Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)
La Madonna negra (1957)
(“The Black Madonna”)
Originalmente publicado en Winter’s Tales 3
(Londres: Macmillan, 1957);
African Stories
(Londres: Michael Joseph, 1964, 494 págs.0;
(Nueva York: Simon and Schuster, 1965, 636 págs.)
En algunos países no se puede afirmar que
florezcan las artes, y mucho menos el Arte. Es difícil determinar por qué eso
es así, aunque por supuesto tenemos toda clase de teorías al respecto. Resulta
que a veces la tierra más estéril se puebla de esa clase de flores que para
todos representan la cumbre y la justificación de la vida y eso es lo que
dificulta explicar, en definitiva, por qué la tierra de Zambesia produce flores
tan reticentes.
Zambesia es un país duro, abrasado por el
sol, viril y positivo, que menosprecia la sutileza y la sensibilidad. Sin
embargo, existen otros estados con las mismas características en los que sí ha
surgido el arte, producido acaso por la mano izquierda. Zambesia es, por
decirlo con suavidad, refractaria a esas ideas, aceptadas por lo común desde
hace mucho tiempo en otros lugares del mundo, relativas a la libertad, la
fraternidad y cosas por el estilo. Sin embargo hay quienes mantienen —y entre
ellos se cuentan algunas de las más nobles almas— que el arte es imposible sin
una minoría cuyo ocio esté garantizado por el duro trabajo de la mayoría. Y si
hay algo de lo que no carece la minoría acomodada de Zambesia es precisamente
de ocio.
Zambesia... Basta ya: por respeto a nosotros
mismos y al rigor científico, no deberíamos anticipar las conclusiones. Sobre
todo si recordamos el nostálgico respeto con que los zambesianos reciben a los
artistas que sí aparecen entre ellos.
Consideremos, a modo de ejemplo, el caso de
Michele.
Salió del campo de internamiento en la época
en que Italia se convirtió en una especie de aliado honorario, durante la
Segunda Guerra Mundial. Eran épocas de tensión para las autoridades, porque una
cosa es ser responsable de miles de prisioneros de guerra a los que se debe
tratar según ciertas normas reconocidas y otra muy distinta enfrentarse, de la
noche a la mañana, con esos miles de personas convertidas, por un acto de
prestidigitación internacional, en camaradas de armas. Muchos de aquellos miles
se quedaron en los mismos campos; al menos allí tenían alojamiento y comida.
Otros se convirtieron en mano de obra para las granjas, aunque no muchos.
Sucede que, si bien a los granjeros siempre les hacía falta mano de obra, no
sabían cómo tratar en sus granjas a aquellos trabajadores que también eran
blancos; hasta entonces, nunca se había dado en Zambesia tal fenómeno. Algunos
hacían pequeños encargos en las ciudades, cuidándose mucho de los sindicatos,
que ni los aceptaban como miembros ni estaban de acuerdo en que trabajaran.
Duro, duro sacrificio el de estos hombres,
aunque por fortuna no se prolongó mucho, pues pronto terminó la guerra y
pudieron volver a su país.
Dura, también, la tarea de las autoridades,
como ya se ha señalado; por esa razón, redoblaban su voluntad de obtener cuanta
ventaja pudieran de la situación. Y no cabía duda de que Michele representaba
una de esas ventajas.
Descubrieron su talento cuando aún era un
prisionero de guerra. Se construyó una iglesia en el campo de internamiento y
Michele decoró el interior. Aquella pequeña iglesia de tejado de chapa en medio
de la prisión se convirtió en lugar de exhibición, con sus paredes encaladas
cubiertas por todas partes con frescos en los que aparecían bronceados
campesinos cosechando uva para la vendimia, hermosas italianas bailando, o
niños rollizos de ojos oscuros. En medio de aquellas abarrotadas escenas de
vida italiana aparecían la Virgen y el Niño, sonrientes y benéficos, encantados
de moverse entre la gente con aquella familiaridad.
Las damas amantes de la cultura, que
sobornaban a las autoridades para que se les permitiera visitar la iglesia,
decían: “Pobrecito, cómo debe de añorar su país”. Y suplicaban permiso para
dejar media corona para el artista. Algunas se indignaban. Al fin y al cabo,
era un prisionero, capturado en el acto de luchar contra la democracia y la
justicia; ¿tenía derecho a protestar? Porque entendían aquellas pinturas como
una especie de protesta. ¿Había algo en Italia que no tuvieran allí, en
Westonville, que era la capital y el corazón de Zambesia? ¿Acaso allí no había
sol y montañas y niños rollizos y chicas hermosas? ¿Acaso no teníamos nuestros
propios cultivos? Tal vez no hubiera uva, pero sí limones, naranjas y flores en
abundancia.
La gente se enfadaba: la desesperación de la
nostalgia descendía de las paredes blancas de aquella sencilla iglesia y
afectaba a cada quién según su temperamento.
Sin embargo, cuando Michele fue liberado,
nadie olvidó su talento. Se referían a él como “ese artista italiano”. En
realidad era un albañil. Y es muy posible que se exageraran las virtudes de sus
frescos. Puede que en un país más acostumbrado a las pinturas murales, las
suyas hubieran pasado inadvertidas.
Cuando una de aquellas damas que acudían de
visita salió a toda prisa del campo con su coche y fue a verlo para pedirle que
retratara a sus hijos, contestó que no estaba cualificado para hacerlo. Sin
embargo, al final accedió. Ocupó una habitación en la ciudad y pintó unos
retratos agradables de los niños. Luego pintó a los hijos de muchas amigas de
aquella primera dama. Cobraba diez chelines cada vez. Luego una de las señoras
quiso que pintara su retrato. Entonces pidió diez libras: le había costado un
mes entero. Ella se molestó, pero pagó.
Michele se encerró en su habitación con una
amiga y se dedicó a beber vino tinto de Ciudad del Cabo y hablar de su país.
Mientras duró el dinero, no hubo modo de persuadirlo para que pintara más
retratos.
Aquellas damas hablaban mucho de la dignidad
del trabajo, asunto en el que estaban muy versadas; daba la sensación de que se
atreverían incluso a comparar al hombre blanco con los negros africanos, que
tampoco entendían que el trabajo dignificaba.
Lo consideraban un ingrato. Una de aquellas
mujeres lo buscó, lo encontró tumbado en el campo con una botella de vino y le
habló con mucha severidad sobre las barbaries de Mussolini y la
irresponsabilidad del carácter italiano. Luego le exigió que la retratara
inmediatamente con su vestido nuevo de noche. El se negó y la señora se fue a
su casa muy enfadada.
Resulta que era la mujer de uno de nuestros
más importantes ciudadanos, un general, o algo parecido, que en esa época se
ocupaba de planificar un desfile militar, o alguna exhibición a beneficio de la
población civil. Toda la ciudad de Westonville llevaba semanas hablando del
espectáculo. Estábamos todos mortalmente aburridos de bailes, fiestas de
disfraces, bazares, loterías y demás pasatiempos caritativos. No sería
exagerado afirmar que mientras unos morían por la libertad, otros bailaban por
ella. Todo tiene un límite. Sin embargo, por supuesto, cuando al fin se terminó
la guerra y los miles de tropas instaladas en nuestro país tuvieron que
volverse a casa... en resumen, cuando divertirse dejó de ser una obligación, se
oyó a muchos exclamar que la vida nunca volvería a ser igual.
Mientras tanto, el desfile implicaba una
novedad para todos. Los caballeros militares responsables de la idea no la
concebían de ese modo. Creían que iban a mejorar la moral de la población
mostrándonos un atisbo de lo que era una guerra de verdad. No bastaba con los
titulares de los periódicos. Para transmitirnos una idea bien realista, planificaban
destruir una aldea bombardeándola ante nuestras miradas.
Primero había que construir la aldea.
Parece que el general y sus subordinados se
pasaron un día entero entre el polvo rojizo de la zona del desfile, bajo un sol
abrasador, rodeados de materiales de construcción mientras hordas de
trabajadores africanos iban de un lado a otro con tablas y clavos, intentando
construir algo parecido a un pueblo. Era evidente que había que construir un
poblado auténtico para destruirlo después, aunque el precio era mayor de lo
presupuestado para todo el espectáculo. El general se fue a casa de mal humor y
su mujer dijo que lo que necesitaban era un artista; necesitaban a Michele. No
era porque quisiera ofrecer a Michele un buen trato; lo que pasa es que no
soportaba la idea de que se tumbara a cantar mientras hubiera tanto trabajo por
hacer. Se negó a emprender una negociación diplomática cuando su marido dijo
que de ningún modo pensaba pedirle un favor a un italiano. Ella le solucionó el
problema a su manera: enviaron a un tal capitán Stocker a buscarlo.
El capitán lo encontró en el mismo campo, a
la sombra del mismo árbol, con los pantalones arremangados y la camisa
desabrochada; sin afeitar, un poco borracho, con una botella de vino a su lado,
en el suelo. Entonaba un canto tan salvaje, tan triste, que el capitán se
sintió incómodo. Se mantuvo a diez pasos de aquel personaje de escasa
reputación y pensó en lo indigno de su posición. Un año antes aquel hombre era
un enemigo mortal al que hubiera disparado a primera vista. Seis meses antes,
un prisionero enemigo. Ahora estaba tumbado con las rodillas al aire y llevaba
una camisa sucia que sin duda había sido del ejército. Para el capitán, la
situación cristalizó en el deseo de que Michele lo saludara formalmente.
—¡Piselli! —dijo con brusquedad.
Michele volvió la cabeza y miró al capitán,
sin abandonar la posición horizontal.
—Buenos días —contestó, afable.
—Se requiere su presencia —comunicó el
capitán.
—¿Quién? —preguntó Michele.
Se sentó. Era un hombrecillo regordete, de
piel olivada. Había algo de resentimiento en su mirada.
—Las autoridades.
—¿Se ha terminado la guerra?
El capitán, que ya estaba bastante rígido y
refulgente con su camisa caqui planchada, echó la cabeza hacia atrás, frunció
el ceño y adelantó la barbilla. Era un hombre alto, rubio y, en los fragmentos
visibles, tenía la piel roja como un ladrillo. Los ojos pequeños, azules,
enfadados. Sus manos rojas, cubiertas por completo por pelillos rubios, bien
prietas a ambos lados. Entonces vio la decepción en la mirada de Michele y
relajó las manos.
—No, no se ha terminado —contestó—. Se
requiere su ayuda.
—¿Para la guerra?
—Es una tarea de guerra. Doy por hecho que le
interesa la derrota de los alemanes.
Michele miró al capitán. El artesano bajito
de ojos oscuros miraba al gran oficial rubio de ojos fríos y azules, con su
boca prieta y aquellas manos que parecían filetes cubiertos de vello rubio.
Siguió mirándolo y dijo:
—Me interesa mucho el fin de la guerra.
—¿Entonces? —dijo el capitán, entre dientes.
—¿Cuánto pagan? —preguntó Michele.
—Pagan.
Michele se levantó. Alzó al sol la botella y
bebió un trago. Hizo unos buches de vino y lo escupió. Luego vertió lo que
quedaba sobre la tierra roja, donde quedó una mancha violeta y burbujeante.
—Estoy listo —anunció.
Fue con el capitán hasta el camión que los
esperaba, en el que montó junto al conductor, en vez de en la parte trasera,
como esperaba el capitán. Cuando llegaron a la zona del desfile, los oficiales
habían dejado un mensaje en el que se indicaba que el capitán se haría
responsable de Michele y del poblado. También del centenar de trabajadores que
permanecían sentados en los márgenes de la hierba, esperando órdenes.
El capitán explicó lo que se debía hacer.
Michele asintió. Luego señaló con una mano hacia los africanos.
—No necesito a esos —dijo.
—¿Lo va a hacer solo? ¿Un pueblo?
—Sí.
—¿Sin ayuda?
Michele sonrió por primera vez.
—Lo haré.
El capitán dudó. No aprobaba por principios
que los blancos se encargaran de trabajos manuales pesados. Contestó:
—Me quedo con seis para el trabajo pesado.
Michele se encogió de hombros y el capitán se
alejó y despidió a todos los africanos menos seis. Volvió con ellos hacia
Michele.
—Hace calor —dijo éste.
—Mucho —contestó el capitán.
Estaban en medio de la zona de desfile.
Alrededor había árboles, hierba, zonas de sombra. Allí, tan sólo un polvo
rojizo que se alzaba y revoloteaba en la calurosa brisa.
—Tengo sed —dijo Michele.
Sonrió. El capitán notó que sus propios
labios rígidos se aflojaban en contra de su voluntad para responder a la
sonrisa. Los dos pares de ojos se encontraron. Fue un momento de comprensión.
Para el capitán, el italianito se había vuelto humano de repente.
—Me encargaré de eso —dijo, y se fue hacia la
ciudad.
Para cuando hubo conseguido explicar la situación
a la gente adecuada, rellenar formularios y confirmar acuerdos, ya era última
hora de la tarde. Regresó al campo del desfile con una caja de botellas de
brandy del Cabo y se encontró a Michele y a los seis negros sentados bajo un
árbol. Michele les estaba cantando una canción italiana y ellos buscaban
segundas voces armónicas. Aquella visión afectó al capitán como un ataque de
náusea. Se acercó, y los africanos se pusieron firmes. Michele siguió sentado.
—¿No ha dicho que haría el trabajo solo?
—Sí, eso he dicho.
Entonces el capitán echó a los africanos. Se
despidieron con amistosas miradas a Michele, quien les devolvió el saludo. El
capitán estaba rojo de ira, como un pedazo de carne.
—¿Aún no ha empezado?
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Tres semanas.
—Entonces, sobra tiempo —contestó Michele,
mirando la botella de brandy que el capitán llevaba en una mano. En la otra
había dos vasos—. Ya es de noche —dijo.
El capitán frunció el ceño un momento. Luego
se sentó en la hierba y sirvió dos brandies.
—Ciao —dijo Michele.
—Salud —contestó el capitán.
Tres semanas, pensaba. Tres semanas con aquel
maldito italiano. Se bebió el vaso de un trago, lo rellenó y lo dejó sobre la
hierba. La hierba, fresca y suave. Cerca de allí florecía algún árbol; cálidas
oleadas de perfume llegaban en la brisa.
—Se está bien aquí —dijo Michele—. Nos lo
vamos a pasar bien. Hasta en la guerra hay momentos de felicidad. Y de amistad.
Brindo por el fin de la guerra.
Al día siguiente, el capitán no apareció por
la zona del desfile hasta después de la comida. Se encontró a Michele bajo los
árboles con una botella. Había levantado en un extremo de la zona de desfile
unas tablas que en teoría iban a servir para los techos, de tal modo que
formaban dos paredes y parte de una tercera, y un tejado inclinado que
descansaba sobre unos puntales.
—¿Qué es eso? —preguntó el capitán, furioso.
—La iglesia —contestó Michele.
—¿Queeé?
—Ya lo verá luego. Ahora hace mucho calor.
Miró hacia la botella de brandy que tenía a
su lado, en el suelo. El capitán fue al camión y regresó con su caja. Bebieron.
Pasó el tiempo. Hacía mucho que el capitán no se sentaba en la hierba debajo de
un árbol. De hecho, hacía mucho que no bebía tanto. Siempre bebía bastante,
pero adaptándose a las épocas y las estaciones. Era un hombre disciplinado.
Allí, sentado en la hierba con aquel hombrecillo al que seguía sin poder evitar
ver como un enemigo, no es que abandonara la disciplina, pero sí se sintió
distinto; como si abandonara temporalmente su comportamiento normal. Michele no
contaba. Lo oía hablar de Italia y le parecía estar oyendo a un salvaje: como
si oyera historias de las islas de los mares del sur, lugares que un hombre
como él podía visitar una vez en la vida. Se oyó a sí mismo decir que tal vez
viajara a Italia después de la guerra. De hecho, sólo le atraía el norte y la
gente del norte. Había visitado Alemania en tiempos de Hitler y, aunque en ese
momento no estuviera bien decirlo, había resultado satisfactorio. Luego Michele
le cantó unas canciones italianas. Él le cantó algunas inglesas. Después
Michele sacó fotos de su esposa y sus hijos, que vivían en un pueblo de las
montañas del norte de Italia. Le preguntó al capitán si estaba casado. El
capitán nunca hablaba de sus asuntos privados.
Se había pasado la vida de una colonia
africana en otra, ejerciendo como policía, magistrado, comisario de los nativos
o cualquier otra dedicación útil. Al empezar la guerra, le había resultado
fácil pasarse a la vida militar. Pero odiaba la vida en las ciudades y tenía
sus propias razones para desear el fin de la guerra. Había pasado la mayor
parte del tiempo en destinos de monte con uno o dos blancos más, o incluso a
solas, lejos de los rigores de la civilización. Había mantenido relaciones con
nativas: de vez en cuando visitaba la ciudad donde vivía su mujer con sus
padres y los niños. Siempre lo atormentaba la idea de que ella le fuera infiel.
Poco tiempo atrás había contratado a un detective para que la vigilara; estaba
convencido de que el detective no era eficiente. Los amigos del ejército que
llegaban de L., donde vivía su mujer, le hablaban de sus fiestas y de lo mucho
que se divertía. Cuando terminara la guerra no le resultaría tan fácil
pasárselo bien. ¿Y por qué no se limitaba a vivir con ella y acabar así con el
problema? Lo que pasaba es que no podía. Y aquel largo exilio en los destinos
de monte se debía a que necesitaba una excusa para no vivir con ella. No
soportaba pensar demasiado tiempo en su esposa; era esa parte de su vida que
nunca había sido capaz de controlar, por así decirlo.
Sin embargo, ahora habló de ella con Michele,
y también de su mujer favorita en el monte, Nadya. Le contó la historia de su
vida, hasta que se dio cuenta de que la sombra de los árboles bajo los que se
habían sentado, se extendía ya por toda la zona de desfile hasta la tribuna. Se
levantó con escaso equilibrio y dijo:
—Hay trabajo por hacer. Le pagan para
trabajar.
—Cuando se haga de noche le enseñaré mi
iglesia.
Se puso el sol, cayó la oscuridad y Michele
pidió al capitán que llevara su camión hasta la zona de desfile, a unos
doscientos metros, y encendiera los faros. Al instante, una iglesia blanca
brotó entre las formas y las sombras de aquellas planchas de madera.
—Mañana, unas cuantas casas —dijo Michele,
contento.
Al cabo de una semana, el espacio de aquel
extremo de la zona de desfile estaba cubierto de construcciones torpes y
alocadas de yeso y madera que, a la luz del sol, parecían un engendro
imposible. En privado, el capitán se indignaba: era como una pesadilla en la
que se suponía que unas figuras con forma de esqueleto debían convencerlo,
gracias a una ilusión de luces y sombras, de que conformaban un pueblo. Por la
noche, el capitán se acercaba con su camión, encendía las luces y ahí estaba el
pueblo, sólido y real contra el telón de fondo de los árboles verdosos. Luego,
bajo el sol de la mañana, no había nada, apenas unos pedazos de tablas clavados
en la arena.
—Se acabó —dijo Michele.
—Lo contrataron para tres semanas —contestó
el capitán.
No quería darlo por terminado; para él era
como unas vacaciones.
Michele se encogió de hombros.
—El ejército es rico —dijo.
Luego, para evitar las miradas curiosas, se
sentaron a la sombra de la iglesia con la caja de brandy. El capitán habló sin
parar sobre su esposa, sobre las mujeres. No podía dejar de hablar.
Michele escuchaba. En un momento dijo:
—Cuando vuelva a casa... Cuando vuelva a
casa, abriré los brazos... —Los abrió. Cerró los ojos. Le rodaron lágrimas por
las mejillas—. Tomaré a mi mujer entre mis brazos y no preguntaré nada, nada.
No me importa. Ya basta, ya basta. No preguntaré nada y seré feliz.
El capitán se quedó con la mirada perdida,
sufriendo. Pensó en lo mucho que temía a su mujer. Era una criatura burlona,
alegre y dura, que se reía de él. Se había reído de él desde que se casaron.
Desde el principio de la guerra le había dado por llamarle con apodos como
Hitlercillo o soldadito. “Adelante, Hitlercillo —le había gritado en el último
encuentro—. Adelante, soldadito. Si te quieres gastar el dinero en detectives
privados, adelante. Pero no creas que yo no sé lo que haces en el monte, no es
que me importe, pero recuerda que lo sé...”
El capitán recordaba cómo se lo había dicho.
Y ahí estaba Michele, sentado en una caja de embalar y diciendo:
—Los detectives y la ley, amigo, son un placer
de ricos. Incluso los celos son un placer que ya no quiero experimentar. Ah,
amigo, estar con mi mujer otra vez, y con mis hijos, sólo le pido eso a la
vida. Eso, vino, comida, y pasar la noche cantando.
Y las lágrimas le empapaban las mejillas y le
salpicaban la camisa.
Por dios, ¡un hombre llorando!, pensaba el
capitán. ¡Y no le daba vergüenza! Cogió la botella y bebió.
Tres días antes de la gran ocasión, algunos
oficiales de rango llegaron paseando entre el polvo y se encontraron a Michele
y al capitán sentados en aquella caja, cantando. El capitán llevaba la camisa
abierta hasta el pecho y llena de manchas.
El capitán se levantó y se puso firme, con la
botella en la mano y Michele lo imitó por pura solidaridad con su amigo. Los
oficiales se llevaron al capitán a un lado —eran todos colegas suyos— y le
preguntaron qué diablos creía que estaba haciendo. Y por qué no estaba
terminado el pueblo.
Luego se fueron.
—Diles que está terminado —dijo Michele—.
Diles que me quiero ir.
—No —contestó el capitán—. No, Michele. ¿Qué
harías si tu mujer...?
—El mundo es un buen lugar. Deberíamos ser
felices... Eso es todo.
—Michele...
—Me quiero ir. No hay nada que hacer. Me
pagaron ayer.
—Siéntate, Michele. Dentro de tres días se
terminará todo.
—Entonces, voy a pintar el interior de la
iglesia como pinté la del campo de prisioneros.
El capitán se tumbó en unas tablas y se quedó
dormido. Cuando se despertó, Michele estaba rodeado de los mismos botes de
pintura que había usado para pintar el exterior del pueblo. Justo delante del
capitán había un retrato de una chica negra. Era joven y rolliza. Llevaba un
vestido azul estampado por el que asomaban los hombros, suaves y desnudos. A su
espalda había un bebé sostenido por una cinta de tela roja. Tenía el rostro
vuelto hacia el capitán y le sonreía.
—Es Nadya —dijo el capitán—. Nadya... —gruñó
en voz alta.
Miró el niño negro y luego cerró los ojos.
Los volvió a abrir y la madre y el niño seguían ahí. Michele estaba trazando
con mucho cuidado unos círculos amarillos en torno a las cabezas de la mujer
negra y su hijo.
—Por el amor de Dios —dijo el capitán—. No
puedes hacer eso.
—¿Por qué no?
—No puedes pintar una madonna negra.
—Era una campesina. Ésta es una campesina.
Una madonna campesina negra para un país de negros.
—Es un pueblo alemán —explicó el capitán.
—Ésta es mi madonna —dijo Michele, enfadado—.
Vuestro pueblo alemán y mi madonna. He pintado ese retrato como una ofrenda a
la madonna. Y le gusta... Siento que le gusta.
El capitán se volvió a tumbar. Se encontraba
mal. Se durmió otra vez. Al despertarse por segunda vez ya era de noche.
Michele había llevado una reluciente lámpara de parafina y seguía trabajando en
la pared con su luz. Había una botella de brandy a su lado. Siguió pintando
hasta la medianoche y el capitán se quedó tumbado, de lado, mirándolo, tan
pasivo como el hombre que sufre una pesadilla. Luego se acostaron los dos sobre
las tablas. Durante todo el día siguiente Michele siguió pintando madonnas
negras, santos negros, ángeles negros. Fuera, las tropas practicaban a la luz
del sol, las bandas tocaban su música y los motociclistas rugían arriba y
abajo. Pero Michele seguía pintando, borracho y olvidadizo. El capitán
permanecía tumbado boca arriba, murmurando sobre su mujer. Luego decía: “Nadya,
Nadya” y rompía a sollozar.
Al caer la noche se fueron las tropas. Los
oficiales volvieron y el capitán se fue con ellos para mostrarles cómo cobraba
existencia el pueblo cuando se encendían las luces del otro lado del campo de
desfile. Se quedaron todos mirando el pueblo en silencio. Al apagar las luces
no se veían más que altas tablas angulares inclinadas como las piedras de las
tumbas a la luz de la luna. Encendían las luces... y ahí estaba el pueblo.
Guardaron silencio, como si tuvieran alguna sospecha. Igual que el capitán,
parecían tener la sensación de que aquello no estaba bien. Injusto, ésa era la
palabra. Era trampa. Y profundamente inquietante.
—Muy listo ese italiano suyo —dijo el
general.
El capitán, que hasta ese momento se había
comportado con una inexpresiva corrección, se acercó corriendo de pronto al
general y, para conservar el equilibrio, le apoyó una mano en sus augustos
hombros.
—Malditos italianos —dijo—. Malditos
africanos. Malditos... Le diré una cosa, hay un italiano que sí vale para algo.
Sí, lo hay. Lo que yo le diga. De hecho, es amigo mío.
El general lo miró. Luego asintió en
dirección a sus subordinados. Se llevaron al capitán por una cuestión
disciplinaria. De todas formas, decidieron que debía de estar enfermo, pues de
ningún otro modo se explicaba su comportamiento. Lo metieron en la cama, en su
propia habitación, y una enfermera se ocupó de él.
Se despertó veinticuatro horas después,
sobrio por primera vez en varias semanas. Recordó lentamente lo que había
ocurrido. Luego saltó de la cama y se apresuró a vestirse. La enfermera apenas
tuvo tiempo de verlo salir corriendo por el camino y meterse de un salto en su
camión.
Circuló a toda velocidad hasta la zona del
desfile, tan inundada de luz que el pueblo no existía. Estaba todo abarrotado.
Había tres filas de coches aparcados en torno a la plaza, con gente subida a
los estribos, e incluso a los techos. En la tribuna no cabía un alma. Mujeres
vestidas de gitanas, campesinas, damas como cortesanas isabelinas y demás,
deambulaban con bandejas de cerveza de jengibre y salchichas y programas de
cinco chelines para recaudar ayudas para la guerra. En la plaza se desplegaban
las tropas, al tiempo que trasladaban arriba y abajo sus obsoletas
ametralladoras, las bandas tocaban y los motociclistas rugían entre llamas.
Mientras el capitán aparcaba el camión cesó
toda esa actividad y se apagaron las luces. El capitán echó a correr por la
parte exterior de la plaza para llegar al lugar donde estaban camufladas las
armas entre un amasijo de redes y ramas. Jadeaba de tanto esfuerzo. Era un
hombre grande, poco acostumbrado al ejercicio y empapado de brandy. Tenía una
sola idea en la mente: impedir que las armas disparasen, impedirlo al precio
que fuera.
Por suerte, parece que había alguna
complicación. Las luces seguían apagadas. Aquel excéntrico cementerio al otro
lado de la plaza brillaba, blanco, bajo la luz de la luna. Entonces se
encendieron las luces brevemente y el pueblo apareció apenas el tiempo
suficiente para que se vieran las cruces rojas pintadas en la pared blanca del
edificio contiguo a la iglesia. La luz de la luna lo invadió todo de nuevo y
las cruces desaparecieron. “Maldito loco”, sollozó el capitán, y siguió
corriendo como si se jugara la vida. Ya no intentaba llegar a las armas. Ahora
atajaba por un rincón de la plaza, directamente hacia la iglesia. Oyó las
maldiciones de algunos oficiales a sus espaldas:
—¿Quién ha puesto ahí esas cruces rojas?
¿Quién? No podemos disparar a la Cruz Roja.
El capitán llegó a la iglesia en el momento
en que se encendían los focos. Dentro, Michele estaba arrodillado en el suelo
mirando a su primera madonna.
—Van a matar a mi madonna —dijo, abatido.
—Vamos, Michele, vayámonos de aquí.
El capitán lo cogió por un brazo y tiró de
él. Michele se retorció para liberarse y cogió una sierra. Empezó a golpear la
tabla del techo. Fuera reinaba un silencio letal. Oyeron una voz que retumbaba
por los altavoces:
—El pueblo que vamos a bombardear es un
pueblo inglés, no alemán como se dice en el programa. Recuerden, el pueblo que
vamos a bombardear es...
Michele había recortado dos lados de un
rectángulo en torno a la Madonna.
—Michelle —sollozó el capitán—. Sal de aquí.
Michele soltó la sierra, agarró los bordes
afilados de la tabla y tiró de ellos. La iglesia empezó a temblar y se inclinó.
Un pedazo irregular de tabla se desencajó y Michele se tambaleó hacia atrás y
cayó en brazos del capitán. Sonó un rugido. La iglesia parecía disolverse en
llamas en torno a ellos. Luego se alejaron corriendo. El capitán llevaba del
brazo a Michele.
—¡Abajo! —le gritó de pronto, y lo empujó al
suelo.
Luego se tiró encima de él. Tapándose la cara
con un brazo, pero dejando un resquicio por el codo para mirar, oyó la
explosión, vio la gran columna de humo y llamas y el pueblo se desintegró en
una masa de escombros. Michele estaba de rodillas, mirando a su madonna a la
luz de las llamas. Estaba cubierta de polvo, irreconocible. Él tenía un aspecto
terrible, muy pálido, y le goteaba un hilillo de sangre del pelo hacia una
mejilla.
—Han bombardeado a mi madonna —dijo.
—Bah, maldita sea, ya pintarás otra —contestó
el capitán.
Su propia voz le sonaba extraña, como si
procediera de un sueño. Sin duda se había vuelto loco, tanto como el mismo
Michele. Se levantó, puso en pie a Michele y lo hizo andar hacia el borde del
desfile. Allí los recogió el personal de una ambulancia. Se llevaron a Michele
al hospital y al capitán lo enviaron de nuevo a la cama.
Pasó una semana. El capitán estaba en una
habitación a oscuras. Estaba claro que padecía alguna clase de crisis nerviosa
y le habían adjudicado dos enfermeras. A ratos guardaba silencio. A ratos
murmuraba. A veces cantaba con voz grave y torpe fragmentos de ópera, trozos de
canciones italianas y, una y otra vez, Hay un largo,
largo camino. No pensaba en nada. Rehuía pensar en
Michele, como si fuera peligroso. Por eso, cuando una alegre voz femenina le
anunció que había ido a verlo un amigo para animarlo y que le iría muy bien un
poco de compañía, cuando vio que se acercaba a él una venda blanca en medio de
la penumbra, se dio la vuelta bruscamente y se quedó de costado, de cara a la
pared.
—Vete —dijo—. Vete, Michele.
—He venido a verte —contestó éste—. Te he
traído un regalo.
El capitán se dio la vuelta lentamente. Ahí
estaba Michele, un alegre fantasma en medio de la habitación oscura.
—Estás loco —le dijo—. Lo estropeaste todo.
¿Por qué pintaste esas cruces rojas?
—Era un hospital —dijo Michele—. En todos los
pueblos hay un hospital, y en el hospital una Cruz Roja, una hermosa Cruz Roja,
¿no?
—Casi me hacen un consejo de guerra.
—Fue culpa mía —dijo Michele—. Estaba
borracho.
—Yo era el responsable.
—¿Cómo ibas a ser tú responsable si lo hice
yo? Bueno, pero ya se acabó. ¿Estás mejor?
—En fin, supongo que esas cruces te salvaron
la vida.
—No se me ocurrió —dijo Michele—. Me acordé
de la bondad de la gente de la Cruz Roja cuando éramos prisioneros.
—Ah, cállate, cállate, cállate.
—Te he traído un regalo.
El capitán escudriñó en la oscuridad. Michele
sostenía una pintura. Era una nativa con un niño a la espalda, sonriendo de
costado.
Michele dijo:
—No te gustaban los halos. Así que esta vez,
no hay halos. Para el capitán..., no es una madonna. —Se rió—. ¿Te gusta? Es
para ti. La he pintado para ti.
—Maldito seas —dijo el capitán.
—¿No te gusta? —preguntó Michele, muy
ofendido.
El capitán cerró los ojos.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó,
cansado.
Michele se volvió a reír.
—La señora Pannehurst, la mujer del general,
quiere que la retrate con un vestido blanco. Así que la voy a retratar.
—Deberías sentirte orgulloso.
—Es idiota. Se cree que soy bueno. No saben
nada estos salvajes. Bárbaros. Te digo una cosa, capitán; tú eres mi amigo,
pero esa gente no sabe nada.
El capitán guardó silencio. Lo estaba
invadiendo la furia. Pensó en la mujer del general. No le caía bien, pero la
había tratado bastante.
—Esa gente... —dijo Michele—. No saben
distinguir un buen cuadro de uno malo. Yo pinto. Pinto así, asá... Ahí está el
cuadro. Lo miro y me río por dentro. —Michele rió en voz alta—. Ellos dicen
“éste es un Michelangelo” y pretenden regatearme el precio. Michele,
Michelangelo, menudo chiste, ¿no?
El capitán no dijo nada.
—En cambio, a ti te he pintado este cuadro
para que recuerdes los buenos tiempos del pueblo. Eres mi amigo, siempre me
acordaré de ti.
El capitán miró de soslayo y se fijó en la
mujer negra. Su sonrisa era medio ingenua, medio maliciosa.
—Vete —dijo de pronto.
Michele se acercó más y se agachó para ver el
rostro del capitán.
—¿Quieres que me vaya? —Sonaba desgraciado—.
Me salvaste la vida. Esa noche me porté como un tonto. Pero es que estaba
pensando en mi ofrenda a la madonna... Como un tonto, yo mismo te lo digo.
Estaba borracho y cuando estamos borrachos somos como tontos.
—Que te vayas —insistió el capitán.
La venda blanca permaneció inmóvil un
momento. Luego se inclinó en una reverencia.
Michele se volvió hacia la puerta.
—Y llévate ese maldito cuadro.
Silencio. Luego, en la penumbra, el capitán
vio que Michele cogía el cuadro, agachando la cabeza en actitud de profunda
obediencia. Después estiró el cuerpo y se puso firme, sosteniendo la pintura en
un brazo y con el otro rígido, paralelo al cuerpo. Al fin le dirigió un saludo
militar.
—Sí, señor —dijo.
Se dio la vuelta y se encaminó a la puerta
con su cuadro.
El capitán se quedó quieto. Sentía... ¿qué
sentía? Un dolor bajo las costillas. Le costaba respirar. Se dio cuenta de que
era desdichado. Sí, una terrible desdicha lo estaba invadiendo lenta, muy
lentamente. Era desdichado porque Michele se había ido. Nada había herido tanto
al capitán en toda su vida como aquel burlón “sí, señor”. Nada. Se encaró hacia
la pared y lloró. Pero en silencio. No se le escapó ni un sonido por temor a
que lo oyeran las enfermeras.
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