Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Una carta de amor no enviada (1964)
(“An Unposted Love Letter”)
Originalmente publicado en la antología
Thy Neighbor’s Wife, Twelve Original Variations on the Theme of Adultery,
ed. por James Turner
(Londres: Cassell, 1964);
The Story of a Non-Marrying Man and Other Stories
(Londres: Jonathan Cape, 1972, 318 poágs.);
The Temptation of Jack Orkney and Other Stories
(Nueva York: Knopf, 1972, 308 págs.)



      Sí, ya vi la cara que puso tu mujer cuando dije: “Tengo tantos maridos que no necesito uno”. No cruzó ninguna mirada contigo, pero fue porque no hacía falta; luego, cuando llegasteis a casa, observó: “¡Qué comentario tan afectado!”, y tú respondiste: “No olvides que es actriz”. Lo dijiste refiriéndote a lo mismo a lo que yo me habría referido si lo hubiera dicho, estoy segura. Y quizá ella lo vio del mismo modo. Así lo espero, porque yo sé cómo eres, y si tu mujer no entiende lo que dices, entonces se trata de una debilidad por tu parte que no te perdono. Si yo puedo vivir sola y sin ninguna exigencia, tú debes tener una mujer que sea tan buena como tú. Mis maridos, aquellos que prenden fuego a mi alma (sí, ya sé que tu mujer sonreiría si usara esta frase), están a tu altura… Sé que me estoy delatando al confesar lo mucho que me dolió la cara que puso tu mujer. ¿No sabía que incluso entonces estaba representando un papel? Oh, no, después de todo no te perdono a tu mujer, no, no te la perdono.
       Si hubiera dicho: “No necesito un marido, tengo muchos amantes”, todos los que estaban a la mesa se habrían echado a reír: habría sido la banal “extravagancia” que se espera de mí. Una estrella envejecida, una belleza marchita… “Tengo muchos amantes”: patético, y también desafiante. Sí, ese comentario habría sido demasiado atinado, demasiado templado, propio de cualquier actriz “bella pero marchita”. Pero no propio de mí porque, después de todo, no soy solo una actriz: soy Victoria Carrington y sé exactamente qué merezco y qué se espera de mí. Sé qué es apropiado (no para mí, eso no es lo importante), sino para lo que represento. Te imaginarás que no podría haberlo dicho de otro modo, por ejemplo así: “Soy una artista y por tanto andrógina”. O: “En mi interior he creado a un hombre que hace el papel opuesto al de mujer”. O: “He objetivado los componentes masculinos de mi alma y esta es la fuente de mi creación”. Oh, no soy estúpida ni ignorante, conozco los diferentes dialectos de nuestra época e incluso los empleo. ¡Pero imagínate que hubiera dicho algo así la otra noche! Habría sido un comentario falso, todos os habríais sentido incómodos e irritados y después alguien habría dicho: “Las actrices no deberían intentar ser inteligentes”. (No tú, los otros.) Lo más probable es que no crean que, en realidad, una actriz deba ser estúpida pero su discrepancia, o su oposición, se habría expresado de un modo parecido. Mientras que su silencio cuando dije: “No necesito un marido, tengo muchos” fue correcto, ya que fue el comentario correcto para mí —era más que “afectado” o “extravagante”—: estaba reivindicando un derecho que tenían que reconocer.
       Esa palabra, “afectado”, ¿alguna vez te has parado a pensar por qué se aplica a las actrices? (Claro que lo has hecho, no soy territorio extranjero para ti, lo percibí, pero me gusta hablarte así.) La otra tarde fui a ver a Irma Painter en su nueva obra, y después me acerqué a felicitarla (porque le habían dicho, por supuesto, que yo estaba en la sala y se habría sentido ofendida si no hubiera ido; yo soy distinta, odio cuando la gente se siente obligada a venir). Estábamos sentadas en su camerino y yo observaba su rostro mientras se desmaquillaba. Tenemos más o menos la misma edad y ambas actuamos desde el año… Me reconozco en su cara como si fuera la mía, tenemos la misma cara, y creo que ese es el rostro de toda actriz verdadera. No, no es como una “máscara”, mi cara, su cara. Al contrario, la base de nuestra cara está tan desgastada en sus cimientos por su disposición permanente a adoptar otros disfraces, a convertirse en otra gente; es casi como algo que está colgado en la pared del camerino, listo para coger y usar. Nuestra cara… tiene una mirada límpida, honesta, desnuda, como una mesa de pino o un suelo de madera. Tiene modestia, humildad, nuestro rostro; a medida que transcurre el tiempo borra de sí, de mí, nuestra “personalidad”, nuestra “individualidad”.
       Observé su cara (nos llaman rivales, nos llaman “grandes” actrices a las dos) y de pronto me entraron ganas de rendirle homenaje, puesto que no se me escapaba cuánto debía de costarle esa mirada de reconcentrada sobriedad; lo que me cuesta a mí, que he representado a miles de mujeres hermosas, mantener mis rasgos discretos y decentes bajo la cáscara de pintura del maquillaje, listos para que otras almas los usen.
       En una fiesta, vestida de etiqueta, cuando soy una “persona”, intento ocultar la simplicidad y el anonimato de mis rasgos aunando la “belleza” por la que soy conocida, dándole forma a partir de mis propios recuerdos y los de la gente. Sin duda, ahora prácticamente se ha esfumado, ya casi se ha difuminado, el rostro afilado, dulce y conmovedor que tantos hombres amaron (sin saber que no era yo, tan solo era aquello que me fue otorgado para que consumiera lentamente esa cara restregada que debo usar para trabajar). La otra noche, mientras estaba sentada delante de ti y de tu mujer, ella, tan bonita y tan humana, una belleza sin máscara pero que expresaba cada matiz de lo que sentía, y tú, siendo tan solo tú, fui consciente de mi aspecto. Pude ver mi blanquísima piel, que se está consumiendo lejos de su belleza; pude ver mi sonrisa, que incluso ahora tiene momentos de “punzante dulzura”; pude ver mis ojos, “húmedos y ensombrecidos”, incluso ahora… Pero también supe que todos los que estaban allí, aun cuando no se dieran cuenta de ello, eran conscientes del rostro severo, honesto, cotidiano, que se encuentra debajo de esta ruina y listo para usar; y es la discrepancia entre esa cara de trabajo y la “personalidad” de la famosa actriz lo que confiere afectación a todo lo que hago y digo, lo que hace inevitable y correcto que diga: “No quiero un marido, tengo muchos”. Y te diré más, si no hubiera dicho nada, ni una palabra en toda la noche, el resultado habría sido el mismo: “Qué afectada, pero claro, es actriz”.
       Aunque era la pura verdad aquello que dije: Ya no tengo amantes, tengo maridos, y es cierto desde hace…
       Por eso te estoy escribiendo esta carta; esta carta es una especie de homenaje, te hago justicia en mi vida. O quizá es simplemente que esta noche no puedo aguantar la soledad de mi papel (mi papel en la vida).
       Cuando era una muchacha, cada hombre que conocía, o del que oía hablar, o cuya fotografía veía en el periódico, era como si fuera mi amante. Yo lo consideraba mi amante porque tenía derecho. Puede que no hubiese oído hablar de mí, puede que pensara que era horrible (y es que de joven no era muy atractiva. Mi tipo de belleza, llamativa, de piel pálida, cabello rojo, debía madurar. De joven era una criatura de cara lechosa, cabello colorado, cuyos rasgos no encajaban entre sí, solo resultaba bonita cuando me preparaba para el escenario)… Puede que incluso me encontrara repulsiva, pero yo lo escogía. Sí, en esa época tenía amantes en mi imaginación, pero ninguno en la realidad. Ningún hombre de carne y hueso podía estar a la altura del que yo era capaz de inventar, no había labios ni manos reales que pudieran emocionarme tanto como aquellos que había creado, como si fuera Dios. Y siguió siendo así cuando me casé con mi primer marido, y después con el segundo, puesto que no amé a ninguno de los dos, y no supe qué significaba esa palabra durante años. Hasta que, para ser precisos, cumplí treinta y dos años y me puse muy enferma. Nadie sabía por qué, ni cómo, pero yo sabía que era porque no tenía algo que ansiaba terriblemente. Así que me puse enferma por la decepción, pero ahora me doy cuenta de lo bien que estuvo que no lo consiguiera. Era demasiado vieja; si hubiera hecho ese papel, el de encantadora e ingenua muchacha (que es como me veía a mí misma por aquel entonces, que Dios me perdone), habría tenido que actuar durante tres o cuatro años, porque la obra iba a durar para siempre, y yo habría sido demasiado vanidosa para dejarlo. ¿Y después qué? Habría tenido casi cuarenta años, demasiado vieja para ser una muchacha encantadora, y después, como tantas otras actrices que no han acabado con esa muchacha encantadora que llevaron dentro de sí mismas, cauterizando esa herida con un dolor como astringente, me habría visto cada vez en papeles más y más pequeños, y después me habría convertido en una actriz de “carácter”, y luego…
       En vez de eso estuve muy enferma, sin ningunas ganas de recuperarme, enferma de frustración; así lo creía pero, en realidad, con el peso de lo años no sabía cómo comportarme, cómo integrar la visión que tenía de mí misma, y entonces me enamoré de mi médico. Ahora lo veo como algo inevitable pero en ese momento fue como un milagro, ya que era la primera vez, y la razón por la que me dije a mí misma la palabra “amor”, como si no hubiera estado casada dos veces ni poseyera un raudal de amantes en mi imaginación, fue porque no podía manipularlo. Por primera vez un hombre seguía siendo él mismo, no podía hacerlo ir de aquí para allí a mi antojo y no conocía sus labios ni sus manos. No, tenía que esperar a que él decidiera, a que hiciera un movimiento, y cuando se convirtió en mi amante yo estaba como una niña, inquieta, solo podía esperar que sus acciones dieran lugar a las mías.
       Me quería, sin duda, pero no como yo lo quería a él, y a su debido tiempo me dejó. Sentí que me iba a morir, pero fue entonces cuando entendí, con gratitud, lo que había sucedido. Por primera vez había tenido el papel de mujer, tan ajeno a esa criatura fatal, “la encantadora muchacha”, tan ajeno a la “heroína”. Y yo y todo el mundo vimos que había avanzado hacia una nueva dimensión de mí misma; renací, y solo yo supe que fue por amor a ese hombre, mi primer marido (así lo llamaba yo, a pesar de que todo el mundo lo veía como mi médico, con el que, para divertirme, había tenido una aventura).
       Porque él fue mi primer marido. Me transformó a mí y a mi vida entera. Después de él, en mi delirio de infelicidad solitaria, creía que podría volver a ser como antes de casarme con él y que me llevaría a los hombres a la cama (ahora en la realidad, del mismo modo que lo había hecho antes en mi imaginación), pero ya no era posible, no funcionaba, porque me había poseído un hombre, el Hombre se había instalado dentro de mí, se había quedado en mi interior; así que nunca más pude usar a un hombre, poseerlo, manipularlo, obligarlo a hacer lo que yo quería.
       Durante mucho tiempo fue como si estuviera muerta, vacía, estéril. (Es decir, yo lo estaba, mientras que mi trabajo se encontraba en su punto culminante.) No tenía amantes, ni en la realidad ni en mi imaginación, y era como ser monja o virgen.
       Por extraño que parezca, fue a los treinta y cinco años cuando por primera vez me sentí virgen, casta, pura. Estaba absolutamente sola. Los hombres que me deseaban, que me cortejaban, era como si se movieran y sonrieran y extendieran sus brazos frente a la pared de cristal que era mi absoluta inviolabilidad. ¿Es así como debí de sentirme cuando era una muchacha? Sí, creo que fue así, que a los treinta y cinco fui una muchacha por primera vez. ¿Seguro que es así como se sienten las chicas “normales”? ¿Arrastran consigo un círculo de castidad que un hombre, el héroe, debe franquear? Pero en mi caso no fue así, yo nunca fui una chica casta, no hasta que supe lo que era estar tranquila, a la espera del hombre que despertase un gesto en mí como respuesta al suyo.
       Pasó mucho tiempo y comencé a sentir que pronto sería una vieja. No tenía amor y no llegaría a ser una buena actriz, no de veras, el tacto del hombre que me amó me estaba consumiendo, me había consumido, faltaba algo en mi trabajo, empezaba a ser mecánico.
       Así que me resigné. Ya no podría escoger a un hombre; y ningún hombre me escogía a mí. Entonces me dije: “Bueno, no hay nada que hacer”. Sobre todo entiendo la relación que hay entre uno y la vida, entiendo la lógica de lo que soy, de lo que debo ser, sé que no puede hacerse nada contra los designios del destino: mi verdad es que una vez me quisieron y ahora ha llegado el final y tengo que dejarme sumergir en cierta sequedad, una frialdad de la inteligencia; sí, pronto te convertirás en una dama íntegra, pelirroja y muy inteligente (aunque, claro, ¡afectada!), cuyos ojos verdes tienen los brillos severos de la graciosa comprensión. Todo el resto es asunto tuyo, ahora asúmelo y haz lo mejor que puedas la tarea que se te asigna.
       Y entonces, una noche…
       ¿Qué? Aparentemente, todo lo que sucedió fue que me senté enfrente de un hombre durante una cena festiva en un restaurante, y charlamos y nos reímos como suele hacer la gente que se encuentra por casualidad en una mesa. Pero después me fui a casa con el alma en llamas. Yo misma ardía, me estaba consumiendo… Y qué milagro fue para mí en vez de: Es un hombre atractivo, lo quiero, tengo que conseguirlo, poder decir: Mi casa está en llamas, es obra del hombre, sí, él otra vez, allí estaba, ha prendido fuego a mi alma.
       Simplemente me permití sufrir por él, a sabiendas de que era digno porque yo sufría; a ese punto había llegado, mi alma se había convertido en su propio juez, su propia medida de lo que resultaba apropiado: supe lo que él era por cómo se desarrolló después mi trabajo.
       Lo conocía mejor que su propia mujer, o de lo que esta podía llegar a conocerlo (ella también estaba allí, una mujer agradable con perlas muy bonitas); lo conozco mejor de lo que él mismo se conoce. Estuve sentada enfrente de él durante toda la velada. ¿Qué tenía de especial la situación? Una actriz entrada en años, aún hermosa, muy bien vestida (ese invierno llevaba un bonito traje violeta con visón en los puños), sentada delante de un hombre encantador, apuesto, inteligente y todo lo demás… Se pueden emplear estos adjetivos respecto a la mitad de los hombres que se conocen. Pero en algún lugar dentro de él, en el interior de su ser, algo suyo encajó con algo de mí, era parte de mí, había desencadenado algo en mí. Recuerdo haber bajado la mirada en la mesa en dirección a su mujer y haber pensado: Sí, querida, pero tu marido es también mi marido, puesto que ha penetrado en mí y se ha sentido como en casa, y gracias a él volveré a actuar desde las entrañas, estoy segura de ello, y estoy segura de que será el mejor trabajo del que sea capaz. Aunque no lo sabré hasta mañana por la noche, en el escenario.
       Por ejemplo, una noche estaba en el escenario y extendí hacia el público mis elegantes brazos blancos (eso es lo que ellos vieron; lo que yo vi fueron dos brazos maquillados de blanco, ateridos por el frío, que estaban, además, bastante flácidos) y supe que esa noche no era más que una aficionada. Estaba en el escenario como una mujer que ofrecía mis hermosos brazos; era Victoria Carrington, que decía: Mirad de qué modo tan conmovedor extiendo mis brazos, ¿no anheláis que os abracen?, mis elegantes brazos, ¡mirad qué bellos, cuán atractiva es Victoria! Y después, en mi camerino, me sentí avergonzada, hacía años que no estaba en el escenario sin que hubiera nada entre yo, la mujer, y el público; no había actuado así desde los tiempos en que era una muchacha inocente. ¿Por qué, entonces, esta noche?
       Reflexioné y entendí. La tarde anterior, un hombre (un productor estadounidense, pero eso no tiene importancia) había venido a verme al camerino, y cuando se fue pensé: Sí, aquí está otra vez, conozco esta sensación, significa que ha dado rienda suelta a las fuerzas, de modo que puedo contar con que mi trabajo lo demuestre… Lo demostró, ¡y de lo lindo! Bueno, y eso me enseñó a distinguir, aprendí que debía tener cuidado, no tenía que permitir que ningún hombre de segunda fila se acercara a mí. De modo que alcé barreras, reforcé a mi alrededor el cerco de frialdad, de impersonalidad que siempre debería existir entre la gente y yo, entre el público y yo; construí un sereno espacio vacío que nadie pudiera franquear a menos que su poder, su magia, fuera muy intensa, verdadero complemento de la mía.
       Ahora muy pocas veces me siento ardiente, en llamas, despierta, reinventada otra vez por… ¿qué?
       Vivo sola. No, tú no puedes imaginarte hasta qué punto. Porque al verte esta noche he sabido que existes, que eres, solo con respecto a otra gente. Siempre te estás entregando a tu trabajo, a tu mujer, tus amigos, tus hijos. Tu esposa tiene la expresión de una mujer que da, que está convencida de que aquello que ofrece será recibido. Sí, entiendo todo eso, sé cómo sería vivir contigo, sé cómo eres.
       Después de despedirnos, y de ver cómo te alejabas con tu esposa, me fui a casa… No, después de todo no tendría sentido que te lo contara. (¡A nadie salvo, quizá, a mi colega y rival Irma Painter!) Y qué si te dijera… Pero no, existen ciertos castigos que nadie puede entender, sino aquellos que los infligen.
       Así que lo traduciré a tu idioma, traduciré la verdad, puesto que tiene algo de afectado, casi de exageración embarazosa, que acompaña a la actriz Victoria Carrington; y te contaré que, al llegar a casa después de verte, mi cuerpo entero se retorcía de angustia, y me tumbé en el suelo, sudada y temblando como si tuviera malaria. Fue como si los cuchillos de la necesidad me atravesaran, ya que verte supuso recordar otra vez cómo sería estar con un hombre, estar de veras con él, dejando que el ritmo de cada día, de cada noche, nos llevara como las olas del mar.
       Todo aquello de lo que me siento más orgullosa parecía no tener ningún valor; lo que he trabajado para lograrlo, lo que he logrado, incluso la esencia más pura de lo que soy, el delicado equilibrio interior que existe como una suerte de portentoso instrumento de invención propia, o como un animal increíblemente receptivo y estimado; esta construcción de mi yo, que cada día se hace más compleja, sensible y delicada, me resultaba absurda, miserable, propia de una solterona, una vergonzosa excusa frente a la cobardía. Y mi vida, que me satisface por su equilibrio, su orden, su creciente meticulosidad, parecía excéntricamente solitaria. Cada partícula de mi ser chillaba de ansia, de necesidad; era como una adicta privada de su droga.
       Me levanté del suelo, me bañé, cuidé de mí como si fuera una inválida o… sí, una embarazada. Fecundaciones así de extraordinarias ahora me ocurren tan poco que las cuido, no malgasto nada. Y las anhelo y a la vez las temo. Es como si me mataran cada vez, como si me descuartizaran mientras me veo forzada a recordar qué es aquello de lo que carezco voluntariamente.
       Cada vez juro que no dejaré que vuelva a ocurrir: el dolor es demasiado terrible. ¡Qué florecimiento, qué fuego, qué milagro si, en vez de sonreír (“la penetrante y dulce” sonrisa de mi belleza moribunda), en vez de aceptar, de someterme, me volviera hacia ti y te dijera…!
       Pero no debo, de modo que algo mucho más excepcional (algo mucho más bonito de lo que tu mujer nunca podría darte, o de lo que podría imaginar cualquier esposa común) no se hará realidad jamás.
       En su lugar… estoy aquí sentada y consumo mi dolor, estoy sentada y lo sujeto, estoy sentada y aprieto los dientes y…
       Está oscuro, es de mañana, muy temprano, la luz en mi habitación es de un gris transparente, como un fantasma de agua o de aire, no hay luz en las ventanas que veo desde la mía. Estoy sentada en la cama y veo la sombra de los árboles agitarse en la pared de ladrillos del jardín, y contengo el dolor y…
       Oh, querido mío, querido mío, soy una tienda de campaña bajo la que tú yaces, soy el cielo que surcas cuando vuelas como un pájaro, soy…
       Mi alma es una habitación, una habitación enorme, un vestíbulo; está vacío, a la espera. A veces pasa zumbando una mosca que lleva las mañanas de verano a otro continente, a veces hay una criatura que se ríe y es como si las generaciones se encontraran, la niña, la joven, la anciana, como si fueran un único ser. A veces entras tú y cierro los ojos ante el dulce reconocimiento en mí de lo que eres, siento aquello que eres como si estuviera junto a un árbol y posara mi mano sobre el tronco que alienta.
       Soy un estanque por el que se deslizan criaturas fantásticas y en el que tú juegas, un muchacho, con tu brillante tez morena, y el agua se desliza por tus miembros como manos, mis manos, que nunca te tocarán, mis manos, que mañana por la noche, en un estanque de silencio expectante, se tenderán hacia el millar de personas de la sala, crearán amor para ellas a partir del dolor consumido de mi rechazo.
       Soy una habitación donde está sentado un anciano, sonriendo del mismo modo que lo ha hecho durante cincuenta siglos; tú, cuyo dorso desafiante me creó.
       Soy un mundo al que infundiste vida, al que sonreíste, me has creado. Soy, junto a ti, aquello que crea, en todo momento, miles de animales diminutos, las criaturas de dispensación nuestra, y hemos tocado a cada una con nuestras manos y las hemos dejado partir como pájaros libres.
       Soy un enorme espacio que se extiende, que crece, que se despliega con la creciente ligereza del alma humana, y en el espacio, arrinconada en una esquina, hay una cosa, un objeto, un sueño encarnado, oscuro, pesado, enrollado, de densidad amorfa, un sueño estúpido, una densidad como la oscuridad de una habitación cerrada; esa cosa envenena el sueño arrinconado en mi alma, y yo tenso todos mis músculos, pongo todas mis fuerzas para derrotarla. Este es el fin para el que nací, esto es lo que soy, para enfrentarme a un sueño encarnado, poniéndole una faja de luz que lo limite, de inteligencia, de modo que no pueda extender su lenta mancha de fealdad por los árboles, por las estrellas, por ti.
       Es como si, desde que te volviste hacia mí y me sonreíste, haciendo que la luz me atravesara otra vez, es como si un rey hubiera tomado la mano de una reina y la hubiera sentado en su trono. Un rey y su reina, tomados de la mano en la cima de mi montaña, están sentados sonriendo, en la tranquilidad de su país.
       La mañana se acerca a la pared de ladrillos, la sombra del árbol ha desaparecido y yo pienso en cómo saldré esta noche al escenario, envuelta por el frío círculo de mi castidad, el círculo de mi disciplina, y en cómo alzaré mi rostro (el rostro en flor de mi juventud) y en cómo levantaré los brazos, de los que manará el calor que me has dado.
       Y ahora, querido, vuélvete hacia tu esposa y deja que su cara repose en tu hombro, y sumergíos dulcemente en el sueño de vuestro amor. Te concedo que partas hacia tus deleites sin mí. Te dejo con tu amor. Te dejo con tu vida.




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