Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Finis (1907)
(“Finis” [1])
Originalmente publicado en Sucess Maggazine (mayo de 1907);
reimpreso en Woman’s World (mayo de 1912);
The Turtles of Tasman
(Nueva York: The Macmillan Company, 1916, 268 págs.)



      Aquel era el último trozo de tocino que le quedaba a Morganson. Jamás en su vida había mimado a su estómago. En realidad, su estómago había sido una especie de cantidad insignificante que le molestaba poco y sobre la que aún pensaba menos. Pero ahora, tras una larga ausencia de los placeres acostumbrados, el intenso apetito de su estómago se vio acuciado por el penetrante y salado tocino.
       Su rostro tenía una expresión ansiosa, hambrienta. Tenía las mejillas hundidas y la piel parecía algo tensa sobre los pómulos. Sus ojos azul claro parecían turbados. En ellos se leía la inminente amenaza de un terrible acontecimiento. Y además reflejaban la duda, la ansiedad, el presentimiento. Sus labios delgados lo eran más de lo habitual y tendían anhelantes hacia la bruñida sartén.
       Se sentó y sacó una pipa. La escrutó detenidamente y le dio unos golpecitos contra la palma de la mano; estaba vacía. Volvió del revés la petaca de piel de foca y recogió el polvillo del forro, eligiendo cuidadosamente cada brizna y cada pizca de tabaco que lograba conseguir. El resultado era apenas suficiente para rellenar un dedal. Rebuscó por los bolsillos y sacó, entre el dedo índice y el pulgar, algunos restos de desperdicios; entre ellos había algunas briznas de tabaco. Las separó con microscópico cuidado, aunque de vez en cuando consintió dejar pasar a la palma de su mano pequeñas partículas de extrañas materias junto con el tabaco. Incluso añadió deliberadamente algunas pelusillas de lana semiendurecida procedentes del forro de su gabán y que llevaban muchos meses en el fondo de los bolsillos.
       Al cabo de quince minutos tenía la pipa casi llena. La encendió con la lumbre de la hoguera y se sentó sobre las mantas inclinado hacia adelante, tostándose los mocasines y fumando con parsimonia. Cuando hubo terminado de fumar, siguió sentado, meditando ante la mortecina luz de la hoguera. Poco a poco se fue borrando la preocupación de sus ojos, dejando paso a la determinación. Tras tanta aventura caótica había recorrido un buen camino; pero no era un camino agradable. Su rostro adquirió un aire adusto y alobunado y sus labios se apretaron con fuerza.
       La determinación dio paso a la acción. Se puso en pie con rigidez y procedió a levantar el campamento. Amontonó sobre el trineo las mantas enrolladas, la sartén, el rifle y el hacha y amarró bien toda la carga. Luego se calentó las manos ante la lumbre y se puso las manoplas. Tenía los pies doloridos y cojeaba visiblemente cuando se colocó al frente del trineo. Al pasarse el lazo de la soga alrededor del hombro y echar el peso de su cuerpo hacia adelante para poner en marcha el trineo, hizo una mueca de dolor. Tenía la carne desollada por la rozadura de tantos días tirando de la cuerda.
       La pista seguía el lecho helado del Yukón. Al cabo de cuatro horas dobló una curva y penetró en el poblado de Minto, situado en lo alto de un terraplén en medio de un claro; el poblado consistía en una posada, un bar y varias cabañas. Dejó el trineo a la puerta y entró en el bar.
       —¿Es suficiente para un trago? —preguntó, dejando sobre el mostrador un talego de oro en apariencia vacío.
       El tabernero miró fijamente el talego y al hombre, y luego sacó una botella y un vaso y dijo:
       —No se preocupe por el pago.
       —Vamos, coja el polvo de oro —insistió Morganson.
       El tabernero volcó el talego sobre la balanza y lo sacudió, y cayeron algunas motas de polvo de oro. Morganson cogió el talego, lo volvió con lo de adentro para fuera y sacudió el polvo con sumo cuidado.
       —Creí que habría medio dólar dentro —dijo.
       —No tanto —contestó el otro—, aunque casi. Ya lo compensaré con el próximo cliente.
       Morganson inclinó la botella y llenó el vaso hasta el borde. Consumió la bebida lentamente, saboreando el fuego que le picaba en la lengua, bajaba ardiente por la garganta y penetraba en el estómago con tibias y suaves caricias.
       —El escorbuto ¿eh? —le comentó el tabernero.
       —Un poco —respondió el hombre—. Pero todavía no me he empezado a hinchar. A lo mejor me puedo llegar hasta Dyea y allí con verduras frescas logre vencerlo.
       —Pues vaya un panorama —rió el otro compadeciéndose de su situación—. Ni perros ni dinero, y encima el escorbuto. Yo en su lugar probaría con infusiones de picea[2].
       Al cabo de media hora, Morganson dijo adiós y salió del bar. Se echó la cuerda del trineo sobre el hombro en carne viva y siguió el curso del río hacia el sur. Una hora más tarde se detuvo. Del río salía hacia la derecha y en ángulo agudo una hondonada, cuyo aspecto le interesó. Dejó el trineo y recorrió la hondonada cojeando durante media milla. Entre él y el río se extendía una llanura de trescientas yardas cubierta de álamos. La atravesó y llegó a la orilla del Yukón. La pista pasaba justo por debajo, pero no descendió hasta ella.
       Hacia el sur, en dirección a Selkirk, podía ver que la pista se ensanchaba por entre la nieve a lo largo de una milla. Pero hacia el norte, en dirección a Minto, había un saliente boscoso a orillas del río, a un cuarto de milla de distancia, que le tapaba la pista.
       Lo que vio pareció complacerle y regresó por donde había venido hasta el trineo. Se echó al hombro la cuerda y remolcó el trineo por la hondonada. La nieve blanda y sin pisar dificultaba el avance. Los patines se atascaban y se quedaban bloqueados y no había avanzado ni media milla cuando ya iba sin resuello. Para cuando hubo plantado la tienda, dispuesto el hornillo y cortado algo de leña, ya era de noche. No tenía velas, así que se limitó a preparar un pucherito de té antes de meterse entre las mantas.
       Por la mañana, en cuanto se levantó, se puso las manoplas, se bajó las orejeras de la gorra y cruzó la alameda en dirección al Yukón. Llevaba consigo el rifle. Tampoco esta vez descendió hasta la orilla. Estuvo observando la pista vacía durante una hora, dando palmadas y golpeando el suelo con los pies para mantener activa la circulación, y luego regresó a la tienda para desayunar. Quedaba poco té en la lata, como mucho para media docena de veces, pero puso en la tetera una cantidad mínima, abrigando la esperanza de que aquel té le durase indefinidamente. Todas sus provisiones consistían en medio saco de harina y una latita medio vacía de levadura en polvo. Hizo unas galletas y las comió lentamente, masticando cada bocado con infinito deleite. Cuando hubo comido tres se detuvo. Se quedó un rato dudando, luego fue a coger otra galleta y vaciló. Se volvió hacia el saco de harina, lo cogió y sopesó su contenido.
       —Tengo para un par de semanas —dijo en voz alta—. Puede que para tres —añadió mientras guardaba las galletas.
       Volvió a ponerse las manoplas, se bajó las orejeras, cogió el rifle y salió del campamento en dirección a la orilla del río. Se agazapó en la nieve y permaneció a la expectativa, oculto. Luego de unos minutos de inactividad, el frío helador le empezó a morder, y apoyó el rifle sobre las rodillas mientras batía palmas con vigor. Después la comezón del frío en los pies se le hizo insufrible y se apartó de la orilla y caminó por entre los árboles de un lado para otro dando fuertes pisotones. Pero de vez en cuando se interrumpía y volvía hasta la orilla a observar la pista de arriba abajo, como si a fuerza de desearlo fuera capaz de provocar la aparición de un hombre sobre la misma. Así transcurrió aquella corta mañana, que a él se le antojó que duraba un siglo, y la pista seguía vacía.
       Por la tarde la vigilancia desde la orilla le resultó más cómoda. Subió la temperatura y enseguida comenzó a caer la nieve, seca y fina y cristalina. No había viento y caía en vertical, con tranquila monotonía. Se agazapó con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en las rodillas, vigilando la pista de oído. Pero ni el gañido de perros, ni el golpear de trineos, ni los gritos de los conductores rompieron el silencio. Al anochecer regresó a la tienda, cortó algo de leña, comió dos galletas y se metió entre las mantas. Tuvo un sueño inquieto, agitado, quejándose; y a medianoche se levantó y comió otra galleta.
       Día a día el frío se hacía más intenso. Cuatro galletas no bastaban para mantener el calor de su cuerpo, a pesar de las cantidades de infusión de picea caliente que bebía, así que aumentó la ración de la mañana y de la noche a tres galletas. A mediodía no comía nada y se contentaba con varias tazas de auténtico té muy flojito. Este programa se convirtió en rutina. Por la mañana tres galletas, a mediodía té de verdad, por la noche tres galletas. Entremedias, infusión de picea para combatir el escorbuto. Se dio cuenta de que estaba haciendo las galletas más grandes y, tras una dura lucha con su conciencia, volvió a prepararlas del tamaño original.
       El quinto día la pista cobró vida. Por el sur apareció un objeto oscuro que se fue haciendo más grande. Morganson se puso alerta. Accionó el rifle, sacó un cartucho cargado de la recámara y lo sustituyó por otro, dejando al mismo tiempo el cartucho retirado en el depósito del rifle. Colocó el gatillo en posición de medio amartillado y se puso la manopla para mantener caliente la mano que iba a disparar. Al acercarse el objeto oscuro se dio cuenta de que era un hombre, sin perros ni trineo, que viajaba ligero de equipaje. Morganson se puso nervioso, amartilló el gatillo y luego volvió a echar el seguro. El hombre resultó ser un indio y Morganson dejó caer el rifle sobre sus rodillas con un suspiro de decepción. El indio pasó por delante de él y prosiguió hacia Minto desapareciendo detrás del saliente boscoso.
       Pero a Morganson se le ocurrió una idea. Cambió de lugar de observación y se situó en un punto donde las ramas de los álamos se extendían a ambos lados de él. Con el hacha hizo en las ramas dos anchas hendiduras. En una de ellas apoyó el cañón del rifle y observó la pista por el punto de mira. Por aquella dirección podía divisar todo el cauce del río. Luego se dio la vuelta, colocó el rifle en la otra hendidura y volvió a observar por el punto de mira hasta el grupo de árboles tras los cuales desaparecía.
       Nunca llegó a descender a la pista. Ningún hombre que se desplazara por el lecho del río podría percatarse de que él acechaba desde lo alto de la orilla. La superficie nevada estaba impoluta. Por ninguna parte sus huellas se apartaban de la pista principal.
       A medida que las noches se iban alargando, sus períodos de vigilancia a la luz del día se fueron acortando. En una ocasión pasó un trineo cascabeleando en la oscuridad y él lo oyó pasar, resentido y malhumorado, mientras masticaba las galletas. La suerte conspiraba contra él. Llevaba diez días escrutando atentamente la pista, padeciendo en el frío todo el tormento infinito de los condenados, y no había sucedido nada. Sólo había pasado un indio, ligero de equipaje. Y ahora que ya era de noche y a él le resultaba imposible mantener la vigilancia, pasaban por allí hombres y perros y un trineo cargado de vida, rumbo al sur y al mar, y al sol y la civilización.
       Así se imaginaba él aquel trineo que aguardaba. Iría cargado de vida, su vida. Su vida que se marchitaba, languidecía, se agotaba en la tienda, en medio de la nieve. Estaba débil por falta de alimentos y no podía viajar por sus propios medios. Pero en el trineo que aguardaba había perros que podrían arrastrarle, comida que avivaría la llama de su vida, dinero que pondría a su alcance el mar y el sol y la civilización. Mar, sol y civilización se convirtieron en términos equivalentes a vida, su vida, y constituían la carga del trineo que aguardaba. La idea se convirtió en una obsesión y llegó a creerse el auténtico propietario de aquel cargamento de vida que le había sido arrebatado.
       Se le iba acabando la harina y tuvo que limitarse de nuevo a dos galletas por la mañana y dos por la noche. A causa de su debilidad sentía el frío más acuciantemente y día tras día observaba la pista muerta que no le traía vida alguna. Al fin el escorbuto se manifestó en su fase siguiente. Su piel ya no podía expulsar las impurezas de la sangre, de modo que su cuerpo empezó a hincharse. Se le inflamaron los tobillos y le dolían tanto que se pasaba muchas horas de la noche sin poder dormir. Luego se le hincharon las rodillas y este nuevo padecimiento dobló con creces sus dolores.
       Después llegó una ola de frío. La temperatura descendía sin cesar: cuarenta, cincuenta, sesenta grados bajo cero. No tenía termómetro pero lo podía adivinar por las señales y fenómenos naturales que conocen todos los hombres de aquel país: el estallido del agua al caer en la nieve, la insufrible mordedura del frío y la rapidez con que se le helaba el aliento y cubría las paredes y el techo de lona de la tienda. En vano intentó combatir el frío y mantener la vigilancia junto a la orilla. Su estado de suma debilidad le convertía en presa fácil y el hielo hundía en él sus dientes antes de que pudiera retirarse a la tienda y agazaparse ante el fuego. La nariz y las mejillas se le helaron y se le ennegrecieron y el pulgar izquierdo se le congeló dentro de la manopla. Llegó a la conclusión de que no se libraría de la pérdida, al menos, de la primera falange.
       Y así estaba, recluido en la tienda por la helada, cuando de repente la pista, con monstruosa ironía, rebulló de vida. El primer día pasaron tres trineos y el segundo dos. En dos ocasiones, durante aquellos dos días, logró alcanzar con muchas dificultades las orillas pero, incapaz de aguantar el frío, tuvo que retirarse; y en las dos ocasiones, a la media hora de haberse retirado, pasó un trineo.
       La ola de frío remitió y otra vez pudo permanecer junto a la orilla, pero de nuevo la pista estaba muerta. Se pasó una semana vigilando agazapado, sin que la vida se moviera por el cauce, ni por él entrara o saliera un alma. Había reducido su dieta a una galleta por la mañana y otra por la noche, aunque al parecer aquello no le molestaba. A veces se sorprendía de seguir con vida. Nunca hubiera creído que se pudiera aguantar tanto.
       Cuando por la pista volvió a revolotear la vida resultó ser una vida a la que no podía enfrentarse. Pasó un destacamento de la policía del noroeste, unos veinte hombres con muchos trineos y perros; se encogió de miedo allá arriba en la orilla y ellos prosiguieron ignorantes de la amenaza mortal que los acechaba en forma de un hombre agonizante junto a la pista.
       El dedo congelado le molestaba enormemente. Mientras montaba guardia junto a la orilla adquirió la costumbre de sacarse la manopla y meterse la mano por dentro de la camisa para que el dedo se aliviara al calor de su axila. Por la pista apareció un correo y Morganson lo dejó pasar. Un correo era persona de importancia y a buen seguro lo echarían en falta inmediatamente.
       Al día siguiente de acabársele la harina, nevó. El ambiente se templaba siempre que nevaba y estuvo de guardia en la orilla del río durante las ocho horas del día, sin moverse, con una paciencia y un hambre infinitas, como si se tratara de una araña monstruosa al acecho de su presa. Pero la presa no apareció y hubo de regresar, renqueante y a oscuras, a la tienda; bebió grandes cantidades de infusión de picea y agua caliente y se acostó.
       A la mañana siguiente sucedió un hecho que le facilitó algo más las cosas. Según salía de la tienda vio un alce enorme que cruzaba la hondonada a unas cuatrocientas yardas de distancia. Morganson sintió una oleada de sangre en su interior y luego una inexplicable debilidad. Le entraron náuseas y tuvo que sentarse un momento para recuperarse. Luego cogió el rifle y apuntó con cuidado. El primer disparo dio en el blanco: lo sabía; pero el alce dio media vuelta y enfiló hacia los árboles del terraplén que estaba junto a la hondonada. Morganson disparó alocadamente por entre los árboles y los matorrales al animal fugitivo, hasta que se dio cuenta de que estaba agotando la munición que necesitaba para hacerse con el trineo cargado de vida que esperaba.
       Dejó de disparar y prestó atención. Observó la dirección que había tomado el animal en su huida y, en lo alto del terraplén, en un claro del bosque, vio el tronco de un pino caído. Mentalmente recorrió el camino que habría de seguir el alce y vio que tenía que pasar por encima del tronco. Así que decidió efectuar un solo disparo más. Apuntó al espacio vacío que había encima del tronco y logró mantener inmóvil su tembloroso rifle. El animal entró dentro de su campo de mira saltando con las patas delanteras levantadas. Apretó el gatillo. Con la explosión el alce pareció ejecutar una pirueta en el aire. Cayó estrepitosamente al suelo levantando una polvareda de nieve a su alrededor. Morganson se lanzó por el terraplén arriba, o al menos intentó hacerlo. Cuando volvió en sí se dio cuenta de que se había desmayado e intentaba ponerse en pie. Siguió subiendo por la ladera, pero más despacio, deteniéndose de vez en cuando para tomar aliento y recuperar sus agotadas fuerzas. Al cabo se arrastró por encima del tronco. El alce yacía ante él. Se cayó sentado sobre la res muerta y se echó a reír. Escondió el rostro entre sus manos enguantadas y siguió riendo.
       Logró vencer el ataque de histeria. Sacó el cuchillo de caza y se puso a trabajar con toda la velocidad que le permitían sus debilitadas fuerzas y su dedo lesionado. No se detuvo a despellejar el alce, sino que lo descuartizó con piel y todo. Aquello era un tesoro de carne.
       Cuando hubo acabado eligió un trozo de carne que pesaría unas cien libras y empezó a arrastrarla hasta la tienda. Pero la nieve estaba blanda y el esfuerzo le resultaba excesivo. Cambió el pedazo por otro de veinte libras y, tras muchas pausas para descansar, logró llevarlo hasta la tienda. Frió un poco de carne pero comió frugalmente. Luego, de manera automática, regresó a su puesto de observación en la orilla del río. Había huellas de trineo sobre la nieve recién caída de la pista. El trineo cargado de vida había pasado de largo mientras él se hallaba descuartizando el alce.
       Pero no le importó. Se alegraba de que el trineo no hubiera pasado antes de la aparición del alce. El alce había cambiado sus planes. Su carne se pagaba a cincuenta centavos la libra y él se encontraba a poco más de tres millas de distancia de Minto. Ya no tenía que esperar al trineo cargado de vida. El alce era su cargamento de vida. Vendería la carne. Compraría en Minto un par de perros, algo de comida y tabaco, y los perros lo arrastrarían hacia el sur rumbo al mar, al sol y a la civilización.
       Tenía hambre. El dolor sordo y monótono del hambre se convirtió en una punzada aguda e insistente. Regresó cojeando hasta la tienda y se frió un trozo de carne. Luego se fumó dos pipas de hojas de té secas. Después se frió otro trozo de carne. Se dio cuenta de que inesperadamente había recuperado sus fuerzas y salió a cortar leña para el fuego. A continuación se comió otro trozo de carne. Aguzado por la ingestión de alimento, su apetito se desató. Sentía la imperiosa necesidad de freírse a cada rato un trozo de carne. Intentó cortar más pequeñas las tajadas, con el resultado de tenerlas que freír más a menudo. Posteriormente se le ocurrió que los animales salvajes se le podían comer la carne y subió por el terraplén con el hacha, la cuerda de remolcar el trineo y unas ataduras del mismo. Tan débil estaba que la tarea de preparar un escondite para guardar la carne le llevó toda la tatde. Cortó unos arbolillos, les podó las ramas y los ató formando una especie de horca elevada. No era un escondite tan bueno como a él le hubiera gustado, pero era lo más eficaz dados sus medios. Le costó muchísimo trabajo subir la carne allá arriba. Las piezas más grandes se le resistían, hasta que consiguió pasar la cuerda por encima de una rama que había en la parte superior y luego elevar la carne atada a un extremo mientras tiraba con todas sus fuerzas del otro.
       Cuando volvió a la tienda se entregó a una prolongada y solitaria orgía. No necesitaba amigos. Le bastaba con la compañía de su estómago. Pedazo a pedazo, fue mucha la carne que frió y comió. Comió libras de carne. Se hizo té auténtico, y además fuerte. Acabó con el que le quedaba. ¡Qué más daba! Al día siguiente compraría más en Minto. Cuando le pareció que ya no podía seguir comiendo se puso a fumar. Se fumó todas las hojas de té secas que le quedaban. Bueno ¿y qué? Al día siguiente estaría fumando tabaco. Vació la pipa, se frió un último pedazo de carne y se acostó... Había comido tanto que le parecía que iba a reventar, a pesar de lo cual aún salió de entre las mantas para comer otro bocado.
       Por la mañana se despertó como del sueño de la muerte. Notaba en los oídos ruidos extraños. No sabía dónde estaba y se quedó mirando a su alrededor estúpidamente hasta que su vista recayó sobre la sartén que contenía el último trozo de carne a medio comer. Luego lo recordó todo y de golpe prestó atención a los ruidos extraños. Se levantó de un salto a la par que soltaba un juramento. Le fallaron las piernas, debilitadas por el escorbuto, e hizo una mueca de dolor. Así que, más lentamente, procedió a ponerse los mocasines y salió de la tienda.
       Del escondrijo provenía un confuso ruido de chasquidos y gruñidos a los que de vez en cuando se mezclaban agudos gañidos. Aceleró el paso, aun a costa de aumentar su dolor, mientras daba fuertes voces amenazadoras. Vio que los lobos, muchos lobos, se alejaban por la nieve y entre la maleza, y vio la horca derribada. Los animales se habían dado un buen atracón de carne y al parecer no les importaba largarse dejando atrás los restos.
       La razón del desastre le resultaba evidente. Los lobos habían olfateado el escondrijo. Uno de ellos había saltado desde el tronco del árbol caído hasta lo alto de la horca. Podía ver las huellas de las patas del animal sobre la nieve que cubría el tronco. Nunca hubiera creído que un lobo era capaz de dar semejante salto. Al primero había sucedido un segundo, y a éste un tercero, y un cuarto, hasta que la endeble horca se había venido abajo con el peso y las sacudidas.
       Por un momento su mirada se tornó dura y salvaje al contemplar la magnitud de la catástrofe; luego recuperó su acostumbrado aspecto de resignación, mientras comenzaba a recoger los huesos completamente roídos y pelados. Bien sabía él que aún contenían el tuétano; y además, de trecho en trecho, al revolver por la nieve, aparecían pedacitos de carne que habían escapado a las fauces de las fieras, cegadas por la abundancia de comida.
       Se pasó el resto del día arrastrando los restos del alce por el terraplén abajo. Tenía además unas diez libras de carne de la que se había llevado el día anterior.
       «Con esto tengo para varias semanas», se dijo mientras contemplaba el montón.
       Había aprendido a pasar hambre y sobrevivir. Limpió el rifle y contó los cartuchos que le quedaban. Eran siete. Cargó el arma y subió renqueando hasta su puesto de observación en la orilla del río. Estuvo todo el día vigilando la pista muerta. Toda la semana se la pasó de guardia, pero no apareció vida alguna por allí.
       Gracias a la carne se sentía más fuerte, pero el escorbuto se había agudizado y le producía grandes dolores. Ahora vivía a base de sopa y bebía enormes cantidades de aquel magro producto, resultado de hervir los huesos del alce. La sopa era cada vez más insustancial a fuerza de hervir y machacar repetidamente los mismos huesos; pero el agua caliente con la sustancia de la carne le sentaba bien y tenía más energías que antes de haber matado el alce.
       A la semana siguiente un nuevo factor intervino en la vida de Morganson. Deseaba saber la fecha y esto se convirtió en una obsesión. Hizo cálculos y más cálculos, pero rara vez llegaba sucesivamente a la misma conclusión. Era su primera preocupación al despertarse, y la última al acostarse; y todo el día, mientras aguardaba junto a la pista, se lo pasaba pensando en lo mismo. Se despertaba por la noche y se tiraba horas dándole vueltas al problema. El saber la fecha en que vivía era un dato de poco valor para él; pero su curiosidad creció pareja a su hambre y a su deseo de vivir. Por último acabó por dominarlo, así que decidió ir hasta Minto para enterarse del día en que vivía.
       Había oscurecido cuando llegó a Minto, pero le venía bien. Nadie le vio llegar. Además sabía que de vuelta tendría luz de la luna. Subió la cuesta y empujó la puerta del bar. La luz lo deslumhró. Procedía de unas cuantas velas, pero él llevaba mucho tiempo viviendo en una tienda a oscuras. Mientras sus ojos se adaptaban a la luz vio a tres hombres sentados alrededor de la estufa. Eran viajeros, no le cabía la menor duda; y como no los había visto llegar por la pista, seguro que pasarían por delante de su tienda a la mañana siguiente.
       El tabernero emitió un prolongado silbido de asombró y dijo:
       —Creía que se había muerto usted.
       —¿Por qué? —preguntó Morganson con voz desfallecida.
       Había perdido la costumbre de hablar y le sonaba extraña su propia voz. Le resultaba ronca y desconocida.
       —No se la ha visto el pelo desde hace dos meses —le explicó el tabernero—. Salió usted de aquí rumbo al sur pero nunca llegó a Selkirk. ¿Dónde ha estado metido?
       —Cortando madera para la compañía de barcos de vapor —mintió Morganson sin convicción.
       Todavía le costaba trabajo acostumbrarse al sonido de su propia voz. Cruzó el local renqueando y fue a apoyarse en la barra. Sabía que debía mentir con firmeza; y aunque adoptó un aire de descuidada indiferencia, el corazón le latía y le brincaba alocada e irregularmente, y no podía apartar su mirada hambrienta de los tres hombres agrupados alrededor de la estufa. Eran los dueños de la vida, su vida.
       —¿Pero dónde diablos ha estado usted metido todo este tiempo? —le preguntó el tabernero.
       —En la otra orilla del río —le contestó—. Tengo un buen montón de madera cortada.
       El tabernero asintió con la cabeza. Su rostro reflejaba comprensión.
       —He oído hachazos varias veces —le dijo—. ¿Así que era usted, eh? ¿Quiere tomar un trago?
       Morganson se agarró a la barra con todas sus fuerzas. ¡Un trago! De buena gana le abrazaría a aquel hombre las piernas y le besaría los pies. Intentó en vano musitar alguna palabra; pero el tabernero no aguardó la contestación y ya venía con la botella.
       —¿Y cómo se las arregló para comer? —le preguntó—. No tiene usted aspecto de ser capaz de cortar ni unas astillas. Parece que está usted muy malo, amigo.
       A Morganson se le hacía la boca agua al ver la botella y tragó saliva.
       —Corté la madera antes de que se agravara el escorbuto —dijo—. Y además al principio cacé un alce. No lo he pasado mal, sólo que el escorbuto me ha hundido.
       Llenó el vaso y añadió:
       —Pero yo creo que a fuerza de infusión de picea lograré vencerlo.
       —Tómese otro —dijo el tabernero.
       El efecto de los dos vasos de whisky en el estómago vacío y el estado de debilidad de Morganson fue fulminante. Cuando volvió en sí estaba sentado en un cajón junto a la estufa y le parecía que hubieran pasado años. Un hombre alto y corpulento, de negras patillas, pagaba las bebidas. Los ojos empañados de Morganson le vieron sacar un billete verde de un grueso fajo y su mirada turbia se aclaró de inmediato. Eran billetes de cien dólares. ¡Aquello era la vida! ¡Su vida! Sintió un deseo casi irresistible de arrebatarle el dinero y huir alocadamente en la oscuridad.
       El hombre de las patillas negras y uno de sus compañeros se levantó.
       —Vamos, Oleson —le dijo el primero al tercero del grupo, un gigante rubio y coloradote.
       Oleson se levantó, bostezando y desperezándose.
       —¿Por qué se van a la cama tan pronto? —se quejó el tabernero—. Aún es temprano.
       —Mañana tenemos que estar en Selkirk —dijo el de las patillas negras.
       —¡Pero si es Navidad! —le gritó el tabernero.
       —Cuanto mejor sea el día, mejores serán los hechos —dijo riendo el otro.
       Mientras los tres hombres salían por la puerta, Morganson se percató de que debía de ser Nochebuena. Conque era Nochebuena. Para eso había venido a Minto. Pero su interés se vio eclipsado por la aparición de los tres hombres y su grueso fajo de billetes de cien dólares.
       Se oyó un portazo.
       —Ese es Jack Thompson —dijo el tabernero—. Hizo dos millones en minerales y sulfuro, y más que están al caer. Me voy a la cama. Pero antes tómese otro trago.
       Morganson vaciló.
       —Es un regalo de Navidad —le apremió el otro—. No se preocupe. Ya me lo pagará cuando venda la madera.
       Morganson dominó su borrachera lo suficiente como para tragarse el whisky, dijo buenas noches y salió a la pista. La luna resplandecía y caminó renqueando por la brillante y plateada quietud, contemplando una visión de la vida representada por un fajo de billetes de cien dólares.
       Se despertó. Era de noche y él estaba entre las mantas. Se había acostado con mocasines y guantes, con las orejas tapadas por las orejeras de la gorra. Se levantó con toda la velocidad que le permitía su precario estado de salud, e hizo una hoguera para hervir agua. Mientras ponía dos ramitas de picea en la tetera percibió el primer resplandor de la pálida luz de la mañana. Cogió el rifle y salió renqueando a toda prisa hacia la orilla del río. Allí estaba agazapado y vigilante, y entonces se acordó de que se le había olvidado beber la infusión de picea. También se le ocurrió que a lo mejor John Thompson cambiaba de idea y desistía de viajar el día de Navidad.
       Amaneció y se hizo de día. Era un día frío y transparente. Morganson calculó que estarían a sesenta grados bajo cero. Ni un soplo turbaba la helada quietud del Ártico. De repente se enderezó y la tensión de sus músculos acentuó el dolor que le producía el escorbuto. Había oído el sonido lejano de una voz humana y el tenue gañido de los perros. Comenzó a golpearse las manos una y otra vez contra las caderas. No era ninguna tontería tener que disparar con la mano desnuda a sesenta grados bajo cero y tenía que intentar, en una carrera contra reloj, entrar en calor en la medida de lo posible.
       De repente aparecieron por detrás del saliente boscoso. Al frente venía el tercer hombre que no sabía cómo se llamaba. Luego venían los ocho perros tirando del trineo. Delante del trineo y guiándolo con la palanca de mando, caminaba John Thompson. De la retaguardia se ocupaba Oleson, el sueco. No cabía duda de que era un apuesto mozo, pensó Morganson, mientras lo observaba enfundado en su parka[3] de piel de ardilla. Las siluetas de los hombres y los perros se recortaban crudamente sobre la blancura del paisaje. Producían el efecto de ser figuras de cartón en dos dimensiones que funcionaban mecánicamente.
       Morganson apoyó el rifle amartillado en la hendidura del árbol. De repente se dio cuenta de que tenía los dedos fríos y se percató de que se había quitado la manopla aunque no recordaba haberlo hecho. Se la volvió a poner apresuradamente. Hombres y perros se acercaban y podía distinguir claramente sus alientos elevándose por el aire frío. Cuando el primer hombre se encontraba a cincuenta yardas de distancia, Morganson se sacó la manopla de la mano derecha. Colocó el índice en el gatillo y apuntó. Cuando disparó, el primer hombre dio media vuelta y cayó sobre la pista.
       En aquel instante de sorpresa, Morganson disparó a John Thompson, pero apuntó muy bajo y el hombre se tambaleó y se sentó de repente en el trineo. Morganson volvió a apuntar y disparó. John Thompson cayó hacia atrás derribado sobre la carga del trineo.
       Morganson prestó atención a Oleson. Mientras se percataba de que el hombre salía corriendo hacia Minto vio también que los perros, al llegar junto al cuerpo del primer hombre que bloqueaba la pista, se habían detenido. Morganson disparó sobre el fugitivo y erró el tiro, y Oleson se desvió bruscamente. Continuó corriendo en zigzag y Morganson hizo otros dos disparos rápidos y sucesivos y erró el blanco las dos veces. Morganson se detuvo justo cuando se disponía a volver a apretar el gatillo. Había efectuado seis disparos. No le quedaba más que un cartucho que estaba en la recámara. Era absolutamente esencial no errar el último tiro...
       Contuvo el disparo mientras observaba desesperadamente la huida de Oleson. El gigante corría a toda velocidad por la pista, haciendo giros y curvas grotescos con los bajos de la par ka agitándose tras él. Morganson dirigió el rifle hacia el hombre y con un movimiento oscilante fue siguiendo su errática huida. A Morganson se le estaba quedando el dedo entumecido por el frío. Apenas podía sentir el gatillo. «¡Qué Dios me ayude!», murmuró en voz alta mientras apretaba el gatillo. El fugitivo cayó de bruces, rebotó sobre la pista helada y fue resbalando y rodando un buen trecho. Agitó un momento los brazos y luego se quedó inmóvil.
       Morganson tiró el rifle (que ya no le servía, puesto que había gastado su último cartucho) y se deslizó cuesta abajo por la nieve blanda. Ahora que tenía su presa ya no le era necesario seguir ocultando su guarida. Avanzó cojeando por la pista hacia el trineo, y los dedos, dentro de las manoplas, ejecutaban involuntariamente movimientos de agarrar y coger algo. El gruñido de los perros lo detuvo. El que iba en cabeza de la reata, un perro grande, mitad Terranova y mitad de la Bahía de Hudson, se hallaba sobre el cuerpo del hombre atravesado en la pista y amenazaba a Morganson, con el pelo erizado, mostrándole los colmillos. Los otros siete perros del trineo habían adoptado una actitud semejante. Morganson intentó acercárseles, y la reata se abalanzó sobre él. Volvió a detenerse y comenzó a hablar a los animales, ora en tono amenazador, ora con marrullerías. Observó la cara del hombre tendido bajo las patas del perro y se sorprendió al ver lo pronto que se había puesto blanca, al desaparecer de aquel rostro la vida y caer bajo los efectos de la congelación. John Thompson yacía boca arriba sobre la carga del trineo, con la cabeza hundida entre dos sacos y la barbilla levantada, de modo que Morganson sólo acertaba a vislumbrar su negra barba apuntando hacia el cielo.
       Convencido de la imposibilidad de enfrentarse a los perros, Morganson se salió de la pista y se metió por la nieve espesa para intentar, dando un amplio rodeo, llegar a la parte trasera del trineo. Bajo la iniciativa del perro—guía, toda la reata giró enredada en el arnés. A causa de su precaria condición, Morganson sólo acertaba a moverse lentamente. Vio que los animales lo cercaban y trató de retroceder. Estaba a punto de conseguirlo pero el gran perro—guía, de una arremetida bestial, le clavó los dientes en la pantorrilla. Le desgarro la carne, pero Morganson consiguió liberarse de sus fauces.
       Maldecía a las fieras rabiosamente, pero no era capaz de intimidarlos. Le respondían erizando el pelaje y mostrándole los colmillos, mientras arremetían velozmente contra los tirantes del arnés. Se acordó de Oleson, y les dio la espalda huyendo por la pista. Apenas reparaba en su pierna herida. La sangre manaba abundantemente de ella pues el perro le había desgarrado la arteria principal, pero él no se daba cuenta.
       En cambio sí que notó la extremada palidez del sueco, que la noche anterior le había parecido tan coloradote. Ahora su rostro era como de mármol. Y como tenía el pelo y las pestañas rubios, más parecía una estatua que un hombre que hubiera estado vivo unos minutos antes. Morganson se sacó las manoplas y le cacheó el cuerpo. Ni llevaba cinturón—billetero bajo la camisa, ni le encontró el talego de oro. En un bolsillo interior halló una cartera cuyo contenido examinó apresuradamente mientras los dedos se le iban entumeciendo de frío por momentos. Había cartas con sellos extranjeros ya matados y varios recibos y facturas, así como una carta de crédito por ochocientos dólares. No había más. De dinero nada.
       Hizo ademán de regresar al trineo pero tenía el pie pegado al suelo. Miró hacia abajo y vio que se encontraba sobre un charco rojo, reciente y congelado. Había hielo rojo en la pernera desgarrada de su pantalón y también en el mocasín. Hizo un esfuerzo y rompió aquel cepo de sangre congelada y se fue cojeando por la pista hacia el trineo. El gran perro—guía que le había mordido empezó a gruñir y a embestir, cosa que imitaron todos los perros de la reata. Morganson lloró débilmente durante un rato y luego, también débilmente, fue dando tumbos de un lado para otro. Después se quitó las lágrimas heladas que perlaban sus pestañas. Aquello era una broma. La mala fortuna se mofaba de él. Hasta el mismo John Thompson, con sus patillas tendidas hacia el cielo, se reía de él.
       Rondaba alrededor del trineo enloquecido; a veces lloraba y suplicaba a las fieras que le concedieran la vida, que se le antojaba allí en el trineo, y otras rabiaba de impotencia contra los perros. Luego se calmó. Había estado haciendo el tonto. La solución estaba en ir a la tienda, coger el hacha, regresar y partirles la cabeza a los perros. Ya les enseñaría él.
       Para llegar a la tienda tenía que dar un buen rodeo, evitando el trineo y los feroces animales. Se salió de la pista y caminó por la nieve blanda. De repente le dio un vahído y se detuvo. Le dio miedo seguir adelante por si se caía. Se quedó quieto un buen rato, balanceándose sobre sus tullidas piernas que temblaban violentamente a causa de su debilidad. Miró hacia abajo y vio cómo la nieve se teñía de rojo a sus pies. La sangre seguía manando en abundancia. No se había dado cuenta de que el mordisco era tan grave. Dominó el mareo y se agachó a observar la herida. Le dio la impresión de que la nieve se alzaba hacia él y retrocedió como si le hubieran dado un golpe. Le daba pánico caerse y tras muchos esfuerzos logró mantenerse en pie. Le daba miedo aquella nieve que se le había venido encima.
       Luego el blanco resplandor se hizo negro y cuando volvió en sí se hallaba tendido en la nieve sobre la que se había caído. Ya no estaba aturdido. Se habían esfumado las telarañas. Pero no era capaz de levantarse. Sus miembros no tenían fuerza. Parecía que su cuerpo carecía de vida. Hizo un esfuerzo desesperado por ponerse de costado. En esa posición consiguió echar una ojeada al trineo y a la negra barba de John Thompson que apuntaba al cielo. También vio al perro-guía que lamía la cara del hombre atravesado en la pista. Morganson lo observó con curiosidad. El perro estaba nervioso e impaciente. A veces emitía unos gruñidos breves y agudos, como si quisiera despertar al hombre, y le observaba con las orejas tiesas y meneando la cola. Al cabo se sentó alzó el hocico y comenzó a aullar. Al poco toda la reata estaba aullando.
       Una vez en el suelo a Morganson se le quitó el miedo. Se imaginó que lo encontraban muerto en la nieve y estuvo un rato llorando, compadeciéndose de sí mismo. Pero no tenía miedo. Ya no se sentía con fuerza para luchar. Cuando intentó abrir los ojos se dio cuenta de que las lágrimas se le habían helado y le resultaba imposible hacerlo. No se molestó en quitarse el hielo. Qué más daba. No se había imaginado que la muerte fuera tan sencilla. Hasta le irritaba haber luchado y sufrido durante tantas semanas de agotamiento. Le había acobardado y engañado el temor a morir. Pero la muerte no era dolorosa. Cada tormento que había sufrido había sido un tormento de la vida. La vida había difamado a la muerte. La vida sí que era cruel.
       Pero se le pasó la irritación. Qué importaban las mentiras y los engaños de la vida ahora que se hallaba al término de la suya. Se dio cuenta de que se quedaba amodorrado y le embargaba un dulce sueño reparador que le prometía alivio y descanso. Apenas oía el aullido de los perros y por un momento tuvo conciencia de que el hielo ya no mordía los dominios de su carne. Luego la luz y el pensamiento cesaron de latir bajo sus párpados de lágrimas y con un cansado suspiro de alivio se quedó dormido.


Notas

[1]. En el original, en latín: final, se acabó.

[2]. “Picea excelsa”, árbol semejante al abeto, de hojas puntiagudas y pinas delgadas que cuelgan de las ramas superiores; se da en altitudes superiores a los 1.000 metros en Centroeuropa, y otra variedad, la picea de Sitka, es originaria de la región costera del Pacífico en América del Norte.

[3]. Chaquetón de piel con capucha que se usa en el noroeste de Asia y Alaska



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