Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)
El “Francis Spaight” (1911)
(“The “Francis Spaight”. A True Tale Retold,”)
When God Laughs and Other Stories
(New York: The Macmillan Company, 1911, 319 págs.), págs. 155-185
(Un relato auténtico)
El Francis Spaigth navegaba con sólo las velas altas cuando ocurrió. No fue a causa
de un descuido de la tripulación, sino a su falta de disciplina y al hecho de
que, en el mejor de los casos, eran novatos casi todos. El timonel, por
ejemplo, un nativo de Limerick, no tenía la menor experiencia con el agua
salada, excepto por el traslado de troncos por el río Shannon, desde los buques
que llegaban de Quebec. Le asustaban las enormes olas que se alzaban a proa,
para caerle encima, y procuraba esquivarlas, en vez de aferrarse al timón para
seguir guiando el buque.
Fue a las tres de la madrugada cuando su
escasa habilidad marinera provocó la catástrofe. Se apartó ante una ola mayor
que las otras, soltando la rueda. El Francis Spaigth se estremeció, al alzarse la proa sobre las aguas, recibiendo el
duro golpe en medio del casco. Un instante después, se había ladeado tanto que
la borda tocaba la superficie del mar, de manera que una ola tras otra
recorrían violentamente la cubierta, barriendo cuanto allí había.
Los tripulantes se desmandaron, sintiéndose
indefensos y sin esperanzas, aterrados de miedo y de sorpresa, decididos, tan sólo, a no obedecer
órdenes. Algunos gemían, otros se aferraban en silencio a cuanto estaba a su
alcance y aun otros rezaban o lanzaban maldiciones y ni el capitán ni los
pilotos podían obligarles a que accionasen las bombas o a que maniobrasen para
enderezar la embarcación. Al cabo de una hora, al buque le faltaba el velamen,
que pendía a los costados. En uno de sus bandazos, el oleaje ahogó al primer
oficial y a cuatro marineros que se refugiaron en el castillo de proa.
El primer oficial era el más competente de
a bordo y el capitán quedó tan indefenso como sus hombres. Nada hizo aparte de
maldecirles. Tuvieron que ser Mahoney, un nativo de Belfast, y O’Brien, un
grumete de Limerick, quienes cortasen el palo mayor y la mesana. Lo realizaron
con mucho riesgo, avanzando por la borda, sobre el mar, para librarse de las velas
superiores del mesana. Entonces, el buque se enderezó y fue una suerte que
llevase una pesada carga de maderas, pues, de otro modo, se hubiese hundido, ya
que hacía aguas. El palo mayor golpeaba los costados, cual un gigantesco
martillo, arrancando lamentos a los hombres.
Amaneció sobre el salvaje océano y, en
aquella luz grisácea y fría, lo único que podía distinguirse del Francis Spaigth, sobre la superficie del
mar, eran la popa, el destrozado mesana, y la malparada línea del casco.
Estaban a mediados de invierno, en el Atlántico Norte, y los desgraciados se
sentían medio muertos de frío. Sin embargo, no tenían dónde descansar. Cada
ola, iba recorriendo el barco de un extremo a otro, limpiándoles el cuerpo de
sal, para impregnárselo de nuevo. La cabina de proa estaba llena de agua, que
les llegaba a las rodillas, pero, por lo menos, allí se encontraban a salvo del
helado viento y allí fueron a reunirse los supervivientes, manteniéndose continuamente en pie,
aferrados a cuanto podía sostenerles y buscando apoyo entre sí.
En vano intentó Mahoney convencerles de que
se turnasen en montar guardia, por si se acercaba otro buque. El frío viento
les acobardaba, prefiriendo acogerse a la protección de la cabina. El grumete
O’Brien, que sólo tenía quince años, se turnaba con Mahoney en la gélida
cubierta. Este ultimo anunció, a eso de las tres de la tarde, que había
divisado unas velas. La noticia les sacó a todos de la cabina, congregándoles
en cubierta, donde buscaron algo que les sirviese de observatorio, para contemplar
el solitario buque. Sin embargo, su rumbo le llevaba lejos y, al desaparecer en
la línea del horizonte, regresaron temblando a la cabina, sin que ni uno solo
se ofreciese a relevar al vigía.
Mahoney y O’Brien acabaron por renunciar a
su intento y a partir de entonces, el buque fue al garete en la tormenta,
descuidado y sin vigilancia. Quedaban trece supervivientes y, durante setenta y
dos horas, siguieron con el agua hasta la rodilla, dentro de la cabina, sin
comida y tres botellas de vino para todos. Los víveres y la reserva de agua se
encontraban más abajo, sin posibilidad de ir en su busca, a causa de la
situación del buque. Durante varios días no probaron el menor alimento. Sin
embargo, consiguieron un poco de agua fresca manteniendo un recipiente en
cubierta. No obstante, llovía tan sólo de manera esporádica, por lo que les
atormentaba la sed. En los momentos en que caía, empapaban en ella sus
pañuelos, que se exprimían, luego, en la boca, o la recogían en los zapatos.
Conforme se fueron calmando el viento y las aguas, lograron incluso baldear la
cubierta, en las partes en las que no se amontonaban los desperdicios, y, de
este modo, aumentar sus reservas de líquido.
Sin embargo, carecían de comida y de medios
de conseguirla, pese a que las aves marinas no cesaban de revolotear sobre
ellos.
En la calma que siguió, tras permanecer en
pie durante noventa y seis horas, hallaron lugares secos en la cabina, sobre
los que tenderse. Pero aquellas largas horas, en la misma posición, les habían
dañado las piernas. Sufrían de grandes dolores. El menor contacto o roce los
aumentaba y, débiles como estaban y amontonados unos sobre otros, se herían sin
cesar. Nadie podía moverse sin despertar una serie de insultos, de maldiciones
y de quejidos. Tan triste era su situación, que los fuertes tiranizaban a los
débiles echándoles de las partes secas, para que se tendiesen en las húmedas y
frías. Al grumete O’Brien le maltrataron de manera especial. Aunque había tres
más, fue él quien recibió la peor parte. No existe explicación alguna excepto,
quizá, que su ánimo era más fuerte y más decidido que el de los otros y que se
defendía y protestaba de la manifiesta injusticia con que los hombres trataban
a los muchachos. Cada vez que O’Brien se acercaba a los marineros o, simplemente,
iba de un lugar a otro, le propinaban puntapiés e insultos para apartarle. En
la desesperada situación general, la suya se hizo mucho peor y tan sólo pudo
soportarlo gracias a la llama de la vida que, en él ardía siempre con fuerza.
Conforme pasaban los días y se iban
debilitando, su mezquindad y mal carácter aumentaban, lo que, por consecuencia,
aumentó los malos tratos y los sufrimientos de O’Brien. A las dos semanas todos
los tripulantes solían formar pequeños grupos, hablando en voz baja y dirigiendo
furtivas miradas al grumete. Fue al mediodía cuando se celebró la conferencia.
El capitán era quien tenía la palabra. Se habían reunido en la popa.
—Tripulantes —dijo el
capitán—, hemos pasado muchos días sin alimentos; unas dos semanas, aunque nos
parezcan dos años. No podemos aguantarlo por más tiempo. Resulta superior a las
fuerzas humanas el seguir sin nada en el estómago. Hay una cuestión muy grave a
considerar: si es mejor que muramos todos o que muera tan sólo uno. Nos
encontramos a dos pasos de la tumba. Si uno muere, los demás pueden sobrevivir
hasta que veamos otro buque. ¿Qué decís?
Michael Behane, el que actuaba de timonel
cuando ocurrió la catástrofe, dijo que estaba de acuerdo. Los otros le
apoyaron.
—¡Que sea uno de los
muchachos! —gritó Sullivan, un nativo de Tarbert, dirigiendo una significativa
mirada a O’Brien.
—En mi opinión
—continuó el capitán— será un acto meritorio el que uno muera para que nos
salvemos los demás.
—¡Seguro! ¡Seguro!
—aprobaron todos.
—Y, en mi opinión, es
mejor que sea uno de los chicos el que muera. No han de mantener familias ni
sus amigos lo considerarían una pérdida tan grande, como la de aquellos que
tienen hijos.
—Es cierto.
—Muy cierto.
—Así debe hacerse.
Los marineros aprobaron la decisión, pero
los cuatro grumetes clamaron contra la injusticia.
—Nuestras vidas nos
son tan caras como a los demás las suyas —protestó O’Brien—. Y también a
nuestras familias. En cuanto a lo de mujer e hijos, ¿quién va a ocuparse de mi
anciana madre, que es viuda? Tú lo sabes muy bien, Michael Behane, que eres de
Limerick. No es justo. Que todos corramos la misma suerte, tanto hombres como
muchachos.
Mahoney fue el único en hablar en favor de
los grumetes, alegando que todos debían arriesgarse por un igual. Sullivan y el
capitán insistieron en que se limitara a los muchachos. Hubo una acalorada
discusión, durante la cual Sullivan le dijo a O’Brien en tono desdeñoso:
—Lo mejor sería acabar
en seguida contigo. Lo mereces. Es lo que te corresponde y lo que tendrás.
Se dirigió hacia el grumete, decidido a
echarle la mano encima y matarle allí mismo, mientras otros varios le imitaban.
O’Brien salto hacia atrás, al tiempo que anunciaba que se sometía a que el
sacrificio se redujese a los muchachos.
El capitán preparó cuatro astillas de
diferentes tamaños y se las tendió a Sullivan.
—Lo considerabas
injusto —le dijo éste a O’Brien—. Pues serás tú quien decida.
El grumete aceptó. Le vendaron los ojos con
un pañuelo, impidiéndole ver, y se arrodilló en cubierta, de espaldas a
Sullivan.
—El que, por ti,
obtenga la más corta, morirá —declaró el capitán.
Sullivan alzó una de las astillas. Las
otras quedaban ocultas en la mano, y nadie sabía sus medidas.
—¿Para quién es ésta? —indagó Sullivan.
—Para Johnny Sheehan —dijo O’Brien.
Sullivan apartó la astilla. Nadie supo si
se trataba de la definitiva. Luego, alzó otra.
—¿Ésta?
—Para Georges Burns
—fue la respuesta.
Colocaron la astilla con la anterior y se
alzó una tercera.
—¿Para quién?
—Para mí —dijo
O’Brien.
Con un rápido movimiento, Sullivan reunió
las cuatro astillas. Nadie había podido verlas.
—A ti te ha tocado
—anunció.
—Una suerte
—comentaron varios marineros.
O’Brien guardó silencio. Se puso en pie y,
tras quitarse el vendaje, miró en torno suyo.
—¿Dónde está? —quiso
saber—. ¿La astilla más corta? ¿La que a mí me ha tocado?
El capitán las señaló, sobre cubierta.
—¿Cómo saben que la
más corta era la mía? —preguntó O’Brien—. ¿La viste tú, Johnny Sheehan?
Éste, el más joven de los grumetes, no
respondió.
—¿La viste tú? —le
preguntó O’Brien a Mahoney.
—No, no la vi.
Los hombres gruñían y protestaban.
—Fue justo —dijo
Sullivan—. Te dimos una oportunidad y la perdiste, eso es todo.
—Fue justo —añadió el
capitán—. ¿Es que, acaso, no lo vi yo mismo? Era tu astilla, O’Brien, y más
vale que te prepares. ¿Dónde está el cocinero? Gorman, venga aquí. Traigan la
olla. Gorman, cumpla con su deber, como un hombre.
—¿Cómo lo hago?
—preguntó éste. Tenía poca firmeza en la mirada y una barbilla débil y se le
veía indeciso.
—¡Es un maldito
asesinato! —gritó O’Brien.
—No quiero saber nada
—anunció Mahoney—. No aceptaré ni un bocado.
—Eso aumentará la
ración de hombres que valen más que tú —se burló Sullivan—. Cumple con tu
deber, cocinero.
—Mi deber no es matar
chicos —protestó Gorman con escasa seguridad.
—Si no nos
proporcionas comida, te comeremos a ti —amenazó Behane—. Alguien ha de morir y
lo mismo da uno que otro.
Johnny Seehan comenzó a llorar. O’Brien
escuchaba con ansiedad. Le temblaban los labios y, a veces, un estremecimiento
le sacudía el cuerpo.
—Me enrolé como
cocinero —advirtió Gorman—. Y lo sería de haber una cocina. Pero no contribuiré
a un asesinato. No está en el reglamento. Soy el cocinero...
—Y lo serás sólo
durante un minuto —dijo Sullivan agriamente, al tiempo que le sujetaba la
cabeza por detrás, doblándosela, luego, hasta que le puso el cuello en
tensión—. ¡Trae el cuchillo, Mike! ¡Dámelo!
Al contacto del acero, Gorman gimió:
—Lo haré, si sujetáis
al chico.
La lamentable situación del cocinero
pareció darle nuevos ánimos a O’Brien.
—No te preocupes,
Gorman —dijo—. Hazlo. Ya sé que no lo deseas. No es preciso, señor —añadió,
volviéndose al capitán que le apoyaba una mano en el brazo—. No es preciso que
me sujeten. No me moveré.
—Deja de gimotear y
trae la olla —le ordenó Behane a Johnny Sheehan, al tiempo que le propinaba un
fuerte golpe en la cabeza.
El grumete, que era poco más que un niño,
trajo lo que le pedían. Casi se arrastraba por la cubierta, débil por falta de
alimentos. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Behane tomó la olla, al
tiempo que le administraba otro golpe.
O’Brien se quitó el chaquetón,
arremangándose, luego, el brazo. Le temblaba el labio inferior, pero lograba
dominarse. El capitán abrió su navaja, pasándosela a Gorman.
—Mahoney, cuéntale a
mi madre lo que me ha ocurrido, si es que consigues volver —pidió O’Brien.
Mahoney asintió.
—Es un sucio
asesinato, sucio y maldito —dijo—. La carne de ese chico no va a serviros de
nada. Acordaos de mis palabras. De nada os servirá.
—Listos —ordenó el
capitán—. Tú, Sullivan, acerca la olla... así... más aún. Que no se pierda
nada. ¡Es un líquido precioso!
Gorman hizo un esfuerzo. La navaja no
estaba afilada y él muy débil. Además, la mano le temblaba de tal modo que casi
se le cayó el cuchillo. Los tres grumetes se agrupaban en un extremo, llorando
quedamente. A excepción de Mahoney, los marineros rodeaban a la víctima,
alargando los cuellos para verles mejor.
—Compórtate como un
hombre, Gorman —ordenó el capitán.
Al desgraciado cocinero le acometió un
espasmo de decisión, rasgando, de un lado a otro, la muñeca de O’Brien. Le
cortó las venas. Sullivan acercó la olla. Las heridas eran amplias, pero no
brotó sangre. No había sangre. Las venas estaban secas y vacías. Nadie hablaba.
Las serias y silenciosas figuras se movían al unísono, a cada vaivén del buque.
Los ojos se mantenían fijos en aquel monstruoso e inconcebible fenómeno, las
venas secas de un ser vivo.
—Esto no es más que un
aviso —grito Mahoney—. Dejad en paz al chico. Acordaos de lo que os digo. Su
muerte de nada va a serviros.
—Probad en el codo...
el izquierdo. Está más cerca del corazón —dijo al fin el capitán, con una voz
ronca que no le era habitual.
—Dame la navaja
—exclamó O’Brien bruscamente, quitándosela al cocinero—. Me estás haciendo
mucho daño.
Fríamente, se cortó la vena del codo
izquierdo, pero, al igual que Gorman, no pudo conseguir que brotase la sangre.
—Es inútil —comentó
Sullivan—. Es mejor que le sangremos por el cuello, para no hacerle sufrir.
Pero la tensión resultaba superior a las
fuerzas del muchacho.
—¡No lo hagáis!
—sollozó—. No encontraréis sangre en el cuello. Esperad un poco. Tengo frío y
estoy muy débil. Probaré a dormir un poco. Eso me hará entrar en calor y
correrá la sangre.
—Es inútil —insistió
Sullivan—. No ibas a poder dormir en estos momentos. Ni dormirías ni entrarías
en calor. ¡Si pudieras verte! ¡Tienes fiebre!
—Una noche, en
Limerick, estuve enfermo —se apresuró a explicar O’Brien— y el médico no pudo
sangrarme. Pero tras dormir unas horas y entrar en calor, la sangre circuló
libremente. Por Dios, que os digo la verdad. ¡No me asesinéis!
—Le hemos abierto las
venas —dijo el capitán—. No va a servir de nada dejarle sufrir. Acabemos ahora
mismo y de una vez.
Se echaron sobre el grumete, que
retrocedía.
—¡Mi muerte será la
vuestra! —les gritó—. ¡No me toques, Sullivan! ¡Volveré! ¡Os iré persiguiendo
durante toda la vida! ¡Despiertos o dormidos, no os dejaré en paz!
—¡Es una vergüenza!
—exclamó Behane—. Si me hubiese tocado a mí, dejaría que me cortasen la cabeza
e iba a morir contento.
Sullivan saltó, aferrando al desgraciado
muchacho por el pelo. Los demás le siguieron. O’Brien se defendía a patadas,
insultando y golpeando las manos que le sujetaban por todos lados. Johnny
Sheehan comenzó a llorar a voz en cuello, pero nadie le hizo caso. A O’Brien le
tendieron en cubierta, con la olla bajo la garganta. A Gorman le empujaron
adelante. Alguien le había puesto un enorme cuchillo en la mano.
—¡Cumple con tu deber!
¡Cumple con tu deber! —le gritaron.
El cocinero se inclinó pero, al ver los
ojos del muchacho, vaciló nuevamente.
—¡Si no lo haces, te
mataré con mis propias manos! —le gritó Behane.
Una lluvia de insultos le cayó encima a
Gorman. Pero seguía resistiéndose.
—Quizás haya más
sangre en sus venas que en las de O’Brien —dijo Sullivan significativamente.
Behane sujetó a Gorman por el cabello,
mientras Sullivan intentaba quitarle el cuchillo. El cocinero, sin embargo, lo
aferraba desesperadamente.
—¡Soltadme y lo haré!
—gritó con frenesí—. ¡No me cortéis el cuello! ¡Voy a hacerlo! ¡Haré lo que me
pedís!
—Pues, entonces, hazlo
—amenazó el capitán.
Gorman permitió que le empujasen. Miró al
muchacho y cerró los ojos, al tiempo que musitaba una oración. Entonces, sin
volverlos a abrir, hizo todo lo que le pedían. O’Brien lanzó un grito que, en
seguida, se convirtió en un sollozo ahogado. Los marineros le sujetaron hasta
que dejó de moverse; lo depositaron en cubierta.
Estaban ansiosos e impacientes y, con
amenazas e insultos, indicaron a Gorman que se diese prisa en preparar la
comida.
—¡Dejadlo, malditos
carniceros! —advirtió Mahoney con calma—. Dejadlo, os digo. Ya no os va a hacer
falta. Os lo advertí; de nada os servirá la sangre del muchacho. Vacía eso,
Behane. Tíralo por la borda.
Behane, aún con la olla en las manos, miró
a sotavento. Se dirigió a la borda, para arrojar la olla y su contenido al
agua. Un buque, con las velas desplegadas, se acercaba, a cosa de una milla de
distancia. Tanto les interesaba lo que acababan de hacer, que ninguno se acordó
de establecer un vigía. Todos los tripulantes contemplaron cómo se acercaba
cortando el agua con la reluciente proa, igual que un cuchillo, las velas
crujiendo y agitándose a cada movimiento de las olas y balanceándose sobre el
mar. Nadie habló.
Cuando el otro buque se encontraba a un
cable de distancia, el capitán del Francis Spaigth se sobrepuso y ordenó que cubriesen, con una lona, el cadáver de
O’Brien. Los recién llegados botaron una lancha, que, a golpes de remo, se fue
acercando. John Gorman estalló en carcajadas. Primero suavemente, pero, poco a
poco, aumentaba de tono. Fue esa risa de perturbado la que saludó al bote de
rescate, al atracar al costado, y al primer oficial que subió a bordo.
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