Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)
Chris Farrington, marinero de primera (1901)
(“Chris Farrington, Able Reaman”)
Originalmente publicado en The Youth’s Companion (23 de marzo de 1901);
Dutch Courage and Other Stories [póstumo]
(Nueva York: Macmillan Company, 1922, 180 págs.)
—Si estuviegas en un buque de mi país, un
muchacho como tú no segía más que un grumete, y tendgías que atendeg a los
maginegos de pgimega. Y cuando maginegos de pgimega gritag: “¡Chico, la
jaga de agua!”, tendgías que tgaegla de un salto. Y tendgías que seg
cogtés y decig a todos: “Sí, señog”, y “no, señog”. Y
cuando te dijegan: ¡Chico, las botas”, tendgías que ig cogiendo a pog las
botas. Pego estás en un bagco amegicano y te cgees que ya eges todo un
maginego. Chgris, muchacho, yo soy maginego desde hace veintidós años, y, ¿te
cgees que vales tanto como yo? Yo ya ega maginego antes que naciegas tú, y ya
estaba haciendo nudos, y cogtes y gemiendos cuando tú estabas todavía volando
las cometas.
—¡Pero eso no es justo, Emil! —exclamó Chris
Farrington, con la cara sensible toda sonrojada y gesto dolido. Era un muchacho
esbelto, pero fuerte, de 17 años, cuyo rostro delataba claramente su
ascendencia yanqui.
—¡Lo ves, ya estás! —estalló el marinero sueco—.
Yo me llamo señog Emil Johansen, ¡y un cgío, como tú me llama “Emil”!
Eso es un insulto y pasa pogque estamos en un bagco amegicano.
—¡Pero a mí tú me llamas “Chris”! —adujo
el chico en tono de reproche.
—Pego tú eges un muchacho.
—Que hace el mismo trabajo que un hombre —replicó
Chris—. Y precisamente porque hago lo mismo que un hombre tengo derecho a
llamarte de tú, igual que tú a mí. Aquí, en el castillo de proa, somos todos
iguales, y tú lo sabes. Cuando nos enrolamos para el viaje en San Francisco,
firmamos como marineros del Sophie Sutherland, y nadie dijo que unos fuéramos a
ser diferentes de otros. ¿No he hecho siempre mi trabajo? ¿He escurrido el
bulto alguna vez? ¿Habéis tenido alguno que hacerme una ronda? ¿O una guardia?
¿O que subir de vigía?
—Tiene razón Chris —interrumpió un joven
marinero inglés—. Nadie ha tenido que echarle una mano. Se ha enrolao igual que
nosotros y ha demostrao que vale tanto como...
—¡Vale más! —intervino un hombre de Nueva
Escocia—. iVale más que algunos de nosotros! Cuando llegamos a los terrenos de
caza resultó ser casi el mejor timonel de bote que llevamos a bordo. El único
mejor que él es Louis el Francés, que lleva años en el oficio. Y yo no soy más
que remero, igual que tú, Emil Johansen, que con todo tu golpe de veintidós
años en la mar no eres más que remero. ¿Por qué no te haces timonel?
—Es demasiado torpe —rió el inglés—, y demasiado
lento.
—Eso no importa nada —dijo Jurgensen el Danés,
que llegaba en ayuda del otro escandinavo—. El caso es que Emil es mayor y
marinero de primera, y el chico no es ninguna de esas cosas.
Y así continuó la discusión, con los suecos, los
noruegos y los daneses agrupados por su común origen a favor de Johansen, y los
ingleses, los canadienses y los estadounidenses de parte de Chris. Si se
pensaba sin prejuicios, la razón la tenía éste. Como había dichó verazmente,
trabajaba igual que un hombre, y tanto como el que más. Pero tenían prejuicios,
y muchos, y aquella discusión degeneró en un enfado permanente que dividió al
castillo de proa en dos bandos.
El Sophie Sutherland se dedicaba a la caza de
focas, estaba registrado en San Francisco y recorría las costas del Japón a la
caza de aquellos peludos animales marinos, hasta el mar de Bering. Los otros
barcos eran goletas de dos palos, pero él tenía tres y era el mayor de la
flota. De hecho, era una goleta de aparejo redondo en los tres masteleros,
recién construida.
Aunque Chris Farrington sabía que tenía razón, y
que hacía todo su trabajo atentamente y bien, muchas veces, en secreto,
anhelaba que surgiera una situación de urgencia que le permitiese demostrar a
los marineros escandinavos que también él era un marinero de primera.
Pero una noche de tormenta, debido a un
accidente con el cual no tenía él nada que ver, al resacar una cadena de
repuesto de un ancla se machacó todos los dedos de la mano izquierda. Y con
ello perdió sus esperanzas, pues le resultaba imposible seguir cazando con los
botes, y se vio obligado a mantenerse inactivo a bordo hasta que se le curasen
los dedos. Pero, aunque no podía ni imaginárselo, aquel mismo incidente iba a
darle la oportunidad tan deseada.
Una tarde de fines de mayo, el Sophie Sutherland
se mecía pesadamente en la calma chicha. El mar estaba abundante, la caza era
buena y todos los botes habían salido y se habían perdido de vista. Y con ellos
se había ido casi toda la tripulación. Además de Chris sólo quedaban el
capitán, el piloto mayor y el cocinero chino.
El capitán no lo era más que por cortesía. Era
un anciano de más de 80 años, y lo ignoraba todo del mar y de sus cosas, pero
era el propietario de la embarcación y de ahí el título honorífico: Claro que
el piloto mayor, que era el verdadero capitán, era muy buen marino. El otro
oficial, que debía haberse quedado a bordo, había salido con los botes para
suplir provisionalmente a Chris como timonel de un bote.
Cuando iban juntos el buen tiempo y la buena
caza, los botes solían alejarse mucho, y muchas veces no volvían a la goleta
hasta mucho después del anochecer. Pero, aunque era un día perfecto para la
caza, Chris observó que el piloto mayor estaba cada vez más preocupado. Paseaba
nervioso arriba y abajo del puente y barría constantemente el horizonte con el
catalejo. No se veía un solo bote. Cuando llegó la puesta de sol, incluso
ordenó a Chris que subiera al cuello del mastelero de mesana, pero tampoco
desde allí logró ver nada. Era imposible que los botes pudieran regresar antes
de medianoche.
El barómetro llevaba bajando constantemente
desde mediodía, y todos los indicios señalaban que se acercaba una tempestad,
pero su importancia no la podía adivinár ni el piloto mayor. Este y Chris se
pusieron a trabajar para prepararse a resistirla. Pusieron matafoles de
tempestad en las gavias aferradas, arriaron y estibaron la vela trinquete y la
cangreja y aferraron los dos foques. En el foque restante le pusieron un solo rizo,
igual que en la vela mayor.
Cayó la noche antes de que terminaran, y con la
oscuridad llegó la tormenta. Invadió la mar un gran lamento, y el viento dio de
plano en el Sophie Sutherland. Pero éste se enderezó rápidamente y, con el
piloto mayor a la rueda, puso la proa cinco cuartas del viento. Chris, haciendo
todo lo que podía con la mano vendada, y con la escasa ayuda que le daba el
cocinero chino, fue a proa y puso el foque a barlovento. Así, con la vela mayor
lisa, la goleta quedó al pairo.
—¡Que Dios ayude a los botes! ¡No es un
ventarrón! ¡Es un tifón! gritó el piloto mayor a Chris a las once—. ¡Demasiada
lona! ¡Hay que meterle dos rizos más a la vela mayor, y ahora mismo! —miró al
viejo capitán, que tiritaba en su suerte y se aferraba a la bitácora con todas
sus fuerzas—. No quedamos más que tú y yo, Chris, y el cocinero chino, pero ese
casi no vale para nada.
Para meterle el rizo había que arriar la vela
mayor, y el sacar ésta con la presión que había no podia por menos de hacer que
la goleta se abatiera ante el viento y las olas, debido a la presión del foque
a proa.
—¡Toma la rueda! —ordenó el piloto mayor—. ¡Y
cuando te dé la señal, todo a la banda, y cuando esté a escuadra, a la vía! ¡Y
mantenlo así! En cuanto le meta los rizos nos volvemos a poner al pairo!
Chris asió las cabillas encabritadas y vio cómo
el piloto y el desganado cocinero avanzaban a proa en medio de la oscuridad
rugiente. El Sophie Sutherland se hundía en mares de proa y daba tumbos
tremendos, y sus tensos estayes de acero y su arboladura recia zumbaban como
cuerdas de arpa con el viento. Le llegó un grito ahogado y sintió que la proa
de la goleta se sotaventaba por su propia cuenta. ¡Había caído la vela mayor!
Puso el timón todo a la banda y se mantuvo
ansiosamente atento a los cambios de dirección del viento que le daba en la
cara y a los movimientos verticales del barco. Este era el momento crucial. Al
hacer la maniobra, el barco tendría que exponer todo el flanco al viento antes
de ponerse de proa a él. El viento le daba a Chris directamente en la mejilla
derecha cuando sintió que el Sopbie Sutherland se escoraba y empezaba a alzarse
hacia el cielo, arriba, cada vez más arriba, a una distancia infinita.
¿Lograría superar la cresta de aquella ola gigantesca?
Una vez más, y por instinto, porque no podía ver
nada, comprendió que muy por encima de él se remontaba una muralla de agua por
todo el costado de barlovento. Hubo un instante de calma cuando la muralla
líquida se interpuso ante el viento y lo cortó. La goleta recuperó la vertical
y durante aquel instante pareció estar perfectamente en calma. Después se meció
para hacer frente al golpe que le llegaba.
Chris gritó al capitán que se agarrase bien y se
preparó para el golpe. Pero no había hombre viviente que pudiera resistirlo. Un
océano de agua dio a Chris en la espalda y perdió su asidero en las cabillas,
como si hubiera sido un niño. Atontado, impotente, como una paja en la
corriente, se vio lanzado a proa sin saber a dónde iba. Pasó junto a la esquina
del camarote y pasó rodando por la pasarela de la toldilla, hasta chocar
violentamente con el pie del palo trinquete. Entró a bordo una segunda ola que
lo devolvió de un golpe hacia el punto de partida, y lo dejó medio ahogado
donde deberían haber estado los escalones de la toldilla.
Dolorido y ensangrentado, apenas consciente,
buscó a tientas la barandilla y se puso en pie como pudo. Si no se podía hacer
algo, sabía que había llegado el último momento. Al hacer frente a la toldilla,
el viento se le metía por la boca con una fuerza asfixiante. Esto le hizo
recuperar el sentido alarmado. ¡El viento soplaba directamente a popa! ¡La
goleta había salido del seno de la ola y ahora lo tenía a proa! Pero la fuerza
del mar no podía por menos de obligarla a hacer capilla una vez más. Se arrastró
por la pasarela y logró llegar a la rueda del timón justo a tiempo para
impedirlo. Seguía ardiendo la luz de la bitácora. ¡Estaban a salvo!
Es decir, estaban a salvo él y la goleta En
cuanto al bienestar de sus tres compañeros no sabía nada. Y tampoco se atrevía
a abandonar la rueda del timón para averiguarlo, porque no podía desviar su
atención ni un segundo si aspiraba a mantener al barco en su rumbo. Al menor
descuido, el empuje del mar bajo su aleta podía volver a meterlo en el seno de
la ola. Y así fue cómo un muchacho de 60 kilos se consagró a la hercúlea tarea
de guiar aquellas 200 toneladas tensas por en medio del caos de las grandes
fuerzas de la tempestad.
Media hora después, con gruñidos y gemidos,
llegó el capitán a rastras a los pies de Chris. Todo estaba perdido, gimoteó.
El había recibido un golpe de muerte. La cocina había salido por la borda igual
que la vela mayor, la maniobra, el cocinero, ¡todo!
—¿Dónde está el piloto? —preguntó Chris cuando
recuperó el aliento tras corregir un violento bandazo de la goleta. El estar al
timón de un buque con un foque que llevaba un solo rizo en medio de un tifón no
era cosa de niños.
Justo a proa —contestó el anciano—. Atrapado
bajo el puntal del castillo de proa, aunque todavía respira. Dice que tiene
rotos los dos brazos y no sabe cuántas costillas. Está muy mal herido.
—Bueno, pues ahí se va a ahogar, con la forma
que entra el agua por las bocinas de los escobenes. Vaya usted a proa —ordenó
Chris tomando el mando como lo más natural del mundo—. Dígale que no se
preocupe y que al timón estoy yo. Ayúdele todo lo que pueda y dígale que... —se
interrumpió y echó las cabillas a estribor cuando una ola tremenda se levantó
bajo la popa e hizo al barco guiñar a babor—...dígale que haga todo lo que
pueda para salvarse. Abra la escotilla del castillo de proa y ayúdele a llegar
a su litera. Después, vuelva a cerrar la escotilla.
El anciano capitán miró a proa y se quedó
titubeante de miedo. El combés del barco estaba lleno de agua hasta los
imbornales. Acababa de venir de allí y sabía que la muerte acechaba a cada
paso.
—¡Váyase! gritó Chris ferozmente. Y cuando se
puso en marcha el viejo asustado añadió: —¡Y busque también al cocinero!
Dos horas después, casí muerto de dolor, volvió
el capitán. Había obedecido las órdenes. El piloto mayor estaba en una litera,
aunque no podía moverse; el cocinero había desaparecido. Chris dijo al capitán
que fuera al camarote a cambiarse de ropa.
Tras horas interminables de esfuerzo rompió el
día, frío y gris. Chris miró a su alrededor. El Sopbie Sutherland corría ante
el tifón como un poseído. No llovía, pero el viento azotaba hasta la altura de
los masteleros la espuma del mar que lo oscurecía todo, salvo las cosas que
estaban al alcance de la máno.
A cada vez, Chris no podía ver más que dos olas:
la que estaba inmediatamente a proa y la que estaba inmediatamente a popa. ¡Así
de pequeña e insignificante parecía la goleta en el gran oleaje del Pacífico!
Tras remontar a toda velocidad una montaña enloquecedora, se quedaba posada como
un cascarón en el tope revuelto, sin aliento y tambaleante, y salía disparada
hacia abajo, al abismo que la esperaba, para enterrarse en el torbellino de
espuma del fondo. Después se recuperaba, volvía a ascender otra montaña, volvía
a posarse y se repetía el choque con el fondo. Delante de él y a estribor, como
el fantasma de la tormenta, Chris veía al cocinero que colgaba y se movía igual
que la goleta. Evidentemente, cuando salió por la borda se había agarrado a una
driza y se había quedado enredado en ella.
Tres horas más tuvo Chris, a solas con su
macabro compañero, que llevar al Sophie Sutherland contra el viento y las olas.
Hacía mucho tiempo que se le habían olvidado sus dedos machacados. Se le habían
arrancado las vendas y la fría espuma salada se le había metido en las heridas
a medio curar, hasta dejárselas embotadas, de forma que ya no sentía el dolor.
Pero no tenía frío. El enorme esfuerzo al timón le hacía sudar por todos los
poros. Mas estaba débil de hambre y agotamiento, y se sintió encantado cuando
salió a cubierta el capitán, que le hizo comer un cuarto de kilo de chocolate
en pastillas. Le dio fuerzas inmediatamente.
Ordenó al capitán que cortase la driza de la que
pendía el cadáver del cocinero chino, y que después fuese a proa y soltara la
driza del foque y la escota. Cuando lo hizo, el foque se agitó unos momentos
como un pañuelo y desapareció tras arrancar los cabos de los pernos. El Sopbie
Sutherland navegaba con la arboladura desnuda.
Al mediodía se agotó la tormenta, y para las
seis de la tarde, las olas habían aflojado lo suficiente como para que Chris
pudiera abandonar la rueda del timón. Era casi absurdo soñar con que los botes
hubieran podido sobrevivir al tifón, pero siempre existe una posibilidad de
salvar una vida humana, y Chris se aplicó ahora a volver a recorrer el rumbo
que había seguido en su huida. Logró meter un rizo a uno de los foques y dos a
la cangreja, y después con la ayuda del aparejo de guardia, izarlos ante la
fuerte brisa que seguía soplando. Y toda la noche, con bordadas adelante y
atrás en el camino de regreso, fue flameando la lona a toda la velocidad que
permitía el viento.
El piloto herido estaba delirante, y entre
cuidar de él y echar una mano con el barco, Chris tuvo al capitán muy ocupado.
—Me enseñó más de navegación —diría éste después—
de lo que había aprendido en toda la travesía. Pero, al amanecer, el débil
físico del capitán no aguantó más y cayó en un sueño agotado en la toldilla de
barlovento.
Chris, que ahora ya podía dejar atado el timón,
tapó al cansado anciano con unas mantas que trajo de abajo y fue al pañol de
popa a ver si encontraba algo de comida. Pero al día siguiente se vio obligado
a ceder y dormitó a ratos junto a la rueda del timón, despertándose de vez en
cuando para ver cómo iban las cosas.
Al tercer día por la tarde Chris vio una goleta,
con la arboladura desmantelada y medio deshecha. Al acercarse, ciñéndose mucho
al viento, vio que tenía hacinada en los puentes una tripulación anormalmente
numerosa, y cuando se acercó más pudo distinguir entre otras las caras de sus
compañeros desaparecidos. Y llegaba justo a tiempo, porque estaban empeñados en
un combate imposible con las bombas de achicar. Una hora después habían pasado,
junto con la tripulación del barco que se hundía, a bordo del Sopbie
Sutherland.
Tras alejarse tanto de su propio barco, se
habían refugiado en la otra goleta justo antes de que estallara la tormenta.
Era un barco canadiense de caza de focas en su primera, y según se había visto
última, salida.
El capitán del Sopbie Sutherland también tenía
algo que relatar, y lo hizo bien, tan bien, de hecho, que cuando todos los
marineros estuvieron reunidos en cubierta durante el primer cuartillo, Emil
Johansen se acercó a Chris y le dio la mano.
—Chgis —dijo en voz alta para que lo oyeran
todos—, Chgis, me gindo. Has sido tan buen maginego como yo. Has estado
estupendo y eges un maginego de pgimega y estoy oggullosode ti. ¡Ah, Chgis! —dijo
volviéndose como si hubiera olvidado algo, y gritó—: ¡Y desde ahoga llámame
siempge “Emil”, sin decig señog!
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