Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)
El pequeño Tembi (1951)
(“Little Tembi”)
This Was the Old Chief’s Country. Stories.
(Londres: M. Joseph, 1951, 256 págs.);
(Nueva York: Thomas Y. Crowell Company, 1953)
Jane McCluster, que había sido enfermera
antes de casarse, montó una clínica en la granja un mes después de llegar.
Aunque había nacido en la ciudad y se había criado en ella, tenía amplia
experiencia en el trato con nativos, pues por su propia elección había ejercido
esa profesión durante varios años en las alas del hospital dedicadas a ellos.
Le gustaba cuidarlos y para explicar aquella sensación usaba las siguientes
palabras: “Son como niños y aprecian lo que se hace por ellos”. Por eso, tras
hacerse con una visión completa de la situación de los nativos de la granja y
establecer un diagnóstico, dijo: “¡Pobrecitos!” y emprendió la labor de
convertir una vieja granja lechera en dispensario. Su marido estaba encantado;
a largo plazo, el control de la enfermedad en el complejo implicaría una
reducción de gastos.
Willie McCluster también había nacido en
Sudáfrica y se había criado en el país, pero era infalible y decididamente
escocés. Tal vez la lealtad matizara en parte su acento, pero conservaba todas
las buenas cualidades de su gente y el clima de lentitud y relajación no las
había deteriorado. Era astuto, vigoroso, terrenal, pragmático y amable. En
cuanto al aspecto físico, tenía buena estatura, un rostro cuadrado y huesudo,
la boca prieta y unos ojos cuya mirada azul y temperamental quedaba atemperada
por las arrugas que los rodeaban. Se había hecho granjero de joven, pero
llevaba ya años planificando la decisión: no era de los que llegaban a la
tierra por que les desagradaba trabajar en una oficina, o porque los llevara
allí el fracaso o vagos anhelos de “libertad”. Jane, una muchacha alegre y
competente que sabía lo que quería, coqueteaba con sus numerosos pretendientes
sin perder de vista a Willie, que le escribía cartas cada semana desde la
granja escuela de Transvaal. En cuanto terminó sus cuatro años de formación se
casaron.
Entonces tenían 27 años y se sentían bien
preparados para una vida útil y gozosa. Su casa estaba lista para albergar a
una familia. Les hubiera encantado que naciera una criatura a los nueve meses
de la boda, como estaba de moda en los viejos tiempos. Sin embargo, la criatura
no llegó; cuando pasaron dos años, Jane viajó a la ciudad para ir al médico. Al
saber que necesitaba una operación para poder tener hijos se sintió más
indignada que desgraciada. No asociaba la enfermedad con su propia personalidad
y la mera idea le parecía impropia para su personaje. Sin embargo, gracias a su
habitual sentido del pragmatismo, se sometió a la operación y aceptó esperar
otros dos años antes de formar una familia. Un poco sí que se desanimó. Muy a
su pesar, sucumbió a la inseguridad; y fue precisamente su estado de ánimo
melancólico y decepcionado lo que hizo que su trabajo en la clínica se volviera
tan importante para ella. Así como al principio había dispensado los medicamentos
y sus buenos consejos de modo rutinario, un par de horas cada mañana después
del desayuno, ahora se entregó a ello, trabajó duramente, se exigió el máximo
rendimiento y se empeñó en corregir las causas, y no sólo los síntomas.
El complejo, como es usual en esa clase de
granjas, estaba formado por una mezcla de fango poco higiénico y cabañas de
paja; la pobreza y la mala alimentación eran las causas de las enfermedades a
que se enfrentaba.
Como había pasado toda su vida en el campo,
no cometió el error de esperar demasiado; tenía esa clase de paciencia astuta e
irónica que obtiene mejores resultados de los reticentes que cualquier cantidad
de entusiasmo feroz.
Primero escogió unas cuatro hectáreas de buen
suelo para los vegetales y supervisó personalmente el sembrado y el cultivo.
Como no se pueden abandonar en una estación las costumbres que han durado
siglos enteros, tuvo paciencia con los nativos que, al principio, se negaban a
tocar alimentos a los que no estaban acostumbrados. Los persuadía y aleccionaba.
Daba lecciones de higiene y de cuidado de los hijos a las mujeres de los
barracones. Redactaba listas con la dieta y encargaba sacos de cítricos a los
grandes terratenientes; de hecho, no pasó demasiado tiempo antes de que la
propia Jane se encargara de la alimentación de los doscientos trabajadores de
Willie, y a él le encantaba contar con su ayuda. Los vecinos se reían de ellos,
pues incluso hoy en día se acostumbra alimentar a los nativos sólo con maíz,
más algún buey sacrificado muy de vez en cuando por alguna celebración; en
cualquier caso, no cabía duda de que los nativos de Willie eran más sanos que
la mayoría y trabajaban bastante más. En las frías mañanas de invierno, Jane se
dedicaba a servir tazas de cacao que calentaba en un barril de petróleo
colocado sobre un pequeño fuego para repartirlas entre los nativos antes de que
salieran al campo; si pasaba un vecino y se reía de ella, Jane sonreía y
explicaba: “Es puro sentido común, eso es lo que es. Además, pobrecitos,
pobrecitos”. Como los McCluster eran respetados en el distrito, se les
perdonaba con humor algo que no parecía sino una ridícula excentricidad.
Pero no fue fácil, no fue nada fácil. De nada
servía curar pies infectados por el anquilosoma si volvían a estarlo al cabo de
una semana porque aquellos hombres nunca llevaban zapatos; nada podía hacerse
contra la bilarciasis mientras infestara todos los ríos; además, los nativos
seguían viviendo en aquellas chabolas oscuras y humeantes.
Con los niños sí servía; a Jane le gustaban
muy especialmente los negritos. Sabía que en su granja morían menos niños que
en cualquier otra muchos kilómetros a la redonda, y estaba orgullosa de ello.
Pasaba mañanas enteras hablando con las mujeres sobre la suciedad y las
virtudes de una alimentación adecuada; si un niño enfermaba, pasaba toda la
noche sentada a su lado; y si morían lloraba amargamente. Entre los nativos la
llamaban La Mujer de Buen Corazón. Se fiaban de ella. Aunque más bien temían y
odiaban los medicamentos de los blancos, dejaban que Jane se saliera con la suya porque sentían que la impulsaba la bondad; día tras día, la muchedumbre de nativos que esperaban su atención
médica iba creciendo. Eso enorgullecía a Jane, quien cada mañana se encaminaba
al gran edificio de suelo de piedra y techo de paja, detrás de la casa, aquél
que olía siempre a desinfectantes y a jabón, acompañada por el muchacho que la
ayudaba, y pasaba allí muchas horas para ayudar a las madres, a los hijos y a
los trabajadores que hubieran sufrido lesiones en el desempeño de sus tareas.
Le llevaron al pequeño Tembi en busca de
ayuda en la época en que no podía alimentar la esperanza de tener sus propios
hijos durante, al menos, dos años. El niño tenía lo que los nativos llamaban
“la enfermedad del calor”. Su madre había tardado demasiado en llevarlo y
cuando Jane lo tomó en brazos era un esqueleto minúsculo y marchito, cubierto
por un holgado pellejo grisáceo y con la tripa dolorosamente hinchada.
—Se va a morir —gimió la madre desde el
umbral de la puerta de la clínica, en aquel tono fatalista que tanto molestaba
a Jane.
—¡Tonterías! —contestó con brío.
El hecho de que ella también lo creyera
aumentó precisamente su energía.
Dejó al niño bien arropado en una cesta y
ella y su ayudante se miraron con tristeza. Jane se dirigió a la madre, que se
había dejado caer al suelo y lloriqueaba desesperada, tapándose la cara con las
manos:
—Deja de llorar. No sirve de nada. ¿Acaso no
curé a tu primer hijo cuando tuvo el mismo problema?
Sin embargo, a aquel otro niño no lo había
afectado tanto la enfermedad.
Cuando Jane llevó la cesta a la cocina y la
dejó cerca del fuego para que estuviera caliente, vio en la cara del niño que
trabajaba en la cocina la misma mirada triste que le había dirigido poco antes
su ayudante; también era consciente de su propia mirada. “Este niño no va a
morir —se dijo—. ¡No lo permitiré!¡No lo permitiré!” Le parecía que, si era
capaz de salvar al pequeño Tembi, se le garantizaría la vida del hijo propio
que tanto deseaba.
Pasó el día sentada junto a la cesta, concentrada
en su deseo de que el niño sobreviviera, con los medicamentos listos a su lado
en una mesa; el cocinero y su ayudante colaboraron en todo lo que pudieron. Por
la noche, la madre fue desde los barracones con su manta; las dos mujeres
mantuvieron la vigilia juntas. La mirada fija e implorante de aquella mujer
negra redobló el afán de vencer de Jane. Al día siguiente, y al otro, y al
otro, así como durante todas sus largas noches, luchó por la vida de Tembi
incluso cuando percibió en los rostros de los nativos de la casa que la daban
por derrotada. Una vez, hacia el amanecer de una noche de aire frío y
silencioso, el niño se quedó congelado al tacto y parecía que no respirase;
Jane lo sostuvo junto al calor de su pecho y murmuró una y otra vez: “Vas a vivir,
vas a vivir...”. Cuando salió el sol, la criatura respiraba profundamente y
agitaba los pies entre las manos de Jane.
Cuando quedó claro que no iba a morir, la
sensación de felicidad y de triunfo invadió toda la casa. Willie fue a ver al
niño y dijo a Jane con afecto: “Buen trabajo, muchacha. Creía que no lo
conseguirías”. El cocinero y el ayudante estuvieron cariñosos y amables con
Jane y le regalaron huevos y bollos en prueba de agradecimiento. En cuanto a la
madre, tomó en brazos a su hijo, presa de una alegría temblorosa, y lloró
mientras daba las gracias a Jane.
Ella misma, aunque exhausta y débil, se
sentía tan feliz que no podía descansar, ni dormir: no hacía más que pensar en
el hijo que iba a tener. No era supersticiosa y no se puede describir el asunto
en esos términos: sentía que le había plantado cara a la muerte, que la había
obligado a recular, derrotada, más allá de su puerta, y ahora disponía de la
fuerza para invocar la vida en forma de hijos fuertes y sanos; los imaginaba
creciendo a su lado, niños adorables concebidos por sus propias fuerzas, por su
poder contra la muerte tramposa.
Durante un mes, la madre del pequeño Tembi lo
llevó cada día a la casa, en parte para asegurarse de que no recayera y en
parte porque Jane le había tomado cariño. Cuando estuvo recuperado y dejó de
acudir a la clínica, Jane empezó a preguntar por él al cocinero y de vez en
cuando enviaba un mensaje para que se lo llevaran. La madre aparecía entonces
sonriendo en la puerta trasera con el pequeño Tembi a la espalda y con su
hermano mayor pegado a sus faldas, y Jane bajaba los escalones, sonreía
encantada y esperaba impaciente hasta que consiguieran retirar la tela que
cubría la espalda de la madre para ver a Tembi acurrucado, chupándose un dedo
con sus grandes ojos solemnes y negros y la otra mano cerrada en torno a las
ropas de su madre para obtener algo de seguridad. Jane se lo llevaba dentro
para enseñárselo a Willie.
—Mira —decía con ternura—, aquí está mi
pequeño Tembi. ¿Verdad que es un negrito delicioso?
Tembi se convirtió en un muchacho tímido y
regordete, que se tambaleaba inseguro cuando abandonaba los brazos de la madre
para acercarse a Jane. Más adelante, cuando aprendió a caminar con firmeza,
echaba a correr hacia ella y se reía cuando Jane lo levantaba en sus brazos.
Siempre había fruta y dulces para él cuando visitaba la casa, siempre un abrazo
de Jane y una sonrisa de buen humor por parte de Willie.
El niño tenía dos años cuado Jane dijo a su
madre: “Este año, cuando lleguen las lluvias, yo también tendré un hijo”. Y las
dos mujeres, pese a sus diferencias raciales, compartieron la felicidad de los
hijos por venir: la mujer negra esperaba el tercero.
Tembi iba con ella cuando acudió a visitar la
cunita del nuevo niño blanco. Jane alargó una mano para tocarlo y dijo:
—Tembi, ¿cómo estás? —Luego sacó a la
criatura de la cuna, se la mostró y añadió—: Ven a ver a mi niño, Tembi.
Pero éste dio un paso atrás como si tuviera
miedo y se echó a llorar.
—No seas tonto, Tembi —dijo Jane con cariño.
Envió a su ayudante a buscar fruta para
regalársela. No le dio el regalo personalmente porque estaba ocupada
sosteniendo a su hijo.
Se concentró mucho en su nuevo interés y
pronto descubrió que volvía a estar embarazada. No se olvidó del pequeño Tembi,
pero empezó a pensar en él como lo que realmente había sido: aquel bebé al que
había amado con tanta melancolía cuando no tenía hijos. Una vez vio a su madre
andando por uno de los caminos de la granja con un niño de la mano y le
preguntó:
—¿Dónde está Tembi?
Luego se dio cuenta de que aquel niño era
Tembi. Lo saludó, pero más tarde le dijo a su marido:
—Ay, querido, qué pena cuando se hacen
mayores, ¿verdad?
—No se puede decir que se haya hecho mayor
todavía —contestó Willie, mirando con sonrisa indulgente a Jane, que permanecía
sentada con sus dos hijos en el regazo—. Cuando ya sean una docena no los
podrás tener encima como ahora —bromeó.
Habían decidido esperar un par de años y
luego tener algunos más; Willie venía de una familia de nueve hermanos.
—¿Quién ha hablado de una docena? —preguntó
ella con aspereza, por provocarlo.
—¿Por qué no? —contestó Willie—. Nos lo
podemos permitir.
—¿Y cómo crees que me las voy a arreglar con
todo? —gruñó Jane amablemente.
Estaba muy atareada. No había reducido su
ritmo de trabajo en la clínica; seguía ocupándose personalmente de encargar y
planificar la dieta de los trabajadores; y cuidaba de sus hijos sin ayuda. Ni
siquiera tenía la clásica niñera nativa. Ciertamente, no se la podía culpar por
haber perdido el contacto con el pequeño Tembi.
Pensó en él una noche mientras Willie
mantenía la conversación habitual con el capataz sobre los trabajos de la
granja. Necesitaba más mano de obra, había llovido mucho y las tierras estaban
llenas de malas hierbas. Por muy rápidas que trabajaran las cuadrillas de
nativos en el campo, parecía que las malas hierbas crecieran más altas que
nunca. Willie sugirió que tal vez se pudiera separar de sus madres durante unas
pocas semanas a los niños más crecidos. Ya habían contratado a un grupo de
negritos, de edades comprendidas entre los nueve y los quince años, para tareas
ligeras; sin embargo, no estaba seguro de que todos los niños disponibles
estuvieran trabajando. El capataz dijo que haría lo que pudiera.
Como consecuencia de aquella conversación, un
día uno de los pinches de la cocina los llamó desde la puerta delantera para
que salieran a ver al pequeño Tembi, que tendría ya unos seis años, plantado
con orgullo junto a su padre, que sonreía como él.
—Aquí tienen a un hombre para trabajar —dijo
el padre, dirigiéndose a Willie.
Empujó hacia delante a Tembi, que se tambaleó
como un becerrito y se quedó quieto, con la cabeza gacha y los dedos de una
mano metidos en la boca. Parecía tan pequeñito y tan solo que Jane se
compadeció y exclamó:
—¡Willie, pero si todavía es un niño!
Tembi iba casi desnudo, salvo por un
cordoncillo de cuentas azules pegado a la piel a la altura de la tripa inflada.
El padre de Tembi les contó que su otro hijo, que tenía ocho años, llevaba ya
un año pastoreando becerros y no había ninguna razón por la que Tembi no
pudiera ayudarlo.
—Es que no necesito dos chicos para becerros
—protestó Willie. Luego, se dirigió a Tembi—: Y tú, grandullón, ¿cuánto quieres
ganar?
Tembi bajó aún más la cabeza, retorció los
pies sobre la tierra y murmuró:
—Cinco chelines.
—¡Cinco chelines al mes! —exclamó Willie,
indignado—. ¿Y qué más? Vaya, eso lo ganan los negritos a los diez años.
—Luego, tras notar en el brazo la presión de la mano de Jane, añadió
enseguida—: Bah, venga, cuatro y seis peniques. Que ayude a su hermano con los
becerros.
Jane, Willie, el pinche y el padre de Tembi
se rieron benévolamente cuando el crío alzó la cabeza, sacó aun más la tripa y
echó a andar por el camino, reluciente de orgullo.
—Bueno —suspiró Jane—. Nunca lo hubiera dicho.
¡El pequeño Tembi! Vaya, parece que fue ayer...
Tembi, premiado con un taparrabos, se sumó a
su hermano para cuidar los becerros. Cuando los dos hermanos corrían junto a
los animales, todo el mundo se daba la vuelta para mirar con una sonrisa al
pequeño negrito, que se contoneaba de placer y se daba aires de importancia al
agitar en el aire la ramita que su padre le había cortado en el monte como si
fuera un pastor mayor con su rebaño completo de bestias.
Se suponía que becerros debían pasar todo el
día cerca de la aldea; cuando se llevaban a las vacas grandes a pastar a los
prados, Tembi y su hermano se agachaban debajo de un árbol, contemplaban a los
becerros y, si uno amenazaba con escaparse, echaban a correr y gritaban. Tembi
aprendió el trabajo durante un año; luego, su hermano fue traspasado al grupo
de negritos más mayores, que trabajaban con el azadón. Tembi tenía siete años y
era responsable de veinte becerros, algunos más altos que él. Normalmente, de
aquel trabajo se hubiera ocupado algún muchacho mayor, pero Willie padecía una
escasez crónica de mano de obra, como todos los demás granjeros, y necesitaba
de todos los pares de manos disponibles para trabajar en los campos.
—¿Sabes que Tembi ya se ha convertido en todo
un pastor? —le dijo un día a Jane, entre risas.
—¿Qué? —exclamó ella—. ¿Ese crío? Qué
absurdo.
Por Tembi, miraba con celos a sus hijos; era
de esa clase de mujeres que odian la idea de que sus hijos se harán mayores. De
momento tenía tres y estaba muy ocupada. Se olvidó del negrito.
Entonces, un día ocurrió una catástrofe.
Hacía mucho calor y Tembi se quedó dormido debajo de un árbol. Su padre llegó a
la casa, se excusó, incómodo, y explicó que unos becerros se habían escapado,
se habían metido en los campos de cereales y habían pisoteado las plantas.
Willie se enfadó. Era esa clase de ira inútil e hirviente, que no puede
calmarse porque sus causas no tienen remedio: los niños se encargaban de los
becerros porque los adultos tenían que dedicarse a trabajos más importantes, y
no podía enfadarse realmente con un crío de la edad de Tembi. Willie hizo
llevar a Tembi a la casa y le dio un severo sermón sobre el terrible error que
había cometido. Cuando se dio la vuelta, Tembi estaba llorando. Se fue
tambaleándose hacia los barracones, con la mano de su padre apoyada en un
hombro, porque le brotaban tantas lágrimas que no era capaz de dirigir sus
propios pasos. Sin embargo, a pesar del llanto y de su contrición, no mucho
tiempo después volvió a ocurrir lo mismo. Se quedó dormido en una sombra, bajo
un calor narcótico, y al despertarse, hacia el atardecer, todos los becerros se
habían metido en los cultivos y habían aplastado hectáreas enteras de cereales.
Incapaz de enfrentarse al castigo, echó a correr y se metió llorando en el
bosque. Lo encontró su padre aquella misma noche y le dio un par de cachetes en
la cabeza por haber huido.
Sin duda, se trataba ya de un asunto serio.
Willie estaba indignado. Que pasara una vez..., era mal asunto, pero se podía
perdonar. Sin embargo, ¡dos veces en un solo mes! Al principio, en vez de
llamar a Tembi, consultó con su padre.
—Hemos de hacer algo que no pueda olvidar,
darle una lección —dijo Willie.
El padre de Tembi contestó que el niño ya
había recibido su castigo.
—¿Le has pegado? —preguntó Willie. Sabía que
los africanos no pegan a sus hijos, o lo hacen tan rara vez que era poco
probable que hubieran pegado realmente a Tembi—. ¿Me estás diciendo que le has
pegado? —insistió.
—Sí, baas —contestó el hombre.
Por su forma de apartar la mirada, Willie
supo que no era verdad.
—Oye —le dijo—. Esos becerros sueltos me han
hecho perder unas treinta libras. No puedo hacer nada. No puedo decirle a Tembi
que me las devuelva, ¿no? Y ahora me voy a encargar de que no vuelva a ocurrir.
—El padre de Tembi no contestó—. Ve a buscar a tu hijo, tráelo a la casa y
corta una vara del bosque para que le dé una paliza.
—Sí, baas —respondió el padre de Tembi, tras
una pausa.
Cuando Jane se enteró del castigo, dijo:
—¡Qué vergüenza! ¡Pegar a mi pequeño
Tembi...!
Cuando llegó la hora, alejó a sus hijos para
evitarles un recuerdo tan desagradable. A Tembi lo llevaron al porche, aferrado
a la mano de su padre y temblando de miedo. Willie dijo que no le gustaba tener
que pegarle; lo consideraba necesario, en cualquier caso, y estaba dispuesto a
pasar por ello. Cogió la vara larga y ligera que sostenía el cocinero, quien
había ido al monte a cortarla al ver que el padre de Tembi aparecía sin ella, y
la agitó en el aire para que su silbido agudo asustara a Tembi. El niño tembló
más que nunca y pegó la cara a los muslos de su padre.
—Ven aquí, Tembi.
Como Tembi no se movía, su padre lo tomó en
brazos para acercárselo a Willie.
—Agáchate.
Como Tembi no se agachaba, su padre lo empujó
hacia abajo y le escondió la cara entre sus piernas. Luego Willie miró al
cocinero, al ayudante y al padre de Tembi con una sonrisa incómoda, pues todos
lo contemplaban con rostros serios e inexpresivos, y meneó la vara de arriba
abajo sobre la espalda de Tembi; quería que todos vieran que sólo pretendía
darle un susto para que aprendiera, por su propio bien. Pero ninguno de ellos
le devolvió la sonrisa. Al fin, Willie dijo con voz terrible y solemne:
—¡Ahora, Tembi!
Y entonces, tras haber dotado a la situación
de suficiente solemnidad y rabia, fustigó a Tembi levemente tres veces en las
nalgas y tiró la vara al monte.
—Ya no lo volverás a hacer, ¿verdad, Tembi?
Tembi guardó silencio ante él, tembloroso, y
se negó a devolverle la mirada. Su padre lo tomó amablemente de la mano y se lo
llevó a casa.
—¿Ya está? —preguntó Jane, recién aparecida
de casa.
—No le he hecho daño —contestó Willie,
enfadado. Estaba molesto porque creía que los negros se habían enfadado con
él—. Tienen que aprender que una cosa lleva a la otra. Si el niño es mayor para
ganar dinero, también lo es para ser responsable. ¡Treinta libras!
—Estaba pensando en nuestro pequeño Freddie
—dijo Jane, conmovida.
Freddie era su hijo mayor.
Willie contestó con impaciencia:
—¿Y de qué te sirve pensar en él?
—Ah, de nada, Willie, de nada —contestó Jane,
entre lágrimas—. De todos modos, parece terrible. ¿Te acuerdas de cuando Tembi
era pequeño, Willie? ¿Recuerdas lo dulce que era?
Willie no podía permitirse recordar en ese
momento lo dulce que era Tembi de pequeño; y le molestaba que Jane se lo
recordara. Durante un breve instante cruzaron malos sentimientos entre ellos,
pero pronto se disolvieron, pues eran buenos amigos y pensaban lo mismo acerca
de muchas cosas.
Los becerros no volvieron a escaparse. A fin
de mes, cuando Tembi dio un paso adelante para recibir su paga de cuatro
chelines y seis peniques, Willie le sonrió y dijo:
—Bueno, Tembi, ¿qué tal va todo?
—Quiero más dinero —dijo Tembi, atrevido.
—¡Qué! —exclamó Willie, asombrado. Llamó al
padre de Tembi, quien abandonó el grupo de africanos que permanecía a la
espera, para oír lo que quería decirle—. Este gamberro tuyo permite que se le
escapen los becerros dos veces y luego dice que quiere más dinero.
Willie lo dijo en voz alta para que pudiera
oírlo todo el mundo; resonaron carcajadas entre los trabajadores.
Tembi mantuvo la cabeza alta y dijo en tono
desafiante:
—Sí, baas. Quiero más dinero.
—Te voy a poner el culo morado —contestó
Willie, indignado apenas a medias.
Tembi se fue con rostro mohíno, sosteniendo
las monedas en una mano y seguido por las divertidas miradas de los demás.
Tenía entonces unos siete años y era muy
flaco y ágil, aunque conservaba todavía la misma tripa protuberante. Tenía las
piernas delgadas y larguiruchas y los brazos más anchos a partir del codo. Ya
no lloraba, ni se tambaleaba. Su cuerpecito pequeño y flaco caminaba bien recto
y, al parecer, rabioso. Willie olvidó el incidente.
Sin embargo, al mes siguiente el crío volvió
a plantarse y exigió con tozudez un aumento. Willie subió su paga a cinco
chelines y seis peniques y afirmó con resignación que Jane lo había malcriado.
Tembi se mordía los labios de satisfacción por su triunfo y al retirarse dio un
par de saltitos que se convirtieron en carrera abierta cuando llegó a los
árboles. Seguía siendo el más joven entre los niños que trabajaban, y ya ganaba
más que algunos que le llevaban tres o cuatro años: ellos murmuraban, pero todo
el mundo daba por hecho, debido a la actitud de Jane, que Tembi era el
favorito.
El caso es que en circunstancias normales,
hubiera pasado por lo menos un año antes de que Tembi recibiera otro aumento.
Pero al mes siguiente, reclamó que se le aumentara de nuevo la paga. Esta vez,
los nativos que lo oyeron emitieron risas de protesta; el muchacho olvidaba
quién era. En cuanto a Willie, estaba verdaderamente asombrado. Había una
insistencia, una exigencia en los modos de aquel crío que resultaba casi
impertinente. En tono brusco, le contestó:
—Si sigues con esta tontería, le diré a tu
padre que te dé una lección donde más duele.
Los ojos de Tembi brillaban de rabia y trató
de discutir, pero Willie lo despidió de inmediato y se volvió hacia el
siguiente trabajador.
Al cabo de unos pocos minutos el cocinero
avisó a Jane para que fuese a la puerta trasera y allí se encontró a Tembi,
que, avergonzado, cambiaba cada dos por tres la pierna de apoyo, pero sonreía
con afán para ella.
—Vaya, Tembi... —dijo Jane, vagamente.
Acababa de dar de comer a sus hijos y tenía
la mente ocupada con la necesidad de bañarlos y acostarlos, pensamientos muy
alejados de Tembi. Además, había tenido que mirarlo dos veces para reconocerlo,
porque siempre llevaba en mente la imagen de aquel dulce bebé negro y regordete
que, para ella, correspondía al nombre de Tembi. Sólo los ojos eran iguales:
grandes ojos relucientes, que ahora fijaban en ella su mirada implorante.
—Dígale le al jefe que me dé más dinero
—suplicó.
Jane se rió con amabilidad.
—Tembi, ¿cómo quieres que haga eso? Yo no
tengo nada que ver con la granja. Ya lo sabes.
—Dígaselo, señorita. Dígaselo, señorita
—suplicó de nuevo.
Jane empezó a molestarse, pero escogió reírse
otra vez y dijo:
—Espera un momento, Tembi.
Entró en la casa y, de la mesa donde habían
comido sus hijos, cogió unos pedazos de pastel, los envolvió en un papel y se
los puso en la mano a Tembi. Le conmovió ver la sonrisa resplandeciente que
brotaba en el rostro del niño: se había olvidado ya de la paga, pues el pastel
tenía el mismo valor, o aún más.
—Gracias, gracias —dijo.
Se dio la vuelta y echó a correr hacia los
árboles.
Jane ya no tenía ocasión de olvidarse de
Tembi. Cada domingo se acercaba a la casa con curiosos juguetes de barro para
los niños, o con alguna pluma brillante de ave que encontraba en el monte;
incluso con algún ramo de flores silvestres atadas con cintas de hierba. Jane
siempre le daba la bienvenida, hablaba con él y lo premiaba con regalitos.
Luego tuvo otro hijo y volvió a estar muy ocupada. A veces lo estaba tanto que
no podía acudir en persona a la puerta trasera. Enviaba a su sirviente con una
manzana, o unos cuantos caramelos.
Poco tiempo después, Tembi apareció en la
clínica una mañana con un dedo del pie vendado. Tras retirar el pedacito de
tela sucia, Jane vio un corte diminuto, la clase de herida a la que ningún
nativo, ya fuera niño o adulto, prestaría normalmente la menor atención. Pero
se lo vendó bien e incluso se dirigió a él con buenas palabras cuando volvió a
aparecer al cabo de pocos días. Luego, apenas una semana más tarde, llegó con
un corte en un dedo. Impaciente, Jane le dijo:
—Mira, Tembi, yo no tengo una clínica para
esta clase de tonterías.
El niño alzó los ojos y la miró fijamente,
clavándole aquellos ojos suyos tan oscuros con tal intensidad que Jane se
sintió incómoda y se dirigió al ayudante para que le tradujera su explicación
al dialecto local, por si acaso Tembi no lo había entendido.
Él contestó con un tartamudeo:
—Señorita, mi señorita, sólo vengo para
verla.
Pero Jane se rió y lo despidió. No fue muy
lejos. Más tarde, cuando se habían ido ya todos los pacientes, lo vio plantado
a poca distancia, mirándola con esperanzas.
—¿Qué te pasa? —le preguntó con cierto
enfado, pues el llanto de su hijo menor reclamaba su atención dentro de la
casa.
—Quiero trabajar para usted —dijo Tembi.
—Pero, Tembi, no necesito más ayuda. Además,
eres demasiado pequeño para trabajar en casa. Quizá cuando seas mayor.
—Déjeme cuidar a los niños.
Jane no sonrió, porque era bastante usual
emplear a los negritos para que cuidaran de niños no mucho menores que ellos.
Incluso podía habérselo pensado, pero contestó:
—Tembi, acabo de contratar a una niñera para
que venga a ayudarme. Tal vez más adelante. Me acordaré de ti y si necesito a
alguien que ayude a la niñera, te haré llamar. Primero tienes que aprender a
trabajar bien. Has de trabajar bien con los becerros y no permitir que se
escapen. Así sabremos que eres buen chico y podrás venir a casa a ayudarme con
los niños.
Esa vez Tembi se fue arrastrando los pies y
algún tiempo después Jane, al mirar por la ventana, lo vio plantado en el
límite del bosque, mirando fijamente hacia la casa. Envió al ayudante para que
lo echara de allí y le dijera que no quería tenerlo por ahí sin hacer nada.
Ahora la propia Jane tenía la sensación de
que lo había malcriado, de que el niño ya no sabía quién era.
Y entonces no pasó nada durante bastante
tiempo.
Luego Jane perdió su anillo de alianza, de
diamantes. Solía quitárselo para hacer las tareas de la casa, de modo que al
principio no se preocupó. Lo buscó rigurosamente durante varios días, pero no
hubo manera de encontrarlo. Poco después desapareció un broche de perlas.
También hubo otras pérdidas menores: una cucharilla que usaba para alimentar al
bebé, unas tijeras, una jarrita de cristianar de plata. Enfadada, Jane le dijo
a Willie que debía de tratarse de un fenómeno sobrenatural.
—Lo tenía en la mano y cuando me he dado la
vuelta ya no estaba. Es una tontería. Las cosas no se desvanecen así como así.
—Tal vez sea magia negra —contestó Willie—.
¿Has pensado en el cocinero?
—No seas ridículo —contestó Jane, tal vez
demasiado rápido—. Todos los chicos que trabajan en la casa llevan con nosotros
desde que vinimos a la granja.
Pero la suspicacia ya se había sembrado en
ella. Existía la máxima común de que nadie debía fiarse de ningún nativo, por
muy amistoso que fuera; si rascabas un poco, bajo la superficie de cualquier de
ellos encontrarías un ladrón. Entonces miró a Willie, entendió que sentía lo
mismo que ella y que se avergonzaba tanto como ella por sentirlo. Los chicos
que trabajaban en la casa eran casi amigos personales.
—Tonterías —dijo con firmeza—. No me creo ni
una palabra.
Pero no apareció ninguna solución y siguieron
desapareciendo cosas.
Un día el padre de Tembi pidió permiso para
hablar con el jefe. Desanudó un pedazo de tela, lo estiró en el suelo y... allí
estaba todo lo que había desaparecido.
—Pero seguro que no ha sido Tembi —protestó
Jane.
El padre del muchacho, incómodo por la
vergüenza, explicó que había pasado por casualidad por los arroyos del ganado y
se había fijado en que el niño estaba sentado en un hormiguero, jugando con
aquellos tesoros.
—Seguro que no tenía ni idea de su valor —lo
defendió Jane—. Sólo era porque brillan y relucen tanto...
Efectivamente, allí mismo, al ver cómo la
plata y los diamantes destellaban bajo la luz de la lámpara, era fácil entender
que un niño quedara fascinado.
—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —preguntó
Willie, en tono pragmático.
Jane no contestó de inmediato. Llena de
impotencia, exclamó:
—¿Te das cuenta de que esa criatura debe de
haber pasado semanas enteras vigilándome mientras hacía las cosas de la casa,
para colarse en cuanto me diera la vuelta? ¡Ha de ser rápido como una
serpiente!
—Sí, pero ¿qué vamos a hacer?
—Échale un buen sermón —contestó Jane, sin
saber por qué se sentía tan desanimada y perdida.
Estaba enfadada, pero sobre todo preocupada:
no soportaba asociar la fealdad, la persistencia de aquel robo alevoso y
deliberado, con el pequeño Tembi, cuya vida había salvado.
—Un sermón no servirá de nada —respondió
Willie.
Tembi fue azotado de nuevo; esta vez se hizo
de verdad, sin agitar la vara en el aire por puro efectismo. Le hicieron
exponer el culo al aire sobre las rodillas de su padre y, cuando se levantó,
Willie afirmó con satisfacción:
—Durante una semana no le será muy cómodo
sentarse.
—Pero está sangrando, Willie —dijo Jane.
Ciertamente, mientras Tembi se alejaba
caminando con las piernas bien abiertas por el dolor y frotándose los ojos
llorosos con los puños cerrados, unas manchas rojizas se iban extendiendo en la
tela de sus pantalones. Molesto, Willie contestó:
—Bueno, ¿qué esperabas? ¿Qué le hiciera un
regalo y lo premiara por ser tan listo?
—Ya, Willie, pero... ¿sangre?
—No sabía que le daba tan fuerte —admitió
Willie. Examinó la vara larga y flexible que aún sostenía en la mano antes de
tirarla, como si le sorprendiera su eficacia—. Le habrá dolido mucho —dijo, con
una duda en la voz—. De todas formas, se lo merecía. Y ahora, deja de llorar,
Jane. Ya no lo volverá a hacer.
Pero Jane no dejó de llorar. No soportaba
pensar en los azotes; el propio Willie, dijera lo que dijese, no se sentía muy
cómodo cuando lo recordaba. Les hubiera complacido que Willie abandonara sus
mentes por un tiempo y volviera a aparecer más adelante, cuando la amabilidad
hubiese tenido tiempo de crecerles por dentro de nuevo.
Pero no había pasado ni una semana cuando
exigió que lo contrataran como niñero: afirmó que ya había crecido lo
suficiente y que Jane se lo había prometido. Ésta estaba tan asombrada que no
pudo ni hablar con él. Se metió en la casa y le cerró la puerta; y cuando supo
que seguía esperándola para hablar con ella envió al muchacho para que le
dijera que no tenía sentido contratar como niñero de sus hijos a un ladrón.
Unas pocas semanas después volvió a pedirlo;
de nuevo, ella se negó. Entonces le dio por abordarla cada día, a veces en más
de una ocasión:
—Señorita, señorita, déjeme trabajar a su
lado. Déjeme trabajar a su lado.
Ella se negaba siempre, cada vez más
enfadada.
Al final, la venció la mera persistencia.
—No te voy a contratar como niñero, pero
puedes ayudarme en el huerto —le dijo.
Tembi se quedó huraño, pero al día siguiente
se presentó en el huerto; no en el que había junto a la casa, sino en la tierra
vallada que quedaba cerca de los barracones, donde se cultivaban vegetales para
los nativos. Jane empleaba a un muchacho para controlarlo, le decía cuándo
debía sembrar y le explicaba cómo funcionaba el abono y cuál era el tratamiento
más idóneo para la tierra. Tembi tenía que ayudarle.
Ella no acudía al jardín con frecuencia;
funcionaba solo. A veces, al pasar, veía que los surcos repletos de vegetales
se estaban desperdiciando: eso significaba que había llegado al complejo una
hornada nueva de africanos, nativos a los que había que enseñar de nuevo lo que
les convenía comer. Sin embargo, ahora que ya había tenido a su último hijo y
contaba con la ayuda de dos niñeras, se tomaba la libertad de pasar más tiempo
en la clínica y en el huerto. Allí, se esforzaba por ser amable con Tembi. No
era una persona proclive al rencor, aunque la sensación de que Tembi no era de
fiar le impidiera contratarlo como niñero. Le contaba cosas de sus hijos, de
cómo crecían, le explicaba que pronto irían a la escuela de la ciudad. Le
hablaba de la importancia de mantenerse limpio y de comer adecuadamente; le
explicaba que debía ganarse bien la vida para poder comprarse zapatos y no
pisar la tierra, llena de gérmenes; que debía ser honrado, decir siempre la
verdad y obedecer a los blancos. Mientras ella estaba en el huerto, él la
seguía por todas partes, con la azada olvidada en la mano y la mirada fija en
ella:
—Sí, señorita; sí, señorita —repetía
continuamente.
Y cuando Jane se iba, él imploraba:
—¿Cuándo volverá? Vuelva pronto, señorita.
Ella tomó la costumbre de llevarle los libros
de sus hijos cuando ya estaban demasiado gastados para pasarlos a la guardería.
—Tienes que aprender a leer, Tembi —le
decía—. Así, cuando tengas que buscar trabajos, podrás ganar más si dices: “Sí,
señorita, sé leer y escribir”. Podrás tomar recados telefónicos y escribir
pedidos para no olvidarte.
—Sí, señorita —contestaba Tembi, aceptando
sus libros con actitud reverencial.
Cuando Jane se iba del huerto solía mirar
hacia atrás, siempre con una cierta incomodidad por la intensa devoción de
Tembi, y lo veía arrodillado en el fértil suelo, rodeado de vegetales de
reluciente verdor, concentrando la mirada en aquellos raros dibujos de colores
y en las extrañas letras negras.
Eso duró unos dos años. Jane le dijo a
Willie:
—Parece que Tembi ya se ha olvidado de sus
cosas raras. La verdad es que es muy útil en el huerto. No tengo que decirle
cuándo ha de sembrar, lo sabe tan bien como yo. Y recorre los barracones con
los vegetales y convence a los nativos para que se los coman.
—Seguro que se saca un pellizco —contestó
Willie, riéndose.
—Ah, no, Willie, estoy segura de que no es
así.
De hecho, no era así. Tembi se veía a sí
mismo como un apóstol del modo de vida de los blancos. Mostraba las cestas de
vegetales cuidadosamente dispuestos a las nativas y les decía con mucha
seriedad:
—La Señorita de Buen Corazón dice que es
bueno comer todo esto. Dice que esta comida nos salvará de la enfermedad.
Tembi obtuvo mayores logros de los que
consiguió Jane en años de propaganda.
Tenía casi once años cuando empezó a dar
problemas de nuevo. Jane envió a sus dos hijos mayores al internado, despidió a
las niñeras y decidió contratar a un negrito para que la ayudara con la colada
de los niños. No pensó en Tembi; en cambio, contrató a su hermano menor.
Tembi se presentó en la puerta trasera, como
antaño, con una mirada fulminante, el cuerpo tenso y rígido, para protestar:
—Señorita, señorita, me prometió que
trabajaría para usted.
—Bueno, Tembi, ya trabajas para mí con los
vegetales.
—Señorita, señorita, dijo que si contrataba a
un negrito para la casa, sería yo.
Pero Jane no cedió. Todavía tenía la
sensación de que Tembi estaba en libertad condicional. Y aquella impaciencia
del niño, su exigencia e insistencia, no le parecía una virtud para trabajar al
lado de sus hijos. Además, le gustaba el hermano menor de Tembi, que era cómo
él pero más dulce, sonriente, regordete, y jugaba de buen humor con los niños
en el jardín cuando terminaba de lavar y planchar la ropa. No veía razón alguna
para cambiar, y así lo dijo.
Tembi se enfurruñó. Ya no iba de puerta en
puerta por los barracones con sus cestas de vegetales. Y trabajaba lo mínimo
necesario para que no se pudiera decir que abandonaba sus tareas. Había perdido
el ánimo.
—¿Sabes una cosa? —dijo Jane a Willie, medio
indignada, medio divertida—. Tembi se comporta muy si le debiéramos algo.
Al poco, Tembi se acercó a Willie y le pidió
permiso para comprarse una bicicleta. Entonces ganaba diez chelines al mes y
según la norma ningún nativo que ganara menos de quince podía comprarse una
bicicleta. Un nativo que ganara quince conservaba cinco chelines de su paga,
daba los otros diez a Willie y se comprometía a permanecer en la granja hasta
que hubiera pagado su deuda. Podía tardar dos años, o incluso más.
—No —le dijo Willie—. ¿Para qué quiere una
bicicleta un negrito como tú? Las bicicletas son para los hombres mayores.
Al día siguiente, la bicicleta de su hijo
mayor desapareció de la casa y la encontraron en los barracones, apoyada en la
pared de la cabaña de Tembi. Ni siquiera se había preocupado de disimular su
robo; y cuando lo llamaron para interrogarlo, guardó silencio. Al final, dijo:
—No sé por qué la robé. No lo sé.
Y echó a correr llorando hacia los árboles.
—Se tiene que ir —dijo Willie al fin,
perplejo y molesto.
—Pero su padre, su madre y toda la familia
viven en nuestro complejo —protestó Jane.
—No pienso mantener a un ladrón en mis
tierras —dijo Willie.
Sin embargo, deshacerse de Tembi era más
complicado que despedir a un ladrón; significaba desterrar un problema que los
McCluster no estaban preparados para manejar. De pronto, Jane entendió que no
ver más la mirada ardiente y suplicante de Tembi sería un alivio. Sin embargo,
animada por la culpa, afirmó:
—Bueno, supongo que encontrará trabajo en
alguna granja cercana.
Tembi no se dejó expulsar tan fácilmente.
Cuando se lo dijo Willie, rompió a llorar con un llanto apasionado, como un
niño muy pequeño. Luego echó a correr alrededor de la casa y golpeó la puerta
de la cocina hasta que salió Jane:
—Señorita, señorita, no permita que el baas
me eche.
—Pero si lo dice el jefe te tienes que ir,
Tembi.
—Yo trabajo para usted, señorita, déjeme
quedar. Trabajaré para usted en el jardín y no pediré más dinero.
—Lo siento, Tembi —dijo Jane.
Tembi la miró y en su rostro se abrió una
expresión de incrédulo dolor; nunca había creído que ella pudiera no estar de
su parte. En aquel momento, su hermanito apareció rodeando la casa, cargado con
el hijo menor de Jane, y Tembi se acercó de un salto y se aferró a ellos con
tal fuerza que el chiquillo se tambaleó y tuvo dificultades para sostener al
niño. Jane acudió deprisa para rescatar a su hijo y luego apartó a Tembi de su
hermano, que tenía mordiscos y rasguños en la cara y en los brazos.
—Hasta aquí hemos llegado —dijo con
frialdad—. Si no has abandonado la granja dentro de una hora, vendrá la policía
a echarte.
Al cabo de un tiempo le preguntaron al padre
de Tembi si el niño había encontrado trabajo. La respuesta fue que hacía de
jardinero en una granja cercana. Cuando los McCluster veían a sus vecinos les
preguntaban por Tembi, pero la respuesta era vaga; en aquella otra granja,
Tembi era un trabajador más, sin una historia particular.
Más adelante, el padre de Tembi les contó que
había tenido “problemas” y se había mudado a otra granja, a muchos kilómetros
de distancia. Luego, nadie parecía saber dónde estaba; se decía que se había
sumado a una cuadrilla que se dirigía hacia el sur, a Johannesburgo, para
trabajar en las minas de oro.
Los McCluster se olvidaron de Tembi. Les
encantó poder olvidarse de él. Se tenían por buenos amos; tenían un buen nombre
entre los trabajadores por su bondad y por la nobleza de su trato; en cambio,
el asunto de Tembi les había dejado un rastro duro e imposible de asimilar,
como un grano de arena en un bocado de comida. El nombre “Tembi” acarreaba
consigo emociones desagradables; y, según su idea del bien y del mal, no tenía
por qué ser así. De modo que al fin se olvidaron de preguntar al padre de Tembi
qué se había hecho de él: se había convertido en uno más de aquellos nativos
que desaparecían de su vida tras haber formado parte de ella de un modo tan
íntimo.
Habrían pasado unos cuatro años cuando de
nuevo empezaron a producirse robos. La primera casa asaltada fue la de los
McCluster. Alguien entró una noche y se llevó los siguientes objetos: el abrigo
grueso de invierno de Willie, su bastón, dos vestidos viejos de Jane, unas
cuantas ropas de los niños y un triciclo viejo y destrozado. El dinero que
había en un cajón permaneció intacto. A los McCluster les asombró que se
llevaran cosas tan raras, pues ninguno de aquellos objetos tenía el menor
valor, salvo el abrigo de Willie. Denunciaron el robo a la policía y el
complejo recibió la correspondiente visita rutinaria. Se concluyó que el ladrón
tenía que conocer la casa porque los perros no habían ladrado, y que no se
trataba de un experto, pues en ese caso se habría llevado el dinero y las
joyas.
Por esa razón nadie conectó el primer robo
con el segundo, que ocurrió en una granja vecina. Allí si que desapareció
dinero, relojes y un arma. Y hubo otros robos parecidos en el distrito. La
policía decidió que debía de ser una banda de ladrones, y no un ratero
ordinario, porque los robos eran tan inteligentes que parecían planificados por
más de una persona. Envenenaban a los perros guardianes; escogían momentos en
que los sirvientes no estaban en las casas; en dos ocasiones alguien se había
colado por rejas tan estrechas que sólo un niño podía abrirse paso entre ellas.
Corrían los rumores sobre los robos en el
distrito; por esa razón, la rabia aletargada entre blancos y negros, siempre a
punto de inflamarse, se ahondó de mala manera. Cuando los amos se dirigían a
sus sirvientes había odio en sus voces, una rabia inútil, pues, suponiendo que
fuera cierto que aquellos sirvientes personales daban información a los
ladrones, nada podía hacerse al respecto. Incluso el sirviente más fiable podía
resultar un ladrón. Durante los meses en que aquella banda desconocida
aterrorizó el distrito, ocurrieron cosas desagradables: hubo más multas por
pegar a los nativos; aumentó la cantidad de trabajadores que huían a las
fronteras con las colonias portuguesas; la rabia, peligrosa e hirviente, crecía
en el aire como el calor. Incluso Jane se sorprendió a sí misma un día al
decir: “¿Por qué hacemos esto? Mira cuánto tiempo dedico a cuidar de estos
nativos y ayudarlos. ¿Cómo me dan las gracias? No agradecen nada de lo que
hacemos por ellos”.
La cuestión de la gratitud ocupó la mente de
todos los blancos durante todo ese tiempo.
Como los robos continuaban, Willie puso rejas
en todas las ventanas de la casa y compró dos perros grandes y feroces. Eso
molestó a Jane, pues la hacía sentirse prisionera y encerrada en su propia
casa.
Contemplar las hermosas montañas y el bosque
verdoso en la umbría entre rejas arruina la alegría de la vista; y recorrer el
camino entre la casa y los almacenes saludada por los ladridos de aquellos
perros hostiles que trataban a todos, blancos o negros, como enemigos,
resultaba cada día más exasperante. Mordían a cualquiera que se acercara a la
casa y Jane temía por sus hijos. De todos modos, no habían pasado más de tres semanas
desde que los compraran cuando aparecieron tumbados al suelo, casi muertos,
echando espuma por la boca y con las miradas petrificadas. Los habían
envenenado.
—Parece que se acerca otra visita —dijo
Willie, malhumorado, pues ahora el asunto ya lo impacientaba—. De todos modos
—añadió, impaciente—, cuando uno escoge vivir en un país maldito como éste,
tiene que aceptar las consecuencias.
Era una exclamación que no significaba nada,
que nadie podía tomar en serio. Sin embargo, durante esa época, muchos de los
granjeros que vivían felices y estables en aquella tierra, hablaban con
irritable malestar sobre el “maldito país”. En pocas palabras, tenían los
nervios a flor de piel.
Poco después de que envenenaran a los perros,
Willie tuvo que viajar a la ciudad, a unos cincuenta kilómetros. Jane no quería
ir; le disgustaban los largos, calurosos y apresurados días de las calles de la
ciudad. Así que Willie se fue solo.
Por la mañana, Jane fue al huerto con sus
hijos menores. Los niños estuvieron solos, jugando junto al depósito de agua,
mientras ella marcaba un nuevo lecho con estacas; su mente deambulaba, vacía,
sus manos trabajaban deprisa con estacas y cordones. Sin embargo, de repente
sintió la necesidad de darse la vuelta de golpe y se oyó decir:
—¡Tembi!
Miró a su alrededor, alocada; más adelante le
pareció que había oído a Tembi pronunciar su nombre. Creía que iba a ver a un
chiquillo negro larguirucho, de rostro serio, arrodillado tras ella entre los
surcos de vegetales, concentrado en un libro ilustrado. El tiempo pasaba y se
estancaba a la vez. Jane estaba confusa; sólo tras mirar decididamente a sus
dos hijos recuperó la conciencia del largo tiempo transcurrido desde la época
en que Tembi la seguía por el huerto.
De vuelta en la casa, se quedó a coser en el
porche. Abandonó un momento la silla para ir a buscar un vaso de agua y al
volver se encontró que había desaparecido la cesta de la costura. Al principio
no quiso creerlo. Desconfió de sus sentidos, y registró el lugar en busca de la
cesta, aunque sabía que apenas un instante antes estaba en el porche. Eso
significaba que había algún nativo merodeando por el monte, acaso a un par de
cientos de metros, vigilando sus movimientos. No era una idea agradable. Le
recorrió una vieja incomodidad; de nuevo el nombre de Tembi acudió a su mente.
Se fue a la cocina y dijo al pinche:
—¿Has sabido algo de Tembi últimamente?
Sin embargo, al parecer, no había noticias
suyas. Estaba “en las minas de oro”. Sus padres llevaban años sin saber de él.
“¿Una cesta de costura? —murmuraba Jane,
incrédula—. ¿Por qué arriesgarse por tan poco? Es una locura.”
Esa misma tarde, mientras los niños jugaban
en el huerto y Jane dormía en la cama, alguien entró sigilosamente en el
dormitorio y se llevó el sombrero grande que se ponía para ir a cosechar, su
delantal y el vestido que había llevado esa mañana. Cuando Jane se despertó y
lo descubrió, se echó a temblar, en una reacción provocada a medias por la
rabia y por el miedo. Estaba sola en la casa y tenía la aguda sensación de ser
vigilada. Mientras iba de una habitación a otra, no hacía más que mirar hacia
atrás, hacia el rincón entre el armario y el anaquel, imaginando que allí
aparecerían los grandes ojos implorantes de Tembi, tan desagradables como los
ojos de un muerto, siguiéndola.
Se encontró mirando el camino, en espera de
que regresara Willie. Si hubiera estado allí, le habría traspasado la
responsabilidad y se habría sentido a salvo: Jane era una mujer que dependía
mucho de ese apoyo invisible que proporciona el marido. Hasta esa tarde no
había sido consciente de lo mucho que dependía de él; y esa conciencia —que el
ladrón parecía compartir— le hacía sentirse desgraciada e inquieta. Sentía que
debería ser capaz de ocuparse a solas del asunto, en vez de esperar a su marido
como una inútil. “Tengo que hacer algo, tengo que hacer algo”, repetía sin
cesar.
Fue una tarde larga, calurosa y soleada.
Jane, con los nervios a flor de piel, esperó en el porche, con una mano a modo
de visera para poder reconocer el coche de Willie en el camino. La espera se
apoderó de ella. Era incapaz de impedir que su mirada volviese una y otra vez
hacia el monte que quedaba justo frente a la casa y que se extendía a lo largo
de kilómetro y medio; una vegetación de poca altura, maleza de verde oscuro,
más oscuro aún por las crecientes sombras del atardecer, ya cercano. Respondió
al impulso de ponerse en pie y cruzó el jardín para acercarse al monte. Al
llegar al borde se detuvo, miró por todas partes con sus ojos oscuros y
angustiados y llamó:
—¡Tembi, Tembi! —No se oída nada—. No te voy
a castigar, Tembi —imploró—. Ven conmigo. —Esperó, escuchando con atención para
distinguir el menor movimiento de una rama, o de un guijarro rebotado. Pero el
monte permanecía en silencio bajo el sol; hasta los pájaros parecían drogados
por el calor y las hojas pendían sin temblar—. ¡Tembi! —llamó de nuevo, primero
en tono imperioso y luego ya con un temblor en la voz. Sabía de sobra que
estaba ahí, agazapado tras un árbol o un zarzal, esperando que ella dijera la
palabra adecuada, que encontrara lo que debía decir, para fiarse de ella. Jane
enloquecía al pensar que estaba tan cerca y sin embargo tenía tan pocas
posibilidades de atraparlo como si fuera una sombra. Bajando la voz para
hacerla más persuasiva, dijo—: Tembi, sé que estás ahí. Sal y habla conmigo. No
se lo diré a la policía. ¿Puedes fiarte de mí, Tembi?
Ni un sonido, ni un susurro de respuesta.
Intentó calmar y vaciar la mente para que aparecieran en ella las palabras
necesarias, listas para el uso. La hierba empezaba a temblar bajo la brisilla
del atardecer y las hojas de los árboles se agitaron una o dos veces; el cálido
desvanecimiento de la luz implicaba que pronto el sol se hundiría en el
horizonte; el follaje reflejaba un brillo rojizo y la luz ardía en el cielo. Jane
temblaba tanto que no podía controlar sus extremidades; era un temblor profundo
e interno que se hinchaba en sus entrañas, como una herida invisible que
sangrara. Trató de recuperar la calma. Dijo: “Es absurdo, no puede ser que
tenga miedo del pequeño Tembi. Cómo voy a tenerlo.”
Se esforzó por hablar en voz alta y firme y
dijo:
—Tembi, te estás portando muy mal. ¿De qué
sirve robar cosas como un niño tonto? Te las puedes dar de listo y robar
durante un tiempo, pero antes o después te pillará la policía e irás a la
cárcel. No es lo que quieres, ¿verdad? Escúchame. Sal ahora mismo y déjame
verte; y cuando venga el jefe se lo explicaré, le dirás que lo sientes mucho y
podrás volver a trabajar para mí en el huerto. No me gusta pensar que eres un
ladrón, Tembi. Los ladrones son mala gente. —Se calló. El silencio la rodeó.
Sentía aquel silencio como una corriente de frío, como cuando una nube pasa por
encima. Vio que las sombras que la rodeaban eran espesas y las hojas ya no
reflejaban la luz; tenían un aspecto gris y frío. Sabía que Tembi no se iba a
mostrar. No había encontrado las palabras adecuadas—. Eres un niñato tonto
—anunció al monte, que seguía a la escucha—. Me haces enfadar mucho, Tembi.
Caminó muy lentamente de vuelta a la casa,
tratando de aparentar calma y dignidad, sabiendo que Tembi la miraba con
intenciones que ella no podía adivinar.
Cuando Willie regresó de la ciudad, cansado e
irritable como siempre tras un día de tráfico, de entrevistar gente e ir de
compras, Jane le contó lo que había ocurrido con cuidado, escogiendo las
palabras. Cuando le explicó que había llamado a Tembi desde el borde del monte,
Willie la miró con amabilidad y le dijo:
—Cariño, ¿crees que eso sirve para algo?
—Willie, pero es que era tan horrible...
Sus labios empezaron a temblar exageradamente
y se permitió romper a llorar cómodamente en su hombro.
—No sabes si es Tembi —dijo Willie.
—Claro que es Tembi. ¿Quién más podría ser?
El niñito tonto. Mi pequeño Tembi, tontorrón...
No pudo comer nada. Al terminar la cena, de
pronto, dijo:
—Va a venir esta noche. Estoy segura.
—¿Tú crees? —preguntó Willie en tono serio,
pues tenía un gran respeto por el conocimiento irracional de Jane—. Bueno, no
te preocupes. Estaremos preparados para recibirlo.
—Si al menos me dejara hablar con él —dijo
Jane.
—¿Hablar con él? —protestó Willie—. ¡Y un
cuerno! Lo meteré en la cárcel. Es el único lugar que le corresponde.
—Pero Willie... —protestó Jane, sabiendo
perfectamente que Tembi debía ir a la cárcel.
Aún no serían las ocho.
—Tendré la pistola junto a la cama —planificó
Willie—. ¿Verdad que robó un arma en la granja del río? Debe de ser peligroso.
Los ojos azules de Willie ardían. Caminaba
arriba y abajo por la habitación, con las manos en los bolsillos, alarmado e
inquieto: parecía disfrutar de la idea de capturar a Tembi y precisamente por
eso Jane se dio cuenta de que se mostraba fría con él. En ese momento sonó algo
en la habitación contigua. Se levantaron ambos de golpe y llegaron juntos a la
entrada. Ahí estaba Tembi, mirándolos, con las manos vacías a ambos lados del
cuerpo. Había crecido, pero seguía pareciendo el mismo niño ágil y flaco, con
su cara delicada y sus grandes y elocuentes ojos. Al ver aquellos ojos, Jane
exclamó con debilidad.
—Willie...
Willie, sin embargo, caminó hasta Tembi y,
aunque éste no ofrecía resistencia, lo tomó por un brazo.
—Granuja —dijo, en tono enfadado, aunque más
propio para dirigirse a un muchacho travieso sorprendido en el acto de robar
fruta que a un ladrón peligroso acusado de asaltar más de una casa.
Tembi no respondió a Willie; tenía la mirada
fija en Jane. Estaba temblando; apenas parecía un chiquillo.
—¿Por qué no has venido cuando te he llamado?
—preguntó Jane—. Eres un insensato, Tembi.
—Tenía miedo, señorita —dijo Tembi, con poco
más que un susurro.
—Pero te he dicho que no avisaría a la
policía —le recordó Jane.
—Cállate, Jane —ordenó Willie—. Claro que vamos a llamar a la policía. ¿Cómo se te ocurre? —Como si
necesitara recordarse a sí mismo algo importante, añadió—: Al fin y al cabo, es
un delincuente.
—No soy un niño malo —murmuró Tembi,
implorante, dirigiéndose a Jane—. Señorita, mi señorita. No soy un niño malo.
Sin embargo, a Jane se le había ido el asunto
de las manos; se lo había transferido a Willie.
Willie no parecía estar seguro de qué hacer.
Finalmente, caminó con determinación hacia el armario, sacó su rifle y se lo
pasó a Jane.
—Tú quédate aquí —ordenó—. Voy a llamar por
teléfono a la policía.
Salió y dejó abierta la puerta, mientras Jane
sostenía entre las manos el gran rifle y esperaba el sonido del teléfono.
Desesperada, miró el arma, la apoyó contra la
cama y murmuró:
—Tembi, ¿por qué robas?
Tembi agachó la cabeza y contestó:
—No lo sé, señorita.
—Pero tienes que saberlo...
No hubo respuesta. Las lágrimas rodaban por
las mejillas de Tembi.
—Tembi, ¿te gustó Johannesburgo? —Sin
respuesta—. ¿Cuánto tiempo pasaste allí?
—Tres años, señorita.
—¿Por qué volviste?
—Me metieron en la cárcel, señorita.
—¿Por qué?
—No tenía salvoconducto.
—¿Te escapaste de la cárcel?
—No, estuve un mes allí y luego me soltaron.
—¿Eras tú el que robaba en todas las casas de
por aquí?
Tembi asintió sin levantar la mirada del
suelo.
Jane no sabía qué hacer. Se repetía a sí
misma con firmeza: “Es un chico peligroso, apenas sin escrúpulos, y es muy
listo”. Volvió a coger el rifle, pero su peso, aquel objeto hostil y frío, le
daba pena. Lo dejó bruscamente.
—Mírame, Tembi —susurró.
Fuera, en el pasillo, Willie hablaba con voz
firme y confiada:
—Sí, sargento, lo tenemos aquí. Hace años
trabajaba para nosotros. Sí.
—Mira, Tembi —susurró Jane con rapidez—. Voy
a salir de la habitación. Tienes que escapar a toda prisa, ¿cómo has entrado?
—Era la primera vez que se le ocurría. Tembi miró por la ventana. Jane vio que
las barras de la reja estaban forzadas de tal modo que una persona muy delgada
pudiera pasar entre ellas de lado—. Debes de ser fuerte —dijo—. Bueno, no hace
falta que salgas por ahí. Vete por esa puerta. —Señaló la puerta que llevaba al
cuarto de estar—. Y luego sales al porche y te vas corriendo hacia el monte.
Vete a otro distrito, búscate un trabajo honrado y deja de robar. Ya hablaré
con el baas. Le pediré que le diga a la policía que se ha equivocado. Bueno,
venga, Tembi...
Terminó de hablar y salió al pasillo, donde
Willie seguía al teléfono, de espaldas a ella.
Alzó la cabeza, la miró con expresión de
incredulidad y dijo:
—Jane, estás loca. —Luego, de nuevo al
teléfono—: Sí, vengan corriendo. —Colgó el teléfono, se volvió hacia Jane y
preguntó—: Sabes que lo volverá a hacer, ¿verdad?
Echó a correr hacia la habitación.
No hacía ninguna falta correr. Tembi estaba
allí, exactamente donde lo habían dejado, frotándose los ojos con los puños
como una criatura.
—Te he dicho que huyeras —dijo Jane,
enfadada.
—Está loco —dijo Willie.
Entonces, igual que había hecho Jane un
momento antes, Willie cogió el rifle, se sintió estúpido sosteniéndolo y lo
volvió a dejar.
Willie se sentó en la cama y miró a Tembi con
la expresión propia del que acaba de ser derrotado por la inteligencia del
oponente.
—Bueno, maldita sea —dijo—. Esto sí que me
supera.
Tembi permanecía en el centro de la
habitación, con la cabeza gacha, llorando. Jane también lloraba. Willie se
enfadaba, cada vez más irritable. Al final salió de la habitación dando un
portazo y exclamó:
—¡Maldita sea! ¡Todo el mundo se ha vuelto
loco!
Pronto llegó la policía y no hubo ninguna
duda sobre lo que debía hacerse. Tembi asintió en respuesta a todas las
preguntas: lo admitió todo. Le pusieron las esposas y se lo llevaron en un
coche de la policía.
Al final Willie regresó a la habitación,
donde Jane seguía llorando en la cama. Le palmeó un hombro y dijo:
—Déjalo ya. Se terminó. No podemos hacer
nada.
Jane dijo entre sorbetones:
—Sólo está vivo por mí. Eso es lo más
terrible. Y ahora irá a la cárcel.
—Ellos no piensan nada de la cárcel. No es
una desgracia como para nosotros.
—Pero será uno de esos nativos que se pasan
la vida entrando y saliendo de la cárcel.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó Willie. Con la
exasperación amable y controlada, propia de un marido, alzó a Jane y le ofreció
su pañuelo—. Déjalo ya, viejita. Déjalo. Estoy cansado. Me quiero acostar. He
pasado un infierno recorriendo esas malditas calles todo el día y mañana tengo
una jornada muy pesada con el tabaco.
Se empezó a quitar las botas.
Jane paró de llorar y se desvistió también.
—Hay algo terrible en todo esto —dijo,
inquieta—. No lo consigo olvidar. —Por fin, añadió—: ¿Qué quería, Willie? ¿Qué
será lo que quería durante todo este tiempo?
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