Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Traidoras (1957)
(“Traitors”)
African Stories
(Londres: Michael Joseph, 1964, 494 págs.0;
(Nueva York: Simon and Schuster, 1965, 636 págs.)



      Habíamos descubierto la casa de los Thompson mucho antes de su primera visita.
       Por detrás de nuestra casa, la tierra trazaba una pendiente hasta el principio del monte, una extensión de parras trepadoras de calabazas, montones de tierra cenicienta en la que brotaban papayos y cuerdas de colada tendida, que el viento solía sacudir y palmotear. El monte era denso y aterrador, y la maleza crecía más que un hombre alto. No había ni un sendero.
       Cuando nos aburrimos de aquella extensión de tierra familiar, exploramos el resto de la granja; pero siempre evitábamos aquella zona de monte. A veces nos quedábamos al borde y mirábamos entre los afloramientos de granito y los enormes hormigueros cubiertos de helechos. A veces nos abríamos paso, apenas unos pocos metros, hasta que se cerraba la maleza a nuestras espaldas, dejando tan sólo un mínimo espacio azul sobre nuestras cabezas. Entonces enloquecíamos y salíamos corriendo.
       Más adelante, cuando nos dieron el primer rifle y adquirimos una nueva sensación de valentía, nos dimos cuenta de que debíamos desafiar el monte. Estuvimos dudando varios días, escuchando a las pintadas que llamaban desde apenas un centenar de metros más allá, e inventando excusas para nuestra cobardía. Entonces, una mañana, al salir el sol, cuando los árboles se teñían de rosa y oro y el brillante rocío recorría los tallos de hierba, nos miramos con una débil sonrisa y nos adentramos en los matorrales con el corazón en un puño.
       En seguida estuvimos solas, rodeadas de maleza, y tuvimos que alargar las manos para cogernos mutuamente de los vestidos. Poco a poco, con las cabezas gachas y los ojos casi cerrados para defendernos de los pinchos afilados, las dos chiquillas nos abrimos camino más allá del hormiguero y de las rocas, más allá de las zarzas, las hendiduras y los espesos cactus, tras los que podía esconderse algún animal salvaje.
       De pronto, tras sólo cinco minutos más de terror, salimos a un espacio en el que la tierra roja estaba llena de huellas de ganado. Las pintadas canturreaban entre la hierba, por delante, y atisbamos un elegante pájaro negro que se alejaba a toda velocidad por un sendero. Lo seguimos, gritando de alegría por la facilidad con que habíamos conquistado el monte prohibido y lo habíamos hecho tan nuestro como el resto de la granja.
       Nos detuvimos de nuevo donde la tierra descendía abruptamente hacia la cañada, unos siete metros de hierba aplastada allí donde acudía a beber el ganado. Nos sentamos, nos subimos los vestidos y nos deslizamos hacia abajo por dos franjas de tierra resbalosa, para aterrizar con las bragas rasgadas y las rodillas llenas de rasguños en el lecho seco de un arroyo; polvo rojo lleno de boñigas secas de vaca y trocitos de cuarzo brillante. Las pintadas nos esperaban en fila y nos miraban, torciendo el cuello en expresión de disgusto, pero mi hermana se hizo la valiente y dijo:
       —¡Voy a disparar a un ciervo!
       Agitó los brazos en dirección a las aves, que se escabulleron. Nos miramos y nos echamos a reír, porque ya nos sentíamos demasiado adultas para cazar pintadas.
       Allí, entre los márgenes de la cañada, había otra clase de maleza. La hierba estaba aplastada por el ganado y al caminar levantábamos un polvo rojo. Había algún zarzal suelto y ortigas por todas partes, cubiertas por unas frutillas pequeñas, como ciruelitas amarillas. Los brotes de caléndulas silvestres llenaban el aire de un aroma fétido y rancio.
       Nos movíamos con una cautela exagerada, con los cuerpos tensos, la mirada fija más de un kilómetro por delante, y no nos dimos cuenta de que, a unos diez pasos, había una pequeña gacela mirándonos. Gritamos de entusiasmo y el animal desapareció. Entonces echamos a correr como locas, gritando a pleno pulmón, mientras la maleza nos golpeaba la cara y las zarzas nos rasgaban las piernas.
       Al cabo de diez minutos nos dimos de bruces con un alambre de espino.
       —La frontera —susurramos, asombradas.
       Era una leyenda: nos habíamos imaginado una especie de gran muralla china, tras la que se extenderían miles y miles de kilómetros de tierra del gobierno en desuso, llena de leopardos, babuinos y manadas enteras de antílopes. Pero nos llevamos un chasco: hasta la propia frontera, al fin y al cabo, era poco más que una pequeña alambrada. Y no se veía por ninguna parte a la gacela.
       Silbando como quien no quiere la cosa para fingir que no nos importaba, echamos a andar junto a la alambrada, golpeándola de vez en cuando para que reverberase a lo largo de más de medio kilómetro, cañada abajo. El monte que nos rodeaba era extraño; aquella parte de la granja era muy nueva para nosotras. Seguíamos sin ver más que zarzales, hierba y pichones gordos que cantaban en todas las ramas. Nos columpiamos en los montantes de la alambrada y deseamos que apareciera nuestro padre de repente y nos llevara a casa para desayunar. Estábamos perdidas sin remedio.
       Entonces vi el papayo. Es probable que llevara minutos mirándolo antes de entender lo que veía, porque era un lugar muy extraño para que creciera un papayo. Tenía tres grandes frutos, pesados y amarillos.
       —Ahí está nuestro desayuno —dije.
       Agitamos el árbol para que cayeran, nos sentamos y comimos. Pronto nos hartamos de aquella pulpa cremosa e insípida y nos quedamos tumbadas, mirando el cielo, casi dormidas. El sol abrasaba: estábamos derretidas de calor y de cansancio. Pero nos costaba mucho. Al darnos la vuelta y mirar hacia otro lado vimos unos ladrillos gastados que sobresalían del suelo. Alrededor nuestro, por todas partes había extensiones de ladrillo y de cemento.
       —La vieja casa de los Thompson —susurramos.
       Y de pronto los pichones se callaron y el monte se volvió hostil. Asustadas, nos sentamos. ¿Cómo podía ser que no nos hubiéramos dado cuenta antes? Entre los zarzales había una hilera doble de papayos; una buganvilla morada asomaba entre los matorrales; un rosal derramaba pétalos blancos a nuestros pies; y nuestros zapatos crujían al pisar cristales rotos.
       Era un lugar desolado, solitario y desconsolado; entonces recordamos cómo solían hablar nuestros padres del señor Thompson, que había vivido allí unos cuantos años antes de casarse. El eco de sus voces sigilosas y llenas de reproches parecía rebotar en los árboles; presas de un pánico violento, recogimos el arma y salimos volando hacia la casa. Habíamos imaginado que estábamos perdidas; sin embargo, en seguida llegamos de nuevo al barranco, ascendimos por él, sollozando entre jadeos y cruzamos la barrera de la maleza volando a tal velocidad que ni nos dimos cuenta de que estaba allí.
       Aún no era hora de desayunar.
       —Hemos encontrado la casa vieja de los Thompson —dijimos al fin, ofendidas por que nadie se percatara, por el orgullo de nuestras caras, de que aquella misma mañana habíamos descubierto todo un mundo nuevo.
       —Ah, ¿sí? —dijo nuestro padre, distraído—. No debe de quedar gran cosa.
       Nuestro miedo se desvaneció. Nos daba tanta vergüenza que a duras penas nos miramos. Y aquel mismo día, más tarde, volvimos, contamos los papayos, colgamos los tallos de la buganvilla de un árbol y podamos el rosal blanco.
       Al cabo de una semana nos habíamos apoderado por completo del lugar. Pasábamos allí días enteros, barriendo los escombros del suelo y llevando los ladrillos sueltos al monte. No nos sorprendió encontrar docenas de botellas vacías esparcidas entre la hierba. Las lavamos en una charca de la cañada, las secamos al viento y las usamos para marcar con ellas las habitaciones de la casa, con paredes de brillantes botellas. En nuestra imaginación, la casa de los Thompson estaba reconstruida, un pequeño palacio de ladrillos con techo de paja.
       Nos sentábamos bajo el sol abrasador e, imitando la voz de nuestra madre, decíamos: “Bajo un tejado de paja, por mucho calor que haga fuera, siempre hace fresco”. Luego, cuando las paredes y el tejado habían crecido tanto en nuestra imaginación que ya dábamos por sentada su existencia, empezamos a jugar a otras cosas y una de las dos se turnaba para hacer de señor Thompson.
       La que cumpliera ese papel tenía que salir de los matorrales tambaleándose, con una botella en la mano, tropezar en el umbral de la puerta y caerse. Allí, se quedaba gruñendo, mientras la otra la abanicaba y le ponía en la cabeza pañuelos empapados con agua de la cañada. O daba vueltas entre las botellas, gritando un galimatías de insultos a una invisible audiencia de nativos.
       En ésas estábamos un día cuando salió de los zarzales una mujer negra y se nos quedó mirando. Nos quedamos juntas, esperando a que se fuera, pero ella se acercó y nos miró fijamente de un modo que daba miedo. Era vieja y gorda y llevaba un vestido rojo de la tienda. Con una voz suave y aduladora, preguntó:
       —¿Cuándo va a volver el señor Thompson?
       —¡Váyase! —le gritamos.
       Y entonces se echó a reír. Caminó despreocupada hacia el monte, contoneándose y mirando hacia atrás sin para de reír. Su risa burlona nos llegaba desde más allá de los árboles; fue la segunda vez que nos alejamos corriendo de la casa en ruinas, aunque nos obligamos a caminar despacio y con mucha dignidad al principio, hasta que estuvimos seguras de que ya no nos veía.
       Estuvimos unos cuantos días sin volver por la casa. Cuando al fin lo hicimos, ya no jugamos a imitar al señor Thompson. Ya no lo conocíamos: aquella risa, aquella mirada lenta e insultante, había significado algo que superaba nuestra experiencia y nuestro conocimiento. La casa ya no era nuestra. Era un montón de ladrillos rotos por el suelo, marcados con botellas. No podíamos fingir que aquel sitio no nos daba miedo; cada dos por tres mirábamos hacia atrás para ver si estaba aquella mujer negra mirándonos en silencio.
       Caminábamos lentamente a lo largo de la alambrada y tirábamos piedras a las papayas, que quedaban a unos cinco metros de alto, hasta que lográbamos que cayeran al suelo. Luego las metíamos entre los matorrales a patadas.
       —¿Por qué habéis dejado de ir a la casa vieja? —preguntó mi madre con cautela, creyendo que no nos dábamos cuenta de que estaba encantada.
       De un modo instintivo, nunca le había gustado que fuéramos tan a menudo.
       —Eh, no sé...
       Unos días más tarde oímos que los Thompson iban a venir a vernos; y supimos, sin que nos lo dijera nadie, que no era una visita ordinaria. Era la primera vez, no iban a venir después de tantos años sin una razón concreta. Además, a nuestros padres no les gustaba que vinieran. Los dos estaban enfrentados por aquel asunto.
       El señor Thompson había vivido en nuestra granja diez años antes de que nos la quedáramos nosotros, cuando no había nadie más en kilómetros a la redonda. Luego, de repente se volvió a Inglaterra y regresó con una esposa. La esposa nunca vino a esta granja. El señor Thompson nos la vendió y se compró otra. La gente decía: “Pobre chiquilla. Recién salida de Inglaterra”.
       Estaba enfadada porque se había quemado la casa, lo cual significaba que tenía que vivir con unos amigos durante casi un año, mientras el señor Thompson construía una casa nueva para la granja nueva.
       La noche antes de que llegaran, nuestra madre dijo varias veces con una extraña voz apenada:
       —Pobrecita, pobrecita. Pobre, pobrecita.
       —Bueno, yo qué sé. Al fin y al cabo, hay que ser justos. Él pasó aquí tantos años solo... —contestaba Padre.
       No servía de nada; aquella tarde, no sólo le molestaba el señor Thompson, sino también mi padre. Y nosotras nos pusimos de su lado. Nos rodeó con sus brazos y lanzó una mirada acusatoria a papá:
       —Las mujeres siempre se llevan la peor parte —dijo.
       —Oye, no es culpa mía que venga a vernos esa gente —contestó él.
       —¿Y quién ha dicho que lo sea? —respondió ella.
       Al día siguiente, cuando estuvo a la vista el coche, nos escabullimos al monte. Nos sentíamos culpables, no sólo por escaparnos, cosa que solíamos hacer cuando venía algún visitante que no nos caía bien, sino también por habernos apropiado de la casa del señor Thompson y porque temíamos que se nos notara en la cara que, al ir tan a menudo, contrariábamos a mamá.
       Escalamos el árbol que usábamos como refugio en esas ocasiones y nos quedamos tumbadas en unas ramas, a unos siete metros de altura, jugando a ser Mowgli y pensando en todo momento en los Thompson.
       Como siempre, perdimos la noción del tiempo: cuando por fin regresamos, creyendo que no habría moros en la costa, el coche seguía allí. La curiosidad pudo con nosotras.
       Entramos sigilosamente en el porche, sonriendo con timidez, mientras mamá nos lanzaba una mirada de reproche. Luego, al fin, alzamos la cara y miramos a la señora Thompson. No sé cómo la habíamos imaginado, pero siempre habíamos sentido por ella una compasión apasionada y protectora.
       Era una mujer alta, rubia y de colores brillantes, con voz de pajarito. Una voz horrible. Papá, que no soportaba las voces agudas, se agarraba a los brazos de la silla y la miraba con un desagrado exasperado.
       En cuanto al señor Thompson, aquel villano a quien tanto habíamos temido y odiado, era un hombre greñudo que arrastraba los pies y miraba al suelo mientras su mujer hablaba, pidiendo disculpas con una sonrisa. No tenía nada que ver con lo que habíamos imaginado. Se parecía a nuestro perro viejo. Por un momento nos quedamos confundidas. Luego, de golpe, nuestra lealtad cambió de lado. Aquella compasión profunda y peligrosa, inoculada antes incluso de lo que podíamos recordar por los mundos de soledad que habitaran nuestros padres —mundos que no podían compartir entre ellos, pero que cada uno compartía con nosotras—, se aposentó ahora en el señor Thompson. La señal exterior de aquel cambio fue que nos apartáramos de la silla de mamá y nos acercáramos a la de papá.
       —Sed buenas, estaos quietas.
       La señora Thompson quería que le enseñaran la casa vieja. Por el tono insistente de su voz entendimos que en toda la tarde no había hablado de otra cosa; o que, en cualquier caso, si lo había hecho, sólo había sido para terminar llegando a ese asunto en cuanto pudiera. Sonrió con orgullo al señor Thompson y dijo:
       —He oído cosas tan interesantes de esa casa... De verdad que necesito ver con mis propios dónde vivía mi marido antes de llegar yo.
       Y miró a mamá, buscando su aprobación. Pero ella contestó con un titubeo:
       —Pronto será oscuro. Y no hay camino.
       En cuanto a papá, se limitó a contestar con brusquedad:
       —No hay nada que ver. No queda nada.
       —Sí, ya sé que se quemó —contestó ella, lanzando otra miradita a su marido.
       —Era una lámpara de gas... —murmuró él.
       —Quiero verlo con mis propios ojos.
       En ese momento, mi hermana abandonó su lugar en el brazo de la silla de papá y, tras dedicar una sonrisa luminosa y falsa a la señora Thompson, dijo:
       —Nosotras sabemos dónde está. La podemos llevar.
       Me dio un codazo en las costillas y salió corriendo sin dar tiempo a hablar a nadie.
       Al final todos decidieron venir. Los llevé por el camino más largo y duro que conocía. Hacía tiempo que teníamos un sendero propio, pero hubiera sido demasiado rápido. Obligué a la señora Thompson a escalar rocas, abrirse camino entre la maleza, agacharse en los matorrales. La obligué a deslizarse por el barranco para que cayera de rodillas entre los guijarros afilados y el polvo. Finalmente, la hice caminar tan rápido para rodear los zarzales que la oía jadear detrás de mí. Pero no se quejó: tenía muchas ganas de ver la casa.
       Cuando llegamos a lo que antaño fuera la casa, ya era casi de noche, los largos tallos de hierba temblaban con la brisa y las siluetas de los papayos se alzaban, altas y oscuras, contra el rojo del cielo. Alrededor nuestro sonaba el suave arrullo de las pintadas.
       Mi hermana estaba apoyada en un árbol, jadeando con fuerza y tratando de aparentar naturalidad. La señora Thompson había perdido su seguridad. Se quedó muy quieta, mirando a su alrededor, y supimos que el silencio y la desolación se habían apoderado de ella, igual que nos ocurriera a nosotras la primera vez.
       —Pero, ¿dónde está la casa? —preguntó al fin.
       Sin darse cuenta había suavizado la voz y miraba como si esperara verla alzarse del suelo ante ella.
       —Ya te dije que se había quemado. ¿Ahora me vas a creer? —dijo el señor Thompson.
       —Ya sé que se quemó... Bueno, entonces, ¿dónde estaba?
       Parecía a punto de echarse a llorar. No tenía nada que ver con lo que se había imaginado.
       El señor Thompson señaló los ladrillos del suelo. No se movió. Se quedó mirando más allá de la alambrada, hacia la cañada, donde la bruma empezaba a espesarse con pliegues blancos. La luz se desvaneció del cielo y empezó a hacer frío. Nadie habló durante un rato.
       —Qué lugar tan desamparado para una casa —dijo al fin la señora Thompson, muy irritada—. Me alegro de que se quemara. Y vosotras, niñas, ¿de verdad jugáis por aquí?
       Nuestro turno.
       —Nos gusta —dijimos, obedientes. Sabíamos de sobra que nuestra presencia encima de aquellos ladrillos, tomadas de la mano junto al fantasmagórico rosal, componía una imagen capaz de destruir cualquier encanto que el lugar tuviera para ella—. Nos pasamos el día jugando aquí —mentimos.
       —Pues qué gusto tan raro —dijo ella.
       Aunque hablara con nosotras, se refería al señor Thompson.
       Él no la oyó. Estaba mirando a su alrededor con cara de andar perdido en sus recuerdos.
       —Diez años —dijo al fin—. Aquí pasé diez años.
       —Aún peor me parece —contestó ella bruscamente.
       Eso, en cuanto a ella concernía, daba el asunto por liquidado.
       Emprendimos el camino de vuelta a casa. Ahora iban las dos mujeres delante; luego, papá y el señor Thompson; nosotras íbamos detrás. Al pasar junto a una charca seca bajo un cactus, mi hermana dijo en un susurro:
       —Señor Thompson, señor Thompson, mire eso.
       Papá y el señor Thompson se acercaron.
       —Mire —dijimos, señalando el hueco lleno hasta arriba de botellas vacías.
       —He venido corriendo por un camino que conozco y las he escondido —explicó mi hermana, orgullosa, mirando a los dos hombres como si formara parte de una conspiración.
       Papá parecía muy incómodo.
       —Me pregunto cómo llegarían aquí —dijo al fin, en tono educado.
       —Las encontramos nosotras. Estaban en la casa. Las escondimos para usted —explicó mi hermana, bailando de pura excitación.
       El señor Thompson nos lanzó una mirada aguda e incómoda.
       —Sois un par de niñas muy raras —dijo.
       Ese fue todo el agradecimiento que obtuvimos de él, porque en seguida oímos que nos llamaba mamá:
       —¿Qué hacéis todos ahí?
       Y echamos a andar todos a la vez.
       Cuando se fueron los Thompson nos quedamos con papá, a ver si decía algo.
       Al fin, cuando se fue mamá, se rascó la cabeza con humor irritado y dijo:
       —¿Se puede saber por qué habéis hecho eso?
       Estábamos muy ofendidas.
       —Para que no lo viera ella —expliqué.
       —A esa mujer le hubiera dado lo mismo —dijo él—. De todas formas, supongo que teníais buena intención.

       Mamá estaba sentada en una esquina del porche, en plena oscuridad, mirando hacia el monte. Tenía en la cara una mirada amarga de desagrado, reproche y desdicha. Sabíamos que nos incluía.
       Nos miró enfadada y dijo:
       —No me gusta que os paseéis de esa manera por la granja. Y menos con un arma.
       Pero eso ya nos lo había dicho muchas veces y no era lo que esperábamos. Al fin llegó:
       —Mis niñas queridas —dijo—, solas en medio del monte, sin poder jugar con nadie...
       Lo que le importaba no era el monte. Nos abalanzamos sobre ella.
       —Pobre mamá —le dijimos—. Pobre, pobre mamá.
       Era lo que necesitaba.
       —Esto no es vida para una mujer —dijo con la voz rota, abrazándonos con fuerza.
       Pero parecía reconfortada.




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