Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


La enfermedad de Jefe Solitario (1902)
(“The Sickness of Lone Chief”)
Originalmente publicado en la revista Out West,
Vol. 17 (octubre de 1902), págs. 468-475;
Children of the Frost
(Nueva York: Macmillan Company, 1902, 261 págs.)



      Esta historia me la contaron dos ancianos. Nos sentábamos bajo el humo de un fumigador de mosquitos al fresco del día, es decir, a medianoche, y de vez en cuando, en medio del relato, aplastábamos con fuerza y determinación los ejemplares de esa plaga alada que encaraban el humo para alimentarse de nuestra sangre. A la derecha y por debajo de nosotros, a seis metros bajo la orilla que se derrumbaba, el Yukón borboteaba perezosamente. A la izquierda, sobre el borde rosado de las bajas colinas, ardían los rescoldos del sol adormilado, al que esa noche no le tocaba dormir ni estaba destinado a hacerlo durante muchas noches más.
       Los ancianos que me acompañaban y mataban mosquitos con gran valor eran Jefe Solitario y Mutsak, en otros tiempos compañeros de batalla y ahora arsenales marchitos de tradiciones y sucesos antiguos. Eran los últimos de su generación y no recibían el respeto del grupo de los más jóvenes, que se habían criado en la marginalidad de una civilización minera. ¿Qué importaba la tradición en esos tiempos en los que era posible evocar a los espíritus de las botellas negras y las botellas negras podían conseguirse gracias a la amabilidad de los hombres blancos a cambio de unas pocas horas de trabajo o algunas pieles raídas? ¿Cuál podía ser la fuerza de los espantosos ritos y misterios enmascarados del chamanismo cuando esa maravilla viva que era el barco de vapor resoplaba y renqueaba a diario Yukón arriba y abajo, desafiando todas las leyes, verdadero monstruo comefuego? ¿Y qué valor podía tener el prestigio hereditario cuando ahora quien más madera cortaba o mejor manejaba un vapor de ruedas entre el laberinto de islas era el más respetado por sus compañeros?
       Bien cierto era que aquellos dos ancianos, Jefe Solitario y Mutsak, al haber vivido demasiado, atravesaban una mala época y en el nuevo orden no recibían respeto ni tenían un sitio que ocupar. De manera que esperaban aburridos a que les llegase la muerte y, mientras, sus corazones iban sintiendo afecto por aquel hombre blanco desconocido que compartía con ellos los tormentos del fumigador de mosquitos y prestaba oído a sus cuentos de los viejos tiempos, previos a la llegada del barco de vapor.
       —Y escogieron una joven para mí —estaba diciendo Jefe Solitario. Su voz, estridente y aguda, de vez en cuando se desplomaba hasta convertirse en un tono grave y ronco, como un estertor y, en el momento en que el oyente se acostumbraba a oírlo, ascendía de nuevo y se convertía en un tiple apagado que alternaba con chirridos como los de un grillo y el croar de una rana toro.
       —Y escogieron una joven para mí —decía—. Porque mi padre, que era Kask-taka, la Nutria, estaba enfadado debido a que yo no buscaba entre las mujeres. Era viejo y jefe de su tribu. Yo era el último de sus hijos con vida y solo a través de mí podía esperar que su sangre se transmitiera a los que vendrían después y aún no habían nacido. Pero debes saber, Hombre Blanco, que yo estaba muy enfermo y, si no disfrutaba con la caza o la pesca y mi barriga no admitía la carne, ¿cómo iba a prestar atención a las mujeres? ¿0 prepararme para el festín de la boda? ¿0 desear el parloteo y los problemas que traen los niños?
       —Sí —interrumpió Mutsak—, porque ¿acaso no había luchado Jefe Solitario con un oso enorme hasta que su cabeza crujió y le salía sangre de los oídos?
       Jefe Solitario asintió con la cabeza.
       —Mutsak dice la verdad. Después de eso mi cabeza se curó pero no estaba bien. Porque, aunque la herida se cerró y el dolor desapareció, me sentía enfermo por dentro. Al caminar las piernas me temblaban y cuando miraba a la luz se me llenaban los ojos de lágrimas. Cuando abría los ojos, el mundo daba vueltas a mi alrededor y cuando los cerraba, lo que daba vueltas era el interior de mi cabeza y todo lo que había visto giraba por dentro de ella. Además, sentía un fuerte dolor encima de los ojos, como si algo pesado descansara siempre sobre mí o como si llevase una banda demasiado apretada que me provocase un gran suplicio. Hablaba despacio y tenía que esperar mucho para que cada palabra llegase a mi lengua. Si no esperaba todas las palabras salían a la vez y decía tonterías. Estaba muy enfermo y cuando mi padre, la Nutria, llevó ante mí a la joven Kasaan…
       —Que era una muchacha fuerte e hija de mi hermana —intervino Mutsak—. Kasaan tenía buenas caderas para los hijos, las piernas rectas y los pies ligeros. Hacía mocasines mucho mejor que las demás jóvenes y las cuerdas de corteza que ella trenzaba eran las más resistentes. La sonrisa asomaba a sus ojos y la risa a sus labios. No se precipitaba y sabía que los hombres hacen la ley y las mujeres obedecen.
       —Como decía, estaba muy enfermo —continuó Jefe Solitario—. Y cuando mi padre, la Nutria, llevó ante mí a Kasaan, le dije que deberían prepararme para un entierro en vez de para una boda. Al oírlo, el rostro de mi padre se oscureció de ira y dijo que se cumpliría mi deseo, que aunque seguía vivo me prepararían para la muerte como se hace con quien ya ha muerto.
       —Algo que no es costumbre entre los nuestros, Hombre Blanco —dijo Mutsak—. Porque las cosas que le hicieron a Jefe Solitario solo se las hacemos a los muertos. Pero la Nutria estaba muy enfadado.
       —Sí —continuó Jefe Solitario—. Mi padre, la Nutria, era un hombre de pocas palabras que actuaba con rapidez. Ordenó que el pueblo se reuniera frente a la choza que yo ocupaba. Cuando todos lo hicieron les mandó llorar la pérdida de su hijo, que estaba muerto.
       —Frente a la choza entonaron el canto de la muerte: O-o-o-o-o-o-a-haa-ha-a-ichklu-kuk-ich-klu-kuk —gimió Mutsak, imitándolo tan bien que me subió un escalofrío por la espalda.
       —Dentro de la choza —continuó Jefe Solitario—, mi madre se ennegreció el rostro de hollín, se cubrió el pelo con cenizas y lloró mi muerte porque esas eran las órdenes de mi padre. Así Okiakuta, mi madre, lloró haciendo mucho ruido, golpeándose el pecho y tirándose del pelo; lo mismo hicieron Hooniak, mi hermana, y Seenatah, la hermana de mi madre. El ruido que producían me provocó un dolor de cabeza tan fuerte que pensé que me iba a morir de inmediato y sin remedio.
       “Los ancianos de la tribu se reunieron a mi alrededor y discutieron el camino que mi alma debía seguir. Uno habló de los bosque densos e interminables donde las almas vagaban llorando y donde yo también podría acabar vagando sin ver nunca el final. Otro habló de los grandes ríos de aguas malas y rápidas donde los espíritus malignos chillaban y alargaban los brazos informes para agarrarnos por la cabellera y hundirnos. Acordaron que para pasar esos ríos debían proporcionarme una canoa. Otro habló de tormentas como las que ningún ser vivo había visto jamás, en las que las estrellas llovían del cielo y la tierra se abría en múltiples grietas y todos los ríos del centro de la tierra salían y entraban con fuerza. Tras lo que, quienes se sentaban junto a mí alzaron los brazos y gimieron en voz muy alta. Cuando los de fuera los oyeron, gritaron aún más. Como para ellos yo estaba muerto, mi propia mente aceptó mi muerte. No sabía cuándo ni cómo, pero estaba seguro de que había muerto.
       “Okiakuta, mi madre, extendió mi parka de piel de ardilla a mi lado. También extendió mi parka de piel de caribú y mi impermeable de tripa de foca y mis muclucs para la lluvia, de manera que mi alma realizase su largo viaje seca y abrigada. Además se habló de una colina empinada cubierta de espinos y garrotes del diablo y ella añadió unos mocasines pesados para que mis pies caminasen mejor.
       “Cuando los ancianos hablaron de las bestias enormes a las que tendría que matar, los jóvenes dejaron junto a mí mi arco más resistente y las mejores flechas, mi palo arrojadizo, mi lanza y mi cuchillo. Y cuando los ancianos hablaron de la oscuridad y el silencio de los grandes espacios que mi alma debía cruzar, mi madre lloró con más fuerza y se arrojó más cenizas sobre la cabeza.
       “La joven Kasaan entró con sigilo, muy tímida y silenciosa, y depositó una bolsita sobre las cosas para mi viaje. Yo sabía que en ella estaban el pedernal, el acero y la yesca seca para las hogueras que mi alma debía encender. Escogieron las mantas en las que iban a envolverme. También eligieron a los esclavos que matarían para que mi alma estuviese acompañada. Sumaban siete, porque mi padre era rico y poderoso y el entierro de su hijo tenía que ser digno de él. Esos esclavos eran prisioneros hechos en la guerra contra los mukumuks, que viven Yukón abajo. Skolka, el chamán, los mataría uno a uno al día siguiente para que sus almas viajasen a lo desconocido con la mía. Entre otras cosas, llevarían mi canoa hasta que llegásemos al gran río de aguas malas y rápidas. Como no habría sitio para ellos, habiendo cumplido ya su misión, no seguirían adelante y permanecerían para siempre aullando en el bosque oscuro y sin fin.
       “Mientras miraba mi ropa de abrigo, mis mantas y armas de guerra, y mientras pensaba en los siete esclavos a los que matarían, me sentí orgulloso de mi entierro y supe que sería la envidia de muchos. Durante ese tiempo mi padre, la Nutria, permaneció sentado en silencio y enfadado. Todo ese día y esa noche, la gente entonó mi canto de muerte y tocó los tambores hasta que pareció que había muerto de verdad mil veces.
       “Pero por la mañana mi padre se puso en pie y habló. Dijo que siempre había sido un guerrero, como bien sabían todos, y que era mayor honor morir luchando en la batalla que sobre pieles blandas junto al fuego. Que como yo iba a morir de todos modos, sería mejor que me enfrentase a los mukumuks para que me matasen. Así conquistaría respeto y alcanzaría la posición de jefe en la morada final de los muertos, y mi padre, que era la Nutria, conservaría su honor. Tras lo cual ordenó que un grupo de guerreros se preparara para viajar río abajo y que, cuando nos encontrásemos con los mukumuks, yo avanzase solo, apartado del grupo y dando muestras de ir a luchar, para que me matasen.
       —No, pero oye, Hombre Blanco —gritó Mutsak, incapaz de contenerse más—. Skolka, el chamán, susurró durante mucho tiempo al oído de la Nutria aquella noche y fue idea suya enviar a Jefe Solitario a morir de esa forma. Porque como la Nutria era un anciano y Jefe Solitario el último de sus hijos, Skolka había pensado convertirse él en jefe de la tribu. Al ver que todos lo habían llorado durante un día y una noche pero Jefe Solitario seguía vivo, Skolka tuvo miedo de que no muriese. Por eso fue el consejo de Skolka, entre palabras de respeto y honor, lo que salió de la boca de la Nutria.
       —Sí —continuó Jefe Solitario—. Yo sabía que era cosa de Skolka, pero estaba tan enfermo que no me importaba. No tenía corazón para la ira ni estómago para palabras valientes y me daban igual una y las otras, solo quería morir y acabar con todo aquello. Y así, Hombre Blanco, se preparó el grupo de guerreros. No había hombres experimentados en la lucha ni ancianos sabios y astutos. Lo formaban cinco veintenas de jóvenes que habían visto muy pocas batallas. Toda la aldea se reunió en la orilla del río para vemos partir. Lo hicimos entre el regocijo y cánticos de alabanza a mí. Incluso tú, Hombre Blanco, te alegrarías al ver a un joven partir hacia la batalla, aunque estuviese condenado a morir.
       “Así emprendimos viaje, esas cinco veintenas de jóvenes. Mutsak también venía porque era joven e inexperto. Por orden de mi padre, la Nutria, ataron mi canoa por un lado a la de Mutsak y por el otro a la de Kannakut, para que ahorrase fuerzas al no tener que remar y a pesar de estar enfermo pudiese comportarme con valentía en el último momento. Así avanzamos río abajo.
       “No te cansaré con el relato del viaje, que no fue largo. Un poco antes de la aldea mukumuk nos encontramos con dos de sus guerreros que iban en canoa y que huyeron al vernos. Entonces, siguiendo las órdenes de mi padre, soltaron mi canoa y dejaron que continuase solo. También había ordenado que los jóvenes fuesen testigos de mi muerte para poder contarla al regresar. En eso habían insistido mucho mi padre, la Nutria, y Skolka, el chamán, prometiendo severos castigos si no obedecían.
       “Empecé a remar mientras gritaba palabras de desprecio hacia los guerreros que huían. Las cosas horribles que les decía los llevaron a mirar hacia atrás enfadados y vieron que los otros se habían retrasado y que yo me acercaba solo. Entonces, tras haberse situado a una distancia prudente, los guerreros separaron un poco sus canoas y esperaron, uno a cada lado, a que yo pasara entre ellos. Así lo hice, con la lanza en la mano y entonando el cántico de guerra de mi pueblo. Cada uno me arrojó una lanza, pero yo me agaché y pasaron silbando por encima de mi cabeza sin herirme. Después, cuando ya estábamos los tres juntos, arrojé mi lanza al de la derecha, le atravesó el cuello, cayó hacia atrás y se hundió en el agua.
       “Mi sorpresa fue grande porque había matado a un hombre. Me volví hacia el de la izquierda y remé con fuerza para enfrentarme a la muerte cara a cara, pero la segunda lanza del hombre —la última que le quedaba— apenas me hizo una herida superficial en el hombro. Entonces me ocupé de él, aunque en vez de arrojarle la lanza se la clavé directamente en el pecho y la hundí empujando con ambas manos. Y mientras apretaba con todas mis fuerzas, él me golpeó una o dos veces en la cabeza con la pala de su remo.
       “Incluso en el momento en que la punta de mi lanza le atravesó la espalda, él me golpeó en la cabeza. Sentí un destello, una especie de luz muy clara, y noté que dentro de mi cabeza algo cedía con un chasquido. Eso es, con un chasquido. El peso que sentía sobre los ojos desde hacía tanto tiempo desapareció y la banda que me apretaba la frente se aflojó. El entusiasmo se apodero de mí y mi corazón cantaba de alegría.
       “‘Esto tiene que ser la muerte’, pensé. Y luego pensé que la muerte era algo muy bueno. Después vi las dos canoas vacías y supe que no estaba muerto, sino que me había recuperado. Los golpes que el hombre me dio en la cabeza me habían curado. Sabía que había matado y el sabor de la sangre despertó en mí la violencia, así que hundí el remo en el seno del Yukón y lancé la canoa hacia la aldea de los mukumuks. Los jóvenes que me seguían gritaron. Miré hacia atrás y vi que el agua se llenaba de la espuma blanca que provocaban sus remos.
       —Sí, nuestros remos la llenaban de espuma —dijo Mutsak— porque recordábamos la orden de la Nutria y de Skolka, según la que debíamos ver con nuestros propios ojos cómo moría Jefe Solitario. Un joven mukumuk que iba hacia una de sus trampas para pescar salmones vio llegar a Jefe Solitario y las cinco veintenas de hombres que lo seguían, por lo que se dirigió veloz hacia la aldea para dar la voz de alarma y permitir que se prepararan. Pero Jefe Solitario corrió tras él y nosotros le seguimos para ser testigos de su muerte. Al llegar a la aldea, en el momento en que el joven saltaba a la orilla, Jefe Solitario se puso de pie en la canoa y arrojó la lanza con todas sus fuerzas, que atravesó el cuerpo del muchacho por encima de las caderas y lo hizo caer de bruces.
       “Entonces Jefe Solitario saltó a la orilla con la maza de guerra en la mano y un aterrador grito para presentar batalla y salió disparado hacia la aldea. El primer hombre con el que se tropezó era Itwilie, el jefe de los mukumuks, al que Jefe Solitario golpeó en la cabeza con su maza y dejó muerto en el suelo. Por miedo a no ser testigos de su muerte, las cinco veintenas de jóvenes saltamos también a tierra y seguimos a Jefe Solitario hasta el interior de la aldea. Pero los mukumuks no entendían nuestras intenciones y creyeron que íbamos a pelear, de manera que las cuerdas de sus arcos cantaron y sus flechas silbaron entre nosotros. Entonces olvidamos nuestra misión y caímos sobre ellos armados de lanzas y mazas. Como no estaban preparados, la matanza fue considerable.
       —Maté a su chamán con mis propias manos —proclamó Jefe Solitario, su rostro marchito despierto gracias a los recuerdos de aquel día lejano—. Lo maté con mis propias manos aunque era más grande que Skolka, nuestro propio chamán. Cada vez que me enfrentaba a un hombre pensaba: “Ahora me llegará la muerte”, pero cada vez mataba al hombre y la muerte no venía. Parecía que el aliento de la vida se agarraba con fuerza a mí y no permitía que muriese.
       —Y nosotros seguimos a Jefe Solitario en su camino de ida cruzando la aldea y luego en el de vuelta —continuó Mutsak—. Lo seguíamos como una manada de lobos, de aquí para allá, de un lado a otro, hasta que no quedaron mukumuks dispuestos a luchar. Luego reunimos cinco veintenas de esclavos, el doble de esclavas e incontables niños y prendimos fuego y quemamos todas las chozas y las tiendas, tras lo que partimos. Ése fue el final de los mukumuks.
       —Ése fue el final de los mukumuks —repitió Jefe Solitario con gran júbilo—. Cuando llegamos a nuestra aldea todos se asombraron al ver nuestra carga de esclavos y riquezas, pero aún se asombraron más al ver que yo continuaba vivo. Mi padre, la Nutria, se acercó temblando de alegría por todo lo que había logrado; y es que él era un anciano y yo el último de sus hijos. Se acercaron todos los guerreros experimentados y los hombres sabios y astutos hasta que todos estuvimos reunidos. Entonces me puse de pie y con una voz como la del trueno ordené a Skolka, el chamán, que diese un paso adelante.
       —Sí, Hombre Blanco —exclamó Mutsak—, su voz era como la del trueno e hizo que a todos nos temblaran las rodillas y le tuviésemos miedo.
       —Cuando Skolka obedeció —continuó Jefe Solitario—, dije que no tenía intención de morir. También dije que no estaba bien decepcionar a los espíritus malignos que aguardan más allá de la tumba. Por lo que me parecía adecuado que el alma de Skolka viajase a lo desconocido donde sin duda aullaría para siempre en el bosque oscuro y sin fin. Entonces lo maté allí mismo, delante de todos. Yo, Jefe Solitario, también maté a Skolka, el chamán, con mis propias manos y delante de toda la tribu. Cuando se oyó un murmullo, grité…
       —Con una voz como la del trueno —intervino Mutsak.
       —Sí, con una voz como la del trueno, grité: “Oídme todos! ¡Yo soy Jefe Solitario, quien ha matado a Skolka, el falso chamán! Nadie más que yo ha cruzado la puerta de la muerte y regresado. Mis ojos han visto las cosas ocultas. Mis oídos han escuchado las palabras secretas. Soy más grande que Skolka, el chamán. Soy más grande que todos los chamanes. Del mismo modo soy un jefe más grande que mi padre, la Nutria. Él luchó contra los mukumuks durante toda su vida, pero ¡mirad!, yo los he destruido a todos en un solo día. Los he destruido con el mismo esfuerzo que dedico a respirar. Por lo tanto, como mi padre, la Nutria, es un anciano y Skolka, el chamán, está muerto, yo seré jefe y chamán. A partir de ahora seré tanto vuestro jefe como vuestro chamán. ¡Y si alguien cuestiona lo que digo, que dé un paso al frente ahora mismo!”.
       “Esperé, pero nadie dio un paso al frente. Entonces grité: “¡He probado la sangre! ¡Ahora traedme carne porque tengo hambre! Abrid las despensas, vaciad los secaderos de pescado y celebremos un gran festín. Que haya alegría y cantos, pero no de entierro sino de boda. Por último, traed a la joven Kasaan. ¡Traed a Kasaan, que será la madre de los hijos de Jefe Solitario!”.
       “Al oír mis palabras y porque era muy viejo, mi padre, la Nutria, lloró como una mujer y rodeó mis rodillas con sus brazos. Desde ese día fui jefe y chamán a la vez. Me trataban con el mayor de los respetos y todos me obedecían.
       —Hasta que llegó el barco de vapor —interrumpió Mutsak.
       —Sí —dijo Jefe Solitario—, hasta que llegó el barco de vapor.


[1902]



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