Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Cómo perdí al fin mi corazón (1963)
(“How I Finally Lost My Heart”)
A Man and Two Women and Other Stories
(Londres: Macgibbon and Kee, 1953, 304 págs.);
(Nueva York: Simon and Schuster, 1963, 316 págs.)



      Sería sencillo decir que empuñé un cuchillo, me corté en un costado, extraje el corazón y lo tiré; pero por desgracia no resultó tan fácil. No es que a menudo me faltaran ganas, como a todo el mundo, de hacerlo. No, sucedió de un modo distinto, y no como yo lo había esperado.
       Fue justo después de que almorzara con un hombre y tomara el té con otro. Había vivido con mi acompañante de almuerzo durante (más o menos) cuatro años y siete meses. Cuando me dejó para encontrar nuevos horizontes, estuve dos años, ¿o fueron tres?, medio muerta; mi corazón era una piedra imposible de cargar, como si el peso de todo reposara sobre ella. Luego, poco a poco, me liberé, y con dificultad, porque mi corazón abrigaba el recuerdo de mil adhesiones a mi primer amor; aunque desde otra perspectiva podría considerarse con toda legitimidad como mi segundo amor verdadero (mi padre fue el primero) o el tercero (si se tiene en cuenta a mi hermano).
       Así lo dice la canción popular:

Solo he amado a tres hombres en mi vida,
a mi padre, a mi hermano y al hombre
que me robó la vida
.


      Pero si se considerara el asunto con distancia, sin involucrarse desde dentro, podría decirse que es (quizá, no lo recuerdo bien) el decimotercero, si bien eso supondría ignorar la verdad emocional interior. Porque todos sabemos que esas aventuras o líos amorosos que uno incluye entre los amores serios, aunque puedan llegar a ser decenas, en realidad no cuentan.
       Este modo de entender las cosas hace infeliz a mucha gente, porque, como es bien sabido, lo que no tiene importancia para mí puede tenerla para ti.
       Pero no hay modo de vencer esta dificultad, ya que un amor serio es lo más importante en la vida, o casi. En cualquier caso, la mayoría de nosotros nos dedicamos a buscarlo. Incluso cuando de hecho tenemos algo muy serio con una persona, todavía miramos de reojo por si de manera inesperada topamos con un desconocido que pueda convertirse en algo todavía más serio. Estaremos todos de acuerdo en que tenemos derecho a probar, analizar, sorber y catar a miles de personas en nuestro camino hacia la verdad. No resulta exagerado decir que en nuestro círculo probar y catar probablemente sea la segunda actividad más importante; la primera es ganar dinero. O en otras palabras: “Si vas en serio, te vas tirando a todo el mundo que se presta hasta que algo hace clic y estás absolutamente convencido”.
       Pero me he alejado del punto de partida: yo consideraba al hombre con el que comí (lo llamaremos A) mi primer amor; y sigo pensándolo, a pesar de los freudianos, que insisten en juzgar a mi padre como A y posiblemente a mi hermano como B, convirtiendo al primer amor (verdadero) en C. Y a pesar, también, de aquellos que pudieran preguntar: ¿Qué hay de tus dos maridos y de todos esos amantes?
       ¿Qué sucede con ellos? No los amé de verdad, no como a A.
       Comí con él. Luego, por casualidad, tomé el té con B. Cuando digo B, me refiero a mi segundo amor verdadero, no a mi hermano o a los muchachos de los que estuve enamorada entre los cinco y los quince años, si tomamos los quince (arbitrariamente) como el punto sin retorno…, una última frase que en sí misma es un desafío bastante valiente a los árbitros seculares.
       Entre A y B (según mis cálculos) hubo muchas aventuras, o pruebas, pero no contaron. B y yo sentimos ese clic, estallamos como una bomba, aunque no fue tan sencillo como con A, ya que mi corazón estaba herido, triste y receloso porque A me había abandonado. Y aún debía desprenderme, uno a uno, de todos esos vínculos y adhesiones que me unían a A. Sin embargo, durante un tiempo B y yo nos llevamos de maravilla, aunque luego fracasamos. Mi corazón volvió a pesar una tonelada en mi costado

Si fuera una piedra dentro de mí, una piedra,
podría arrancarla y ser libre…


       Comí con A, después tomé el té con B, dos hombres que consumieron una década de mis mejores años (no estoy teniendo en cuenta las aventuras de prueba que hubo entre medio) y, justo es decirlo, compensaron todo el placer (profuso e intenso) con dolor (oh, Señor, Señor); pasé de uno a otro, en el transcurso de una tarde, conversando amigablemente sobre esto y aquello, mientras mi corazón daba ligeros tirones reminiscentes, el pez de la memoria se encontraba a un extremo de un sedal largo, aflojado…
       En resumidas cuentas, fue saludable.
       Especialmente porque esa noche iba a verme con C, o con alguien que podría haber resultado C; pero no quiero dar demasiada importancia a C, la verdad es que ni siquiera me acuerdo muy bien de su aspecto, aunque no puede esperarse que uno se acuerde de los seres insignificantes que ha sorbido o catado entretanto. Pero al fin y al cabo, podría haber sido C, podríamos haber hecho clic, y yo me encontraba en ese estado de ánimo (en el cual nos hallamos todos tan a menudo) que te hace pensar: Podría ser él. (Empleo deliberadamente una frase propia de una revista femenina, en vez de decir, como podría: “A lo mejor se convierte en algo serio”.)
       Así que allí estaba yo (me propongo captar los detalles y el ambiente con precisión), de pie frente a una ventana mirando la calle (Great Portland Street, en concreto) y pensando que, puesto que ni en sueños me habría lamentado de mis aventuras, o experiencias, con A y B (es mejor haber amado y perdido que no haber amado jamás), las ilusiones de mi corazón por pasar una tarde con un posible C pecaban de irrealidad en cierto sentido, porque no cabía ninguna duda de que tanto A como B me habían causado un dolor inimaginable. ¿Por qué, entonces, tenía tantas ganas de ver a C? En realidad tendría que haber echado a correr lo más rápido posible.
       De pronto me di cuenta de que estaba enfocando el fenómeno desde una perspectiva equivocada. Según mi manera (¿o quizá podría permitirme decir nuestra?) de verlo, uno debe buscar un A, o un B, o un C, o un D, que combine cualidades deseables o simpáticas que hagan que uno pueda sentir ese clic o un estallido espontáneo o, por decirlo de otro modo, necesitamos a una persona que, como un flujo de agua, nos permita ir a la deriva encima de ella, como un transbordador. Pero no fue así en absoluto. De hecho, llevamos una especie de arpón en llamas que esperamos que alguien nos arranque; es algo doloroso, como una llaga o una herida, que no podemos aspirar a compartir con nadie.
       En un momento de lucidez me vi a mí misma con absoluta claridad: estaba junto a la ventana (en el tercer piso) con A y B (por solo nombrar los picos emocionales de mi experiencia emocional), detrás de mí, una mujer bastante atractiva, si se me permite decirlo, con una dulzura que yo sería la primera en admitir que es el triste presagio de la edad, pero que es atractiva por definición, porque es un testimonio de la suma de catas y sorbos (casi escribo tonterías y fatigas) de mi vida… Allí estaba yo, bien peinada, vestida, con los labios de rojo, los ojos pintados, a la espera de una tarde con un posible C. Y mirando desde otra ventana que daba a Margaret Street (creo que lo digo bien), estaba C, bien peinado, aseado, afeitado, sonriente un hombre apuesto (me parece), y él estaba pensando: Quizá ella sea D (o A o 3 o? o % o cualquiera que sea el símbolo que él empleara). Allí estábamos, a distancia, sin duda, en las mismas condiciones de agradable incertidumbre y expectativas, y ambos sosteníamos nuestros corazones en la mano, rosados y palpitantes y preparados para el placer y el dolor, y estábamos a punto de arrojarnos los corazones a la cara del otro como bolas de nieve o pelotas de críquet (¿cómo?) o, para ser más precisos, como si fueran enormes heridas sangrantes: “Toma mi herida”. Porque la última cosa en la que pensamos en un momento así es que él (o ella) dirá: Toma mi herida, por favor, arranca el arpón de mí. No, nada de eso, uno simplemente espera librarse del propio.
       Decidí que debía llamar a C y decirle: ¿Sabes ese chiste sobre los que cuentan chistes, que no se molestan en contarse los chistes sino que solo dicen chiste 1, o chiste 2, y todos se desternillan de risa, o ríen disimuladamente, o sueltan una risita…? De hecho, uno podría invertir el juego e intentar adivinar si era el chiste C(b) o el chiste A(d) en función de cómo se ríe la persona y el pensamiento silencioso que ese modo de reír representa… Bueno, C (me imaginé diciendo), la analogía resulta instructiva: hagamos como si ya hubiéramos leído o hablado de todo este asunto. Decidamos no lamernos las heridas; conservemos cada uno su corazón. Porque me parece, C, que es completamente absurdo… Allí estábamos en nuestras ventanas respectivas con los palpitantes corazones en la mano…
       En ese momento, querido lector, me vi obligada a colgar el teléfono con una disculpa. Porque sentía que los dedos de mi mano izquierda empujaban algo bastante grande, suave y resbaladizo… Es difícil describir esta sensación, de verdad. Mi mano no es grande y mi corazón sufría la inflación después de haber comido con A, haber tomado el té con B y estar esperando a C… En cualquier caso, mis dedos se extendían con desesperación para abarcar un objeto desconocido, más bien grande y suave, y le dije a C: “Discúlpame un minuto”. Miré hacia abajo, y allí estaba mi corazón, en mi mano.
       Tuve que dar por concluida la conversación.
       Por un lado, descubrir que hemos logrado de un modo tan fácil algo tantas veces deseado es decepcionante. Es como si no lo hubiera estado intentando. Conseguir algo que uno quiere por pura casualidad, no, no hay en ello placer, ni sensación de éxito. Pues el hecho de encontrarme con todo mi corazón, o para ser más exactos, sin corazón, o en cualquier caso, liberada de esa maldita cosa, y en un momento tan delicado, en medio de una conversación telefónica imaginaria con un hombre que podría convertirse en C, bueno, era más bien irritante.
       Por otro lado, un corazón en carne viva, sangrando y recién extraído del costado no es de lo más agradable. No voy a entrar en detalles. Estaba horrorizada y, de hecho, muy avergonzada, de ver que aquello era lo que había estado amando y palpitando todos esos años, porque si lo hubiera sabido…, bueno, ya basta.
       Mi problema era cómo desembarazarme de eso.
       Muy simple, dirán ustedes, échelo a la basura.
       Bueno, permítanme que les diga que eso es lo que intenté hacer. Miré detenidamente el objeto —casi me muero de la vergüenza— y fui hasta el cubo de la basura e intenté que se deslizara entre mis dedos. Pero no. Estaba pegado. Allí estaba mi corazón, rojo, grande, un objeto repulsivo que latía ensangrentado, pegado a mis dedos. ¿Qué podía hacer? Me senté, encendí un cigarrillo (con una mano, mientras sostenía entre las rodillas la caja de cerillas), posé la mano con el corazón pegado sobre el borde de una silla para que las gotas cayeran dentro de un cubo, y pensé.

Si fuera una piedra en mi mano, una piedra,
podría arrojarla a un árbol…


      Cuando acabé el cigarrillo, cogí papel de aluminio, de ese que se usa para envolver la comida al cocinar, e hice una especie de manta para mi corazón. Era algo absolutamente necesario, urgente. Primero, porque picaba muchísimo. Al fin y al cabo, había pasado unos cuarenta años protegido por la carne y las costillas y el aire era demasiado para él. Segundo, porque no podía haber ningún Tom, Dick o Harry que apareciera por allí y lo viera. Tercero, porque ni yo misma podía mirarlo demasiado tiempo seguido; me llenaba de vergüenza. El papel de aluminio resultó útil, y de hecho me impresionó bastante. Es muy flexible y ahora parecía que tuviese un corazón estilizado manteniendo el equilibrio sobre la palma de mi mano, como un globo, brillante y plateado. Casi sentí que necesitaba un cetro en la otra mano para equilibrarlo… Pero era, no se puede decir de otro modo, de mal gusto. Entonces envolví la mano y el corazón de aluminio en un pañuelo y me sentí más segura. Ahora era cuestión de fingir que me había lastimado la mano hasta que se me ocurriera la manera de deshacerme del corazón, aunque tuviera que amputarme la mano.
       Mientras tanto llamé (de verdad, no en mi imaginación) a C, que ahora nunca llegaría a ser C. Sentí mi corazón, que estaba tan pegado a mis dedos que notaba cada latido o estremecimiento suyo, que dio un salto de dolorosa resignación al pensar que esa hermosa experiencia nunca tendría lugar. Le conté alguna estúpida mentira, algo sobre la gripe. Bueno, él estaba tenso e indignado, pero lo disimuló cortésmente, del mismo modo que lo habría hecho yo, bromeando pero permitiéndose clavar un diminuto dardo de sarcasmo en una última frase bien escogida. Luego me volví a sentar para recapacitar sobre la situación.
       Estaba sentada.
       ¿Qué iba a hacer?
       Estaba sentada.
       Me veo obligada a pasar por alto cuatro días, aunque bastante esenciales, simplemente porque no puedo recorrer mis recuerdos latido a latido. Una lástima, pues supongo que esta historia trata de eso pero, en resumen, corrí las cortinas, desconecté el teléfono, encendí la luz, retiré el pañuelo de la forma brillante, luego el papel de aluminio y después examiné el corazón. Había dos quintos de centuria de experiencia para investigar, y antes de haber superado la primera noche ya estaba en un estado difícil de describir…

Si pudiera sacar los nervios de mi piel,
una red roja y veloz para pescar peces en el mar…


      Al cabo del cuarto día estaba agotada. No había acto de voluntad, intención o deseo que me permitiera mover ese corazón ni un poquito; al contrario, no solo estaba adherido a mis dedos, como un caramelo viscoso, sino que se estaba afianzando entre la carne de mis dedos y la palma de mi mano.
       Lo envolví de nuevo con el papel de aluminio y el pañuelo, y apagué las luces, subí las persianas y corrí las cortinas. Eran las diez de la mañana, un día en Londres como cualquier otro, ni caluroso ni frío ni despejado ni nublado ni húmedo ni agradable. Y aunque la calle es interesante, no es exactamente bonita, así que no era tanto que la estuviera observando como que esperaba que algo me llamara la atención mientras pensaba en otra cosa.
       De repente oí un repiqueteo que se hizo más fuerte, intenso perceptible, y supe antes de verla que era el sonido de unos tacones altos sobre el suelo, aunque bien podría haber sido un martillo contra una piedra. Caminaba deprisa en dirección contraria a mi ventana y sus tacones golpeaban el suelo con tanta fuerza que era como si todos los ruidos de la calle quedaran absorbidos en ese repiqueteo. Cuando llegó a la esquina de Great Portland Street, dos palomas londinenses cayeron en picado en diagonal al cielo, como si fueran balas que pretendieran matarla; y entonces, al verla, volvieron a levantar el vuelo formando un ángulo. Mientras tanto, ella había doblado la esquina. Lleva un rato escribir todo esto, pero sucedió en un par de segundos. El cuerpo de la mujer golpeando el suelo con el repiqueteo de los tacones, luego doblando bruscamente la esquina en ángulo recto y las palomas formando otro ángulo agudo que cortó el de ella, una curva fugaz de aire en movimiento. Nada más, claro, nada… Se había ido calle abajo, repiqueteando con sus tacones, y las palomas se posaron en el alféizar de mi ventana y comenzaron a hacer arrullos. Ya había pasado todo, todo se había desvanecido, la maravillosa coordinación perfecta de sonido y movimiento, pero había sucedido y me había hecho feliz y me había entusiasmado, no tenía ningún problema en este mundo, y me di cuenta de que el corazón pegado a mis dedos se había aflojado. Aun así, no pude acabar de sacarlo, a pesar de que tiraba de él por debajo del pañuelo y el papel de aluminio, pero casi.
       Comprendí que era un error sentarme y analizar cada movimiento del pulso o los latidos de mi corazón a lo largo de cuarenta años. Iba por mal camino; así no iba a lograr más que dejar pegado a mi carne para siempre mi corazón, rojo y tan contento…

¡Ja! ¡Piensas que estoy acabado! Piensas…
Mira, envolveré mi corazón en una red de odio
y lo lanzaré como una pelota lejos de
paredes, rostros, raíles, paraguas y dorsos de palomas…


      No, todo eso no estaba nada bien, solo empeoraba las cosas. Debía sorprenderme a mí misma, del mismo modo que la mujer y las palomas y el afilado repiqueteo de los tacones y las sedosas alas me tomaron por sorpresa.
       Me puse el abrigo, sostuve mi brazo sobre el pecho, para que si alguien me preguntaba: “¿Qué te ha pasado en el brazo?” pudiera responder: “Me he pillado el dedo con la puerta”. Luego salí a la calle.
       No era fácil moverse entre tanta gente cuando estaba preocupada por si pensaban: ¿Qué se ha hecho esa mujer en la mano?, porque eso me hacía difícil olvidarme de mí misma. Y no dejaba de sentir un cosquilleo y los latidos entre mis dedos, que me lo recordaban.
       Ahora que había salido no sabía qué hacer. ¿Debía ir a comer con alguien? ¿O pasear por el parque? ¿O comprarme un vestido? Decidí ir a Round Pond, y dar una vuelta. Estaba cansada después de cuatro días y cuatro noches sin dormir. Cogí el metro y fui hasta Oxford Circus. Mediodía. Una muchedumbre. Me sentía cohibida pero en realidad no tenía de qué preocuparme. Juro que alguien puede pasearse desnudo por una calle de Londres sin que nadie se vuelva.
       Así que bajé por las escaleras mecánicas y observé las caras que se cruzaban conmigo al subir por el otro lado, como hago siempre; y pensé, como hago siempre, lo extraño que era que esa gente y yo nos cruzáramos por casualidad y lo extraño que era que nunca más nos volviéramos a ver o, si lo hiciéramos, no lo supiéramos. Fui hasta el andén atestado y miré las caras como hago siempre, y subí al tren, que estaba muy lleno, y encontré un asiento. No era tan terrible como a la hora punta, pero todos los asientos quedaron ocupados. Me recosté y cerré los ojos, y me propuse dormir un poco porque estaba muy cansada. Estaba empezando a dormitar cuando oí la voz de una mujer que murmuraba o, mejor dicho, declamaba:

Una pitillera de oro, bueno, es muy bonita,
¿no?, digo yo, una pitillera de oro, sí…


      Había algo en esta voz que me hizo abrir los ojos: del otro lado del vagón, unas ocho personas más allá, estaba sentada una mujer joven, con un abrigo verde barato, sin guantes, zapatos marrones planos y calcetines de hilo. Debía de ser bastante pobre; una mujer vestida así es algo que no se ve hoy día. Pero fue su postura lo que me llamó la atención. Estaba sentada de lado, de modo que la cabeza le quedaba sobre el hombro izquierdo, y miraba fijamente el vientre de un anciano que estaba junto a ella. Pero no cabía duda de que no lo veía, sus jóvenes ojos de mirada fija eran ciegos, estaba mirando al interior.
       Era obvio que estaba sola en el atestado vagón, que no era tan incómodo como pudiera parecer. Miré alrededor, y la gente sonreía o intercambiaba miradas o guiños o la ignoraba, según la naturaleza de cada cual, pero ella no era consciente de ninguno de nosotros.
       De repente se despertó, se volvió de modo que quedó recta en su asiento, y dirigió la palabra y la vista al asiento que tenía enfrente:

Bueno, eso es lo que tú crees, tú crees que, tú crees que tú, bueno, crees que me voy a quedar en casa esperándote, pero tú le diste una pitillera de oro y…

      Y con un movimiento mecánico de todo su pequeño cuerpo volvió la cabeza menuda de cabello pálido sobre su hombro izquierdo y dirigió de nuevo una mirada firme y vacía al vientre del hombre. Él hacía una mueca de incomodidad. Yo me incliné hacia delante para mirar entre la hilera de gente que estaba en mi fila de asientos, y el hombre que estaba enfrente de ella, un hombre joven, tenía exactamente la misma mirada de incomodidad que estaba decidido a disimular. Así que todos la mirábamos, a la joven mujer, delgada y pálida, su particular drama de tristeza, que estaba tan ausente que hablaba y pensaba en voz alta. Y de nuevo, sin previo aviso ni motivo alguno, entre dos paradas, de modo que no es que la apartara de su sueño que el tren se detuviera en Bond Street y luego volviera a arrancar, giró otra vez el cuerpo y se dirigió al asiento que tenía enfrente (el joven se había ido, y una matrona elegante de cabello canoso rizado había ocupado su lugar):

Bueno, ahora ya lo sé, ¿o no?, y si me vienes con sonrisas y miramientos, bueno, pues ya lo sé, ¿o no?, no hace falta que me lo cuentes, ya lo sé, y se lo he dicho a ella, se lo he dicho, ya sé que él te dio una pitillera de oro…

      En ese momento, con el mismo impulso mecánico, se detuvo, o se controló o simplemente se cansó, y se puso de lado para mirar fijamente el vientre; el mismo vientre, porque el hombre de mediana edad seguía allí. Pero paramos en Marble Arch y él bajó, ofreciendo al vagón, más que a la gente que había en él, una ligera sonrisa que decía: Estoy seguro de que se dan cuenta de que esta desgraciada mujer tiene la mirada de una loca de remate…
       Su asiento quedó vacío. No subió nadie en Marble Arch, y las dos personas que estaban esperando para sentarse no quisieron ponerse a su lado para que no les llegara su mirada.
       Todos permanecimos sentados mirando educadamente al frente, simulando ante nosotros mismos y ante los demás que no sabíamos que esa pobre mujer estaba loca y que en realidad deberíamos hacer algo. Incluso me planteé qué podía decirle: “Señora, usted está loca: ¿puedo acompañarla a casa?” O: “Pobrecita, déjelo ya, no le hace ningún bien, ya lo sabe; apártese de él, eso hará que recapacite…”.
       Y, después de que transcurriera un intervalo regulado por su mecanismo interior, se volvió y le dijo a la elegante matrona que encajó la acusación con un perfecto dominio de sí misma:

¡Sí, lo sé! ¡Oh, sí! ¿Y qué pasa con mis zapatos, qué pasa con ellos, una pitillera de oro es lo que recibió ella, esa perra asquerosa, una pitillera de oro…

      Alto. Giro. Mirada al asiento vacío junto a ella.
       Extraordinario. Porque se trataba de un sufrimiento gélido, ¿cómo podría decirlo? Una pasión desapasionada; estábamos ante la infelicidad personificada, la esencia de un tragedia personal; o mejor dicho, la tragedia. No había emoción alguna. Era como una actriz interpretando la acusación, o el amor traicionado o la infidelidad, que solo ha aprendido su papel y no se preocupa de nada más que de recitarlo bien.
       Y tanto si estaba sentada de medio lado, con los imperturbables ojos mirando fijamente el horrible tapizado verdoso del asiento del tren, o erguida, como dirigiendo su acusación a la elegante mujer frente a ella, había en ella una inmovilidad aterradora; sí, por eso nos daba miedo. Porque estaba claro que (si la máquina interior se detenía) podía permanecer en silencio, para siempre, ya fuera de lado o erguida, o en cualquier otra posición entre estas; sí, podíamos imaginarla, petrificada para siempre en una postura arbitraria. Era como si estuviéramos observando el caparazón de una mujer que estaba realizando ciertos gestos determinados de antemano.
       Porque, simplemente, ella no estaba allí. Qué era, quién era ella es imposible de decir, aunque era fácil imaginar ese pequeño rostro delicado sonriendo de pronto, olvidando completamente aquello que mostraba ahora. No sabía que estaba en un tren entre Marble Arch y Queensway, ni que estaba acusando en público a su marido o su amante, ni que la estábamos mirando.
       Y nosotros, al mirarla, sentimos una incomodidad y una vergüenza que no tenía nada que ver con ella…
       De pronto sentí, por debajo del pañuelo y del papel de aluminio, que mis dedos se relajaban, y el corazón se desprendía.
       Lo aparté deprisa de la palma de mi mano, por si acaso decidía adherirse allí otra vez, y saqué el pañuelo, coloqué sobre mis rodillas un corazón perfectamente estilizado, como un corazón de plata de una felicitación del día de San Valentín, aunque por supuesto era tridimensional. Este corazón no era tan inofensivo; no, esa no es la palabra, sino más bien artístico, pero de mal gusto, como ya he dicho. Me di cuenta de que la gente del tren, que ahora me miraba a mí y al corazón y no a la pobre mujer loca, estaba encantada.
       Me levanté, avancé unos cuatro pasos hasta ella, y dejé el corazón envuelto en papel de aluminio en el asiento, para que fuera objeto de su mirada.
       Por un momento no reaccionó, luego, con un gemido o un murmullo de alivio y un dolor absolutamente teatral, se inclinó hacia delante, cogió el resplandeciente corazón, y lo estrechó entre sus brazos, acariciándolo y meciéndolo, e incluso apoyándolo contra su mejilla, mientras miraba por encima de él a su marido como diciéndole: Mira lo que tengo, no me importas ni tú ni tu pitillera de oro, tengo un corazón de plata.
       Me levanté, pues habíamos llegado a Notting Hill Gate y, seguida de los satisfechos saludos y sonrisas de la gente que iba dejando atrás, salí al andén, subí por la escalera mecánica hasta la calle y fui hasta el parque.
       Sin corazón. Sin corazón alguno. Qué dicha. Qué libertad…

¿Oyes ese ruido? Una risa, sí.
Soy yo, que me estoy riendo, sí, soy yo.




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