Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Nuestra amiga Judith (1963)
(“Our Friend Judith”)
Originalmente publicado en la revista Partisan Review,
Vol. 27, Núm. 3 (verano de 1960), págs. 459-479;
A Man and Two Women and Other Stories
(Londres: Macgibbon and Kee, 1953, 304 págs.);
(Nueva York: Simon and Schuster, 1963, 316 págs.)



      Dejé de invitar a Judith para que conociera gente cuando una mujer canadiense señaló, con el satisfecho entusiasmo de quien por fin pone una etiqueta a un raro espécimen: “Es, sin duda, una de tus típicas solteronas inglesas”.
       Esto sucedió un par de semanas después de que un sociólogo norteamericano, que le había sonsacado a Judith que tenía unos cuarenta años, era soltera y vivía sola, me comentase: “Supongo que ya se ha rendido, ¿no?”. “¿Rendirse?”, pregunté, y la discusión posterior fue de las que no llevan a ninguna parte.
       Judith no iba a gusto a las fiestas. Solo acudía si la presionaban, no tanto —parecía— por hacer un favor, como con el ánimo de corregir lo que ella consideraba un defecto de su carácter. “En realidad debería disfrutar más del hecho de conocer gente nueva”, dijo en una ocasión. Retomamos los antiguos hábitos de nuestra amistad; alguna que otra tarde juntas, una salida esporádica al cine, o me llamaba y decía: “Pasaré por tu casa camino del Museo Británico. ¿Te apetece una taza de té? Tengo veinte minutos”.
       Era propio de Judith que la palabra solterona, aplicada a ella, generase una fascinante especulación sobre otras personas. Mis tías, por ejemplo, de unos setenta años, ambas solteras; una, ex misionera en China; la otra, enfermera en un conocido hospital de Londres. Estas dos ancianas damas viven juntas en una ciudad de provincias, bajo la sombra de la catedral. Dedican mucho tiempo a la iglesia, a causas nobles, a mantener correspondencia con amigos del mundo entero, a los nietos y a los bisnietos de los parientes. Sería un error, sin embargo, al entrar en una casa en la que nada ha cambiado durante cincuenta años, diagnosticar sin más un estado de integridad fosilizada de las postrimerías de la era victoriana. Leen todos los libros que se reseñan en el Observer o The Times, y de ahí que hace poco yo recibiera una carta de la tía Rose en la que me preguntaba si no pensaba que el autor de En la carretera estaba —¿quizá?— exagerando sus dificultades. Saben mucho de música y escriben cartas de aliento a los jóvenes compositores que consideran desdeñados: “Debe entender que todo lo nuevo y original tarda en ser comprendido”. Conservadoras críticas y bien informadas, son muy capaces de despachar al Ministerio del Interior telegramas de protesta y cartas de apoyo. Estas damas, mis tías Emily y Rose, sin duda responden a lo que designa la expresión “solterona inglesa”. Y ahora, después de señalar la relación, no cabe duda de que Judith y ellas son primas espirituales, si no hermanas. ¿Y de ello se sigue que la compasiva admiración que sentimos por las mujeres que han llevado una vida con inquietudes y sin hombres requiera cierta modificación?
       Por supuesto, es algo que nunca se podrá saber, y ahora tengo la sensación de que es solo culpa mía el que no lo sepa. Había sido amiga de Judith durante más de cinco años antes de que tuviera lugar el incidente al que califiqué sin querer —y de forma bastante estúpida— “la primera vez que a Judith se le cayó la máscara”.
       A una amiga común, Betty, le habían dado un vestido usado de Dior. Pero era demasiado baja. Así que dijo: “No es un vestido para una mujer casada con tres hijos y talento para la cocina. No sé por qué, pero no lo es”. Judith tenía la figura adecuada. De modo que una tarde quedamos las tres en la habitación de Judith, con el vestido. Ni a Betty ni a mí nos sorprendió comprobar de nuevo que Judith era hermosa. Demasiado a menudo nos habíamos descubierto la una a la otra, y a nosotras mismas, presas de la envidia cuando el rostro sereno y grave de Judith, su inexpresivo y perfecto cuerpo, lograba que todo el mundo, en una habitación o en la calle, pareciera ordinario.
       Judith es alta, de pechos menudos, esbelta. Tiene el cabello castaño claro, con raya al medio y cortado recto a la altura de la nuca. Una prominente frente recta, nariz recta y una boca que refleja absoluta seriedad componen el escenario de sus ojos, que son verdes, grandes y saltones. Sus párpados son muy blancos, con ribetes dorados, justo por encima del globo ocular, de modo que de perfil tiene la mirada de una hierática máscara dorada. El vestido era verde oscuro brillante, de corte recto, con una especie de túnica holgada. Con él, sin duda Judith no podía más que evocar imágenes clásicas. ¿Diana, quizá, de regreso de la cacería, en un momento de descanso? ¿Una ninfa del bosque con aspecto bastante intelectual que ha optado por una tarde en la sala de lectura del Museo Británico? Algo así. Ni Betty ni yo dijimos palabra, puesto que Judith se estaba examinando en el enorme espejo, y debía de saber que estaba espléndida.
       Se sacó el vestido sin prisa y lo dejó a un lado. Se volvió a poner la vieja falda de pana y la blusa de lana que se había quitado. Probablemente nos sorprendió intercambiando una mirada de resignación, porque acto seguido comentó, con la más ligera de las sonrisas socarronas: “Una debe mantener la personalidad, ¿no os parece?”. Y añadió, como quien lee las palabras de un libro invisible, un libro que ella no escribió, puesto que era muy vulgar, aunque quizá sí alguna de nosotras: “Me queda muy bien, debo admitirlo”.
       “Después de vértelo puesto —dijo Betty a gritos, de sa fián dola—, no puedo soportar que lo lleve nadie más. Simplemente, lo guardaré.” Judith se encogió de hombros, bastante enojada. Allí estaba, con la falda amorfa y la blusa, sin maquillaje, de pie, sonriéndonos; una mujer a la que cuarenta y nueve personas de cincuenta no habrían mirado dos veces.
       Un segundo episodio revelador sucedió poco después. Betty me llamó para contarme que Judith tenía un gatito. Me preguntó si sabía que Judith adoraba los gatos. “No, pero no me extraña en absoluto”, respondí.
       Betty vivía en la misma calle que Judith y sabía de ella más que yo. Me mantuvo al corriente del desarrollo y los hábitos del gato y de su repercusión en la vida de Judith. Me contó, por ejemplo, que le parecía que era bueno que tuviera un vínculo y alguna responsabilidad. Pero en cuanto dejó de ser un gatito los vecinos empezaron a quejarse. Era macho, no estaba castrado y convertía cada noche en un infierno. Finalmente, el casero dijo que el gato o Judith tendrían que irse, a no ser que estuviera dispuesta a “operarlo”. Judith se dejó la piel intentando encontrar a alguien, en cualquier lugar de Gran Bretaña, dispuesto a quedarse con el gato. Esta persona, sin embargo, debía firmar una declaración por la que se comprometía a no “operarlo”. Betty me contó que, cuando Judith finalmente llevó el gato al veterinario para que lo sacrificara, estuvo llorando veinticuatro horas.
       —¿No pensó en ceder? Después de todo, el gato quizá habría preferido vivir si le hubiesen dado esa oportunidad.
       —¿Crees que yo tendría el valor de decirle algo tan sentimental? Está en la naturaleza de un gato macho desmandarse lujuriosamente, y además sería un error moral por parte de Judith tener un gato operado solo porque le conviene.
       —¿Te ha dicho eso?
       —No era necesario que lo dijera, ¿no?
       Un tercer incidente se produjo cuando dejó que un joven norteamericano, que vivía en París, amigo de un amigo y al que apenas conocía, se quedara en su piso en Navidad mientras ella visitaba a sus padres. El joven y sus amigos se dieron la gran vida durante diez días: alcohol y sexo y marihuana, y cuando Judith regresó tardó una semana en limpiarlo todo y reparar los muebles. Telefoneó dos veces a París. La primera para decirle que era un bruto asqueroso y que si él sabía lo que le convenía se mantendría alejado de su camino en el futuro; la segunda, para disculparse por haber perdido los estribos. “Tenía la posibilidad de prestarle mi piso a alguien o dejarlo vacío. Pero después de haber escogido que te quedaras, era un claro e injustificado atropello a tu libertad el poner condiciones. Te pido mis más sinceras disculpas.” Después de poner en claro los aspectos morales del asunto siguió más bien enfadada, aunque no tanto por las cartas de disculpa de él, excesivas, embarazosas y, más que nada, desconcertantes.
       Era el curioso tono de las cartas —incluso le llegaba a sugerir que iría a verla para conocerla mejor— lo que más la irritó. “Se quedó en mi casa diez días. Cualquiera pensaría que ya es suficiente, ¿no te parece?”
       Los datos están sobre la mesa, a la vista, y al alcance de quien quiera estudiarlos; o, como es evidente el modo en que piensa, de cualquiera que cuente con la inteligencia para interpretarlos.
       Los últimos veinte años ha vivido en un pisito de dos habitaciones en una estridente calle del oeste de Londres. El piso está deteriorado y la calefacción funciona mal. Los muebles son viejos, nunca ha habido nada que no sea feo, está francamente desvencijado y avejentado. Recibe una renta de doscientas libras al año de un tío fallecido. Vive de eso y de lo que gana con sus poemas y con las clases nocturnas de poesía y los cursos de extensión universitaria.
       No fuma ni bebe y come muy poco; por gusto, no por disciplina.
       Estudió poesía y biología en Oxford, con mención especial.
       Es una Castlewell. Eso significa que es miembro de una de las familias académicas de clase media alta que durante siglos ha producido una cosecha constante de hombres y mujeres brillantes y sólidos que constituyen la columna vertebral de las artes y las ciencias de Gran Bretaña. Mantiene una relación distante con su familia, que la respeta y la deja a su aire.
       Va a dar largas caminatas, sola, a lugares como Exmoor o el oeste de Escocia.
       Cada tres o cuatro años publica un volumen de poemas.
       Las paredes de su piso están completamente cubiertas de libros. De ciencias, de cultura clásica y de historia; hay muchos de poesía y algunas obras de teatro. No hay ni una novela. Cuando Judith dice “Claro que no leo novelas” no significa que las novelas no tengan ningún lugar, o un lugar pequeño en la literatura, ni que la gente no deba leer novelas; pero es obvio que no puede esperarse de ella que lo haga.
       Estuve visitándola en su piso durante años antes de reparar en que debajo de una ventana había dos largas estanterías de libros, cada una de ellas llenas de obras de un solo escritor. Los dos escritores no son, por decirlo del modo más suave, de los que uno asociaría a Judith. Son tiernos, nostálgicos, ambiguos y fantasiosos. De hecho, las típicas belles-lettres inglesas y, por definición, detestables, según ella. Ni uno solo de esos libros ha sido leído; algunas páginas todavía están sin cortar. Aunque todos y cada uno de los libros tienen una dedicatoria dirigida a ella: con gratitud, con admiración, con sentimiento y, más de uno, con amor; en resumen, quienquiera que se interese por esas dos estanterías y se moleste en calcular fechas podrá deducir que, de los quince a los veinticinco años, Judith fue la joven compañera sentimental de un anciano caballero literario, y de los veinticinco a los treinta y cinco la inspiración de otro.
       Durante todo ese tiempo ella misma escribió poesía, un tipo de poesía, se puede concluir con bastante seguridad, que en absoluto debía de despertar la admiración de sus dos admiradores. Sus poemas siempre son fríos e intelectuales; esa es su forma, que se contrapone a una textura de solemne sensualidad (o acaso se respalda en ella). Son poemas para leer repetidamente; hay que hacerlo así para entenderlos.
       Nunca le pregunté directamente a Judith por esos dos amores eminentes y engolillados. No porque no fuera a responder, ni porque la pregunta le hubiese parecido impertinente, sino porque son preguntas del todo innecesarias. El hecho de que esas dos estanterías de libros estén donde están, y de que sean libros por los que no es posible que ella sienta ningún interés por sí mismos, equivale a otorgar reconocimiento público a lo que merece ese reconocimiento. Me la puedo imaginar reflexionando sobre el asunto y decidiendo que solo era una cuestión de justicia, o quizá de honradez, colocar los libros allí; y eso a pesar de que a ella le traía sin cuidado que le prestaran la misma atención. Incluso hay en ello algo despectivo. Porque sin duda menosprecia a aquellos que necesitan que les presten atención.
       Por ejemplo, en más de una ocasión una nueva corriente de jóvenes poetas “modernos” la ha juzgado como la única poetisa “moderna” de entre sus reputados y despreciados mayores. Esto se debe a que, como empezó a escribir a los quince años, sus poemas están repletos de una imaginería científica, mecánica y química. Así es como piensa, o siente.
       En más de una ocasión un joven poeta ha aparecido en su piso en busca de su alianza y solo la ha encontrado tajante e instintivamente impasible ante palabras como moderno, nuevo o contemporáneo. El poeta se ha sentido ultrajado y herido por el principio, tan profundamente arraigado en ella que es inconsciente y que no necesita más expresión que un desdeñoso encogimiento de hombros; el principio de que la búsqueda de publicidad o las ansias de reclamar la atención de los críticos son despreciables. Sobra decir que quizá haya un crítico en todo el mundo para el que ella tenga tiempo. El que se alejó de ella malhumorado, dejándola en la estantería, lugar que sin duda considera el más adecuado, para que la lea una minoría capaz de apreciarla.
       Entretanto da conferencias, pasea por Londres, escribe poemas y a veces se deja ver en un concierto o en una obra de teatro con un profesor de griego de mediana edad que tiene mujer y dos hijos.
       Betty y yo especulamos sobre este profesor, con comentarios como estos: Seguro que a veces se debe de sentir sola. ¿Nunca ha querido casarse? ¿Y ese horrible momento de vuelta por la noche a un piso vacío?
       Hace poco el marido de Betty estuvo de viaje de negocios, con sus hijos, y ella se sintió incapaz de soportar la casa vacía. Le pidió refugio a Judith hasta que la casa volviera a ocuparse.
       Después me llamó para informarme:
       —Cuatro de las cinco noches el profesor Adams llegó sobre las diez.
       —¿Estaba Judith incómoda?
       —¿Tú esperarías que lo estuviera?
       —Bueno, si no incómoda, por lo menos debía de ser consciente de la situación, ¿no?
       —No, en absoluto. Pero tengo que decir que no creo que sea lo bastante bueno para ella. No puede entenderla. La llama Judy.
       —Por Dios.
       —Sí. Pero estuve pensando. Imagínate que los otros dos la llamaran Judy, pequeña Judy, ¡figúrate! ¿No es horrible? ¿No dice bastante de Judith?
       —Es bastante enternecedor.
       —Supongo que es enternecedor, aunque a mí me incomodó; pero no por la situación, por cómo se comportaba ella con él. “Judy, ¿queda más té?” Y ella, obediente y recatada, le sirvió otra taza.
       —Bueno, sí, ya veo cómo te sentiste.
       —Tres de las noches fue a la habitación con ella; con naturalidad, porque ella se comportaba de un modo natural. Pero no estaba allí por la mañana. Así que se lo pregunté. Ya sabes cómo reacciona cuando le preguntan algo. Como si hubiera mantenido largas conversaciones sobre el tema durante años y años, y simplemente lo retomara donde lo dejó la última vez, hasta el punto de que cuando dice algo sorprendente, me siento tonta por sorprenderme.
       —Sí, ¿y entonces?
       —Le pregunté si no se arrepentía de no haber tenido hijos. Me dijo que sí, pero que no se podía tener todo.
       —¿Respondió que no se puede tener todo?
       —Dejando bastante claro que ella lo tiene casi todo. Dijo que era una pena, porque habría sido muy buena madre.
       —Si te paras a pensarlo, lo habría sido.
       —Le pregunté por el matrimonio, pero dijo que en realidad el papel de amante le iba mejor.
       —¿Usó la palabra amante?
       —Debes admitir que es la palabra apropiada.
       —Supongo que sí.
       —Y después dijo que aunque disfrutaba de la intimidad y el sexo y todo eso, le gustaba despertarse sola por la mañana, consigo misma.
       —Sí, claro.
       —Claro. Pero ahora está preocupada porque el profesor quiere casarse con ella. O siente que debería. Por lo menos se siente culpable y está obsesionándose con eso. Ella dice que no ve por qué tiene él que divorciarse; y, además, sería muy duro para su pobre y vieja mujer después de todos estos años, en especial después de criar a dos hijos tan bien. Habla de la esposa de él como si fuera una especie de mujer de la limpieza, buena y anciana, a la que no sería justo despedir, ya sabes. No importa. Entre una cosa y otra, Judith se va a ir dentro de poco a Italia para reponerse.
       —Pero ¿cómo va a pagárselo?
       —Por suerte, la emisora Third Programme le ha encargado algunos programas de arte. Le dejaron escoger entre El Cid (The Thid, ya sabes) y los Borgia. Bueno, los Borghese. Y Judith se decantó por los Borgia.
       —¿Los Borgia? —pregunté—. ¿Judith?
       —Sí, ya. Eso mismo dije yo también con ese tono de voz. Se dio cuenta de mis reparos. Dice que la épica es lo suyo, mientras que el Renacimiento nunca ha estado en su frecuencia. Claro que no podría con toda esa magnificencia y esa crueldad y esas guarradas. Pero sin duda la caballería y un estricto código moral y esos tejemanejes estúpidamente magnánimos están en su misma frecuencia.
       —¿Le pagan lo mismo?
       —Sí. Pero ¿tú crees que Judith se dejaría influir por el dinero? No, dijo que siempre hay que escoger la novedad, lo que no se tiene al alcance de la mano. Bueno, porque se ajusta mejor a su carácter, y todas esas cosas, dejarse desconcertar por el Renacimiento. No dijo eso, por supuesto.
       —Claro que no.
       Judith se fue a Florencia. Y durante unos meses las postales nos informaron lacónicamente de sus quehaceres. Entonces Betty decidió que se iría de vacaciones sola. Estaba horrorizada porque había descubierto que si su marido no pasaba la noche con ella no podía dormir; y cuando se fue a Australia tres semanas dejó de vivir hasta que él regresó. Había hablado de eso con él, y él estuvo de acuerdo, si realmente sentía que la situación era seria, la mandaría en avión a Italia, para que recuperara el respeto por sí misma. Así lo contó ella.
       Recibí esta carta suya:

    No tiene sentido, vuelvo a casa. Tendría que haberme dado cuenta. Mejor hacerle frente; cuando te casas de verdad ya no sirves ni para un hombre ni para una bestia. ¡Y recuerdas cómo era yo! Bueno. Paseé con tristeza por Milán. Tomé el sol en Venecia y pensé que mi bronceado tenía que servir para algo, así que estuve a punto de iniciar una aventura con otra alma solitaria, pero me desanimé, y me fui a Florencia a ver a Judith. No estaba allí. Se había ido a la Riviera italiana. No tenía nada mejor que hacer, así que la seguí. Cuando vi el lugar me entraron ganas de echarme a reír: no es en absoluto el estilo de Judith; ya sabes, todas esas palmeras y sombrillas y alegría a toda costa y ese decorativo mar azul. Judith está en una enorme habitación de piedra en lo alto de una colina sobre el mar, con viñedos por todas partes. Deberías verla, está muy guapa. Por lo visto, durante los últimos quince años ha estado yendo al Soho cada sábado por la mañana a comprar comida en una tienda italiana. Debo de poner cara de sorpresa, porque me contó que le gusta el Soho. ¿Quizá porque todo ese vicio monótono y los desnudos y las prostitutas y esas cosas demuestran que tiene razón en ser como es? Les contó a los de la tienda que se iba a Italia, y la signora dijo, qué coincidencia, que ella también volvía a Italia, y esperaba que una vieja amiga como la señorita Castlewell la fuera a visitar. Judith me comentó: “Me sentí en falta cuando empleó la palabra amiga. Nuestra relación siempre fue formal. ¿Lo entiendes?”, me dijo. “Durante quince años”, le respondí. Ella añadió: “Creo que lo siento como si fuera una imposición; ya sabes, que la gente quiera hacer amistad con alguien”. Bueno. Yo dije: “Deberías entenderlo porque tú misma eres así”. “¿Yo soy así?”, preguntó. “Piénsalo”, le respondí. Pero me di cuenta de que no tenía ganas de pensar en ello. De todos modos allí está, y he pasado una semana con ella. La viuda Maria Rineiri heredó la casa de su madre, así que se fue para allí desde el Soho. En la planta baja hay una rosticceria que frecuentan los vecinos. Son gente trabajadora. No es un lugar turístico, allí en lo alto de la montaña. La viuda vive en el piso de arriba de la tienda con su hijo pequeño, un mocoso desagradable de unos diez años. Di lo que quieras, pero los ingleses son los únicos que saben cómo educar a los niños; no me importa si suena estrecho de miras. La habitación de Judith está al fondo y tiene balcón. Debajo de su habitación hay una peluquería, y el barbero es Luigi Rineiri, el hermano menor de la viuda. Sí, lo he dejado para el final. Tiene unos cuarenta años, es alto, moreno, apuesto, un macho de verdad, pero un macho bastante afectuoso y paternal. Le ha cortado el pelo a Judith y se lo ha aclarado. Ahora su cabeza parece una especie de casco dorado. Además, ella está muy morena. La viuda Rineiri le ha hecho un vestido blanco y otro verde. Le quedan bien, son todo un cambio. Cuando Judith va por la calle hacia la parte baja de la ciudad, todos los hombres italianos se vuelven para echar un vistazo a la chica dorada y se derriten como un helado. Ella se lo toma con calma. Lo vive como una especie de homenaje. Luego se adentra en el mar y desaparece en la espuma. Nada más de cinco kilómetros todos los días. Obviamente. No le pregunto si se ha repuesto, porque es evidente que no. La viuda Rineiri le hace de casamentera. Cuando me di cuenta me entró la risa, pero por fortuna me controlé, porque Judith me preguntó con interés no fingido: “¿Me ves casada con un barbero italiano?”. (Sin ser esnob, pero dejando claro su lugar, por decirlo así.) “Bueno, sí —contesté— eres la única mujer que conozco a la que imagino casada con un barbero italiano.” Porque da igual con quién se case; siempre seguirá siendo ella misma. “Al menos, durante un tiempo”, añadí. A lo que ella replicó, con aspereza: “Puedes emplear expresiones del tipo “durante un tiempo” en Inglaterra, pero no en Italia”. ¿Has pensado alguna vez en Inglaterra, o por lo menos en Londres, como el nido del libertinaje, el descaro y el amor libre? No, ni yo tampoco, pero sin duda tiene razón. Casarse con Luigi entrañaría una familia, vecinos, iglesia y bambini. Pero aun así se lo está pensando, lo creas o no. Aquí es bastante distinta, se siente relajada y libre. Se está ablandando con la atención que recibe. La viuda la mima y le prepara café todo el rato, y escucha los buenos consejos que Judith le da para criar al mocoso desagradable. Pero por desgracia no los sigue. Luigi está loco por ella. A la hora del almuerzo va a la trattoria de la plaza de arriba y los empleados la tratan como si fuera una diosa. Bueno, o una estrella de cine. Ya se lo dije, está loca si regresa a casa. En primer lugar, el alquiler le cuesta diez chelines por semana, y puedes comer pasta y beber vino tinto hasta reventar por un chelín y medio. “No, —me dijo— quedarse no sería más que autoindulgencia.” “¿Por qué?”, inquirí. Me respondió que no había nada que la retuviera. (¡Ja, ja!) Y además, ha estado investigando sobre los Borgia, aunque por ahora no ha encontrado la manera de presentar los hechos de un modo adecuado. Lo que quiere saber es lo que movía a esta gente. Y por lo demás, solo se queda por el gato. Me había olvidado de mencionarlo. Esta es una ciudad llena de gatos. Los italianos de aquí los aman. Quise dar de comer a un gato callejero en la mesa, pero el camarero me lo prohibió; y después de comer, todos los camareros salieron con bandejas llenas de sobras y los gatos callejeros acudieron de todas partes. Y cuando cae la noche y los turistas se van a comer y la playa queda vacía (¿sabes lo vacía y melancólica que está la playa al atardecer?), entonces los gatos aparecen por doquier. Parece que la playa se moviera, y te das cuenta de que son los gatos. Van al acecho a lo largo del estrecho palmo de agua gris a la orilla del mar, agitando las garras con furia a cada paso, haciéndose con los pececillos muertos, y arrojándolos con el hocico a la arena. Luego salen corriendo tras ellos. No habrás visto nunca tantos gruñidos y peleas. Al alba, cuando los barcos de pescadores se arriman a la playa desierta, hay gatos a decenas. Los pescadores les echan trozos de pescado. Los gatos gruñen y se pelean por ellos. Judith se levanta temprano y baja a mirar. A veces Luigi también va; toda una concesión. Porque en realidad lo que de verdad le gusta es acompañarla en su paseo vespertino, cogidos del brazo, por la plaza de la parte alta de la ciudad. Alardeando de su compañía. ¿Te imaginas a Judith? Pero ella va; toda una concesión. Aunque sonríe y disfruta de la atención que recibe, no hay duda.
     Tiene un gato en su habitación. Es solo una gatita, pero está preñada. Judith dice que no puede irse hasta que hayan nacido los gatitos. La gata es demasiado joven para parir. Figúrate a Judith. Se sienta en la cama en esa enorme habitación, con los pies desnudos sobre el suelo de piedra, y observa a la gata, y trata de entender por qué una gata italiana, saludable y desinhibida, que siempre se alimenta con lo mejor de la rosticceria, debería acabar neurótica. Porque es así. Cuando se da cuenta de que Judith la mira se pone nerviosa y comienza a lamerse allí donde empieza la cola. Pero Judith sigue mirándola, y habla de Italia, y dice que a los ingleses les gustan tanto los italianos porque les hacen sentirse superiores. No tienen disciplina. Y esa es una razón despreciable para que una nación ame a otra. Entonces se pone a hablar de Luigi y dice que no tiene sentido de la culpa, pero sí conciencia de pecado, mientras que ella no tiene conciencia de pecado pero sí sentido de la culpa. No le he preguntado si esto supone una barrera infranqueable porque, a juzgar por su apariencia no lo es. Dice que preferiría tener conciencia del pecado, porque el pecado se puede expiar, y que si entendiera el pecado quizá se sentiría más a gusto con el Renacimiento. Luigi es muy sano, dice, no un neurótico. Es católico, por supuesto. No le importa que ella sea atea. Su madre le ha explicado que todos los ingleses son paganos, pero gente de buen corazón. Supongo que piensa que unas pocas sesiones con el cura del pueblo encarrilarían a Judith por la recta senda hacia el bien y todo eso. Mientras tanto, la gata pasea nerviosa por la habitación, deteniéndose para lamerse, y cuando no puede soportar ni un segundo más que Judith la esté mirando se revuelca en el suelo, patas arriba, y pone los ojos en blanco, y Judith le acaricia la prieta panza de preñada y le dice que se calme. Me pone nerviosa verla así, no es propio de ella, no sé por qué. Entonces Luigi grita desde la barbería, y sube y se queda en la puerta, riéndose, y Judith se ríe, y la viuda dice: “Chicos, pasadlo bien”. Y se van, bajan paseando a la ciudad mientras toman un helado. La gata los sigue. No deja que Judith se aparte de su vista, como si fuera un perro. Cuando se aleja nadando de la orilla, la gata se mete en una caseta de la playa hasta que regresa. Entonces se la lleva de vuelta a la colina, porque el insoportable crío la persigue. Bueno. Vuelvo a casa mañana, gracias a Dios, con mi viejo Billy querido; no estoy hecha para estar lejos de él. Hay algo de Judith y de Italia que me ha molestado, no sé qué. La cuestión es: ¿de qué diablos pueden hablar Judith y Luigi? De nada. ¿Cómo lo hacen? Claro que eso no importa. Así que por lo visto yo también he resultado ser una mojigata. Nos vemos la semana que viene.


      Llegó mi turno de una dosis de sol, así que no vi a Betty. De regreso a Roma pasé por el lugar donde estuvo Judith y enfilé las estrechas calles hacia la parte alta de la ciudad. En la plaza de la trattoria esquinera cubierta de parras había una casa en la que estaba escrito ROSTICCERIA con pintura negra sobre un tablón de madera resquebrajado, encima de una puertecilla. Había una cortina de cuentas rojas con moscas encima. Abrí las cortinas con las manos y eché un vistazo a la pequeña y oscura habitación con un mostrador de piedra. Los salamis colgaban de ganchos metálicos. Una campana de cristal cubría algunos platos de comida. Había moscas en el salami y en la campana de cristal. Las únicas reservas parecían ser unas pocas latas sobre las estanterías de madera, un par de barras de pan blanco, algunas barricas de vino y una caja abierta con uvas pegajosas color verde claro cubierta de moscas de la fruta. Una sola mesa de madera con dos sillas ocupaba un rincón, y a ella se sentaban dos obreros que comían pedazos de embutido y pan. Al fondo, de detrás de otra cortina de abalorios, salió una mujer un poco rellenita, de piernas delgadas y cabello canoso. Le pregunté por la señorita Castlewell y le cambió la cara. Respondió con tono ofendido y displicente:
       —La señorita Castlewell se fue la semana pasada.
       Cogió un trapo blanco de debajo de la barra y espantó las moscas de la campana de cristal.
       —Soy una amiga —le dije.
       — —respondió ella, y colocó las palmas de las manos sobre el mostrador, mirándome con semblante inexpresivo.
       Los obreros se levantaron, acabaron el último trago de vino, asintieron y se marcharon. Les dijo ciao y me volvió a mirar. Luego, como no me iba, chilló: “¡Luigi!”. Un grito llegó de la habitación del fondo, se oyó el tamborileo de los abalorios y primero entró un muchacho enjuto de rostro afilado, y después Luigi. Era alto, de espaldas anchas, y su cabello negro y áspero parecía una gorra encajada hasta las cejas. Parecía simpático y a la vez incómodo. Su hermana dijo algo y él se quedó junto a ella, una aliada, y confirmó: “La señorita Castlewell se ha ido”. Estaba a punto de darme por vencida cuando, a través de la cortina de abalorios, que reflejaba una luz deslumbrante, se deslizó una gata flaca y atigrada. Era fea y andaba con dificultad, con las patas traseras levantadas. El chico soltó de repente un “ssssss” entre dientes y la gata se quedó petrificada. Luigi dijo algo brusco al muchacho y algo alentador a la gata, que se sentó, miró al frente y luego empezó a lamerse frenéticamente las ijadas.
       —La señorita Castlewell se ofendió con nosotros —dijo de pronto la señora Rineiri con dignidad—. Se marchó temprano una mañana. No esperábamos que se fuera.
       —A lo mejor tenía que volver a casa y acabar algún trabajo —comenté.
       La señora Rineiri se encogió de hombros y suspiró. Después intercambió una mirada severa con su hermano. Sin duda habían discutido el asunto y lo habían dado por zanjado para siempre.
       —Conozco a Judith desde hace mucho tiempo —dije, intentando encontrar el tono adecuado—. Es una mujer extraordinaria. Es poetisa.
       Pero no hubo respuesta. Mientras tanto, el chico, con una sonrisa fija que dejaba al descubierto sus dientes, miraba a la gata, entrecerrando los ojos. De repente soltó otro “ssssss” y añadió un chillido agudo. La gata saltó disparada hacia atrás, se golpeó contra la pared, intentó desesperadamente abrirse camino escalando el muro, después volvió a entrar en razón, se sentó de nuevo y empezó a lamerse el pelaje, con urgencia y sin seguir ninguna dirección. Esta vez Luigi le dio una bofetada al niño, que gritó de verdad, y luego salió corriendo a la calle, pasando por delante de la gata. Ahora que el camino estaba despejado, la gata saltó hacia la barra, y de allí, por encima del hombro de Luigi, fue directa, atravesando la cortina de abalorios, a la peluquería, donde aterrizó con un ruido sordo.
       —Judith estaba triste cuando nos dejó —dijo la señora Rineiri, tímidamente—. Estaba llorando.
       —Estoy segura de que sí.
       —Pues eso —añadió la señora Rineiri de modo terminante, apoyando las manos otra vez y mirando por encima de mí hacia las cortinas de cuentas. Era el final de la conversación. Luigi inclinó la cabeza hacia mí con brusquedad y volvió adentro. Me despedí de la señora Rineiri y regresé a la parte baja de la ciudad. En la plaza vi a un niño subido al estribo de un camión aparcado en la trattoria que dibujaba en el polvo con los dedos, dirigiendo al frente una mirada vacía, infeliz.
       Tenía que pasar por Florencia, así que fui al lugar donde se había alojado Judith. No, la señorita Castlewell no había vuelto. Sus apuntes y libros todavía estaban allí. ¿Que si me los iba a llevar a Inglaterra? Hice un gran paquete y me los traje de vuelta a Inglaterra.
       Llamé a Judith y me dijo que ya había escrito para que le mandaran los apuntes, pero era muy amable por mi parte habérselos traído. No le pareció que tuviera sentido regresar a Florencia.
       —¿Te los llevo?
       —Te lo agradecería mucho.
       El piso de Judith estaba helado, y ella llevaba un vestido de lana verde salvia. Su cabello todavía era un mullido casco dorado, pero estaba pálida y no tenía buen aspecto. Apoyaba la espalda en una estufa eléctrica de una sola lámina —que encendió porque yo se lo pedí— con las piernas separadas y los brazos cruzados. Me observaba.
       —Fui a casa de los Rineiri.
       —¿Ah sí, fuiste?
       —Daba la sensación de que te añoraban.
       No dijo nada.
       —También vi a la gata.
       —Oh, oh. Supongo que tú y Betty habréis estado hablando. —Acompañó el comentario con una ligera sonrisa de hostilidad.
       —Bueno, Judith, debes comprender que es normal que lo hagamos.
       Reflexionó un instante y dijo:
       —No entiendo por qué la gente habla de los demás. Oh, no te estoy criticando. Pero no entiendo por qué te interesa tanto. No entiendo el comportamiento humano y no me interesa especialmente.
       —Me parece que deberías escribir a los Rineiri.
       —Por supuesto, les escribí y les di las gracias.
       —No me refiero a eso.
       —¿Se os ha ocurrido a ti y a Betty?
       —Sí, lo hemos comentado. Nos pareció que debíamos hablar contigo para que escribieras a los Rineiri.
       —¿Por qué?
       —Por un motivo: te tienen mucho cariño.
       —Cariño —repitió sonriendo.
       —Judith, nunca en mi vida he sentido un ambiente tan cargado de decepción.
       Judith pensó en ello.
       —Cuando sucede algo que te demuestra que hay una verdadera falta de comprensión, ¿qué se puede decir?
       —No se trata de falta de comprensión. Supongo que ahora dirás que nos estamos entrometiendo.
       Judith manifestó su desagrado.
       —Es una palabra muy estúpida. Y es una idea estúpida. Nadie puede entrometerse en mi vida si yo no le dejo. No, es que no entiendo a la gente. No entiendo qué os importa a ti o a Betty. O a los Rineiri, en realidad —agregó con aquella pequeña sonrisa fruncida.
       —¡Judith!
       —Te has comportado de un modo estúpido, pero no tiene sentido seguir haciéndolo. Acaba con esto.
       —¿Qué ha pasado? ¿La gata?
       —Sí, supongo. Pero no tiene importancia.
       Me miró, vio mi gesto irónico y dijo:
       —La gata era muy joven para tener gatitos. Eso es todo.
       —Como quieras. Pero obviamente eso no es todo.
       —Lo que me disgusta es que no tengo ni idea de por qué estaba tan disgustada.
       —¿Qué pasó? ¿O prefieres no hablar de ello?
       —Me trae sin cuidado si hablo o no hablo. Decís cosas de lo más increíbles, Betty y tú. Si lo quieres saber, te lo contaré. ¿Qué más da?
       —Me gustaría saberlo, claro.
       —¡Claro! —exclamó—. A mí en tu lugar no me interesaría. Bueno, creo que lo esencial del asunto es que debí de mostrar una actitud equivocada con la gata. Se supone que los gatos son independientes. Se supone que para tener sus gatitos se marchan. Pero esta no. Se pasaba la noche subiéndose a mi cama y maullando para que le hiciera caso. No me gustan los gatos en mi cama. Una mañana vi que se sentía mal. Me quedé con ella todo el día. Entonces vino Luigi; es el hermano, ya sabes.
       —Sí.
       —¿Lo mencionó Betty? Luigi subió a decirme que tenía que irme a nadar. Dijo que la gata podía cuidarse sola. Me siento muy culpable. Eso es lo que pasa cuando te empapas de otra persona.
       Su mirada ahora era insolente; y su cuerpo expresaba una actitud defensiva y a la vez agresiva.
       —Sí. Es cierto. Siempre he tenido miedo de eso. Y las últimas semanas no me he portado bien. Es porque permití que pasara.
       —Bueno, sigue.
       —Dejé a la gata y fui a nadar. Era tarde, así que solo fueron unos minutos. Cuando salí del agua, vi que la gata me había seguido y que había parido a un gatito en la playa. Esa pequeña bestia, Michele (el hijo, ¿lo conoces?), bueno, siempre estaba molestando a la pobre gatita, y la apartó de la cría. Que ya estaba muerta. La cogió por la cola y me la arrojó en cuanto salí del mar. Le dije que la enterrara. Apartó un poco de arena y dejó a la cría allí, en la playa, donde la gente se pasa el día. Así que yo la tuve que enterrar como es debido. Él salió corriendo detrás de la pobre gata. Estaba aterrorizada y corría hacia la parte alta de la ciudad. Yo también me puse a correr. Cogí a Michele y estaba tan enfadada que le pegué. No creo que se deba pegar a los niños. Me he sentido espantosamente mal desde entonces.
       —Estabas enfadada.
       —No es excusa. Nunca me habría creído capaz de pegar a un niño. Le pegué muy fuerte. Se fue llorando. La pobre gata se escondió debajo de un enorme camión aparcado en la plaza. Maullaba. Y entonces pasó lo más sorprendente de todo: maulló una sola vez y de repente aparecieron todos los gatos. Había un solo gato, debajo de un camión, y al minuto siguiente decenas de gatos. Se sentaron en círculo alrededor del camión, todos bastante tranquilos, y miraban a mi pobre gata.
       —Muy impresionante —dije.
       —¿Por qué?
       —No hay pruebas ni a favor ni en contra —dije entre comillas— de que lo gatos estuvieran allí porque un amigo estaba en apuros.
       —No —respondió vigorosamente—. No, no las hay. Debió de ser por curiosidad. O cualquier cosa. ¿Cómo podemos saberlo? Sin embargo, me arrastré debajo del camión. Había dos patas que sobresalían del cuerpo de la gata. La cría estaba del revés. Estaba trabada. Sujeté a la gata con una mano y estiré de la cría con la otra. —Extendió sus largas manos blancas. Todavía estaban cubiertas de tenues cicatrices y rasguños—. Mordía y maullaba, pero la cría estaba viva. La gata dejó a la cría y se arrastró por la plaza hasta la casa. Entonces los gatos se levantaron y se fueron. Es lo más impresionante que he visto en toda mi vida. Desaparecieron de nuevo. Estaban allí y un minuto después se habían esfumado. Seguí a la gata, con la cría. Pobrecita, quedó cubierta de polvo de lo mojada que estaba, no te lo puedes imaginar. La gata se subió a mi cama. Otra cría estaba por llegar, pero también quedó trabada. Así que mientras chillaba y chillaba, yo simplemente la saqué. Las crías empezaron a mamar. Una era muy grande. Era un simpático gatito negro y regordete. Debió de hacerle daño. De repente la gata se puso a dar mordiscos (y no sabes de qué modo, como si se tratara de un acto reflejo) y agarró a una cría por la cabeza. Y la cría murió, así de simple. ¿Increíble, no? —dijo, cerrando los ojos con fuerza, con los labios temblando—. Era su madre, pero la mató. Entonces saltó de la cama y bajó corriendo las escaleras hacia la tienda y se metió debajo del mostrador. Llamé a Luigi. Ya sabes, el hermano de la señora Rineiri.
       —Sí, lo sé.
       —Dijo que era demasiado joven, que estaba terriblemente asustada y muy dolorida. Le acercó la cría que estaba viva, pero ella se levantó y se fue. No la quería. Luigi me dijo que no mirara. Pero lo seguí. Sostenía a la cría por la cola y la estampó dos veces contra la pared. Después la tiró a la basura. Apartó algunos desechos con el pie, puso a la cría allí y la cubrió con basura. Dijo que habría que sacrificar a la gata. Dijo que estaba muy enferma y que siempre le iba a doler cuando tuviera crías.
       —No la ha sacrificado. Todavía está viva. Pero a mí me parece que estaba en lo cierto.
       —Sí, supongo que sí.
       —¿Qué te disgustó? ¿Que matara a la cría?
       —Oh, no, supongo que lo habría hecho la gata de no haberlo hecho él. Pero no se trata de eso, ¿no?
       —¿De qué se trata?
       —Creo que no lo tengo claro. —Había estado hablando jadeante y deprisa. Ahora dijo, tranquila—: No se trata de lo que está bien o mal, ¿no? ¿Por qué debería ser así? Se trata de lo que uno es. Esa noche Luigi quería ir a pasear conmigo. Por él; de eso se trataba. Había que hacer algo y él lo hizo. Pero yo me sentía fatal. Fue muy agradable conmigo. Es muy buena persona —dijo con tono desafiante.
       —Sí, lo parece.
       —Esa noche no pude dormir. Me sentía culpable. No tendría que haber dejado a la gata para ir a nadar. Y entonces decidí marcharme al día siguiente. Y así lo hice. Y eso es todo. Todo el asunto fue un error, de principio a fin.
       —¿Haber ido a Italia?
       —Oh, ir de vacaciones habría estado bien.
       —¿Has hecho todo ese trabajo para nada? ¿Quieres decir que no vas a usar todo lo que has investigado?
       —No. Fue un error.
       —¿Por qué no lo dejas reposar un par de semanas y después vuelves a plantearte las cosas?
       —¿Por qué?
       —Lo verás todo distinto.
       —Qué cosas tan increíbles dices. ¿Por qué debería hacerlo? Oh, quieres decir que el tiempo pasa y cura las heridas. ¿A eso te refieres? Qué idea tan increíble. Siempre me ha parecido una idea insólita. No, desde el principio me sentí bastante mal con todo el asunto, no conmigo.
       —Algo bastante irracional, diría yo.
       Judith consideró mis palabras muy seriamente. Frunció el entrecejo mientras pensaba en ello. Luego dijo:
       —Si uno no se puede fiar de lo que siente, entonces, ¿de qué puede fiarse?
       —De lo que uno piensa; es lo que esperaría que dijeras.
       —¿De verdad? ¿Por qué? En serio, sois todos muy raros. No os entiendo. —Apagó la estufa eléctrica con una expresión de perplejidad en el rostro. Sonrió, amistosa y distante, y dijo—: No creo que tenga sentido discutir todo esto.




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