Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)
Diablo (1902)
(“Diable — A Dog”, “Bâtard”)
Originalmente publicado, como “Diable — A Dog”, en Cosmopolitan Magazine,
Vol. XXXIII, Núm. 2 (junio de 1902);
The Faith of Men (ahora con el título de “Bâtard”)
(Nueva York: The Macmillan Company, 1904, 286 págs.)
El perro era un diablo. Todo el Norte lo
sabía. Muchos lo llamaban Engendro del Infierno, pero su dueño, Black
Leclère, escogió el vergonzoso nombre de Diablo. Black Leclère también
era un demonio, y ambos hacían buena pareja. La primera vez que se
vieron, Diablo era un cachorro delgado, hambriento y de ojos amargos. Se
conocieron con un mordisco, un gruñido y unas miradas malévolas, pues
el labio superior de Leclère se alzaba como el de un lobo, enseñando sus
crueles dientes blancos. Se elevó en esos momentos, y sus ojos
brillaron perversamente al extender la mano hacia Diablo y arrastrarlo
fuera de la camada. Estaba claro que se adivinaron las intenciones, pues
en el instante en que Diablo hundió sus colmillos de cachorro en la
mano de Leclère, éste lo ahogaba impertérrito con el dedo índice y el
pulgar.
—¡Sacrèdam! —dijo el francés suavemente, sacudiéndose la
sangre de la mano mordida y contemplando cómo tosía y jadeaba el
cachorrillo en la nieve.
Leclère se volvió hacia John Hamlin, el tendero de Sesenta Millas:
—Para eso lo quiero. ¿Cuánto es, m’sieu? ¿Cuánto es? Se lo compro ahora mismo.
Y compró a Diablo porque lo odiaba con un odio terrible e
implacable. Luego, durante cinco años, los dos se aventuraron por toda
la tierra del Norte, desde St. Michael y el delta del Yukón, hasta los
límites de la tierra de Pelly, y hasta tan lejos como el río Peace,
Athabaska y el Great Slave. Adquirieron la peor fama de intransigente
maldad que jamás se había conocido en un hombre y en un perro.
El padre de Diablo era un gran lobo del bosque, pero su madre, tal y como él vagamente la recordaba, era una husky,
siempre dispuesta a la pelea, de pecho fuerte, mirada maligna, aferrada
a la vida como un gato, y de astucia y maldad geniales. Uno no se podía
fiar de ella. En los progenitores de Diablo había mucha crueldad y
fuerza y, sangre de su sangre, lo había heredado todo. Luego llegó Black
Leclère para añadirle lo suyo a ese trocito de vida palpitante, para
apretarlo, pincharlo y moldearlo hasta convertirlo en una gran bestia
erizada, lista para cualquier bellaquería, rebosante de odio, siniestra,
malévola, diabólica. Con un dueño normal el cachorro hubiera llegado a
ser un perro de trineo corriente y bastante eficaz. Pero nunca tuvo
oportunidad para ello. Leclère reforzó aún más su iniquidad congénita.
La historia de Leclère y el perro fue la de una guerra de cinco
crueles e implacables años, de los que su primer encuentro es un buen
resumen. Para empezar, Leclère tenía la culpa, pues lo odiaba con
conocimiento e inteligencia, mientras el cachorro patilargo odiaba
instintivamente, sin método ni razón. Al principio la crueldad se
manifestaba sin ningún refinamiento (éstos vendrían más tarde), sólo
simples palizas y rudas brutalidades. En una de éstas, Diablo se hirió
una oreja. Nunca volvió a controlar los músculos rasgados y desde ese
día la oreja le colgaba lánguidamente para recordarle a su atormentador.
Y nunca lo olvidó.
Su infancia fue un período de rebelión insensata. Siempre salía
perdiendo, pero se defendía porque era natural en él defenderse. Era
inconquistable. Entre sus gruñidos estridentes por el dolor del látigo y
del palo introducía siempre un gruñido desafiante, implacable y
rencorosa amenaza de su espíritu, que le acarreaban infaliblemente más
golpes y palizas. Pero así se había aferrado su madre a la vida. No
había nada que pudiera matarlo. Prosperaba en la desgracia, engordaba
con el hambre, y, debido a su terrible lucha por la vida, desarrolló una
inteligencia fuera de lo común. Poseía la cautela y la astucia de su
madre y la ferocidad y el valor de su padre lobo.
Probablemente le venía del padre el que nunca llorase. Sus gruñidos
de cachorro desaparecieron al mismo tiempo que sus piernas desgarbadas,
convirtiéndose en un animal severo y taciturno, de paso rápido y
advertencia lenta. Respondía a los juramentos con gruñidos y a los
golpes con mordiscos, mostrando siempre su odio implacable con una
sonrisa. Leclère nunca volvió a arrancarle un grito de miedo o de dolor,
ni siquiera bajo los castigos más extremos. Esta imposibilidad de
doblegarlo no hacía sino estimular la cólera de Leclère y despertar en
él mayores diabluras. Si Leclère le daba a Diablo medio pescado y a sus
compañeros se los daba enteros, Diablo les robaba el pescado a otros
perros. También robaba víveres y cometía mil picardías, hasta que se
convirtió en el terror de todos los perros y dueños de perros. Leclère
golpeaba a Diablo y acariciaba a Babette, que no era ni la mitad de
trabajadora que él; pues bien, Diablo la tiró al suelo y le rompió la
pata trasera con sus fuertes mandíbulas, de modo que Leclère se vio
obligado a matarla. Diablo dominaba a sus compañeros en todas las
batallas, y él era quien imponía la ley del camino y de la comida y los
hacía vivir bajo su ley.
En cinco años no escuchó más que una sola palabra amable, no
recibió más que una sola caricia, y, cuando las recibió, no supo de qué
se trataba. Saltó como la bestia indomable que era y cerró sus
mandíbulas con la rapidez de un rayo. Fue el misionero de Sunrise, un
recién llegado a la región, el que le dijo la palabra amable y le hizo
la caricia. Y durante los seis meses siguientes no volvió a escribir a
su casa de Estados Unidos. El cirujano de McQuestion tuvo que viajar a
lo largo de doscientas millas de hielo para evitar el envenenamiento de
la sangre.
Hombres y perros miraban con recelo a Diablo, cuando entraba en sus
campamentos y almacenes, y le saludaban con los pies levantados, listos
para el puntapié, o con el pelo erizado y los dientes descubiertos. Una
vez un hombre le propinó un puntapié, y Diablo, con un rápido mordisco
de lobo, cerró las mandíbulas como una correa de acero en la pierna del
hombre, clavándole los dientes hasta el hueso. Como consecuencia, el
hombre quiso matarlo, pero se interpuso Black Leclère, con los ojos
amenazantes y blandiendo el cuchillo de monte. Matar a Diablo —¡ah, sacrèdam!—,
eso era un placer que Leclère se reservaba para sí mismo. Algún día
ocurriría o ¡bah!, ¿quién sabe? En cualquier caso, ya se resolvería el
problema.
El hombre y la bestia se habían convertido en un problema mutuo, o,
mejor dicho, ambos se habían convertido en un problema en sí. Hasta el
aire que respiraban era un desafío y una amenaza para el otro. Su odio
los unía cómo jamás los hubiera unido el amor. Leclère vivía esperando
el día en que Diablo doblegase su espíritu y llorase y gimiese a sus
pies. Y Diablo… Leclère sabía lo que encerraba su mente y más de una vez
lo había leído en sus ojos. Lo había leído con tanta claridad, que,
cuando el perro estaba a sus espaldas, tenía la costumbre de mirar a
menudo de reojo.
Los hombres se extrañaban, cuando Leclère rechazaba grandes sumas de dinero que le ofrecían por el perro.
—Algún día lo matarás y perderás lo que te ofrecen por él —le dijo
una vez John Hamlin, mientras Diablo yacía jadeante en la nieve, adonde
Leclère lo había mandado de un puntapié, y nadie sabía si tenía las
costillas rotas ni se atrevía a comprobarlo.
—Eso —dijo secamente Leclère— es asunto mío, m’sieu.
Los hombres se maravillaban de que Diablo no huyera. No lo
comprendían. Pero Leclère sí lo entendía. Era un hombre que había vivido
mucho tiempo al aire libre, más allá del sonido de cualquier voz humana
y había aprendido el lenguaje del viento y de la tormenta, los suspiros
de la noche, el susurro del amanecer y el fragor del día. De una manera
difusa oía crecer las plantas, el correr de la savia, el estallido de
los capullos. Conocía el habla sutil de todo lo que se movía, de la
liebre en la trampa, del cuervo al batir el aire con sus alas, del cara
pelada a la luz de la luna, del lobo que se desliza como una sombra gris
en el crepúsculo y en la oscuridad. Y Diablo le hablaba clara y
directamente. De sobra comprendía por qué no huía. Y miraba más a menudo
por encima del hombro.
Cuando se encolerizaba, el aspecto de Diablo no era nada agradable.
Más de una vez había saltado contra la garganta de Leclère, para que
éste lo tumbara en la nieve con la empuñadura del látigo. Así aprendió a
esperar Diablo. Cuando alcanzó toda la fuerza y el esplendor de su
juventud, creyó que le había llegado la hora. De tórax ancho,
musculatura vigorosa, tamaño muy superior al normal, cuello cubierto de
pelo erizado, se parecía por completo a un auténtico lobo. Cuando Diablo
juzgó que había llegado su hora, Leclère dormía envuelto en las mantas.
Se arrastró sigilosamente hacia él, con la cabeza pegada al suelo y su
única oreja aplastada contra ella, con un paso felino tan suave, que ni
el delicado tímpano de Leclère pudo captarlo. Se detuvo un momento a
contemplar el dorado cuello de toro, descubierto, nudoso e hinchado por
un pulso regular y profundo. Al verlo, la saliva le goteaba por las
fauces y la lengua, y en, ese momento recordó la oreja herida, los
incontables golpes e injusticias y, sin hacer el menor ruido, se
abalanzó sobre el durmiente.
Leclère despertó ante el dolor que le produjo el colmillo en la
garganta y, como perfecto animal que era, se despertó despejado y
consciente de todo lo que ocurría. Cerró las manos alrededor de la
garganta del perro y salió rodando de entre las mantas para echarse
encima del adversario. Pero los miles de antepasados de Diablo se habían
aferrado antes a las gargantas de alces y caribús para abatirlos y
había heredado la sabiduría de esos antepasados. Cuando sintió el peso
de Leclère encima de él, levantó las patas traseras y le arañó el pecho y
el abdomen, rasgando y desgarrando piel y músculos. Al sentir que el
cuerpo del hombre se estremecía y alzaba, le mordió y sacudió la
garganta. Sus compañeros los rodearon en un círculo gruñente y baboso, y
Diablo, sin aliento y desvanecido, sabía que deseaban comérselo. Pero
eso no importaba. Lo que realmente importaba era el hombre que tenía
encima, y arañó, rasgó y sacudió la garganta del hombre hasta que agotó
sus últimas fuerzas. Leclère, sin embargo, le apretó la garganta con las
manos hasta que el pecho de Diablo empezó a agitarse en busca del aire
que le faltaba, hasta que sus ojos se pusieron vidriosos, sus mandíbulas
se aflojaron lentamente y sacó la lengua negra e hinchada.
—¿Eh? ¡Bon, demonio! —barbotó Leclère con la boca y la garganta atascadas por su propia sangre, al tiempo que apartaba al perro.
Luego alejó a maldiciones a los demás perros, cuando cayeron sobre
Diablo. Se retiraron y formaron un círculo más ancho, agazapados y
atentos sobre sus ancas y relamiéndose, con todos los pelos del cuello
erizados.
Diablo se recuperó pronto y, al oír la voz de Leclère, se lanzó contra la cara de éste, le fallaron los pies y se tambaleó.
—¡Ah, demonio! —farfulló Leclère—. Ya te arreglaré, pero bien, sí, señor.
Diablo, sintiendo el aire en sus pulmones como si le entrase vino
en ellos, se abalanzó de lleno a la cara del hombre, pero falló y las
mandíbulas produjeron un chasquido metálico al cerrarse. Volvieron a
rodar por la nieve, mientras Leclère lo golpeaba salvajemente con los
puños. Luego se separaron y dieron vueltas mirándose de frente a la
espera de una oportunidad para lanzarse contra el adversario. Leclère
podía haber sacado el cuchillo. Tenía el rifle a los pies. Pero la
bestia que llevaba dentro se despertó furiosa. El perro saltó, pero
Leclère lo echó al suelo de un Puñetazo, cayó sobre él y le hundió los
dientes en el lomo.
Se desarrollaba una escena primitiva en un escenario primitivo,
como podía haberse desarrollado en los primeros tiempos del mundo. Un
espacio abierto en un bosque oscuro, un círculo de perros lobos y dos
bestias en el centro mordiéndose y gruñendo con pasión salvaje,
jadeantes, sollozantes, maldiciendo, luchando, con ciega vehemencia,
furiosos por matar, rasgando, desgarrando y arañando con una brutalidad
primigenia.
Pero Leclère le propinó al perro un puñetazo detrás de la oreja y
lo tiró al suelo, aturdiéndolo por unos instantes. Luego se abalanzó
sobre el animal y empezó a saltar sobre su cuerpo, intentando aplastarlo
contra el suelo. Diablo tenía rotas las dos patas traseras, cuando
Leclère se detuvo a recobrar el aliento.
—¡Ah, ah! —gritó, incapaz de articular una sola palabra, sacudiendo el puño ante la impotencia de su garganta y de su laringe.
Pero Diablo era indomable. Yacía como una horrible masa indefensa,
mientras levantaba débilmente un labio tembloroso para apuntar un
gruñido que no podía emitir. Leclère comenzó a darle puntapiés y las
fatigadas mandíbulas se cerraron en torno al tobillo, aunque sin poder
atravesar la piel.
Luego recogió el látigo y casi lo hizo pedazos. A cada latigazo gritaba:
—¡Esta vez sí que te voy a doblegar! ¿Eh? ¡Por Dios que te voy a doblegar!
Al final, exhausto y a punto de desmayarse por la pérdida de
sangre, se desplomó al lado de su víctima y, cuando los demás perros se
acercaron para vengarse, se arrastró, en su último destello de
conciencia, para cubrir el cuerpo de Diablo y protegerlo de sus fauces.
Esto ocurrió no muy lejos de Sunrise y, cuando el misionero le
abrió la puerta a Leclère unas horas más tarde, se sorprendió al
observar la ausencia de Diablo a la cabeza del tiro de perros. Su
sorpresa no cedió, cuando Leclère quitó las mantas del trineo, cogió a
Diablo en brazos y cruzó tambaleante el umbral. El médico de McQuestion
estaba de visita y, entre ambos, procedieron a curar a Leclère.
—Merci, non —les dijo—. Arreglen primero al perro. ¿Morirse? Non. No es bueno. Porque todavía tengo que domarlo. Por eso no tiene que morir.
El médico calificó de maravilla el hecho de que Leclère viviera y
el misionero dijo que era un milagro. Estaba tan débil, que le dio la
fiebre de primavera y de nuevo tuvo que guardar cama. El perro lo pasó
todavía peor, pero se impuso su ansia de vivir y se soldaron los huesos
de sus patas traseras y se le sanaron los órganos internos durante las
semanas que yació amarrado al suelo. Y para cuando Leclère,
convaleciente al fin, delgado y tembloroso, tomaba el sol a la puerta de
la cabaña, Diablo había restablecido su supremacía y había sometido no
sólo a sus propios compañeros, sino también a los perros del misionero.
Cuando Leclère salió por primera vez del brazo del misionero y se
sentó lentamente y con infinita precaución en el taburete de tres patas,
Diablo no crispó un solo músculo ni movió un pelo.
—¡Bon! —dijo—. ¡Bon! ¡Hace un bonito sol!
Extendió sus desgastadas manos y las bañó en su calor.
Luego su mirada tropezó con el perro y el viejo brillo volvió a relucir en sus ojos. Tocó suavemente el brazo del misionero.
—Mon père, ése es un gran demonio, ese Diablo. Tráigame una pistola para que pueda tomar el sol en paz.
Desde ese momento, y durante muchos días, se sentó a tomar el sol
en la puerta de la cabaña. No se dormía nunca y mantenía siempre la
pistola en las rodillas. Lo primero que hacía el perro todas las mañanas
era buscar el arma en su lugar de costumbre. Al verla, levantaba de un
modo casi imperceptible el labio como señal de que entendía, y Leclère
levantaba el suyo a modo de respuesta. El misionero se fijó un día en
este detalle.
—¡Dios me bendiga! —dijo—. Creo realmente que esta bestia comprende.
Leclère se rió suavemente.
—¡Escuche, mon père! Dígale algo para que le pueda escuchar.
A manera de confirmación, Diablo movió perceptiblemente su única oreja para captar el sonido.
—Y diga «matar…».
Diablo gruñó en lo más profundo de su garganta, erizó el pelo del cuello y tensó expectante cada uno de sus músculos.
—Y levante el arma, así…
Y acomodando la acción a la palabra, apuntó la pistola al perro.
Diablo dio un salto de lado y desapareció tras la esquina de la cabaña.
—¡Dios me bendiga! —comentó el misionero—. ¡Dios me bendiga!
—Repetía a intervalos, inconsciente de la pobreza de su vocabulario.
Leclère sonreía orgulloso.
—¿Pero por qué no huye?
Los hombros del francés se encogieron en un gesto que podía significar desde la total ignorancia a la infinita sabiduría.
—¿Por qué no lo matas, entonces?
Volvió a encogerse de hombros.
—Mon père —dijo tras una pausa—. Todavía no ha llegado la hora. Es un gran demonio. Algún día lo haré pedazos. ¿Eh? Algún día. Bon.
Llegó el día en que Leclère reunió a sus perros y navegó en un bateau
hasta Cuarenta Millas y Porcupine, donde se hizo con una comisión de la
compañía P. C. y se fue a explorar durante la mayor parte del año.
Luego remontó el Koyukuk hasta llegar a la desierta Artic City y después
volvió por el Yukón, de campamento en campamento. Diablo aprendió mucho
durante esos largos meses. Conoció muchas torturas, la del hambre, la
de la sed, la del fuego y, la peor de todas, la tortura de la música.
Como al resto de su especie, no le gustaba la música. Le producía
una angustia infinita, lo desquiciaba nervio a nervio, desgarrando cada
una de sus fibras. Lo hacía aullar como aúllan los lobos en las noches
frías a las estrellas. No podía evitarlo. Era la única debilidad que
mostraba en su contienda con Leclère, y también su vergüenza. A Leclère,
por otra parte, le gustaba la música con verdadera pasión, tanto como
la bebida. Y cuando su alma quería manifestarse, lo hacía de una o de
ambas maneras. Y cuando bebía, no demasiado, lo justo para alcanzar un
perfecto porte de exaltación, encendida la mente con canciones mudas,
despierto y rampante el demonio que llevaba dentro, su alma hallaba su
expresión suprema en desafiar a Diablo.
—Ahora vamos a tener un poco de música —diría—. ¿Eh? ¿Qué me dices, Diablo?
No era más que una armónica vieja y rota, atesorada con ternura y
reparada pacientemente. Pero era lo mejor que podía comprarse, y le
arrancaba a sus plateadas lengüetas aires extraños, vagos, jamás oídos
por ningún hombre. En esos momentos, con la garganta muda y los dientes
apretados, el perro retrocedía pulgada a pulgada hasta el rincón más
apartado de la cabaña. Y Leclère, sin dejar de tocar, con un palo
escondido bajo el brazo, seguía al animal, pulgada a pulgada, paso a
paso, hasta que no podía retroceder más.
Al principio, Diablo se encogía en el menor espacio posible,
arrastrándose por el suelo y, al aproximarse la música, se levantaba
sobre las patas traseras, apoyaba el lomo contra los troncos y sacudía
las patas delanteras en el aire como si quisiera alejar las ondas
susurrantes del sonido. Todavía apretaba los dientes, fuertes
contracciones musculares le atacaban el cuerpo en sacudidas extrañas. A
medida que perdía el control, se le abrían las fauces en espasmos
profundos y le salían de la garganta unas vibraciones demasiado bajas
para que el oído humano pudiera captarlas. Luego, mientras permanecía en
esta posición con las narices distendidas, los ojos dilatados, goteando
saliva, el pelo erizado por la rabia, emitía el largo aullido del lobo.
Llegaba con un vertiginoso ímpetu, creciendo hasta convertirse en una
lastimera explosión, y se desvanecía en un dolor cadencioso y triste. Le
sucedía otro ímpetu vertiginoso, octava tras octava, el estallido del
corazón, la tristeza y la pena infinitas, que se apagaban, desvanecían,
caían y morían lentamente.
Era un tormento infernal. Y Leclère, con comprensión diabólica,
parecía adivinar cada nervio y cada fibra del corazón y lo obligaba a
entregar la última pizca de aflicción con largos aullidos, temblores y
pequeños sollozos. Era algo horrible y, durante las veinticuatro horas
siguientes, el perro se quedaba nervioso y trastornado, se sobresaltaba
ante cualquier ruido, tropezaba con su propia sombra y, a pesar de todo,
seguía cruel y dominante con sus compañeros. Tampoco daba señales de
doblegar su espíritu. Más bien se tornaba más porfiado y taciturno,
esperando su hora con una paciencia inescrutable, que empezaba a
confundir y preocupar a Leclère. El perro se echaba al lado de la lumbre
y permanecía inmóvil horas y horas, con la mirada fija en Leclère,
odiándolo con sus amargos ojos.
A veces el hombre sentía que se había enfrentado a la esencia misma
de la vida, a la inconquistable esencia que hacía descender
precipitadamente al halcón del cielo como un rayo emplumado, que dirigía
al gran ganso gris a través de las zonas, que impulsaba al salmón en
desove a lo largo de dos mil millas del bullente Yukón. En esos momentos
se sentía impulsado a expresar su propia esencia inconquistable y,
acompañado de una bebida fuerte, música salvaje y Diablo, se entregaba a
grandes orgías, en las que oponía su débil fuerza a todas las cosas y
desafiaba a todo lo que era, había sido y sería.
—Hay algo ahí —afirmaba, cuando los caprichos rítmicos de su mente
tocaban las cuerdas secretas del perro y le arrancaba el largo y lúgubre
aullido—. Se lo arranco con mis dos manos, así. ¡Ah, ah! ¡Es gracioso!
¡Es muy gracioso! El hombre maldice, los pajaritos pían, Diablo aúlla, y
todo es lo mismo.
El padre Gautier, un sacerdote respetable, le recriminó una vez que se perdería por completo. Nunca volvió a recriminarlo.
—Tal vez sea así, mon père —contestó—. Y creo que iré a parar al infierno, como la cicuta al fuego. ¿Eh, mon père?
Pero todas las cosas malas llegan a su fin, lo mismo que las
buenas, y así ocurrió con Black Leclère. En las aguas bajas del verano
dejó el poblado de Macdougall para Sunrise en una barca de remos. Salió
de Macdougall en compañía de Timothy Brown y llegó a Sunrise solo. Es
más, se sabía que habían reñido antes de partir, pues el Lizzie,
un vapor de diez toneladas que había salido veinticuatro horas después
que ellos, les había sacado tres días de ventaja. Cuando llegó Leclère,
lo hizo con un agujero de bala en el hombro y una historia de emboscadas
y asesinatos.
Se había descubierto oro en Sunrise y las cosas habían cambiado
mucho. La llegada de varios cientos de buscadores, una cantidad de whisky y media docena de jugadores bien equipados barrieron las páginas de años de trabajo del misionero con los indios. Cuando las squaws
empezaron a preocuparse de preparar las judías y mantener encendido el
fuego para los mineros sin esposa y los hombretones cambiaban sus
abrigos calientes por botellas negras y relojes rotos, se metió en la
cama, dijo: «¡Bendito sea Dios!», y emprendió el viaje final en una
tosca caja oblonga. Acto seguido, los jugadores trasladaron la ruleta y
las mesas de faro a la casa misional, y el ruido de las fichas y
el tintineo de los vasos se oía desde el amanecer hasta el anochecer y
de nuevo hasta el amanecer.
Timothy Brown era muy querido entre estos aventureros del Norte. Lo
único que le reprochaban eran sus repentinos enfados y la rapidez con
que hacía uso de los puños. Poca cosa, pues quedaban compensados con su
corazón amable y su mano generosa. Por otro lado, no había nada que
exculpase a Black Leclère. Era «negro», como atestiguaban algunas de sus
hazañas, por lo que se le odiaba tanto como se quería al otro. Así que
los hombres de Sunrise le vendaron la herida y lo llevaron ante el juez
Lynch.
Se trataba de un asunto bien sencillo. Había reñido con Timothy
Brown en Macdougall. Había abandonado Macdougall con Timothy Brown.
Había llegado a Sunrise sin Timothy Brown. Considerado a la luz de su
maldad, se había llegado a la conclusión unánime de que había matado a
Timothy Brown. Por otro lado, Leclère admitió los hechos, pero rechazó
la conclusión y dio su propia explicación. A veinte millas de Sunrise,
él y Timothy Brown empujaban el bote por una ribera rocosa. De ella
salieron dos disparos de rifle. Timothy Brown cayó fuera del bote y se
hundió entre burbujas rojas, y ése fue el final de Timothy Brown. Él,
Leclère, cayó al fondo del bote con un escozor en el hombro. Se quedó
tumbado, muy quieto, asomándose a la orilla. Al poco tiempo aparecieron
las cabezas de dos indios, que se acercaron hasta el borde del agua,
llevando entre los dos una canoa de corteza de sauce. Mientras la metían
en el agua, Leclère disparó. Alcanzó a uno, que cayó fuera de la canoa,
lo mismo que antes Timothy Brown. El otro se agazapó en el fondo y
canoa y barca flotaron corriente abajo en una batalla naval. Se
separaron en una bifurcación de la corriente, la canoa pasó por un lado
de la isla y el bote por el otro. Eso fue lo último que vio de la canoa,
y él prosiguió hasta Sunrise. Sí, por la forma en que el indio saltó de
la canoa, estaba seguro de que le había dado. Eso era todo.
La explicación no les pareció adecuada. Le concedieron diez horas de gracia, mientras el Lizzie
bajaba a investigar. Diez horas más tarde volvió a Sunrise. No había
nada que investigar. No se había encontrado ninguna prueba que
respaldase su explicación. Le aconsejaron que redactase su testamento,
pues disponía de una concesión de cincuenta mil dólares en Sunrise y
eran tan observadores de la ley como ejecutores de la misma.
Leclère se encogió de hombros.
—Pero sólo una cosa —dijo—, una cosa pequeña, lo que ustedes llaman
un favor, un pequeño favor, eso es. Legaré mis cincuenta mil dólares a
la iglesia. Por lo que se refiere a mi perro, Diablo, quiero dárselo al
infierno. ¿El pequeño favor? Que lo cuelguen primero a él y luego a mí.
¿De acuerdo?
Bueno, estaban de acuerdo en que el Engendro del Infierno le
abriera camino a su amo a lo largo de la última divisoria, y el tribunal
se trasladó a la orilla del río, donde se alzaba una picea solitaria.
Slackwater Charley hizo un nudo corredizo en la punta de una soga de
arrastrar barcos, lo echó al cuello de Leclère y lo apretó con fuerza.
Tenía las manos atadas a la espalda y le ayudaron a subir a una caja de
galletas. Luego pasaron la otra punta de la soga por una rama, la
sujetaron y aceleraron el proceso.
—Ahora le toca al perro —dijo Webster Shaw, quien a veces hacía de ingeniero de minas—. Tendrás que atarlo, Slackwater.
Leclère se sonrió. Slackwater se echó un poco de tabaco de mascar,
se limpió la nariz y procedió tranquilamente a enrollarse unas vueltas
en la mano. Se detuvo una o dos veces a sacudirse los mosquitos de la
cara. Todo el mundo se sacudía los mosquitos, excepto Leclère, sobre
cuya cabeza se distinguía claramente una nube de mosquitos. Incluso
Diablo, que yacía tendido en el suelo, se los quitaba de los ojos y del
hocico con as patas delanteras.
Pero mientras Slackwater esperaba a que Diablo levantase la cabeza,
llegó una tenue llamada a través del aire en calma y apareció un hombre
que agitaba los brazos y corría por el llano desde Sunrise. Era el
tendero.
—Alto, muchachos —jadeó, cuando llegó junto a ellos—. El pequeño
Sandy y Bernadotte acaban de llegar —explicó, cuando recuperó el
resuello—. Acaban de desembarcar y vienen por el atajo. Traen al Beaver
con ellos. Lo agarraron en su canoa, varada en un canal, con un par de
agujeros de bala en ella. El otro era Klok-Kutz, el que dejó sin sentido
a su squaw y se largó.
—¿Eh? ¿Qué os dije? ¿Eh? —gritó exultante Leclère—. ¡Ese es, seguro! Ahora podéis ver que digo la verdad.
—Lo que hay que hacer es enseñarles buenos modales a estos siwashes
—dijo Webster Shaw—. Se están poniendo gordos y descarados, y tenemos
que bajarles los humos. Reunid a los hombres y atad al Beaver para darle
una lección. Eso es lo que haremos. Vamos a ver lo que se cuenta.
—¡Eh, m’sieu! —gritó Leclère, cuando el grupo empezó a
disolverse en la penumbra del crepúsculo en dirección a Sunrise—. Me
gustaría mucho presenciar la juerga.
—Sí, ya te soltaremos cuando volvamos —le gritó Webster Shaw
volviendo la cabeza—. En tanto medita sobre tus pecados y los caminos de
la Providencia. Te hará bien, así que agradécelo.
Como ocurre con los hombres acostumbrados a los grandes riesgos,
cuyos nervios son fuertes y entrenados para la paciencia, Leclère se
dispuso a esperar largo rato, lo que significaba disponer la mente para
ello. No había manera de acomodar el cuerpo, pues la soga le obligaba a
mantenerse rígidamente erecto. El más pequeño relajamiento de los
músculos de la pierna le presionaba el nudo fibroso que tenía alrededor
del cuello, mientras que la posición erecta le producía dolor en el
hombro herido. Sacó el labio inferior para soplar y espantar a los
mosquitos de sus ojos. Pero la situación exigía su recompensa. Valía la
pena aguantar un poco más de dolor para escapar de las fauces de la
muerte, aunque sentía perderse el ahorcamiento del Beaver.
Y siguió meditando hasta que sus ojos chocaron con Diablo, que
dormía estirado en el suelo y con la cabeza entre las patas delanteras.
En ese instante Leclère dejó de meditar. Estudió atentamente al animal,
esforzándose por saber si dormía o se hacía el dormido. Los costados del
perro se movían con regularidad, pero Leclère sintió que la respiración
iba y venía con una rapidez ligeramente elevada. También notó que en
cada pelo, aparentemente dormido, había cierta vigilancia o alerta.
Apostaría su concesión de Sunrise a que el perro no estaba despierto, y
una vez, cuando resonó una de sus mandíbulas, miró rápidamente y con un
sentimiento de culpa a Diablo para ver si se había levantado.
No se irguió en ese momento, pero se levantó unos minutos después,
lento y perezoso, se estiró y miró cuidadosamente a su alrededor.
—¡Sacrédam! —dijo Leclère en un respiro.
Cuando estuvo seguro de que no veía ni oía a nadie, Diablo se
sentó, levantó el labio superior casi en una sonrisa, miró a Leclère y
se relamió el hocico.
—He aquí mi fin —dijo el hombre, riendo sardónicamente en voz alta.
Diablo se acercó, con la oreja inútil bamboleándose y la buena
extendida hacia adelante en comprensión diabólica. Echó la cabeza a un
lado, burlonamente, y avanzó con pasos menudos, juguetones. Se frotó
suavemente el cuerpo en la caja hasta que ésta empezó a moverse. Leclère
se balanceó ligeramente para mantener el equilibrio.
—Diablo —dijo con calma—, mira, te voy a matar.
Diablo gruñó al oír la palabra y sacudió la caja con más fuerza.
Luego se irguió y empujó con sus patas delanteras. Leclère le tiró una
patada con un pie, pero la soga le mordió el cuello y casi le hizo
perder el equilibrio.
—¡Oye, tú! ¡Lárgate! —gritó.
Diablo se retiró unos veinte pies, con una frivolidad diabólica que
no le podía pasar desapercibida a Leclère. Recordó cómo el perro rompía
a veces la capa de hielo de un agujero de agua levantándose y
descargando su peso contra ella, y, al recordarlo, comprendió lo que
fraguaba en su mente. Diablo levantó la cara y se detuvo. Mostró sus
blancos dientes en una mueca, a la que respondió Leclère, y luego lanzó
el cuerpo directamente contra la caja.
Quince minutos más tarde, ya de vuelta, Slackwater Charley y
Webster Shaw vieron un péndulo fantasmal balanceándose en la penumbra.
Cuando se acercaron a toda prisa, distinguieron el cuerpo inerte del
hombre y un ser vivo que se aferraba a él y lo sacudía y empujaba,
produciéndole el movimiento pendular.
—¡Eh, tú! ¡Engendro del Infierno! —gritó Webster Shaw.
Diablo lo miró con los ojos muy abiertos y gruñó amenazadoramente, sin aflojar las mandíbulas.
Slackwater Charley sacó el revólver, pero le temblaba la mano y no atinaba a hablar.
Webster Shaw rió brevemente, apuntó entre los relucientes ojos y
apretó el gatillo. El cuerpo de Diablo se contrajo con el golpe, sacudió
el suelo espasmódicamente por un momento, y se quedó fláccido de
repente. Pero sus dientes todavía se quedaron a medio cerrar.
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