Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Vino (1957)
(“Wine”)
The Habit of Loving
(Londres: MacGibbon and Kee, 1957, 278 págs.);
(Nueva York: Thomas Y. Crowell Company, 1957, 311 págs.)



      Un hombre y una mujer se dirigían por una calle lateral hacia el bulevar desde un pequeño hotel.
       Los árboles estaban aún desnudos, negros y fríos; pero las pequeñas ramas insinuaban la primavera, de modo que al mirar hacia arriba se podían apreciar los primeros resplandores verdes. Sin embargo, todo permanecía tranquilo, y el cielo era de un magnífico azul sereno.
       La pareja se deslizaba despacio. Cualquier esfuerzo, después de días de haraganear, parecía imposible; y casi de inmediato se dirigieron al café y se desplomaron, como si estuvieran exhaustos, frente a una pared de cristal que daba a la acera.
       El lugar estaba vacío. La gente estaba pidiendo el almuerzo en los restaurantes. No todos: esa mañana una multitud se había manifestado, la procesión acababa de pasar y todavía podía verse a los más rezagados. Los sonidos violentos, los eslóganes proselitistas y las canciones ya no absorbían el estruendo del tráfico parisino; pero fueron estos ruidos los que despertaron a la pareja del sueño.
       Un camarero se apoyó en la puerta, observando a la multitud que se alejaba y, con desgana, anotó que querían un café.
       El hombre bostezó, la mujer se contagió; y ambos rieron con un aire de culpabilidad afectado e intercambiaron miradas distanciadas, sin remordimiento. Llegó el café, quedó intacto. Ninguno de los dos hablaba. Al cabo de un rato la mujer volvió a bostezar; y esta vez el hombre se volvió y la miró con desaprobación, y ella le devolvió la mirada. El deseo permanecía adormecido, se observaban. Eso seguía estando allí; mientras todo aquello que los empujaba dormía, aceptaban el uno del otro una triste ironía; podían contemplarse mutuamente sin ilusión, con la mirada fija.
       Y luego, de un modo inevitable, ella se hundió en la tristeza, hasta que fue capaz de resistirla; y en él se encendió una chispa de crueldad.
       —Necesitas empolvarte la nariz —le dijo.
       —Y tú necesitas un chivo expiatorio.
       Pero él siempre se negaba a entristecerse. Ella se encogió de hombros y, con indiferencia, se volvió para mirar hacia fuera. Él hizo lo mismo. Al otro extremo del bulevar aún se sentía una leve agitación, como de hormigas alborotadas, y ella oyó que él murmuraba:
       —Sí, aún sigue…
       Ella dijo, burlona:
       —Nada cambia, todo sigue siempre igual…
       Pero él se había sonrojado.
       —Recuerdo… —comenzó a decir él, con otro tono de voz. Se detuvo y ella no lo instó a continuar, pues su rostro denotaba nostalgia y amargura, mientras observaba a los manifestantes a lo lejos.
       Fuera, los amantes, los cónyuges, los estudiantes, los ancianos iban y venían. Los árboles desnudos; el cielo azul, sereno. En un mes, los árboles lucirían un verde intenso; el sol daría calor. La gente estaría morena, reiría, enseñaría las piernas. No, no, se dijo ella, al imaginar tanta actividad. Era mejor la inerte tristeza. Y, de pronto, la infelicidad se apoderó de ella, la tomó por el cuello, y retrocedió quince años atrás, a otro país. Allí estaba, de pie, bajo la cálida luz de luna del trópico, con los brazos extendidos hacia un paisaje que no le ofrecía más que silencio, y luego se echaba a correr por un sendero de guijarros que lanzaban vívidos destellos bajo sus pies, hasta que caía rendida sobre un campo de brillante grama. Quince años.
       En ese preciso instante, el hombre se dio la vuelta de repente y llamó al camarero y pidió vino.
       —¿Qué? —preguntó divertida—, ¿ya?
       —¿Por qué no?
       En ese instante lo amó profunda y maternalmente, hasta que apartó de su mente el engaño y observó cómo esperaba el vino con impaciencia, lo servía y colocaba las dos copas frente a ellos, junto a las tazas de café todavía humeantes. Pero ella volvía a recordar aquella noche, y sintió envidia de aquella niña extasiada bajo la luz de la luna que corría como loca entre los árboles, con el secreto deseo de… pero esa era la cuestión.
       —¿En qué piensas? —preguntó él, todavía con cierta crueldad.
       —¡Oh! —Fingió indignarse, a modo de gracia.
       —Ese es el problema, ese es el problema. —Alzó la copa, le dedicó una mirada y la volvió bajar—. ¿No quieres un trago?
       —Todavía no.
       No volvió a tocar la copa y empezó a fumar.
       Momentos como estos exigían algún tipo de gesto; algo ligero, incluso informal, pero algo que les permitiera, a cada uno de ellos, reconocer la individualidad que había en ambos; uno, quizá, aparecería como alguien curioso con los ojos siempre bien abiertos, que observa, siempre observa, con cansada compasión; el otro, una naturaleza violenta que se debate en un ciclo de deseo y descanso, creación y logros.
       Se rindió ante ella. De nuevo intercambiaron miradas de profunda ironía, antes de que él se volviera y repicara malhumorado con los dedos sobre la mesa; ella también se volvió para observar las negras ramas en las que la savia se estremecía.
       —Recuerdo… —comenzó a decir él; y otra vez, a modo de queja, ella exclamó:
       —¡Oh!
       Él se contuvo.
       —Querida —dijo con frialdad—, eres la única mujer a la que he amado. —Se rieron.
       —Debió de ser en esta calle. Quizá en este café, solo que están muy cambiados. Ayer, cuando regresé al lugar adonde iba cada verano, me encontré con una pâtisserie, y la mujer ya no se acordaba de mí. Éramos una multitud (solíamos salir todos juntos) y allí encontré a una chica, creo que por primera vez. Había sitios establecidos para hacer contactos; quienes venían de Viena o de Praga, o de dondequiera que fuere, conocían estos lugares; no pudo haber sido en este café, a menos que lo hayan arreglado. No teníamos dinero suficiente para todo este cuero y estos cromados.
       —Bueno, continúa.
       —Todavía la recuerdo, por alguna razón. No he pensado en ella en mucho tiempo. Tendría unos dieciséis años, supongo. Muy bonita; no, estoy muy equivocado. Estudiábamos juntos. Traía sus libros a mi habitación. Me gustaba, pero yo tenía una novia, solo que estudiaba alguna otra cosa, no recuerdo qué.
       Una vez más, hizo una pausa, y una vez más, la expresión de su rostro se crispó por la nostalgia; y sin querer, ella echó un vistazo por encima del hombro hacia la calle. La procesión había desaparecido por completo, ni siquiera se oían los ecos de las canciones o los gritos.
       —La recuerdo porque… —Y, después de un silencio que denotaba preocupación, agregó—: Quizá el destino de la virgen que se acerca y se ofrece, desnuda, sea siempre el rechazo.
       —¡Qué! —exclamó ella, perpleja. Y también el enfado la removió. Se dio cuenta, y suspiró—. Sigue.
       —Nunca hice el amor con ella. Estudiamos juntos durante todo aquel verano. Luego, un fin de semana, decidimos hacer una salida en grupo. Ninguno de nosotros tenía dinero, por supuesto, y solíamos esperar en la calle y hacíamos autoestop, y después nos volvíamos a encontrar en algún pueblo. Yo estaba con mi chica, pero aquella noche estábamos ayudando al granjero con la cosecha, como pago por permitirnos dormir en el granero, y me encontré con esta chica, Marie, a mi lado. Era una hermosa noche a la luz de la luna y todos cantábamos y hacíamos el amor. La besé, pero eso fue todo. Esa noche vino a buscarme. Yo dormía en la buhardilla con otro muchacho. Él estaba dormido. Le dije que bajara otra vez con los demás. Estaban todos juntos en los fardos de heno. Le dije que era demasiado joven. Pero no era más joven que mi novia. —Se detuvo; y tras todos esos años su rostro expresaba tristeza y confusión—. No sé —comentó—, no sé por qué le dije que se marchara. —Luego se rió—. Supongo que ya no tiene ninguna importancia.
       —Qué fresca —comentó ella. Y ahora el enfado era intenso—. La habías besado, ¿no es así?
       Se encogió de hombros.
       —Fue una noche gloriosa… estábamos recogiendo manzanas, el granjero nos gritaba y nos insultaba porque, más que trabajar, hacíamos el amor y cantábamos y bebíamos vino. Además, formaba parte de la época, el movimiento juvenil. Para nosotros la fidelidad y los celos y todo ese tipo de cosas eran reminiscencias de la moralidad burguesa. —Se rió otra vez con un dejo de dolor—. La besé. Allí estaba ella, a mi lado, y sabía que mi chica estaba conmigo aquel fin de semana.
       —La besaste —replicó con tono acusador.
       Pasó el dedo por el borde de la copa de vino, dirigiendo hacia ella una mirada y una mueca irónica.
       —Sí, querida. —Su voz era casi un canturreo—. La besé.
       El enfado volvió a apropiarse de ella.
       —Una chica está dispuesta al amor. Te aprovechas de ella para trabajar. Luego la besas. Sabes muy bien…
       —¿Qué es lo que sé muy bien?
       —Fue muy cruel por tu parte.
       —Yo mismo era un chiquillo…
       —No importa. —Notó, turbada, que se encontraba al borde de las lágrimas—. ¡Trabajabas con ella! ¡Trabajaste con una niña de dieciséis años todo el verano!
       —Pero todos estudiábamos mucho. Tiempo después fue doctora, en Viena. Consiguió escaparse cuando los nazis entraron, pero…
       Ella exclamó con impaciencia:
       —La besaste aquella noche. Imagínala, esperando hasta que los otros se durmiesen, subió por la escalerilla hasta la buhardilla, aterrorizada ante la idea de que el otro chico pudiera despertarse, luego permaneció de pie observándote dormir, y se quitó el vestido despacio y…
       —Oh, no estaba dormido. Simulé estarlo. Estaba vestida cuando subió. Llevaba pantalones cortos y un jersey. Nuestras chicas no llevaban vestidos ni se pintaban los labios: pura moralidad burguesa. La observé mientras se quitaba la ropa. La buhardilla estaba iluminada por la luz de la luna. Puso su mano sobre mi boca y se recostó a mi lado. —De nuevo, una expresión de asombro arrepentido colmó su rostro—. Dios sabe, ni yo puedo entenderlo. Era una criatura hermosa. No sé por qué lo recuerdo. He estado pensando en ella los últimos días. —Tras una pausa, mientras hacía girar lentamente su copa de vino—: He sido un fracaso en muchos aspectos, pero no con… —Al instante cogió la mano de ella, la besó y declaró con sinceridad—: No sé por qué lo recuerdo ahora, cuando… —Sus miradas se encontraron y suspiraron.
       —Y entonces la rechazaste —replicó ella despacio, con su mano sobre la de él.
       Él se rió.
       —A la mañana siguiente no me dirigió la palabra. Inició un romance con mi mejor amigo, el hombre que estaba a mi lado en la buhardilla, para ser exactos. Me odió con todas sus fuerzas, y supongo que tenía motivos para hacerlo.
       —Piensa en ella en aquel momento. Recogió su ropa, sin ni siquiera atreverse a mirarte…
       —A decir verdad estaba furiosa. Me insultó de todas las maneras posibles. Tuve que insistirle para que se callara, iba a despertar a todo el grupo.
       —Bajó la escalerilla y volvió a vestirse, en la oscuridad. Luego salió del granero, no tenía ánimos para regresar con los demás. Se dirigió al huerto. Aún brillaba la luna. Todo estaba silencioso y solitario, y ella recordó que habíais estado cantando y riendo y haciendo el amor. Fue hasta el árbol donde la habías besado. La luna se reflejaba en las manzanas. ¡Nunca lo olvidará, nunca, nunca!
       Él le dirigió una mirada de curiosidad, las lágrimas corrían por el rostro de ella.
       —Es terrible —dijo ella—. Terrible. Nada podría jamás consolarla. Nada. En toda su vida. Justo cuando todo era más que perfecto, su vida entera, de pronto recordaba aquella noche, sola, de pie, sin un alma alrededor, kilómetros de una maldita luz de luna vacía…
       La miró con perspicacia. Entonces, con una especie de gesto burlón, a modo de súplica, se inclinó hacia ella, la besó y le dijo:
       —Querida, no es culpa mía; simplemente no es culpa mía.
       —No —contestó.
       Él puso la copa de vino en sus manos; ella la alzó, observó las pequeñas burbujas carmesí del reconfortante líquido, y bebió con él.




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