Doris Lessing
(Kermanshah, Irán, 1919 - Londres, Inglaterra, 2013)


Vuelo (1948)
(“Flight”)
Originalmente publicado en TREK, 12 (abril de 1948);
The Habit of Loving
(Londres: MacGibbon and Kee, 1957, 278 págs.);
(Nueva York: Thomas Y. Crowell Company, 1957, 311 págs.)
African Stories
(Nueva York: Simon and Schuster, 1965, 636 págs.);
[no aparece en la edición de Londres: Michael Joseph, 1964, 494 págs.]



      El palomar quedaba por encima de la cabeza del anciano, una repisa alta envuelta en malla metálica, aguantada sobre dos pilotes y llena de pájaros que se contoneaban y se acicalaban. La luz del sol reventaba en sus pechos grises para trazar pequeños arco iris. Arrullado por sus cantos, alzaba las manos hacia su favorita, una paloma mensajera, un ave joven de cuerpo rollizo que se quedaba quieta al verlo y le clavaba su astuta mirada brillante.
       —Bonita, bonita, bonita... —decía mientras atrapaba al pájaro y lo bajaba, sintiendo el coral de las zarpas prieto en torno a su dedo.
       Contento, apoyó levemente al pájaro contra su pecho y se recostó en un árbol, mirando más allá del palomar, hacia el paisaje de las últimas horas de la tarde. Entre pliegues y huecos de luz y de sombra, el suelo rojizo y oscuro, removido hasta formar grandes terrones polvorientos, se extendía hasta el alto horizonte. Los árboles señalaban el discurrir del valle; el camino, un arroyo de espléndida hierba verde.
       Recorrió con los ojos el camino de vuelta y vio a su nieta columpiándose junto a la puerta, bajo un franchipaniero. El pelo, suelto por la espalda, captaba oleadas de luz del sol, y las largas piernas descubiertas repetían los ángulos de los brotes del árbol, tallos de un marrón brillante entre trazados de flores pálidas.
       La niña miraba más allá de las flores rosas, más allá de la granja en que vivían, junto a la estación, hacia el camino que llevaba al pueblo.
       El estado de ánimo del anciano cambió. Abrió el puño deliberadamente para que el ave alzara el vuelo, pero lo cerró en cuanto empezó a abrir las alas. Sintió que aquel cuerpo rollizo tironeaba y se estiraba entre sus dedos; luego, en un arranque de pena atribulada, lo metió en una caja pequeña y aseguró el cierre. “Aquí, quieta”, murmuró; luego dio la espalda a la repisa llena de pájaros. Caminó con torpeza a lo largo del seto, acechando a su nieta, que ahora estaba tumbada sobre la cancela, descansando la cabeza entre los brazos y cantando. El leve y alegre sonido de su voz se mezclaba con el canto de los pájaros, y el enfado del anciano aumentó.
       —¡Eh! —gritó.
       Vio que daba un salto, miraba hacia atrás y se alejaba de la cancela. Un velo ocultó su mirada y saludó con voz neutral y descarada:
       —¡Hola, abuelo!
       Se acercó a él con educación, tras una última mirada al camino.
       —Qué, ¿esperando a Steven? —dijo él, clavándose los dedos en la palma de la mano, como si fueran garras.
       —¿Tienes algo que objetar? —preguntó ella en tono leve, negándose a mirarlo.
       El anciano se encaró a ella con el ceño fruncido, los hombros encogidos, tenso en un nudo prieto de dolor que incluía el canturreo de las aves, la luz del sol, las flores. Dijo:
       —Ya estás en edad de merecer, ¿eh?
       La chica meneó la cabeza ante aquella expresión anticuada y contestó en tono enfurruñado:
       —Venga, abuelo.
       —Tienes ganas de irte de casa, ¿eh? ¿Crees que te puedes ir a correr por los campos de noche?
       La sonrisa de la muchacha hizo que el abuelo la viera como la había visto cada tarde a lo largo de aquel cálido mes de fines de verano, cuando paseaba por el sendero hasta el pueblo de la mano de aquel joven de manos rojas, cuello rojo y cuerpo violento, el hijo del cartero. Se le subió el suplicio a la cabeza y, enfadado, exclamó:
       —¡Se lo voy a decir a tu madre!
       —¡Chivato! —contestó ella, riendo, mientras volvía de nuevo hacia la cancela.
       Se puso a cantar en voz alta, para que él la oyera:

I’ve got you under my skin,
I’ve got you deep in the heart of...


      —Tonterías —gritó él—. Tonterías. Tonterías impúdicas.
       Gruñendo en voz baja, se volvió hacia el palomar, que era su refugio de la casa que compartía con su hija, el marido de ésta y las niñas. Sin embargo, pronto la casa estaría vacía. Todas las chiquillas se habrían ido con sus risas, sus riñas y sus burlas. Se iba a quedar solo y abandonado con aquella mujer de aspecto llano y mirada tranquila; su hija.
       Se detuvo murmurando delante del palomar, resentido ante los pájaros, que arrullaban ausentes.
       Desde la puerta, la chica gritó:
       —¡Ve y cuéntaselo! Venga, ¿a qué esperas?
       Él echó a andar obstinado hacia la casa, con rápidas y patéticas miraditas a la niña para llamar su atención. Pero ella ni lo miró. La juventud de su cuerpo, desafiante pero ansioso, lo empujaba al amor y al arrepentimiento. Se detuvo.
       —Es que nunca... —murmuró, esperando que ella se diera la vuelta y se acercara corriendo—... Yo no quería...
       Ella no se dio la vuelta. Se había olvidado de él. El joven Steven llegó por el camino con algo en las manos. ¿Un regalo para ella? El anciano se puso tenso mientras veía cómo se cerraba de golpe la cancela y los jóvenes se abrazaban. Entre las frágiles sombras del franchipaniero su nieta, su niña querida, se echaba en brazos del hijo del cartero y la melena le volaba por detrás de los hombros.
       —¡Os estoy viendo! —gritó el hombre, lleno de despecho.
       No se movieron. Él se metió en la casita encalada, escuchando los rabiosos crujidos del suelo del porche bajo sus pies. Su hija estaba cosiendo en la habitación delantera y trataba de enhebrar una aguja a contraluz.
       Se detuvo de nuevo y volvió a mirar hacia el jardín. La pareja se paseaba entre los matorrales, sin dejar de reír. Mientras miraba, vio que la chica se escapaba del joven con un movimiento repentino y malicioso y echaba a correr entre las flores mientras él la perseguía. Oyó gritos, risas, un chillido, silencio.
       —Es que no es así —murmuró apenado—. No es así. ¿Cómo puede ser que no te des cuenta? Venga a echar carreras y risitas y besos y besos. Llegarás a algo totalmente distinto.
       Miró a su hija con un odio burlón, pues se odiaba más que nada a sí mismo. Ellos dos ya estaban acabados, pero la chica aún corría en libertad.
       —¿No te das cuenta? —preguntó a su invisible nieta, que en aquel momento estaba tumbada sobre la espesa hierba con el hijo del cartero.
       Su hija lo miró y alzó las cejas con cansina paciencia.
       —¿Has acostado a tus pájaros? —le preguntó, por darle conversación.
       —Lucy —dijo él con urgencia—. Lucy...
       —Bueno, ¿qué pasa ahora?
       —Está en el jardín con Steven.
       —Venga, siéntate y tómate un té.
       Él dio una serie de pisotones alternos con cada pie, bum, bum, bum, sobre el hueco suelo de madera, y gritó:
       —¡Se va a casar con él! ¡Te digo que lo próximo será casarse con él!
       Su hija se levantó rápidamente, le llevó una taza y preparó un plato.
       —No quiero té. Te he dicho que no quiero.
       —Bueno, bueno —lo arrulló ella—. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no se puede casar?
       —¡Tiene dieciocho años! ¡Dieciocho!
       —Yo me casé a los diecisiete y nunca me he arrepentido.
       —Mentirosa —contestó el anciano—. Mentirosa. Y si fue así, deberías arrepentirte. ¿Por qué obligas a tus hijas a casarse? ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué?
       —A las otras tres les ha ido bien. Tienen buenos maridos. ¿Por qué no Alice?
       —Es la última —lamentó él—. ¿No podemos conservarla un poco más?
       —Bueno, venga, papá. Estará al otro lado de la calle, eso es todo. Vendrá a verte cada día.
       —Pero no es lo mismo.
       Pensó en las otras chicas, transformadas en cuestión de pocos meses, de chiquillas petulantes y malcriadas en serias matronas juveniles.
       —Nunca te ha gustado que nos casáramos —dijo su hija—. ¿Por qué? Siempre pasa lo mismo. Cuando me casé yo, me hiciste sentir que hacía algo malo. Y a mis hijas también. Siempre les haces llorar y se sienten fatal por tu comportamiento. Deja a Alice en paz. Está contenta. —Suspiró, detuvo la mirada un momento en el jardín, iluminado por el sol—. Se casará el mes que viene. No hay ninguna razón para esperar.
       —¿Les has dado permiso? —preguntó, incrédulo.
       —Claro, papá ¿por qué no? —contestó ella con frialdad, y se puso a coser de nuevo.
       Como le escocían los ojos, salió al porche. La humedad se extendió hasta el mentón y el anciano sacó un pañuelo y se secó la cara. El jardín estaba vacío.
       La pareja de jóvenes dio la vuelta a la esquina de la casa; sin embargo, sus caras miraban hacia otro lado. El hijo del cartero llevaba un pichón balanceado en su muñeca y con el pecho brillante de luz.
       —¿Es para mí? —preguntó el anciano, dejando que le goteara la barbilla—. ¿Es para mí?
       —¿Te gusta? —La chica le tomó una mano y la sostuvo—. Es para ti, abuelo. Te lo ha traído Steven.
       Se quedaron con él, cariñosos, preocupados, esforzándose por alejar la pena y la humedad de sus ojos a fuerza de simpatía. Lo tomaron por ambos brazos y lo dirigieron hacia la repisa de los pájaros, cada uno a un lado, rodeándolo, diciéndole sin palabras que nada iba a cambiar, que siempre estarían con él. El pájaro era una buena prueba, le dijeron con la falsa felicidad de sus miradas, mientras se lo entregaban.
       —Toma, abuelo, es tuyo. Es para ti.
       Lo miraron mientras lo sostenía sobre la muñeca y le acariciaba el lomo suave, calentado por el sol, y se fijaba en su modo de abrir las alas para mantener el equilibrio.
       —Será mejor que lo encierres un tiempo —dijo la chica, en un tono íntimo—. Hasta que aprenda a reconocer su casa.
       —Vete a enseñarle a tu abuela a batir un huevo —gruñó el anciano.
       Aliviados por aquella rabia medio alevosa, los dos se apartaron y se rieron de él.
       —Nos encanta que te haya gustado.
       Se alejaron, ya serios y decididos, hacia la cancela, donde se quedaron sentados, de espaldas a él y hablando en voz baja. Lo que más lo aislaba, lo que le provocaba mayor sensación de soledad, era aquella manera de comportarse con la seriedad propia de los adultos; al mismo tiempo, lo tranquilizaba, negaba el escozor que le provocaba verlos cuando retozaban como cachorros en la hierba. Ya se habían vuelto a olvidar de él. Bueno, era normal, se aseguró el anciano, al tiempo que notaba las lágrimas que se espesaban en su garganta, el temblor de los labios. Acercó el pájaro a la cara para notar la caricia de sus plumas sedosas. Luego lo encerró en una caja y sacó su paloma favorita.
       —Ya te puedes ir —dijo en voz alta.
       La sostuvo en la mano, lista para volar, mientras miraba hacia los jóvenes, al otro lado del jardín. Luego, retorcido por el dolor de la pérdida, levantó la muñeca y vio cómo el ave alzaba el vuelo. Un torbellino, un aleteo, y una nube de aves echó a volar hacia el anochecer desde el palomar.
       Aún junto a la cancela, Alice y Steve abandonaron la charla y contemplaron los pájaros.
       Desde el porche su hija, aquella mujer, lo miraba y se llevaba a la frente la misma mano que aún sostenía la costura para hacer sombra a los ojos.
       Al anciano le parecía que todo el atardecer se había detenido para contemplar aquel gesto de control por su parte, que hasta las hojas de los árboles habían dejado de temblar.
       Calmado, con los ojos secos, dejó caer las manos a ambos lados del cuerpo y se mantuvo en pie, contemplando fijamente el cielo.
       La nube de brillantes pájaros plateados se alzó cada vez más con un estridente batir de alas, por encima de la oscura tierra labrada, hasta que quedaron flotando bajo la luz del sol como un revuelo de motas de polvo.
       Trazaron un amplio círculo sin dejar de batir las alas, de modo que la luz las cruzaba en oleadas, y luego, una tras otra se tiraron en picado desde lo alto hacia las sombras para regresar a la penumbra de la tierra, por encima de los árboles y la hierba, de vuelta al valle y al refugio de la noche.
       El jardín se convirtió en una algarabía y un temblor de aves de regreso. Luego llegó el silencio y el cielo quedó vacío.
       El anciano se dio la vuelta lentamente, tomándose su tiempo: alzó la mirada y sonrió con orgullo a su nieta, al otro lado del jardín. Ella lo miraba fijamente. No sonreía. Tenía los ojos como platos y la cara muy pálida en la frialdad de la penumbra, y el anciano vio que las lágrimas temblaban al rodar por sus mejillas.




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