Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Una habitación (1963)
(“A Room”)
A Man and Two Women and Other Stories
(Londres: Macgibbon and Kee, 1953, 304 págs.);
(Nueva York: Simon and Schuster, 1963, 316 págs.)



      Cuando entré por primera vez en este piso de cuatro habitaciones pequeñas como cajas de zapatos, el dormitorio estaba pintado de color rosa pálido, salvo la pared de la chimenea, que tenía un estrafalario papel rosa y azul. La carpintería era violeta oscuro, casi negro. Esta pintura se vende en un gran negocio de decoración del West End llamado Bilberry.
       Dos muchachas vivieron en el piso antes que yo. Sin duda tenían muy poco dinero, porque la alfombra estaba agujereándose y habían decorado las paredes con carteles de viaje. La mujer del piso de arriba me contó que solían hacer fiestas que duraban toda la noche. “Pero me gustaba oírlas, disfruto los sonidos de la vida.” Era un reproche. Yo no doy fiestas tan a menudo como ella quisiera. Las muchachas no dejaron un domicilio en el que localizarlas, continuando la tradición del piso. A lo largo de los años, muchas veces han llamado al timbre y me han preguntado: “¿Angus Ferguson? Pensaba que vivía aquí”. ¿Y los Maitland? ¿Y la señora Dowland? ¿Y los jóvenes Caitsby? Toda esta gente, y probablemente mucha más, ha vivido en este piso, y se han marchado sin volver la vista atrás. No sé nada de ellos, ni nadie en el edificio sabe nada de ellos, a pesar de que algunos han vivido aquí durante años.
       El rosa me pareció demasiado agresivo y, tras numerosos errores, resolví dejar las paredes blancas, aunque conservé la carpintería color ciruela, o Bilberry. Primero puse cortinas grises, luego azules. Mi cama está debajo de la ventana. Hay un escritorio, en el que me había propuesto trabajar, pero siempre está atiborrado de papeles. De modo que escribo en la sala, o en la mesa de la cocina. Pero paso mucho tiempo en el dormitorio. La cama es el mejor lugar para leer, pensar, y para no hacer nada. Es mi habitación; es el lugar donde siento que estoy viva, aunque la forma sea mala y tenga cosas de las que solo puede decirse que son feas. Por ejemplo, la chimenea era de hierro, voluminosa, exagerada, con adornos negros. Las muchachas la habían dejado tal y como estaba, y habían colocado una pequeña estufa de gas en la abertura. Su terrible fealdad atraía mi mirada; y pinté una franja desde el techo hacia abajo del mismo color ciruela oscuro, para que la chimenea y la pequeña pero gruesa repisa quedaran disimuladas. A cada lado del recuadro, ya que no podía pintar toda la pared de color ciruela, que de noche se ve negro, dejé dos franjas de aquel absurdo empapelado, con personas brillantes, como aves, en jaulas rosas y azules. La chimenea así parecía menos molesta; aunque tengo una estufa de gas, un contundente cuadrado de bronce que había traído del piso anterior donde no se veía tan mal. Pero aquí no encaja en absoluto. De modo que la pared entera no funciona, no logra quedar bien.
       Hay otra pared, la que está junto a mi cama, que también es deforme. Encima de la cama, sobresale un bulto irregular y veteado de más de medio metro de ancho. Al parecer, alguien —¿Angus Ferguson?, ¿los Maitland?, ¿la señora Dowland?— intentó reemplazar el yeso que se desprendía de la pared y lo echó a perder. Ningún yesero profesional podría haber dejado semejante protuberancia.
       En líneas generales, esta pared me gusta: me recuerda a las paredes blancas encaladas de otra casa en la que viví hace algún tiempo. ¿Podría ser que haya decidido pintar esta habitación de blanco para reproducir las paredes encaladas llenas de bultos de aquella casa aquí en Londres?
       El techo es liso, blanco, sobrio. Tiene una moldura de yeso que es demasiado grande para la habitación y parece que vaya a desprenderse en cualquier momento. Todo el edificio presenta una fealdad sólida, pero la construcción es barata, de modo que no es en absoluto sólido. Por ejemplo, las paredes, con solo dar unos golpecitos, suenan huecas; el yeso, en cuanto queda al descubierto, comienza a desmenuzarse como si las paredes fueran de arena y solo se sostuvieran por el empapelado. Puedo oír cualquier cosa que suceda sobre mi cabeza, donde vive la anciana a la que le gusta escuchar algo de vida, con su marido. Ella es sueca, y da clases de sueco. Viste bien, y tiene el aspecto de una anciana respetable. Sin embargo, está un poco loca. La puerta de su piso tiene cuatro pesados cerrojos por dentro, especialmente diseñados, además de pestillos y barras. Si llamo a su puerta, solo abre los diez centímetros que le permite la cadena y mira por la rendija para asegurarse de que no la vamos a atacar (ni yo ni ellos). El interior da una imagen de pulcritud y orden. Se pasa todo el día limpiando y ordenando. Cuando ya no tiene nada más que hacer en su piso, cuelga carteles en la escalera que rezan: “¡Quien deje basura en la escalera será denunciado a las autoridades!”. Luego va piso por piso (hay ocho pisos idénticos, uno sobre otro) y aclara, como si fuera una confidencia: “El cartel, por supuesto, no va dirigido a usted”.
       Su marido trabaja en una empresa de exportación y viaja mucho. Cuando espera que vuelva, se viste con tanto esmero como una novia y sale a recibirlo con rubor en las mejillas. La noche del regreso, la cama cruje sobre mi cabeza y oigo sus risitas.
       Son una pareja metódica. A la cama a las once cada noche, en pie a las nueve cada mañana. En lo que se refiere a mí, mi vida no guarda ningún orden aparente, y me gusta tenerlos arriba. A veces, cuando he trabajado hasta tarde, los oigo despertarse y pienso entre sueños o medio dormida: Bueno, el día ha comenzado, ¿verdad? Y de nuevo me dejo llevar a un estado de semiconciencia matizado por el sonido de sus pasos y el tintineo de sus tazas.
       A veces, cuando duermo por la tarde, cosa que hago porque el sueño vespertino resulta más interesante que el nocturno, ella también hace una siesta. Pienso en ella y en mí misma tendidas horizontalmente una sobre la otra, como si estuviésemos sobre dos estanterías.
       Cuando me recuesto después del almuerzo, no es obra de la improvisación. Primero debo sentir el desorden interno o el estado de alerta que se debe a la sobreexcitación o al cansancio extremo o a algún pequeño malestar. Luego dejo a oscuras la habitación, cierro todas las puertas para que el teléfono no me despierte (aunque su timbre lejano puede ser una invitación a conciliar el sueño) y me meto en la cama con cuidado, preservando mi estado de ánimo. Son precisamente este tipo de sueños los que me ayudan en mi trabajo, me dicen qué escribir o en qué me he equivocado. Y me salvan de la inquietud febril que me provoca ver a demasiada gente. Por las tardes, siempre me dejo arrastrar por el sueño con miras a emprender una larga travesía hacia lo desconocido, y el sueño es ligero y extraordinario y me transporta a regiones que son difíciles de describir en estado de vigilia.
       Pero una tarde no hubo tal travesía extraña, ni información de utilidad para mi trabajo. El sueño fue tan distinto de lo habitual que durante un buen rato creí que estaba despierta.
       Había estado tumbada en la penumbra; las cortinas, de distintos tonos de azul oscuro, producían una sombra violácea en movimiento. Fuera la tarde se oía bulliciosa. Podía escuchar los sonidos procedentes del mercado de debajo, y los gritos de enfado, alguna pelea, las voces de hombre y de mujer. Miraba la chimenea y pensaba en lo fea que era, mientras me preguntaba qué clase de persona había elegido deliberadamente esa forma de hierro fundido tan horrible. Aunque yo, por supuesto, lo había pintado por encima. Sí, tanto si podía permitírmelo como si no, debía deshacerme de esa estufa cuadrada de bronce a gas y encontrar una más bonita. Noté que la figura de bronce había desaparecido; había un pequeño hogar de hierro fundido y un pequeño fuego ardiendo en su interior. El humo empezaba a llenar el cuarto, y tenía los ojos irritados.
       La habitación tenía un aspecto diferente; estaba helada y me sentía ajena a mí misma mientras miraba. Las paredes tenían un papel que a primera vista era de un marrón deslucido, pero al acercarme vi un dibujo de pequeñas hojas amarillas y pardas y tallos marrones. Estaba manchado. El techo era amarillento y brillaba por el humo. En las ventanas había unas cortinas de un color tostado rosado, con un rasgón en una de ellas, de modo que el borde inferior colgaba.
       Ya no estaba tumbada en la cama, sino que me encontraba sentada junto al fuego al otro lado de la habitación, observando la cama y la ventana. Fuera tenía lugar una acalorada discusión, las voces se elevaban desde la calle. Sentí frío, estaba temblando y me lloraban los ojos. En el pequeño hogar se posaron tres pequeñas brasas de resplandeciente carbón que humeaban desconsoladamente. Debajo de mí había un almohadón o una chaqueta doblada, o algo así. La habitación parecía mucho más grande. Sí, era una habitación más bien grande. Había una cómoda de madera barnizada junto a la cama, que era baja, bastante más baja que la mía. Había una manta roja del ejército a los pies de la cama. Los huecos a ambos lados de la chimenea alojaban pequeñas estanterías de madera en las que había ropa doblada, revistas viejas, vajilla, una tetera marrón. Dichos objetos creaban un ambiente de pobreza y poca consistencia.
       Estaba sola en la habitación, aunque había alguien en el piso de al lado. Podía oír sonidos que me entristecían, me intimidaban. Del piso de arriba llegaba una carcajada hostil. ¿Se reía la anciana dama sueca? ¿Con quién? ¿Había regresado su marido de pronto?
       Me afligía una soledad que sentí que no se disiparía jamás, que nadie podría consolarme. Me senté y miré la cama sobre la cual estaba la manta roja y barata que sugería enfermedad, y expulsé el aire porque el humo me lastimaba la garganta. Era una niña, lo sabía. Y sabía que había una guerra, algo relacionado con la guerra, la guerra tenía algo que ver con este sueño o con este recuerdo ¿De quién? Regresé a mi habitación, me tumbé en mi cama, arriba y en el piso de al lado había silencio. Estaba sola en el piso, contemplando las delicadas cortinas azules que se balanceaban suavemente. Me invadió la tristeza.
       Abandoné mi bonita habitación y me preparé un té; luego volví a correr las cortinas y dejé que entrara la luz. Encendí la estufa de gas, que se puso caliente y roja, para alejar así el recuerdo del frío; y detrás de su broncínea eficacia vi una chimenea que —lo sabía— no albergaba carbón en su interior desde hacía años.
       He intentado regresar en sueños a aquella otra habitación que se encuentra debajo de la mía, o al lado, o en su interior, o que existe en el recuerdo de alguien. ¿De qué guerra se trataba? ¿De quién era aquella estremecedora pobreza? Y me gustaría saber más de esa pequeña criatura asustada. Él (o ella) debía de haber sido muy pequeño para que la habitación pareciera tan grande. Hasta ahora, no lo he logrado. Quizá haya sido la discusión que había fuera en la calle la que… ¿Qué? ¿Y por qué?




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