Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


La otra mujer (1953)
(“The Other Woman”)
Five Short Novels
(Londres: Michael Joseph, 1953, 352 págs.), págs. 65-121.



      La madre de Rose murió una mañana al cruzar la calle cuando iba a hacer las compras. Fueron a buscar a Rose al trabajo, y un joven agente de policía, que con torpeza procuraba mostrarse comprensivo, le hizo algunas preguntas, y finalmente dijo:
       —Debería contárselo a su padre, señorita, debería saberlo.
       Al oficial le había sorprendido que ella no lo hubiera sugerido, y que actuase, en cambio, como si tuviera que hacerse responsable de todo. Pensaba que Rose se mostraba demasiado serena para ser natural. Tenía los labios apretados y una mirada forzada. El agente insistió; Rose envió un mensaje a su padre, pero cuando llegó, lo mandó directamente a la cama con una taza de té. El señor Johnson era un hombre pequeño, rollizo y de tez clara, con mechones de cabello rubio sobre la cabeza calva y rosada, y ojos azules, sinceros y confiados. Después ella regresó a la cocina y con su actitud le hizo saber al agente de policía que estaba esperando a que se marchara. Desde la puerta, le dijo tímidamente:
       —Bueno, lo siento, señorita, realmente lo siento mucho. Es algo terrible, en realidad no puede culpar al conductor del camión. Y su madre… tampoco fue culpa suya.
       Rose volvió su rostro pálido y desconcertado, su mirada fría y fulgurante hacia él, y respondió con aspereza:
       —Sentirlo no repara los huesos rotos. —Aquella última frase pareció tomarla por sorpresa, porque se estremeció de dolor y las lágrimas estuvieron a punto de asomar a su rostro hasta que volvió a apretar los dientes—. Esos camiones —dijo abatida—, esas máquinas, deberían acabar con ellas, de verdad lo pienso.
       Este comentario irracional llenó de coraje al agente de policía; se acercaba más a las lágrimas, una emoción que, según él, le haría bien. Comentó, procurando animarla:
       —Tal vez, señorita, pero a estas alturas, hoy día, no podríamos vivir sin ellas, ¿o sí?
       El rostro de Rose permaneció inmutable. Replicó cortésmente:
       —¿Sí? —Se mostró escéptica y distante; aquel monosílabo por fin expresó: “Guárdese sus opiniones, yo me guardaré las mías”.
       Con esto cuestionaba y renegaba de la era de las máquinas. El joven policía, que aún insistía en cumplir con su deber, sugirió:
       —¿No hay nadie que pueda venir y hacerle compañía? No tiene muy buen aspecto, señorita, no cabe duda.
       —No hay nadie —replicó Rose con sequedad, y agregó—: Estoy bien. —Su voz sonó irritada, así que el oficial se marchó.
       Se sentó a la mesa y le impresionó lo que ella misma había dicho. Pensó: Debería contarle a George… Pero no se movió. Recorrió vagamente la cocina con la mirada, con la mente débilmente agitada por diversas ideas. Una de ellas era que para su padre había sido un duro golpe, y que iba a tener que ocuparse de él. Otra, que los policías, los funcionarios eran unos metomentodo que creían saber lo que era mejor para todos. Se encontró con la mirada fija en un determinado cuadro de la pared, mientras pensaba: Ahora puedo descolgarlo. Ahora que ya no está puedo hacer lo que me plazca. Sintió un poco de culpa, pero casi de inmediato se levantó con brío y descolgó el cuadro. Representaba una batalla naval en un mar tempestuoso, y lo odiaba. Lo guardó en un armario. Después le molestó el espacio blanco que quedaba vacío en la pared, y colocó un calendario con rosas amarillas. Luego se hizo una taza de té, y comenzó a preparar la cena para su padre, pensando: Lo despertaré y le haré comer, le sentará bien tomar un bocado caliente.
       Durante la cena su padre preguntó:
       —¿Dónde está George?
       El rostro de Rose se ensombreció con la irritación, y respondió:
       —No lo sé.
       Su padre se mostró sorprendido y escandalizado, y señaló con tono de queja:
       —Pero Rosie, deberías contárselo, es lo que se debe hacer.
       Lo cierto es que Rose había estado luchando todo el día para no enfrentarse a esa verdad; pero sabía que tarde o temprano debía decírselo a George, y cuando hubo terminado de lavar los platos, cogió una hoja de papel de carta del cajón del aparador y se sentó a escribir. Estaba tan sorprendida como su padre: ¿por qué no quería contárselo a George? Su padre dijo, con su característico y ligero tono de queja:
       —Pero, Rosie, ¿por qué no llamas a la fábrica? Le darían el mensaje.
       Rose hizo como si no lo oyera. Terminó la carta, cogió algunos peniques de la cartera para el sello y se dirigió a echarla al correo. Más tarde se encontró pensando en la llegada de George con una reticencia que merecía el nombre de miedo. No podía entenderse a sí misma, y no tardó en decidir acostarse para perderse en el sueño. Soñó con el camión que había matado a su madre; soñó también con una enorme máquina negra que movía, implacable, sus grandes brazos hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás, de un modo que a Rose le resultaba amenazador.
       George vio la carta al regresar del trabajo al día siguiente, por la tarde. Lo primero que pensó fue: ¿Por qué no podía haberse muerto la semana que viene, después de que nos casáramos, en lugar de morir ahora? Se sobresaltó ante semejante idea, cruel y egoísta. Rose y él estaban juntos desde hacía tres años, y no podía evitar sentir que era cruel por parte del destino enturbiar su boda con esta muerte terrible y absurda. Nunca le había caído bien la madre de Rose; pensaba que era una mujer melindrosa y dominante; pero morirse así, de repente, en la flor de la cincuentena… De pronto pensó: Pobre, mi pequeña Rosie debe de estar muy afectada, y encima su padre, que es como un niño grande; será mejor que vaya a verla de inmediato. Estaba guardando la carta en el bolsillo cuando de pronto reaccionó: ¿Por qué me ha escrito? ¿Por qué no me ha llamado al trabajo? Miró la carta y descubrió que la señora Johnson había muerto el día anterior por la mañana. Al principio estaba demasiado desconcertado para sentirse molesto; luego se sintió realmente enfadado: “¡Qué! —exclamó entre dientes—. ¿Qué diablos… qué está haciendo?”. Él era parte de la familia, ¿o no?… o como si lo fuera. Y sin embargo, ella le escribía cartas frías y escuetas, que comenzaban diciendo “Querido George” y terminaban con “Rose”; nada de “con cariño”, ni siquiera un “cordialmente”. Pero más allá del enfado, estaba terriblemente preocupado. Recordaba que había notado una languidez, una apatía en ella que bien podría considerarse como indiferencia. Por ejemplo, cuando la llevó a ver las dos habitaciones que serían su hogar, Rose hizo todo tipo de objeciones en vez de mostrarse tan contenta como él. “Mira aquellas escaleras —había dicho—, está muy alto”, y cosas por el estilo. Cualquiera podría pensar que no quería casarse con él, pero la sola idea le resultaba insoportable, y la descartó de inmediato. Recordaba que, al principio, tres años atrás, ella le había suplicado que se casaran enseguida; no le importaba correr ese riesgo, había dicho; mucha gente se casaba con menos dinero del que ellos tenían. Pero él era un hombre precavido y la convenció de que esperaran hasta lograr cierta seguridad. Entendió entonces que allí fue donde cometió su error; debería haberle hecho caso y contraído matrimonio de inmediato, y luego… Cruzó Londres a toda prisa para consolar a Rose; y durante todo ese tiempo, los pensamientos que le dirigía sabían a amargura, a pena, y se sentía tan perturbado como un niño perdido.
       Cuando entró en la cocina, no tenía muy claro qué podía esperar; pero se sorprendió al verla sentada a la mesa en su sitio habitual, con los brazos cruzados sin hacer nada; estaba pálida, con los párpados caídos, pero guardaba la compostura. La cocina lucía impecable y podía sentirse el aroma a espuma de jabón y la calidez que da la limpieza. Era evidente que acababa de fregar.
       Rose dirigió su mirada cansada hacia él y dijo:
       —Es muy gentil de tu parte que hayas venido, George.
       Se disponía a darle un beso que la reconfortase, pero aquellas palabras lo tomaron por sorpresa. Su sentimiento de agravio se ahondó.
       —¡Eh! —exclamó, con tono acusador—, ¿de qué va todo esto, Rosie? ¿Por qué no me lo has dicho?
       Rose parecía ofendida, pero replicó de un modo evasivo:
       —Todo sucedió muy rápido, y luego se la llevaron, me pareció que no tenía sentido molestarte a ti también.
       George cogió una silla y se sentó frente a ella. Pensaba que no había nada nuevo que pudiera descubrir de Rose después de tres años. Pero ahora le dirigía miradas preocupadas e inquietas; era como una extraña. En apariencia, era pequeña y morena, quizá demasiado delgada. Su rostro era anguloso y pálido, de una belleza singular. Solía vestir falda oscura y blusa blanca. Por las noches se sentaba y lavaba y planchaba la blusa, para que siempre estuviera impecable. Esa pulcritud, esa prolijidad, era su rasgo más característico. Solía hacerle bromas al respecto:
       —Si te arrastraran por entre los matorrales saldrías sin que se te moviera un pelo.
       A lo cual Rose respondía:
       —No me hagas reír. ¿Yo?
       Era bastante seria; y en momentos como esos él suspiraba, en broma, reconociendo que Rose no tenía sentido del humor. Pero de hecho le gustaba su seriedad, su sereno pragmatismo. Confiaba en ella. Entonces le dijo, con cierta sensación de impotencia:
       —No cargues con todo tú sola, Rosie, todo irá bien.
       —No estoy cargando con todo —replicó innecesariamente, mientras lo miraba con calma, o mejor dicho, mientras lo escudriñaba, con un aire de paciente espera. Ahora él se sentía más preocupado que enfadado.
       —¿Cómo está tu padre? —preguntó.
       —Le he preparado una taza de té y lo he metido en la cama.
       —¿Cómo se lo ha tomado?
       Rose pareció encogerse de hombros.
       —Pues bueno, está afectado, pero ya lo irá superando.
       Y en ese instante, por primera vez en su vida, él no supo qué decir. El tictac del reloj parecía muy fuerte, y estiró las piernas ruidosamente. Después de un prolongado silencio, comentó con tono enérgico:
       —Esto no cambia en nada lo nuestro. ¿Estará todo en orden la semana que viene, Rosie?
       Pero supo que no estaba todo en orden cuando, después de otra pausa, Rose se volvió hacia él con una mirada intensa, oscura, vaga.
       —Oh, bueno, no lo sé…
       —¿Qué quieres decir? —preguntó desafiante, mientras se inclinaba hacia ella, con convicción, para que se sintiera obligada a responder—. ¿Qué pretendes decir, Rosie? Sigamos adelante con lo nuestro.
       —Bueno, es que está mi padre —replicó ella, con esa imprecisión que lo ponía nervioso.
       —¿Estás diciendo que no nos vamos a casar? —gritó enfadado—. Tres años, Rosie…
       Puesto que seguía en silencio, él insistió:
       —Tu padre puede vivir con nosotros. O… podría volver a casarse… o algo así.
       De pronto Rose se echó a reír, y él se sintió perplejo: los momentos en que Rose tenía ese humor áspero lo desconcertaban y, al mismo tiempo, le resultaban dolorosos, le parecían crueles.
       —Pretendes decir —dijo ella, burlándose con torpeza—, pretendes decir que te gustaría que volviera a casarse, aunque a nadie se le ocurriría siquiera pensar en ello.
       Pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Eran lágrimas de soledad y autosuficiencia. Él se acomodó despacio en la silla, dejando caer las manos. Simplemente no podía entenderlo. No podía entenderla. Se le cruzó por la mente que Rose no tenía intención alguna de casarse con él, pero ese era un pensamiento demasiado monstruoso, y entonces buscó su propio consuelo: Mañana estará bien, es el golpe, eso es todo. Quería a su madre de verdad, aunque se pelearan como perro y gato. Estaba a punto de decir: “Pues bueno, si no hay nada que yo pueda hacer, será mejor que me vaya; vendré a verte mañana”, cuando Rose le preguntó con delicadeza, como si le supusiera un gran esfuerzo prestarle atención:
       —¿Te apetece una taza de té?
       —¡Rose! —gritó desconsolado.
       —¿Qué? —Sonaba infeliz pero obstinada; y no había manera de llegar a ella, estaba fuera de su alcance, tras una barrera de… ¿De qué? George no lo sabía.
       —¡Oh, vete al infierno! —musitó él, y se levantó y se marchó enfadado de la cocina. Al llegar a la puerta, le dirigió una mirada suplicante, pero Rose no le estaba mirando. Cerró la puerta con fuerza. Luego sintió culpa y pensó: Está desconsolada, y encima yo la trato mal.
       Pero Rose no pensó en él cuando se fue. Se quedó donde estaba un rato, observando distraídamente el calendario de rosas amarillas. Luego se puso en pie, se lavó las manos, colgó el delantal en un gancho detrás de la puerta, como de costumbre, y se fue a dormir.
       Se acabó, se dijo, pensando en George. Se puso a llorar. Sabía que no se casaría con él; o mejor dicho, que no podía casarse con él. No sabía por qué era imposible ni por qué lloraba, no podía comprender su propio comportamiento. Apenas unas horas antes se iba a casar con George y a vivir con él en un pequeño piso, todo estaba organizado. Sin embargo, desde el momento en que oyó fuera, en la calle, aquellas voces conmocionadas que decían: “La señora Johnson está muerta, la han matado…”, a partir de aquel momento, o al menos así lo veía ahora, se había vuelto imposible para ella casarse con George. Un día George lo había significado todo para ella, representaba el futuro, y al día siguiente, ya no significaba nada. Reconocerlo le causó una gran impresión; por encima de todo, se preciaba de ser una persona razonable; el mayor elogio que ella podía hacer: “Eres sensato” o “Me gusta la gente que se comporta como debe, que no pierde el tiempo”. Pero lo que sentía no era sensato, de manera que ya no podía sostener lo que pregonaba. Lloró un buen rato, ahogando los sollozos para que su padre no la oyera al otro lado de la pared, donde estaba durmiendo. Se quedó tumbada, despierta, contemplando un pequeño recuadro de luz que dejaba ver los tubos de las chimeneas y las nubes amarillentas que se desvanecían en un lluvioso amanecer londinense. Se reprendía a sí misma con desdén: ¿de qué sirve llorar?, mientras se secaba las lágrimas que no dejaban de brotar de sus ojos y le empapaban las mejillas al caer hasta la almohada ya húmeda.
       A la mañana siguiente, su padre le preguntó durante el desayuno:
       —Rosie, ¿qué vas a hacer con respecto a George?
       —Toda va bien, vino anoche y le conté lo sucedido —respondió con calma.
       —¿Y qué le has dicho? —inquirió él, eligiendo con cuidado las palabras. Su rostro descansado, redondo, se veía tenso, y los ojos claros, azules, como de niño, no miraban con aprobación. Sus compañeros de trabajo lo consideraban un hombre desenvuelto, con sentido del humor, un hombre de risa cálida y espontánea, con opiniones bien arraigadas acerca de la vida y la política. En casa era tranquilo y nunca criticaba. Había estado casado durante veinticinco años con una mujer que en apariencia siempre le permitió hacer lo que quería mientras ella se hacía cargo de todo. Él lo sabía muy bien. Solía decir acerca de su esposa: “¡En cuanto se le mete algo en la cabeza, es como hablarle a una pared!”. Y veía a su hija como a la madre. No sabía qué había planeado Rose, pero sabía que nada de lo que él dijera cambiaría las cosas.
       —Todo va bien, papá —repitió Rose en voz baja.
       Supongo, pensó; pero ¿de qué va todo esto? Entonces le dijo:
       —Ni se te pase por la cabeza no casarte. Te lo digo claramente.
       Sin dirigirle la mirada, Rose llenó la taza de té oscuro, fuerte y dulce, que tanto le gustaba y respondió de nuevo:
       —Todo va bien.
       Su padre insistió:
       —Será mejor que no cometas ningún error ahora, Rosie; estás afectada, y lo mejor sería que te dieras algún tiempo para pensar bien las cosas.
       No halló respuesta a esas palabras. Suspiró, cogió el periódico y se lo llevó junto al fuego. Era domingo. Rosie estaba preparando la cena cuando llegó George. Jem, su padre, lo saludó con una inclinación de cabeza y se volvió, de espaldas a la pareja, dejando claro que, en lo que a él concernía, era como si estuviesen solos. Pensaba: George es un buen tipo; es una tonta si lo deja ir.
       —¿Y bien, Rosie? —preguntó George, con tono desafiante, como invadido por la desdicha de toda una noche en vela.
       —Y bien ¿qué? —replicó Rose, para tratar de ganar tiempo mientras lavaba los platos. Tenía la cabeza gacha y el rostro pálido y tenso. Ahora que se enfrentaba a la desdicha de George, su decisión no parecía tan firme. Sentía deseos de llorar. No podía permitirse llorar en esos momentos, delante de él. Se dirigió hacia la ventana, dándole la espalda. Era un sótano profundo, y miró hacia arriba, hacia los cubos de basura y las barandillas que se veían de un negro sucio contra el gris de las deslucidas casas de enfrente. Esta había sido su visión del mundo desde que tenía memoria. Oyó que George decía, vacilante:
       —Te casas conmigo el miércoles, tal y como planeamos, y tu padre va a estar bien, puede quedarse aquí o trasladarse con nosotros, como tú quieras.
       —Lo siento —dijo Rose después de una pausa.
       —Pero ¿por qué, Rosie? ¿Por qué?
       Silencio.
       —No lo sé —susurró. Sonaba decidida pero infeliz. George aprovechó este momento de debilidad en ella, posó la mano sobre su hombro y dijo, implorante:
       —Rosie, nena, estás afectada, eso es todo.
       Pero su hombro se puso tenso al entrar en contacto con George y luego, al ver que su mano permanecía allí, se la quitó de encima bruscamente y respondió, enfadada:
       —Lo siento. No es buena idea. Te lo estoy diciendo.
       —Tres años —dijo él despacio, mientras la miraba con una ira asombrada—. ¡Tres años! Y ahora te deshaces de mí.
       Rose no respondió de inmediato. Podía ver la monstruosidad que estaba haciendo y no podía refrenarse. Lo había amado. Ahora la exasperaba.
       —No estoy deshaciéndome de ti —contestó a la defensiva.
       —¿Ah, no? —gritó él con sorna, y el rostro tenso de dolor y de rabia—. ¿Qué es lo que estás haciendo entonces?
       —No lo sé —dijo ella con impotencia.
       George la miró fijamente, maldijo entre dientes y se dirigió a la puerta.
       —No voy a volver —advirtió—. Me estás tomando por un imbécil, Rosie. No deberías haberme tratado así. Nadie lo soportaría y de hecho yo no lo haré.
       Rose no profirió sonido alguno, y George se marchó.
       Jem bajó el periódico lentamente y señaló:
       —Será mejor que pienses bien lo que estás haciendo, Rosie.
       Rose no respondió. Las lágrimas rodaban por su rostro, pero las secó con impaciencia y se inclinó hacia el horno. Ese día, más tarde, Jem la estuvo observando a escondidas por encima del periódico. Había un toallero junto al tocador. Rosie estaba desatornillándolo y cambiándolo de posición. También movió el tocador hacia la esquina opuesta, y luego cambió de lugar algunos adornos de la repisa de la chimenea. Jem recordó que Rose había discutido con su madre por cada uno de aquellos objetos, las dos mujeres no podían ponerse de acuerdo sobre aspectos como dónde quedaría mejor el tocador, o a qué altura iría el toallero. De manera que ahora Rose se estaba saliendo con la suya, pensó Jem, sorprendido al ver el rostro discreto pero decidido de su hija. En cuanto murió su madre, cambió todo de sitio según su gusto… Más tarde, preparó té y se sentó frente a su padre, en la silla de su madre. Mujeres, pensó Jem, en parte en broma, en parte conmovido ante la persistencia de la cuestión. Y se estaba deshaciendo de un tipo agradable y decente tan solo porque… ¿Por qué? Finalmente se encogió de hombros y aceptó la situación; comprendió que Rose se saldría con la suya. Además, en lo más hondo de su corazón, se sentía satisfecho. Jamás la habría presionado para que abandonase la idea del matrimonio, pero estaba feliz por no tener que trasladarse, de poder continuar con sus viejos hábitos sin que nada lo perturbara. Rose es aún joven, se consolaba Jem; tiene mucho tiempo por delante para casarse.
       Un mes después, supieron que George había contraído matrimonio con otra. A Rose la atormentó el remordimiento, pero se trataba del tipo de remordimiento que uno siente ante lo inevitable, ante lo que no podía haber sido de otro modo. Cuando se encontraron en la calle, ella lo saludó: “Hola, George”, y él le respondió con un ademán fugaz y rígido. Incluso Rose se sintió algo dolida porque George no olvidaba el pasado; le dolía que él sintiera que debía preservar todo aquel resentimiento. Si ella pudo saludarlo con amabilidad, como a un amigo, entonces era muy descortés de su parte tratarla tan fríamente… Miró con disimulado interés a la joven que era su esposa, y esperó a que la saludara; pero la joven apartó el rostro y desvió la mirada con frialdad. Sabía de Rose; sabía que George se había casado con ella por despecho.
       Corría el año 1938. Los rumores y el miedo a la guerra todavía eran un trasfondo en la mente de la gente más que parte de sus pensamientos. En cierto modo, Rose y su padre esperaban que todo continuara como hasta entonces. Más o menos cuatro meses después de la muerte de su madre, un día Jem preguntó:
       —¿Por qué no dejas tu empleo ahora? Podemos arreglárnoslas sin tus ingresos, si somos cuidadosos con el dinero.
       —¿En serio? —dijo Rose, con un tono escéptico que ya avanzaba a Jem que su petición era en vano.
       —Ya tienes demasiado —insistió— con la cocina y la limpieza, y además tener que trabajar fuera todo el día.
       —Hombres —comentó simplemente, con un gesto de desprecio aunque divertido.
       —No tiene sentido que trabajes —se quejó Jem, a sabiendas de que estaba perdiendo el tiempo. Su esposa había insistido en que trabajaría hasta que Rose cumpliera dieciséis años y pudiera ocupar su puesto. “Las mujeres deben ser independientes”, decía su madre. Y ahora era Rose quien decía: “Quiero ser independiente”—. Mujeres —añadió—. Dicen que lo único que las mujeres desean es un hombre que las mantenga, pero tú y tu madre, vosotras os comportáis como si yo quisiera quitaros algo cuando digo que no debéis trabajar.
       —Que si las mujeres esto y las mujeres lo otro —contestó Rose—. No sé nada de mujeres. Lo único que sé es lo que pienso yo.
       Jem era uno de esos viejos laboristas que se había educado dentro del movimiento obrero. Acudía a las reuniones sindicales una o dos veces a la semana, y en ocasiones sus amigos iban a tomar el té y discutían. Durante años le había dicho a su esposa: “Si te pagaran como corresponde, todo sería diferente. Trabajas diez horas al día, y todo se lo llevan los patrones”. Ahora estaba utilizando los mismos argumentos con Rose, y ella respondió:
       —Oh, la política no me interesa.
       —Eres tan terca como una mula, igual que tu madre —comentó él.
       —Si tú lo dices…—contestó Rose, de buen humor. Habría dicho que no se “llevaba bien” con su madre; había tenido que luchar por independizarse de una mujer tan posesiva y eficiente. Pero en aquel punto coincidía con ella; desde que tenía memoria le había inculcado que las mujeres debían valerse por sí mismas. Al igual que su madre, se mostraba indulgente con las reuniones sindicales, como si se tratara de un entretenimiento infantil que debía permitírseles a los hombres: y votaba a los laboristas para complacerlo a él, igual que su madre. Y cada vez que su padre le pedía que dejara su empleo en la panadería, respondía de manera inexorable:
       —¿Quién sabe qué podría suceder? Sería una tontería no ser precavido.
       Así que siguió levantándose temprano para limpiar la cocina del sótano y las dos pequeñas habitaciones de arriba que constituían su hogar; luego preparaba el desayuno y salía a hacer las compras. Después iba a la panadería, y regresaba a las seis para prepararle la cena a su padre. Los fines de semana hacía limpieza general, y preparaba pudines y pasteles. La mayoría de las noches, se iban a dormir alrededor de las nueve. Nunca salían. Escuchaban la radio mientras comían, y leían el periódico. Era una vida dura, pero Rose no la consideraba dura. De haber utilizado alguna vez palabras como “felicidad”, habría dicho que era feliz. En ocasiones pensaba con tristeza, no en George, sino en el bebé que iba a tener su esposa. ¿Quizá, después de todo, había cometido un terrible error? Entonces reprimía ese pensamiento y se consolaba a sí misma diciéndose: Hay mucho tiempo por delante, no hay prisa, no podría dejar a papá ahora.
       Cuando estalló la guerra ella la aceptó como una fatalidad, mientras que su padre estaba profundamente apenado. Su visión del futuro era la de un viejo socialista: todo iría mejorando con el tiempo, poco a poco; y un buen día, el hombre trabajador tomaría el poder merced a la automática persuasión del sentido común, y entonces… Pero la imagen que tenía de ese entonces no era muy clara. Pensaba, en cierto modo, en una casa con un pequeño jardín, y unas vacaciones en el mar una vez al año. La familia nunca había podido darse el lujo de unas buenas vacaciones. Pero la guerra echaba por tierra su visión.
       —Bueno, ¿y qué esperabas? —le preguntó Rose con tono irónico.
       —¿Qué quieres decir? —exclamó su padre, enérgico—. Si los laboristas hubieran estado en el poder, esto no habría sucedido.
       —Puede que sí, puede que no.
       —Eres igual que tu madre —se quejaba una y otra vez—. Careces de lógica.
       —Bueno, hace años que vas a reuniones y llegáis a acuerdos y habláis, pero aun así, estamos en guerra.
       Tenía la sensación de que lo dicho daba por terminada la discusión. Tenía la sensación, aunque jamás hubiera podido expresarlo en palabras, de que existía una profunda inseguridad de base, de que la vida misma era un enemigo al que había que aplacar, del que había que mofarse y que podía, en el momento menos pensado, llevarla a ella, o a gente como ella, a la muerte o a la indigencia. Solo había una cosa sensata que hacer: ahorrar cada penique que se consiguiera y guardarlo en un lugar seguro. Cuando su madre aún vivía, contribuía al presupuesto familiar con treinta chelines de las dos libras que ganaba a la semana. Ahora, aquellos treinta chelines iban a parar directamente a sus ahorros. Cuando los periódicos y la radio anunciaban a gritos la guerra y el horror, Rose pensaba en aquel dinero, y eso la reconfortaba. No era una suma considerable, pero si llegaba a ocurrir algo… No sabía con exactitud qué era aquello que podría suceder. Pero la vida era terrible, no había justicia; ¿acaso su madre no había sido atropellada por un camión mientras cruzaba la calle que había cruzado cada día de su vida durante veinticinco años?… Eso era prueba suficiente. Y ahora estaban en guerra, y gente de toda clase resultaría herida, y todo por nada; aquello era prueba suficiente también, si es que había necesidad de probarlo. La vida era terrorífica y peligrosa; así que a ahorrar dinero; a aferrarse al empleo y a trabajar, y… a ahorrar dinero.
       Su padre se sentaba junto a la radio, compraba los periódicos, discutía con sus colegas, en un intento por dar sentido a los complicados y cínicos movimientos del poder político, mientras la rutina de la vida familiar se desvanecía entre los eslóganes y el ruido de la guerra, y las calles se colmaban de uniformes y rumores.
       —Todo es culpa de Hitler —le decía a Rose con tono agresivo.
       —Puede que sí, puede que no.
       —Bueno, él empezó la guerra, ¿no es así?
       —No me interesa quién la empezó. Todo cuanto sé es que la gente común y corriente no quiere guerra. Y hay guerra todo el tiempo. Para que lo sepas, me dan asco; y vosotros, los hombres, también me dais asco. Si fueras lo bastante joven, irías al frente como los demás —dijo en forma de acusación.
       —Pero, Rosie —respondió él, horrorizado—. Hay que detener a Hitler, ¿no estás de acuerdo?
       —Hitler —rebatió ella con desprecio—, Hitler y Churchill y Stalin y Roosevelt… todos ellos me dan asco, para que lo sepas. Y eso también va para tu Attlee.
       —Las mujeres carecen de toda lógica —añadió su padre, desesperanzado.
       De manera que resolvieron no volver a hablar de la guerra, simplemente se limitaron a sufrirla. Poco a poco Rose comenzó a utilizar las mismas palabras y eslóganes que los demás y, al igual que todos los demás, era consciente, con profunda tristeza, de que eran meras palabras, y de que lo que en realidad estaba sucediendo en el mundo era algo inconmensurable y terrible que escapaba a todo entendimiento; y quizá fuera algo maravilloso, también —ah, si tan solo pudiese comprenderlo—, pero nunca pudo albergar esperanzas de comprender. Lo mejor era seguir con su empleo, vivir lo mejor posible, intentar no sentir miedo, y… ahorrar dinero.
       Al poco tiempo dejó su trabajo por otro en una fábrica de municiones. Tenía la sensación de que debía hacer algo por la guerra y, además, la paga era mucho mejor que en la panadería. También se ocupaba de detectar incendios. A menudo se quedaba despierta hasta las tres o cuatro de la madrugada y luego se levantaba a las seis para limpiar y cocinar. Su padre continuaba trabajando de albañil y también se encargaba de detectar incendios tres o cuatro noches a la semana. Los dos estaban siempre cansados y tristes. La guerra continuaba mes tras mes, año tras año, escaseaba la comida, resultaba difícil protegerse del frío, los reflectores revoloteaban en el oscuro vacío londinense, las bombas caían estridentes, y los cortes de luz eran como un peso sobre su mente y su espíritu. Oían las noticias, leían los periódicos, con la misma expresión de coraje desconcertado pero paciente; y era como si la guerra fuera un túnel largo, negro, estrepitoso, del que jamás saldrían.
       Al tercer año, Jem se cayó por las escaleras una mañana fría y neblinosa y se hizo daño en la espalda.
       —No te preocupes, Rose —le dijo—. Puedo ir a trabajar sin ningún problema.
       —No irás a trabajar —sentenció ella terminantemente—. Tienes sesenta y siete años. Ya es suficiente, has estado trabajando desde que tenías catorce.
       —No tendremos ingresos suficientes.
       —¿Cómo que no? —dijo Rose exultante—. Solías regañarme porque trabajaba. ¿No te alegras ahora? Con tu pequeña pensión y lo que gano yo, si lo intento, aun puedo ahorrar algo cada semana. Resulta curioso —comentó pensativa, aunque no sin sorna—. En tiempos de paz ganaba dos libras a la semana, y se suponía que debía estar agradecida. Llega la guerra y te pagan como si fueras una reina. Ahora, entre una cosa y otra, estoy ganando siete libras a la semana. Así que tómate las cosas con calma, y si descubro que vuelves al trabajo, con la espalda como la tienes y tu reumatismo, tendrás que vértelas conmigo, te lo advierto.
       —No es justo que yo me quede sentado en casa, con la guerra y todo lo demás —añadió inquieto.
       —Bueno, ¿fuiste tú quien provocó la guerra? ¡No! Sé un poco razonable.
       Ahora las cosas no eran tan difíciles para Rose porque Jem, en cuanto pudo levantarse de la cama, limpiaba las habitaciones por ella y siempre tenía una taza de té esperándola cuando regresaba a casa por la noche. Pero había un vacío en su interior que, ante sí misma, no podía fingir que no existía. Un día vio a la esposa de George por la calle con su niña de unos cuatro años y la detuvo. La muchacha se mostró hostil, pero Rose se apresuró a decir:
       —Quería saber cómo está George.
       La respuesta llegó a regañadientes:
       —Por ahora está muy bien, está en el norte de África. —Sujetaba a la niña junto a su cuerpo mientras hablaba, como en busca de alivio, y los ojos de Rose se llenaron de lágrimas. Las dos mujeres se quedaron quietas, indecisas, en la acera, hasta que Rose exclamó conmovida:
       —Debe de ser difícil para ti.
       —Bueno, algún día se acabará; cuando dejen de jugar a la guerra —fue la cruda respuesta; y al pronunciar estas palabras Rose sonrió comprensivamente y de pronto las mujeres se sintieron más próximas la una a la otra.
       —Ven a visitarnos algún día, si te apetece —le propuso la esposa de George; y Rose se apresuró a responder:
       —Me encantaría.
       Así que Rose adquirió la costumbre de visitarlas una vez a la semana en el diminuto apartamento que en un principio iba a ser para ella. El motivo de su visita era la pequeña niña, Jill. Secretamente ahora se preguntaba: ¿No cometí un error entonces? ¿Debería haberme casado con George? Pero aunque se hiciera estas preguntas, sabía que era en vano: no podría haberse comportado de otro modo. Se trataba de una de esas cuestiones emocionales e irracionales que parecen insignificantes y carentes de sentido, pero que resultan muy poderosas. Y sin embargo, el tiempo pasaba, estaba a punto de cumplir los treinta, y cuando se miraba en el espejo sentía temor. Ahora estaba muy delgada, no era más que un saco de huesos con el semblante pálido y el cabello negro, lacio, marchito, de aspecto fibroso. Sus ojos oscuros y sombríos miraban anhelantes desde sus mejillas hundidas y huesudas. Esto es porque trabajo muy duro, se decía para consolarse. Falta de sueño, eso y la mala alimentación, y esas sustancias químicas de la fábrica… Estaré mejor cuando acabe la guerra. Era cuestión de resistir; de alguna manera tenía que pasar la guerra, y luego todo iría mejor. Esperaba ansiosa la semana entera a que llegara el domingo por la tarde, la visita a la esposa de George con un pequeño regalo para Jill. Por las noches, cuando estaba despierta, no pensaba en George, ni en los hombres que conocía en la fábrica y que podrían haberse interesado en ella, sino en los niños. Con la guerra y todos los hombres que están muriendo, se decía preocupada, quizá sea demasiado tarde… cuando terminen de matarlos a todos. Pero si bien su padre podría haberse valido por sí mismo tiempo atrás, ya no podía; en realidad dependía de ella. Siempre apartaba sus miedos y anhelos con la misma idea: Cuando la guerra acabe podremos volver a comer y dormir, y tendré mejor aspecto, y entonces quién sabe…
       No mucho antes de que la guerra llegara a su fin, una noche Rose regresó tarde a casa, exhausta, arrastrando los pies por la acera sombría, mientras pensaba que había olvidado comprar algo para la cena. Giró al llegar a su calle, y la inquietó la sensación de que algo no iba bien, miró hacia abajo hacia su casa y se paró en seco. Había pilas de escombros humeantes que se dibujaban contra el resplandor rojizo de las llamas. Al principio pensó: Debo de haberme equivocado de calle por la oscuridad. Luego comprendió y echó a correr hacia su hogar, agarrando con firmeza el bolso, sujetando la bufanda bajo el mentón. Al borde de la calle había un profundo cráter. Estuvo a punto de caer en él, pero recobró el equilibrio y continuó su marcha, tambaleándose, entre desechos de bomba y una maraña de cables. Se detuvo donde había estado la puerta. Había un grupo de gente.
       —¿Dónde está mi padre? —preguntó enfurecida—. ¿Dónde está?
       Un joven se acercó y le dijo:
       —Cálmese, señorita. —Colocó su mano sobre el hombro de ella—. ¿Vive usted aquí? Creo que su padre ha sido uno de los desafortunados.
       Estas palabras no la convencieron y clavó su mirada en él, frunciendo el entrecejo:
       —¿Qué le han hecho? —inquirió con tono acusador.
       —Se lo han llevado, señorita.
       Rose permaneció de pie, inerte, luego levantó la cabeza con gran esfuerzo y miró a su alrededor. Todas las casas habían desaparecido en esa parte de la calle. Se abrió paso a través de la gente y se quedó mirando las escaleras que conducían a la puerta del sótano. La puerta colgaba suelta del marco, pero el cristal de la ventana estaba entero. “Todo va bien”, dijo a media voz. Cogió una llave del bolso y bajó despacio los escalones, entre restos de ladrillos.
       —Señorita, señorita —oyó que el joven la llamaba—. No puede entrar.
       No respondió, pero colocó la llave en la cerradura e intentó girarla. No hubo manera de que girara, entonces empujó la puerta, que se balanceó hacia dentro sostenida por su única bisagra, y entró. El lugar tenía el mismo aspecto de siempre, excepto por los adornos de la repisa de la chimenea, que se habían caído al suelo. Todo estaba en penumbra, iluminado por el resplandor de las casas que aún ardían a lo largo de la calle. Estaba recogiendo los adornos y colocándolos de nuevo en su lugar cuando sintió una mano sobre su brazo.
       —Señorita —dijo una voz compasiva—, no puede quedarse aquí abajo.
       —¿Por qué no? —replicó ella, en un repentino acceso de terquedad.
       Miró hacia arriba. Había una grieta surcando el techo y el aire todavía estaba lleno de polvo. Pero una tetera hervía en la cocina.
       —Está todo bien —anunció—. Mire, el gas todavía funciona. Si el gas va bien, entonces las cosas no están tan mal, es evidente, ¿o no?
       —Todo el peso de la casa descansa sobre ese techo —dijo el hombre con recelo.
       —La casa siempre ha descansado sobre el techo, ¿o no? —dijo ella con un dejo de humor que lo sorprendió. Él no entendía cuál era la gracia, pero ella sonreía burlona—. Así que no ha cambiado nada —comentó desenfadada. Pero había cierta mirada en sus ojos que lo preocupaba, y ella estaba temblando, como si sus músculos se sostuvieran rígidos contra la debilidad de su carne trémula. Repentinos temblores espasmódicos recorrían su cuerpo, y ella apretaba la mandíbula con fuerza para reprimirlos.
       —No es un lugar seguro —repitió él, y Rose, obediente, echó un vistazo a su alrededor para analizar la situación. La tetera y las ollas estaban donde siempre habían estado hasta donde alcanzaba su memoria; su madre había bordado el mantel de la mesa, y a través de los cristales rotos de la ventana podía ver el contundente perfil negro del cubo de basura, aunque más allá ya no se veían las siluetas de las casas grises, tan solo un cielo gris del que goteaban llamas rojas.
       —Creo que está todo en orden —señaló ella con firmeza. Y estaba todo en orden. Se sentía segura. Este era su hogar. Cogió la tetera y comenzó a preparar el té—. ¿Le apetece una taza? —le ofreció con cortesía. Él no sabía qué hacer. Ella llevó su taza a la mesa, sopló la gruesa capa de polvo y se puso azúcar.
       El temblor de sus manos hacía que la cuchara tintineara contra la taza.
       —Volveré —anunció él de pronto, y se marchó, con la intención de ir a buscar a alguien que supiera cómo hablar con ella.
       Pero a esas alturas, no había nadie fuera. Todos se habían marchado hacia las casas en llamas; y tras un instante de indecisión, pensó: Volveré más tarde, por ahora se encuentra bien. Colaboró con los demás, en las casas, hasta muy tarde, y ya se dirigía a su casa cuando recordó: Y aquella muchacha, ¿que estará haciendo? Estuvo a punto de irse directamente a casa. No se había cambiado de ropa desde hacía varias noches, estaba negro y sucio, pero se tomó el trabajo de regresar al sótano que yacía bajo una pila de escombros. Se veía un tenue resplandor bajo las ruinas y, al inclinarse levemente hacia abajo, vio dos velas sobre la mesa, y una pequeña silueta que cosía bajo esa luz. Bueno, iré, pensó, y entró. Rose estaba remendando calcetines. Él se acercó a su lado y le dijo:
       —He venido a ver si se encontraba bien.
       Ella continuó con su tarea y contestó tranquila:
       —Sí, por supuesto que me encuentro bien, pero de todos modos, gracias por venir.
       Sus ojos eran enormes y miraban con expresión exaltada y sus labios temblaban como los de una anciana.
       —¿Qué hace? —preguntó él, confundido.
       —¿Usted qué cree? —le respondió ella con tono áspero. Entonces observó perpleja el calcetín que sostenía sobre la palma de la mano y se estremeció.
       —¿El calcetín de su padre? —preguntó él con cautela; y ella le dedicó una mirada airada y rompió a llorar. Así está mejor, pensó él, y se acercó e hizo que ella se apoyara en su cuerpo, mientras le decía en voz alta—: Cálmese, cálmese, señorita.
       Pero Rose no lloró mucho rato. Prácticamente al instante lo apartó de su lado y le dijo:
       —Bueno, no hay por qué deshacerse de estos calcetines. A alguien le servirán.
       —Es cierto, señorita. —Permaneció de pie junto a ella, vacilante, y tras unos instantes ella alzó la cabeza y lo miró. Por primera vez, lo observó. Era un hombre delgado, de mediana estatura, al que su rostro sincero y cándido le daba un aspecto joven, aunque de cabello canoso. Tenía unos agradables ojos grises, que se posaban compasivamente en ella, y su sonrisa era cálida.
       —Quizá le gustaría quedárselos —sugirió ella—. Y está su ropa; no tenía nada que fuese muy especial, pero siempre fue muy cuidadoso con sus pertenencias.
       Rompió a llorar una vez más, solo que esta vez con menor intensidad, entre ligeros y temblorosos sollozos. Él se sentó a su lado, mientras le daba pequeñas palmadas en la mano que tenía sobre la mesa. Le repetía:
       —Cálmese, señorita, cálmese, todo va a ir bien.
       El sonido de su voz la tranquilizó y pronto dejó de llorar, se secó las lágrimas y dijo con un tono pragmático:
       —Ya está, qué tonta soy, ¿de qué sirve llorar? —Se incorporó, colocó las velas de modo que no gotearan sobre el mantel, y le dijo—: Bueno, si le apetece, podríamos tomar una taza de té.
       Le acercó una taza y se sentaron en silencio. Él la contemplaba con curiosidad; había algo en ella que disparaba su imaginación. Allí sentada había una pequeña figura indómita, que lo observaba todo con ojos cansados y tristes, bajo las ruinas de su hogar, como una especie de niña extraviada. No era bella, concluyó él, mientras contemplaba su pequeño rostro delgado, sus lánguidos rizos negros que enmarcaban prolijamente la cara. Sentía ternura hacia ella; también le preocupaba. Como todo aquel que haya tenido que vivir en la gran ciudad durante la guerra, sabía muy bien lo que era la tensión nerviosa; lo que era la conmoción; no podría expresar en palabras lo que sabía, pero tenía la sensación de que Rose aún no estaba bien; por fuera, sin embargo, parecía una persona razonable, de manera que él le sugirió:
       —Debería intentar dormir un poco. Pronto amanecerá.
       —Es hora de que vaya a trabajar. Me toca el primer turno.
       —Si eso es lo que desea —replicó el hombre, pensando que quizá trabajar le haría bien. De modo que se fue y regresó a su casa para dormir un poco.
       Esa tarde volvió, con la esperanza de que ella se hubiera marchado, pero la encontró sentada a la mesa, a la luz amarilla de las velas, con las manos sobre la mesa y la mirada fija en la pared. Estaba todo ordenado, y ya no había rastro de polvo. Pero era evidente que la grieta del techo se había ensanchado.
       —¿Es que nadie ha venido a verla? —preguntó con delicadeza.
       Rose respondió con evasivas:
       —Oh, algunos metomentodo se acercaron y me dijeron que no debía quedarme aquí.
       —¿Y qué les dijo?
       Ella dudó unos instantes y después replicó:
       —Les dije que no pensaba quedarme aquí, que estaba en casa de unos amigos. —El hombre se rascó la cabeza, y sonrió con desconsuelo; casi podía imaginar la escena—. Esos metomentodo —añadió, resentida—, siempre metiéndose en lo que no les importa, y diciéndole a la gente lo que tiene que hacer.
       —A decir verdad, señorita, creo que tienen razón, debería marcharse de aquí.
       —Aquí me quedo —sentenció ella con tono desafiante y con inconfundible temor—. Nada hará que me vaya. Ni por todo el oro del mundo.
       —No creo que todo el oro del mundo esté disponible —dijo él para intentar que se riera; pero ella respondió seria, después de meditar unos instantes:
       —Bueno, aunque lo estuviera.
       El hombre esbozó una tierna sonrisa porque se lo tomaba todo al pie de la letra, y le propuso, casi de un modo impulsivo:
       —Vayamos al cine, no le hace ningún bien quedarse aquí y deprimirse.
       —Nada me gustaría más, pero es domingo, ¿entiende?
       —¿Y cuál es el problema de que sea domingo?
       —Cada domingo voy a visitar a una amiga mía que tiene una niña pequeña… —comenzó a explicar; pero luego se detuvo y palideció. Hizo un esfuerzo por incorporarse y agregó—: Oh, oh, nunca pensé que…
       —¿Qué sucede? ¿Qué es lo que pasa?
       —Quizá también las alcanzó aquella bomba, viven en esta misma calle. Oh, por Dios, oh, por Dios, ni se me había ocurrido… soy tan malvada, eso es lo que soy…
       Había cogido el bolso y se estaba enrollando a toda prisa la bufanda alrededor del cuello.
       —Espere, señorita, no salga con tanta prisa, lo averiguaré por usted, quizá yo pueda… ¿cuál era su nombre?
       Ella se lo dijo. El hombre vaciló unos instantes y luego exclamó:
       —Tiene mala suerte, es evidente. Murió en las mismas circunstancias.
       —¿Ella? —se apresuró a preguntar Rose.
       —La madre murió, la niña está bien, estaba jugando en otra habitación.
       Rose se sentó despacio, absorta en sus pensamientos, mientras su mano aún sostenía los extremos de la bufanda bajo el mentón. Luego agregó:
       —La adoptaré, eso haré.
       El hombre se sorprendió al ver que Rose no demostraba emoción alguna ante la muerte de su amiga. Entonces preguntó:
       —¿No tiene padre la niña?
       —Está en el norte de África —respondió ella.
       —Bueno, regresará cuando acabe la guerra y quizá no desee que usted adopte a la criatura.
       Pero Rose se quedó callada, y su rostro se tensó con determinación.
       —¿Por qué esta niña en particular? —preguntó él—. Algún día tendrá sus propios hijos.
       Ella respondió con evasivas:
       —Es una criatura simpática, debería conocerla.
       El hombre decidió dejarlo allí. Era evidente que había algo demasiado profundo que él no alcanzaba a comprender. De nuevo le propuso:
       —Vayamos al cine y olvídese de los problemas.
       Rose se incorporó, dócil, y se dispuso a complacerlo, o algo así. Mientras caminaba por las calles, giraba en uno u otro sentido cuando él le rozaba la mano pero en espíritu no estaba a su lado. Él se dio cuenta de que ella permaneció sentada frente a la pantalla sin mirarla: No se encuentra nada bien, se decía con impotencia. Tendría que animarse un poco.
       Pero Rose solo pensaba en Jill. Todo su ser se concentraba ahora en pensar en aquella niña. Al día siguiente iría a averiguar dónde estaba. Seguramente algún metomentodo se habría quedado con ella; solían mangonear a la gente. Podrían permanecer en el sótano hasta que reconstruyeran la casa… Rose se despertó durante la noche, soñaba con Jill; y al día siguiente no fue a trabajar. Salió en busca de la niña. Se encontró con que su abuela se había quedado con ella. Jamás se le había ocurrido pensar en la abuela, y el descubrimiento le produjo tal conmoción que regresó al sótano sin saber siquiera cómo andaba ni qué hacía. El hecho de no poder quedarse con la niña parecía más terrible que cualquier otra cosa; era como si la hubieran privado maliciosamente de algo que le pertenecía por derecho; le habían quitado algo… Eso era lo que sentía.
       Jimmie volvió esa noche. Se preguntaba por qué regresaba una y otra vez, adónde quería llegar; y sin embargo, no podía mantenerse alejado. La imagen de Rose, la pequeña muchacha callada y atemorizada —así la veía él— lo acompañaba todo el día. Cuando entró en el sótano, la encontró sentada junto a las velas, como de costumbre, con la vista fija al frente. Notó con espanto que no se había molestado en limpiar el lugar y que no se había arreglado el cabello. Esto último parecía lo peor de todo.
       Se sentó a su lado, como de costumbre, e intentó buscar la manera de animarla. Al fin, dijo:
       —Debería pensar en trasladarse, Rose.
       Al oír aquellas palabras, ella se encogió de hombros, irritada. Deseaba que dejara de molestarla con ese tipo de recordatorios. A su vez, se sentía dichosa de tenerlo allí. Hubiera querido que se quedara junto a ella en silencio; su cálida amabilidad la envolvía como una manta, pero nunca podía dejarse llevar porque parte de su mente permanecía atenta y a la defensiva, por miedo a lo que él pudiera decir.
       Lo que la atemorizaba era el hecho de que pudiese hablar de su padre. Ni una sola vez se había permitido pensar en ello, en la muerte de su padre, como debería haber sucedido. Se decía a sí misma cosas tales como: Mi padre está muerto, del mismo modo que antes se había dicho: Mi madre está muerta. Jamás permitió que aquellas palabras se trocaran en imágenes de duelo. De haber sido muertes comunes, muertes que uno pudiera comprender, habría sido distinto. Gente que moría de una enfermedad, o por la edad; en la cama; y luego venían los vecinos, y luego el funeral… Todo aquello era comprensible, aquello habría sido diferente. Pero no el sinsentido de una oscura bomba desde el cielo, arrojada por un amable joven desde un avión, no esa estupidez de un camión que atropella a alguien; no, no podía soportar pensar en ello. Bajo la superficie de la vida cotidiana se abría un oscuro abismo, lleno de un horror absurdo. Durante el día, en la fábrica (donde ayudaba a fabricar otras bombas) o en el sótano, por las noches, hacía los movimientos acostumbrados y decía lo que se esperaba, pero jamás se permitía pensar en la muerte. Decía: Han matado a mi padre, con una voz apagada, habitual, sin permitir que las imágenes de muerte acudieran a su mente.
       Y ahora aquí estaba Jimmie, que había entrado en su vida justo cuando más necesitaba de su apoyo y calidez; e incluso esto tenía dos caras, porque era el mismo Jimmie quien hacía aquellos comentarios que la obligaban a pensar que… No pensaría en eso, se negaba a seguir el juego. Jimmie notó que siempre que hacía algún comentario relacionado de algún modo con el futuro, o incluso con la guerra, a su rostro asomaba una mirada perdida, nerviosa y apartaba los ojos. Él no sabía qué hacer. Por aquella noche lo dejó, y regresó al día siguiente. Era el sexto día después de que hubiese caído la bomba, y notó que la grieta del techo estaba cediendo por el peso que debía soportar, y cuando pasaba un coche se desprendían pequeños trozos de yeso como una suave lluvia blanca. Era muy peligroso. Tenía que hacer algo al respecto. Y aun así Rose permanecía allí sentada, con las manos apoyadas lante ella y la mirada fija en la pared. Entonces decidió actuar con crueldad. Su corazón latía con fuerza por el miedo ante lo que estaba a punto de hacer; pero exclamó en voz alta y animada:
       —Rose, tu padre está muerto, no va a volver.
       Le dirigió una mirada distraída; todo parecía indicar que no lo había oído. Pero ahora debía continuar:
       —Han matado a tu padre —dijo él abiertamente—. Le ha llegado la muerte. Está más muerto que mi abuela, y no merece la pena quedarse aquí.
       —¿Cómo lo sabes? —preguntó ella con timidez—. Puede haber errores. A veces la gente regresa, ¿o no?
       La cuestión era más grave de lo que él había imaginado.
       —No regresará, lo vi con mis propios ojos.
       —No —exclamó Rose enérgica, mientras recobraba el aliento.
       —Oh, claro que lo vi. Estaba tirado en la acera, mutilado. —Esperaba que la expresión de su rostro mudara. Se obstinaba en permanecer impávida, pero tenía la mirada clavada en él como un conejo atemorizado—. No quedó nada —afirmó él resuelto—, sus piernas habían desaparecido; no había nada allí, ni siquiera la cabeza…
       Y en este punto Rose se incorporó con un movimiento brusco y amenazador, y sus ojos se veían pequeños y oscuros.
       — Tú… —comenzó a decir. Le temblaban los labios.
       Jimmie seguía sentado. Intentaba mostrarse normal, incluso despreocupado. Hacía un esfuerzo por sonreír. Pero por dentro sentía temor. ¿Y si no estaba haciendo lo correcto? ¿Y si se volvía loca? ¿Y si….? Se pasó la lengua por los labios y se apresuró a mirarla para ver cómo estaba. Aún tenía la mirada clavada en él. Pero ahora parecía odiarlo. El miedo hizo que le entraran ganas de reírse. Pero se incorporó y, fingiendo una deliberada crueldad, añadió:
       —Sí, Rosie, muchacha, así están las cosas, tu padre no es más que un cuerpo ensangrentado, ¡sí, eso, ensangrentado! —Y en ese instante, pensó: ¡Lo he hecho bien!
       —Tú —comenzó a decir otra vez Rose, y su rostro se contrajo por el odio—. Tú…
       Y de su boca brotó tal torrente de improperios que tomó a Jimmie por sorpresa. Había imaginado que lloraría, que se desmoronaría. Le gritaba y desvariaba, y alzaba los puños para golpearlo en el pecho. Mientras procuraba con suavidad mantenerla a distancia, se decía en silencio, como para darse ánimo: Ya, ya, Rosie, mi niña, ¡qué lenguaje es ese, qué feo, qué feo! En voz alta exclamó, con expresión de incómoda jocosidad:
       —Eh, cálmate, no es culpa mía… —Le sorprendió la fuerza de Rose. La callada, tranquila, ordenada y pequeña Rose se había transformado en un demonio que gritaba, arañaba y daba patadas.
       —Vete de aquí… —Y cogió un candelabro y se lo arrojó.
       Jimmie se cubrió la cara con el brazo y retrocedió hasta la puerta, le dio un pequeño empujón con el talón, y se marchó. Allí permaneció de pie, a la espera, con una sonrisa en el rostro, en parte desconsolado y en parte preocupado, escuchando. Se limpiaba los arañazos de la cara con el pañuelo. Al principio solo hubo silencio, luego intensos sollozos. Se enderezó poco a poco. Quizá la he lastimado de verdad al hablar de ese modo, pensó; quizá jamás lo supere. Pero se sintió reconfortado; instintivamente, sabía que había hecho lo correcto. Escuchó el agudo llanto durante un rato, y luego se preguntó: Sí, pero ¿qué hago ahora? ¿Debería entrar, o debería esperar un poco? Sin embargo, había algo que le preocupaba aún más que esto: ¿Y luego qué? Si regresase ahora, me estaría exponiendo y no cabe margen de error. Se alejó despacio de la puerta de Rose, bajó por la calle devastada, hasta llegar al bar de la esquina, que no había sido alcanzado por la bomba. Necesitaba tomarse un trago y pensar un poco… Entró en el bar y se acomodó junto a la barra, copa en mano, con el gris de sus ojos ensombrecido de preocupación. Oyó que alguien le decía:
       —Bueno, guapo, ¿y qué es lo que te preocupa?
       Jimmie alzó la vista, sonriente, y vio a Pearl. La conocía desde hacía algún tiempo; nada serio; se saludaban y charlaban un poco en la barra cuando él se dejaba caer por allí. Pearl le gustaba, pero quería estar solo. Ella vaciló unos instantes y se dirigió a él de nuevo:
       —¿Cómo está tu esposa? —Jimmie frunció el entrecejo al instante y no le respondió.
       Ella hizo una mueca que decía: ¡Pues bien, si no tienes ganas de hacer vida social, no voy a forzarte! Pero se quedó donde estaba, observándolo con atención. Él estaba pensando: No debería haberme metido en todo esto, no debería haberme hecho cargo de ella. No es asunto mío lo que le sucedió… Y luego, mientras se enderezaba sin darse cuenta, asomó a su rostro una ligera sonrisa, desesperada, pero al mismo tiempo triunfal: ¡Ya te has vuelto a meter en problemas, amigo mío, ¡ahora ya estás involucrado en todo esto! Pearl señaló, como al pasar:
       —Será mejor que alguien te cure las heridas de la cara, ¿te has peleado?
       Jimmie se llevó la mano al rostro y al apartarla estaba cubierta de sangre.
       —Así es —respondió, con una leve sonrisa—, con una fierabrás.
       Pearl se echó a reír y él rió con ella. Aquellas palabras le permitían ver a Rose desde un ángulo nuevo. Una pequeña fierabrás, se repitió a sí mismo, mientras se pasaba la mano por la mejilla. ¿Quién habría pensado que Rose tenía todo ese fuego en su interior? Después bajó la copa, se arregló la corbata, se limpió la mejilla con el pañuelo, saludó a Pearl con una inclinación de cabeza, con su sonrisa complaciente, y se marchó. Ahora ya no tenía dudas. Se dirigió directamente al sótano.
       Rose estaba lavando ropa en el fregadero. Su rostro se veía hinchado y humedecido por el llanto, pero se había peinado. Cuando lo vio, se sonrojó, e intentó mirarlo a los ojos, pero no pudo. Jimmie se dirigió hacia ella, y la rodeó con sus brazos.
       —Ven aquí, Rose, no hagas eso ahora.
       —Lo siento —dijo ella algo nerviosa, procurando sonreír. Sus ojos le suplicaban—. No sé qué me ha pasado, no lo sé, de veras.
       —Ya te he dicho que no pasa nada.
       Pero ahora lloraba de vergüenza.
       —Nunca digo esas cosas. Jamás. No tenía ni idea de que las sabía. No soy así. Ahora pensarás que…
       La acercó hacia él y pudo sentir cómo le temblaban los hombros.
       —No pierdas más el tiempo pensando en eso. Estabas molesta; bueno, quería que te enfadaras, lo he hecho a propósito. Ha sido a propósito, ¿es que no te das cuenta, Rosie? No podías seguir así, engañándote a ti misma. —Besó la parte de la mejilla que no quedaba escondida en su hombro.
       —Lo siento, lo siento mucho —decía ella llorando, pero se la oía mucho mejor.
       Jimmie la abrazaba con fuerza y la calmaba con el sonido de su voz. Al mismo tiempo se sentía como un hombre que avanza por el borde de una peligrosa montaña. Pero no podía detenerse ahora. Ya era demasiado tarde. Rose musitó:
       —Tenías razón, ya lo sé. Pero simplemente no podía soportar pensarlo. No tenía a nadie más que a mi padre. Hemos estado él y yo juntos durante mucho tiempo. No tengo a nadie más… —El pensamiento acudió a su mente y se desvaneció. Solo a la hijita de George. Me pertenece por derecho propio.
       Jimmie dijo, indignado:
       —Tu padre… no tengo nada en su contra, pero no fue justo que te retuviera aquí para cuidarlo. Tendrías que haberte marchado para encontrar un buen marido y tener hijos.
       No comprendió por qué, aunque solo por unos instantes, el cuerpo de Rose se tensó y pareció rechazarlo. Luego se relajó y señaló, sumisa:
       —No deberías decir nada en contra de mi padre.
       —No —asintió él dulcemente—. No lo haré.
       Era como si ella estuviese esperando algo.
       —Ahora no tengo nada —dijo Rose, y alzó su rostro hacia él.
       —Me tienes a mí —dijo él por fin, y sonrió por puro nerviosismo. El rostro de Rose se relajó y sus ojos buscaron los de él, y seguía esperando. Se hizo un silencio mientras Jimmie luchaba contra el sentido común. El silencio se prolongó demasiado, y la expresión de Rose ya era de reproche cuando él exclamó—: Ven conmigo, Rosie, yo te cuidaré.
       Y en este punto Rose volvió a quebrarse contra su pecho y dijo llorando:
       —Me quieres, ¿no? ¿Me quieres?
       Jimmie la abrazó y asintió:
       —Sí, por supuesto, claro que te quiero.
       Bueno, aquello era cierto. La quería. No sabía por qué, no tenía sentido alguno, ni siquiera era bonita, pero la quería. Un poco después ella anunció:
       —Iré a recoger mis cosas y me iré contigo.
       Jimmie intentó ganar tiempo con una mirada angustiada al siniestro techo:
       —Quédate aquí por ahora. Antes tengo que arreglar algunos asuntos.
       —¿Por qué no puedo ir ahora? —Rose recorrió el sótano con una mirada horrorizada, como si estuviera enjaulada, como si no viera la hora de salir de allí; ella, que se había aferrado con tanta obstinación a su refugio.
       —Simplemente confía en mí, Rosie. Haz las maletas como una buena chica. Vendré por ti más tarde.
       Ella se aferró a sus hombros y lo miró a los ojos, implorante.
       —No me dejes aquí mucho tiempo… el techo… podría caerse.
       Era como si acabara de percatarse de ello. Jimmie la tranquilizó, la apartó de su lado con gran persuasión, e insistió en que volvería en una media hora. Cuando se marchó, Rose estaba seleccionando y ordenando sus pertenencias con mucha prisa y preocupación, sin apartar la mirada del techo.
       ¿Y qué iba a hacer ahora? No tenía idea. Un apartamento; no era difícil de encontrar con tanta gente evacuada; sí, pero ya eran más de las once de la noche, y ni siquiera tenía dinero suficiente para pagar la primera semana del alquiler. Además, al día siguiente debía darle algo de dinero a su esposa. Caminaba despacio por la calle devastada, en plena oscuridad, con las manos en los bolsillos, mientras pensaba: Ahora sí que te has metido en un buen lío, Jimmie; muchacho, en un buen lío.
       Aproximadamente una hora después, sus pasos lo llevaron de regreso. Rose estaba sentada a la mesa, y encima había dos cajas de cartón y una pequeña maleta: su ropa. Estaba de brazos cruzados.
       —¿Hay algún problema? —preguntó, ya de pie.
       —Bueno, Rosie, la cuestión es que… —Jimmie se sentó y buscó las palabras adecuadas—. Debería habértelo dicho. En realidad no tengo ningún lugar al que ir.
       —¿No tienes un sitio donde dormir? —inquirió incrédula. Jimmie evitó su mirada y musitó:
       —Bueno, resulta que todo se ha complicado. —Echó un vistazo a la expresión de su rostro y vio… ¡compasión! Sintió deseos de blasfemar. ¡Diablos! Esto era un desastre, ¿y qué podía hacer él? Pero la apenada y tierna expresión del rostro de ella lo conmovió y, sin saber siquiera lo que hacía, permitió que lo estrechara entre sus brazos mientras él añadía—: Bombardearon mi casa la semana pasada.
       —¿Y has estado cuidando de mí sin siquiera tener un sitio para ti mismo? —le reprochó ella con ternura—. Estaremos bien. Encontraremos un lugar por la mañana. Eso es, encontraremos un lugar y… ¿Podremos casarnos pronto? —preguntó tímidamente mientras sus mejillas se sonrojaban.
       En aquel preciso instante él apoyó su rostro contra el de ella, de modo que no pudiera verlo, y respondió:
       —Primero encontraremos un lugar, y más adelante ya nos ocuparemos del resto.
       Rose se quedó pensativa.
       —¿No tienes dinero? —preguntó finalmente con gran timidez.
       —Sí, pero no efectivo. Lo tendré más adelante. —Una vez más se dijo: Te has metido en un buen lío, Jimmie, ¡en un buen lío!
       —Yo tengo doscientas libras ahorradas —dijo Rose y sonrió con tímido orgullo mientras le acariciaba el cabello—. Y tenemos todos estos muebles, las bombas no los han estropeado. Podremos amueblar el sitio y dejarlo muy bonito.
       —Te devolveré el dinero más adelante —dijo él con desesperación.
       —Cuando lo tengas. Además, ahora mi dinero es tuyo —añadió ella, y le sonrió tiernamente—. Nuestro. —Saboreó la delicadeza de la palabra, y lo invitó a compartir ese placer.


       Jimmie era, básicamente, un hombre de contactos, que se movía, que tenía asuntos aquí y allá y puertas a las que llamar; y a la tarde siguiente ya había conseguido un apartamento. Dos habitaciones y una cocina, un armario para guardar el carbón, agua fría y caliente, y baño compartido en la planta baja. Además, barato. Era el último piso de un edificio antiguo, y le gustó que desde allí se pudieran ver los árboles de Battersea Park asomando por encima de los edificios de enfrente. A Rose le gustará, pensó. Se sentía feliz. Se había quedado con ella toda la noche en aquel sótano en ruinas, bajo el cargado techo, invadido por una gran indecisión; ahora, todo aquello había desaparecido, y se sentía optimista. Pero cuando Rose subió las escaleras con sus paquetes, se dirigió directamente a la ventana y pareció vacilar.
       —¿No te gusta, Rosie?
       —Sí, me gusta, pero… —Se echó a reír y dijo, a modo de disculpa—: He pasado toda la vida en un sótano; quiero decir que no estoy acostumbrada a las alturas.
       Jimmie la besó y le hizo una broma y ella también rió. Pero él se dio cuenta de que en varias ocasiones miraba por la ventana con expresión de tristeza y que al instante se alejaba de allí, y recorría las habitaciones vacías con una mirada fugaz e insegura. Había vivido toda su vida bajo tierra, con el estruendo de los coches y autobuses pasando a la altura de su nariz, y con el peso de toda esa gran casa vieja sobre ella, como una promesa de protección. Ahora estaba en un lugar elevado, por encima de las calles y las casas, y se sentía insegura. No seas tonta, se repetía a sí misma. Ya te acostumbrarás. Y entonces se dedicaba a acomodar los muebles y a poner todo en orden. Retiró cien libras del dinero de sus ahorros e hizo algunas compras, aunque lo que compró era principalmente para él: una cómoda para su ropa, pues le tomaba el pelo diciéndole que él tenía mucha ropa; una pequeña radio y, por último, un escritorio para que él pudiera trabajar, ya que le había dicho que estaba estudiando para obtener algún título de ingeniería. Jimmie le preguntó por qué no había comprado nada para ella, a lo que respondió, como excusándose, que ya tenía bastante. Decoró el nuevo apartamento de un modo muy parecido a su antiguo hogar. La mesa estaba en el mismo lugar, el calendario de rosas amarillas colgaba de la pared, y trabajaba dichosa junto a la cocina, realizando los mismos movimientos que había hecho durante años; en cuanto al armario, el tendedero y el escurridero, los había colocado tal y como estaban “en casa”. Inconscientemente, todavía utilizaba aquella frase.
       —Oye —le decía Jimmie—. ¿No es este tu hogar ahora?
       A lo que ella respondía seriamente:
       —Es verdad, pero no logro acostumbrarme.
       —Pues será mejor que te acostumbres —le decía él con tono de queja, y luego la besaba para compensar el resquemor.
       Situaciones como esta se repitieron en numerosas ocasiones, hasta que cierto día Jimmie dijo:
       —De todas formas, el sótano se ha derrumbado; hoy he pasado por allí, y está todo lleno de ladrillos y escombros. —Su intención había sido no decirle nada. Ella lo rehuyó y palideció—. Bueno, ya sabías que no iba a durar mucho —agregó.
       Estaba muy afectada. No podía soportar la idea de que su antiguo hogar hubiese desaparecido; podía imaginarlo, las grandes vigas inclinándose, llenas de agua sucia. Lo imaginó y reprimió la visión para siempre. Permaneció en silencio y apática el resto del día, hasta que él se enfadó con ella. Se enfadaba a menudo. Se quejaba cuando compraba cosas para él.
       —¿No te gusta? —solía preguntarle ella, con expresión de desconcierto.
       —Sí, me gusta, de verdad, pero… —Y luego se sentía herida porque parecía reacio a utilizar la cómoda o el escritorio.
       Había otros aspectos en los que no se entendían. Unas cuatro semanas después de haberse trasladado, ella dijo:
       —No eres un hombre muy hogareño, ¿verdad?
       —¿Qué quieres decir? —respondió él francamente asombrado. Estoy aquí encerrado como… —Se interrumpió y puso un cigarrillo en su boca para ocupar el lugar de las palabras. Desde su punto de vista, su vida había cambiado completamente; solía ser un hombre que odiaba la rutina, hacer lo mismo cada noche; y ahora, la mayoría de las noches volvía con Rose en cuanto salía del trabajo, cenaba con ella, le hacía sinceros cumplidos porque cocinaba muy bien, y luego… bueno, había muchos motivos para regresar a casa, ¡sería un tonto si no lo hiciera! Lo consumía el secreto orgullo que sentía por ella. Imagínense a Rose, una chica como ella, viviendo con su padre todos esos años, como una muchacha encerrada en un convento, o peor aún. ¡Cualquiera pensaría que algo extraño debía de haber en una joven que tuvo que cumplir treinta años antes de tener a un hombre en su cama! Pero no había nada de extraño en Rose. Y en el trabajo, solía recordar las noches juntos y reía con profunda satisfacción. Estaba muy bien, muy bien. Pero entonces, lentamente, una duda empezó a carcomer ese orgullo. No era natural que hubiera estado sola todos aquellos años. Por otra parte, era bien parecida. Se echaba a reír cuando recordaba que, en un principio, pensó que era bastante fea. Ahora que era feliz, y que tenía su propia casa y la abrigaba el amor, estaba muy bonita. Su rostro se había relajado, sus delgadas mejillas habían tomado color, y su mirada era profunda y grata. Era como regresar a casa y contar con la compañía de un gatito que ronroneaba y era muy dócil. Y cuando la llevó al cine, caminó con orgullo a su lado, consciente de cómo la miraban los demás hombres. Y sin embargo, ¿era él el primer hombre que había vislumbrado lo que ella podía llegar a ser? Mmmm, parecía improbable, no tenía sentido.
       Habló con Rose y de repente el gatito mostró sus afiladas y desagradables garras:
       —¿Qué es lo que quieres saber? —inquirió fríamente, después de una serie de torpes comentarios de Jimmie.
       —Pues bien, Rosie, es ese sujeto, George, dijiste que ibas a casarte con él cuando aún eras una niña, ¿no es así?
       —¿Y qué? —contestó ella con una fría mirada.
       —¿Estuvisteis mucho tiempo juntos?
       —Tres años —dijo ella inexpresiva.
       —¡Tres años! —exclamó Jimmie. Jamás se le había ocurrido pensar en algo tan serio—. Tres años es mucho tiempo.
       Lo miró con un reproche suplicante que él no atisbó a comprender en absoluto. En lo que a ella concernía, la dicha que Jimmie le había dado anulaba por completo cualquier otra cosa que hubiera conocido hasta entonces. George era menos que un recuerdo. Cuando se decía a sí misma que Jimmie era el primer hombre a quien había amado, era cierto, porque así lo sentía. El hecho de que ahora él pudiera cuestionarlo de que dudara minaba la dicha, se sentía insegura no solo acerca de él sino también de sí misma. ¡Cómo podía destruir su felicidad de ese modo! Y junto con el reproche vino el desprecio. Le dedicó una mirada seria, crítica; y Jimmie se sintió aturdido, confundido y consternado. ¡Era capaz de mirarlo así! Entonces eso probaba que le había mentido al decirle que había sido el primero; si es que había dicho tal cosa…
       —Pero Rosie —soltó él enfadado—, entiéndelo. Estuviste en pareja tres años, y vienes a decirme que…
       —Nunca te lo he contado —señaló ella, y se levantó de la mesa y comenzó a apilar los platos para lavarlos.
       —Bueno, tengo derecho a saberlo, ¿o no? —gritó él con tristeza.
       Pero esto era un gran un error.
       —¿Derecho? —inquirió ella con rigor y desdén. —Ya no era Rose, era alguien mucho mayor. Le pareció estar oyendo hablar a su madre—. ¿Quién está hablando de derechos? —Dejó caer con cuidado los platos dentro del agua caliente y jabonosa y exclamó—: ¡Hombres! Jamás te he preguntado sobre lo que hacías antes de que yo apareciera. Y tampoco me interesa, para que lo sepas. Y lo que yo haya hecho, si es que algo hice, no es de tu incumbencia.
       Abrió el grifo, para que el ruido del agua al correr levantara otra barrera. Sus oídos se llenaron con el rumor del agua y pensó: Hombres, siempre echan todo a perder. Había olvidado a George, no existía. Y ahora Jimmie lo devolvía a la vida y le hacía pensar en él. Ahora la obligaba a pensar: ¿Amé a George con la misma intensidad? ¿Era como ahora? Y si la felicidad que había sentido con George había sido tan grande como lo era ahora con Jimmie, entonces el solo hecho parecía degradar al amor mismo y convertirlo en algo patético e incierto. Era como si Jimmie estuviera haciéndolo a propósito para fastidiarla. Eso, en cualquier caso, era lo que sentía Rose.
       Pero la voz de Jimmie se oyó sobre el ruido ensordecedor del agua que corría:
       —Así que no es de mi incumbencia, ¿eh?
       —No, sería mejor que no lo fuera —respondió ella, con la mirada fija hacia delante, al tiempo que sus manos se movían entre la vajilla caliente y resbaladiza.
       —¡Conque esas tenemos! —gritó él de nuevo, furioso.
       A lo cual ella no respondió. Jimmie permaneció apoyado sobre la mesa, maldiciendo a Rose por lo bajo, pero al mismo tiempo consciente de su estado de confusión. Sentía que se burlaba y que ultrajaba toda su posesiva virilidad; no obstante, no cabía duda de que ella se sentía tan maltratada como él. Y como no cedía, se acercó a ella y la rodeó entre sus brazos. Necesitaba destruir a esa hembra indiferente y, en apariencia, herida, y recobrar a la dulce y cálida mujer. Comenzó a bromear:
       —Cascarrabias, gatita, eres una cascarrabias. —La tomó del cabello y apretó sus brazos a ambos lados de su cuerpo, de manera que no pudiera secar los platos. Ella permaneció impasible. Pero entonces Jimmie notó que le caían lágrimas por las mejillas obstinadas e inmóviles, y en un vigoroso impulso de triunfo la alzó y la condujo a la cama. Todo resultó demasiado fácil, después de todo.
       Pero quizá no fuera tan sencillo, porque más tarde aquella noche, con un tono de voz intencionalmente indiferente, Rose le preguntó, desde la oscuridad donde se hallaba junto a Jimmie:
       —¿Cuándo vamos a casarnos?
       Jimmie se puso tenso. Había olvidado, o casi, el asunto. Diablos, ¿no estaba satisfecha? ¿Acaso no pasaba todas las tardes allí? ¿Él podía muy bien estar ya casado, a la vista de lo que ella esperaba de él?
       —¿No confías en mí, Rosie? —le preguntó él al fin.
       —Sí, confío en ti —contestó ella algo vacilante, y aguardó.
       —Existen razones por las cuales no puedo casarme contigo ahora. —Ella permaneció callada, pero su silencio era como una pregunta suspendida en la oscuridad que mediaba entre ambos. Él no prosiguió, pero se volvió y la besó—. Te amo, Rosie, lo sabes, ¿verdad?
       Sí, lo sabía; pero aproximadamente una semana después él se marchó una mañana diciendo:
       —No podré venir esta noche, Rosie. Tengo que tomarme algún tiempo para ocuparme de mi examen. —Vio cómo ella se volvía para mirar el escritorio que le había comprado y que jamás había usado—. Volveré mañana, como de costumbre —se apresuró a decir, en un intento de escapar a su mirada preocupada, penetrante.
       De pronto ella le preguntó:
       —¿Tu esposa está preocupada por ti?
       Jimmie contuvo la respiración y la miró asombrado.
       —¿Quién te lo ha dicho? —Rose soltó una risa burlona—. Bueno, ¿quién te lo ha dicho?
       —No me lo ha dicho nadie —respondió ella con desprecio.
       —Pues entonces debo de hablar en sueños —musitó él, nervioso.
       Ella rió con estridencia.
       —Que quién me lo ha dicho. Que hablas en sueños; debes de pensar que soy idiota. —Y con un gesto habitual, alocado, se volvió y cogió un paño de cocina.
       —Deja ya los platos, que están limpios —gritó él.
       —No me grites de ese modo.
       —Rose —le suplicó al instante—. Iba a decírtelo, simplemente no he podido; lo he intentado muchas veces.
       —¿Sí? —exclamó ella, lacónica. Aquel sí suyo siempre lo había exasperado. Era como una declaración de descreimiento total, una señal de indiferencia hacia él y el mundo de los hombres. Era como si dijera: Existe solo una persona en quien pueda confiar: yo misma.
       —Rosie, no me concederá el divorcio, no me dejará libre.
       Estas trágicas palabras le vinieron a los labios merced al recuerdo de una película que había visto la semana anterior. Sentía vergüenza de sí mismo. Pero la expresión de su rostro había cambiado.
       —Deberías habérmelo dicho —señaló ella; y una vez más, sintió que el tono compasivo de su voz lo desconcertaba. Instintivamente se volvió hacia donde él estaba con un movimiento protector. Sus brazos lo rodearon y él dejó caer su cabeza sobre su hombro, con aquella vieja sensación de que algo lo arrastraba, de que no tenía control alguno sobre lo que hacía o decía. Diablos, pensó, incluso cuando cedió ante su ternura: Al diablo con eso. Nunca pretendí involucrarme o involucrar a Rosie en todo este embrollo. Mientras tanto, ella lo abrazaba para reconfortarlo, inclinando su rostro hacia su cabello, pero había cierta rigidez en su actitud que lo hizo pensar que aún esperaba una respuesta. Finalmente le dijo:
       —Quiero tener hijos. No podré esperar mucho.
       Jimmie abrazó con fuerza su cintura, al tiempo que pensaba: No se me había ocurrido; se debía a que ya tenía dos hijos propios. Entonces pensó: Tiene razón. Debería tener hijos. ¿Recuerdas cómo se conmovió cuando ocurrió aquello de la niña durante el bombardeo? Las mujeres necesitan tener hijos. Pensó en ella con un hijo suyo, y se sintió muy orgulloso. Se dio cuenta de que él estaría encantado si ella se quedara embarazada, y se sintió más confundido. Rose le dijo:
       —Pídeselo de nuevo, Jimmie. Haz que se divorcie de ti. Sé que las mujeres se vuelven rencorosas respecto al divorcio, pero si le hablas con delicadeza…
       Él prometió que lo haría, con un tono que infundía consideración.
       —¿Lo harás esta noche? —insistió ella.
       —Pues… —El hecho era que no pensaba ir a su casa esa noche. Quería tener la noche libre, para él: ir al bar, encontrarse con algunos de sus compañeros, quizá incluso trabajar durante una hora o más.
       —¿No pensabas ir a tu casa esta noche? —le preguntó, incrédula, al ver la expresión de su rostro.
       —No, ya te lo he dicho, quiero trabajar un poco. Quiero aprobar ese examen, Rosie. Sé que puedo si me esfuerzo un poco. Y entonces estaré cualificado. Hoy día, no soy ni una cosa ni la otra.
       Ella asintió con un suspiro, y luego le suplicó:
       —Ve a casa mañana y pídeselo.
       —Pero mañana quiero venir a verte, Rosie, ¿no me quieres?
       Ella suspiró otra vez, sin darse cuenta, y sonrió.
       —No eres más que un niño, Jimmie.
       Él comenzó a insistirle con ternura:
       —Ven Rosie, vamos, sé buena, dame un beso.
       Sentía que le era imprescindible hacer que se sintiera relajada, cómoda y tierna de nuevo, antes de poderse marchar y dejarla con la mente en paz. Y así la dejó; aunque no por completo. Una línea de preocupación surcaba su frente y el rictus de su boca era serio y triste. Oh, al diablo con ello, pensó, justo antes de irse. Al diablo con todos.
       A la noche siguiente, regresó a Rose inquieto. Había bebido hasta sentirse feliz y afable, había coqueteado un poco con Pearl, había hablado con sarcasmo acerca de las mujeres y el matrimonio, y por último, había ido a dormir a su casa. Había tomado el desayuno junto a su familia, evitado la mirada irónica de su mujer, y se había ido a trabajar con una resaca terrible. En la fábrica, como era habitual, se concentró en sus tareas. Era una fábrica pequeña que producía instrumentos de precisión. Estaba altamente capacitado, pero en cuanto a su jerarquía era un obrero más. Sabía muy bien, desde hacía ya mucho tiempo, que con un pequeño esfuerzo podría fácilmente aprobar un examen que lo ascendería a la clase media, en lo que a dinero se refería. Y era el dinero lo que le importaba, no el aspecto social. Durante años, su mujer le había insistido para que progresara, y él siempre había respondido con impaciencia, dado que para ella lo que importaba era superar a los vecinos. Despreciaba esa actitud. Pero ella tenía razón aunque se equivocaba en los motivos. Era cuestión de dedicar las noches de todo un año al estudio. ¿Y qué era un año en la vida de uno? Nada. Y los exámenes siempre le habían resultado sencillos. Ese día, en la fábrica, había decidido decirle a Rose que no lo vería tan a menudo en el futuro. Se maldijo airado, al tiempo que concluyó que ella debía comprender que un hombre tiene una obligación para consigo. Tenía apenas cuarenta años, al fin y al cabo… Y sin embargo, incluso mientras se hablaba con firmeza a sí mismo y a la imaginaria Rose, tuvo una imagen mental del escritorio que le había comprado y que permanecía sin usar en la sala del apartamento. “Bueno, ¿quién te impide trabajar?”, le preguntaría Rose, confundida. Confundida y con razón, además. Pero no podía trabajar en aquel apartamento, lo sabía; aun cuando durante los dos meses anteriores a conocer a Rose había estado trabajando con constancia por las noches. Aquel día maldecía al destino que lo había unido a Rose; pero por la noche se dirigía a toda prisa hacia ella, como si algo terrible pudiera ocurrir de no llegar a la hora de la cena. Esperaba que ella lo recibiera fría y distante, pero en cambio se arrojó en sus brazos como si hubiera estado fuera de casa durante semanas.
       —Te he echado de menos —le dijo ella, aferrándose a él—. Me he sentido muy sola sin ti.
       —Solo ha sido una noche —contestó él cortésmente, tras recobrar el tono resuelto.
       —La semana pasada te fuiste dos noches —se lamentó Rose.
       De pronto se sintió molesto.
       —No sabía que llevaras la cuenta —replicó, e intentó sonreír.
       Ella se sintió avergonzada por lo que había dicho.
       —Es que, simplemente, me siento sola —le dijo, al tiempo que lo besaba con una sensación de culpa—. Después de todo…
       —¿Después de todo qué? —La voz de él era enérgica.
       —Es muy distinto para ti —dijo Rose en su defensa—. Tienes… otras cosas. —En este punto evadió su mirada—. En cambio yo voy a trabajar, y luego regreso a casa y te espero. Solo puedo esperarte a ti. —Hablaba rápido, como si temiera incomodarlo, y luego rodeó su cuello con los brazos, lo besó con insistencia y le dijo—: Te he preparado algo que sé que te gusta; ¿puedes olerlo?
       Y era la afectuosa y cálida mujer que él deseaba que fuera. Más tarde comentó:
       —Escucha, Rosie, tengo algo que decirte. El examen aquel… debo comenzar a prepararlo.
       Ella intervino de inmediato, alegremente:
       —Pero ya te lo he dicho, puedes trabajar aquí en el escritorio y yo coseré mientras trabajas y todo será encantador.
       La idea parecía agradarle a ella, pero el corazón de él se estremeció al oírla. Le pareció un insulto a su romántico amor que a ella no le molestara que se quedara trabajando, que sugiriese una prosaica costura; como una mera esposa. Pasó las siguientes noches con ella, enamorado como la primera vez, abocado a ella. Y se sintió herido cuando sugirió apurada, ya que temía un desaire:
       —Si quieres trabajar esta noche, Jimmie, no me molesta.
       Él respondió a carcajadas:
       —Oh, al diablo con el trabajo, tú eres la única ocupación que deseo tener.
       Rose se sintió halagada, pero la línea de preocupación estaba profundamente marcada sobre su frente. Unos quince días después de que se mencionara a su esposa por primera vez, Rose inquirió con delicadeza:
       —¿Le has hablado del divorcio?
       Jimmie se volvió, y le dijo, evasivo:
       —Ahora ni siquiera me escucharía.
       No la estaba observando, pero podía sentir su mirada penetrante e inquisidora sobre él. Se sentía tan irritado que debía hacer un gran esfuerzo por controlarse. Por otra parte, se sentía culpable; no lograba comprender la irritación, y menos aún podía comprender aquella culpa. Pero de inmediato se puso alegre y su buen humor la contagió, y pronto se encontraron riendo tontamente a carcajadas como dos criaturas.
       —Eres simplemente convencional, eso eres —le dijo él, tomándole el pelo.
       —¿Convencional? —Rose saboreó la gran palabra con expresión de duda.
       —Las mujeres siempre quieren casarse. ¿Para qué quieres que nos casemos? ¿Acaso no somos felices? ¿No nos amamos el uno al otro? Casarse significaría simplemente echarlo todo a perder.
       Pero teorías como esta siempre confundían a Rose. Prefería considerar cada una por separado, con su expresión de perplejidad, y con cierto respeto hacia sus autores intelectuales. Y mientras las consideraba, la corriente de sus emociones corría constante y profunda, sin contacto alguno con las palabras. Desde el pozo de amor en que había caído, Rose murmuró con afecto:
       —Oh, tú solo hablas y hablas.
       —Los hombres son polígamos —dijo él con tono divertido—, es un hecho, lo dicen los científicos.
       —Entonces, ¿qué son las mujeres? —preguntó ella defendiendo su terreno.
       —No son polígamas.
       Rose consideró seriamente lo dicho, como era su estilo, y replicó, con tono de duda:
       —¿Sí?
       —Diablos —protestó él—. ¿Estás diciéndome que eres polígama?
       Pero Rose se sintió algo incómoda, y tomó distancia de él con una sonrisa. Era pedir demasiado que Rose relacionara una palabra como polígama consigo misma. Una palabra que tenía un tufo a los metomentodo, que eran, así lo sentía ella, sus principales enemigos. Se hizo un silencio.
       —Estás pensando en George —gritó Jimmie de pronto.
       —No estaba haciendo tal cosa —respondió ella indignada.
       A él le molestó su legítima indignación. Aborrecía que estuviera seria. En lo que a él concernía, simplemente le había hecho una broma, pensó.
       De repente, ella dijo:
       —¿Por qué siempre pareces enfadado cuando digo lo que pienso acerca de algo?
       Eso lo sorprendió. ¿Acaso él no decía siempre lo que pensaba?
       —No me enfado, Rosie, pero ¿por qué te tomas todo esto tan en serio?
       Ante estas palabras, ella permaneció callada, en la oscuridad. Jimmie podía ver cómo apartaba de él su pequeño rostro consternado, iluminado por la inhóspita luz que entraba por la ventana. La preocupación le parecía un reproche. Le gustaba cuando era aniñada y sensible.
       —¿No eres feliz conmigo, Rosie? —Sonaba desdichado.
       —¿Feliz? —dijo ella, evaluando el término. Entonces de pronto se echó a reír y exclamó—: A veces dices cosas tan graciosas que me haces reír.
       —No sé qué te hace gracia, no tienes sentido del humor, ese es tu problema.
       Pero en lugar de responder a su tono molesto, ella lo reconsideró y le dijo seriamente:
       —Pues bien que me río de algunas cosas, ¿o no? Eso es que debo de estar riéndome de algo. Mi padre solía decir que no tenía sentido del humor. Yo le respondía: “¿Cómo sabes que lo que me hace reír a mí no es tan gracioso como lo que te hacer reír a ti?”.
       Después de una pausa, Jimmie dijo con ironía:
       —Cuando te ríes es como si no estuvieras riendo en absoluto, es algo desagradable.
       —No comprendo lo que dices.
       —Te pregunto si eres feliz y te ríes. ¿Qué tiene de gracioso ser feliz?
       Ahora sí se sentía verdaderamente ofendido. Ella volvió a reflexionar, en lugar de responder —como seguramente él esperaba— con una carcajada o con alguna frase que le asegurara que la hacía realmente feliz.
       —Pues bien, me parece más que evidente —concluyó ella— que la gente que habla de felicidad e infelicidad, y grandes palabras; y eso que dices, que las mujeres son así, y los hombres son asá, polígamos y todo el resto, pues bien…
       —¿Pues bien? —preguntó él.
       —Pues bien, me parece gracioso —respondió ella sin demasiada convicción, porque no había podido dar con ninguna palabra para describir lo que sentía, aquella conciencia profunda de la peligrosidad y la tristeza de la vida. Bombas que caen sobre ancianos, camiones que matan personas y la guerra que seguía y seguía, y las noches en que él no iba se sentaba a llorar durante horas, sin saber por qué lloraba, mirando hacia abajo por la ventana las oscuras calles devastadas. Una ciudad oscurecida por la sombra de la guerra.
       Durante los primeros días de su amor, Jimmie había adorado las horas de conversación frívola, tierna, informal. Pero ahora ella estaba, al parecer, siempre seria. Y lo interrogaba sin cesar acerca de su vida, de su infancia.
       —¿Por qué quieres saberlo? —le preguntaba él, y se mostraba reacio a contestar.
       Y entonces ella se sentía herida.
       —Si quieres a alguien, deseas saber cosas de él, es lógico.
       Así que él solía darle respuestas simples a sus preguntas; hechos, no el espíritu, que era lo que ella quería.
       —¿Tu madre era buena contigo? —le preguntaba, ansiosa—. ¿Cocinaba bien?
       Quería que le hablara de lo que había sentido; pero él simplemente respondía: “Sí”. O bien: “Nada mal”.
       —¿Por qué no quieres hablarme de ti? —inquiría ella, perpleja.
       Le repetía que no le molestaba hablarle de él; pero que al mismo tiempo detestaba hacerlo. Le daba la sensación de que, en cuanto se produjera uno de esos prolongados y agradables silencios, en que bien podría dejarse llevar hacia un agradable sueño, entonces sobrevendrían las preguntas.
       —¿Por qué no te alistaste durante la guerra? —le preguntó ella en una ocasión.
       —Porque no me aceptaron, por eso.
       —Eres afortunado —respondió ella, impetuosa.
       —Todo lo contrario, lo intenté una y otra vez. Quería alistarme.
       Y luego, ante su obstinado silencio, él exclamaba:
       —Eres rara. Tienes ideas de todo tipo. Hablas como una pacifista; no es bueno en tiempos de guerra.
       —¡Pacifista! —gritó ella, enfadada—. ¿Por qué utilizas todas esas estúpidas palabras? No soy nada.
       —Deberías ser más prudente, Rosie, si vas por ahí diciendo cosas como esa, pensarán que estás en contra de la guerra, y te meterás en problemas.
       —Pues bien, estoy en contra de la guerra, nunca he dicho lo contrario.
       —Pero, Rosie…
       —Oh, cállate ya. Me das asco. Todos vosotros me dais asco. Todo el mundo habla y habla, y todos esos viejos y gordos mediocres en el Parlamento hablan y hablan, simplemente hablan, de modo que no pueden escuchar sus propios pensamientos. Nadie sabe nada y todos fingen saber. Déjame tranquila, no quiero oírte.
       Jimmie permaneció callado. No tenía nada que decirle a esta Rose. Era una extraña para él. Además, estaba desconcertado; era un charlatán al que le gustaba tomar frases de libros y periódicos y luego utilizarlas en juegos de palabras. Pero ella, que no podía valerse de palabras, que tenía una dificultad tan profunda para expresarse, tenía ideas propias y se aferraba a ellas. El hecho de que él pudiera utilizar las palabras con tanta fluidez era la causa de que ella intentara hacerse ciudadana de su país, porque le quería y porque sentía que en ella las palabras eran una carencia. Se sentaba junto a la ventana con los periódicos y los leía con empeño, línea por línea, tras haberse sobrepuesto al estremecimiento que le causaba el lenguaje de violencia y odio que inundaba sus páginas. Pero las noticias de la guerra, los eslóganes, simplemente la agotaban y la ponían nerviosa. Entonces se volcaba hacia algo más íntimo. “La guerra afecta al matrimonio”, leía. “La guerra destruye hogares.” Entonces dejaba el periódico y se sentaba con la mirada fija hacia el frente, con gesto perplejo. Aquel titular hablaba de ella, de Rose. Y una vez más volvería a leer la lista de divorcios; algún juez se pronunciaría: “Esa mujer sin escrúpulos acabó con un matrimonio feliz y…”. Volvió a apartar el periódico a un lado, frunció el entrecejo y se quedó pensando. Aquello hablaba de ella. Ella era una de esas malas mujeres. Era “la otra mujer”. Incluso podía ser que fuese eso tan terrible, la cómplice del demandado… Pero no se sentía así. Era absurdo. Entonces dejó de leer los periódicos, simplemente dejó de esforzarse por comprender.
       Tenía la sensación de que no estaba en el mismo nivel intelectual de Jimmie, de modo que, instintivamente, echó mano de sus armas femeninas; para alivio de él. Se sintió feliz de inmediato, y él se contagió enseguida de su buen humor. Ninguno de ellos mencionó a su esposa por un tiempo. Aquella fue su mejor época. Después del amor, tumbados en la oscuridad, hablaban de cualquier cosa, mientras contemplaban el cielo que cambiaba de humor con las nubes y la lluvia y la luz templada, y observaban los reflectores de luz.
       La guerra prácticamente había acabado y ellos hablaban como si ya estuviera terminada.
       —Si nos mataran ahora, no me importaría —dijo ella, seria, una noche en que los bombardeos eran intensos.
       —No van a matarnos, no pueden matarnos —señaló él.
       Sonaba como una simple constatación de los hechos: su amor y felicidad eran prueba suficiente contra cualquier otra cosa. Pero ella insistió, ansiosa:
       —Aunque nos mataran, no me importaría. No creo que pueda haber nada mejor que este momento.
       —Ah, Rosie, no seas siempre tan seria.
       No pasó mucho tiempo antes de que volvieran a discutir; porque ella era muy seria. Volvió a hacer preguntas sobre su pasado. Procuraba hallar la manera de descubrir por qué el ejército no lo había aceptado. Jamás se lo diría a ella. Hasta que una noche, con impaciencia, le dijo:
       —Pues bien, para que lo sepas, tengo una úlcera… Ah, por el amor de Dios, Rosie, no armes un escándalo, no soporto que me atosiguen —dijo, porque Rose había soltado un pequeño grito y ahora lo sujetaba con fuerza.
       —¿Por qué no me lo dijiste? No he estado cocinando la comida adecuada para ti.
       —Rose, no es para gritar de ese modo, no sigas.
       —Pero si tienes úlcera, debes alimentarte correctamente; es obvio.
       Y a la noche siguiente, cuando le sirvió un poco de pudin de leche, le dijo, ansiosa:
       —Esto no dañará tu estómago.
       Y entonces él se enfureció y le replicó:
       —Ya te lo he dicho, Rosie, no voy a permitir que me atosigues.
       El rostro de Rose era amable y obstinado, y replicó:
       —Pero no tiene sentido…
       —Por última vez, no voy a tolerarlo.
       Ella se apartó, con labios trémulos, y entonces él se acercó y le dijo, desesperado:
       —Bueno, no sufras, Rosie, sé que lo haces con cariño, pero no me gusta, por eso no te lo había dicho antes. ¿Me entiendes?
       Rose le hizo caso, con desgana, y él se descubrió a sí mismo pensando, enfadado: “Tengo dos esposas, no una…”. Ambos estaban desanimados y tristes, porque su felicidad era tan precaria que podía desvanecerse de un momento a otro por algo tan insignificante como una úlcera o un pudin de leche.
       Unos días después, Jimmie comió en absoluto silencio la cena que ella había preparado y luego le acometió el sarcasmo:
       —Bueno, Rosie, veo que has decidido complacerme.
       La comida había consistido en pescado cocido al vapor, pan horneado y té muy rebajado, todo lo que él aborrecía. Rose se mostró incómoda, pero replicó, obstinada:
       —He ido a ver a un amigo mío que es farmacéutico ahí en la esquina, y me ha dicho lo que debías comer.
       Jimmie se incorporó de manera involuntaria, con el rostro ensombrecido por la ira. Vaciló, y luego se marchó dando un portazo. Estuvo en el bar, de mal humor, bebiendo. Pearl se acercó y le dijo:
       —¿Qué te está consumiendo esta noche? —Hablaba con tono ligero, pero su mirada era comprensiva. La comprensión lo irritaba. Se sentía agobiado.
       —¡Mujeres! —Apoyó el vaso con fuerza y dio media vuelta para marcharse.
       —No te cuesta nada ser amable —dijo Pearl fríamente, y él respondió:
       —No te cuesta nada dejarme en paz.
       Fuera, vaciló unos instantes; se sentía culpable. Pearl había sido su amiga durante mucho tiempo, y sentía debilidad por él; además, sabía lo de su esposa y Rose, y jamás había hecho un solo comentario, parecía que no juzgaba a nadie. Era una buena chica, Pearl era… Regresó y le dijo, sin perder tiempo:
       —Discúlpame, Pearl, no era mi intención. —Sin esperar respuesta, volvió a salir, y en esta ocasión fue a su casa.
       La mujer a quien llamaba su esposa levantó la vista de la labor para mirarlo y le preguntó lacónica:
       —¿Qué quieres esta vez?
       —Nada. —Se sentó, cogió el periódico y fingió que leía, consciente de sus miradas. No eran miradas hostiles. Ya habían pasado por eso, y lo habían superado hacía tiempo, y el hecho de que a ella apenas pareciera interesarle Jimmie era un alivio después de la persistente curiosidad de Rose, que era como unos amorosos dedos blancos que lo estrangularan, pensó sin querer.
       —¿Quieres algo de comer? —dijo ella por fin.
       —¿Qué tienes? —preguntó él, cauteloso, mientras recordaba el desabrido pescado cocido y el pan horneado que le acababan de ofrecer.
       —Sírvete tú mismo —le respondió ella—. Y entonces se dirigió al armario del descansillo, cogió un plato y se sirvió pan, pepinillos en vinagre y queso, y regresó a la habitación donde se encontraba su esposa. Ella echó una mirada a su plato pero no hizo ningún comentario. Al cabo de un rato, Jimmie le preguntó con sarcasmo:
       —¿No vas a decirme que no debería comer pepinillos?
       —Me trae sin cuidado —le respondió de igual modo—. Si quieres suicidarte, con tu pan te lo comas.
       Al oírla, se echó a reír a carcajadas y ella rió también. Más tarde ella le preguntó:
       —¿Te quedas esta noche?
       —Si no es mucha molestia.
       Al oírlo, ella soltó una carcajada irónica, se incorporó y le dijo:
       —Bueno, me voy a la cama. No puedes quedarte en el sofá porque los niños han traído a un amigo y va a quedarse allí. Tendrás que poner una manta y un almohadón en el suelo.
       —Gracias —le dijo él, indiferente—. ¿Cómo están los niños? —le preguntó, como si acabara de caer en ello.
       —Bien, por si te interesa.
       —He preguntado, ¿o no? —le respondió él, sin acalorarse.
       Toda esta conversación había transcurrido con calma, con indiferencia, y el trasfondo era casi de amabilidad. Si alguien lo hubiera visto desde fuera, habría dicho que apenas se conocían el uno al otro. Cuando ella se marchó, él cogió una manta del cajón, se la enrolló alrededor de las piernas y se acomodó en una silla. Se había propuesto pensar en él y en Rose pero, en cambio, se quedó dormido al instante.
       Se marchó temprano, antes de que los demás se despertaran. Durante todo el día, en la fábrica, estuvo pensando en Rose: ¿Qué debo hacer con Rose? Después del trabajo, se dirigió instintivamente al bar. Pearl estaba de pie, en silencio, detrás de la barra y, por su actitud, ya no parecía disgustada con él como la noche anterior. Él se propuso beber solo un trago y marcharse, pero en cambio bebió tres. Le gustaba el humor vivaz de Pearl. Ella le contó que su muchacho estaba jugueteando con otra chica y agregó, como si apenas le importara:
       —Al fin y al cabo, hay muchos peces en el mar.
       —Así es —le dijo él con tono superficial.
       —Pues bien, todos tenemos nuestros problemas —dijo ella con un suspiro casi gracioso.
       —Sí, y para lo que valen… —En este punto sintió algo de culpa porque había estado pensando en Rose.
       Pearl le dedicó una mirada penetrante. Luego añadió:
       —No he dicho que él no valga la pena. Pero ahora la otra muchacha se lleva la mejor parte… —dijo con una sonrisa forzada.
       A Jimmie le agradaba esta filosofía vivaz, y no pudo evitar decirle:
       —Ha perdido la razón si te deja. —Miró con aprecio su corona de rizos de un rubio intenso, su cuerpo curvilíneo. Sus ojos brillaron y él se apresuró a darle las buenas noches y se marchó. No debía de confundirse con Pearl en estos momentos, pensaba.
       Eran las ocho pasadas. Normalmente llegaba a casa de Rose alrededor de las siete. Caminó despacio calle abajo, mientras pensaba qué le diría, y entró en el apartamento con la mente en blanco. Por algún motivo se sentía cansado. Rose había comido sola, había recogido la mesa y ahora estaba allí sentada, leyendo un periódico, con el entrecejo fruncido:
       —¿Qué estás leyendo? —le preguntó él, para romper el hielo de algún modo. Al mirar por encima del hombro de ella, observó que Rose había marcado una columna titulada: “El excedente de mujeres representa un problema para la Iglesia”. Se sorprendió.
       —Eso soy, un excedente —sentenció ella, y soltó esa repentina e imprevista carcajada.
       —¿Cuál es la gracia? —inquirió él, incómodo.
       —Tengo derecho a reírme si me place —replicó ella—. En cualquier caso, es mejor que llorar.
       —Oh, Rose —dijo él con impotencia—. Oh, Rose, basta ya…
       Ella rompió a llorar y se aferró a él. Pero la cuestión no terminaba aquí, y él lo sabía. Más tarde aquella noche, ella comentó:
       —Hay algo que quiero decirte…
       Y él pensó: Me las voy a cargar, sea lo que sea.
       —Anoche estuviste en tu casa, ¿no es así?
       —Sí —respondió él a la espera.
       Hubo una pausa, y luego ella le preguntó:
       —¿Qué dijo ella?
       —¿Sobre qué?
       De hecho, no lo comprendió de inmediato.
       —Jimmie —dijo ella, incrédula, en voz baja, y él le respondió:
       —Rosie, no vale la pena, ya te lo he dicho.
       Ella no contestó de inmediato, pero cuando lo hizo su voz denotaba una profunda amargura.
       —Bueno, ahora entiendo cómo están las cosas.
       —No entiendes nada —replicó él con sorna.
       —Pues bien, entonces, ¿por qué no me lo explicas?
       Jimmie permaneció en silencio. El silencio de Rose era como una pregunta insistente. De nuevo sintió que los dedos cálidos y suaves lo rodeaban. Se sintió asfixiado.
       —No hay nada que explicar, es solo que no puedo evitarlo.
       Se hizo una pausa y luego Rose dijo, con ese tono categórico y lacónico que él aborrecía:
       —¿Sí?
       Eso fue todo. Por el momento, al menos. Una semana más tarde, le dijo, tranquila:
       —He ido a ver a la abuela de Jill.
       El corazón de Jimmie vaciló y pensó: ¿Y ahora qué?
       —¿Y bien? —preguntó.
       —A George lo mataron el mes pasado. En Italia.
       Jimmie se sintió victorioso, luego dijo, con culpa:
       —Lo siento.
       Rose rechazó el comentario con un gesto y comentó:
       —Le he dicho a la abuela de Jill que quería adoptar a la niña.
       —Pero Rosie… —Luego vio su rostro y se acobardó.
       —Quiero niños —replicó enérgica. Jimmie bajó la mirada.
       —Su abuela no va a querer dejarla.
       —No estoy tan segura. Al principio dijo que no, pero luego lo consideró por unos momentos. Está envejeciendo: cumplirá ochenta el próximo año. Cree que quizá Jill estaría mejor conmigo.
       —¿Quieres tener a la niña aquí? —preguntó él con incredulidad.
       —¿Y por qué no?
       —Trabajas todo el día. —Ella permaneció en silencio, él la observaba, y poco a poco se fue sonrojando.
       —Escúchame un minuto —comenzó a decir Rose, con persuasión, en modo alguno con tono desagradable, aunque cada palabra lastimaba a Jimmie—. Amueblé este apartamento. Son mis muebles, mi dinero. Y todavía tengo cien libras en la caja postal por si sucediera algún imprevisto. Voy a necesitar ese dinero; ahora que la guerra ha terminado, no ganaremos tanto, por lo que sé. Hasta ahora, no he…
       Pero en este punto prevaleció la delicadeza instintiva de Rose, y no pudo continuar. Quería decirle que era ella quien pagaba la comida, quien corría con todos los gastos. Últimamente, incluso pagaba el alquiler. Una semana él se había excusado porque no tenía suficiente efectivo, y le pidió si podía hacerse cargo por esa vez; pero ahora se había convertido en algo habitual.
       —¿Quieres que te dé el dinero para que puedas quedarte aquí con la niña? —le preguntó, cauteloso.
       Rose se sonrojó de vergüenza.
       —No, no —se apresuró a replicar—. Escúchame. Si tan solo pudieras pagar el alquiler, eso sería suficiente. Podría conseguir un empleo de media jornada por las mañanas. Jill ya va a la escuela, y me las arreglaría de algún modo.
       Él digirió la cuestión en silencio. Estaba pensando, sin poder salir de su asombro: Quiere traer a la niña aquí, un niño siempre está en medio; eso significa que no puede amarme más. Dijo despacio:
       —Pues bien, Rosie, si eso es lo que deseas, entonces hazlo.
       El rostro de Rose se iluminó de felicidad y fue corriendo hacia él como en los viejos tiempos, y lo besó mientras exclamaba:
       —Oh, Jimmie; oh, Jimmie… —Él la tomó entre sus brazos, mientras pensaba con amargura que toda esa dicha no se debía a él, que lo único que le importaba era la niña. ¡Mujeres! Pero en lo más profundo de su mente había otros dos pensamientos. En primer lugar, no sabía de dónde iba a sacar el dinero para pagar el alquiler, a menos que aprobara pronto aquel examen; y en segundo lugar, las autoridades jamás permitirían que Rose se quedara con Jill.
       Al día siguiente, por la noche, Rose se mostró abatida.
       —¿Has visto a los funcionarios? —inquirió Jimmie, por fin.
       —Sí. —No se atrevía a mirarlo a los ojos. Miraba hacia abajo por la ventana, perpleja, con impotencia.
       —¿No han ido bien las cosas?
       —Han dicho que tengo que demostrar que soy una persona apta y apropiada. Yo les dije que lo era. Les dije que conozco a Jill desde que nació. Les dije que conocía a su madre y a su padre.
       —Eso es bastante cierto. —No podía evitar las intromisiones, estaba celoso.
       Ella lo miró con frialdad y exclamó:
       —No empieces con eso ahora. Les dije que su abuela era demasiado anciana, y que yo podría cuidar bien de Jill.
       —Bueno, ¿y entonces?
       Ella permaneció en silencio, y luego, retorciendo las manos sin percatarse, gritó:
       —No fueron amables, no fueron nada amables conmigo. Eran dos, un hombre y una mujer. Me preguntaron: “¿Cómo va a mantener a Jill?”. Les dije que conseguiría dinero. Respondieron que debía mostrarles documentación y tal… —A esas alturas, Rose lloraba en silencio, pero no se acercó a él. Se quedó junto a la ventana, de espaldas, excluyéndolo de su pena—. Me preguntaron cómo iba a cuidar de una niña una mujer que trabajaba, y entonces respondí que lo haría sin ningún problema, y luego me preguntaron si tenía marido…
       En ese momento apoyó la cabeza contra la pared, y sollozó con amargura. Tras una pausa, Jimmie dijo:
       —Bueno, Rosie, parece que no te convengo. Quizá deberías dejarme y buscarte un marido apropiado.
       Al oír estas palabras, Rose movió la cabeza hacia arriba, lo miró con asombro y exclamó:
       —¡Jimmie! ¿Cómo podría dejarte…?
       Él se acercó a ella, mientras pensaba, aliviado: Me ama más, al fin y al cabo. Quiso decir: más que a la niña.
       Parecía que Rose había aceptado su derrota. Durante unos días, habló apenada acerca de “aquellos metomentodo” del ayuntamiento. Incluso bromeaba, aunque del modo que a él le incomodaba.
       —Iré a verlos —dijo, con una sonrisa siniestra—. Iré y les diré: “No puedo evitar ser una mujer excedente. No me culpen, culpen a la guerra, no es mi culpa que insistan en matar a todos los hombres en sus estúpidas guerras…”.
       Y entonces se despertaron los celos en Jimmie, se tornaron insoportables, y concluyó:
       —Quieres a Jill más que a mí.
       Rose rió, asombrada, y dijo:
       —No seas niño, Jimmie.
       —Eso lo serás tú. Mira cómo insistes e insistes con esa niña. Es en lo único que piensas.
       —No tiene sentido que estés celoso de Jill.
       —¿Celoso? —replicó él, con malos modos—. ¿Quién dice que estoy celoso?
       —Pues si no lo estás, ¿qué es todo esto, entonces?
       —Oh, vete al diablo, vete al diablo —dijo él entre dientes, al tiempo que la rodeaba con sus brazos. En voz alta, exclamó—: Vamos, Rosie, nena, vamos, deja ya de comportarte así, vuelve a ser la de antes, ¿podrás?
       —Soy la de siempre —contestó ella con un tono paciente, correspondiendo a sus caricias con un suspiro.
       —Entonces eres la de siempre —dijo él con exasperación. Luego, haciendo un esfuerzo por no perder el control, intentó persuadirla—: Rosie, Rosie, ¿no me quieres un poquito…?
       La verdad era que se estaba obsesionando con el cambio de Rose. Pensaba en ella continuamente, en cómo había sido. Era como soñar con otra mujer, puesto que ahora estaba tan cambiada. En el trabajo, aun cuando estaba ocupado en alguna tarea que requería toda su atención, solía tener arranques, como aguijones, y entonces murmuraba: “Rose. ¡Oh, al diablo con ella!”. Recordaba con angustia cómo había atravesado a toda prisa la habitación para saludarlo, lo sensible que era, lo cariñosa. Pensaba en la paciente amabilidad que mostraba ahora, y tenía ganas de maldecir. Después del trabajo iba directamente al piso, y llegaba antes que ella. Las luces estaban apagadas, las habitaciones frías, como un recordatorio de cuánto había cambiado. Rose llegaba más tarde, cansada, cargada con bolsas, y lo encontraba sentado a la mesa, mirándola fijamente, con los ojos ensombrecidos por los celos.
       —Este lugar es tan frío como una bocacalle —decía él, enfadado.
       Ella lo miraba, suspiraba; y luego le decía, con razón:
       —Pero, Jimmie, ¿ves?, aquí es donde guardo los seis peniques para el gas, ¿por qué no enciendes el fuego?
       Entonces Jimmie se acercaba a ella, le sujetaba los brazos al besarla, y ella le decía:
       —Tan solo dame un minuto, Jimmie. Tengo que poner al fuego las patatas o no habrá cena.
       —¿No pueden esperar un minuto las patatas?
       —Suéltame los brazos, Jimmie.
       Él los sujetaba, de modo que ella se zafó cuidadosamente de la presión de su abrazo, y colocó las bolsas sobre la mesa. Luego se dio la vuelta para besarlo. Jimmie podía observar cómo ella dirigía una rápida mirada de preocupación hacia las cortinas, que no había descorrido, o al cubo de basura, que no estaba vacío.
       —No puedes ni besarme antes de terminar con las tareas domésticas —exclamó él, malhumorado—. Bueno, está bien, me avisas cuando tengas un momento libre y no te moleste que te bese.
       Al oír estas palabras, Rose replicó, con desgana pero paciente:
       —Jimmie, vengo a casa del trabajo y no hay nada preparado, y antes no solías llegar tan temprano.
       —Ahora te quejas porque vengo directamente aquí. Antes te quejabas porque hacía un alto en el camino para beber un trago en alguna parte.
       —Jamás me quejé.
       —Te fastidiaba, aunque no te quejaras.
       —Bueno, Jimmie —dijo Rose, tras una penosa pausa, al tiempo que pelaba las patatas—. Si yo fuera a beber un trago con un amigo, a ti tampoco te gustaría.
       —Supongo que te refieres a Pearl. De todos modos, es muy distinto.
       —¿Por qué es distinto? —preguntó ella, con razón—. No me gusta ir a un bar sola, pero si me gustara, no veo por qué no debería hacerlo, no veo por qué los hombres deben hacer una cosa y las mujeres otra.
       Estos repentinos arranques de feminismo siempre lo desconcertaban. Parecían no cuadrar con su personalidad. Dejó la cuestión de lado y dijo:
       —Estás celosa de Pearl, eso es lo que sucede.
       Quería que Rose se riera, por supuesto, o incluso que discutiera un poco, para arreglar el asunto a besos, pero Rose reflexionó a conciencia, y contestó:
       —No puedes evitar sentir celos si amas a alguien.
       —¡Pearl! —Y Jimmie soltó una risotada—. La conozco desde hace años. Por otro lado, ¿quién te lo ha dicho?
       —Siempre supones que nadie nota nunca nada —le respondió ella con tristeza—. Siempre te sorprendes.
       —Pues bien, ¿cómo lo has sabido?
       —La gente siempre cuenta cosas.
       —Y tú crees a la gente.
       Hubo una pausa. Luego dijo:
       —Oh, Jimmie. No quiero estar discutiendo todo el rato, no tiene ningún sentido.
       Esta triste debilidad lo satisfizo, y entonces pudo tomarla cariñosamente entre sus brazos.
       —Yo tampoco quiero discutir —musitó.
       Pero discutían constantemente. Al parecer, cada conversación estaba destinada a terminar hablando de Pearl o de George. O bien su ternura se convertía en un silencio cansino, y entonces él veía cómo ella apartaba en silencio la mirada, sumida en sus pensamientos.
       —¿Por qué estás ahora tan seria, Rosie?
       —Estaba pensando en Jill. Su abuela es demasiado anciana. Jill se queda todo el día encerrada en esa cocina; piénsalo por un momento, esos viejos metomentodo dicen que no soy una persona apta y apropiada para Jill, pero al menos la llevaría de paseo los domingos…
       —Quieres a Jill por George —acababa diciendo Jimmie, mientras la sujetaba con tanta firmeza que ella debía esforzarse por liberar los brazos.
       —Oh, basta ya, Jimmie, ya basta.
       —Bueno, es la verdad.
       —Si así quieres creerlo, no voy a impedírtelo. —Y entonces sobrevenía el silencio del más completo distanciamiento.
       Al cabo de unas semanas, Jimmie regresó al bar una noche.
       —Buenas, desconocido —lo saludó Pearl. Sus ojos brillaban, como dándole la bienvenida.
       —He estado muy ocupado, aquí y allá —respondió él.
       —Seguro —replicó Pearl, irónica, al tiempo que le dedicaba una mirada desafiante.
       No podía resistirlo.
       —Mujeres —dijo Jimmie—, mujeres. —Y bebió un gran sorbo del vaso.
       —A mí no me hables de ese modo —dijo ella, y soltó una pequeña carcajada—. Mi novio acaba de casarse. Ni siquiera me ha enviado una invitación de boda.
       —No sabe lo que le conviene.
       Los grandes ojos azules de Pearl recorrieron la estancia y le dirigieron una mirada oblicua antes de bajar la vista hacia los vasos que estaba enjuagando.
       —Quizá hay otros que tampoco lo saben —dijo.
       Jimmie vaciló y comentó:
       —A lo mejor sí, a lo mejor no. —Se contuvo por precaución. Sin embargo, habían estado coqueteando alegremente durante mucho tiempo, de muy buen grado.
       Esta nueva duda era peligrosa en sí misma, y confería profundidad a sus conversaciones informales. Pensó: Cuidado, Jimmie, muchacho, te meterás en un lío otra vez si no andas con cuidado. Llegó a la conclusión de que debía ir a otro bar. Y sin embargo, regresaba cada noche, debido a que esperaba ansioso el momento en que llegaba y de pie, junto a la puerta, ella lo veía y sus ojos lo miraban con cariño, al tiempo que le decía de pasada:
       —Hola, buen mozo, ¿en qué lío te has metido hoy?
       Adquirió la costumbre de quedarse una hora o más, en lugar de la media hora habitual. Se apoyaba cómodamente en la barra, con el cuello de la chaqueta hacia arriba, alrededor del rostro, mientras sus ojos grises se posaban con admiración en Pearl. En ocasiones, ella se cohibía y exclamaba:
       —Tus ojos necesitan un descanso.
       Y él respondía, amigablemente:
       —Si no quieres que la gente te mire, será mejor que te compres otro suéter.
       Jimmie solía pensar, con cierta carga de infidelidad: ¿Por qué Rosie no se compra uno como ese? Pero Rose siempre vestía una falda, lisa y oscura, y llevaba blusas impecables, cerradas a la altura del cuello con un broche.
       Un rato después subía las escaleras hacia el piso, mientras pensaba, ansioso: ¿Se comportará hoy como solía hacerlo antes? Entonces abría la puerta, expectante, mientras pensaba: Quizá sonría al verme y venga corriendo hacia mí…
       Pero ella estaba en la cocina, o sentada a la mesa, esperando, y lo recibía con aquella sonrisa cansada y paciente, antes de servir la cena. Su desilusión hacía que su ánimo se desmoronara, pero se instaba a decir:
       —Perdón por llegar tarde, Rosie. —Se preparaba para recibir un reproche, pero nunca llegaba, a pesar de que ella lo buscaba ansiosa con la mirada, para luego bajar la vista, como si temiera que él pudiera descubrir el reproche en sus ojos.
       —No pasa nada —respondía ella, cuidadosa, mientras servía la comida y apartaba la silla para que se sentara.
       Él no podía evitar dejar de observarla, para ver si todavía “fastidiaba” con la comida. Pero ella se molestaba en disimular las precauciones que tomaba para alimentarlo de manera adecuada. En ocasiones, él tanteaba, con sarcasmo:
       —Supongo que tu amigo el farmacéutico ha dicho que los guisantes son buenos para la úlcera. ¿Qué tal un poco de cebolla frita, Rosie?
       —Te prepararé un poco mañana —respondía ella. Y desviaba la mirada, como resignada, cada vez que él cogía el bote de mostaza y vertía una buena cantidad sobre el pescado.
       —Solo se vive una vez —aclaraba él, jocoso.
       —Así es —decía ella, y luego, con tono resuelto—: Al fin y el cabo, es tu estómago.
       —Eso lo que yo siempre digo. —A sí mismo se decía: Podría ser mi maldita esposa. Porque su esposa acabó por decirle: “Es tu estómago, si quieres morir en apenas diez años o menos…”.
       Por las noches, si sufría terribles ataques de dolor después de un plato repleto de cebolla frita o de patatas fritas con salsa de tomate, se tumbaba quieto junto a Rose, disimulando, como lo había hecho con su esposa. ¡Mujeres que fastidian! ¡Mujeres fastidiosas!
       Jimmie se preguntaba constantemente por qué no acababa con la relación. Una decena de veces se había dicho a sí mismo: Ya es suficiente, no vale la pena, de todos modos no me quiere. Sin embargo, por las noches regresaba al bar, coqueteaba, vacilante, con Pearl, hasta que llegaba el momento en que no podía retrasarse más. Y de nuevo volvía —como si se sintiera arrastrado— junto a Rose. No podía comprenderlo. Se estaba comportando mal. Y no podía evitarlo; debería estar estudiando para su examen, pero no podía estudiar; sería tan fácil hacer feliz a Rose, pero no podía dar el paso decisivo; debía resolver no ir junto a Pearl por las tardes , pero no podía mantenerse alejado. ¿Qué era todo ese asunto? ¿Por qué la gente simplemente seguía haciendo las cosas, como si los arrastraran contra su voluntad, incluso en contra de aquello que disfrutaban?
       Un sábado por la noche, Rose dijo:
       —Mañana no estaré.
       Jimmie la cogió de la mano y le preguntó:
       —¿Por qué? ¿Adónde vas?
       —Voy a llevar a Jill de paseo y luego cenaré con su abuela.
       Jimmie respiraba agitado, con los labios apretados, y señaló:
       —Se acabó el tiempo para mí, ¿eh?
       —Oh, Jimmie, sé razonable.
       A la mañana siguiente, Jimmie se quedó en la cama y la observó mientras se vestía para irse. Rose estaba sonriente, con el rostro distendido, plácido. Lo besó como para reconfortarlo antes de irse y le dijo:
       —Será solo los domingos, Jimmie.
       Por la noche, Jimmie fue al bar. Era la noche libre de Pearl. Había pensado en invitarla al cine, pero no sabía dónde vivía. Se dirigió a su casa. Los niños ya estaban acostados y su esposa se había ido a ver a una vecina. Jimmie tenía la sensación de que todos lo habían decepcionado. Finalmente regresó al piso y esperó a que Rose llegara. Cuando regresó, se sentó tranquilo, con una ligera sonrisa de enfado en el rostro, mientras ella hablaba animada de Jill. Ya en la cama, le dio la espalda y permaneció tumbado observando la luz gris que se filtraba por la ventana. No podía continuar así, pensó, ¿qué sentido tenía? Y sin embargo, regresaba cada noche, como de costumbre.
       Al domingo siguiente, Rose le pidió que la acompañara a ver a Jill.
       —¡Qué diablos! —exclamó él, indignado.
       Ella se sintió herida.
       —¿Por qué no, Jimmie? Es tan dulce. Es una niña tan buena. Tiene largos rizos dorados.
       —Supongo que George también tenía largos rizos dorados —replicó él con ironía.
       Lo miró con indiferencia, se encogió de hombros, y no dijo nada más. Cuando Rose se marchó, Jimmie se dirigió a casa de Pearl —había pedido la dirección— y la llevó al cine. Tuvieron cuidado y deferencia el uno con el otro. Ella lo observaba a escondidas: el rostro de él estaba tenso, denotaba preocupación; estaba pensando en Rose con aquella maldita mocosa ¡Era feliz con Jill cuando a él ni siquiera podía dedicarle una sonrisa! Cuando se despidió de Pearl aquella noche, ella le dijo, alargando las palabras:
       —¿Sabes al menos cómo se titulaba la película?
       Jimmie soltó una carcajada, incómodo, y respondió:
       —Lo siento, Pearl, es que estaba pensando en mis cosas.
       —Gracias por la información.
       Pero no pretendía mostrarse hostil; sonaba simpática. Jimmie le agradeció su comprensión. La besó en la mejilla con premura y le dijo:
       —Eres una buena chica, Pearl.
       Ella se sonrojó y rápidamente le rodeó el cuello con los brazos y lo besó otra vez. Más tarde, él pensó, incómodo: Podría tenerla con solo mover un dedo.
       En casa, Rose se mostró cautelosa con él, y no mencionó a Jill hasta que él lo hizo. Rose le temía. Él lo notaba y en parte lo enloquecía, lo frustraba. ¡Cualquiera pensaría que la maltrataba!
       —¡Hablando claro, Rose! —exclamó—: ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué no puedes ser amable conmigo?
       Al oír estas palabras, Rose suspiró e inquirió con tono cansino y seco:
       —Supongo que Pearl es amable contigo.
       —Diablos, Rosie, tengo que hacer algo cuando no estás.
       —Te pedí que vinieras conmigo, ¿no es cierto?
       Se encontraban al borde de una crisis, y ambos lo sabían, y durante unos días se trataron como extraños, por temor a una explosión. Apenas permitían que sus miradas se cruzaran.
       El sábado siguiente, por la noche, Rose preguntó:
       —¿Has quedado con Pearl mañana?
       Jimmie iba a negarlo, pero ella prosiguió, implacable:
       —Las cosas no pueden continuar así, Jimmie.
       Él se quedó callado, y entonces ella preguntó de repente:
       —Jimmie, ¿alguna vez le pediste a tu mujer el divorcio realmente?
       Él estalló:
       —Diablos, Rosie, ¿vas a volver con ese asunto ahora?
       —Supongo que piensas que no es asunto mío y que soy una metomentodo —dijo ella, y se echó a reír con ese humor suyo, imprevisible y siniestro.
       Por la mañana, Rose se marchó a ver a Jill, sin decirle ni una palabra más a Jimmie. En cuanto a él, fue a ver a Pearl. La muchacha fue amable con él.
       —Si no te apetece ir al cine, no tienes que llevarme —le comentó, comprensiva.
       Entonces fueron a un café y él le dijo, de pronto:
       —Sabes Pearl, no vale la pena estar conmigo, las mujeres creen que soy veneno cuando me conocen mejor. —Sonreía con crueldad, nervioso, y tenía las manos apretadas. Ella se acercó, le tomó una y dijo:
       —Me corresponde a mí decidir lo que deseo, ¿no es así?
       —No digas que no te lo advertí —respondió él sin pensar, y la abrazó, con la sensación de que, con su comentario, ya se había librado de toda responsabilidad para con Pearl. Pensaba en Rose; ya debía de haber llegado a casa. Pues bien, le daría una lección cuando no lo encontrara allí.
       Ella simplemente lo daba por sentado, y eso era un hecho. Pero al cabo de cinco minutos de inquietud, le dijo a Pearl:
       —Será mejor que me vaya.
       Cuando dejó a Pearl, ella le confesó:
       —Te quiero, Jimmie, no lo olvides, haría lo que fuera por ti, lo que fuera…
       Pearl corrió hacia su casa, y él observó que lloraba. En cualquier caso, me quiere, se dijo, y pensó en Rose con irritación. Subió despacio las escaleras largas y oscuras. Estaba muy cansado, una vez más. Debo descansar un poco, pensó vagamente, esto no puede continuar así, esto acaba con cualquier hombre, me iré directamente a la cama.
       Pero al abrir la puerta, había luz; Rose ya estaba en casa, sentada a la mesa. Aún llevaba su mejor ropa: un impecable traje gris, blusa blanca y un broche; y su cabello lucía recién peinado. Su rostro, sin embargo, lo inquietaba: parecía tenso, los labios apretados, la expresión decidida, incluso triunfal. ¿Qué sucede?, pensó.
       —No te acuestes todavía —le dijo, pues se estaba quitando los zapatos y la chaqueta—. Hay algo que debemos hacer.
       —Espero que se trate de algo importante —respondió él—. No me aguanto en pie.
       —Por una vez, sería mejor que lo hicieras. —Este tono cruel era nuevo en Rose, y sorprendente.
       —¿Qué sucede?
       —Lo verás en un minuto.
       Estuvo a punto de ignorarla e irse a acostar; pero al fin transigió, colocó las almohadas contra la pared y se recostó en ellas.
       —Despiértame cuando el misterio esté resuelto —le dijo, y se quedó dormido al instante.
       Rose permaneció sentada a la mesa, tensa, contemplando la puerta y escuchando. El día anterior había tomado una decisión. O, mejor dicho, habían tomado una decisión por ella. Se le había metido en la cabeza: ¿Por qué no escribir y preguntar? Ella sabrá…
       Al principio, la idea le había impactado. Era algo terrible, contrario a lo que sentía que era la manera correcta de comportarse.
       Y no obstante, desde el momento en que se le metió en la cabeza, la idea cobró fuerza hasta que le fue imposible pensar en cualquier otra cosa. Finalmente se sentó a escribir:

Querida señora Pearson:
     Le escribo acerca de una cuestión que nos atañe a las dos, y espero que no se lo tome a mal, porque no es mi intención. Me llamo Rose Johnson y su esposo me ha estado cortejando desde dos años antes de que acabara la guerra. Él dice que viven separados y que usted no piensa concederle el divorcio. Deseo que todo se haga de manera correcta y apropiada, y he estado pensando que, quizá, si tenemos una pequeña conversación, todo se podría arreglar. Si cuento con su aprobación, Jimmie estará en casa mañana por la noche, alrededor de las diez, y los tres podríamos hablarlo. Créame que no es mi intención ofenderla o crearle inconveniente alguno.


      Ella misma había llevado la misiva hasta la casa, y la había deslizado por la boca del buzón. Pero luego no podía irse. Caminó arriba y abajo por la calle, sintiéndose culpable, con la mirada fija en las ventanas. Era allí donde ella vivía. Su corazón estaba tan cargado de un amor celoso que hasta los pies le pesaban. Allí era donde Jimmie había vivido con ella. Era allí donde vivían sus hijos. Esperaba poder verlos de reojo, y observaba curiosa a algunos niños que jugaban en la calle, intentando descubrir los ojos, los rasgos de él en sus rostros. Había un niño pequeño y ella pensó que podría ser su hijo, y se descubrió a sí misma sonriéndole, con los ojos anegados en lágrimas. Luego, por fin, se alejó de la casa y pensó: Ojalá todo llegue pronto a su fin, no puedo soportarlo más, no puedo soportarlo…
       Se oyeron pasos, Rose se incorporó con la intención de abrir la puerta, pero los pasos se alejaron. Más tarde, cuando ya casi había perdido las esperanzas, se oyeron pasos de nuevo y se detuvieron justo delante de la puerta. Ahora sí había llegado el momento. Rose estaba acobardada por la ansiedad y apenas podía caminar. Pensó: No debo despertar a Jimmie, está muy cansado. Abrió la puerta con un instintivo gesto de advertencia hacia el hombre dormido. La señora Pearson lo miró, esbozó una sonrisa de labios apretados, y entró, con un fuerte taconeo de sus zapatos. Rose se había figurado varias imágenes de esta envidiada mujer, la esposa de Jimmie. Por alguna razón, la había imaginado rubia, frágil, bonita; algo así como Pearl, a quien había visto por la calle una vez. Pero no era en absoluto como la había imaginado. Era una mujer grande, robusta, bien plantada. Su rostro era cuadrado y afable, sus ojos castaños, serenos y directos. Tenía el cabello oscuro, entrecano, ondulado, demasiado estirado para sus rasgos contundentes.
       —Bueno —dijo con tono resuelto, y con un movimiento de cabeza hacia Rose, agregó—: El prisionero duerme antes de su ejecución.
       —Oh, no. —Rose tomó aire, consternada—: No es lo que piensa, en absoluto.
       La señora Pearson la miró con curiosidad, se encogió de hombros, y apoyó el bolso sobre la mesa.
       —Gracias por la carta —le dijo—. Ya era hora de que se enterara.
       —¿Enterarme de qué? —se apresuró a preguntar Rose.
       Jimmie se dio la vuelta, miró confundido a las mujeres, y se puso en pie de repente.
       —¿Qué diablos sucede? —preguntó sin pensar. Y luego añadió, muy enfadado—: ¿Qué narices haces aquí?
       —Ella me pidió que viniera —respondió su esposa, tranquila, y se sentó—. Ven y siéntate, y hablemos del tema.
       Jimmie estaba desconcertado. Luego también él se encogió de hombros, encendió un cigarrillo y se acercó a la mesa.
       —Está bien, acabemos con todo esto —dijo recobrando el tono resuelto. Miró a Rose con incredulidad. Era capaz de hacerle algo así, pensó, de herirlo hasta la médula… Y dice que me que quiere… Estaba muy enfadado con Rose, enfadado con su esposa… Pues bien, dejemos que hagan lo que les plazca.
       —Ahora escucha, Jimmie —dijo su esposa, con sensatez, como si se dirigiera a un niño—. Al parecer has estado diciendo unas cuantas mentiras a esta pobre niña. —Jimmie se sentó, rígido, y se quedó en silencio. Ella aguardó unos instantes, luego prosiguió, dirigiéndose a Rose—: Esta es la verdad. Hemos estado casados durante diez años. Tenemos dos hijos. Al principio éramos felices; bueno, nada fuera de lo común hasta aquí. Luego se hartó. Tampoco es nada fuera de lo común. En cualquier caso, no es un hombre que pueda acostumbrarse a nada. Yo era infeliz, y luego me acostumbré a ello. Pensaba: Bueno, no podemos cambiar lo que está en nuestra naturaleza. Jimmie no pretende hacer daño, simplemente se deja llevar. Luego empezó la guerra y ya sabe cómo sucedieron las cosas. Yo trabajaba por las noches, y él también, y había una muchacha en la fábrica donde él trabajaba, y tuvieron una aventura. —Hizo una pausa, y miró a Jimmie como el juez que preside un tribunal, pero él no dijo nada. Fumaba y había bajado la vista y miraba la mesa, con una pequeña sonrisa nerviosa—. Me harté y le dije que lo mejor era que nos separáramos. Luego regresó corriendo y dijo que no volvería a suceder, que en realidad no quería el divorcio. —Jimmie hizo un gesto, abrió la boca para decir algo, luego volvió a cerrarla—. ¿Qué ibas a decir? —inquirió su esposa, amablemente.
       —Nada. Continúa, diviértete.
       —¿Acaso no es verdad?
       Él se encogió de hombros, ella esperó unos instantes, y luego continuó:
       —Todo fue bien durante un mes, más o menos. Y luego volvió a ver a esa muchacha…
       —¿Pearl? —preguntó Rose de pronto.
       Jimmie resopló con escarnio:
       —Pearl, no puedes pensar en otra cosa.
       —¿Quién es Pearl? —preguntó la señora Pearson con interés—. De esa no estaba enterada.
       —No se preocupe —dijo Rose—. Continúe.
       —Pero ya había tenido bastante. Dije: o ella o yo. —Se dirigió a Rose, excluyendo a Jimmie, y sentenció—: Si hay algo que no puede hacer es tomar una decisión con respecto a nada.
       —Sí —asintió Rose, sin querer. Luego se sonrojó y miró a Jimmie con remordimientos.
       —Seguid, disfrutad —dijo él con sarcasmo.
       —Nosotras no hemos estado disfrutando, tú lo has hecho.
       —Eso es lo que tú crees.
       —Oh, haz lo que quieras. Siempre lo haces. Pero ahora estoy hablando con Rose. Cuando le dije “o ella o yo”, se inquietó mucho. El problema era que nos quería a las dos. Los hombres son bígamos por naturaleza, argumentaba él.
       —Sí —asintió al instante Rose, una vez más.
       —Oh, hablando claro, ¿no podéis por una vez aceptar una broma? Era una broma. ¿Qué pensabais, que deseaba estar casado con dos mujeres a la vez? Con una es suficiente.
       —Has estado casado con dos mujeres a la vez —sentenció su esposa, categórica—, te guste o no. O como si lo hubieras estado.
       Las dos mujeres se miraban la una a la otra con una sonrisa forzada. Jimmie les echó un vistazo, se puso en pie y se dirigió a la ventana.
       —Avisadme cuando acabéis —les dijo.
       Rose se dirigió hacia él con un gesto impulsivo.
       —Oh, siéntiese, su problema es que es demasiado suave con él. Yo también lo era.
       Desde la ventana, Jimmie dijo:
       —Suave como el hormigón. —Le hizo un gesto a Rose señalando a su esposa—: Basta con que la mires y verás lo suave que es.
       Rose la miró, se sonrojó y replicó:
       —Jimmie, yo no pretendía ser desagradable contigo.
       —¿Ah, no? Pues ha sido despectivo.
       —Bueno —intervino la señora Pearson en voz alta, interrumpiendo el diálogo—, acabó por superarme y me divorcié.
       Rose contuvo la respiración. Su mirada denotaba desesperación.
       —¿Están divorciados? —Miró a Jimmie con asombro, a la espera de que lo negara todo, pero él permanecía de espaldas a ella—. Jimmie, no es verdad, ¿o sí?
       La señora Pearson le dijo con áspera amabilidad:
       —No se ofenda, Rose. Ya era hora de que supiera cómo son las cosas. Nos divorciamos hace tres años. Yo me quedé con los niños, y se supone que él debería pagarme dos libras a la semana por la manutención. Pero si la otra chica pensaba que él se casaría con ella, cometió un error. No dejó de cortejarme durante tres años, y luego decidí ponerme firme. Dijo que no podía vivir sin mí, pero en el registro civil tenía el aspecto de un hombre a punto de ser ejecutado.
       Jimmie exclamó, furioso:
       —Si quieres saber la verdad, no quería casarse conmigo, se casó con otro.
       —Supongo que entró en razón, eso espero. Jamás le dijiste que estabas casado y descubrirlo debió de dolerle.
       —Continúe —dijo Rose—, quiero oír cómo acabó la historia.
       —Esa es la cuestión, no ha terminado. Después del divorcio, Jimmie entraba y salía como si aún estuviera en su casa. Oye, solía decirle, creí que estábamos divorciados. Pero si no tenía un sitio donde dormir, o si necesitaba algún lugar donde leer, o si su úlcera empeoraba venía a casa para comer o para usar el sofá. Y aún lo hace —concluyó.
       A estas alturas, Rose estaba llorando.
       —¿Por qué me mentiste, Jimmie? —imploró, al tiempo que contemplaba su impenetrable espalda—. ¿Por qué? A mí no tenías por qué mentirme.
       Jimmie dijo con profunda tristeza:
       —¿De qué serviría, Rosie? Debía pagarle dos libras a la semana. No podía hacer eso y, además, darte un hogar adecuado.
       Rose hizo una especie de gesto de impotencia y se sentó en silencio, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. La señora Pearson la observaba con cierta amabilidad.
       —¿Qué sentido tiene llorar? —inquirió—. No se lo merece. ¡Y dice usted que ya tiene otra mujer! ¿Quién es esa Pearl?
       —La lleva al cine y ella quiere casarse con él —explicó Rose.
       —¿Cómo diablos lo sabes? —preguntó Jimmie, dándose la vuelta y encarándolas, por fin.
       Rose lo miró implorante y dijo suavemente:
       —Pero, Jimmie, todo el mundo lo sabe.
       —Supongo que has estado hablando con Pearl —dijo él con desprecio.
       —Claro que no. —Rose se quedó estupefacta—. Jamás haría tal cosa. Pero todo el mundo lo sabe.
       —¿Quién es todo el mundo esta vez?
       —Bueno, pues por ejemplo mi amiga de la tienda de la esquina, que me guarda una porción extra cuando hay bizcochos o algo que sobra. Me contó que Pearl estaba loca por ti y dijo que la gente comentaba que te ibas a casar con ella.
       —Jesús —dijo él, simplemente, y se sentó en la cama—. Mujeres.
       —Tal cual, él es así —comentó la señora Pearson con tono seco—. Cree que es el hombre invisible. Puede seguir con lo suyo a plena luz del día y nadie lo descubrirá. Y siempre se sorprende cuando lo descubren. Estuvo saliendo con aquella otra muchacha durante meses, y toda la fábrica lo sabía, pero cuando se lo mencioné, pensó que había contratado a un detective privado para que lo siguiera.
       —Bueno —dijo Rose finalmente con impotencia—. No sé, realmente no sé.
       La señora Pearson volvió a decirle con aquella áspera amabilidad:
       —Ya, no se preocupe demasiado, Rosie. Está bien al margen de este asunto, créame.
       Los labios de Rose temblaron de nuevo. La señora Pearson se levantó, se sentó junto a Rose y le dio una palmadita en los hombros.
       —Ya está, ya está —la consolaba, mientras le dirigía a su marido una mirada implacable por encima de la cabeza de Rose. Jimmie estaba sentado al borde de la cama, fumando, con expresión grave, terriblemente desconcertado. Pensaba: No creía que Rose fuera capaz de hacerme esto. ¿Cómo ha podido?
       —No tengo nada —se lamentaba Rose—. No tengo nada ni a nadie.
       La señora Pearson continuaba dándole palmaditas. Su rostro se mostraba pensativo. Intentaba consolarla, y luego de pronto, le preguntó:
       —Oiga, Rose, ¿le gustaría venir a vivir conmigo?
       Rose dejó de llorar por la sorpresa, alzó el rostro y le preguntó:
       —¿Qué ha dicho?
       —Supongo que está sorprendida. —La señora Pearson parecía sorprendida de sí misma—. Simplemente se me ha ocurrido. Voy a abrir un negocio de pasteles el mes que viene. Ahorré algo de dinero durante la guerra. Estaba buscando a alguien que pudiera ayudarme. Podría vivir en mi casa si le apetece. Solo tiene tres habitaciones y una cocina, pero nos arreglaríamos.
       —¿No es suya la casa?
       La señora Pearson soltó una carcajada.
       —Supongo que el señor le ha contado que era el dueño de toda la casa. Ni lo sueñe. Yo tengo el sótano.
       —El sótano —dijo Rose con tono resuelto.
       —Bueno, es cálido y seco y está en buen estado, más de lo que puede decirse de la mayoría de los sótanos.
       —También es más seguro —dijo Rose, pausadamente.
       —¿Más seguro?
       —Por si hay un bombardeo, o algo así.
       —Sí, supongo —respondió la señora Pearson, algo confundida ante el comentario. Rose contemplaba su rostro con ansiedad.
       —Usted tiene a sus hijos —comentó Rose.
       —No son un problema, en realidad. Están en la escuela.
       —No he querido decir eso. Podría tener un niño… No, verá, quisiera adoptar a una niña si me trasladara. Si viviera allí, sería una persona apta y apropiada y esos metomentodo me permitirían tener a la niña.
       —¿Quiere adoptar a una niña? —preguntó la señora Pearson, algo desconcertada. Le dedicó una mirada a Jimmie, que dijo:
       —Dices de mí, pero mírala. Estaba comprometida con un hombre, lo mataron, y ella piensa en su hija.
       —Y… —farfulló Rose, indignada.
       Pero la señora Pearson le preguntó:
       —¿La niña no tiene madre?
       —Los bombardeos —respondió Rose a secas.
       Se hizo un silencio, después del cual la señora Pearson dijo, de manera razonable:
       —Supongo que no hay ningún motivo que se lo impida.
       El rostro de Rose se iluminó.
       —Señora Pearson —le suplicó—, señora Pearson, si pudiera tener a Jill, si tan solo pudiera tener a Jill…
       La señora Pearson dijo fríamente:
       —No me veo lidiando con niños si no tuviera que hacerlo. No me casaría ni tendría niños si se me presentara otra oportunidad, pero de todo hay en este mundo.
       —Entonces, ¿le parece bien?
       La señora Pearson vaciló unos instantes:
       —Sí, ¿por qué no?
       Jimmie soltó una breve carcajada.
       —Mujeres —dijo—. Mujeres.
       —Tú eres un experto —replicó su esposa.
       Rose le dirigió una tímida mirada a Jimmie.
       —¿Qué harás ahora? —le preguntó.
       —No creo que se case con Pearl —intervino su esposa.
       Rose señaló, pausadamente:
       —Deberías casarte con Pearl, sabes, Jimmie. En serio, deberías casarte con ella. No está bien. No deberías hacerla sufrir, como a mí.
       Jimmie estaba delante de ellas con las manos en los bolsillos; un intento por mostrarse implacable. Movía despacio la cabeza arriba y abajo, como si se estuvieran confirmando sus peores sospechas.
       —De modo que ahora has decidido no casarte conmigo —dijo Jimmie, furioso.
       —Bueno, Jimmie —contestó Rose—, ella te quiere, todo el mundo lo sabe, y has estado saliendo con ella y le has dado esperanzas y… y… Puedes quedarte con el piso, no lo quiero. Es mejor que te quedes con él, de todas formas no es fácil conseguir uno ahora que la guerra ha terminado. Y Pearl y tú podríais vivir aquí. —Su voz sonaba como si estuviera implorando para sí misma.
       —¡Por Dios! —exclamó Jimmie, asombrado, con la mirada fija en Rose.
       La señora Pearson lo observaba con perspicacia.
       —¿Sabes, Jimmie?, creo que Rose tiene razón, no es una mala idea.
       —¿Qué? ¿Tú también?
       —Ya es hora de que dejes de meterte en líos. Te has metido en un lío con Rose, y eso que yo te decía una y otra vez que debías o casarte con ella o decidir no hacerlo.
       —¿Sabía que existía? —tanteó Rose, estupefacta.
       —Bueno, no se ofenda —aclaró la señora Pearson con cierta impaciencia—. Ya tenemos cierta edad, Rose. Por supuesto que lo sabía. Cuando llegaba a casa, le decía: Pórtate bien con esa pobre chica. No puedes pretender que siga esperando, perdiendo oportunidades, solo porque quieres una vida cómoda y un sitio donde pasar un buen rato por las noches.
       —Le dije a Rose más de una vez —intervino Jimmie, bruscamente— que no era lo bastante bueno para ella, se lo dije.
       —Apuesto que lo has hecho —replicó lacónica su esposa.
       —¿Acaso no te lo he dicho? —le preguntó él.
       Rose se quedó en silencio. Luego se encogió de hombros.
       —No alcanzo a comprender —dijo Rose al fin. Y luego, tras una pausa—: Supongo que es tu manera de ser. —Y después, tras una pausa aún mayor—: Pero ahora deberías casarte con Pearl.
       —¡Solo para complacerte, supongo! —Jimmie se volvió desafiante hacia su esposa—: ¡Y a ti también, supongo! Queréis verme atado firmemente a alguien, ¿no es así?
       —Nadie va a casarse conmigo, con dos niños a cuestas —dijo su esposa—. No veo por qué no deberías estar atado tú también, si lo miramos desde esa perspectiva.
       —¿Y no puedes entender por qué no debería casarme con Pearl cuando tengo que pagarte dos libras a la semana?
       La señora Pearson replicó, presa de un impulso:
       —Si te casas con Pearl, te perdonaré las dos libras. Voy a ganar mucho dinero con mi tienda de pasteles, eso creo, y no necesitaré tu parte.
       —¿Y si no me caso con ella, entonces tendré que continuar pagándote las dos libras?
       —Es lo justo —respondió ella, tranquila.
       —Chantaje —dijo con amargura—. Eso es chantaje.
       —Llámalo como quieras. —La señora Pearson se puso en pie y cogió el bolso de la mesa—. Bueno, Rose —dijo—. Todo esto ha sido algo imprevisto, repentino, fruto del momento. Quizá quiera pensarlo un poco. No soy de las que hacen las cosas con prisas. No me gustaría que viniera y luego lo lamentara.
       Rose, sin darse cuenta, se había puesto en pie y estaba a su lado.
       —Iré con usted ahora mismo, si le parece bien. Vendré a por mis cosas mañana. No quisiera quedarme aquí esta noche. —Dirigió una mirada a Jimmie, luego volvió el rostro.
       —Tiene miedo de quedarse conmigo —apuntó Jimmie con expresión de triunfo amargo.
       —Es cierto. Te conozco. —La señora Pearson imitó su voz—: “No me abandones, Rose, ¿no confías en mí?”.
       Rose se sobresaltó y murmuró:
       —No haga eso.
       —Oh, vaya si lo conozco, lo conozco de sobra. Y tendría que encadenarlo y arrastrarlo al registro civil. No es que no desee casarse con usted. Creo que lo desea. Pero lo mata tener que tomar una decisión.
       —¿Te quedas conmigo, Rose? —preguntó Jimmie, de pronto; como un jugador que echa mano de su última carta. La miraba con ojos brillantes, y esperaba, muy seguro de su poder para hacer que se quedara.
       Rose lo miró con tristeza y luego a la señora Pearson.
       La señora Pearson la contemplaba con una leve sonrisa en los labios; aquella sonrisa parecía decir: No me involucres, arréglalo tú misma, a mí me da igual. Pero en voz alta dijo:
       —Es usted una tonta si se queda, Rosie.
       —Deja que ella decida —intervino Jimmie, sereno. Mientras tanto pensaba: Si le importo un poco, se quedará conmigo, me apoyará.
       Rose le dirigió una mirada de lástima y luego apartó la vista. Se le cruzó por la mente: Simplemente intenta probarle algo a su esposa, en realidad no me quiere en absoluto. Pero no podía apartar la mirada de él. Allí estaba, sentado, rígido pero cómodo, con el cabello levemente ondulado sobre la frente, y los atractivos ojos grises que la miraban. Pensó, enérgica: ¿Por qué se queda ahí sentado, esperando? Si me quisiera, vendría hacia mí y me abrazaría y me pediría amablemente que me quedara con él, y entonces yo… Con solo que lo hiciera…
       Pero permanecía callado, desafiándola a que diera el paso; y poco a poco la tensión se desvaneció y Rose decidió alejarse de él con un suspiro. Se volvió hacia la señora Pearson. Si la quisiera de verdad, no se habría quedado allí sentado: esa era la sensación que ella tenía.
       —Iré con usted —anunció categórica.
       —A eso llamo yo ser una chica razonable, Rose.
       Rose siguió a la mujer, algo mayor que ella, como si arrastrara los pies.
       —No se arrepentirá —sentenció la señora Pearson—. Hombres: traen más problemas de lo que valen, cuando ya está todo dicho. Hoy por hoy las mujeres tenemos que cuidarnos solas, si no lo hacemos nosotras, nadie más lo hará.
       —Supongo que sí —respondió Rose a regañadientes. Se quedó de pie, vacilante, junto a la puerta, mientras observaba a Jimmie, esperanzada. Aun a estas alturas, pensaba, aun a estas alturas, si dijera una sola palabra, correría a su lado y se quedaría con él.
       Pero él permaneció inmóvil, con aquella pequeña y amarga sonrisa en los labios.
       —Vamos, Rose —intervino la señora Pearson—. Vamos, si es que piensa venir. Perderemos el último metro.
       Y Rose la siguió. Pensaba: Tendré a Jill, algo es algo. Y cuando crezca, quizá no haya guerras ni bombas ni nada, y entonces la gente ya no hará tonterías.




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