Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


Donde se bifurca el camino (1900)
(“Where the Trail Forks”)
Originalmente publicado en la revista Outing,
Vol. (diciembre de 1900), págs. 276-282;
The God of His Fathers
(Nueva York: The Macmillan Company, 1901, 299 págs.)



“¿Debo, entonces, debo, entonces, abandonar la ciudad
mientras tú, mi amor, te quedas aquí?”.
            CANCIÓN TRADICIONAL SUABA


      El joven que cantaba, de rostro sano y ojos alegres, se inclinó y añadió agua a la cacerola de alubias que cocían a fuego lento. Luego, tras incorporarse con un palo ardiendo en la mano, hizo apartarse a los perros que lo rodeaban de la caja de la comida y los utensilios para cocinar. Tenía los ojos azules, el pelo largo y rubio y era un placer observar su vigorosa frescura. La luna nueva hincaba un lejano cuerno sobre la blanca hilera de pinos muy juntos y cubiertos de nieve que circundaba el campamento y lo aislaba del resto del mundo. El cielo estaba tan despejado y hacía tanto frío que las estrellas bailaban con movimientos veloces e intermitentes. Hacia el sureste un brillo verdoso y evanescente anunciaba los primeros juegos de la aurora boreal. En primer plano, dos hombres yacían sobre la piel de oso que les servía de cama. Entre la piel y la nieve se extendía una capa de ramas de pino de quince centímetros de espesor. Las mantas estaban apartadas. A sus espaldas contaban con la protección de un toldo extendido entre dos árboles, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Atrapaba el calor que irradiaba la hoguera y lo empujaba hacia abajo, sobre la piel de oso. Había otro hombre sentado en un trineo, junto al fuego, arreglando mocasines. A la derecha, un montón de grava helada y un torno rudimentario sugerían que cada día se dedicaban a buscar sin descanso el hallazgo que pudiera hacerlos ricos. A la izquierda, cuatro pares de raquetas de nieve clavadas en vertical indicaban la forma en que viajaban cuando dejaban atrás la nieve pisoteada del campamento.
       La canción tradicional suaba resultaba extrañamente conmovedora bajo las frías estrellas del Norte y no beneficiaba a los hombres que holgazaneaban junto al fuego tras el trabajo del día. Dejaba un ansia triste en sus corazones y un anhelo similar al hambre que enviaba a sus almas en busca del Sur, cruzando las divisorias hacia las tierras bañadas por el sol.
       —Por el amor de Dios, Sigmund, ¡cállate! —exclamó uno de los hombres. Apretaba las manos debido al dolor, pero las escondía entre los pliegues de la piel de oso sobre la que yacía.
       —¿Por qué, Dave Wertz? —quiso saber Sigmund—. ¿Por qué no he de cantar si tengo el corazón contento?
       —Porque no tienes motivos, por eso. Mira a tu alrededor, hombre, y piensa en la comida con la que llevamos un año contaminado nuestros cuerpos y en cómo hemos vivido y trabajado como bestias.
       Tras ese comentario, Sigmund, el rubio, miró a su alrededor, incluidos los perros lobo cubiertos de escarcha y el aliento que expulsaban los hombres al respirar.
       —¿Y por qué no iba a estar contento? —se rio—. Está bien, todo esto es bueno. En cuanto a la comida… —Dobló el brazo hacia arriba y se acarició el bíceps prominente—. Y si hemos vivido y trabajado como bestias, ¿no nos han recompensado como a reyes? Vamos a sacar veinte dólares por batea y sabemos que la veta tiene más de dos metros de espesor. Es otro Klondike y lo sabemos. Jim Hawes, que está junto a tu hombro, lo sabe y no se queja. ¡Y mira a Hitchcok! Se dedica a coser mocasines como una anciana mientras espera. Tú eres el único que no sabe esperar y trabajar hasta que llegue el momento del lavado en primavera. Entonces todos seremos ricos, ricos como reyes, pero tú no puedes esperar. Quieres volver a Estados Unidos. Yo también, allí nací, pero puedo esperar, sobre todo si a diario el oro de las bateas brilla amarillo como la mantequilla al batirse. Pero tú quieres divertirte y, como un niño, lloras y quieres hacerlo ya. ¡Bah! ¿Por qué no voy a cantar?:

Dentro de un año, cuando las uvas maduren,
yo ya lejos no estaré.
Y si me sigues queriendo, amor,
contigo me casaré.
Dentro de un año, cuando la separación no dure,
en tu amor para siempre viviré.
Y si me sigues queriendo, amor,
contigo me casaré.

       Los perros, con el pelo erizado y gruñendo, se acercaron más a la hoguera. Se oyó el monótono crujido de las raquetas de nieve y, entre cada pisada, el arrastrar de un talón, como el ruido que hace el azúcar cuando se tamiza. Sigmund interrumpió su canción para arrojar insultos y leña a los perros. Una figura envuelta en pieles partió en dos la luz y una joven india se quitó las raquetas, echó hacia atrás la capucha de su parka de piel de ardilla y se quedó de pie en medio de los hombres. Sigmund y los dos de la piel de oso la saludaron con un “hola, Sipsu”, pero Hitchcock le hizo sitio en el trineo para que se sentara a su lado.
       —¿Cómo va todo, Sipsu? —le preguntó, utilizando una mezcla de inglés de la zona con chinook—. ¿Seguís pasando hambre en el campamento? ¿Ha descubierto el hechicero la causa de que escasee la caza y no haya alces en la región?
       —Sí, seguimos igual. Hay poca caza y tendremos que comernos a los perros. El hechicero ha descubierto la causa del mal y mañana hará un sacrificio para purificar el campamento.
       —¿Y qué va a sacrificar? ¿Algún recién nacido o alguna anciana débil y temblorosa que dé trabajo a la tribu y de la que sea mejor librarse?
       —No ha decidido eso, porque la necesidad es mucha y ha elegido sacrificar a la hija del jefe, que soy yo, Sipsu.
       —¡Demonios!
       La palabra abandonó despacio los labios de Hitchcock y se mantuvo en el aire grave y densa, de una forma que revelaba asombro y preocupación.
       —Por lo que nuestros caminos se bifurcan —continuó ella con calma—, y he venido para vernos una vez más. Solo una vez más.
       Sipsu pertenecía a una raza primitiva, como primitivas eran sus tradiciones y costumbres, por lo que se enfrentaba a la vida con estoicismo y para ella el sacrificio humano formaba parte del orden natural. Los poderes que regían el día y la noche, las crecidas y la helada, que brotasen las flores y se marchitasen las hojas estaban enfadados y era necesario ganarse su favor. Imponían la muerte de muchas formas: entre las aguas turbulentas, al romperse la traicionera capa de hielo de un río, entre las garras de un oso o por alguna enfermedad debilitadora que atacaba al hombre en su propio hogar hasta que tosía y la vida de sus pulmones salía por la boca y la nariz. Además, esos poderes recibían sacrificios. Formaba parte de su universo. Y el hechicero sabía bien lo que pensaban esos poderes y elegía sin equivocarse. Se trataba de algo natural. La muerte llegaba de muchas maneras, pero al final era lo mismo: una manifestación de lo todopoderoso e inescrutable.
       Sin embargo, Hitchcock descendía de una raza posterior y mundana. Sus tradiciones eran menos concretas y no contemplaban la sumisión, por eso dijo:
       —No, Sipsu. Eres joven y tienes toda la vida por delante. El hechicero es un necio y ha elegido mal. Esto no puede ser.
       Ella respondió con una sonrisa:
       —La vida no es amable por muchos motivos. Primero, a ti y a mí nos ha dado al uno la piel blanca y a la otra roja, lo que es malo. Luego cruzó nuestros caminos y ahora vuelve a separarlos. No podemos hacer nada. Ya antes, otra vez que los dioses se enfadaron, tus hermanos vinieron al campamento. Eran tres hombres blancos y grandes, y dijeron que eso no podía ser. Pero murieron enseguida y pudo ser.
       Hitchcock asintió con la cabeza para demostrar que la había oído, se giró y alzó la voz:
       —¡Oíd, amigos! En el campamento se han vuelto locos y han decidido matar a Sipsu. ¿Qué decís?
       Wertz miró a Hawes y Hawes le devolvió la mirada, pero ninguno habló. Sigmund bajó la cabeza y acarició al perro pastor que se había acomodado entre sus rodillas. Se había traído a Shep con él desde el exterior y le tenía mucho cariño a aquel animal. De hecho, cierta joven, en la que pensaba mucho y cuyo retrato, oculto en un guardapelo sobre su pecho, solía inspirarlo cuando cantaba, le había dado su bendición y al perro cuando se despidieron con un beso y él partió hacia la región septentrional.
       —¿Qué decís? —repitió Hitchcock.
       —Tal vez no sea para tanto —respondió Hawes tras una pausa—. Seguro que solo es una de esas historias que cuentan las chicas.
       —¡No se trata de eso! —Hitchcock sintió que la ira se derramaba en su interior ante la evidente reticencia de los otros—. La cuestión es, si es verdad, ¿vamos a permitirlo? ¿Qué vamos a hacer?
       —No creo que debamos interferir —dijo Wertz—. Si es verdad, así será, y no hay más que hablar. Es la costumbre entre estas gentes. Se trata de su religión y no es asunto nuestro. Nosotros debemos centrarnos en reunir el oro y largarnos de esta tierra olvidada de Dios. Aquí solo pueden vivir los animales. ¿Y qué son esos demonios, más que animales? Además, no sería una buena táctica.
       —Eso mismo digo yo —intervino Hawes—. Somos cuatro y estamos a casi quinientos kilómetros del Yukón y de otros hombres blancos. ¿Qué podemos hacer contra media centena de indios? Si discutimos con ellos, tendremos que irnos. Si peleamos, nos aniquilarán. Además, hemos descubierto oro y te aseguro que yo, por lo menos, pienso quedarme hasta reunirlo.
       —Y yo —remató Wertz.
       Hitchcock se volvió impaciente hacia Sigmund, quien cantaba en voz baja:

Dentro de un año, cuando las uvas maduren,
yo ya lejos no estaré.

       —Verás, Hitchcock —dijo por fin—, estoy de acuerdo con ellos. Si sesenta indios han decidido matar a la chica, nosotros no podremos evitarlo. En cuanto arremetamos contra ellos, nos borran del mapa. ¿Y de qué servirá? Tendrán a la chica en sus manos. No sirve de nada ir contra las costumbres de un pueblo si no los superamos para imponernos.
       —¡Pero podemos imponernos! —exclamó Hitchcock—. Cuatro blancos pueden imponerse a cien veces más indios. ¡Piensa en la chica!
       Sigmund acarició al perro pensativamente.
       —Es que ya pienso en la chica. Tiene los ojos azules como el cielo de verano, se ríe como el mar en agosto y su cabello es rubio, como el mío, peinado en trenzas tan gruesas como los brazos de un hombre. Me espera allí, en una tierra mejor. Ya ha esperado mucho y ahora que tengo a la vista una fortuna no pienso renunciar a ella.
       —Vergüenza sentiría yo al mirar los ojos azules de esa chica y recordar los ojos negros de aquella cuya sangre mancha tus manos —dijo Hitchcock con desprecio, que había nacido para defender y honrar, y para hacer las cosas porque sí, sin pararse a sopesarlas o medirlas.
       Sigmund negó con la cabeza.
       —No conseguirás que me enfade, Hitchcock, ni que cometa locuras empujado por tu insensatez. Esto es una fría propuesta comercial, es una simple cuestión de hechos. No he venido a este país para desperdiciar esfuerzos y no puedes esperar que nos ofrezcamos voluntarios. Si ha de ser así, lo siento por la chica, pero nada más. Es costumbre entre los suyos y, en esta ocasión, nos encontramos en la zona por casualidad. Llevan miles de años haciendo lo mismo, lo harán ahora y lo volverán a hacer en el futuro. Además, no son de los nuestros. Tampoco la chica. No, estoy de acuerdo con Wertz y Hawes, y…
       Pero los perros gruñeron y él se interrumpió para escuchar el crujido de muchas raquetas de nieve al avanzar. Un indio tras otro fueron acercándose al círculo dibujado por la luz de la hoguera, altos y adustos, cubiertos de pieles y en silencio, sus sombras bailando de forma grotesca sobre la nieve. Uno de ellos, el hechicero, se dirigió a Sipsu en su lengua gutural. Llevaba el rostro embadurnado con primitivas manchas de pintura y sobre los hombros una piel de lobo, cuyo morro cruel y dientes luminosos asomaban por encima de su cabeza. Nadie dijo nada más. Los buscadores de oro guardaron silencio. Sipsu se levantó y se puso las raquetas de nieve.
       —Adiós, hombre mío —le dijo a Hitchcock.
       Pero el hombre que se había sentado junto a ella en el trineo no dio señales de haberla oído ni levantó la cabeza cuando se internaron en la blancura del bosque.
       A diferencia de muchos hombres, su capacidad de adaptación, a pesar de ser grande, nunca le había sugerido la conveniencia de una alianza con las mujeres de la región septentrional. Su amplio cosmopolitismo nunca lo había empujado a comprometerse en matrimonio con las hijas de aquella tierra. Si así hubiese sido, su filosofía de la vida no se habría interpuesto. Pero no había sido así. ¿Sipsu? Había disfrutado charlando con ella junto al fuego, pero no como un hombre consciente de que habla con una mujer, sino como si estuviese con una niña y como haría cualquier hombre de su condición, aunque solo fuera para huir del tedio de una existencia desoladora. Eso era todo. Pero en su interior albergaba una leve y caballerosa exaltación de sangre caliente, a pesar de sus antepasados yanquis y su educación de Nueva Inglaterra, y estaba hecho de tal forma que la faceta comercial de la vida a menudo le parecía que no tenía sentido y contradecía sus impulsos más profundos.
       Por eso permaneció sentado en silencio, con la cabeza echada hacia delante e inclinada y una fuerza orgánica más grande que él mismo, tan grande como su raza, trabajando en su interior. Wertz y Hawes lo miraban recelosos de vez en cuando, con una inquietud leve pero perceptible. Sigmund sentía lo mismo. Hitchcock era fuerte y ellos habían sido testigos de dicha fuerza en el curso de muchas ocasiones de la vida precaria que llevaban. Por eso sentían curiosidad y cierto temor por ver cuál sería su conducta cuando decidiese actuar.
       El silencio había durado mucho y la hoguera casi se había extinguido cuando Wertz se estiró, bostezó y decidió irse a dormir. Entonces fue cuando Hitchcock se puso de pie.
       —¡Que Dios maldiga vuestras almas y las envíe a lo más profundo del infierno, cobardes! ¡No quiero saber más de vosotros! —Lo dijo con calma, pero su fuerza hablaba en cada sílaba y su entonación anunciaba sus intenciones—. Venga —continuó—, vamos a repartir como más os convenga. Poseo un cuarto de las concesiones, según consta en los contratos. En el saco hay veinticinco o treinta onzas de oro, procedentes de las bateas de prueba. Sacad la balanza, lo repartiremos ahora mismo. Tú, Sigmund, calcula mi cuarta parte de la comida y apártala. Cuatro de los perros son míos y quiero cuatro más. Os cambio mi parte del equipo de campamento y de minería por los perros. Y añado las seis o siete onzas de oro que me correspondan y el rifle que sobra con la munición.
       Los tres hombres se apartaron para conferenciar. Al regresar, Sigmund hizo de portavoz:
       —Repartiremos con justicia, Hitchcock. Recibirás la cuarta parte que te corresponde en todo, ni más ni menos. Lo tomas o lo dejas. Pero necesitamos los perros tanto como tú, así que te llevarás tus cuatro animales, nada más. Si no quieres llevarte tu parte del equipo, allá tú. Si la quieres, es tuya, si no, déjala.
       —Todo al pie de letra —se burló Hitchcock—. Pero adelante, lo acepto. Y daos prisa. Estoy deseando largarme de este campamento y alejarme de los gusanos que lo habitan.
       Realizaron el reparto sin más comentarios. Hitchcock aseguró con correas sus pocas pertenencias a uno de los trineos, reunió a sus cuatro perros y los enganchó. No tocó su parte correspondiente del equipo y los utensilios, aunque añadió al trineo media docena de tirantes para perros mientras, con la mirada, retaba a los otros a interferir. Pero ellos se encogieron de hombros y lo vieron internarse en el bosque.


* * *

      Un hombre se arrastraba boca abajo sobre la nieve. A cada lado emergían las tiendas de piel de alce que formaban el campamento. Aquí y allá un perro aullaba, triste, o gruñía para amedrentar a su vecino. En un momento dado, uno de ellos se aproximó al hombre que se arrastraba, quien permaneció totalmente inmóvil. El perro se acercó más, olfateó y se arrimó todavía más, hasta tocar con el morro el extraño objeto que no estaba allí al caer la noche. Entonces Hitchcock —porque era Hitchcock— se irguió de repente y agarró con la mano desnuda el pescuezo peludo del perro. El perro supo que en aquella mano se escondía su muerte y, cuando el hombre avanzó de nuevo, su cuerpo quedaba tendido bajo las estrellas. Así llegó Hitchcock a la tienda del jefe. Permaneció un buen rato sobre la nieve, escuchando las voces de sus ocupantes y procurando localizar a Sipsu. Sin duda había mucha gente dentro de la tienda y todos estaban muy alterados.
       Por fin oyó la voz de la chica y se arrastró hasta situarse tras ella, donde solo los separaba la piel de alce. Luego hizo un agujero en la nieve y poco a poco fue introduciendo cabeza y hombros en él. Cuando el aire del interior, más cálido, le golpeó el rostro, se detuvo y aguardó con las piernas y la mayor parte del cuerpo aún en el exterior. No veía nada y no se atrevió a levantar la cabeza. A un lado tenía un fardo de pieles. Percibía su olor, aunque tanteó con cuidado para asegurarse. Al otro lado su rostro rozaba ligeramente una prenda peluda que albergaba un cuerpo, eso lo sabía de sobra. Tenía que ser Sipsu. Aunque hubiese sido mejor esperar a que la joven hablase de nuevo, decidió arriesgarse.
       Oía al jefe y al hechicero hablando en voz alta, mientras en un rincón alejado un niño hambriento gimoteaba intentando dormirse. Retorciéndose hacia un lado, levantó con cuidado la cabeza, rozando apenas la prenda de piel. Escuchó la respiración. Era la de una mujer. Se arriesgaría.
       Presionó su costado con suavidad y firmeza a la vez, y sintió que ella se sobresaltaba al notar el contacto. Aguardó hasta que una mano curiosa descendió sobre su cabeza y se entretuvo entre sus rizos. Al instante, la mano lo obligó a girar la cabeza del todo hacia arriba y se encontró mirando a los ojos de Sipsu.
       Permanecía serena. Cambiando de postura con naturalidad, apoyó un codo sobre el fardo de pieles y luego descansó el cuerpo sobre él y se colocó bien la parka. De esa forma él quedó completamente oculto. Después, también de forma natural, se reclinó sobre él, de manera que podía respirar entre el hueco de su brazo y su pecho, y cuando Sipsu bajó la cabeza, su oído rozó ligeramente los labios de él.
       —Cuando puedas —susurró Hitchcock—, sal de la tienda y cruza la nieve con el viento de cara hasta el grupo de pinos de Banks que crecen en la curva del arroyo. Allí encontrarás mi trineo y mis perros. Esta noche partiremos hacia el Yukón y, como iremos rápido, échale mano a todo cuanto perro se te acerque. Los coges por el cogote y los arrastras hasta el trineo, en la curva del arroyo.
       Sipsu negó con la cabeza para expresar su disconformidad, pero sus ojos brillaron de alegría, orgullosa de que aquel hombre la honrase de aquel modo. No obstante ella, como todas las mujeres de su raza, había nacido para obedecer la voluntad masculina y cuando Hitchcock ordenó: “¡Hazlo!”, lo hizo con gran autoridad. Aunque Sipsu no respondió, él supo que su voluntad era ley para ella.
       —No te molestes en buscar tirantes para los perros —añadió, preparándose para irse—. Te esperaré, pero no pierdas tiempo. El día persigue a la noche sin tener en cuenta las necesidades del hombre.
       Media hora después, mientras se entretenía moviendo los brazos y pisando con fuerza para protegerse del frío junto al trineo, la vio venir con un perro arisco en cada mano. Al aproximarse estos, sus propios animales se mostraron agresivos y les dedicó el mango de su látigo hasta que se calmaron. Se había acercado al campamento a favor del viento y el ruido podía delatar su presencia allí.
       —Engánchalos al trineo, en el medio —le ordenó cuando ella terminó de ponerles los tirantes—. Quiero que mis guías vayan delante.
       Pero una vez hecho, los animales desplazados atacaron a los intrusos. Aunque Hitchcock se metió entre ellos con la culata del rifle, el ruido del motín se elevó y se desplazó en dirección al campamento dormido.
       —Ahora tendremos perros de sobra —comentó decidido mientras cogía un hacha del trineo—. Tú ocúpate de enganchar a todos los que yo te arroje y procura proteger a los nuestros.
       Dio un paso adelante y aguardó entre dos pinos. El tintineo de los perros del campamento alteraba el silencio de la noche y aguzó la vista para verlos llegar. Una mancha oscura que crecía veloz se recortó sobre la blanca extensión de nieve mal iluminada. Era el que precedía a la manada, saltando limpiamente y, como hacían los lobos, indicando la dirección a sus hermanos. Hitchcock permaneció entre las sombras. Cuando el perro pasó corriendo a su lado, extendió los brazos, le agarró las patas delanteras en mitad de la zancada y lo hizo caer girando vertiginosamente. Luego le dio un golpe bien calculado bajo la oreja y se lo lanzó a Sipsu. Mientras ella lo enganchaba al trineo, él defendió el paso entre los árboles con el hacha, hasta que una marea peluda de dientes blancos y ojos brillantes se abalanzó y pasó por encima de él, lejos de su alcance. Sipsu trabajaba con rapidez. Cuando ella terminó, Hitchcock repitió la operación: detuvo a otro, lo aturdió y se lo lanzó a la chica. Hizo lo mismo hasta que la traílla del trineo quedó compuesta por diez perros que no paraban de gruñir. Entonces dijo: “¡Basta!”.
       Pero en ese instante, un joven indio de extremidades veloces, el que precedía al resto de la tribu, atizando a derecha e izquierda entre los perros, quiso cruzar a través los árboles. La culata del rifle de Hitchcock lo hizo venirse abajo de rodillas primero y luego derrumbarse hacia un lado. El hechicero, que corría con fuerza, vio caer el golpe.
       Hitchcock le gritó a Sipsu que emprendiera la marcha. Al oír su estridente “¡vamos!”, los animales enloquecidos salieron como flechas y el trineo arrancó dando un salto tan exagerado que estuvo a punto de derribarla. Sin duda los poderes estaban enfadados con el hechicero, porque en ese momento lo hicieron caer sobre el camino. El perro guía se enredó en sus raquetas de nieve y lo tiró al suelo, los nueve perros siguientes lo pisotearon y el trineo le pasó por encima. Pero enseguida se puso de pie y la noche podría haber terminado de forma muy distinta, si Sipsu no hubiese lanzado hacia atrás el látigo de los perros y le hubiese propinado un golpe cegador en los ojos. Hitchcock, que corría para alcanzarla, tropezó con él mientras se tambaleaba de dolor en medio del camino. Por eso, cuando aquel teólogo primitivo regresó a la tienda del jefe, su sabiduría había aumentado, pues ya conocía la eficacia del puño del hombre blanco. Así, al orar de inmediato y allí mismo frente a la asamblea, su ira alcanzaba a todos los hombres blancos.


* * *

       —¡Levantaos, holgazanes! ¡Levantaos! ¡El desayuno estará listo antes de que podáis poneros los mocasines!
       Dave Wertz apartó la piel de oso, se sentó y bostezó.
       Hawes se estiró, descubrió un músculo dormido en el brazo y se lo masajeó con calma.
       —¿Dónde habrá descansado Hitchcock anoche? —preguntó mientras cogía sus mocasines. Estaban tiesos y se acercó a la hoguera para derretirlos, caminando con cuidado calzado solo con los calcetines—. Menos mal que se ha ido —añadió—, a pesar de que era buen trabajador.
       —Sí. Demasiado dominante. Ese era su problema. Lo siento por Sipsu. ¿Creéis que la quería de verdad?
       —No lo creo. Ha sido una cuestión de principios. Nada más. Le pareció que no estaba bien… y es verdad, no está bien, pero eso no basta para que interfiramos y nos manden al otro mundo antes de tiempo.
       —Los principios son los principios y resultan buenos en su lugar, pero cuando alguien pone rumbo a Alaska es mejor dejarlos en casa, ¿no? —Wertz se había acercado a su compañero y ambos intentaban que sus mocasines congelados volvieran a ser flexibles—. ¿Creéis que deberíamos haberle ayudado?
       Sigmund negó con la cabeza. Estaba muy ocupado. En la cafetera subía a toda prisa una espuma del color del chocolate y había que darle la vuelta al beicon. Además, pensaba en la chica de los ojos risueños como el mar en agosto y tarareaba en voz baja.
       Sus compañeros se rieron entre dientes y dejaron de hablar. Aunque ya pasaba de las siete, todavía faltaban tres horas para el amanecer. La aurora boreal ya había desaparecido del cielo y el campamento era un oasis de luz en medio de la oscuridad más profunda. Bajo aquella luz, las siluetas de los tres hombres quedaban perfectamente definidas. Envalentonado por el silencio, Sigmund alzó la voz y atacó la última estrofa de la vieja canción:

Dentro de un año, cuando las uvas maduren…

       En ese momento, una ráfaga de disparos de rifle cruzó la noche. Hawes suspiró, hizo un esfuerzo por incorporarse y se desplomó. Wertz cayó hacia delante, sobre un hombro, con la cabeza colgando. Se atragantó y un chorro oscuro fluyó de su boca. Sigmund, el rubio, con la canción aún en la garganta, alzó los brazos y cayó de bruces sobre la hoguera.

* * *

      Los ojos del hechicero aparecían negros como las tinieblas y no estaba de mejor humor: se había peleado con el jefe para ver a quién pertenecía el rifle de Wertz y se había quedado con una parte mayor de la que le correspondía del saco de alubias. También se apropió de la piel de oso, provocando las quejas de los demás miembros de la tribu. Por si fuera poco, intentó matar al perro de Sigmund, el que le había regalado la joven, pero el perro huyó y él se cayó al interior del pozo, dislocándose el hombro con el cubo. Tras saquear por completo el campamento, regresaron a sus tiendas y las mujeres los recibieron con alegría. Además, una manada de alces cruzó la divisoria del Sur y los cazadores lograron matarlos, de manera que el hechicero recibió mayores honores que antes y sus gentes murmuraron que se sentaba en asamblea con los dioses.
       Pero más adelante, cuando todos se habían ido, el perro pastor regresó al campamento desierto y lloró a los muertos durante una noche y un día enteros. Después desapareció, aunque no transcurrieron muchos años antes de que los cazadores indios notasen un cambio en la raza de los lobos grises, con pinceladas de colores más claros y manchas jaspeadas que nunca se habían visto en lobo alguno.

[1900]



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