Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Sale el sol en la llanura (1951)
(“A Sunrise on the Veld”)
This Was the Old Chief’s Country. Stories.
(Londres: M. Joseph, 1951, 256 págs.);
(Nueva York: Thomas Y. Crowell Company, 1953)



      Durante aquel invierno, cada noche decía en voz alta en la oscuridad, sobre la almohada:
       —¡A las cuatro y media! ¡A las cuatro y media!
       Hasta que le parecía que su cerebro había apresado las palabras y las conservaba. Luego caía rendido como si se hubiera cerrado una persiana y dormía con la cara vuelta hacia el despertador para verlo en cuanto abriera los ojos.
       Ocurría cada madrugada exactamente a las cuatro y media. Tras presionar con gesto triunfante el botón del despertador —al que había vencido con la mitad oscura de su mente, conservando la vigilia toda la noche y contando las horas mientras dormía relajado—, se acurrucaba buscando un último instante de calidez, a sabiendas de que podía vencer sin esfuerzo aquella debilidad; del mismo modo que preparaba el despertador cada noche por el mero placer del momento en que se despertaría y estiraría los brazos, sintiendo la tensión de los músculos, para pensar: “¡Incluso mi cerebro! Soy capaz de controlar cualquier parte de mi cuerpo”.
       La lujuria de un cuerpo cálido y descansado, con los brazos, las piernas y los dedos a la espera, como soldados, de una orden suya. La alegría de saber que entregaba aquellas valiosas horas al sueño de modo voluntario, pues en una ocasión había pasado despierto tres noches seguidas para demostrar que era capaz, y luego había trabajado todo el día, negándose a aceptar que estaba cansado; ahora, le parecía que el sueño era un sirviente al que podía convocar o rechazar.
       El muchacho estiraba del todo su cuerpo para tocar con las manos la pared, a la cabeza de la cama, y la parte baja con los dedos de los pies; luego saltaba como saltan los peces del río. Y hacía frío, mucho frío.
       Siempre se vestía deprisa para intentar conservar el calor de la noche hasta que saliera el sol, dos horas después; sin embargo, cuando se terminaba de vestir, sus manos ya estaban congeladas y apenas lograba sostener los zapatos. No se los podía poner por temor a despertar a sus padres, que nunca llegaron a saber lo pronto que se levantaba.
       En cuanto trasponía en dintel, se le contraía la carne de los pies al contacto con el gélido suelo y empezaban a dolerle de frío las piernas. Era de noche: las estrellas brillaban, los árboles permanecían quietos y negros. Buscaba señales del día, el gris en los bordes de las piedras, o la primera luz del cielo por donde saldría el sol, pero aún no se veía nada. Atento como un animal, se escabullía ante las peligrosas ventanas, se detenía un instante con la mano en el alféizar en un gesto de fastidioso orgullo y miraba hacia la espesa negrura de la habitación en que dormían sus padres.
       Tanteando con los dedos de los pies el límite de la hierba, se colaba por otra ventana que quedaba más allá, en la misma pared, donde lo esperaba su arma, lista desde la noche anterior. El metal estaba helado y los dedos, entumecidos, resbalaban por él, de modo que debía apoyar el arma en el brazo, por el codo. Luego caminaba de puntillas hasta la habitación donde dormían los perros, siempre con el miedo de que hubieran decidido adelantarse; pero lo estaban esperando, reticentes, con el lomo erizado por el frío, pero con las orejas tiesas y las colas agitadas para saludar la llegada del arma. Sus murmullos de aviso los mantenían en silencio hasta que la casa quedaba a un centenar de metros: entonces echaban a correr hacia los matorrales y ladraban excitados. El niño se imaginaba a sus padres dando vueltas en la cama y murmurando: “Otra vez esos perros”, antes de volver a entregarse al sueño; se le escapaba una sonrisa burlona. Siempre miraba hacia atrás para ver la casa antes de meterse en un muro de árboles que la tapaban. Parecía tan bajita y pequeña, como agachada bajo un cielo alto y brillante. Luego daba la espalda a la casa y a sus congelados durmientes, y se olvidaba de ellos.
       Tenía que darse prisa. Antes de que la luz aumentara debía alejarse seis kilómetros, y ya se notaba un tinte verde en el hueco de una hoja y el aire olía a amanecer y las estrellas se difuminaban.
       Se echaba el calzado al hombro, botas de llanura arrugadas y endurecidas por el rocío de cientos de madrugadas. Las iba a necesitar cuando el calor de la tierra se volviera insoportable. De momento notaba el polvo helado que se instalaba entre los dedos y permitía que los músculos de sus pies se estirasen y adoptasen la forma de la tierra. Pensaba: “Con estos pies puedo caminar cientos de kilómetros. ¡Podría andar todo el día sin cansarme!”.
       Caminaba deprisa por el oscuro túnel de follaje que, de día, se convertía en carretera. Los perros recorrían invisibles los senderos que se abrían bajo los matorrales y él los oía respirar. A veces notaba un hocico frío junto a su pierna, pero en seguida volvían a salir disparados en busca de alguna pista. No estaban entrenados, pero lo acompañaban en su caza corriendo libremente y a menudo se cansaban del largo acecho antes de los disparos finales y se iban por su propia cuenta. Pronto los volvía a ver, pequeños y con aspecto salvaje en aquella extraña luz, ahora que los matorrales temblaban al límite del color, esperando que el sol tendiera una capa de pintura nueva sobre la tierra y la hierba.
       La hierba le llegaba a los hombros; de los árboles caía una leve llovizna plateada. Estaba empapado; todo su cuerpo se encogía en un escalofrío permanente.
       Al llegar al sendero, en el que se apreciaban huellas recientes de animales, se enderezó a regañadientes y se recordó a sí mismo que el placer del acecho debería esperar un día más.
       Empezó a correr al borde del campo, apreciando entre sacudidas que estaba cubierto por una nueva telaraña, de tal modo que los grandes terrones oscuros parecían envueltos por una red gris brillante. Avanzaba con el trote regular que había aprendido observando a los nativos, una manera de correr que consiste en pasar el peso del cuerpo de una a otra pierna en un lento movimiento de balanceo que nunca llega a cansar, ni a forzar la respiración; sentía el pulso de la sangre en las piernas y en los brazos, y la exultación del orgullo de su cuerpo lo invadía hasta tal punto que debía apretar con fuerza los dientes para reprimir el violento deseo de soltar un grito triunfal.
       Tardaba poco en abandonar la zona cultivada de la granja. A sus espaldas, los matorrales bajos y oscuros. Ante él, una gran cañada, hectáreas de hierba larga y clara que emitía un liviano fulgor de luz hacia el cielo satinado. A su lado, espesas franjas de hierba se inclinaban por el peso del agua y en cada fronda brillaban gotas diamantinas.
       El primer pájaro se despertó a sus pies y de inmediato alzó el vuelo una bandada, anunciando con un canto estridente la llegada del día; de pronto, a sus espaldas, el monte se despertaba con una canción, al tiempo que por delante le llegaba el sonido de las pintadas. Eso significaba que no volarían desde los árboles hacia la hierba, y él había acudido para eso: llegaba tarde. Pero no le importaba. Olvidaba que había ido de caza. Separaba bien las piernas y, balanceándose de un pie al otro, sostenía el rifle horizontalmente entre las dos manos, lo alzaba y volvía a bajarlo, en una especie de ejercicio improvisado, y echaba la cabeza hacia atrás hasta que los músculos del cuello lo sostenían como una almohada, para ver cómo flotaban por encima las pequeñas nubes rosadas en un lago de oro.
       De pronto, todo se despertaba en él; era insufrible. Daba saltos al aire, gritaba y aullaba sonidos irreconocibles, como un salvaje. Después echaba a correr, no cuidadosamente como antes, sino a lo loco, como un ser salvaje. Estaba loco de remate, gritaba con locura, poseído por la alegría de vivir y los excesos de la juventud. Se apresuraba por la cañada bajo un tumulto de carmesíes y dorados, mientras todos los pájaros del mundo cantaban canciones sobre él. Corría con enormes zancadas y gritaba al mismo tiempo, mientras sentía que su cuerpo se alzaba en el vibrante aire y volvía a caer sobre la seguridad de sus pies; pensaba fugazmente, aunque no creía que eso pudiera ocurrirle a él, que en cualquier momento podía partirse un tobillo sobre la hierba enmarañada. Superaba los matorrales como un pájaro africano, saltaba las rocas; al fin se detenía de golpe en un lugar donde la tierra emprendía un abrupto descenso hacia el río. Era una carrera de tres kilómetros a través de maleza crecida hasta la cintura, y entonces tenía que respirar con esfuerzo y ya no podía cantar. Pero se apoyaba en una roca, seguía con la mirada los cauces de agua que brillaban entre los árboles encorvados y, de pronto, pensaba: ¡“Tengo quince años! ¡Quince!”. Aquellas palabras tenían un nuevo sonido; por eso las repetía asombrado, con creciente entusiasmo; y sentía en sus manos los años de la vida como si contara canicas, cada una de ellas distinta y compacta, cada una con su propio brillo maravilloso. Así era él: quince años de rico suelo, de agua que discurría lentamente, de un aire que olía a desafío, tanto en el bochorno y el calor del mediodía como ahora, fresco como el agua fría.
       ¡No había nada que no pudiera hacer! ¡Nada! Cuando estaba allí le sobrecogía una visión, como cuando un niño oye la palabra “eternidad” y trata de entenderla y el tiempo se apodera de su mente. Sentía la vida que tenía por delante como algo grandioso y maravilloso, algo suyo, y lo decía en voz alta, mientras se le subía la sangre a la cabeza: “Todos los hombres del mundo han sido lo que yo soy ahora y no hay nada en lo que no pueda convertirme, nada que no pueda hacer; no hay país en el mundo que no pueda hacer mío, si así lo quiero. Yo contengo el mundo entero. Puedo hacer con él lo que quiera. Si yo lo decido, puedo cambiar lo que esté por suceder; depende de mí, de lo que decida ahora”.
       La urgencia, la certeza y el coraje de lo que decía su voz lo excitaban tanto que empezaba a cantar de nuevo a pleno pulmón y el sonido volaba en las alas del eco hacia el desfiladero del río. Esperaba a que el eco le devolviera la voz y cantaba de nuevo: esperaba y gritaba. ¡Eso era él! Si decidía hacerlo, se ponía a cantar; y el mundo debía contestarle.
       Allí pasaba minutos enteros cantando y gritando y esperando el adorable torbellino del eco; la fuerza de sus pensamientos regresaba y le rodeaba la cabeza, como si alguien le contestara y le estimulara; hasta que el desfiladero se llenaba de voces suaves que rebotaban de roca en roca, por encima del río. Entonces, parecía que hubiera una nueva voz. La escuchó asombrado, pues no parecía la suya. Pronto se agazapó, con todos los nervios a punto, muy quieto; por algún lado, cerca de él, sonaba algo que no provenía de ningún pájaro alegre, ni del caer del agua, ni de los poderosos movimientos del ganado.
       Ahí estaba de nuevo. En el profundo silencio de la mañana, que contenía su futuro y su pasado, había un sonido de dolor, repetido una y otra vez; una especie de grito entrecortado, como si alguien, o algo, careciera de aliento para chillar. Recuperó el sentido, miró a su alrededor y llamó a los perros. No aparecieron: se habían ido a sus cosas y lo habían dejado solo. Había recuperado la sobriedad por completo; la locura había desaparecido. Su corazón latía deprisa por aquel grito de terror; se alejó con cautela de la roca y caminó hacia una hilera de árboles. Se movía con sigilo, pues no mucho tiempo antes había visto un leopardo en aquel mismo lugar.
       Llegó hasta donde terminaban los árboles, se agachó y miró alrededor, con el arma lista; avanzó, mirando a todas partes con atención, con los ojos achinados. Entonces, de repente, a medio paso, titubeó y puso cara de asombro. Meneó la cabeza impaciente, como si no se creyera lo que estaba viendo.
       Allí, entre dos árboles, contra un fondo de finas rocas negras, había una figura salida de un sueño, una bestia extraña con cuernos que caminaba como si estuviera borracha, pero no se parecía a nada que hubiera imaginado jamás. Parecía andrajosa. Parecía un pequeño ciervo con negros jirones de piel levantados irregularmente por todo el cuerpo, bajo los cuales se veían parches de carne viva... pero aquellos parches desaparecían bajo móviles manchas negras y aparecían en otro lugar: la criatura aullaba en todo momento, con grititos ahogados, y saltaba tambaleándose de un lado a otro, como si estuviera ciega.
       Entonces, el chico comprendió: era un ciervo. Corrió para acercarse y de nuevo se quedó parado, detenido por un miedo nuevo. A su alrededor, la hierba estaba viva y susurraba. Miró alocado a su alrededor y luego bajó la vista. La tierra estaba ennegrecida por las hormigas, grandes hormigas enérgicas que no le prestaban la menor atención, pues se apresuraban y se escabullían hacia aquella forma que luchaba por defenderse, como el flujo de un agua negra que corriera entre la hierba.
       Entonces, mientras contenía la respiración y la pena y el terror lo invadían, la bestia cayó y dejó de gritar. Ya no se oía más que el canto de un pájaro y el sonido de las rasposas y susurrantes hormigas.
       Echó un vistazo a la negrura retorcida que se convulsionaba con los estertores nerviosos. Se aquietó. Aquella masa que aún se parecía vagamente a la figura de un pequeño animal daba leves respingos.
       Se le ocurrió que debería dispararle para poner fin a su dolor; alzó el arma. Luego la bajó. El ciervo ya no podía sentir nada, su lucha era una protesta mecánica de los nervios. Pero no fue eso lo que le hizo bajar el arma. Fue una creciente sensación de rabia y dolor y de protesta, que se expresaba en el siguiente pensamiento: “Si yo no estuviera aquí, moriría así. ¿Por qué debo interferir? En todo el monte ocurren cosas así: cada dos por tres; así sigue la vida, los seres vivos mueren angustiados”. Sostuvo el arma entre las rodillas y sintió en sus propias extremidades el enjambre del dolor que aquel animal tembloroso ya no podía experimentar; apretó los dientes y dijo una y otra vez en voz baja: “No lo puedo evitar. No lo puedo evitar. No puedo hacer nada”.
       Se alegró de que el ciervo estuviera inconsciente y hubiera sobrepasado ya el sufrimiento para no tener que tomar la decisión de matarlo mientras sentía con todo su cuerpo: “Esto es lo que pasa; así son las cosas”.
       Estaba bien; eso sentía. Estaba bien y nada podía alterarlo.
       El conocimiento de la fatalidad, de lo que está llamado a ser, lo acababa de atrapar por primera vez en la vida; lo había dejado incapaz de emitir respuesta, ya fuera mental o física, más allá de la afirmación: “Sí, sí. Esto es la vida”. Se había adentrado en sus carnes, había llegado a los más lejanos rincones de su cerebro y ya no lo abandonaría. En aquel momento no hubiera podido responder con la menor acción de piedad, pues conocía la vasta, inalterable y cruel llanura, en la que había vivido siempre, y en la que en cualquier momento se podía tropezar con un cráneo o aplastar el esqueleto de alguna criatura pequeña.
       Sufriendo, mareado y enfadado, pero también con la melancólica satisfacción de su nuevo estoicismo, se quedó allí, apoyado en su rifle, y contempló cómo aquel montón hirviente y negro se empequeñecía. A sus pies, ahora, circulaban las hormigas con fragmentos rosados en la boca, y un fresco olor ácido le llegaba a las fosas nasales. Controló con gravedad las inútiles convulsiones musculares de su estómago vacío y se recordó: ¡las hormigas también han de comer! Al mismo tiempo, descubrió que le corrían lágrimas por la cara y que tenía la ropa empapada por el sudor que le había provocado el dolor de aquella criatura.
       La figura se había empequeñecido. Ahora no parecía reconocible. No supo cuánto rato había pasado hasta que vio reducirse la negrura y empezaron a aparecer parches blancos que brillaban al sol: sí, ahí estaba el sol, en lo alto, brillando sobre las rocas. Vaya, todo aquello no podía haber durado más que unos pocos minutos.
       Empezó a maldecir como si la brevedad del tiempo fuera por sí misma insufrible, usando las mismas palabras que había oído a su padre. Avanzó a grandes zancadas, aplastando hormigas a cada paso, hasta que llegó junto al esqueleto, que permanecía tumbado con las patas estiradas bajo un pequeño matorral. Lo habían dejado limpio. De no ser por los pequeños fragmentos de cartílago que se veían en la blancura de los huesos, se diría que llevaba años allí. Las hormigas se retiraban de la osamenta como una marea, con las pinzas llenas de carne.
       El chico se quedó mirando aquellos insectos grandes, negros y feos. Algunos se alzaban y lo miraban con ojitos brillantes.
       —¡Largo! —gritó a las hormigas, con frialdad—. No soy para vosotras. Al menos, todavía no.
       Consiguió que las hormigas se dieran la vuelta y se fueran.
       Se agachó sobre los huesos y tocó las cuencas del cráneo: aquí estaban los ojos, pensó, incrédulo, recordando la mirada líquida y oscura de los ciervos. Luego dobló el delicado hueso del antebrazo, sosteniéndolo horizontalmente en la palma de la mano.
       Aquella misma mañana, tal vez una hora antes, aquella pequeña criatura había recorrido los matorrales orgullosa y libre, sintiendo en la piel el estímulo del frío, como él mismo. Pisando la tierra con orgullo, agitando su hermosa cola blanca, había olisqueado el frío aire de la mañana. Caminando como los reyes y los conquistadores, se había movido entre la libertad del monte, donde cada hoja de hierba crecía sola, donde el agua pura del río corría para saciarlo.
       Y entonces, ¿qué había pasado? Sin duda, una criatura tan ágil, dotada de tan poderosas patas no podía sucumbir a un hormiguero.
       El chico se agachó con curiosidad sobre el esqueleto. Entonces vio que la pata negra que quedaba más arriba, estirada por la tensión de la muerte, estaba partida a la altura de la mitad del músculo, de tal modo que se superponían los huesos, inútiles. ¡Eso era! Había pisoteado la masa de las hormigas, sin poder escapar por culpa de su cojera cuando se dio cuenta del peligro. Sí, pero, ¿cómo se había partido la pierna? ¿Quizá se había caído? Imposible, los ciervos eran demasiado ligeros y gráciles. ¿Le habría clavado un cuerno algún rival celoso?
       ¿Qué podía haber sucedido? Tal vez le hubiera tirado piedras algún africano, como solían hacerlo, con la intención de matarlo para comerse la carne, y le había partido la pierna. Sí, debía de ser eso.
       Mientras imaginaba una muchedumbre de nativos que corrían y gritaban, y las piedras que volaban y el ciervo huyendo a saltos, otra imagen acudió a su mente. Se vio a sí mismo, cualquiera de aquellas mañanas brillantes y sonoras, borracho de excitación, disparando a un ciervo apenas entrevisto. Se vio con el arma baja, preguntándose si habría acertado o no y pensando al fin que se había hecho tarde, que tenía ganas de desayunar y que no merecía la pena seguir durante varios kilómetros el rastro del animal, que probablemente terminaría por escapar de todos modos.
       Por un momento, no se atrevió a aceptarlo. De nuevo como un niño pequeño, dio unas cuantas patadas enfurruñado al esqueleto, alzó su cabeza y se negó a asumir la responsabilidad.
       Luego se puso en pie y miró los huesos con una extraña expresión de desánimo, ya desprovisto de rabia. Se le vació la mente: a su alrededor se veían los últimos rastros de hormigas que desaparecían entre la hierba. El susurro que emitían era leve y seco, como el arrastre de una muda seca de serpiente.
       Al fin cogió el arma y caminó hacia su casa. Se iba diciendo, en un tono medio desafiante, que quería desayunar. Se iba diciendo que ya hacía mucho calor, demasiado para seguir deambulando por el monte.
       Estaba cansado de verdad. Tenía un caminar pesado y no miraba dónde ponía los pies. Cuando tuvo la casa a la vista se detuvo y frunció el ceño. Tenía que pensar algo. La muerte de aquel pequeño animal lo preocupaba y de ningún modo daba el asunto por liquidado. Permanecía incómodo en un rincón trasero de su mente.
       Pronto, a la mañana siguiente sin falta, se apartaría de todos y se iría al monte a pensar en ello.




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