contaban a los ciudadanos cómo y cuándo los censuraban.
       Dick no siguió en Correos. El virus de la política había entrado en sus venas para siempre. De mero portavoz del socialismo de los blancos, tras las pullas que lo acusaban aspirar a un socialismo que excluía a la mayoría de la población, se convirtió en exponente de la opinión de que el desarrollo de los Nativos debía frenarse por su propio bien, y de allí pasó a consejero del Ayuntamiento, más adelante Miembro del Parlamento. Y eso sigue siendo hoy, un caballero distinguido de mediana edad, servidor infatigable de comités y comisiones parlamentarias, sobre todo de aquellos relacionados con los Nativos, materia en la que se lo considera toda una autoridad.
       Un viejo bulldog de pura raza, eso es lo que es de la cabeza a los pies.




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