Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


La habitación diecinueve (1963)
(“To Room Nineteen”)
A Man and Two Women and Other Stories
(Londres: Macgibbon and Kee, 1953, 304 págs.);
(Nueva York: Simon and Schuster, 1963, 316 págs.)



      Supongo que esta es una historia acerca de un fracaso de la inteligencia: el matrimonio de los Rawlings se fundaba en la inteligencia.
       Se casaron a una edad más avanzada que la mayoría de sus amigos, ya bien entrados en una veintena experimentada. Ambos habían vivido algunos romances, más dulces que amargos; y cuando se enamoraron —porque se enamoraron de verdad— ya se conocían desde hacía algún tiempo. Solían bromear que se habían reservado “para el verdadero amor”. Para ellos, que hubieran esperado tanto tiempo (aunque no demasiado) este amor verdadero era una prueba de su razonable discernimiento. Muchos de sus amigos se habían casado jóvenes, y ahora (les daba la sensación) probablemente lamentaban las oportunidades perdidas; mientras que otros, aún solteros, les parecían áridos, vacilantes, y proclives a contraer matrimonio por desesperación o romanticismo.
       No solamente ellos pensaban que hacían una buena pareja, sino que los demás también lo creían así; el deleite de sus amigos era una prueba más de su felicidad. Habían interpretado los mismos papeles, masculino y femenino, en este grupo o pandilla, si es que puede llamarse pandilla a una constelación de gente tan vasta, inconexa y cambiante. Los dos se habían convertido, en virtud de su moderación, su sentido del humor y su abstinencia en el terreno de las experiencias dolorosas, en personas a las que recurrían en busca de consejo. Podían ser, y eran, gente de confianza. Se trataba de uno de esos casos en que un hombre y una mujer están juntos sin que nadie hubiera pensado jamás en que lo estarían, probablemente debido a sus semejanzas. Pero luego todo el mundo exclamó: ¡Por supuesto! ¡Qué acertado! ¡Cómo es posible que no se nos hubiera ocurrido!
       Y así fue como se casaron en medio de un ambiente de regocijo general; y su capacidad de previsión y su sentido de la probabilidad hacía que nada les tomara por sorpresa.
       Ambos tenían un empleo bien remunerado. Matthew era redactor de un importante periódico londinense y Susan trabajaba en una agencia de publicidad. Él no estaba hecho de la misma pasta que los directores o los periodistas de renombre, pero era mucho más que un “redactor”; en realidad era una de esas personas imprescindibles que están en la sombra, que dan estabilidad, inspiran y hacen posible que los otros se luzcan. Estaba satisfecho con ese puesto. Susan tenía mucho talento para el dibujo publicitario. Se divertía con los anuncios que hacía, pero no les daba la menor importancia.
       Antes de casarse, ambos vivían en cómodos pisos, pero consideraron imprudente asentar su matrimonio en cualquiera de estos, ya que se vería como un acto de sumisión por parte del que dejara de vivir en el suyo. Se trasladaron a un piso nuevo en South Kensington, con la idea de que, una vez consolidado el matrimonio (proceso que, sabían, no llevaría muchos años, y que en realidad era una graciosa concesión a la sabiduría popular más que una reflexión propia), comprarían una casa y formarían una familia.
       Y eso es lo que ocurrió. Vivieron en su encantador piso durante dos años, organizando fiestas, yendo a otras, comportándose como una popular pareja de recién casados, y luego Susan se quedó embarazada, dejó su empleo, y compraron una casa en Richmond. Como era de esperar de esta pareja, primero tuvieron un niño, luego una niña, luego mellizos, un niño y una niña. Todo correcto, apropiado, y lo que cualquiera desearía, si pudiera elegir. Pero la gente en realidad tenía la sensación de que ellos dos lo habían elegido; esta familia razonable y equilibrada era lo que era debido a su infalible sentido para tomar la decisión acertada.
       Y así vivían con sus cuatro hijos en su casa con jardín en Richmond y eran felices. Tenían todo lo que habían deseado y planeado tener.
       Y sin embargo…
       Bueno, incluso esto era de esperar, que llegase cierta mo notonía…
       Sí, sí, por supuesto, era normal que de vez en cuando se sintieran así. ¿Cómo?
       Su vida era como un pez que se muerde la cola. El empleo de Matthew estaba dedicado a Susan, los niños, la casa y el jardín; semejante caravasar necesitaba un buen sueldo para mantenerse. Y la inteligencia práctica de Susan estaba dedicada a Matthew, los niños, la casa y el jardín; sin ella, semejante estructura se habría desmoronado en una semana.
       Pero no había nada respecto de lo cual ninguno de los dos pudiese decir: “Este es el motivo por el que hago todo lo demás”. ¿Los niños? Pero los niños no pueden ser el centro de la vida ni una razón de ser. Pueden ser miles de cosas encantadoras, interesantes, satisfactorias, pero no pueden ser la fuente de la que vivir. O no deberían serlo. Susan y Matthew lo sabían muy bien.
       ¿El empleo de Matthew? Ridículo. Era un trabajo interesante, pero estaba lejos de ser una razón para vivir. Matthew se sentía orgulloso de hacer bien su trabajo; pero en modo alguno podría esperarse que se sintiera orgulloso del periódico; el periódico que él leía, su periódico, no era el periódico para el que trabajaba.
       ¿El amor que compartían? Bueno, esto era lo que más se aproximaba. Si esta no era la cuestión, entonces, ¿qué? Sí, este era el punto, su amor, era el eje que hacía girar esa extraordinaria estructura. Porque era realmente extraordinaria. Había momentos en que tanto Susan como Matthew así lo creían, momentos en que contemplaban, con callado escepticismo, todo aquello que habían creado: un matrimonio, cuatro niños, una casa grande con jardín, servicio, amigos, coches… Y esto, esta entidad, había llegado a existir, había surgido de la nada, porque Susan amaba a Matthew y Matthew amaba a Susan. Extraordinario. Así que ese era el punto esencial, la fuente de donde todo surgía.
       Y si uno sentía que aquello simplemente no era lo bastante fuerte, lo bastante importante para sostenerlo todo, pues bien, ¿de quién era la culpa? Sin duda, no era culpa de Susan ni de Matthew. Estaba en la naturaleza de las cosas. Y como eran razonables, no se culpaban a sí mismos ni tampoco el uno al otro.
       Por el contrario, utilizaban su inteligencia para preservar aquello que habían creado en medio de un mundo doloroso y explosivo; miraban a su alrededor, y les servía de lección. A su alrededor los matrimonios fracasaban, o se separaban, o discutían a menudo (que era incluso peor, pensaban). Ellos no debían cometer los mismos errores, no debían hacerlo.
       Habían evitado la trampa en que muchos de sus amigos habían caído, como comprar una casa en el campo por el bien de los niños; el marido se convertía de este modo en un marido de fin de semana, un padre de fin de semana, y la esposa siempre evitaba preguntar qué sucedía en el piso que tenían en la ciudad, al que llamaban (en broma) el piso de soltero. No, Matthew era un marido a tiempo completo, un padre a tiempo completo, y por las noches, en la gran cama de matrimonio en la gran habitación matrimonial (con bonitas vistas al río), se acostaban uno junto al otro y conversaban, y él le contaba cómo le había ido el día, lo que había hecho y con quién se había encontrado; y ella le contaba cómo le había ido el día (no tan interesante, pero eso no era culpa suya), ya que ambos sabían del oculto resentimiento y las privaciones de una mujer que ha vivido su propia vida —y, sobre todo, ha ganado su propio dinero— y luego depende de su marido en lo que se refiere al contacto con el mundo exterior y el dinero.
       Susan tampoco había cometido el error de aceptar un empleo por su propio bien e independencia, aunque bien podría haberlo hecho, puesto que la agencia para la que había trabajado solía invitarla a regresar, pues añoraban su sentido del humor, su equilibrio y su juicio. Los niños necesitaban a su madre hasta una determinada edad, ambos padres lo sabían y coincidían en ello; y cuando estos cuatro niños sanos y bien criados tuvieran la edad adecuada, Susan volvería a trabajar, porque sabía, al igual que su marido, lo que les sucedía a las mujeres de cincuenta que están en el apogeo de su energía y capacidad y tienen hijos mayores que ya no necesitan toda su dedicación.
       Así que aquí estaba esta pareja, poniendo a prueba su matrimonio, cuidándolo, tratándolo como un pequeña barca repleta de personas indefensas en medio de un mar embravecido. Bueno, por supuesto, era tal cual… Las tempestades del mundo eran crueles, pero no estaban demasiado cerca, lo cual no quiere decir que fueran egoístas; Susan y Matthew eran personas muy bien informadas y responsables. Y las tormentas y las arenas movedizas que se agitaban en su interior eran cuestiones conocidas, parte del plan. De modo que todo iba muy bien. Todo estaba en orden. Sí, las cosas estaban bajo control.
       Entonces, ¿qué importancia tenía si se sentían mustios, aburridos? Gente como ellos, nutrida a base de cientos de libros (de psicología, antropología, sociología) difícilmente podría no estar preparada para la añoranza controlada, mustia, que constituye la marca distintiva del matrimonio inteligente. Dos personas pertrechadas con educación, discernimiento, buen juicio unidas voluntariamente con la intención de ser felices y de ser útiles a los otros. Las hay por doquier, se las reconoce, incluso uno mismo siente eso, la tristeza de saber que tanto, después de todo, es tan poco. Estas dos personas, para las que no había sorpresas, se volcaron el uno en el otro aún con más cortesía y un amor más tierno; que dos personas, sin importar cuán cuidadosamente hubieran sido elegidas, no pudieran significarlo todo el uno para el otro era parte de la vida misma. En realidad, el solo hecho de mencionar algo así, de pensar de este modo, era trivial, y les avergonzaba hacerlo.
       Resultó también trivial que una noche Matthew regresara tarde y confesara que había ido a una fiesta, que había llevado a una mujer hasta su casa y que se había acostado con ella.
       Susan le perdonó, por supuesto. Aunque perdón no es precisamente la palabra. Comprensión, sí. Pero si uno comprende algo no lo perdona, se convierte en ese algo; el perdón es para lo que no se comprende. Tampoco es que él hubiera confesado: ¿qué clase de palabra es esa?
       El asunto carecía de importancia. Después de todo, años atrás habían bromeado al respecto: Por supuesto que no te seré fiel, nadie puede serle fiel al otro durante toda una vida. (Y allí estaba la palabra fidelidad: todas esas palabras estúpidas que pertenecían a un viejo e incivilizado mundo.) Pero el incidente los irritó bastante a ambos. Era extraño, pero se sentían malhumorados, molestos. Había algo allí que no podían asimilar.
       Mientras hacían el amor de manera espléndida después de que llegara a casa aquella noche, los dos tuvieron la sensación de que la idea de que Myra Jenkins, una bella mujer que había conocido en una fiesta, pudiera ser relevante era ridícula. Se habían amado el uno al otro durante más de una década, y se amarían el uno al otro durante muchos años más. ¿Quién era, entonces, Myra Jenkins?
       A excepción, pensó Susan, sin poder explicar su mal humor, de que se trataba (¿lo era?) de la primera. En diez años. Entonces, o bien los diez años de fidelidad no eran importantes, o ella no lo era. (No, no, hay algo que está mal en este modo de pensar, tiene que haberlo.) Pero entonces, si ella no es importante, probablemente tampoco fue importante cuando Matthew y yo nos acostamos por primera vez, aquella tarde cuyo encantador recuerdo aún hoy (como una extensa sombra al atardecer) extiende su largo dedo, a modo de varita mágica, sobre nosotros. (¿Por qué he dicho atardecer?) Bueno, si lo que sentimos aquella tarde no fue importante, nada es importante, porque de no haber sido por lo que sentimos, no seríamos el señor y la señora Rawlings, con cuatro niños, etcétera, etcétera. Todo esto es absurdo: es absurdo que haya venido a casa y me lo haya contado. Sería absurdo que no me lo hubiera contado. Es absurdo que me preocupe, o lo que es igual, que no me preocupe… y ¿quién es Myra Jenkins? Sin duda, nadie en absoluto.
       Solo cabía una posibilidad, y por supuesto, esta gente sensata optó por ella: olvidaron el asunto y, de manera muy consciente, sabiendo perfectamente lo que hacían, siguieron adelante, hacia otra etapa del matrimonio, no sin antes dar gracias por la buena suerte pasada.
       Y es que resultaba inevitable que ese hombre apuesto, rubio, atractivo y viril que era Matthew Rawlings en ocasiones se sintiera tentado (¡oh, qué palabra!) por las atractivas mujeres de las fiestas a las que ella no podía asistir por los cuatro niños; y resultaba inevitable que en ocasiones él sucumbiera (una palabra aún más repulsiva, si es que eso es posible) y que ella, una bella mujer en su amplio y cuidado jardín de Richmond, en ocasiones se sintiera amargada como si la desgarrara una flecha caída del cielo. Salvo que la amargura no era algo apropiado, era inadmisible. ¿Acaso las mujeres ocasionales afectaban al matrimonio? No lo hacían. Más bien eran ellas las que sentían su derrota ante la unión, en cuerpo y alma, entre el apuesto Matthew Rawlings y Susan.
       En ese caso, ¿por qué Susan sentía (aunque, afortunadamente, durante no más que unos segundos cada vez) como si la vida se hubiese convertido en un desierto, y que nada importaba, y que sus hijos no le pertenecían?
       Mientras tanto, su inteligencia continuaba sosteniendo que todo iba bien. ¿Qué problema había en que Matthew pasara ocasionalmente alguna dulce tarde de aventuras, algún amorío? Porque ella sabía muy bien, excepto en sus momentos áridos, que eran felices, que los amoríos no eran importantes.
       ¿Quizá ese era el problema? Estaba en la naturaleza de las cosas que los amoríos y el deleite ya no estuvieran a su alcance, debido a sus cuatro niños y la gran casa, que requerían tanta atención. Aunque quizá deseaba en secreto, e incluso a sabiendas de que lo deseaba, que él optara al desenfreno y la belleza. Pero Matthew estaba casado con ella. Ella estaba casada con él. Estaban casados de manera inextricable. Y en consecuencia, los dioses no podían obsequiarle con la verdadera magia, no. Bueno, ¿acaso era culpa de Susan que al regresar a casa, después de un amorío, Matthew se sintiera atormentado en lugar de satisfecho? (De hecho, fue así como Susan supo que le había sido infiel, debido a su malhumor, a la manera como la miraba, muy similar al modo como ella lo miraba a él: ¿qué es lo que comparto con esta persona que me prohíbe todo deleite?) Sin embargo, nada de todo eso era culpa de ninguno de los dos. (Pero entonces, ¿por qué creían que tenía que ser culpa de alguien?) Nadie tenía la culpa, nada de que culparse, nadie a quien culpar, nadie a quien ofrecer la culpa o que la asumiera… y nada iba mal tampoco, salvo que Matthew jamás se sintió verdaderamente rebosante de felicidad, como él deseaba sentirse; y que Susan sentía cada vez más a menudo la amenaza del vacío. (Esta sensación solía invadirla en el jardín: había empezado a evitar el jardín, a menos que los niños o Matthew estuvieran a su lado.) No había necesidad de utilizar aquellas palabras tan dramáticas, infidelidad, perdón, y todo el resto: la inteligencia se lo prohibía. La inteligencia impedía, también, las discusiones, el mal humor, la ira, los silencios ensimismados, las acusaciones y las lágrimas. Por encima de todo, prohíbe las lágrimas.
       Debe pagarse un precio muy alto por un matrimonio feliz con cuatro criaturas saludables en una gran casa blanca con jardín.
       Y lo estaban pagando, de buen grado, a sabiendas de que lo hacían. Cuando se tumbaban uno junto al otro, o pecho contra pecho en su amplio y civilizado dormitorio con vistas al sucio y salvaje río, se reían, a menudo, sin ninguna razón en particular; pero sabían que en realidad se debía a que estas dos pequeñas personas, Susan y Matthew, sostenían semejante estructura con su inteligente amor. La risa los reconfortaba; los salvaba a ambos, aunque no sabían de qué.
       Por aquel entonces habían llegado a la cuarentena. Los hijos mayores, el niño y la niña, tenían diez y ocho años, e iban a la escuela. Los mellizos, de seis años, se quedaban en casa. Susan no tenía niñeras o muchachas que la ayudaran: la infancia es un período corto, y no lamentaba la ardua tarea. Se aburría con frecuencia, dado que los niños pequeños pueden resultar aburridos; solía sentirse muy cansada; pero no se arrepentía de nada. En diez años más, volvería a ser una mujer con vida propia.
       En breve, los mellizos irían a la escuela, y estarían fuera de casa de nueve a cuatro. Aquellas horas, así lo veía Susan, serían la preparación para su propia y gradual emancipación que le permitiría abandonar el papel de eje familiar hasta convertirse en una mujer con vida autónoma. Ya estaba haciendo planes para sus horas libres, cuando los niños no estuvieran “a su cargo”. Aquella era la frase que solían utilizar Matthew y Susan y sus amigos para referirse al momento en que el hijo más pequeño empezaba a ir al colegio. “No estarán a tu cargo, querida Susan, y entonces tendrás tiempo para ti misma.” Eso decía Matthew, el marido inteligente, que había cuidado de Susan y la había consolado en tantas ocasiones, que la había apoyado de buen grado durante los años en que su alma no le pertenecía a ella, como solía decir, sino a sus hijos.
       El caso era que Susan se veía como aquella mujer de veintiocho, años, soltera; y luego nuevamente cerca de los cincuenta, renaciendo de las raíces de lo que había sido veinte años atrás. Como si la verdadera Susan estuviera latente, como si permaneciera congelada. Una noche Matthew le dijo a Susan algo parecido: y ella coincidió en que era cierto, sentía algo así. Entonces, ¿qué era esta Susan esencial? No lo sabía. Dicho de este modo sonaba ridículo, y en realidad no lo sentía. De todas maneras, hablaron largo y tendido acerca de todo este asunto antes de quedarse dormidos abrazados.
       Así que los mellizos empezaron a ir al colegio, dos espléndidas y afectuosas criaturas para las que no supuso ningún problema, ya que sus hermanos mayores habían transitado con éxito ese mismo camino antes que ellos. Y ahora Susan estaría sola en la gran casa, cada día del ciclo lectivo, salvo por la mujer que iba a hacer la limpieza.
       Fue entonces, por primera vez en este matrimonio, cuando sucedió algo que ninguno de los dos había previsto.
       He aquí lo que sucedió. Susan regresó a las nueve y media de llevar al colegio en coche a los mellizos, con la expectativa de disfrutar de siete felices horas de libertad. La primera mañana sintió una gran inquietud, estaba preocupada, “como es natural”, por los mellizos, dado que era su primer día fuera de casa, en el colegio. No logró tranquilizarse hasta que regresaron. Y regresaron felices, fascinados por el mundo escolar, ansiosos por volver al día siguiente. Y al día siguiente Susan los llevó, los dejó, regresó y no sintió ganas de entrar en su gran y bella casa porque era como si allí dentro hubiera algo aguardándola, algo a lo que no tenía intención de enfrentarse. Lógicamente, no obstante, aparcó el coche en el garaje, entró en la casa, habló con la señora Parkes, la señora de la limpieza, de sus tareas, y subió a su cuarto. Se sintió poseída por una fiebre que la empujó otra vez escaleras abajo, hacia la cocina, donde la señora Parkes estaba preparando un pastel y no la necesitaba, y luego se dirigió al jardín. Allí se sentó en un banco e intentó recobrar la calma, contemplando los árboles, echando un vistazo al río marrón. Pero estaba muy tensa, como en estado de pánico, como si un enemigo estuviera con ella en el jardín. Entonces se dijo a sí misma, seriamente: Todo esto es absolutamente normal. Primero dediqué doce años de mi vida adulta a trabajar, a vivir mi propia vida. Luego me casé, y desde que me quedé embarazada por primera vez renuncié a mí misma, por así decirlo, para dedicarme a otros. A los niños. No hubo un solo momento en doce años en que estuviera sola, en que tuviera tiempo para mí. Ahora tengo que aprender a ser yo misma otra vez. Eso es todo.
       Y regresó adentro para ayudar a la señora Parkes a cocinar y limpiar, y encontró unas prendas de los niños para coser. Se mantuvo ocupada todos los días. Cuando finalizó el primer semestre, comprendió que había en ella dos sentimientos encontrados. Primero, un secreto estupor y desaliento porque durante aquellas semanas en que la casa estaba sin niños, ella había estado más ocupada (había procurado mantenerse ocupada) de lo que jamás había estado cuando tenía a los niños a su alrededor exigiendo toda su atención. Segundo, que ahora que sabía que la casa estaría llena de niños, y durante cinco semanas, lamentaría no poder estar sola. Ya recordaba aquellas horas de costura, de cocina (pero sola), como una libertad perdida que no volvería a ser suya durante cinco largas semanas. Y los dos meses de escuela que seguirían a las cinco semanas abrirían sus tentadoras puertas hacia su… libertad. Pero ¿qué libertad, si en realidad había procurado no librarse de tareas cotidianas durante las últimas cinco semanas? Se vio a sí misma, Susan Rawlings, sentada en una gran silla junto a la ventana de su habitación, cosiendo camisas o vestidos que bien podría haber comprado. Se vio a sí misma horas y horas preparando pasteles en la enorme cocina familiar: sin embargo, solía comprar los pasteles. Lo que vio fue a una mujer sola, eso era cierto, pero no se había sentido sola. Por ejemplo, la señora Parkes siempre estaba en algún rincón de la casa. Y no le gustaba nada estar en el jardín, debido a la cercanía del enemigo: esa irritación, inquietud, vacío, lo que fuera, que por alguna razón resultaba menos peligroso cuando tenía las manos ocupadas.
       Susan no le contó a Matthew estos pensamientos. No eran razonables. No se reconocía en ellos. ¿Qué le diría a su querido amigo y marido Matthew? “Cuando voy al jardín, es decir, si los niños no están allí, siento como si hubiera un enemigo esperando a invadirme.” “¿Qué enemigo, Susan, cariño?” “Bueno, no lo sé, en realidad…” “Quizá deberías ir al médico.”
       No, estaba claro que tal conversación no debía tener lugar. Llegaron las vacaciones y Susan las recibió de buen grado. Cuatro niños, vivaces, saludables, inteligentes, exigentes, nunca, ni un solo momento del día, estuvo sola. Si estaba en una habitación, ellos se encontraban en la habitación contigua, o esperando a que hiciera algo para ellos; o era la hora del almuerzo o de la merienda, o había que llevar a alguno al dentista. Algo que hacer, cinco semanas así, gracias al cielo.
       Al cuarto día de estas tan bienvenidas vacaciones, se vio a sí misma enfurecida, gritando a los mellizos, dos hermosas y temblorosas criaturas que (y eso es lo que la frenó) permanecieron de pie, cogidas de la mano, mirándola con desalentada incredulidad, sin poder entender lo que sucedía. Su madre, esa tranquila mujer, estaba gritándoles. ¿Y por qué? Se habían acercado a ella con algún juego, alguna tontería. Se miraron, se acercaron el uno al otro en busca de apoyo y se alejaron, cogidos de la mano, dejando a Susan aferrada al marco de la ventana del salón, respirando hondo, mareada. Se fue a acostar y les dijo a los niños mayores que le dolía la cabeza. Oyó que Harry les explicaba a los más pequeños: “No pasa nada. A mamá le duele la cabeza”. Oyó aquel “no pasa nada” con gran pesar.
       Esa noche se lo contó a su marido.
       —Hoy he gritado a los mellizos, y ha sido muy injusto.
       Se la oía apesadumbrada, y él dijo con dulzura:
       —Bueno, ¿y qué?
       —No es simplemente cuestión de acostumbrarse, como yo pensaba, a que vayan al colegio.
       —Pero Susie, Susie, querida… —Estaba acurrucada en la cama, llorando. Él la tranquilizó—: Susan, ¿qué pasa? ¿Les has gritado? ¿Y qué? Aunque les gritaras cincuenta veces al día, no sería más que lo que esos diablillos se merecen.
       Pero ella era incapaz de reírse. Lloraba. Pronto logró tranquilizarla contra su cuerpo. Se calmó. Ya calmada, Susan se preguntó qué le estaba sucediendo, y por qué le preocupaba tanto haberse comportado injustamente, una única vez, con los niños. ¿Qué importancia tenía? Ellos lo habían olvidado hacía rato; a mamá le dolía la cabeza y no pasaba nada.
       Mucho tiempo después Susan comprendió que aquella noche, en que había llorado y Matthew había logrado borrarle toda la tristeza con su cuerpo grande y sólido, esa había sido la última vez, la última en su vida de casados, que habían estado —para utilizar su mismo idioma— el uno con el otro. E incluso eso era mentira, porque ella jamás le habló de sus verdaderos miedos.
       Transcurrieron las cinco semanas, y Susan volvió a sentir que tenía el control sobre sí misma, y era buena y amable, y aguardaba ansiosa el final de las vacaciones, con una mezcla de temor y anhelo. No sabía qué esperar. Llevó a los mellizos al colegio (los mayores ya iban solos) y regresó a casa decidida a enfrentarse al enemigo, dondequiera que se hallara, en la casa, o en el jardín, o… ¿dónde?
       Se sintió inquieta de nuevo, se sintió invadida por la inquietud. Cocinó y cosió y trabajó como antes, día tras día, al tiempo que la señora Parkes le ponía reparos: “Señora Rawlings, ¿qué necesidad hay? Puedo hacerlo yo, para eso me paga”.
       Y era tan irracional su actitud que se frenó. Aparcaba el coche en el garaje, subía a su habitación y se sentaba, con las manos en el regazo, haciendo un esfuerzo por estar tranquila. Escuchaba a la señora Parkes moverse de un lado a otro de la casa. Miraba hacia el jardín y observaba las ramas agitando los árboles. Se sentaba y así abatía al enemigo, su inquietud. Vacío. Debería estar pensando en su vida, en sí misma. Pero no. O tal vez no podía. En cuanto se obligaba a pensar en Susan (¿por qué otro motivo, si no, quería estar sola?), sus pensamientos se desviaban hacia cuestiones como la mantequilla o la indumentaria escolar. O se concentraban en la señora Parkes. Susan se dio cuenta de que pasaba horas sentada, escuchando los movimientos de la señora de la limpieza, siguiéndola en cada curva, en cada rincón, en cada pensamiento. La seguía con el pensamiento desde la cocina hasta el cuarto de baño, desde la mesa hasta el horno, y era como si el trapo, el paño, la cacerola, estuvieran en sus propias manos. Oía su propia voz que exclamaba: No, así no, no coloque eso allí… Sin embargo, no le importaba en lo más mínimo lo que hacía la señora Parkes, o si hacía algo siquiera. Y no obstante, no podía evitar ser consciente de ella, en todo momento. Sí, esto era lo que le sucedía: necesitaba, cuando se encontraba sola, estar realmente sola, sin nadie cerca. No podía soportar la idea de que al cabo de diez minutos o media hora la señora Parkes la llamara desde las escaleras: “Señora Rawlings, no hay lustre para la plata. Señora, no queda harina”.
       Entonces salió de la casa y fue a sentarse en el jardín, allí donde los árboles la ocultaban del edificio. Esperó a que apareciera el demonio y la reclamara, pero no lo hizo.
       Lo mantenía alejado, porque no había llegado, después de todo, a organizarse.
       Pensaba en cómo estar en algún sitio adonde la señora Parkes no llegara con una taza de té o a pedirle permiso para usar el teléfono (lo cual le resultaba irritante, porque a Susan no le importaba a quién llamase o con qué frecuencia) o con una simple y agradable charla sobre cualquier cosa. Sí, necesitaba un lugar o un ambiente donde no fuera necesario que se repitiera a sí misma: en diez minutos tengo que llamar a Matthew y decirle que… y a las tres y media tengo que salir con tiempo para ir a por a los niños, porque hay que lavar el coche. Y mañana, a las diez, tengo que acordarme de que… Se sentía invadida por el resentimiento que le causaba el hecho de que las siete horas de libertad de cada día (los días de semana del ciclo lectivo) no fueran horas libres, que nunca, ni por un segundo siquiera, pudiera liberarse de la presión del tiempo, de tener que recordar esto o aquello. Nunca podía olvidar nada; en realidad, nunca podía permitirse ni un descuido.
       El resentimiento. La estaba envenenando. (Consideró esta emoción y pensó que era absurda. Y sin embargo, la sentía.) Estaba prisionera. (Consideró este pensamiento también, y no valía la pena decirse que se trataba de algo ridículo.) Debía contárselo a Matthew; pero ¿qué? Estaba repleta de emociones que le resultaban absolutamente ridículas, que despreciaba y que, sin embargo, sentía con tal intensidad que no podía librarse de ellas.
       Llegaron de nuevo las vacaciones escolares, y esta vez durarían casi dos meses, y se comportó con una delicadeza y un decoro tan conscientes y controlados que se sintió al borde de la locura. Se encerraba en el cuarto de baño y se sentaba en el borde de la bañera, respirando hondo, intentando lograr algo de calma. O se dirigía a la habitación de invitados, generalmente vacía, donde nadie esperaría encontrarla. Oía a los niños llamarla: “Mamá, mamá”, y permanecía en silencio, llena de culpa. O se dirigía al fondo del jardín, sola, y contemplaba el sosegado río marrón; miraba hacia el río y cerraba los ojos y respiraba hondo y despacio, llevando el aire hacia lo más profundo de su ser, hasta sus venas.
       Después regresaba junto a su familia, esposa y madre, sonriente y responsable, con la sensación de que toda esta gente —cuatro vigorosas criaturas y su marido— ejercía una presión dolorosa sobre la superficie de su piel, como una mano que le estrujara la cabeza. No se desmoronó ni se mostró irritada ni una sola vez durante todas las vacaciones, pero era como cumplir una sentencia de prisión, y cuando los niños regresaron al colegio, se sentó en un banco de piedra blanca junto al ondeante río, y pensó: No ha pasado ni un año aún desde que los mellizos empezaron a ir al colegio, desde que dejaron de estar a mi cargo (¿qué diablos creí que quería decir cuando utilicé esa estúpida frase?), y sin embargo soy una persona diferente. Simplemente no soy yo misma. No lo entiendo.
       No obstante, tenía que entenderlo. Porque sabía que esta estructura —la gran casa blanca, sobre la cual todavía pesaba una hipoteca de cuatrocientas libras al año, un marido, tan bueno y tan amable y perspicaz, cuatro niños, a los que les iba tan bien, y el jardín donde ella se sentaba, y la señora Parkes, la señora de la limpieza—, todo esto dependía de ella, y aun así no podía entender por qué, ni siquiera cuál era su contribución.
       —Creo que hay algo en mí que falla —le dijo a Matthew en su habitación.
       —Seguro que no, Susan —contestó él—. Estás maravillosa, tan encantadora como siempre.
       Le dedicó una mirada a aquel apuesto hombre rubio, de ojos azules, de rostro claro, inteligente, y pensó: ¿Por qué no puedo contárselo? ¿Por qué no? Y dijo:
       —Necesito estar más sola de lo que estoy.
       Matthew respondió con una mirada de asombro, lenta y azul, y entonces ella vio lo que tanto había temido: incredulidad. Escepticismo. Y miedo. Una incrédula mirada azul de asombro por parte de un extraño que era su marido, que estaba tan cerca de ella como su propia respiración.
       —Pero los niños van a la escuela y ya no están a tu cargo —dijo él.
       Se dijo a sí misma: Tengo que obligarme a decirlo: Sí, pero ¿es que no te has dado cuenta de que nunca me siento libre? No hay un solo momento en que pueda decirme: No hay nada de lo que deba acordarme, nada que deba hacer dentro de media hora, o de una hora, o de dos horas.
       En cambio dijo:
       —No me encuentro bien.
       —Quizá necesites tomarte unas vacaciones —sugirió él.
       —Pero no sin ti —replicó, horrorizada. Porque en realidad no podía imaginarse a sí misma yéndose sin él. Sin embargo, eso era lo que él había querido decir. Al ver su rostro, Matthew se rió y extendió los brazos y ella buscó su abrazo, mientras pensaba: Sí, sí, pero ¿por qué no puedo decirlo? ¿Y qué es lo que tengo que decir?
       Intentó explicarle que no se sentía libre. Y él la escuchó y le dijo:
       —Pero Susan, ¿qué tipo de libertad podrías querer, ¡a no ser que sea la de la muerte!? ¿Acaso yo soy libre? Voy a la oficina, y tengo que estar allí a las diez… está bien, a veces a las diez y media. Y tengo que hacer esto o aquello, ¿o no? Luego tengo que volver a casa a una determinada hora; no es que pretenda otra cosa, sabes que no es así, pero si no voy a volver a casa a las seis, te llamo. ¿Cuándo puedo decirme: No tengo ninguna obligación en las próximas seis horas?
       Al oír estas palabras, Susan se sintió compungida. Porque era cierto. El buen matrimonio, la casa, los niños, dependían en igual medida tanto de su voluntaria esclavitud, como de la de ella. Pero ¿por qué él no se sentía confinado? ¿Por qué él no montaba en cólera, o se inquietaba? No, había algo en ella que no funcionaba y esta era la prueba.
       Y la palabra esclavitud: ¿por qué la había usado? Jamás había sentido el matrimonio, o los hijos, como una esclavitud. Tampoco lo había sentido él, o seguramente no estarían juntos, abrazados, satisfechos tras doce años de matrimonio.
       No, lo que le sucedía (sea lo que fuere) era irrelevante, no tenía nada que ver con su buena vida junto a su familia. Debía aceptar que, al fin y al cabo, era una persona irracional y tenía que convivir con ello. Había gente que tenía que vivir sin un brazo, que tartamudeaba o estaba sorda. Ella tendría que vivir sabiendo que estaba condenada a un estado de ánimo que no podía controlar.
       No obstante, como resultado de esta conversación con su marido, se estableció un nuevo régimen para las siguientes vacaciones.
       En la habitación de invitados del último piso de la casa, ahora había un cartel colgado de la puerta que decía: ¡PRIVADO! ¡NOMOLESTEN! (Los niños habían preparado este cartel con tizas de colores después de una conversación entre sus padres, en que decidieron que esto era lo más apropiado desde el punto de vista psicológico.) La familia y la señora Parkes sabían que esta era “la habitación de mamá” y que tenía derecho a la intimidad. Matthew y los niños mantuvieron numerosas conversaciones serias para que estos no dieran por sentado que su madre estaba a su entera disposición. Susan acertó a oír la primera de ellas, entre Harry, el hijo mayor, y su padre, y se sorprendió ante la irritación que le causó. ¿Acaso no podía tener una habitación en algún rincón de esa enorme casa y retirarse allí sin que se armara ese escándalo, sin todas esas discusiones solemnes? ¿Por qué no podía simplemente decir: “Voy a arreglar la habitación de arriba para mí, y cuando esté allí, no quiero que me molesten por nada del mundo, salvo que haya un incendio?”. Simplemente eso, y asunto zanjado; y no esas largas y sesudas conversaciones. Cuando oyó a Harry y Matthew mientras se lo explicaban a los mellizos y el comentario de la señora Parkes —“Sí, bueno, una familia puede llegar a agotar a cualquier mujer”— tuvo que retirarse al fondo del jardín hasta que los demonios de la exasperación dejaron de bailar en su sangre.
       Pero ahora que tenía una habitación, y podía ir allí cuando quisiera, rara vez la usaba: se sentía aún más enjaulada que en su dormitorio. Un día subió allí después de preparar y servir una comida para diez niños —porque la señora Parkes no estaba—, y se quedó sentada un rato, contemplando el jardín. Vio que los niños salieron de la cocina y se quedaron de pie mirando hacia la ventana detrás de cuyas cortinas se encontraba Susan. Todos —sus hijos y los amigos de sus hijos— hablaban de la habitación de mamá. Unos minutos más tarde, oyó a los niños persiguiéndose en las escaleras, pero el estruendo cesó de pronto, como si se hubieran caído por un barranco, tan repentino fue el silencio. Recordaron que ella estaba allí, y habían bajado arrastrados por un vendaval de “¡Shhhhhh! ¡Shhhhhh! Silencio, que la vamos a molestar…”. Y bajaron de puntillas como si fueran delincuentes. Cuando fue a prepararles la merienda, todos se disculparon. Los mellizos la rodearon con sus brazos, por delante y por detrás, en lo que parecía una jaula humana de cariñosos miembros, y prometieron que no volvería a ocurrir: “Nos olvidamos, mami, nos olvidamos por completo”.
       Lo importante es que la habitación de mamá, y su necesidad de intimidad, se había convertido en una valiosa lección de respeto por los derechos de las personas. Susan, al poco tiempo, solo subía a la habitación porque era una pena que olvidaran semejante lección. Luego comenzó a coser allí, y los niños y la señora Parkes entraban y salían de la habitación a su aire; se había convertido en otra sala de estar.
       Ella suspiraba, sonreía y se resignaba; le hacía bromas a Matthew sobre sí misma cuando salía el tema de la habitación. Es decir, bromeaba con la parte de ella que le gustaba, que respetaba. Pero al mismo tiempo, había algo en su interior que aullaba de impaciencia, de rabia… Y tenía miedo. Un buen día se encontró a sí misma de rodillas junta a la cama, rezando: “Dios mío, mantenlo alejado de mí, mantenlo alejado de mí”. Se refería al diablo, porque ahora pensaba que aquello que la invadía, sin importarle lo irracional que pareciera, podía ser alguna clase de demonio. Se lo imaginaba, hombre o cosa, joven, quizá un hombre de mediana edad que pretendía parecer joven. ¿O como un hombre con aires de juventud debido a su inmadurez? En cualquier caso, veía ese rostro de rasgos jóvenes que, al acercarse, tenía líneas resecas alrededor de los ojos y la boca. Era más bien delgado, enjuto. Y su tez era rojiza, como su cabello. Así era él: un hombre enérgico, del color del jengibre, y llevaba una chaqueta de piel rojiza y tacto desagradable.
       Un buen día lo vio. Estaba de pie al fondo del jardín, contemplando el reflujo del río, y cuando alzó la vista vio a esa persona, o a ese ser, sentado en el banco de piedra blanca. La estaba observando, y sonreía. Sostenía en la mano una rama larga y curva que había recogido del suelo o arrancado del árbol que se alzaba sobre él. Estaba ausente, por el impulso caprichoso o distraído que da el rencor, y utilizaba la rama para enroscar un lución o una culebra (o algún tipo de criatura reptante; era blancuzca y desagradable a la vista, como enfermiza). La víbora se retorcía, y sacudía sus anillos de un lado a otro, como en una danza de protesta contra la molesta rama que la aguijoneaba.
       Susan lo observó mientras pensaba: ¿Quién es ese extraño? ¿Qué está haciendo en nuestro jardín? Luego reconoció al hombre en quien se habían cristalizado todos sus temores. En ese mismo instante el hombre desapareció. Se obligó a acercarse hasta el banco. La sombra de una rama yacía sobre el delgado césped color esmeralda y se agitaba sobre la superficie, y entonces comprendió por qué lo había confundido con una serpiente que se sacudía y se retorcía. Regresó a casa, pensando: Bueno, pues, lo he visto con mis propios ojos, así que después de todo no estoy loca; existe un peligro, porque lo he visto. Se esconde en el jardín y a veces incluso dentro de casa, y pretende meterse en mi interior y adueñarse de mí.
       Soñó que tenía una habitación o un lugar, en cualquier parte, donde podía ir y sentarse, sola, sin que nadie supiera dónde se encontraba.
       Cierto día, cerca de la estación Victoria, se vio a sí misma frente a una agencia que anunciaba habitaciones en alquiler. Decidió alquilar una, sin contárselo a nadie. Podría tomar el tren desde Richmond y pasar allí sentada una o dos horas de vez en cuando. Pero ¿cómo iba a hacerlo? Una habitación debía de costar tres o cuatro libras a la semana, y no tenía ingresos propios, ¿y cómo le explicaría a Matthew que necesitaba tal cantidad de dinero? ¿Para qué? No se le ocurrió pensar que estaba dando por hecho que no iba a decirle nada de la habitación.
       Bien, alquilar una habitación era inimaginable; y sin embargo, sabía que la necesitaba.
       Un día, cuando ya había empezado el ciclo lectivo, y ninguno de los niños tenía el sarampión ni ninguna otra enfermedad y todo parecía estar en orden, hizo las compras temprano, le dijo a la señora Parkes que había quedado con una vieja amiga de la escuela, cogió el tren hasta Victoria, buscó hasta encontrar un hotel pequeño y tranquilo, y pidió una habitación para pasar el día. No alquilaban habitaciones de día, le dijo la encargada con expresión confusa, porque estaba claro que Susan no era de esa clase de mujer que necesitaba una habitación por motivos indecentes. Susan le explicó que no se sentía bien, que no podía ir de compras si no descansaba y se echaba de vez en cuando. Finalmente le alquiló la habitación, con la condición de que pagara el día y la noche completos. La encargada y una doncella la acompañaron a la habitación, ambas preocupadas por su estado de salud… que debía ser bastante delicado puesto que, siendo de Richmond (había firmado el registro de huéspedes con su nombre y dirección), necesitaba un refugio en Victoria.
       La habitación era común y anónima: justamente lo que Susan necesitaba. Introdujo un chelín en la estufa, y se sentó, con los ojos cerrados, en un sillón sucio, de espaldas a una ventana sucia. Estaba sola. Estaba sola. Estaba sola. Podía sentir que las tensiones se relajaban. Al principio el ruido del tráfico llegaba con gran intensidad; luego pareció desvanecerse; bien podría haber dormitado un poco. Llamaron a la puerta. Era la señorita Townsend, la encargada, que le traía una taza de té, tan preocupada estaba ante el largo silencio y la posible enfermedad de Susan.
       La señorita Townsend era una mujer solitaria de unos cincuenta años que regentaba el hotel con toda la rectitud que podía esperarse de ella, y creyó ver en Susan una posibilidad de compañía y comprensión. Se quedó en la habitación y conversaron. Susan se vio envuelta en una fantástica historia acerca de su enfermedad, la cual se volvía más y más inverosímil a medida que intentaba hacerla cuadrar con la gran casa de Richmond, el marido adinerado y los cuatro hijos. Supongamos que hubiera dicho, en cambio: “Señorita Townsend, estoy aquí, en su hotel, porque necesito estar a solas durante algunas horas, sobre todo, a solas y sin que nadie sepa dónde estoy”. Lo dijo mentalmente, y vio, mentalmente, la expresión que inevitablemente adoptaría el rostro de solterona de la señorita Townsend. “Señorita Townsend, mis cuatro hijos y mi marido me están volviendo loca, ¿lo entiende? Sí, puedo ver por el resplandor de histeria en sus ojos que brota de una soledad controlada pero apenas contenida, que poseo todo lo que usted siempre ha deseado. Pues bien, señorita Townsend, no quiero nada de eso. Puede quedárselo, señorita Townsend. Ojalá estuviera completamente sola en el mundo, como usted. Señorita Townsend, me encuentro acorralada por siete demonios, señorita Townsend, señorita Townsend, permítame quedarme aquí en su hotel, donde el demonio no puede atraparme…” En lugar de decir todo esto, describió su anemia, aceptó probar el remedio casero de la señorita Townsend para esta enfermedad, el cual consistía en hígado crudo picado con pan integral, y dijo que sí, que quizá lo mejor sería que se quedara en casa y dejase que una amiga hiciera las compras en su lugar. Pagó la cuenta y se marchó del hotel, derrotada.
       En casa, la señora Parkes dijo que no le gustaba, no, no le gustaba nada que la señora Rawlings estuviera fuera desde las nueve de la mañana hasta las cinco. La maestra había telefoneado desde la escuela para decir que a Joan le dolían los dientes y ella no había sabido qué responderle; y qué se supone que debía prepararles a los niños de merienda, porque la señora Rawlings no lo había dicho.
       Por supuesto, nada de esto tenía importancia. La señora Parkes se quejaba de que Susan se había retirado en espíritu, cargando sobre ella el peso de la gran casa.
       Susan recordó su día de “libertad”, que la había llevado a entablar amistad con la solitaria señorita Townsend y que había ocasionado las objeciones de la señora Parkes. No obstante, recordó la breve pero feliz hora en que estuvo sola, sola de verdad. Estaba decidida a recomponer su vida, a cualquier precio, a fin de poder disfrutar de aquella soledad más a menudo.
       Pero ¿cómo? Pensó en decirle a su antiguo jefe: Quiero que me cubra cuando le explique a Matthew que trabajo media jornada para usted. Lo cierto es que… pero tendría que mentirle a él también, y ¿qué iba a contarle? No podía decirle: Quiero sentarme sola tres o cuatro veces por semana en un cuarto de hotel. Y además, también conocía a Matthew, y Susan realmente no podía pedirle que mintiera en nombre de ella, aparte de que pensaría que tenía un amante.
       Supongamos que de verdad consiguiera un empleo de media jornada, que pudiera llevar a cabo con rapidez y eficiencia para tener tiempo libre. ¿Qué clase de empleo? ¿Ocuparse de la correspondencia? ¿Hacer encuestas?
       Y además estaba la señora Parkes, esa viuda trabajadora que sabía exactamente lo que estaba dispuesta a dar por aquella casa, que instintivamente notaba el momento en que su patrona se evadía en espíritu de sus responsabilidades. La señora Parkes era una de las servidoras de este mundo, pero necesitaba alguien a quien servir. Necesitaba tener a la señora Rawlings, su señora, en el piso de arriba de la casa o en el jardín, para poder recurrir a ella en busca de apoyo: “Sí, el pan ya no es como cuando yo era pequeña… Sí, Harry tiene un apetito asombroso. Me pregunto dónde mete todo lo que come… Sí, es una suerte que los mellizos sean del mismo tamaño, pueden usar el calzado del otro, cosa que es un buen ahorro en estos tiempos que corren… Sí, la mermelada de cereza de Suiza no le llega ni a los talones a la polaca y cuesta tres veces más…”. Y cosas por el estilo. Era el tipo de conversación que la señora Parkes debía mantener, día tras día, o de lo contrario se iría, sin saber ni siquiera por qué.
       Susan Rawlings, absorta en sus pensamientos, se encontró a sí misma merodeando como un gato salvaje por el gran jardín cubierto de maleza: caminaba escaleras arriba, escaleras abajo, de una habitación a otra, volvía al jardín, junto a la orilla del río serpenteante y marrón, regresaba a casa, al piso de arriba, bajaba otra vez… Era un milagro que no le pareciera raro a la señora Parkes. Al contrario, la señora Rawlings podía hacer lo que quisiera, podía hacer el pino si le apetecía, siempre y cuando estuviera allí. Susan Rawlings daba vueltas por toda la casa y hablaba entre dientes, sintiendo odio hacia la señora Parkes, soñando con su hora de soledad en la sombría respetabilidad de la habitación del hotel de la señorita Townsend y sabía muy bien que estaba loca. Sí, estaba loca.
       Le dijo a Matthew que necesitaba tomarse unas vacaciones. Matthew estuvo de acuerdo con ella. Esta vez no hablaron como en las otras ocasiones, abrazados, tendidos en el lecho nupcial. Él había acabado por diagnosticar que, Susan lo sabía, ella sufría de insensatez. Susan se había convertido en alguien distante a quien tenía que controlar. Vivían codo a codo en aquella casa como dos extraños que se tratan con tolerante amabilidad.
       Después de haberle comunicado a la señora Parkes, o mejor dicho, después de haberle pedido permiso, se fue de vacaciones a Gales, a caminar. Eligió el sitio más remoto que conocía. Todas las mañanas los niños la llamaban por teléfono antes de ir a la escuela, para darle ánimos y brindarle su apoyo, tal y como habían hecho durante el episodio de la habitación de mamá. Ella les llamaba todas las noches, hablaba con todos, por turnos, y luego con Matthew. La señora Parkes, que tenía permitido comunicarse para solicitar instrucciones o consejos, lo hacía todos los días, a la hora del almuerzo. Cuando, como ocurrió en tres ocasiones, la señora Rawlings estaba en las montañas, la señora Parkes dejaba dicho que la llamara a tal o cual hora, porque no se sentiría satisfecha con su labor si no recibía la bendición de la señora Rawlings.
       Susan paseaba por tierras silvestres con el cable del teléfono atándola a sus obligaciones como una correa. La siguiente llamada que tenía que hacer, o que esperaba que le hicieran, la clavaba en su cruz. Las propias montañas parecían trabadas por la falta de libertad de ella. En cualquier lugar de las montañas, desde la hora del desayuno hasta el atardecer, donde no se cruzaba con nadie salvo algunas ovejas o un pastor, Susan se encontraba cara a cara con su propia locura, que bien podía atacarla en los valles más extensos, que entonces le parecían demasiado estrechos, o en la cima de una montaña desde donde divisaba otros cientos de cumbres y valles, que entonces le parecían demasiado bajos, demasiado pequeños, con el cielo haciendo presión demasiado cerca. Solía permanecer de pie, contemplando las brillantes colinas cubiertas de helechos, adornadas con agua corriente, y sin embargo, no veía más que a su demonio, que alzaba la vista desde donde se hallaba, apoyado contra una piedra, y que la miraba con ojos inhumanos mientras sacudía una pequeña rama contra sus desagradables botas amarillas.
       Regresó a su casa junto a su familia, con el vacío galés en lo más profundo de su mente como si fuera una promesa de libertad.
       Le dijo a su marido que quería tener una au pair.
       Estaban en su habitación, era de noche, tarde, los niños dormían. Matthew se sentó, en camisa y pantuflas, en una silla junto a la ventana, mirando hacia fuera. Ella estaba sentada cepillándose el cabello mientras lo observaba por el espejo. Una escena del dormitorio matrimonial consagrada en el tiempo. Él no dijo nada, y ella oía que los argumentos llegaban a su mente, aunque solo para que los descartara porque todos ellos eran razonables.
       —Es un poco raro contratar una au pair ahora que, después de todo, los niños pasan la mayor parte del día en el colegio. Seguro que la hubieras necesitado cuando estabas atrapada con ellos día y noche. ¿Por qué no le pides a la señora Parkes que cocine por ti? Incluso ella se ha ofrecido… Puedo entender que estés cansada de cocinar para seis personas. Pero sabes que una au pair implica todo tipo de problemas, no es lo mismo que tener una señora de la limpieza durante el día… —Finalmente, dijo con cautela—: ¿Estás pensando en volver a trabajar?
       —No —respondió ella—, no, en realidad no. —Quiso sonar imprecisa, algo estúpida. Continuó cepillando su melena negra con la mirada fija en su propia imagen para no pensar en las miradas efímeras e incómodas que le dirigía su Matthew—. ¿Crees que no podemos permitirnos ese lujo? —prosiguió con su tono impreciso, muy distinto del de la eficaz Susan de siempre, que sabía exactamente lo que se podían permitir.
       —No se trata de eso —dijo él, mirando a través de la ventana los árboles oscuros, para no mirarla a ella. Mientras tanto, Susan examinaba un rostro redondo, cándido, agradable, con cejas oscuras bien definidas y grandes ojos grises. Un rostro razonable. Cepillaba su espeso cabello negro y pensaba: Sin embargo, este es el reflejo de una loca. ¡Qué cosa tan extraña! Sería mucho más lógico que el reflejo me devolviera la mirada punzante de ojos verdes del demonio rojo, con su sonrisa mordaz, mezquina… ¿Por qué Matthew no estaba de acuerdo? Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer? Ella estaba rompiendo su parte del trato y no había forma de obligarla a cumplir con él: que su espíritu, su alma, habitara esta casa, para que su gente pudiera crecer como plantas en agua, y la señora Parkes siguiera contenta a su servicio. A cambio, él sería un buen marido y se haría cargo de los hijos. Pues bien, nada de todo esto era así para ninguno de los dos desde hacía mucho tiempo. Él cumplía con sus obligaciones mecánicamente; ella ni siquiera fingía cumplir con las suyas. Y él se había convertido en un marido más; su vida real pasaba por su trabajo y la gente que veía en él, y era muy probable que mantuviera un serio romance. Todo esto era culpa de ella.
       Finalmente, corrió las gruesas cortinas, olvidándose de los árboles, y se volvió para captar su atención:
       —Susan, ¿de verdad estás convencida de que necesitamos una au pair?
       Pero ella no le hizo caso. No dejaba de cepillarse el cabello, levantando delgadas nubes negras junto con un leve silbido de electricidad. Tenía la mirada fija en el espejo y sonreía como si le divirtiera el persistente silbido cada vez que se pasaba el cepillo.
       —Sí, creo que sería una buena idea —dijo, con la astucia de una loca que evita llegar a la cuestión de fondo.
       En el espejo podía ver a Matthew recostado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza, la mirada perdida, el rostro tenso y triste. Sintió que su corazón (el viejo corazón de Susan Rawlings) se enternecía y lo llamaba. Pero se propuso que le resultara indiferente.
       —Susan —dijo él—, ¿y los niños? —Se trataba de una súplica que casi le llega al corazón. Matthew abrió los brazos, los levantó junto a su cuerpo, con las palmas hacia arriba, vacíos. Ella solo tenía que correr hacia allí y echarse en sus brazos, sobre su pecho tibio y duro, y fundirse en sí misma, en Susan. Pero no podía hacerlo. No veía sus brazos en alto.
       —Bueno —dijo con expresión vaga—, seguro que será bueno para ellos. Conseguiremos una muchacha francesa o alemana y aprenderán el idioma.
       Permaneció recostada junto a él en la oscuridad, se sentía fría, una extraña. Era como si Susan hubiera desaparecido. La mujer que estaba allí tumbada, fría e indiferente junto a un hombre que sufría, le resultaba muy desagradable, pero no podía cambiarla.
       A la mañana siguiente, se dispuso a conseguir una muchacha, y muy pronto apareció Sophie Traub, de Hamburgo, de veinte años, sonriente, saludable, ojos azules, y con ganas de aprender inglés. De hecho, ya lo hablaba bastante bien. A cambio de un habitación —“la de mamá”— y comida, se comprometía a cocinar un poco y a quedarse con los niños cuando se lo pidiera la señora Rawlings. Era una muchacha inteligente y entendió a la perfección lo que buscaban.
       —A veces estoy fuera toda la mañana o todo el día —dijo Susan—. Bueno, a veces los niños regresan a casa directamente de la escuela, o llaman, o llama alguna maestra. En realidad debería ser yo quien estuviera aquí. Y también está la señora de la limpieza…
       Y Sophie soltó una sonora y profunda carcajada de fräulein, que dejaba ver sus delicados dientes blancos y sus hoyuelos y replicó:
       —Quiere que haya alguien que pueda hacer el papel de señora de la casa de vez en cuando, ¿es eso?
       —Sí, exactamente eso —dijo Susan, con un tono algo seco, a pesar de sí misma, mientras pensaba con secreto temor que todo había resultado demasiado sencillo, que se encontraba mucho más cerca del fin de lo que se imaginaba. Que la saludable señorita Traub comprendiera al instante cuál sería su lugar era la prueba.
       La joven, merced a su propio sentido común, o quizá (como se decía Susan a sí misma con su nuevo estremecimiento interior) por la gran opción que ella había tomado, resultó un éxito. A los niños les gustaba, la señora Parkes olvidó casi de inmediato que era alemana, y Matthew consideraba que “era agradable tenerla en casa”. Porque ahora Matthew se tomaba las cosas tal como venían, de manera superficial, pues se había alejado del ámbito del hogar tanto como marido como en su condición de padre.
       Cierto día Susan vio que Sophie y la señora Parkes estaban conversando y riendo en la cocina, y anunció que estaría fuera hasta la hora del té. Sabía exactamente adónde ir y qué buscaba. Tomó la línea District hacia South Kensington, hizo transbordo en el Circle, bajó en Paddington, y caminó por los alrededores observando los pequeños hoteles hasta que se decidió por uno con el nombre de FREDS HOTEL pintado sobre unos cristales que necesitaban una limpieza. La fachada era de un amarillo intenso descolorido, como la piel de un enfermo. Una puerta situada al final de un pasillo anunciaba que debía golpear; así lo hizo y apareció Fred. No era en absoluto atractivo, era gordo, de mala traza y vestía un traje de rayas de muy mal gusto. Tenía ojos pequeños de mirada penetrante, y el rostro pálido y arrugado, y estaba dispuesto a alquilarle a la señora Jones (eligió aquel nombre absurdo a propósito, con descaro) una habitación tres días a la semana, de diez a seis. Con la condición, por supuesto, de que pagara por adelantado cada vez que se presentara. Susan sacó quince chelines (él no había dicho nada del precio) y se los entregó, sin dejar de mirarlo fijamente, sin parpadear, con una expresión desafiante y descarada que en ese momento descubrió que podía usar a voluntad. Con la mirada aún fija en ella, el hombre tomó un billete de diez chelines de la palma de su mano, entre el pulgar y el índice, y lo palpó; luego cogió las dos monedas de media corona, extendió la palma de su mano con aquel puñado de dinero a la vista, y dejó caer su mirada de aire melancólico. Estaban en el pasillo, con una luz rojiza sobre ellos, y listones de madera desnuda bajo sus pies, y un intenso olor a detergente a su alrededor. El hombre alzó la vista de la palma de su mano aún extendida y la miró, sonriendo como si dijera: ¿Por quién me toma?
       —No utilizaré —dijo Susan— esta habitación para ganar dinero. —El hombre seguía esperando. Agregó otros cinco chelines, ante lo cual él asintió y dijo:
       —Usted paga y yo no hago preguntas.
       —Bien —respondió Susan.
       Entonces él pasó a su lado y se dirigió hacia las escaleras y esperó allí unos instantes; la luz que llegaba de la puerta de la calle cegó los ojos de Susan y por un momento lo perdió de vista. Luego vio a un hombrecillo vestido con sobriedad, de rostro pálido y un poco calvo que subía las escaleras al trote como un camarero, y fue tras él. Siguieron subiendo en absoluto silencio las escaleras de esa casa en que no se hacían preguntas; el Fred’s Hotel, que brindaba a sus visitantes la libertad que el pobre hotel de la señorita Townsend no podía concederles. La habitación era repugnante. Tenía una sola ventana, con delgadas cortinas verdes de brocado, una cama de plaza y media cubierta por una colcha barata de satén verde, al lado una estufa de gas que funcionaba con monedas, una cómoda, y un sillón de mimbre verde.
       —Gracias —dijo Susan, a sabiendas de que Fred (si es que era Fred y no George o Herbert o Charlie) la estaba observando, no tanto por curiosidad, emoción que él no admitiría, por motivos profesionales, sino por un sentido filosófico de lo apropiado. A pesar de que había aceptado su dinero y le había mostrado la habitación y había accedido a todo, estaba claro que censuraba el hecho de que ella estuviera allí. No pertenecía en absoluto a ese lugar, eso decía su mirada. (Pero ella ya sabía que formaba parte del lugar; la habitación había estado esperando a que ella llegara.)
       —¿Podría llamarme a las cinco en punto, por favor?
       Y el hombre asintió y bajó las escaleras.
       Eran las doce del mediodía. Era una mujer libre. Se sentó en el sillón, simplemente se sentó, cerró los ojos y se sentó y se permitió estar sola. Estaba sola y nadie sabía dónde estaba. Cuando oyó que golpeaban a la puerta se sintió molesta, y estaba dispuesta a demostrarlo: pero era el propio Fred, eran las cinco en punto y estaba llamándola tal como había pedido. Echó un vistazo al cuarto con sus pequeños ojos de mirada penetrante, primero a la cama. Estaba intacta. Era como si nunca hubiera estado en la habitación. Ella le dio las gracias, dijo que volvería pasado mañana y se marchó. Regresó a su casa a tiempo para preparar la cena, acostar a los niños, y preparar una segunda cena para ella y su marido más tarde. Y para recibir a Sophie, que había vuelto del cine, adonde había ido con una amiga. Hizo todo esto con alegría y ganas. Pero pensaba todo el tiempo en la habitación de hotel, la ansiaba con todo su ser.
       Tres veces a la semana. Llegaba puntualmente a las diez, miraba a Fred a los ojos, le daba veinte chelines, lo seguía escaleras arriba, entraba en la habitación, y le cerraba la puerta en las narices, amablemente pero con firmeza. Porque a pesar de que Fred censuraba su presencia allí, estaba dispuesto a permitir que la amistad, o al menos la compañía, ocupara el lugar de la censura, en el caso de que ella se lo permitiera. Pero se contentaba con marcharse con los veinte chelines en la mano cuando ella le hacía un gesto de despedida.
       Susan se sentó en el sillón y cerró los ojos.
       ¿Qué hizo en la habitación? Pues absolutamente nada. De la silla, después de descansar se dirigió hacia la ventana, con los brazos extendidos, sonriente, atesorando su anonimato, para mirar al exterior. Ya no era Susan Rawlings, madre de cuatro hijos, esposa de Matthew, jefa de la señora Parkes y de Sophie Traub, con tales y cuales amistades, relacionada con estos y aquellos profesores y comerciantes. Ya no era dueña de la gran casa blanca con jardín, poseedora de prendas apropiadas para tal o cual actividad u ocasión. Era la señora Jones, y estaba sola, y no tenía pasado ni futuro. Aquí estoy, pensaba, después de tantos años de matrimonio y maternidad y de interpretar todos esos papeles de responsabilidad, y sigo siendo la misma. Sin embargo, ha habido momentos en que pensaba que para mí no existía nada más allá de mi papel de esposa de Matthew Rawlings. Sí, aquí estoy, y si nunca volviera a ver a ningún miembro de mi familia, aquí seguiría… ¡Qué raro es todo esto! Y se apoyó en el alféizar de la ventana, y miró hacia la calle, disfrutando de los hombres y mujeres que pasaban, porque no los conocía. Observó los vetustos edificios, y el cielo, húmedo y sucio, o azul por momentos, y tuvo la sensación de que nunca había visto ningún edificio ni el cielo. Y luego regresó a la silla, vacía, con la mente en blanco. A veces hablaba en voz alta, sin decir nada: una exclamación carente de sentido seguida de algún comentario sobre el estampado de flores de la delgada alfombra o una mancha de la colcha de satén verde. La mayor parte del tiempo estaba en Babia —¿qué otra palabra existe para expresarlo?—, meditaba, dejaba vagar el pensamiento, permanecía simplemente a oscuras, y sentía que el vacío corría deliciosamente por sus venas, como el movimiento de su sangre.
       Esta habitación se había convertido en algo más propio que la casa en que vivía. Una mañana notó que Fred la llevaba a un piso más arriba de lo habitual. Susan se detuvo, se negó a seguir subiendo, y exigió su habitación de siempre, la número diecinueve.
       —Bueno, pero entonces tendrá que esperar una media hora —dijo él. Accedió de buen grado y fue hasta el oscuro vestíbulo con olor a desinfectante, y se sentó a esperar hasta que dos personas, hombre y mujer, bajaron las escaleras, y le dirigieron una mirada fugaz e indiferente, se apresuraron hacia la calle y se separaron al llegar a la puerta. Subió a la habitación, a su habitación, que acababan de desocupar. No era menos suya, aunque cuando Susan entró las ventanas estaban abiertas y había una señora haciendo la cama.
       Después de esos días de soledad, su papel de madre y esposa le parecía más fácil de interpretar y a la vez más difícil: era tan sencillo que se sentía una impostora. Tenía la sensación de que seguía con la coraza puesta, entre su familia, aunque respondía cuando la llamaban mamá, madre, Susan o la señora Rawlings. La asombró que nadie la descubriera, que no la echaran de casa, por impostora. Por el contrario, parecía que sus hijos la querían aún más; Matthew y ella “se llevaban” bastante bien, la señora Parkes se sentía a gusto en su trabajo a las órdenes (la mayor parte del tiempo, debe confesarse) de Sophie Traub. Por las noches se acostaba junto a su marido, y hacían el amor de nuevo, aparentemente tal y como solían hacerlo cuando estaban realmente casados. Pero ella, Susan, o el ser que respondía de tan buena gana y de un modo tan sorprendente al nombre de Susan, no estaba allí: se encontraba en el Fred’s Hotel, en Paddington, a la espera de que comenzaran las plácidas horas de soledad.
       Al poco tiempo llegó a un nuevo acuerdo con Fred y Sophie. Pasarían a cinco días a la semana. En cuanto al dinero, cinco libras, simplemente se lo pidió a Matthew. Se dio cuenta de que ni siquiera temía que él le preguntara para qué era: se lo iba a dar, ella lo sabía, y sin embargo era terrible que así fuera, porque esta pareja tan unida, estos socios, en otros tiempos habían sabido a qué se destinaba cada chelín que gastaban. Matthew accedió a entregarle cinco libras por semana. No pedía nada más que eso, ni un penique más. Él se mostraba indiferente. Era como si le estuviera pagando, pensó Susan, pagando por librarse de ella; sí, era eso. Por un momento sintió de nuevo el pánico, en el instante en que lo comprendió, pero lo controló; las cosas habían ido demasiado lejos como para eso. Ahora, cada semana, los domingos por la noche, Matthew le daba cinco libras, y se alejaba de ella antes de que se cruzaran sus miradas en el momento de la transacción. En cuanto a Sophie Traub, tenía que estar en alguna parte de la casa, o cerca, hasta las seis, luego quedaba libre. No tenía que cocinar o limpiar, simplemente debía estar allí. Se ocupaba del jardín o cosía, e invitaba amigos a la casa, porque era una persona muy sociable. Si los niños se ponían enfermos, los cuidaba. Si las maestras llamaban, las atendía con inteligencia. Y es que, puesto que pasaba allí los cinco días de la semana escolar, en realidad era la dueña de la casa.
       Una noche, en el dormitorio, Matthew le preguntó:
       —Susan, no quiero entrometerme, no pienses eso, por favor, pero ¿estás segura de que te encuentras bien?
       Susan estaba cepillándose el cabello frente al espejo. Dio dos pasadas más con el cepillo a cada lado de su cabeza antes de responder:
       —Sí, querido, estoy segura de que me encuentro bien.
       Matthew estaba tumbado boca arriba, tenía su gran cabeza rubia sobre las manos y los codos hacia el techo cubriéndole un poco el rostro.
       —Entonces, Susan —dijo—, debo hacerte esta pregunta, aunque quiero que entiendas que en ningún caso pretendo presionarte. —Susan escuchó con consternación la palabra presión, la situación era inevitable, estaba claro que no podía seguir así—. ¿Van a continuar así las cosas?
       —Bueno —respondió Susan con un tono por momentos vago, luego enérgico e incluso tonto, a modo de escapatoria—, no veo por qué no.
       Él sacudió los codos hacia arriba y hacia abajo, como sintiéndose molesto o dolorido y, al verlo, ella se dio cuenta de que había adelgazado, estaba incluso demacrado; y no recordaba en él aquellos movimientos nerviosos y airados.
       —¿Quieres el divorcio, es eso? —inquirió él.
       Al oír aquellas palabras, Susan tuvo que hacer un gran esfuerzo por contener la risa: era capaz de oír la carcajada burbujeante y espléndida que habría soltado, de no haberse reprimido. Matthew solo podía querer decir una cosa: que tenía un amante, y que por eso se pasaba todo el día en Londres, completamente alejada de él, como si se hubiera esfumado a otro continente.
       Entonces sintió otra vez el pequeño pánico; comprendió que Matthew en realidad abrigaba la esperanza de que ella tuviese un amante, le rogaba que dijera algo así, de lo contrario, la cuestión resultaba demasiado aterradora.
       Pensaba todo esto mientras se cepillaba el cabello y observaba los delgados hilos negros erizarse y formar pequeñas nubes de electricidad, y escuchaba su silbido, el silbido, el silbido. Detrás de su cabeza, al otro lado de la habitación, había una pared azul. Se dio cuenta de que estaba absorta mirando las formas que dibujaba el cabello negro sobre el fondo azul. Debería haber estado respondiendo a su pregunta.
       —¿Quieres tú el divorcio, Matthew?
       —No se trata de eso, ¿no crees? —contestó Matthew.
       —Tú has sacado el tema, no yo —replicó Susan con lucidez, conteniendo una sonora carcajada sin sentido.
       Al día siguiente, le dijo a Fred:
       —¿Ha preguntado alguien por mí?
       Fred dudó unos instantes, y luego Susan añadió:
       —Ya hace un año que vengo aquí. No he causado ningún problema y ha recibido su dinero cada vez. Tengo derecho a que se me informe.
       —En realidad, señora Jones, un hombre vino a preguntar.
       —¿Un hombre de una agencia de detectives?
       —Bueno, sí, puede que fuera un detective, ¿no?
       —Era yo quien le estaba haciendo una pregunta… Bien, ¿qué le dijo?
       —Le dije que una tal señora Jones venía cada día de la semana, de diez a cinco o seis de la tarde y que se quedaba sola en la habitación diecinueve.
       —¿Dio mi descripción?
       —Bueno, señora Jones, no tenía alternativa. Póngase en mi lugar.
       —Tengo todo el derecho del mundo a descontarle lo que el hombre le ha dado por la información.
       Alzó la vista, sobresaltado. ¡No era el tipo de mujer que hacía ese tipo de bromas! Entonces optó por reír: una hendidura rosada y húmeda asomó en su rostro blanco y arrugado: su mirada le rogaba que ella también se riera, si no él iba perder su dinero. Susan permaneció impasible, observándolo.
       Fred dejó de reír y dijo:
       —¿Quiere subir ahora?
       Había recobrado el tono de familiaridad, de camaradería de ese país donde no se hacen preguntas, del que ella (y él lo sabía) dependía por completo.
       Susan subió a sentarse en su silla de mimbre. Pero no era lo mismo. Su marido había estado buscándola. (El mundo había estado buscándola.) Cargaba con toda la presión. Estaba en la habitación con el consentimiento de él. Podía entrar en cualquier momento, allí, a la habitación diecinueve. Se imaginó el informe de la agencia de detectives: “Una mujer que se hace llamar señora Jones, y que responde a la descripción de su esposa (etcétera, etcétera, etcétera), se encierra sola todo el día en la habitación diecinueve. Insiste en alquilar esta habitación, y espera si está ocupada. Según el propietario, no recibe visitas en la habitación, de ningún hombre ni mujer”. Matthew debió de haber recibido un informe por el estilo.
       Tenía razón, por supuesto; las cosas no podían continuar así. Había dado al traste con todo al hacer que un detective la siguiese.
       Susan trató de encontrar refugio en la habitación, como un caracol arrancado de su concha, que se contorsiona y se retuerce en un intento por regresar a ella. Pero la paz de la habitación se había desvanecido. Intentaba revivirla a conciencia, intentaba permitirse entrar en el oscuro trance creativo (o lo que fuera) que alguna vez había encontrado allí. Todo era en vano, por más que lo deseara con vehemencia, estaba tan enferma como un adicto con abstinencia repentina.
       Volvió a la habitación en numerosas ocasiones, para buscarse a sí misma, pero en cambio, solo encontró el innombrable espíritu del desasosiego, un ferviente y punzante deseo de moverse, una inhibición tan irritante que hacía que su cerebro se sintiera como si en su interior hubiera lucecitas tintineantes de colores, encendiéndose y apagándose. En lugar de la suave oscuridad que había flotado en el aire de la habitación, ahora la aguardaban los demonios, que hacían que se echara a correr ciegamente de un lado a otro, murmurando palabras de odio; se impulsaba de un lado a otro como una polilla que se arroja contra el cristal de la ventana y luego se desliza hacia abajo, batiendo sus alas rotas, para acabar estrellándose otra vez contra la barrera invisible. Una y otra vez. Al poco rato estaba exhausta, y le dijo a Fred que no iba a necesitar la habitación por algún tiempo; se iba de vacaciones. Se marchó a casa, a la gran casa blanca junto al río. Era un día cualquiera de la semana, y se sentía culpable de regresar a su propia casa cuando nadie la esperaba. Se escondió, y se quedó mirando a través de la ventana el interior de la cocina. La señora Parkes llevaba puesto un viejo delantal de flores de Susan y se había inclinado para meter algo en el horno. Sophie, de brazos cruzados, estaba apoyada en una alacena y se reía de alguna broma que había hecho una muchacha a la que Susan no había visto nunca; una muchacha extranjera morena, invitada de Sophie. Molly, una de los mellizos, estaba acurrucada en un sillón chupándose el pulgar y mirando a los adultos. Debía de estar enferma, porque no había ido al colegio. El rostro apático de la niña, los círculos oscuros debajo de sus ojos, hirieron a Susan. Molly miraba a las tres personas adultas que trabajaban y conversaban del mismo modo que Susan las estaba mirando a ellas cuatro a través de la ventana de la cocina; estaba lejos, aislada.
       Pero luego, justo cuando Susan se estaba imaginando que entraba en casa, cogía a la pequeña y se sentaba en el sillón junto a ella para acariciarle la frente probablemente caliente por la fiebre, fue Sophie quien hizo exactamente eso: estaba de pie, apoyada sobre una pierna, con la otra rodilla flexionada, y el pie contra la pared. Dejó que el pie, enfundado en un zapato rojo con lazo, se deslizara por la pared, se apoyó con firmeza en ambos pies, y dio unas palmadas delante y detrás, mientras canturreaba un par de frases en alemán para que la niña alzara la vista y la mirara, y entonces la pequeña empezó a sonreír. Luego caminó, o mejor dicho dio unos brincos, hacia donde estaba la niña, la meció y la dejó caer sobre su regazo en el mismo momento en que se estaba sentando.
       —¡Hopla! ¡Hopla! Molly… —dijo Sophie, y Molly apoyó la cabeza sobre su hombro, en busca de alivio, y ella se puso a acariciar la oscura y despeinada cabecita.
       Bueno… Susan parpadeó para disipar las lágrimas de despedida de sus ojos, y se dirigió en silencio escaleras arriba, a su habitación. Se quedó sentada, mirando el río entre los árboles. Se sentía en paz, pero de un modo que le resultaba novedoso. No sentía deseos de moverse, ni de hablar, ni de hacer nada en absoluto. Los demonios que habían estado rondando la casa, el jardín, no estaban allí; pero sabía que se debía a que su alma se encontraba en la habitación diecinueve en el Fred’s Hotel; en realidad, Susan no estaba en casa. Era una sensación que debería haber sido aterradora: sentada junto a la ventana de su propio dormitorio, escuchando la voz potente y joven de Sophie, que cantaba canciones infantiles en alemán a su niña, escuchando el ajetreo de la señora Parkes, que iba y venía en el piso de abajo, sabiendo que todo aquello no tenía nada que ver con ella, que ella ya estaba al margen.
       Más tarde, se obligó a bajar y decir que había llegado a casa; era injusto estar allí sin anunciarse. Almorzó con la señora Parkes, Sophie, la amiga italiana de Sophie, Maria, y su pequeña Molly, y le dio la sensación de que estaba de visita.
       Unos días después, a la hora de dormir, Matthew le dijo:
       —Aquí tienes tus cinco libras. —Y le tendió el dinero. Pero ya debía haberse enterado de que no salía de casa para nada.
       Negó con la cabeza, le devolvió el dinero y dijo, a modo de explicación, no de acusación:
       —En cuanto descubriste dónde estaba, dejó de tener sentido.
       Matthew hizo un gesto de asentimiento, pero no la miró. Estaba de espalda, pensando, ella lo sabía, la mejor manera de manejar a esta esposa que lo aterrorizaba.
       —No estaba tratando de… es que estaba preocupado —dijo él.
       —Sí, lo sé.
       —Debo confesar que estaba empezando a preguntarme…
       —¿Creías que tenía un amante?
       —Sí, me temo que sí.
       Susan sabía que él habría deseado que lo tuviera. Se quedó sentada, y se preguntó cómo decirle: “Durante un año he pasado cada uno de mis días en una habitación de hotel muy sórdida. Es el sitio donde soy feliz. De hecho, no existo sin él”. Se oyó a sí misma pronunciando estas palabras, y comprendió que a Matthew le aterrorizaba la idea de que pudiera hacerlo. En cambio, dijo:
       —Pues bien, quizá no andes tan equivocado.
       Probablemente Matthew acabaría por pensar que el propietario del hotel mentía: así quería creerlo.
       —Bueno —dijo él, y ella sintió que su voz cobraba vigor, por así decirlo, aliviada—: En ese caso debo confesar que yo también he tenido una pequeña aventura.
       —¿De verdad? —preguntó ella, despreocupada e interesada a la vez—. ¿Quién es ella? —Y notó la mirada perpleja de Matthew por su reacción.
       —Se trata de Phil. Phil Hunt.
       Susan conocía bien a Phil Hunt de los tiempos de soltera. Pensaba: No, ella no servirá, es demasiado neurótica y difícil. Nunca ha sido feliz. Sophie es mucho mejor. En todo caso Matthew lo verá por sí mismo, es lo bastante sensato.
       Estos pensamientos continuaron en silencio, al tiempo que decía en voz alta:
       —No sirve de nada que te hable del mío porque no lo conoces.
       Rápido, rápido, inventa algo, pensaba ella. Recuerda cómo te inventaste todas aquellas tonterías para la señorita Townsend.
       Empezó a hablar despacio, eligiendo con cuidado las palabras para no contradecirse.
       —Se llama Michael —(¿Michael qué más?)—, Michael Plant. —(¡Qué nombre tan tonto!)—. Se parece un poco a ti; físicamente, quiero decir. —En realidad no podía imaginarse que la tocara nadie más que el propio Matthew—. Es editor —(¿De verdad? ¿Por qué?)—. Está casado y tiene esposa y dos hijos.
       Elucubró esta fantasía, y se sintió orgullosa de sí misma.
       —¿Estáis pensando en casaros? —preguntó Matthew.
       Contestó antes de que pudiera contenerse:
       —¡No, por Dios!
       Cayó en la cuenta de que, si Matthew pretendía casarse con Phil Hunt, sus palabras habían sonado demasiado enfáticas, pero por lo visto todo estaba bien, ya que el tono de su voz sonó aliviado cuando dijo:
       —Es casi imposible imaginarse casado con otra persona, ¿no te parece? —Al decir esto la acercó a su lado, de modo que la cabeza de Susan quedó sobre su hombro. Susan se volvió y apoyó su rostro contra la oscuridad de su carne y escuchó el latido de la sangre, diciendo: Estoy sola, estoy sola, estoy sola.
       Por la mañana, Susan permaneció en la cama mientras él se vestía.
       Matthew había estado pensando durante la noche, porque ahora dijo:
       —Susan, ¿por qué no hacemos un grupo los cuatro?
       Por supuesto, se dijo, estaba claro que diría algo así. Si uno es sensato, si uno es razonable, si uno nunca se permite ningún bajo instinto ni la envidia, es normal que uno diga: ¡hagamos algo los cuatro!
       —¿Por qué no? —respondió ella.
       —Podríamos quedar los cuatro para comer. Quiero decir que es ridículo que salgas a hurtadillas y te metas en hoteles inmundos, y que yo me quede hasta tarde en la oficina, y todas estas mentiras que nos vemos obligados a contar.
       ¿Cómo diablos dije que se llamaba? Le entró el pánico por un momento, luego dijo:
       —Me parece una buena idea, pero Michael está de viaje. En todo caso cuando regrese, estoy segura de que os caeréis muy bien.
       —¿Así que está de viaje? Entonces eso explica que hayas estado… —Su marido se acomodó el nudo de la corbata con un ademán viril y coqueto que ella jamás habría asociado a él, se inclinó para besarla en la mejilla, con la expresión que suele acompañar estas palabras: ¡Oh, mi gatita traviesa! Y Susan percibió que, como respuesta, a su rostro asomaba una mirada traviesa y tímida.
       Por dentro se horrorizó ante la imagen de ambos, al ver cuánto se habían alejado de las emociones sinceras.
       ¡Así que ahora cargaba con un amante y él tenía la suya! ¡Qué vulgar, qué reconfortante, qué agradable! Y ahora lo convertirían en una relación a cuatro, y saldrían al teatro y a comer. Después de todo, los Rawlings podían permitirse ese tipo de cosas, y probablemente el editor Michael Plant también podía darse esos lujos a sí mismo y a su amante. No, no había nada que pudiera impedir que los cuatro entablaran la más intrincada relación de civilizada tolerancia, envueltos en un encantador resplandor crepuscular de pasión otoñal. ¿Quizá pudieran ir todos juntos de vacaciones? Había conocido gente que lo hacía. ¿O quizá Matthew no llegaría tan lejos?, ¿por qué no iba a hacerlo si era capaz de hablar de “salir los cuatro”?
       Se quedó acostada en el dormitorio vacío, mientras escuchaba que el coche se alejaba con Matthew dentro, camino del trabajo. Luego oyó el ajetreo de los niños al salir hacia la escuela, acompañado de la voz enérgica y alegre de Sophie. Se escondió entre las sábanas en busca de un refugio ante su propia insignificancia. Y alargó la mano hacia el espacio vacío que ocupara el cuerpo de su marido, pero no encontró alivio allí: él no era su marido. Se acurrucó hasta hacerse un pequeño y apretado ovillo bajo las sábanas; podría permanecer allí todo el día, toda la semana, a decir verdad, toda la vida.
       Pero a los pocos días debía crear a Michael Plant, pero ¿cómo? Se suponía que tenía que encontrar a algún hombre agradable dispuesto a interpretar el papel del editor llamado Michael Plant. Y a cambio, ella… ¿qué? Pues bien, para empezar harían el amor. La sola idea le daba ganas de llorar hasta el agotamiento. Oh, no, todo eso se había acabado para ella; la prueba era que las palabras “hacer el amor”, o siquiera el hecho de imaginarlo, el hacer tan solo un esfuerzo por revivir los placeres de la sensualidad, dejando de lado el afecto o el amor, la daban ganas de salir corriendo y esconderse para evitar todos esos esfuerzos… Dios mío, ¿por qué es necesario acostarse? ¿Para qué acostarse con alguien? Si uno se va a acostar con alguien, ¿qué importancia tiene con quién sea? ¿Por qué no salía simplemente a la calle, seducía a un hombre y tenía un salvaje encuentro sexual? ¿Por qué no? ¿O incluso con Fred? ¿Qué diferencia habría?
       Pero ella misma se había metido en ese lío; un interminable período de tiempo con un amante, llamado Michael, como parte de una galante y civilizada relación de a cuatro. Pues bien, no podía hacerlo y no lo haría.
       Se levantó de la cama, se vistió, bajó a buscar a la señora Parkes y le pidió prestada una libra, porque Matthew, dijo ella, había olvidado dejarle dinero. Intercambió con la señora Parkes algunos comentarios acerca de que todos los maridos son iguales, que no piensan, y sin decirle una palabra a Sophie, cuya voz podía oírse en el piso de arriba hablando por teléfono, se dirigió al metro, fue hasta South Kensington, hizo transbordo al Inner Circle, se bajó en Paddington y caminó hasta el Fred’s Hotel. Allí le dijo a Fred que al final no se iba de vacaciones y que necesitaba la habitación. Tendría que esperar una hora, respondió Fred. Estuvo en una concurrida casa de té-restaurante de la esquina, y se sentó a observar a la gente que entraba y salía por la puerta mientras se abría y cerraba en un vaivén constante, veía cómo se juntaba, mezclaba y separaba, y sintió que su ser se arrastraba hacia ellos, hacia su movimiento. Al cabo de una hora, dejó media corona por su té, y abandonó el lugar sin mirar atrás, tal y como había hecho al dejar su casa, la gran y hermosa casa blanca, sin volver la vista atrás, pero dedicándosela en secreto a Sophie. Volvió al hotel, le dieron la llave de la habitación diecinueve, ahora que estaba libre, y subió lentamente las sucias escaleras, mientras los pisos se desvanecían uno tras otro a su paso, con su mirada en alto, de manera que los pisos descendían vertiginosamente ante sus ojos y desaparecían de su vista.
       La habitación diecinueve estaba igual. Echó un vistazo perspicaz, minucioso, controlador; el brillo barato de la colcha de satén, que habían vuelto a colocar con torpeza después de que los dos cuerpos hubieran terminado de convulsionarse debajo; un rastro de polvo sobre el cristal de la cómoda; una intensa sombra verde en un pliegue de la cortina. Permaneció de pie junto a la ventana, mirando hacia abajo, observando a la gente ir y venir, ir y venir, hasta que su mente se nubló con el constante movimiento. Luego se sentó en la silla de mimbre y se concedió la pura inactividad. Pero debía ir con cuidado, porque no quería que Fred la sorprendiera cuando llamara a la puerta a las cinco de la tarde.
       Los demonios no estaban allí. Se habían ido para siempre, porque ella estaba comprando su libertad. Ya estaba dejándose llevar hacia el oscuro y fructífero sueño que parecía acariciarla en su interior, como el movimiento de su sangre… pero antes tenía que pensar en Matthew. ¿Debía escribir una carta al juez? Pero ¿qué iba a decirle? Quisiera que al dejar a Matthew se quedara con la misma mirada que había visto en su rostro esa mañana; banal, hay que admitirlo, pero al menos saludable. Bueno, aquello era imposible, no podía conservarse una mirada como esa si la esposa de uno se suicidaba. Pero no podía dejar que creyera que moría por un hombre, por el fascinante editor Michael Plant ¡Oh, qué ridículo! ¡Qué absurdo! ¡Qué humillante! No obstante decidió no preocupase por ello, decidió simplemente no pensar en los vivos. Si quería creer que tenía un amante, que lo creyese. Y quería creer que era así. Incluso cuando descubriera que no había ningún editor en Londres llamado Michael Plant, pensaría: Oh, pobre Susan, temía decirme su verdadero nombre.
       ¿Y qué importancia tenía si se casaba con Phil Hunt o con Sophie? Aunque debería optar por Sophie, que ya se había convertido en la madre de aquellos niños… y qué hipocresía estar allí sentada, preocupándose por los niños cuando iba a dejarlos porque no tenía fuerzas para quedarse.
       Disponía de unas cuatro horas. Fueron deliciosas, sombrías, dulces, y se dejó deslizar suavemente, suavemente, hacia la orilla del río. Luego, sin apenas un atisbo de conciencia, se puso en pie, empujó el delgado tapete contra la puerta, se aseguró de que las ventanas estuvieran bien cerradas, puso dos chelines en la estufa y encendió el gas. Por primera vez desde que había estado en la habitación se tumbó en la dura cama que olía a humedad, que olía a sudor y a sexo.
       Se tendió boca arriba, sobre la colcha de satén verde, pero sus piernas estaban frías. Se incorporó, encontró una manta doblada en uno de los cajones de la cómoda, y se las cubrió con delicadeza. Estaba muy contenta allí acostada, mientras escuchaba el silbido suave y tenue del gas que inundaba la habitación, sus pulmones, su cerebro, y se dejaba llevar a la deriva hacia el oscuro río.




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