Jack London
(San Francisco, California, 1876 – Glen Ellen, California, 1916)


El furtivo perdido (1901)
(“The Lost Poacher”)
Originalmente publicado en The Youth’s Companion (14 de marzo de 1901);
Dutch Courage and Other Stories [póstumo]
(Nueva York: Macmillan Company, 1922, 180 págs.)



      —Pero no te aceptan las excusas. Has entrado en sus aguas y basta. Te toman preso. Adentro contigo, a Siberia y las minas de sal. Y en cuanto al Tío Sam, ¿cómo va a enterarse? A los Estados Unidos no llega ni una palabra. Los periódicos dirán: “El Mary Thomas desaparecido con toda su tripulación. Probable víctima de un tifón en aguas japonesas”. Eso es lo que dirán los periódicos, y la gente lo mismo. Y tú allá, en las minas de sal de Siberia. Y todo el mundo, incluida tu familia, te cree muerto, aunque vivas cincuenta años más.
       Así fue como John Lewis, llamado en general “el abogado de a bordo”, aclaró el asunto inmediatamente.
       Era un momento serio en el castillo de proa del Mary Thomas. Apenas la guardia de abajo había empezado a hablar del problema cuando llegó la guardia de cubierta a sumarse a ella. Como no hacía nada de viento, todo el mundo estaba libre, salvo el timonel que seguía a la rueda, y únicamente por cuestión de disciplina. Hasta “Bub” Russell el grumete, había venido a proa a enterarse de lo que pasaba.
       Pero era un momento de gravedad como atestiguaban las caras serias de los marineros. Hacía tres meses que el Mary Thomas, goleta dedicada a la caza de focas, venía persiguiendo a éstas a lo largo de la costa del Japón y por el norte hasta el Mar de Bering. Allí, en el lado asiático del mar, se había visto obligada a abandonar la caza, o mejor dicho, a no seguir adelante, porque más allá de allí, los cruceros rusos patrullaban la zona prohibida donde las focas podían reproducirse en paz. Y allí, al borde mismo de la divisoria, el Mary Thomas cazaba haciendo zig—zags, atrapando las focas rezagadas que no habían cruzado al mismo tiempo que el grupo.
       Hacía una semana, el barco había tropezado con un denso banco de niebla acompañado de calma. Desde éntonces no se había levantado la niebla, y los únicos vientos habían sido unas brisas y unos soplos suaves. En sí mismo, eso no era tan grave, porque las goletas que se dedican a la caza de la foca nunca tienen prisa, con tal de encontrarse en medio de las focas, pero lo malo era que en aquel punto la corriente la fue llevando muy al norte. Por eso, el Mary Thomas, sin quererlo, había pasado la frontera a la deriva, y a cada hora que pasaba iba adentrándose, impotente cada vez más en las peligrosas aguas en que montaba la guardia el oso ruso.
       Nadie sabía cuánta distancia había recorrido a la deriva. Hacía una semana que no se veían el sol ni las estrellas, y el capitán no había podido hacer las observaciones necesarias para determinar su posición. En cualquier momento podía aparecer un crucero y llevarse a toda la tripúlación a Siberia. Los hombres del Mary Thomas sabían de sobra lo que les había ocurrido a otros cazadores de focas tomados por furtivos, y la gravedad de sus expresiones estaba justificada.
       —Amicos míos —dijo un timonel de bote alemán—, esta cosa estag mucho mala. Pgesísamente cuando tenemos gran captura, y mucho hongada, alco va mal y los gusos nos agagan con nuestgas pieles y nos mandan con los anagquistas a Sibegia. ¡Ach! Cosa mucho mala.
       —Sí, eso es lo malo —continuó el abogado de a bordo—. Mil quinientas pieles puestas a salar, y todo honradamente, con una buena paga para todos, ¡y que ahora nos vayan a capturar y lo perdamos todo! Sería diferente si hubiéramos venido de furtivos, pero todo lo hemos hecho como está mandado y en alta mar.
       —Pero si no hemos hecho nada malo, no nos pueden hacer nada, ¿no? —preguntó Bub.
       —A mí me parece que lo que no está bien es que un chaval de tu edad se ponga a hablar cuando están hablando las personas mayores —protestó un marinero inglés desde el borde de su litera.
       —Vamos, Jack, da igual —respondió el abogado de a bordo—. Tiene perfecto derecho. ¿No corre él el mismo peligro de perder la paga que todos los demás?
       —¡No doy ni tres cuartos por la paga esa! —repuso desdeñoso Jack, que había estado proyectando ir a casa a ver a su familia, en Chelsea, cuando le pagaran, y ahora se sentía bastante preocupado ante la clara posibilidad de no sólo perder la paga, sino hasta la libertad.
       —Y, ¿cómo van a saberlo? —preguntó el abogado de a bordo como respuesta a la pregunta anterior de Bub—. Aquí estamos en aguas prohibidas. ¿Cómo van a saber que el venir aquí no ha sido idea nuestra? ¿Cómo van a saber si las hemos cazado en mar abierta o en aguas cerradas? Mira, Bub, todas las pruebas están en contra nuestra. Si tú agarraras a un hombre con los bolsillos llenos de manzanas como las que crecen en tu manzano, y además al lado de tu manzano, ¿qué pensarías si te dijera que no era culpa suya, que había llegado por allí impulsado por el viento y que de todos modos aquellas manzanas eran de otro árbol? ¿Qué pensarías, eh?
       Cuando se lo explicaron así, Bub lo entendió y sacudió la cabeza desanimado.
       —Pues más vale morirse que ir a Siberia —dijo uno de los remeros de los botes—. Te ponen a trabajar en las minas de sal y te explotan hasta que te mueres. Ya no vuelves a ver la luz del día. Pero si me han contado lo de un tipo que iba encadenado a su compañero y se le murió el compañero. ¡Y estaban los dos encadenados juntos! Y si te mandan a las otras minas, te pones mercúrico. Yo prefiero que me ahorquen a ponerme mercúrico.
       —¿Qué es ponerse mercúrico? —preguntó Jack sentándose en la litera al oír hablar de nuevos desastres.
       —Hombre, es lo que te pasa cuando se te mete el mercurio en la sangre, creo yo. Y entonces se te hinchan las encías como si tuvieras el escorbuto, sólo que peor, y se te van aflojando los dientes. Y después se te hacen úlceras por todas partes y te mueres, una cosa horrible. No hay hombre que pueda aguantar en las minas de mercurio.
       —Malo asunto —reiteró el timonel de bote con voz quejumbrosa, en el silencio que siguió—. Malo asunto. Ojalá estuviera yo en Yokohama. ¿Eh? ¿Qué ha sido eso?
       Se iluminaron las caras de todos. El Mary Thomas se escoró. Se inclinaron las cubiertas. Rodó un platillo de lata por el nivel inclinado, chocando y resbalando por el piso. De arriba llegó el ruido de las lonas y el tableteo que hacía la baluma de popa de la vela de trinquete que se iba llenando. Y después llegó la voz del oficial que gritaba por la escotilla:
       —¡Todo el mundo a cubierta, listos para izar velas!
       Jamás se había dado respuesta tan entusiasta a ese llamamiento. Había cesado la calma. Había llegado el viento que los transportaría hacia el sur y la seguridad. Con un enorme vítor, salieron codos a cubierta. Trabajaron a una velocidad endiablada para desplegar juanetes, velas de estay y foques. Mientras trabajaban se levantó el banco de niebla enseguida y apareció a la vista la negra bóveda del cielo, tachonada con las estrellas que tanto conocían. Cuando todo estuvo listo, el Mary Thomas presentaba valeroso su costado a un viento del través y aproaba derecho al sur. —¡Luces de un vapor a proa, por babor, mi capitán! —gritó el vigía desde su puesto al puntal de proa. Tenía la voz muy nerviosa.
       El capitán ordenó a Bub que bajara a buscarle sus gemelos de noche. Todo el mundo fue a la baranda de sotavento a contemplar aquel desconocido sospechoso, que ya empezaba a aparecer con una silueta indistinta, poco clara. En aquellas aguas tan poco frecuentadas, había una posibilidad entre mil de que no fuera un patrullero ruso. El capitán seguía mirando ansioso por sus prismáticos cuando del costado del desconocido salió un relámpago de fuego, seguido del estampido atronador del cañonazo. Se confirmaron los peores temores. Era un patrullero, que evidentemente disparaba un cañonazo de advertencia al Mary Thomas para obligarla a ponerse al pairo.
       —¡Todo a la banda, timonel! —gritó el capitán al que estaba a la rueda, con voz totalmente desanimada. Después se dirigió a los marineros: —¡Fachear el foque y la vela trinquete! ¡Descargar el petifoque! ¡Meter la cofa de trinquete! ¡Los de popa, meter la escota mayor!
       El Mary Thomas aproó al filo del viento, fue perdiendo velocidad y se puso a ondular gravemente ante las largas olas que llegaban desde el oeste.
       El crucero a vapor se acercó algo más y arrió un bote. Los cazadores de focas lo contemplaron en un silencio desesperado. Veían la masa blanca del bote a medida que lo bajaban al agua, y a la tripulación que iba entrando a bordo. Oían el chirriar del pescante y las órdenes de los oficiales. Después el bote salió a toda velocidad bajo el impulso de los remos y se les fue acercando. El viento había ido subiendo, y la mar estaba ya demasiado gruesa para que aquella frágil embarcación se pusiera al lado de la goleta cimbreante; pero atentos a la oportunidad, y gracias a los cabos de abordaje que les lanzaron, treparon a bordo un oficial y dos marineros. Entonces, el bote se apartó para ponerse a salvo y quedó con los remos en el agua, a cargo de un joven guardiamarina sentado a popa y con la cruceta del timón en la mano.
       El oficial, cuyo uniforme revelaba que se trataba de un teniente de navío de la marina rusa, bajó con el capitán del Mary Thomas a inspeccionar los documentos del barco. Volvió a salir al cabo de unos minutos Y, cuando sus marineros le levantaron las escotillas, pasó a la bodega con un farol para inspeccionar los montones de sal. Se enfrentó con un buen montón: mil quinientas pieles nuevas, la captura de la temporada, y en aquellas circunstancias no podía extraer sino una conclusión.
       —Lo siento mucho —dijo en inglés con mucho acento al capitán de la goleta cuando subió a cubierta, pero estoy obligado a apresar su barco como furtivo que lleva pieles nuevas en un mar cerrado. Quizá sepa usted ya que la pena es la confiscación y la cárcel.
       El capitán del Mary Thomas se encogió de hombros con gesto de aparente indiferencia y se dio la vuelta. Aunque suprimen todá manifestación externa, cuando estos hombres fuertes sufren una desgracia inmerecida a veces están cerca de las lágrimas. En aquel momento, lo que más presente tenía el capitán era la imagen de su casita de California y de su mujer y sus dos hijos rubios, y en la garganta tenía una extraña sensación de sofoco, que le hacía temer que si trataba de hablar se iba a poner a sollozar.
       Y, además, pesaba sobre él la obligación que sentía para con sus hombres. No debía mostrar debilidad alguna ante ellos, pues había de ser como una torre de firmeza que los sostuviera en la desgracia. Ya le había explicado las cosas a aquel teniente y sabía lo desesperada que era la situación. Como había dicho el abogado de a bordo, todas las pruebas estaban en contra de él. De manera que se volvió a popa y empezó a pasear arriba y abajo por la toldilla del barco que ya no estaba a su mando.
       Entonces el oficial ruso tomó el mando provisionalmente. Ordenó que subieran a bordo más de sus hombres y que se metiera más lona y se dejara bien aferrada. Mientras se hacía todo esto, el bote iba y venía entre los dos buques, transportando una gruesa estacha que se amarró a las grandes bitas de remolque que había en el castillo de proa de la goleta. Mientras se hacía todo esto, los cazadores de focas lo contemplaban en grupos malhumorados. La idea de resistir, con los cañones del buque de guerra a menos de un tiro de galleta, era una locura, pero se negaron a echar una mano, en lugar de lo cual prefirieron mantener un silencio sombrío.
       Tras realizar aquella tarea, el teniente ordenó que todos sus hombres, menos cuatro volvieran al bote. Después vino a bordo el guardiamarina, un mozo de 16 años que parecía anormalmente maduro y digno con su uniforme y su espada, para tomar el mando del buque capturado. Justo cuando el teniente se preparaba para marcharse, sus ojos tropezaron por casualidad con Bub. Sin una palabra de advertencia, lo tomó del brazo y le hizo pasar sobre la barandilla al bote que esperaba, y después con un saludo de despedida, lo siguió.
       Era lo más natural del mundo que Bub se sintiera asustado ante aquel suceso inesperado. Todas las historias terribles que había oído contar de los rusos hacían que les tuviera miedo, y ahora se le volvieron a representar con más fuerza. Ya era bastante malo que lo capturasen a uno, pero el que se lo llevaran, separado de sus compañeros, era un destino que no se había ni imaginado.
       —¡Pórtate bien, Bub —le gritó el capitán mientras el bote se lo llevaba del Mary Thomas—, y diles la verdad!
       —¡A la orden, mi capitán! —respondió con voz aparentemente valerosa. Sentía un cierto orgullo racial, y le daba vergüenza pasar por cobarde ante aquellos enemigos desconocidos, aquellos osos rusos sin domesticar.
       —¡Y ser cortés! —gritó el timonel alemán del bote, con una voz ronca que volaba por encima del agua como una sirena de niebla.
       Bub movió la mano en gesto de adiós, y sus compañeros se apiñaron en torno a la barandilla para responder con un grito de ánimo. Encontró sitio en la tilla de popa, donde se quedó contemplando al teniente. Después de todo, este último no parecía ser un oso sin domesticar, concluyó Bub, sino más bien un hombre como los demás, y los marineros eran iguales a los de otros buques de guerra que había conocido. Pero, cuando dio con los pies en la cubierta metálica del crucero, se sintió como si acabara de traspasar las puertas de una cárcel.
       Pasaron unos minutos sin que nadie le hiciera caso. Los marineros subieron el bote y lo dejaron colgado del pescante. Después salieron por la chimenea grandes nubes de humo y se pusieron en marcha. Hacia Siberia, no pudo por menos de pensar Bub. Vio que el Mary Thomas seguía rápidamente cuando se tensó el cable, y cómo subían y bajaban las luces de costado mientras el crucero lo remolcaba mar adelante.
       A Bub se le nublaron los ojos ante aquella visión melancólica, pero justo entonces llegó el teniente para llevarlo a ver al capitán, y se enderezó y apretó los labios, como si se tratara de algo cotidiano y estuviera acostumbrado a que lo enviaran a Siberia todos los días de la semana. El camarote en que los esperaba sentado el capitán era como un palacio en comparación con los humildes alojamientos del Mary Thomas, y el propio capitán, todo lleno de galones y dignísimo, era un personaje de lo más augusto, completamente distinto del hombre sencillo que capitaneaba su goleta mientras perseguían a los grupos de focas.
       Entonces Bub se enteró en seguida de por qué lo habían llevado a bordo y, en el largo intErrogatorio que siguió, no dijo más que la pura verdad. La verdad era inocua; lo único que podía hacerle daño era una mentira. No sabía gran cosa, salvo que llevaban tiempo persiguiendo a las focas por el sur en aguas abiertas y que, cuando tropezaron con la calma y la niebla, como estaban al lado de la divisoria, la habían pasado a la deriva. Insistió una y otra vez en que hacía una semana que no arriaban un bote ni disparaban contra una foca, todo el tiempo que habían pasado a la deriva en el mar abierto. Pero el capitán decidió que todo lo que decía era una serie de mentiras, y adoptó un tono intimidatorio en su tentativa de acobardar al muchacho. Pasaba, por turnos, de las amenazas a las promesas, pero no logró modificar en lo más mínimo las declaraciones de Bub, y por fin ordenó que lo sacaran de su presencia.
       Por descuido no se encargó a nadie en concreto de la vigilancia de Bub, que se puso a pasear por cubierta sin que lo vigilasen. A veces los marineros, de pasada, le echaban miradas de curiosidad, pero salvo eso lo dejaron totalmente en paz. Y tampoco podía atraer mucha atención, porque era bajito, la noche estaba oscura y la guardia en cubierta estaba atenta a sus propias cosas. A trompicones entre aquellos puentes desconocidos fue abriéndose camino hacia popa, donde podía contemplar las luces de costado del Mary Thomas, que seguía en línea detrás de él.
       Se pasó largo rato mirándolo, y después se tendió en cubierta, cerca de donde pasaba el cable por la popa hasta la goleta capturada. Una vez se acercó un oficial a examinar la cuerda tensa para ver si se estaba desgastando con el roce, pero Bub se apelotonó en la sombra y no lo descubrió. Aquello, sin embargo, le dio una idea que afectó a las vidas y las libertades de 22 hombres, y que habría de evitar una pena abrumadora a más de un hogar feliz a muchos miles de millas de distancia.
       En primer lugar, razonó, la tripulación era totalmente inocente de delito alguno, y sin embargo se la estaban llevando implacables a Siberia, a encarcelarla en una muerte viviente según había escuchado y creía implícitamente. En segundo lugar, él estaba preso y bien preso, y no tenía posibilidades de escapar. En tercer lugar, había una posibilidad de que escaparan los 22 hombres del Mary Thomas. Lo único que se lo impedía era aquella estacha de diez centímetros de grosor. Ellos no se atrevían a cortarla desde su extremo, pues no cabía duda de que sus captores rusos estarían en guardia, pero del suyo, ¡ah! del suyo...
       Bub no se lo pensó más. Se acercó a rastras a la estacha, abrió su navaja y se puso al trabájo. La hoja no estaba demasiado afilada y tuvo que aserrar, hilo por hilo, mientras la imagen terrible del exilio que habría de soportar en solitario, en Siberia, se hacía más terrible a cada golpe. Ya era bastante malo aquel destino para soportarlo con sus compañeros, pero la idea de enfrentarse a solas con él parecía espantosa. Y, además lo que estaba haciendo le acarrearía, con toda seguridad, un castigo todavía peor.
       En medio de aquellas ideas sombrías, escuchó unos pasos que se acercaban. Volvió a gatas hacia las sombras. Un oficial se detuvo donde había estado él, se medio inclinó a examinar la estacha, después cambió de idea y se irguió. Se quedó allí unos minutos, contemplando las luces de navegación de la goleta capturada y después volvió a dirigirse a popa.
       ¡Aquel era el momento! Bub volvió a gatas y siguió aserrando. Cortó dos hilos. Después tres más. Pero quedaba uno. La tensión que sufría este último era tan grande que acabó por ceder. ¡Plop! El extremo suelto cayó al agua. Bub se quedó en silencio, con el corazón en la boca, escuchando. En el crucero no lo había oído nadie más que él.
       Vio que las luces verdes y rojas del Mary Thomas se iban apagando cada vez más. Después llegó un grito débil que lanzaban del otro lado los marineros rusos. Siguió sin oírlo nadie. Las chimeneas del crucero seguían vomitando humo, y las hélices seguían batiendo con la misma fuerza que antes.
       ¿Qué pasaba a bordo del Mary Thomas? Bub no podía sino imaginárselo; pero había una cosa de la que estaba seguro: sus compañeros se impondrían y dominarían a los cuatro marineros y el guardamarina rusos. Unos minutos después divisó un breve centelleo, y cuando afinó el oído escuchó el estampido apagado de una pistola. Y después, ¡qué alegría! desaparecieron de repente tanto el farol rojo como el verde. ¡Habían recuperado el Mary Thomas!
       Cuando vio que venía a popa un oficial, Bub se deslizó hacia proa y se escondió en uno de los botes. No le había sobrado ni un minuto. Sonó la alarma. Sonaron fuertes voces de mando. El crucero cambió de rumbo.
       Un foco eléctrico empezó a lanzar sus rayos blancos de un lado a otro del mar, acá, allá y acullá, pero en su brillante paso no descubrió ninguna goleta, a toda vela.
       Bub se quedó dormido poco después, y no se despertó hasta que llegó el gris del amanecer. Las máquinas pulsaban monótonas, y el ruido de agua, que chapoteaba ruidosa por todas partes, le dijo que se estaban baldeando las cubiertas. De un vistazo advirtió que estaban solos en la vasta extensión del océano. El Mary Thomas había escapado. Cuando levantó la cabeza los marineros rompieron en carcajadas. Ni siquiera el oficial que ordenó que lo bajaran a encerrar podía disimular del todo la expresión risueña de su mirada. Bub pensó muchas veces, en los días de aislamiento que siguieron, que no estaban demasiado enfadados con él por lo que había hecho.
       Y no estaba demasiado equivocado. En lo profundo de las almas de todos los hombres existe una cierta nobleza innata que les obliga a admirar un acto de valor, aunque lo realice un enemigo. Los rusos no eran, en absoluto diferentes de los demás hombres. Era cierto que un muchacho los había burlado, y verdaderamente no sabían qué hacer con él. Lo que resultaba imposible era presentar a un niño así como único representante restante del furtivo perdido.
       Y así, dos semanas después, un buque de guerra estadounidense, que avanzaba a todo vapor desde el puerto ruso de Vladivostok, recibió señales de un crucero ruso. De un buque al otro pasó un bote, y por la barandilla del navío estadounidense saltó a bordo un muchachito. Una semana después desembarcó en Hakodate, y tras el envío de unos telegramas, recibió un billete pagado hasta Yokohama.
       De la estación se fue corriendo por aquellas exóticas calles japonesas hacia el puerto, donde contrató al barquero de un sampan para que lo llevara a determinado barco cuyo aparejo conocido había advertido en seguida. Había soltado los matafoles, desplegado las velas; estaba a punto de iniciar la travesía de regreso a los Estados Unidos. Cuando se acercó más, un grupo de marineros se acercó al puntal de la proa, y se levantaron y cayeron las barras del molinete mientras el ancla se iba levantando del fondo cenagoso.
       —¡Barco yanqui por el río! —se elevó la voz del abogado de a bordo al iniciar la canción del ancla.
       —¡Tirad, muchachos, tirad! —rugió en respuesta aquel coro tan conocido, mientras los cuerpos de los marineros se levantaban y cimbreaban con el ritmo de la canción.
       Bub Russell pagó al barquero y saltó a la cubierta. El ancla quedó olvidada. Los marineros lanzaron un enorme vítor, y antes casi de que pudiera recuperar el aliento, se encontró abrazado al capitán, rodeado de sus compañeros, y tratando de dar respuesta a veinte preguntas por segundo.
       Al día siguiente, una goleta se puso en facha ante un pueblo de pescadores japoneses, envió a tierra a cuatro marineros y un pequeño guardiamarina y volvió a zarpar. Aquellos hombres no hablaban el inglés, pero tenían dinero y lograron llegar en seguida a Yokohama. Después, los pescadores japoneses no volvieron a oír de ellos, y todavía constituyen un misterio muy comentado. Como el Gobierno ruso nunca dijo nada del incidente, los Estados Unidos siguen sin saber qué fue del furtivo perdido, y tampoco se han enterado, oficialmente, de que algunos de sus ciudadanos habían secuestrado a cinco súbditos del zar. A veces, hasta las naciones tienen secretos.




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