Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Reflexiones de un casi humano (1994)
(“The Thoughts of a Near-Human”)
Originalmente publicado en la revista Partisan Review,
Vol. LXI, Núm. 1 (invierno de 1994), págs. 10-22;
The Temptation of Jack Orkney. Collected Stories Volume Two
(Londres: Flamingo, Flamingo Modern Classic, 336 págs.;
reimpreso y revisado, 2002, 318 págs.)



Hace algunos años leí un libro de memorias o de viajes del que no recuerdo nada, salvo que en algún lugar de lo que entonces era el Cáucaso soviético vivía una criatura más parecida a una persona que a un simio, un “Yeti” que descendió desde su hogar en las montañas a observar la vida de los vecinos del pueblo. A veces les ayudaba con el trabajo del campo, pasaba la noche en un cobertizo y comía su comida. Lo consideraban un amigo. Esto sucedió durante la Segunda Guerra Mundial. Los soldados llegaron y, a pesar de las protestas de los habitantes del lugar, mataron a la criatura. Mientras tanto, los rumores sobre el Yeti habían llegado a la civilización. Al pueblo acudieron científicos, pero nadie era capaz de recordar el lugar en que los soldados habían enterrado el cuerpo. Los científicos acabaron marchándose.

DORIS LESSING

       Extractos de un artículo de Stuart Wavell aparecido en el Sunday Times el 29 de marzo de 1992:

    Boom, boom, boom. Este sonido característico del escurridizo alma, una especie de hombre de Neanderthal retrasado, retumbará por el mundo entero si la expedición franco-rusa logra este verano su misión de capturar a este primo del Yeti, el abominable hombre de las nieves y el Bigfoot en las remotas montañas caucasianas de Kazajistán.
     Lidera la cacería Marie-Jeanne Koffmann, una doctora de setenta y tres años que ha reunido quinientos informes de testigos oculares sobre la mítica criatura en sus veinte años de travesías a caballo o en todoterreno por las inmensidades casi despobladas de Kabardino Balkaria. Siempre un paso por detrás de su presa, ha tomado muestras de las enormes huellas y ha estudiado los voluminosos excrementos. Su pesquisa ha cobrado nuevo impulso gracias a que su colega Gregori Patchenkov afirma que vio a un alma en la misma región, durante seis minutos, el pasado agosto. “Su aspecto coincidía exactamente con lo que relataron otros testimonios.” Sylvain Pallix, organizador de la expedición Alma ’92, declaró la semana pasada: “Era un primate grande, un bípedo que caminaba a la perfección sobre dos pies. Medía entre un metro setenta y tres y un metro ochenta y ocho y estaba cubierto de pelo rojizo a lo largo de quince centímetros. Su cara era una mezcla entre la de un simio y la de un hombre de Neanderthal. Patchenkov lo descubrió en un aprisco donde había caballos. Los almas se sienten atraídos por estos animales porque les encanta hacerles trenzas en las crines…”. De acuerdo con la doctora Koffmann, acostumbran a asaltar las cabañas de los pastores en busca de restos de comida y ropa, que a veces visten, aunque su pelaje es un buen aislante.
     Los recién nacidos, según uno de los testigos, ofrecen exactamente el mismo aspecto que los humanos, salvo que son más pequeños. Tienen la piel rosada, como las criaturas humanas, la misma cabeza, los mismos brazos y piernas. Sin vello… El alma vive a alturas entre 2.500 y 4.000 metros, y a veces busca refugio en regiones mucho más elevadas.
     La expedición, que dispone de un millón de libras, realizará un despliegue tecnológico que incluye cámaras infrarrojas, “insectos” en miniatura con cámaras, ultraligeros, vehículos de cuatro ruedas y motocicletas. La pieza más importante de su equipamiento es una pistola de dardos hipodérmicos. “Nuestra intención es capturar a un alma con la ayuda de la población local. Queremos hacer un molde de su cara, obtener muestras de pelo, piel y sangre, y después soltarlo con un brazalete localizador por ondas. No habrá ningún espectáculo de captura y traslado al estilo del de King Kong.”


      La primera vez que bajé y traspasé la línea de las nieves perpetuas más allá de lo que lo había hecho hasta entonces y vi el lugar de los Otros, salía humo de la hierba que cubría una cabaña y pensé que se estaba incendiando. Me asusté. Cuando la tierra está seca después de los meses de calor, a veces arde todo, los árboles también, y tenemos poca comida. Me escondí detrás de la roca, en la colina que está deterás de las cabañas, y observé, pero a pesar de que no dejaba de salir humo del tejado, la hierba no se quemó. Luego vi que Ellos amontonaban ramas en un lugar entre las cabañas, y después sacaron en una rama hueca la materia roja que hace fuego y la pusieron en las ramas, y el fuego prendió pero no se propagó por todas partes ni quemó las cabañas, la hierba o los árboles. Se fueron todos al río y no quedó nadie en el lugar. Descendí con cautela, me metí en la cabaña humeante y coloqué un poco de la sustancia roja en una gran rama, tal como Ellos habían hecho. Me quemé los dedos. Entonces regresé corriendo hacia lo alto, donde tenemos nuestras cuevas, y les dije a mis hermanos: “Mirad, he traído el fuego que Ellos han dominado para que no les queme. Ya os lo había explicado, ¿os acordáis?”. No se acordaban, y cuando puse la sustancia roja —como piedras de luz, que es lo que arde en los enormes árboles muertos después de que haya pasado el fuego— en un haz de ramas, se oscureció y después se enfrió. Entonces me pregunté por qué no habíamos pensado nosotros en usar el fuego como Ellos lo hacían. Pero mis hermanos no me creyeron cuando les conté que Ellos construían un lugar dentro de un refugio donde el fuego vive como un pájaro y no es ningún peligro para Ellos. Fue entonces cuando me dijeron por primera vez que ya no era uno de ellos, y cuando respondí que lo que decía era cierto y que podríamos aprender a hacerlo, me golpearon.
       Traté de hacerme con el fuego otra vez más, y de nuevo el rojo abrasador estaba frío y negro cuando subí y regresé a donde vivimos mis hermanos y yo. Ese día me quedé pensando un buen rato, y más adelante con frecuencia volví a pensar, en cómo montaban Ellos los haces de ramas y ponían el fuego en estos y luego pedacitos de madera en las llamas. A veces una persona se sienta frente al fuego y lo observa y va añadiendo ramas. Se sientan todos alrededor del fuego y charlan. A veces, del mismo modo que nosotros, se cuentan historias, pero no siempre es así. A veces hay uno que habla durante largo tiempo y los otros permanecen sentados y no hablan, pero entonces Ellos abren sus bocas de oreja a oreja y hacen ruidos como nosotros cuando estamos asustados o nos gritamos, o como el Pájaro Ruidoso cuando informa de que se acerca el tigre. Ellos no tienen miedo, creo. Parecen estar a gusto. ¿Hacemos nosotros algo así? He estado observándonos y escuchándonos a nosotros mismos, pero no somos iguales. Nunca nos quedamos sentados mucho tiempo mientras uno habla. Solo decimos: Hay un árbol bonito. O: Ten cuidado, por ahí es peligroso. O: Si haces eso te morderé. A veces Sus charlas no tienen nada que ver con las nuestras, sino que suenan más bien como si fueran pájaros que hablan o tigres que cantan cuando hay luna llena. A veces, cuando mis hermanos no están cerca, intento producir sonidos como los suyos, pero todo lo que logro son gruñidos como los del cerdo o el oso. Entonces me pongo triste. He estado triste a menudo desde la primera vez que bajé por la montaña y los vi. A veces desearía no haber descubierto jamás su lugar y no haberlos visto, porque duele demasiado.
       ¿Por qué son tan diferentes? ¿En qué son distintos? A veces me parece que en todo, pero después pienso que tienen el mismo aspecto y que caminamos igual.
       Cuando los vi por primera vez pensé: Pero si son como nosotros; después supe que no. Los veo y nos veo con más claridad que al principio.
       En la estación fría, después de que los viera por primera vez, estaba con mis hermanos en una cueva mientras caía la nieve y nos estábamos calentando, y pensé: Nos mantenemos calientes aunque no tenemos el fuego como Ellos. Estamos cubiertos de pelo y eso nos da calor. Y luego pensé: Nosotros nos calentamos a pesar de que no tenemos fuego como Ellos. Tenemos pelo por encima y eso nos da calor. Y entonces pensé: Pero Ellos llevan un abrigo, como una corteza o las hojas que colocamos sobre la cabeza cuando hace calor. Durante todos los meses fríos pensé en Ellos y en sus abrigos, y entonces, cuando llegó el calor otra vez, me escondí detrás de las rocas y miré hacia abajo, al río, y vi a la Hembra sola en el río. No llevaba abrigo. Se lo había quitado. Vi que solo tenía pelo en la cabeza y más abajo, por donde daría a luz. Toda ella es tersa, de un color marrón como el del interior de la corteza de un espino, y brilla. El pelo de la cabeza es muy largo y liso, como la cortadera o el largo pelaje del pescuezo de sus animales grandes. Es suave y largo, no rojizo e hirsuto como el nuestro. Solo entonces me di cuenta de lo distinto que era ser suave y no estar cubierto de pelo. Por eso Ellos usan el fuego para calentarse. Sin el fuego morirían, incluso con los abrigos, que están hechos de algo que no conozco. Seguí pensando en lo distintos que son. Miré en el interior del pozo que hay junto a la cueva y me di cuenta de que no era como Ellos sino como mis hermanos, y pensé que somos muy feos, y me puso triste pensar que tenemos los mismos brazos y piernas y cabeza, y el mismo tamaño, pero que Ellos tienen el cabello largo y suave, negro, brillante, que cae de sus cabezas, mientras que nosotros tenemos un feo pelo rojizo por todas partes.
       Una vez, después de haber estado mirándolos un buen rato mientras Ellos cavaban la tierra con palos, me di cuenta de que me había apartado de las rocas y me encontraba en un lugar donde Ellos podían verme. Dejaron de trabajar y se apiñaron, de la misma manera que lo hacemos mis hermanos y yo cuando estamos en peligro ante un tigre o un oso. Allí estaban. Yo no me acerqué más. Quería que supieran que no iba a hacerles daño. Se quedaron allí, y entonces lanzaron sus reclamos y gritos, y los otros salieron de las cabañas y se quedaron mirándome y emitiendo sus sonidos. Uno me arrojó una rama, pero otro lo detuvo, y todos Ellos gritaron al que había tirado la rama. Empecé a caminar hacia Ellos. Tenía que hacerlo. Sentí que debía estar con Ellos. Los deseaba. Al principio algunos retrocedieron e incluso hubo uno que salió corriendo, pero los otros permanecieron allí y miraban, y cuando estuve a un salto me detuve. Me preguntaba si me deseaban tanto como yo los deseaba. Entonces la Hembra a la que antes había visto en el río sin su abrigo sacó de este un poco de comida y se acercó hacia mí, ofreciéndomela. Los otros hacían sonidos, como los gemidos del viento, pero ella siguió avanzando poco a poco, un paso y luego otro paso, y yo cogí la comida. Sabía que quería que me la comiera. No sabía qué era. Ni fruta ni animal, sino una cosa blanda, insípida. Me lo comí porque ella me lo había dado. Todos estaban mirando. Estuvieron hablando todo el tiempo, hablando no del mismo modo que nosotros, sino en un delicado rumor continuo que subía y bajaba de tono, como los trinos de los pájaros. Yo no quería irme. Uno de Ellos echó a correr y se alejó, penetrando entre los árboles, pero entonces algunos fueron tras él y lo trajeron de vuelta. Gritó y agitó los brazos y me di cuenta de que quería lastimarme. Entonces algunos regresaron a sus labores. Estaban cavando como nosotros cuando intentamos atrapar insectos y raíces, y cuando me di cuenta de esto cogí un palo y empecé a hacer lo que Ellos hacían. Los ruidos que emitían eran como los que también hacían a veces cuando uno de ellos hablaba y los otros escuchaban. Pero yo seguí, y la Hembra se acercó y me mostró cómo sostener el palo afilado, y después otro le entregó un palo que tenía el borde duro y yo lo usé y trabajé allí con Ellos. No demasiado cerca de Ellos, porque no quería que pensaran que iba a lastimarlos. Entonces vi que las sombras que descendían de la montaña se volvían oscuras y frías; pronto oscurecería. Así que me despedí, aunque sabía que no me entendían, y me alejé caminando hacia las rocas y regresé arriba. Se lo conté a mis hermanos. Se enfadaron. Tenían miedo. Dijeron que no debía hacerlo. Dijeron que Ellos vendrían a cazarnos. Dijeron que estábamos allí en esa montaña porque los Antiguos nos habían traído desde la otra montaña que se podía ver a lo lejos: Nos habían dado caza allí mucho tiempo atrás. Debíamos tener cuidado con Ellos y mantenernos fuera de su vista. Pero yo quiero estar con Ellos. Eso es lo que quiero.
       Al día siguiente bajé y los encontré cavando la tierra, y uno o dos se acercaron y alargaron las bocas y estrecharon las manos. Estaban contentos. Al poco rato se puso a llover. Todos se metieron en las cabañas. Yo los seguí. Quería estar con Ellos junto a su dócil fuego. En la puerta de la primera cabaña me gritaron y agitaron los brazos, pero en la siguiente estaba la Hembra y evitó que me impidieran entrar. Estuve asustado bastante tiempo, a las puertas del agujero de la cabaña, viendo cómo las llamas daban pequeños saltos en el interior, pero la Hembra siguió haciendo gestos con las manos y yo sabía que significaban entra, y por fin entré y me senté lo más lejos posible de Ellos y del fuego, de espaldas a los troncos de la pared. El fuego podía saltar a salvo allí, rojo y maravilloso y cálido ante mis piernas, que estiré, y fuera la lluvia era fría. Sobre las llamas había una piedra que era hueca y dentro había comida, y entonces pusieron parte de la comida sobre una cosa llana, como una piedra, y me la dieron. Comí y dije a mi manera que me gustaba. Hablaban mucho, nunca paraban de hablar, y luego cada uno de Ellos se acercó a mí, todos con miedo, para tocarme, para tocar mi pelo tieso y áspero, para tocar mi cara y mis brazos. Entonces uno, que todavía no era adulto, un muchacho, colocó la mano en mis partes sensibles y se rió y tiró; en ese momento ya se habían enfadado con él y uno le golpeó y el muchacho hizo un ruido fuerte y el agua corrió de sus ojos.
       La Hembra me acarició con sus manos suaves, que no tenían pelo.
       Su largo y delicado cabello estaba cerca de mí y puse mi mano sobre este, pero ella sacudió la cabeza y se apartó de mí y se sentó con los otros.
       Ese día me quedé en la cabaña mientras la lluvia caía, fría, y cuando oscureció iba a salir, pero Ellos me hicieron saber que me podía quedar. Así que esa noche dormí como lo hacemos en nuestra cueva, sentado con la espalda contra la pared, los brazos cruzados para darme calor, porque mis hermanos no estaban allí para abrazarme. Pero al día siguiente todavía llovía y empecé a preocuparme por mis hermanos: debían de estar pensando que Ellos me habían matado y empezarían a lanzar piedras a sus casas. De modo que levanté los brazos hacia Ellos y los agité un poco arriba y abajo e hice un ruido que para nosotros significa “me pone triste irme”, y salí bajo la lluvia y regresé aquí arriba.
       Se lo conté a mis hermanos. Pero ahora no solo estaban enfadados: estaban preocupados. Me di cuenta de que no querían estar cerca de mí. No dejaban de olerme: eso significaba que me había impregnado del olor de los Otros. Esa noche, cuando fuimos a nuestra cueva en busca de cobijo y sueño, se apiñaron al fondo y yo me quedé tan solo como lo había estado la noche anterior con Ellos. Y mis hermanos me miraban del mismo modo que Ellos: como si fuera tan diferente que no quisieran estar cerca de mí. Pensé que no debía volver con Ellos; no quiero que mis hermanos me alejen. Así que fui con mis hermanos al valle donde había fruta madura, y esa noche dormimos bajo un gran árbol donde solemos dormir cuando la fruta está en sazón, y al día siguiente tres de nosotros atrapamos una liebre y la matamos y nos la comimos. Pero yo estaba pensando en que Ellos ponían la carne en una piedra hueca y echaban agua en ella, y aquello sobre el fuego se transformaba en otra cosa. No se lo expliqué a mis hermanos. Estaba pensando en Ellos. Los quería. Quería estar donde están Ellos. Quería más de esa comida blanda porque es lo que Ellos comen. Quería ver el negro cabello de la Hembra a la luz de las llamas, que es como el agua cuando el sol escarlata se pone. Lo quería todo de Ellos, sus rápidas voces, agudas como pájaros, y el delicado calor de su fuego. Los quería.
       Y tenía que regresar. Una mañana, mientras mis hermanos aún dormían, me fui y vi que de las cabañas no salía humo. Sabía que a menudo abandonaban un asentamiento y se iban a otro, pero esta vez no pretendían estar fuera mucho tiempo, porque tenían a sus animales metidos en un lugar con piedras lo bastante altas alrededor para que no pudieran escapar. Son animales grandes, más grandes que Ellos o nosotros. Y tienen cuatro patas, como un ciervo, pero son incluso mayores que nuestro ciervo más grande. Tienen un pelaje largo que les cae por el pescuezo, pelo negro que me recordó al de la Hembra. Me metí donde estaban los animales y al principio se asustaron de mí, pero después ya no, y siguieron comiendo la hierba seca que Ellos habían puesto allí para que se alimentaran. Fui hacia el animal negro, con reluciente pelo negro que le caía por el pescuezo, y acaricié ese pelo, aunque no era tan suave como el de la Hembra. Y entonces lo entretejí, tal y como había visto que uno de Ellos hacía con el suyo, separando el pelo y después trenzándolo igual que nosotros juntamos ramas delgadas para hacer una cama o hierbas largas para evitar el sol abrasador. Mientras lo hacía pensé en la Hembra y en su cabello. Pensé que me gustaría tener una de sus hembras para que viniera a donde mis hermanos y yo vivimos, pero sé que es demasiado delicada y pequeña, en vez de fuerte, y que no tiene el suficiente pelo por todas partes para mantenerse abrigada en las alturas nevadas donde vivimos.
       Mientras estuve con los animales, jugando con su pelaje, no miré hacia las cabañas, y después lo hice y vi que algunos niños habían salido sigilosamente, con piedras y palos, y estaban a mi alrededor. Entonces chillé y salté entre las piedras, y subí corriendo hasta aquí.
       Vi muchas veces salir y ponerse el sol, y todo el tiempo pensaba en Ellos, y me preguntaba por qué eran tan delicados y sin pelo y sabían cómo cubrirse y tenían fuego y hacían que creciesen plantas en la tierra desnuda. Y cómo lograban que sus voces subieran y bajaran. ¿Por qué son como son? ¿Por qué nosotros somos como somos?
       Cuando la nieve cayó sobre Ellos, metieron las semillas de las plantas en una cabaña. Estas semillas son lo que muelen en una piedra hueca para hacer esa comida blanda. Me escondí entre las rocas a la espera de que salieran y me preguntaran si quería entrar con Ellos, pero la apertura de las cabañas había desaparecido, y luego la cabaña se abrió y la Hembra salió con un Varón, y ella me hizo un gesto con la mano, pero el Varón la metió otra vez en la cabaña y la cabaña se cerró. Me di cuenta de que debía regresar aquí arriba.
       Ha sido una larga época de nevadas duras. Muy fría. Hemos pasado hambre. Dormíamos la mayor parte del tiempo. Hizo tanto frío que yo estaba junto a ellos acurrucado, abrazándonos los unos a los otros, y yo no quería permitir que me apartaran. Debí de perder pronto el olor a Ellos, porque mis hermanos estaban contentos de que mi calor estuviera junto al suyo. A veces pienso que olvidan rápido, más rápido que yo. Este pensamiento me asusta. Una vez, cuando la tormenta cesó durante un rato, salimos y encontramos una liebre enferma y nos la comimos. Había nueces en un árbol y teníamos hambre, pero entonces me acordé de Ellos y de lo que Ellos hacen, y arranqué algunas ramas con nueces y las arrastré hasta la cueva. Mis hermanos me regañaron y me golpearon, pero después vieron que lo que estaba haciendo era útil. Si sabemos hacer lechos de hierba para el invierno, ¿por qué no guardar nueces o brotes de hierba? Siempre comemos brotes de hierba de nuestro lecho cuando no hay más comida. En varias ocasiones, cuando dejó de nevar, salimos y encontramos nueces y algunas bayas que los pájaros han dejado, y así conseguimos un poco de comida para los peores días. Fue una época larga, muy larga, de frío. Ocho lunas estuvieron afiladas y llenas, y afiladas y llenas otra vez, y entonces vi que muy por debajo de nuestro lugar, más abajo de las nieves, el verde había vuelto. Todo ese tiempo estuve pensando en Ellos y en sus cálidas cabañas con fuegos ardiendo y en cómo hablaban con sonidos como los pájaros o el agua. Siempre que estaba despierto pensaba en Ellos. A veces mis pensamientos sobre Ellos me despertaban, y entonces me sentaba en la boca de la cueva deseando estar con Ellos, hasta que me entraba frío y tenía que regresar a apiñarme con mis hermanos.
       Cuando el aire fue cálido, cuatro de nosotros descendimos a través del montón de nieve que se estaba fundiendo en los ríos y fuimos a donde nuestras Hembras vivían junto a su Varón. Las encontramos fuera de su cueva en un lugar donde la nieve había desaparecido. Cada una tenía una criatura. Su Varón no estaba allí: había muerto. Era un Varón anciano. Y entonces mis hermanos y yo nos miramos enfadados. Gruñimos y casi nos peleamos, pero todos, corriendo entre los árboles y la nieve que había medio desaparecido, fuimos hacia las Hembras, que estaban esperando, abrazando con fuerza a sus criaturas. Ahora no había ningún Varón que nos obligara a esperar a su partida, o a entrar a hurtadillas mientras se apareaba con una de ellas. Mis hermanos se enfrentaban entre sí y se pegaban, y yo entré rápidamente y me apareé con la que me proporcionó el calor la última vez. Los tres vieron lo que estaba haciendo y vinieron a pelearse conmigo, pero entonces uno aprovechó la ocasión y se hizo con una Hembra y después con otra. No tardamos en establecer el turno de cada uno, y repetir una vez y otra. Yo pensaba en Ellos y en sus pequeñas y delicadas Hembras, con sus largos cabellos, y ahora estas Hembras me parecían duras y grandes y feas, con su hirsuto cabello rojizo.
       Me di cuenta de que si quería podría quedarme con ellas y convertirme en su Varón, pero mi corazón dijo que no. Aun así nos quedamos jugando con las criaturas mientras las Hembras nos observaban. Siempre se ponen nerviosas cuando abrazamos a sus pequeños. Aunque nunca les hemos hecho daño. Estábamos allí mientras las nieves desaparecían de su valle y había hojas en los árboles y vagábamos por los bosques comiendo hojas y orugas y los huevos de los nidos. Y yo pensaba siempre en Ellos, en Ellos, pensaba todo el tiempo únicamente en Ellos y sabía que estaba enfermo, o enfermando, porque el corazón me dolía mucho. Una mañana temprano, cuando mis hermanos todavía dormían en un nido de ramas en lo alto de un árbol, me deslicé abajo sigiloso y me escapé corriendo por la montaña y corrí y corrí y descendí hasta el verde y su lugar. Estaban todos fuera de las cabañas, preparando otra porción de tierra para introducir las semillas. Cuando me vieron, gritaron. Pensé que de ira y que me harían daño, y corrí un poco, y después me di la vuelta y miré atrás y vi que estaban contentos y que me hacían gestos con las manos. Los pequeños saltaban arriba y abajo y gritaban y daban palmadas. Regresé despacio hacia ellos. Me quedé a cierta distancia, como la primera vez, y busqué a la Hembra del cabello largo y la vi. Tenía una criatura. No parecía muy distinta a las nuestras. Nuestras criaturas no tienen mucho cabello cuando nacen, pero son más rosadas y más arrugadas que las suyas. Estaba con su Varón. Se acercó y me dio un poco de comida, y me di cuenta de que eso a él no le gustó. Yo quería abrazar a su criatura, e intenté cogerla; él la apartó. Me dolió en lo más profundo, y yo hacía los ruidos que hace una criatura cuando no está contenta. Ella lo vio, y mientras él tenía su mano sobre el brazo de ella, me acercó a la criatura para que pudiera verla. Sus ojos eran negros y brillantes, y era suave y pálida y muy pequeña, y en la cabeza tenía una pelusa blanca y suave como una cría de pájaro.
       Después me mostraron lo que querían que hiciera. Estaban sacando piedras de la tierra. Algunas eran piedras grandes. Empecé llevando las piedras grandes a un lado de la tierra despejada. Las apilábamos allí. Entonces supe de dónde venían las piedras que usaban para construir esos enormes lugares seguros para sus animales de cuatro patas con el cabello largo en el pescuezo. Pero ahora no estaban en ese lugar seguro; estaban fuera, comiendo hierba fresca bajo los árboles.
       Trabajé allí con Ellos todo el día. Cuando el sol estuvo alto, me dieron comida. Me senté cerca de Ellos y comí. Cuando llegó la oscuridad intenté ir con la Hembra que me gustaba y su criatura, pero su Varón dijo que no. Me dolió en el corazón. Unos jóvenes me dejaron entrar en su cabaña, y me senté con la espalda contra la pared y miré su fuego, y pensé en lo fáciles que serían nuestros inviernos si tuviéramos este fuego fiable.
       Trabajé allí con Ellos durante algunos días y de nuevo me entristecí por mis hermanos. Esta vez les di a entender que quería llevarme el fuego y Ellos me ayudaron. Pusieron las piedras rojas encendidas en un palo largo que tenía un agujero y colocaron hojas sobre lo rojo. Cargué con esto hasta la montaña, pero cuando llegué a nuestra cueva mis hermanos se habían ido. Intenté encontrar algo de madera y hojas secas, pero entonces las piedras de fuego ya se habían vuelto negras y frías.
       Vi que si quería mantener el fuego vivo tenía que reunir mucha madera y hierba, pero allí arriba en la nieve no hay ninguna de las dos cosas. ¿Y qué dirían mis hermanos? Porque ellos no habían visto arder el fuego en el lugar seguro de las cabañas.
       Pensé durante mucho tiempo en el fuego. No podía mantenerlo vivo a no ser que mis hermanos también lo quisieran así. Abajo siempre hay alguien vigilando el fuego y con madera para este. Tendríamos que mudarnos a un punto más bajo de la montaña, en el que fuera fácil encontrar madera. Deberíamos cambiar todo para tener el fuego seguro.
       Vagué por el lugar hasta que di con mis hermanos. Ahora solo había dos: uno se había ido para convertirse en el Varón de las Hembras. Estaban comiendo flores de un árbol que tenía un aroma que, si lo inspirabas demasiado, te obligaba a ponerte a cuatro patas o a sentarte o a dormir hasta que pudieras ponerte en pie de nuevo. Mis hermanos no me miraron. Se apartaron cuando me acerqué. Les di un poco de la comida que Ellos me habían dado. La olisquearon y la probaron. No les gustó. A mí tampoco me gustó la primera vez. Yo no les gustaba a mis hermanos. Me asustaba tanto perder mi lugar junto a ellos que me quedé, y ellos se acostumbraron a mí otra vez y fui con ellos a visitar a nuestras Hembras y criaturas, y mi hermano que ahora era su Varón dejó que nos apareáramos con ellas un poco. Pero yo pensaba todo el tiempo en Ellos. Podía sentirlo en mi interior, los añoraba a ellos, y a sus voces agudas y suaves de pájaro, y a su largo y reluciente pelo.
       Regresé con Ellos a pesar de que tenía miedo de dejar a mis hermanos. Los encontré cavando la tierra que había despejado de piedras. Trabajé con Ellos. A veces me olvidaba de mantener la distancia y estaba cerca, como si fuera uno de Ellos, pero me di cuenta de que eso no les gustaba y siempre se apartaban. Yo no sabía por qué. Nunca les había hecho daño, nunca di ninguna señal de advertencia ni de amenaza. Entonces un día hice mis excrementos no muy lejos, y vi en sus caras una mirada que entendí. Era lo mismo que a menudo sentía ahora con mis hermanos y con las Hembras cuando veía lo grandes y feos y brutos que eran. De repente entendí que Ellos siempre dejaban sus excrementos en un lugar especial. Encontré un lugar en las rocas y dejé allí mis excrementos. Me vieron y oí que hablaban mientras me señalaban y hacían sonidos como el Pájaro Ruidoso. Estaban contentos. Podía verlo. Quería complacerlos, quería ser como Ellos. Cuando fueron al río y se metieron en el agua y chapotearon me dio miedo, pero también fui con Ellos e intenté meterme yo también en el agua, e incluso me tumbé en el agua del mismo modo que Ellos. Me quedé en la parte poco profunda, cerca de la orilla, y chapoteé y me froté igual que Ellos. Me señalaron e hicieron ese ruido que significa que están asombrados y contentos. A estas alturas conozco muchos tipos de voz distintos, tanto de las nuestras como de las de Ellos, pero nunca había reparado en ello antes. Cuando salieron del agua fría se secaron con esos abrigos que se ponían sobre sus pieles suaves y relucientes, pero mi pelo estuvo frío y húmedo toda la mañana y me resfrié. Corría un viento frío aquel día.
       Me senté en un rincón de la cabaña y no podía salir, tosía y me dolía el pecho. La Hembra que me gustaba entró y me dio algo que beber de la cosa que Ellos usan para beber, como una gran hoja enrollada, que es lo que nosotros usamos, pero esta era una cosa dura y fría como una piedra. Vino varias veces, y su Varón ahora no vino, y me di cuenta de que él no ya no tenía miedo de mí, o de que pudiera hacerle daño a ella.
       Entraron todos y me frotaron la espalda y la cabeza. Aquello me gustó mucho porque extrañaba a mis hermanos y lo cerca que estamos cuando dormimos o nos sentamos y nos abrazamos los unos a los otros. A veces venía una criatura y se colgaba de mi cuello o se sentaba a mi lado y jugaba con el pelo de mis brazos, y yo estaba encantado. Una vez vi a una Hembra estirar el cuello, tomar un pedazo de piedra afilada y cortarse las puntas del cabello. Iba a tirar los mechones de pelo negro, pero yo los cogí e intenté ponerlos en mis brazos y mi cabeza, pensando que a lo mejor crecería y se convertiría en mi propio pelo. Ella hizo un ruido como el Pájaro Ruidoso y llamó a los otros. Y Ellos no estaban enfadados, sino que se acercaron para limpiarme y acariciarme. Me podía oír a mí mismo haciendo el sonido que hacen las criaturas. Sentí que mis ojos producían el agua que mana de sus ojos cuando están tristes.
       Y entonces, otra vez lo mismo. Temía por mis hermanos. Aunque no quería apartarme de Ellos, lo hice, y encontré a mis hermanos y sucedió lo mismo que la otra vez. Sabían dónde había estado y no les gustó cuando les hablé de Ellos. Pero me di cuenta de que había algo nuevo. En la parte delantera de la cueva hay un espacio amplio y lo estaban llenando de comida para el invierno. Había un panal y frutas que habían secado y ramas de nogal. Me di cuenta de que pronto llegaría el frío otra vez y los ayudé a recolectar nueces y frutas. Me pregunté si estarían contentos conmigo por haberles explicado el modo en que los Otros reunían comida para la época larga de frío, pero se habían olvidado de que se lo había contado yo y ahora pensaban que era idea suya. Cuando el lugar estuvo lleno de víveres dije que deberíamos ir a decir a nuestras Hembras que recolectaran comida para la época fría, y estuvieron de acuerdo, aunque no querían elogiar nada de lo que yo proponía.
       Estábamos fuera de la cueva, en el claro, cuando… Pero no sé explicar lo que sucedió. Hubo un ruido espantoso. Nunca habíamos oído un sonido así, peor que el de las tormentas terribles que hacen un ruido como de rocas que se desprenden de un acantilado, peor que los vientos que aúllan alrededor de la cueva en la época fría. El ruido era como el batir de las alas de un pájaro más grande que cualquier pájaro de los que conocíamos, y entonces, de entre los árboles, llegaron pájaros negros, pero no eran pájaros, porque no hay pájaros que puedan ser tan grandes. Era como si el sonido nos agitara por dentro y estallara en nuestras cabezas. Mis hermanos querían huir hacia los árboles, pero los pájaros enormes los habrían descubierto allí, y yo les obligué a meterse en la cueva, al fondo, porque sabía que esos pájaros nos buscaban a nosotros, y se quedaron planeando, como las águilas sobre las liebres o las ratas. Los enormes pájaros negros estuvieron acechándonos mucho tiempo, y mis hermanos chillaban y lloraban a pesar de que intentaba calmarlos, y entonces uno se quedó tranquilo. Y cuando los pájaros se hubieron ido, un hermano estaba muerto. Murió de miedo. Ahora quedábamos dos, y el que estaba muerto pesaba mucho. No sabíamos qué hacer. No podíamos cogerlo y lanzarlo por el acantilado, porque los Pájaros Enormes podrían verlo y sabrían que había otros cerca. Esperamos hasta que todo se calmó, y entonces los pájaros comunes volvieron a hablar pausadamente, como suelen hacer, y sacamos a rastras al hermano muerto y lo bajamos por la montaña hasta otra cueva y lo dejamos allí. Sabíamos que vendría un tigre, o esos perros que siempre van en manada.
       Mi hermano lloraba y temblaba y se agitaba, y cuando pudo hablar dijo que todo era por mi culpa, porque yo había ido con los Otros y ahora nos querían dar caza. Respondí que no creía que quisieran cazarnos, porque eran nuestros amigos. Pero me gritó y echó a correr hacia abajo, donde estaban nuestras Hembras con mi otro hermano, y dijo que haría que se fueran lejos de allí, de vuelta a las montañas de donde los Antiguos nos trajeron mucho tiempo atrás. Yo dije que los Antiguos vinieron de esas montañas porque tenían miedo de que los cazaran allí, pero mi hermano contestó que de todas formas allí estarían más a salvo. Dije que iría con él hasta nuestras Hembras, pero me gritó y me arrojó piedras, y se fue dando gritos y arrojando piedras, y chillando que diría a nuestras Hembras y al Varón que me mataran si aparecía.
       Ya no tenía ningún lugar entre mis hermanos. Y temía ir con los Otros. Pero descendí despacio hacia allí. Buscaba en todo momento, por todas partes, a los Enormes Pájaros. No los vi. Todo estaba en silencio. Cuando llegué a su lugar, vinieron a recibirme. Podía darme cuenta de que estaban contentos. Agitaban los brazos y me llamaban con sus suaves voces. Pero entonces me di cuenta de que había algo nuevo, algo que antes no estaba allí, que al principio no entendí, y luego vi que entre Ellos estaban Aquellos que eran diferentes. Eran pálidos como las larvas o las lombrices y llevaban ropa distinta de la que había visto hasta entonces. Estaban contándoles a Ellos, a los que yo conocía, lo que tenían que hacer. Seguían mirándome y extendiendo los brazos, y no me gustó y eché a correr. No había llegado muy lejos cuando sentí un escozor en las nalgas y me caí. Entonces me di cuenta de que me llevaban y pensé que, al fin y al cabo, Ellos, mis amigos, me habían tendido una trampa. A pesar de que no me podía mover, sabía que los Nuevos, no mis amigos, me habían atado con los mechones que habían cortado de mi pelo con piedras afiladas, y también con algo apretado alrededor del cuello. Luego apretaron sobre mi cara algo húmedo y pensé que me estaban matando. No podía respirar. A pesar de que no podía rebelarme, algo me mantuvo fuerte y tranquilo. Me despabilé. Los Nuevos, a los que no había visto antes, se alejaban entre los árboles. Entonces vi que donde estaban los árboles había uno de esos enormes pájaros negros y que estaban metiéndose en él. Empecé a gritar, como una criatura, de miedo. El miedo me despertó del todo. Todavía estaba agarrotado y dolorido. En mi mano había una herida que sangraba. El enorme pájaro negro se alzó en el aire y su sonido volvió a golpearme por dentro y me agité y sentí que iba a morirme como mi hermano. Los Otros, los que yo conocía, aparecieron y se quedaron a mi alrededor. La Hembra acariciaba mi cabeza. Salía agua de mis ojos. Algunos niños me frotaron la espalda. Me sentía muy mal. Me sentía muy triste. En ese momento supe que Ellos no eran mis amigos, no como yo creía que lo eran. Y mis hermanos ya no eran mis hermanos: me matarían si me acercaba a ellos. Además, ya debían de haber partido con nuestras Hembras a algún lugar lejano, y no sabía dónde estaban.
       Poco a poco recuperé las fuerzas y me senté, y entonces vi que alrededor de mi tobillo había algo colocado junto a la carne. Dentro había quedado un poco de pelo y escocía. Era una cosa lisa y dura como las cuerdas que sacamos de la corteza de un árbol, pero más dura. Yo intentaba sacármela y Ellos me hablaban y sacudían la cabeza. Hacían ruidos como los que hacen los niños pequeños, y yo hacía los mismos ruidos.
       El agua caía de sus ojos y de los míos. Siempre había uno u otro que me acariciaba o me daba palmaditas. La Hembra apoyó su rostro sobre mi pelo, y cuando lo apartó mi pelo estaba húmedo.
       Poco a poco fui poniéndome en pie. Estaba débil y temblaba. Lentamente me alejé de ellos, caminando, a pesar de que mi corazón lloraba por Ellos. Volví aquí arriba, a la cueva. Ahora estoy solo. El cielo está cada vez más bajo y cuajado de nieve. Pronto será una capa tupida. Me oigo a mí mismo hacer los sonidos de las criaturas. Sigo esperando a ver si mis hermanos regresan, a pesar de que sé que no volverán. No dejo de repetirme que cuando vuelvan no debo actuar como cuando estoy con Ellos, hacer mis excrementos en un lugar apartado, o ir al río cuando no está congelado y echarme agua encima. Debo ser como mis hermanos. Pero ellos no vendrán. ¿Y qué puedo hacer con esa cosa ajustada y tirante que hay alrededor de mi tobillo? Si mis hermanos la vieran me matarían, lo sé. Me da miedo. A veces me parece que está viva. Intento sacármela. Lo he probado con una piedra afilada y con los dientes. Me da la sensación de que escucha, como si supiera lo que estoy haciendo. Sabe lo que estoy pensando.
       Y pienso siempre en Ellos y en cómo están allá abajo, en su lugar, sentados en sus cabañas porque hace frío, con el fuego protector ardiendo, y hablándose los unos a los otros con sus agudas voces de pájaro, y a veces hablando uno solo y escuchando los demás.
       ¿Por qué no soy como Ellos, por qué no puedo unirme a Ellos, por qué me persiguen y me ponen trampas? ¿Por qué no puedo ser como Ellos y no una enorme bestia patosa y peluda como mis hermanos?
       A veces pienso en ir al acantilado que está cerca de la cima y saltar desde ahí. Entonces estaré muerto y el intenso dolor de mi interior ya no me hará sufrir. Este pensamiento me asusta. Jamás había pensado algo así. Estoy seguro de que si se lo contara a mis hermanos, no me entenderían. No entienden lo que digo ahora. No puedo decirles lo que estoy pensando. Pero esta cosa suave y dura que está en mi tobillo parece hablarme a veces, y no me gusta lo que dice. Ahora soy un prisionero.
       Hay algo que puedo hacer, puedo usar mis dientes y roer mi pie, y entonces la cosa dura y lisa se soltará. Pero ¿cómo podría vivir sin el pie? No. Creo que cuando desaparezca la nieve iré al acantilado y saltaré desde allí. No quiero seguir viviendo con este aplastante dolor en el pecho. Quiero ir donde están Ellos y contarles lo que siento, pero ahora ya no son mis amigos y les tengo miedo. Pero pienso siempre en Ellos, y cuando voy a dormir pienso en Ellos, imágenes de Ellos aparecen en mis sueños, y me parece oír sus agudas voces de pájaro, y siento sus manos suaves acariciándome, y siento la cara de la Hembra sobre mi pelo y la humedad de sus ojos. Pienso en Ellos todo el tiempo. Quiero estar con Ellos. Quiero ser uno de Ellos. ¿Por qué no puedo ser uno de Ellos? ¿Por qué somos tan distintos que no puedo ser uno de Ellos?




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