Lorrie Moore
(Glens Falls, NY, 1957 –)

Que es más de lo que puedo decir de ciertas personas (1993)
(“Which Is More Than I Can Say About Some People”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker (8 de noviembre de 1993, pág. 108);
Birds of America
(Nueva York: Alfred A. Knopf, Inc., 1998, 291 págs.)


      Era un miedo mayor que el que se tiene a la muerte, según las revistas. La muerte ocupaba el cuarto lugar. Después de la mutilación, que era el tercero, y el divorcio, el segundo. El número uno, el verdadero miedo al cual la muerte no se podía ni aproximar, era a hablar en público. Abby Mallon lo sabía muy bien, y por eso le gustaba el trabajo que tenía en la editorial Tests Académicos: tenía que trabajar con las palabras de manera privada. El discurso que pronunció fue en la parte trasera, sola, como unos zapatitos arreglados por un duende: la araña es a la telaraña lo que el tejedor es al vacío. Aquello era suyo. Estaba orgullosa.
       También que el vacío es al dolor lo que el bosque es al banco.

       Pero entonces, un día, el supervisor y el coordinador de distrito de la editorial la llamaron para que subiera. Era buena, dijeron, pero quizá fuera ya demasiado buena, demasiado creativa, sugirieron, y la ascendieron de la sala de redacción a los salones de actos de los institutos de Estados Unidos. Tendría que viajar y dar conferencias, explicar al personal docente de los institutos cómo preparar a los alumnos para los exámenes de acceso, encontrarse separadamente con los alumnos de primer año y de último año, y contestar a sus preguntas sin vacilaciones, con autoridad y gracia.
       —Antes puede tomarse unas vacaciones —dijeron, y le tendieron un cheque.
       —Gracias —contestó dudando. La vida le había obsequiado con el don de la soledad, y le había cogido el tranquillo, pero ahora no le podría dar ninguna utilidad profesional. Tendría que adquirir don de gentes.
       —¿Indigentes? —repuso su madre por teléfono, desde Pittsburg.
       —Gentes —contestó Abby.
       —Ah, eso —dijo su madre y lanzó una especie de estertor, a pesar de que era fuerte como un roble.

       De todas las ideas descabelladas que tenía Abby en relación con la autoayuda (los vídeos de superación personal, los ejercicios de respiración, las clases de hipnotismo), la Piedra de Blarney, con su promiscuo trueque de elocuencia por amor
(PICO DE ORO, ponía en las camisetas), era quizá la más extrema. Quizá. Después de todo, también estaba su boda con Bob, su novio durante muchos años, después de que su perro Randolph muriera de un fallo renal: la boda con Bob parecía el único modo de superar el dolor. Por supuesto, siempre había admirado la idea del matrimonio, el discurso público y cívico al respecto, la inocencia que se le volvía a conferir, y Bob era grande y acogedor. Pero no tenía mucho que decir. No era un hombre verbal. La rabia le daba la sintaxis, pero no era suficiente. Muy pronto Abby lo había comenzado a tratar como a una especie de mascota, mientras ella silenciosamente buscaba distracciones de profundidad y trascendencia. Buscaba palabras. Buscaba caminos con palabras. Se esforzó mucho por ser amiga de un letrista de Nueva York (un soltero de ojos violeta, pelo rubio y más bien frío), al igual que casi todas las esposas de los médicos y marchantes de la ciudad. Acababa de llegar, no tenía coche y vestía la misma chaqueta ocre todos los días. «Agua, agua por todas partes, pero ni una gota para beber», dijo una vez el letrista soltero al escuchar con languidez los gorjeos femeninos dejados en su contestador. En su piso no había novelas ni estanterías. Había una silla y una televisión grande, el contestador, un diccionario de rimas que sacaba sin parar de la biblioteca y una mesa de centro. Las mujeres le llevaban comida, contactos profesionales, encargos de rimas publicitarias y subvenciones en efectivo. A cambio él les daba guijarros de la playa o un arbusto bonito arrancado en el parque. Solía ponerse de pie detrás de la mesa de centro para recitar sus canciones, luego retrocedía y esperaba temeroso a que lo sedujeran. Ser atacado y devorado por la forma femenina era, según creía, algo similar a los aplausos. A veces, iba a buscar un laúd alquilado y decía:
       —Acabo de componer una melodía para el poema de la Creación. Canta conmigo.
       Y Abby se lo quedaba mirando y contestaba:
       —Pero no sé la melodía. No la he oído todavía. Has dicho que te la acabas de inventar.
       ¡Las vejaciones que tenía que padecer un poeta! El se quedaba paralizado detrás de la mesa de centro, y cuando Abby por fin daba un paso hacia delante, sólo para tocarlo, para tomarle el pulso, quizá, para enroscarle una goma invisible en un brazo y tomarle la presión, él se arrugaba y encogía.
       —Por favor, no vayas a pensar que padezco una especie de Epstein-Barr emocional —dijo citando otras discusiones que había tenido con mujeres—. No soy indiferente ni desapasionado. Soy tranquilo. Soy romántico, pero soy tranquilo. Tengo apetitos, pero me los tomo con mucha calma.
       Cuando volvió con su marido («Cariño, ¡has vuelto a casa!», exclamó Bob) estuvo sólo una semana. No habría podido durar más. Aquella mezcla de soledad, lujuria y costumbre que siempre había sentido con Bob, aquella mezcla que seguramente era amor, porque muy a menudo la sentía como tal, ¿y cómo podría no ser amor?, seguro que para la naturaleza era amor, seguro que la naturaleza, con sus huracanes y granizadas, lo consideraba más que suficiente. Bob le sonrió y no dijo nada. Y al día siguiente, ella reservó un billete de avión para Irlanda.

       Abby no podía recordar exactamente de qué modo su madre pasó a formar parte del viaje. Tuvo que ver con el cambio de marchas y con que Abby no supiera manejarlo.
       —En mis tiempos —dijo su madre— todo el mundo aprendía. Todos aprendíamos. Las mujeres sabían hacer cosas. Sabían guisar y coser. Ahora las mujeres no sabéis hacer nada.
       Alquilar un coche con cambio de marchas manual costaba la mitad que uno automático.
       —Si buscas un conductor —insinuó su madre—, todavía soy capaz de ver la carretera.
       —De acuerdo.
       —Y tu hermana Theda otra vez va a pasar el verano en el campamento de tu tía. —Theda tenía el síndrome de Down y la familia la adoraba. Cada vez que Abby iba a verlos, Theda exclamaba: «¡Mírala!», y se abalanzaba sobre ella para darle un fuerte abrazo—. Theda sigue tan encantadora como siempre, que es más de lo que puedo decir de ciertas personas.
       —Probablemente sea verdad.
       —Me encantaría conocer Irlanda mientras pueda. Tu padre, cuando aún vivía, nunca quiso ir. Soy irlandesa, ya sabes.
       —Ya lo sé. En una dieciseisava parte.
       —Así es. Por supuesto, tu padre era escocés, lo cual no tiene nada que ver.
       —A mí me parece —dijo Abby con un suspiro— que el japonés sí que no tiene nada que ver.
       —¿El japonés? —exclamó su madre riendo—. El japonés está más cerca.

       Así fue como a mediados de junio aterrizaron las dos en el aeropuerto de Dublín.
       —Vamos a recorrer toda la isla, hasta la última aldea —dijo la señora Mallon en el aparcamiento, acelerando el motor del Ford Fiesta de alquiler—, porque somos unas yuppies así de locas.
       Abby estaba mareada del viaje en avión; y sentarse en lo que debería ser el asiento del conductor, pero sin el volante, de repente le pareció un símbolo de algo.
       Su madre salió del aparcamiento dando bandazos y se dirigió a la rotonda más cercana, cambiando de carril sólo dos veces.
       —Pronto me acostumbraré —dijo. Se subió las gafas y Abby vio por primera vez que los ojos de su madre se habían vuelto lechosos con la edad. Conducía a trompicones y con el pie iba tanteando el suelo, para encontrar el embrague. Quizá la idea había sido un error.
       —Continúa recto, mamá —dijo Abby mirando el mapa.
       Fueron zigzagueando hacia el norte, atravesando Dublín y pasando de largo, pues pensaban detenerse en la capital al final, e ir primero a Drogheda, mientras Abby cogía la guía, luego el mapa y luego otra vez la guía, y la señora Mallon gritaba: «¿Qué?» o «¿A la izquierda?» o «No puede ser por aquí; déjame ver el chisme ese». El campo irlandés se abrió ante ellas: el aroma de hierba quemada que salía por las chimeneas, un mosaico de dehesas y muros de piedra que parecían de otro siglo, pequeños grupos de árboles, campos colindantes llenos de flores silvestres y excrementos de oveja, hierba cortada y vacas con etiquetas en las orejas. Quizá hubiera hadas y gnomos entre los árboles. Abby enseguida se dio cuenta de que para vivir en un sitio así de mágico sería necesario creer en la magia. Vivir allí la volvía a una supersticiosa y llena de secretos cálidos, poco práctica. Si una era realista y práctica tenía que marcharse; o darse a la bebida.
       Avanzaban sin seguridad, pasando ante letreros que indicaban lugares que no se encontraban en el mapa. Se sentían perdidas, pero no desesperadas. Aquellos caminos viejos y estrechos con las rayas laterales blancas le recordaron a Abby las vacaciones de la familia cuando ella era pequeña, los viajes en coche por paisajes con vacas de Nueva Inglaterra o Virginia, aquellos días anteriores a la construcción de las autopistas interestatales, los vasos de plástico y la chusma deprimida por el asfalto, las patatas fritas. Irlanda era como un viaje a los Estados Unidos de antaño. Vivía en el pasado, sin estropearse, como un cuento, un sueño o un arroyo. «Me siento niña otra vez —pensó Abby—. He vuelto.» Y precisamente cuando ya era una niña, tuvo ganas de ir al cuarto de baño.
       —Tengo que ir al cuarto de baño —dijo. A su izquierda había un letrero que decía «PELIGRO. CARRETERA EN OBRAS», y abajo alguien había garabateado «¿Qué carretera?».
       La señora Mallon giró a la izquierda y pisó el freno con fuerza. Había ovejas de cara negra comiendo hierba cerca de la calzada.
       —¿Aquí? —preguntó Abby.
       —No quiero perder tiempo parando en otro sitio y teniendo que comprar algo. Ponte detrás de aquella pared.
       —Gracias —dijo Abby buscando un pañuelo de papel en el bolsillo. Echaba de menos su casa. Echaba de menos su barrio. Salió y retrocedió un poco por la carretera. En uno de los viajes en familia, hacía treinta años, cierta vez que ella y Theda habían tenido una urgencia, su padre había parado el coche y les había dicho que fueran al cuarto de baño del bosque. Vagaron por el bosque buscando el cuarto de baño durante veinte minutos y cuando volvieron dijeron que no lo habían encontrado. Su padre las miró perplejo, primero risueño y luego enfadado, siguiendo su típico patrón de conducta.
       Abby saltó con dificultad un muro de piedra y se escondió, agachada y mirando las ovejas con cautela. Estaba aturdida por el desfase horario, y al volver se dio cuenta de que se había dejado la guía encima de una piedra, y tuvo que volver a buscarla.
       —Aquí está —dijo mientras subía al coche.
       La señora Mallon puso la primera.
       —Siempre pienso que si la gente fuese como los animales y cagara por todas partes, en vez de ponerse de acuerdo para hacerlo en el mismo lugar, no tendríamos contaminación.
       —Genial, mamá —asintió Abby.
       —¿Tú crees?
       Pararon un momento en una mansión inglesa, para ver la naturaleza representada en molduras y alfombras, lana y madera cautivas y cuadriculadas, tierra robada, embalsamada y laqueada. Abby quería irse.
       —Vámonos —susurró.
       —¿Qué te pasa? —se quejó su madre.
       Desde allí fueron a visitar una sepultura neolítica con forma de pasillo. El plano del lugar era como un nacimiento a la inversa, el estrecho pasillo de piedra daba a una habitación alta y redonda. Se quitaron las gafas de sol y observaron las cenefas celtas. «Más antiguas que las pirámides», anunciaba la guía, aunque no decía nada de su característica más importante, pensó Abby: la obvia metáfora maternal.
       —¿Todavía estás demasiado nerviosa para cruzar la frontera de Irlanda del Norte? —preguntó la señora Mallon.
       —Pues sí —dijo Abby mordiéndose la uña, arrancando el extremo como si fuera un pedúnculo.
       —Vamos —dijo su madre—, anímate.
       Y entonces cruzaron la frontera del norte, dejaron atrás a los soldados con chaleco antibalas que patrullaban por los barrios y las alambradas de Newry, jóvenes con armas automáticas, andando hacia atrás, manzana tras manzana, sus compañeros al otro lado de la calle, andando hacia delante, en guardia. Pasó un helicóptero.
       —Da un poco de miedo —dijo Abby.
       —Es todo cuento —dijo la señora Mallon alegremente.
       —Un cuento de miedo.
       —Sólo si te entra el miedo enseguida.
       Lo cual se estaba convirtiendo en el tema del viaje. Abby se dio cuenta. Abby no era valiente y su madre sí. Y siempre había sido así.
       —Te atemorizas fácilmente —comentó su madre—. Siempre has sido así. Cuando eras pequeña no entrabas ni loca en una casa si no te juraban que no había globos dentro.
       —No me gustaban los globos.
       —Y al venir tuviste miedo en el avión —añadió la madre.
       —Sólo cuando la azafata nos dijo que no había café porque la cafetera eléctrica estaba estropeada —repuso Abby, que se había puesto a la defensiva—. ¿Acaso no te pareció alarmante? Y después de todo aquel golpeteo de puertas, no fueron capaces de cerrar uno de los portaequipajes de encima de los asientos. —Abby lo recordaba como algo amargo, distante, aunque había sucedido la víspera. El avión había despegado con sacudidas atroces, y cuando avanzaba con el estruendo de un viejo vagón de metro, por encima de Groenlandia, la azafata dijo por los altavoces que no había por qué preocuparse, sobre todo si se tenía en cuenta «lo pesado que es el aire en realidad».
       Entonces su madre se creyó Tarzán.
       —Quiero ir al puente colgante que vi en la guía —dijo.
       En la página noventa y ocho de la guía había una foto de un puente hecho de cuerdas y tablones que colgaba a gran altura entre dos precipicios. En principio era para los pescadores, aunque también estaba permitido que lo cruzaran los turistas, pero se les avisaba de que tuvieran cuidado con el viento.
       —¿Por qué quieres ir al puente colgante? —preguntó Abby.
       —¿Por qué? —contestó su madre, que pareció atascarse, y se quedó callada.

       Durante los dos días siguientes fueron hacia el este y hacia el norte, bordeando Belfast, a lo largo de la costa, pasando ante viejos molinos de viento, granjas de ovejas y acantilados altísimos que miraban hacia Escocia, una hilacha pálida en el horizonte. Hicieron noche en una minúscula pensión de paredes estucadas, con un tejado de paja que recordaba el flequillo de Cleopatra. Durmieron mal que bien, y por la mañana, sentadas en el comedor con un ventanal que daba a la calle, engulleron los cereales, el beicon y un budín blanquinegro como si estuvieran agotadas, comportándose como correspondía a los buenos huéspedes. «Sí, los problemas», admitieron, ya que nunca se sabía con seguridad con quién se estaba hablando. No era como en los segregacionistas Estados Unidos, donde siempre se sabía. Abby asintió. Por la ventana se veía que soplaba brisa, pero no se oía el más leve susurro. Tan sólo podía ver que movía en silencio las ramas del pino vestido de sol, tan sólo un poco, como los objetos que cuelgan del retrovisor de un coche ajeno.
       Pagó la cuenta con la Visa, trató de cargar las dos bolsas, y al final cogió sólo la suya.
       —¡Adiós! ¡Gracias! —dijeron ella y su madre al patrón. Cuando subieron al coche, la señora Mallon comenzó a cantar «Tra-lará-lará». «Allá en Killarney, hace muchos años», gorjeaba. Tenía la voz ronca, vibrante, ligeramente grave, que surgía debajo de cada nota como un plato debajo de la taza.
       Y continuaron viaje. Por la noche, el día siguiente parecía tener forma y un plan a seguir, pero cuando estaba encima, se podía desvanecer en el aire trágicamente.
       Llegaron al letrero del puente colgante.
       —Quiero hacerlo —dijo la señora Mallon y giró el volante bruscamente hacia la izquierda. Entraron entre crujidos en el aparcamiento de gravilla y estacionaron el vehículo; el puente estaba a menos de medio kilómetro a pie. A lo lejos, nubes oscuras se movían turbulentamente, como una hemorragia, y comenzaba a levantarse un poco de viento. Cayeron gotas en el parabrisas.
       —Yo me quedo aquí —dijo Abby.
       —¿En serio?
       —Sí.
       —Haz lo que quieras —dijo su madre indignada, y bajó del coche arrugando la frente; avanzó con esfuerzo hasta el sendero que conducía al puente y desapareció tras una curva.
       Abby esperó, y entonces sintió la verdadera soledad de aquel viaje. Se dio cuenta de que echaba de menos a Bob y su confusión cálida y silenciosa; cómo se sentaba en la alfombra, delante de la chimenea, donde su perro, Randolph, solía tumbarse; se sentaba allí, debajo de las cinco postales de Navidad que recibían y ponían en la repisa de la chimenea (cinco, contando la del repartidor de periódicos); se sentaba allí, cogiéndose los pies o enumerando la fruta que había en la macedonia, comentando qué gran variedad había en la vida, o preguntando qué ocurría (a su silencioso modo personal) mientras atizaba sin parar un leño humeante. Pensó, también, en el pobre Randolph en el veterinario, con su pelaje irregular y aquellos ojos suplicantes y moribundos. Y pensó en el letrista soltero de aspecto pálido, que una vez la había ido a ver, no había apretado el timbre lo bastante para que sonara y se había quedado esperando en el porche, con una flor violeta en la mano, hasta que por casualidad ella pasó por delante de la ventana y lo vio. (Ah, la poesía.) Cuando lo hizo pasar y él le dio la flor, y se sentó para denunciar el florecimiento y condenación de todas las cosas, para denunciar su propia inmortalidad inmerecida, que todas las cosas se precipitaban en el olvido, menos las palabras, que se acumulaban a lo largo del tiempo como las moléculas en el espacio, porque Dios era un acto (¡un acto!) de lenguaje, a ella no le pareció un argumento estúpido, bueno, por lo menos no muy estúpido.
       El viento soplaba a rachas. Miró el reloj y comenzó a preocuparse por su madre. Encendió la radio para oír el pronóstico del tiempo; sin embargo, todas las emisoras parecían transmitir versiones nuevas y extrañas de canciones populares estadounidenses de los años setenta. De vez en cuando había un programa concurso de dos minutos: «¿Quién es el presidente de Francia? ¿Qué es el tomate, fruta u hortaliza?»; preguntas que el participante raramente acertaba, si es que alguna vez lo hacía, lo cual le daba vergüenza ajena. ¿Por qué lo hacían? Acertijos, concursos, programas de juegos. Abby sabía por la editorial Tests Académicos que un porcentaje sorprendente de quienes hacían los exámenes de acceso a la universidad, nunca solicitaba el ingreso en ninguna. A la gente le encantaba hacer exámenes. ¿Acaso no era cierto? A la gente le gustaba ponerse a prueba.
       Su madre golpeaba el cristal. Estaba mojada y se había llenado de barro. Abby levantó el seguro y abrió la puerta.
       —¿Valía la pena? —preguntó Abby.
       La madre subió: grande, empapada y resollando. Puso el motor en marcha sin mirar a su hija.
       —Qué puente —dijo al fin.
       Al día siguiente avanzaron a lo largo de la costa de Antrim, por pueblos donde ondeaban banderas británicas y sonaban himnos escoceses, hasta llegar a Derry, con las alambradas y las pintadas del IRA en las murallas: «John Major es un judío sionista.» «Hola», les había dicho un agente británico cuando se detuvieron a mirar. Luego escaparon por tierra de bandoleros, y una vez más cruzaron la frontera hacia el sur, hacia la costa de Donegal, donde los pueblos de pescadores eran como un antiguo Cape Cod que nunca había existido. Mirando por el parabrisas hacia el horizonte, Abby comenzó a pensar que toda la belleza, la fealdad y la turbulencia que se encontraba desperdigada por la naturaleza, podía encontrarse también en la gente, todo reunido y junto en un mismo lugar. No importaba el miedo o la belleza que podía generar la tierra (vientos, mares), una persona podía generar lo mismo, vivir con lo mismo, vivir con toda aquella mezcolanza de naturaleza arremolinándose en su interior, en cada fragmento. No había nada tan complejo en el mundo (ni una flor ni una piedra) como un simple «hola» de un ser humano.
       De vez en cuando Abby y su madre rompían el silencio para hablar del trabajo de la señora Mallon, directora de una pequeña fábrica de linternas. («He tenido que actualizar totalmente las pólizas de seguros. El seguro dental y todas las otras especialidades médicas nos quitaban la comida de la boca.») O para hacer preguntas sobre las señales de tráfico, o sobre los puntos negros que señalaban los muertos en accidentes de tráfico. Pero, sobre todo, la madre quería hablar del matrimonio de Abby, un edificio que se tambaleaba, y de qué pensaba hacer.
       —Mira, otro matrimonio en ruinas —le dio por decir cada vez que pasaban junto a un montón de piedras medievales.
       —¿Cuándo piensas volver con Bob?
       —Ya volví —dijo Abby—. Pero lo he vuelto a dejar.
       —Las mujeres de vuestra generación siempre deseáis una relación distinta de la que tenéis —dijo la madre con un suspiro—. ¿A que sí?
       —Quién sabe —contestó Abby. Comenzaba a no tener ganas de hablar con su madre, metidas en aquel espacio, como astronautas. Comenzaba a tener un alto e inflamado sentido del acontecimiento: una palabra sola sonaba y vibraba. El más ligero movimiento podía molestar, la respiración, el olor. Todo lo contrario que su hermana, Theda, que siempre había sido alegre y congeniaba con todo el mundo. Abby siempre había sido más sombría y habían dejado que se las arreglara sola; ella y su madre nunca habían tenido una relación muy estrecha. Cuando Abby era una niña, su madre siempre le había dado algo de repelús: el olor aceitoso del pelo, el ombligo como un gusano enroscado dentro de un agujero, las compresas en la papelera del cuarto de baño, horribles como una guerra, que luego los mapaches desparramaban por la acera cuando las sacaban de los cubos de la basura durante la noche. Una vez, en un restaurante, cuando era pequeña, Abby abrió de golpe la puerta de un cuarto de baño sin pestillo, y cuál no fue su sorpresa al encontrarse a su madre sentada allí, en una postura poco digna y con cara aturdida, mirándola con curiosidad desde la taza del váter como el cuco de un reloj.
       Hay cosas de los demás que nunca deberíamos saber.
       Más tarde, Abby pensó que quizá aquélla no era su madre.
       Ahora, sin embargo, ella y su madre estaban juntas en un útero metálico y con volante, en el coche más pequeño, compartiendo las camas de matrimonio de las pensiones, despertando con mal aliento, o dándose la espalda y la joroba, como si estuvieran enfadadas. ¡Tierra de ira! La charla sobre el matrimonio de Abby y su posible deceso trotaba ante ellas por la carretera como un rebaño de ovejas, ovejas de insomnio, e hizo que Abby quisiera tener una pistola.
       —Nunca me han importado las tonterías románticas convencionales —dijo la señora Mallon—. No era de ese estilo. Siempre he trabajado y he sido una persona práctica, me ponía delante y hacía lo que tenía que hacer. Si me gustaba un hombre, le pedía que saliéramos. Así fue como conocí a tu padre. Le invité a salir. Incluso le propuse que nos casáramos.
       —Ya lo sé.
       —Y luego estuve con él hasta el día que murió. Bueno, hasta tres días después. Era un buen hombre —hizo una pausa—. Que es más de lo que puedo decir de ciertas personas.
       Abby no dijo nada.
       —Bob es un buen hombre —añadió la señora Mallon.
       —Yo no he dicho que no lo fuera.
       Nuevamente se hizo el silencio entre ellas mientras el paisaje desplegaba un manto de verdes, las viejas carreteras desempolvando recuerdos, como si fuera una tierra en la que hubiera estado hacía muchos años, una mezcla de suerte y desgracia, como su propio pasado; parecía estancada en el tiempo, como una fantasía o un libro. Muy cerca, hacia arriba, se encontraban las montañas escarpadas, llenas de costras rocosas y verdes, como la cornamenta de un ciervo tratando de deshacerse de la pelusa. Pero la distancia llenaba los claros con musgo. ¿Acaso no era la verdad? Abby estaba sentada en silencio, bebía agua de Ballygowan de una botella de plástico y chupaba caramelos de menta. Quizá debiera encender la radio y escuchar uno de aquellos concursos con llamadas, o las noticias. Pero entonces su madre se apoderaría de la radio, jugaría un poco con el dial y pondría otra emisora. Su madre siempre buscaba música country, canciones que dijeran las palabras «mujer diabólica». Le encantaban.
       —Prométeme una sola cosa —dijo la señora Mallon.
       —Qué —dijo Abby.
       —Que lo intentarás con Bob.
       ¿A qué precio?, deseaba preguntar Abby gritando, pero ella y su madre eran ya mayores para eso.
       La señora Mallon, pensativa, siguió con la especie de seudosabiduría con que se envolvía ahora que tenía sesenta años.
       —Una vez que estás con un hombre, tienes que sentarte y quedarte junto a él. Por mucho miedo que pueda dar. Tienes que ser valiente y aprender a cosechar los frutos de la inercia —y aceleró para adelantar a un tractor en una curva.
      
«GRAVILLA SUELTA —decía un cartel—. CUIDADO, SOCAVÓN.» Pero la madre de Abby conducía como si los letreros fueran palabrería de cóctel. Un rótulo mostraba seis puntos negros.
       —Sí —dijo Abby sujetándose del salpicadero—. Papá era un ser inerte, aunque una vez cada tres años se levantaba de un salto y daba un puñetazo en la boca de alguien.
       —Eso no es cierto.
       —Es básicamente cierto.
       En Killybegs siguieron las indicaciones para ir a Donegal.
       —Vosotras, las mujeres de hoy en día, esperáis demasiado —dijo la señora Mallon.

       —Si hoy es martes esto es Sligo —dijo Abby. Le había cogido el gusto a los chistes malos—. Una viejecita le dice a una amiga sorda: «Esta leche no está buena», ¿y sabes qué le contesta la otra?
       —¿Qué? —Pasaron junto a una familia de gitanos que había acampado al lado de una montaña de baterías de coche que esperaban vender.
       —Y mañana Navidad. —Unas veces Abby soltaba una risa estridente y otras no. A veces simplemente se encogía de hombros. Esperaba ver la Piedra de Blarney. Por eso había ido a Irlanda, así que podía soportar todo lo demás.
       Pararon en una librería para comprar un mapa mejor y preguntar, quizá, por el cuarto de baño. En el interior había cuatro clientes: dos sacerdotes leyendo libros de golf y una madre con su hijo, que era un renacuajo e iba de aquí para allá entre los estantes, detrás de su madre, repitiendo: «Mamá, por favor, librito, mamá. Librito.» No había mapas mejores. No había cuarto de baño. «Lo siento», dijo el dependiente, y uno de los sacerdotes levantó la vista rápidamente. Abby y su madre fueron a la tienda de al lado a ver los blusones y los jerséis de lana, rebecas minúsculas que los niños irlandeses, los días de verano, con un calor abrasador de veintidós grados, llevaban en la playa encima del bañador. «Qué monos», dijo Abby, y las dos se pasearon por la tienda, tocando cosas. En la parte trasera, junto a los gorros de lana, la madre de Abby descubrió una marioneta colgada de un gancho del techo y comenzó a jugar con ella, moviéndole los brazos al compás de la música ambiental de la tienda, un concierto de Beethoven. Abby fue a pagar un blusón, preguntó por un cuarto de baño o un bar grande, y cuando volvió su madre todavía se encontraba allí, paralizada, dirigiendo el concierto con la marioneta. Tenía en la cara una alegría infantil, luminosa, que Abby había visto en contadas ocasiones. Cuando terminó el concierto, Abby le tendió una bolsa.
       —Toma —dijo—, te he comprado un blusón.
       La señora Mallon dejó la marioneta y su cara se ensombreció.
       —Nunca tuve una niñez de verdad —dijo, cogiendo la bolsa y mirando el contenido desde cierta distancia—. Como era la mayor, fui siempre la confidente de mamá. Tenía que portarme como si fuera adulta y responsable, lo cual no casaba con mi naturaleza. —Abby la condujo hacia la puerta—. Y entonces, cuando realmente fui adulta, estaba Theda, que requería todo mi tiempo, y tu padre, por supuesto, con sus exigencias. Y luego viniste tú. Tú sí que me gustabas. A ti te podía dejar sola.
       —Te he comprado un blusón —repitió Abby.
       Fueron al cuarto de baño del pub O’Hara, compraron una botella de agua mineral y se la partieron, y a continuación fueron al cementerio de Drumcliff a ver a los Yeats muertos. Luego fueron a toda velocidad hasta Sligo para buscar una habitación, y al día siguiente se levantaron y partieron enseguida hacia Knock, para ver mujeres cojas, mujeres enfermas, mujeres que querían quedarse embarazadas («Por mediación del Espíritu Santo», dijo Abby) y frotaban el rosario contra las piedras del altar. Fueron hasta Clifden, cerca de Connemara, y luego hacia Galway y Limerick («Había una vez dos mujeres de América, una llamada Abby y otra llamada Erica...»). Cantaban, los juglares apresuraban a los demonios alrededor del Círculo de Kerry, con sus palmeras y sus hortensias rosas y azules, como el escenario de una opereta. «¡Las botaratas de Occidente!»,
[alusión a la obra teatral de John Millington Synge The Playboy of the Western World (1907), traducida al castellano con el título de El botarate del Oeste] exclamó su madre. Cuando anochecía pararon a descansar cerca de Ballylickey, en una pensión que antes había sido un pabellón de caza y que se encontraba en una cañada cerca del Círculo. Cenaron tarde: una bebida caliente con alcohol y un pan de soda que los encargados llamaban Curranty Dick.
       —Como si no lo supiera —dijo la señora Mallon, lo cual deprimió a Abby como un mueble ordinario en una habitación, por lo que se excusó y se fue arriba, a dormir.
       Al día siguiente, después de pasar por Ballylickey, Bantry, Skibbereen y Cork, llegaron a Blarney. En el castillo, la cola que había para besar la piedra era larga, acalorada y amedrentadora. Avanzaba por la estrecha y asfixiante escalera de caracol de la torre izquierda del castillo, y la gente se apretujaba contra el muro oscuro para dejar pasar a los que habían agotado la paciencia y bajaban.
       —Esto es ridículo —dijo Abby. Pero cuando ya estaba en lo alto de la escalera, su enfado se había convertido en nerviosismo. Se fijó en que, para besar la piedra, la gente tenía que tenderse boca arriba sobre un parapeto y luego alargar el cuello para posar los labios en la parte inferior de un muro de sostén en el que se apoyaba la piedra. Un hombre de aspecto extraño, con pinta de duende, se había puesto en cuclillas junto a la piedra, supuestamente para ayudar a los visitantes a arquearse, pero parecía que no los sujetaba muy bien, había un destello de despreocupación y sadismo en sus ojos, y algunos cambiaban de idea y bajaban las escaleras para salir de allí, más temerosos e incoherentes que nunca.
       —No creo que pueda —dijo Abby vacilando, tratando de ajustarse el impermeable oscuro.
       —Claro que sí. Has hecho todo el camino hasta aquí. Por esto has venido. —Ahora que estaban en lo alto del castillo, la hilera parecía avanzar más rápidamente. Abby miró hacia atrás y a su alrededor, y el paisaje que se veía desde allí era verde y abundante, imponente, como una fotografía sumergida en colorantes.
       —¡Siguiente! —exclamó el duende.
       Delante de ella, una alemana luchaba por levantarse de donde el duende la había dejado. Se enjugó la boca, puso cara de asco y refunfuñó: «Hoguible, insopogtable.»
       El pánico se apoderó de Abby.
       —¿Sabes qué? No pienso hacerlo —dijo de nuevo a su madre. Sólo había dos personas delante de ella. Una estaba ya tendiéndose de espaldas, asiéndose a los soportes de hierro y bajando las manos lentamente, arqueando el cuello y la cadera para alcanzar la piedra, dejando al descubierto la blancura de su garganta. Su mujer, que miraba desde arriba, le hizo una foto.
       —Pero si has hecho todo el viaje para esto. No seas boba —su madre volvía a intimidarla, lo cual nunca había servido para infundirle valentía; de hecho, la despojaba de toda valentía. Aunque sí le producía resentimiento y ganas de ser impulsiva, cosas que podían parecer iguales.
       —Siguiente —dijo el duende con tono desagradable. Odiaba a los turistas, era evidente. Era evidente que en parte deseaba que se cayeran de la cornisa y se estrellaran contra un montón de abrigos, extremidades y cheques de viaje.
       —Vamos —dijo la señora Mallon.
       —No puedo —gimió Abby. Su madre la empujaba ligeramente y el duende fruncía el entrecejo—. No puedo. Ve tú.
       —No. Vamos. Piensa que es un test. —Su madre la miró ceñuda, con una mueca desquiciada por algo morboso—. Trabajas con tests. Y en el colegio siempre los hacías bien.
       —Para hacer tests hay que estudiar.
       —¡Estudiaste muchísimo!
       —Sí, pero no lo que me hacía falta.
       —Ay, Abby.
       —No puedo —susurró Abby—. Simplemente, no creo que pueda —suspiró profundamente y avanzó—. Bueno, está bien. —Arrojó el sombrero y se tiró al suelo de piedra rápidamente, para acabar cuanto antes.
       —Hacia atrás, hacia atrás —dijo de forma monótona el duende, como un jefe de estación.
       Entonces notó que debajo de la espalda ya no había superficie alguna; de cintura para arriba estaba en el aire y sólo la sostenían sus propias manos, sujetas al soporte de hierro. Dobló la cabeza hacia atrás todo lo que pudo, pero no era suficiente.
       —Más adentro —decía el duende.
       Deslizó las manos hacia abajo, como si estuviera haciendo un ejercicio acrobático en unas paralelas infantiles. Sin embargo, todavía no veía la piedra, sólo el muro del castillo.
       —Más adentro —dijo el duende.
       Deslizó las manos todavía más, dobló la cabeza con la barbilla mirando al cielo, y sintió las cervicales oprimiéndosele contra la piel; esta vez pudo ver la piedra. Era aproximadamente del tamaño de un horno microondas y estaba cubierta de humedad, suciedad y marcas de pintalabios lila claro, rojo y albaricoque. Parecía muy poco higiénico para ser un acontecimiento público, asqueroso y húmedo, y en vez de dar un beso sonoro a la piedra, se lo sopló y exclamó: «Vale, ayúdeme a subir.» Y el duende la ayudó a incorporarse.
       Abby se puso de pie y se sacudió el impermeable, que se había cubierto de un barro blanquecino. «Puf», dijo. Pero lo había hecho. O algo parecido. Volvió a ponerse el sombrero y dio una libra de propina al duende. No sabía cómo se sentía: no sentía nada; al final, estos desafíos que una se impone no cambian absolutamente nada. Todos eran una construcción de deseos, ataduras y distancia.
       —Ahora me toca a mí —dijo la madre con una especie de renuente determinación, y tendió las gafas de sol a Abby. Cuando su madre se echó en el suelo con gran rigidez y comenzó a arrastrarse lentamente hacia la piedra, Abby se dio cuenta de algo que no había visto nunca: su madre estaba aterrorizada. Después de tanta intimidación y bravuconería, su madre lo estaba haciendo y lo hacía fatal, en medio del terror que había estallado en su cerebro. Mientras su madre trataba de arrastrarse hacia la piedra, Abby, que ya veía su cara desnuda, vio que aquella mujer feroz como una hoguera se había puesto nerviosa y melancólica: todo aquel alarde de grandeza había sido un truco. Sólo trataba de probar algo, trataba de desafiar y superar sus miedos en vano, en vez de aprender a vivir con ellos, y es que, maldita sea, vivías con ellos de todos modos.
       —Mamá, ¿estás bien?
       En la cara de la señora Mallon había una mueca, la boca abierta y al descubierto. El color de su pelo, antaño caoba, teñía ahora los dientes, que se habían vuelto como el óxido con tantos años de té y café.
       —Más adentro, más adentro. —El duende tuvo que sujetarla más que a los otros visitantes.
       —Dios mío, si no puedo ir más allá —exclamó la señora Mallon.
       —Le falta muy poco.
       —No la veo.
       —¿La ve allí? —La soltó un poco y dejó que resbalara.
       —Sí —dijo. Soltó un besó con ruido a saliva y a labios fruncidos. Pero luego, cuando quiso subir, pareció estancarse. Las piernas se retorcían, los zapatos se le salieron de los pies, la falda se le enrolló dejando al descubierto la parte superior de los pantys marrones. Se había doblado de forma muy extraña, por las caderas, y era regordeta y no tenía fuerza en los músculos del estómago para incorporarse. Al parecer, el duende tenía dificultades.
       —¿Alguien me puede echar una mano?
       —Dios mío —dijo Abby, y ella y otro hombre se pusieron inmediatamente en cuclillas junto a la señora Mallon. Pesaba mucho y estaba rígida de miedo, y cuando por fin la incorporaron y consiguieron que se sentara, aunque enseguida se quiso levantar, estaba pálida y abatida.
       Un vigilante que estaba cerca de la escalera se ofreció a acompañarla a bajar las escaleras.
       —¿Te parece bien, mamá? —Y la señora Mallon simplemente asintió.
       —Usted vaya delante —dijo el vigilante a Abby, con el acento cantarín del condado de Cork—, por si se cae. —Y Abby pasó delante, el impermeable repartiendo a diestro y siniestro la corriente que subía por la escalera mientras bajaba en espiral por aquella oscuridad de mazmorra, hasta llegar a la negrura de murciélago del final.

       En una plaza del centro, un predicador agitaba una Biblia y vociferaba sobre «la brevedad de la vida», que era algo que se cogía con una mano y luego desaparecía, se escurría entre los dedos. «¡La palabra del señor es rápida!», exclamó.
       —Metámonos allí —dijo Abby, y llevó a su madre a un lugar llamado Brady’s Public House para tomar una Guinness reconstituyente—. ¿Estás bien? —no paraba de preguntar Abby.
       Aún no tenían donde alojarse aquella noche, y aunque había luz hasta muy tarde y los hostales estaban abiertos hasta las diez, se imaginó a las dos pasando la noche en la calle, durmiendo bajo las estrellas, echando un trago de vez en cuando. ¡Estrellas del tamaño de Chicago! El rocío como un baño de trasgos bajo las estrellas. Lo recogerían de sus brazos con la lengua.
       —Estoy bien —contestó evitando las preguntas de Abby—. ¡Qué piedra!
       —Mamá —dijo Abby, frunciendo el entrecejo, pues estaba preguntándose unas cuantas cosas—. Cuando cruzaste el puente colgante, ¿no tuviste ningún problema?
       —Bueno —explicó la señora Mallon con un suspiro—, me hice una idea general del puente —dijo con cierta irritación—. Pero es que soplaban ráfagas que lo movían un poco, y aunque había gente que se divertía con aquello, yo me puse de rodillas y volví gateando. Recordarás que lloviznaba.
       —¿Regresaste a cuatro patas?
       —Pues sí —admitió—. Había un belga muy amable que me ayudó. —Se sentía desenmascarada ante su hija, no había duda, y se abalanzó sobre la cerveza.
       Abby trató de poner una nota de alegría y cambió de tema, y aquello le recordó a Theda, Theda viva en su voz, no sabía cómo, su laringe convertida repentinamente en un cámping para los despreocupados y los lentos.
       —¡Mira ella! Qué, ¿te sientes más elocuente y segura después de haber besado la piedra?
       —La verdad es que no —dijo la señora Mallon encogiéndose de hombros.
       Ahora que las dos la habían besado, o algo así, ¿tendrían más conciencia de sí mismas? ¿De qué terminarían hablando?
       De cine, seguramente. Como siempre lo habían hecho en casa. Películas con paisajes, películas con canciones.
       —¿Y tú, qué? —preguntó la señora Mallon.
       —Bueno —dijo Abby—, en general me siento como si hubiéramos pillado anginas. Pero, pero... —En este punto se irguió y se inclinó hacia delante. Ni tests, ni concursos radiofónicos, ni discursos infames, ni canciones con biografía y cerebralmente muertas, ni plegarias para chiflados, ni gritos, ni conversaciones prolijas que con la bebida y mucho tiempo siempre revelan lo estúpidas y mezquinas que son incluso las mejores personas. Sólo esto: «Un brindis, es el momento de un brindis.»
       —Ah, ¿sí?
       —Sí. —Nadie había brindado por Abby y Bob en su sencilla boda, y ahora creía que era eso lo que había estropeado las cosas. Ni un solo brindis. Sólo hubo treinta invitados que, sencillamente, se comieron los canapés de jamón y volvieron a su casa. ¿Cómo podía ir bien un matrimonio así? No es que aquellas ceremonias fueran importantes en y por sí mismas: no eran nada; eran ceros. Pero eran ceros que cumplían una función: dejaban los nombres y las ecuaciones intactas. Y después de sufrirlas, se podía seguir adelante, conocer el poder vacío de su bendición, y no perder tiempo echándolas de menos.
       En adelante creería en los brindis. Ya se estaba preparando uno en su cabeza, en una especie de filatelia dudosa.

       Miró fijamente a su madre y respiró hondo. Quizá la madre nunca había manifestado afecto por Abby, la verdad es que no; pero le había dado el don de saber llevar bien la soledad, con sus terribles bandazos hacia el exterior y sus caídas suaves hacia la tranquilidad. Abby brindaría por ella por esa razón. En verdad era el mundo el que hacía de madre brutal, quien cuidaba y rechazaba, y la propia madre era sólo tu hermana mayor en ese mundo. Abby alzó el vaso.
       —Que lo peor siempre quede atrás. Que el sol caliente tus brazos todos los días. —Y bajó la vista hacia la servilleta para buscar ayuda, pero sólo había un dibujo de una irlandesa pechugona con un trébol en cada pecho. Abby volvió a mirar hacia arriba. «¡La palabra de Dios es rápida!»—. Que tu coche arranque siempre... —Pero quizá Dios también empezara con palabras altas, lentas; la hinchazón de barriga por una mentirijilla, el cuento distendido—. Que siempre tengas una blusa limpia —continuó con voz cada vez más aristocrática, pública y sonora—. Y un techo firme, niños sanos y dinero abundante. Y que estés conmigo en mi corazón, madre, como estás ahora, en este lugar; por los siglos de los siglos, como una luz flameante.
       En el pub había ruido.
       El vacío es a la infancia lo que un viaje es a los labios.
       —De acuerdo —dijo la señora Mallon, mirando la cerveza con concentración y con los ojos brillantes. Nunca la habían cortejado, ni una vez en toda su vida, y se había ruborizado, las orejas al rojo, levantó el vaso y bebió.



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